Yandros

— Yandros, vuelve aquí inmediatamente ¡devuélveme mi zapato! —gritó Susan intentando alcanzar al demonio de cuatro patas que corría por la sala.

Susan parecía enojada, pero sabía muy bien que ella disfrutaba con esos juegos, y Yandros también, por eso hacía esas travesuras, ya que a mí nunca me agarraba el calzado, o tal vez era porque sentía predilección por los zapatos de diseñador, no lo sé.

Cuando lo recibí, mi madre puso el grito en el cielo. Ella no es muy anuente a tener mascotas, por lo que aceptarlo me costó un par de promesas de cuidarlo y algunos argumentos sobre la importancia de tener compañía canina. Era gracioso verla con el ceño fruncido mirando al cachorro jugar con una pelota, aunque sabía que más temprano que tarde terminaría encariñándose con él. Los primeros días fueron de discusiones.

El cachorro era travieso. Era inteligente pero, al igual que quien me lo había regalado, solo hacía caso cuando le convenía. La primera noche le preparé un cómodo lugar para dormir justo debajo de las escaleras. Había un hueco lo suficientemente grande para que una persona adulta cupiera de pie, por lo que me pareció perfecto para que el perro durmiera, no quería dejarlo en el patio y mucho menos encadenarlo para que no escapara. Era tan pequeño que ponerle una cadena me daba sentimiento. Así que después de discutir con mi madre de qué sabana podíamos prescindir, acomodé las cosas y coloqué al perro.

Pero más me tardé yo colocando todo para que estuviera cómodo que él siguiéndome hacia el segundo nivel. Probé de todo, colocando una barrera, regañándolo... y al final, colocando el sillón para que no se saliera, pero la consecuencia fue un concierto de aullidos lastimeros que enternecían hasta el corazón más duro. No sé cómo ocurrió pero el perro amaneció acostado al pie de mi cama. Le había dicho a mi madre que solo sería por esa noche, mientras encontraba como dejarlo abajo, pero habían pasado ya varias semanas y el cachorro seguía durmiendo en mi habitación.

— Yandros, ya para, devuélvele su zapato. —exclamé interceptando al peludo y sacándole el zapato del hocico. Se removió un poco pero ya sabía cómo tomarlo para que no escapara— Toma. Perdona si esta vez lo dejó con babas, ¿dónde puedo encontrar algo con qué limpiarlo?

— No te preocupes, en la cocina hay paños limpios, yo lo hago —contestó Susan tomando el zapato por el extremo contrario al babeado— mientras, ve poniendo el programa, ya va a empezar.

Me acomodé en el sillón, coloqué a Yandros a la par mía y empecé a buscar el canal indicado para poder ver el programa que nos encantaba a Susan y a mí, bueno, más a ella, pero daba consejos sencillos que hasta una obtusa de la moda como yo podía entender.

Mientras Susan regresaba con su zapato limpio acaricié la cabeza de Yandros, él, más que encantado, se había acomodado en el cojín del sofá, era un alivio que Susan no fuera delicada con sus cosas y tuviese consideración con las mascotas. A modo de broma me había dicho que de haber durado un día más enojada con Draco, me habría quedado sin mascota, porque a ella le encantaba el cachorro. Siempre que podía me pedía que lo trajera a su casa, como había ocurrido el día de hoy.

Susan me había contado todos los detalles del plan de Draco, de cómo había pasado la semana pensando algo que darme. Desde el día del boliche se había empeñado en conseguir un regalo especial pero, según Susan, había sido una semana rara, un día decía que fueran a buscar un regalo y al otro decía que lo olvidaran, que era una pésima idea. Al final habían ido a un criadero de perros cercano, Susan había comentado que Draco insistía en una frase, y cuando la dijo, comprendí a que se refería. "Ahora tendrá perro que le ladre". Recordé esa vez en aquel parque, cuando le había confesado que no me gustaba estar en casa porque siempre estaba sola. Draco había pensado en todo.

Excepto en que yo le diera al traste a sus planes al enojarme con él y dejarlo botado en la escuela. Nunca sabría cuál había sido el plan original para entregarme al cachorro, Susan no conocía los detalles pero por el nivel de frustración que Draco tuvo ese día suponía que había deshecho un muy bien elaborado plan.

El nombre había sido tema de discusión. Después de pasar tres días llamándolo "perro", decidimos que necesitábamos buscarle un nombre o terminaría acostumbrándose a esa palabra. Fue debido a sus innumerables travesuras y que normalmente dejaba hecho un caos todo lugar por donde pasaba que decidimos llamarlo Yandros, en honor a uno de los personajes de un libro que Draco había leído.

Y ahora el pequeño demonio del caos estaba mordisqueando juguetonamente mis dedos, mientras pasaban los anuncios comerciales. Susan regresó con su zapato limpio y dos vasos de refresco. Esta era una tarde para ver la televisión solas, ya que los chicos estaban en el patio desmontando la Dukati. Estaba haciendo un ruido extraño y Eric había sugerido que la revisaran. Obviamente Eric era quien sabía de mecánica, Draco solo estaba presente por amor a su vehículo.

Era un alivio de cierta manera tener una tarde para nosotras, de lo contrario sería imposible ver "El gurú de la moda" sin tener que soportar las caras de fastidio de Draco y Eric. Yandros por fin se había calmado y ahora estaba desparratado a mi lado, había crecido considerablemente en estas pocas semanas, ya no era una bola de pelo pero aún no había alcanzado su tamaño total. Mientras veíamos como sacaban la lista de las diez prendas que no debían faltar en el armario de una mujer, Yandros levantó la cabeza. Rápidamente descendió del sillón y se fue corriendo escaleras arriba ladrando como no lo había escuchado antes.

Alarmadas por el comportamiento poco común del perro, nos paramos y lo seguimos. Los ladridos nos indicaron que se había metido en una de las habitaciones. Mientras recorríamos el pasillo escuché otro ruido, parecía graznidos o algo así. El ladrido de Yandros provenía de la habitación de Draco. Susan abrió la puerta con cuidado, no me percaté en qué momento había sacado su varita pero su posición me indicaba que estaba alerta, lista para responder a cualquier ataque.

Entramos despacio a la habitación. Yandros estaba parado en dos patas ladrándole a un ave. Cuál fue mi sorpresa al ver que se trataba de una lechuza, el pájaro abría y cerraba el pico mientras aleteaba para alejarse del perro. Intenté calmar a Yandros y la lechuza se posó sobre el mueble de la ropa. Cuando estuve segura que Yandros estaba bien sujeto en mis brazos, observé la lechuza. Nos miraba de una forma extraña y de no ser porque las lechuzas no tienen expresiones faciales podría jurar que nos veía de manera cortante, rozando un poco el fastidio y el enojo. La lechuza era blanca y bastante grande, aunque no podría asegurarlo, jamás en mi vida había visto una lechuza, por lo que esta podría ser del tamaño normal y que yo estuviera exagerando. La lechuza se paseaba de un lado a otro del mueble, aleteando de vez en cuando. Noté que traía algo en la pata, por lo que se lo indiqué a Susan. Pero cuando esta intentó acercarse para quitarle lo que había concluido era una carta, la lechuza picoteó en el aire a manera de advertencia.

— Supongo que la carta es para Draco y solo a él se la dará —murmuró Susan observando con interés al pájaro —iré por él, quédate y vigila que no se vaya.

Y sin decir más, Susan salió de la habitación dejándome en compañía del ave. No muy segura de qué hacer, me pareció que lo más inteligente era cerrar la ventana, digo, Susan me había dicho que vigilara que no se fuera, pero ¿Qué podría hacer yo contra un pajarraco enojado y con pinta de asesino? El ave me observó cuando despacio me acerqué a la ventana y de un tirón la cerré. Yandros se removía inquieto en mis brazos y ladraba de vez en cuando.

Escuché los pasos rápidos de alguien venir por el pasillo y segundos después la puerta se abrió. Draco había subido corriendo las gradas por lo que venía un poco sin aliento. Cuando entró su rostro se transformó de la duda a la sorpresa.

Caminé alejándome de la ventana y mi movimiento hizo que fuera consciente de mi presencia. Pero su vista no duró ni dos segundos en mí y volvió a la lechuza albina. Esta, al notar su presencia, abrió las alas y descendió. Draco colocó el brazo en posición y la lechuza se posó y estiró la pata para que le fuera retirado el mensaje. No me había dado cuenta, pero estaba boquiabierta. Yandros parecía haberse inclinado por la opción de que la lechuza era aliada, porque había dejado de ladrar, aunque todavía se removía inquieto. Cuando Draco retiró el pergamino, el ave voló nuevamente a lo alto del mueble y empezó a pasearse de un lado a otro.

— Es la lechuza de Potter —fue toda su explicación.

— ¿Cómo lo sabes? —pregunté, no le veía correa o algún indicativo e imaginaba que para ellos una lechuza era igual a otra.

— Es el único engreído que tiene una lechuza blanca —explicó peleándose con el sello del pergamino, la lechuza lanzó un picotazo al aire al oír la ofensa contra su dueño, y yo empecé a pensar que no sabía muchas cosas en este mundo.

Desenrolló el pergamino que resultó siendo doble, traía un pequeño trozo envolviendo el mayor. Parecía ser una nota previa. Draco la leyó con el ceño fruncido y luego se dirigió al ave que lo observaba con cara de pocos amigos.

— Tu dueño es un idiota, pajarraco. —El ave lanzó otro picotazo al aire en señal de advertencia.

— ¿Qué pasa, Draco? —pregunté más por no sentirme excluida que por otra cosa. Me era bastante extraño el sistema de mensajería de los magos, sobre todo porque esta lechuza parecía entender todo lo que decíamos.

— Lee —ordenó él extendiéndome la nota que traía la carta. La tomé con cuidado intentando que Yandros no se me escapara de los brazos. La leí rápidamente y no pude evitar reírme. Aunque la camuflé con una tos muy cómica. La carta decía:

«Hedwig es la mejor lechuza que conozco para hacerte llegar este mensaje, nunca ha sido interceptada, sabrá encontrarte y entregarte el mensaje con seguridad. Eso sí, no la maltrates, no la amenaces, y mucho menos intentes encerrarla. Se defenderá y no seré yo quien la castigue por eso.

Ahora bien, el viaje ha sido largo así que te agradeceré la alimentes y le des de beber, no me gustaría que colapsara por tu poca consideración con los animales. Ella partirá después de eso. »

Era gracioso como alguien capaz de amenazar, de usar estrategias bajas y nefastas, mostrara tal preocupación por un animal y no por un ser humano. Aunque tenía que regañarme a mí misma, Potter había sido amable conmigo, tal vez tenía que tomar en cuenta la situación en la que nos conocimos. Eso sí, al pelirrojo no lo pasaría ni con agua.

Draco dio media vuelta y abrió la puerta. Luego observó al ave con repulsión.

— ¿Quieres comida? Pues tendrás que seguirme, no doy servicio a la habitación —exclamó dejando la puerta abierta para que el ave lo siguiera. Y para mi mayor sorpresa, el ave lo hizo, planeando sobre el pasillo y luego descendiendo las escaleras.

Susan no estaba en la sala, por lo que supuse que estaría en el patio entreteniendo a Eric. Bendije su astucia para prevenir esta catástrofe. Si Eric llegara a ver a la lechuza haría muchas preguntas. En la cocina Draco había tomado trasto hondo y había vertido agua, luego tomó un trozo de pan, lo partió en pedazos y lo colocó en un plato a la par del agua. La lechuza le observó con ojos turbios que interpreté muy bien. Hasta un preso obtenía comida mejor que esa.

— Tómalo o déjalo —murmuró Draco a la lechuza. La lechuza acercó su pico al agua y bebió, pero el pan no lo tocó, es más, con su pata había volteado el plato y luego de haber bebido una cantidad considerable de agua extendió sus alas y emprendió el vuelo volteando el recipiente con agua en el proceso. Draco lanzó un juramento que le costó un aletazo de la lechuza, la cual salió por la ventana y se elevó hasta volverse imperceptible por la claridad del día.

— ¡Maldito pajarraco! —exclamó Draco tomando un trapo de cocina y limpiando el desastre que el ave había causado. Sin ceremonias recogió el pan y lo lanzó al basurero con todo, trapo incluido. —Potter se preocupa más por su pajarraco que por los seres humanos "No la maltrates" —imitó burlón mientras tomaba los trastos y los colocaba, no sin un poco de brusquedad, en el lavatrastos— ¡como si yo maltratara a los animales!

Tenía que darle un punto a su favor, Draco era muy cariñoso con Yandros, aunque no podía tener referencia de otros animales. Fastidiado, Draco se cruzó de brazos y se recostó en el refrigerador intentado calmar su mal humor. Luego, como recordando que tenía algo pendiente que leer, se llevó la mano a la bolsa trasera de su pantalón y extrajo el pergamino que la lechuza había traído. Olvidándose de mí, empezó a caminar hacia la sala mientras leía el contenido. Lo seguí en silencio.

Un par de minutos después se dejó caer en el sillón y se tapó la cara. No sabía si estaba llorando o que pasaba, por lo que permanecí a una distancia prudente, dándole un poco de privacidad. Después de un momento, se irguió y continuó leyendo, su cara estaba roja aunque sus ojos recorrían el pergamino con ansias poco disimuladas. Frunció el ceño un par de veces hasta que llegó al final. Observó un par de minutos más el pergamino amarillento para después recostarse despacio en el sillón y quedarse con la mirada perdida.

No sabiendo muy bien qué hacer, me acerqué y me senté frente a él en la mesita de centro, tenía la vista desenfocada. Dejé que Yandros bajara de mis brazos para poder estirar un poco la mano, pero a mitad del camino de tocar una de sus rodillas me detuve. Yandros había trepado en el sillón e intentaba llamar la atención de Draco, jalando una de las mangas de su camisa. Esto pareció sacarlo de su trance porque pude notar como sus ojos enfocaron mi rostro hasta observarme atentamente.

— Está viva, está a salvo —fue lo único que pudo decir antes de pararse y gritar de alegría. Yo estaba estupefacta ante su muestra tan elocuente. No entendía de quien hablaba, no entendía nada. Sin que me lo esperase me tomó de las manos y me jaló con fuerza para luego abrazarme, todo sin dejar de repetir "¡está viva, a salvo!". Yandros estaba ladrando, exigiendo un poco de atención por nuestra parte, mientras que Draco seguía gritando como loco.

Eric había entrado, seguido de Susan preguntándose el porqué de tanto alboroto. Draco corrió donde Susan y la abrazó exclamando todo el tiempo "está viva, la Orden logró rescatarla, está a salvo del Señor Oscuro", cuando la soltó parecía un poco más tranquilo aunque seguía mostrando una sonrisa digna de un comercial de dentífricos.

Todos esperábamos una explicación ante el exabrupto de Draco. Y este pareció darse cuenta de ello, por lo que regresó sobre sus pasos y tomó el pergamino. Cuando iba a entregárselo a Susan fue consciente de la presencia de Eric. Había metido las patas y las había metido hasta el fondo.

— ¿Qué sucede? —preguntó Eric al sentirse observado. Draco no sabía qué hacer, Eric ya había visto el pergamino, pero era demasiado educado como para exigir que le mostraran algo que no iba dirigido a él.

— Esto... Nada, Eric. Draco ha recibido una buena noticia, creo —intentó explicar Susan haciéndole una extraña seña a Draco para que escondiera el pergamino.

Si algo no era Eric, es tonto. Supo que su novia le mentía en algo. Recorrió con la vista a los presentes, sintiéndose engañado. Al final me vio a mí y yo deseé con toda mi alma ser invisible, Eric podía ser muy intimidante cuando estaba enojado y en esta ocasión estaba muy, pero muy enojado.

— ¿Tu sabes la buena noticia, Diana? —preguntó despacio observando todas mis reacciones. La respuesta era no, pero de cierta manera mientras escuchaba a Draco gritar todo tipo de incoherencias fui armando cabos y deduje que se trataba de su madre, por lo que no pude más que balbucear una respuesta inentendible— no te esfuerces, no es necesario que mientas.

Fue como si un balde de agua hubiera caído sobre Susan. Su expresión cambió radicalmente.

— Eric… —intentó decir mi amiga, pero este la detuvo con un gesto de la mano.

— Comprendo que las personas tienen cosas privadas que no quieran que otros se enteren. No es necesario que me expliquen. Aunque es triste ver que soy excluido de estos secretos —murmuró Eric viéndome.

Mi mente trabajaba a toda pastilla. No entendía qué pasaba. Eric no era así. No era de los que exigían ser involucrado en nada, respetaba mucho la opinión de los demás.

— Eric, por favor... ya te dije que son cosas de mi familia, por favor no preguntes —exclamó un poco hastiada Susan viendo a su novio no muy amorosamente.

— "No preguntes Eric" siempre es lo mismo. Cada vez que quiero saber algo de ti, de tu familia, de tu pasado, sales con lo mismo, Susan: "No preguntes Eric" ¿Es que no me tienes confianza? —preguntó Eric enfrentando a su novia. Yo quería desaparecer, no quería estar presente, quería darle un golpe a Malfoy por ser tan idiota. Susan parecía tener problemas para responder coherentemente a la pregunta de Eric, por lo que este se enfadó aún más — Mentiras y más mentiras, me mientes a cada momento, tanto que he llegado a pensar que todo esto es solamente una gran mentira.

— ¡No! ¡Eso no es cierto! no te miento, siempre te hablo con la verdad, Eric —exclamó Susan intentando contener las lágrimas.

— Tienes razón. No me mientes. Pero ocultar las cosas tampoco es decir la verdad. ¿Por qué no querías que entrara a la casa, Susan? ¿Por qué llamaste a Draco y le pediste que entrara tan misteriosamente? ¿De qué no querías que me enterara?

Eric la fulminaba con la mirada mientras Susan parecía hacerse más pequeña con cada acusación. Sentía pena por mi amiga. No sabía cómo ayudarla, y tampoco servía de mucho que Draco, más que apenado, parecía feliz con la pelea de su prima. Se había agachado y estaba rascando la cabeza de Yandros, ajeno a su entorno. En ese momento sentí ganas de acercarme y darle una patada.

— Ok. ¡Ok! Lo entiendo. Lo entiendo —exclamó Eric levantando las manos en completa derrota. Dio un par de pasos hacia atrás, alejándose de Susan, la cual intentaba contenerse, pero algunas lágrimas traicioneras habían escapado de sus ojos.

— Eric, por favor... —suplicó Susan intentando tomarle la mano para impedir que siguiera alejándose, pero este la apartó y negó con la cabeza.

— Es obvio que no me tienes la confianza suficiente para contarme acerca de ti. No quieres que yo sepa tu pasado, a pesar que te he demostrado que no te juzgaría por nada. No sé qué hago acá realmente —murmuró Eric sonriendo con lástima. Dándose media vuelta tomó su chaqueta y caminó hacia la puerta.

— ¿Te vas? —preguntó Draco, sorprendiendo a todos, Eric detuvo la acción de abrir la puerta, interrogando al rubio con la mirada. Y por un momento pensé que por fin había conectado neuronas y que si había permanecido aparte de la discusión era por respeto a su prima. ¡Qué equivocada estaba!— ¿Y qué pasa con mi moto?

— Lo siento, Draco. Tendrás que arreglártelas solo. No creo volver muy pronto por acá —comentó Eric mirando con una sonrisa irónica a Susan, que le pedía en silencio que no se marchara. Yo lo único que quería era patear a Draco.

Al final Eric se fue dando un portazo y el silencio se hizo presente dejándonos a los tres con diferentes emociones. Susan pareció comprender que había tenido su primera pelea seria con Eric por lo que empezó a llorar desenfrenadamente. Me acerqué a mi amiga e intenté consolarla. Draco parecía debatirse consigo mismo sobre si abrir o no la boca. Supliqué mentalmente que mejor no lo hiciera.

— Esto, Susan... —empezó, rascándose un poco la nuca, incómodo por ver a su prima en tal estado lastimero— ¿crees que podrías arreglar tú mi moto? ya sabes, con un reparo... lo haría yo mismo pero bueno, no tengo varita en mano para ha...

— ¿Eres idiota o solo te esfuerzas día con día para serlo? —pregunté ante su descaro. Mi amiga lo observaba con ganas de querer matarlo. Draco era idiota y egoísta. Susan acababa de pelearse con su novio y él solo se preocupaba por su moto.

— ¿¡Que! Eric no vendrá a terminar con mi moto, tú lo escuchaste —se defendió Draco intentando hacernos entender que él era la víctima en este asunto— Le importó un pimiento dejarme a pie, al desconsiderado. ¡Y todo por tu culpa, Susan! ¡Por eso tú tienes que arreglar mi moto!

Si no fuera anatómicamente imposible, mi quijada hubiera caído como plomo en el suelo ante tal muestra de desfachatez y descaro. Se había cruzado de brazos y observaba acusatoriamente a Susan para poner más peso en su denuncia. Mi amiga se separó de mí despacio y observó a su primo. Ladeó un poco su cabeza antes de hablar.

— ¿Mi culpa dices? ¿Qué es mi deber? —preguntó despacio, arrastrando las palabras como en algunas ocasiones lo hacía Draco. Solo que Susan lo estaba haciendo con enojo, sus palabras parecían cuchillos por lo filosas que sonaron.

— Tienes varita ¿No? lo haría yo mismo si no estuviera imposibilitado. Esa manía tuya de no usar la magia me parece un desperdicio. ¡Tienes varita y no la usas! ¿No te da pena? —preguntó a su vez Draco elevando una ceja para acentuar su punto.

Me sentía en medio de dos bandos enemigos. Ambos orgullosos y prepotentes, uno más idiota que la otra. Pero al final, ambos molestos y peligrosos. Susan se movió demasiado rápido para que pudiera reaccionar. No sabía en qué momento o de donde había sacado su varita, pero ahora esta estaba en su mano, apuntando firmemente a Draco, justo directo a la cara. Draco no retrocedió. Todo lo contrario, había permanecido quieto en su puesto y había sonreído ante la muestra de enfado de su prima.

— ¿Vas a atacarme? Hazlo. Utiliza tu magia contra mí. Desahógate conmigo. ¡Vamos! —le retó elevando un poco el mentón y extendiendo los brazos para mostrar un mejor blanco. La mano de Susan empezó a temblar y de la punta empezaron a salir chispas, las cuales no pasaron desapercibidas para Draco, que observó la punta de la varita y por un momento toda esa seguridad se esfumó.

Igual como la había alzado, Susan bajó la varita y emprendió camino escaleras arriba. Draco bufó y se rió ante su cobardía.

— Sabia que eras incapaz de atacar a nadie, es un desperdicio que portes varita —murmuró cruelmente.

Sin darle tiempo siquiera a parpadear, Susan se había detenido a media escalera y había latigueado el aire con su varita. Un segundo después Draco había volteado la cara y se sostenía la mejilla con una mano. Volteó a ver a Susan con cara de sorprendido.

— Lárgate, no te quiero ver —ordenó Susan sin mostrar expresión alguna en su rostro, y como si no acabara de agredir a su primo continuó subiendo elegantemente las escaleras.

Yo no iba a esperar a que la tormenta explotara, así que empecé a buscar mis cosas y las de Yandros. Draco seguía parado sosteniendo su mejilla, observando el lugar desde donde su prima lo había atacado. Cuando le colocaba la correa a Yandros, explotó.

— ¡Esa maldita bruja me atacó! —exclamó observando su mano manchada con sangre. Su mejilla mostraba un corte que la atravesaba de arriba a abajo. No sangraba mucho, por lo que supuse que no dejaría marca. Y como hasta donde sé, nadie muere por un corte de ese calibre en la mejilla, me importó poco su berrinche.

— Te lo mereces —exclamé, colgándome la bolsa en el hombro— vamos, Yandros.

Salí de la casa a paso rápido, Yandros iba casi corriendo, ganándose varios jaloncitos cuando intentaba regresar. Escuché un portazo cuando pasaba por el patio donde estaba la Dukati desmontada, un minuto después Draco me había dado alcance. No le hablé. Estaba bastante molesta por su egoísmo y su falta de tacto y consideración.

Creía que había cambiado con todo este tiempo que tenía de conocerlo, pero hoy se había mostrado tal cual era. Un egoísta desconsiderado, un narcisista que cree que es el centro del universo.

Me acompañó en silencio por más de tres cuadras. Para él era fácil seguirme el paso, yo iba a todo lo que podía y el único que sufría era Yandros. Me detuve de repente haciendo que avanzara dos pasos antes de detenerse. Me observó con la interrogante grabada en su rostro. No sabía qué hacer, estaba molesta, furiosa y sin saber muy bien por qué. Intenté tranquilizarme, por lo que me agaché y tomé al pobre cachorro en mis brazos, estaba cansado después de correr tanto. Jadeaba y noté que tenía la lengua seca. Lamenté no traer agua conmigo.

— Deja que yo lo lleve —solicitó Draco, extendiendo los brazos para que le diera a Yandros. Lo evalué un segundo, notando que él necesitaba tanto como yo tranquilizarse. Se lo tendí y lo sujetó con cuidado— Creo que deberíamos parar en algún lado para comprarle algo de agua. —comentó llegando a la misma deducción que yo.

— Ya estamos cerca de casa, mejor terminamos de llegar —exclamé rascando las orejas de un agradecido Yandros que se había acomodado en los brazos de Draco.

Debía reconocer que el perro era un aprovechado, se victimizaba y aceptaba gustoso los mimos de Draco, el cual parecía creer que esa era la mejor forma de educar a un perro. No hablé durante el resto del camino, cuando vi la entrada de mi casa, por un momento pensé pedirle el perro y dejar a Draco tirado en la acera sin mediar más de tres silabas. Pareció leerme el pensamiento por lo que antes que pudiera abrir la boca para decirle que me lo devolviera, ya había empezado a caminar por el pequeño sendero a mi morada.

Se acercó al patio y dejó en el suelo al perro, observó alrededor hasta que vio un trasto para agua. Lo llenó en el chorro del patio y se lo dio a Yandros, el cual empezó a beber como si su vida dependiera de ello. Mientras él hacía todo eso, yo había entrado a la casa y había ido por una gasa limpia y un poco de desinfectante. Que el corte fuera leve no implicaba que no debía ser tratado. Cuando regresé lo encontré sentado en el escalón de la puerta, observando en silencio como el perro bebía hasta dejar el balde seco. Yandros se había desparratado en el césped después de llenarse con agua, creí que se había dormido. Me senté a su lado y le tendí la gasa.

La observó sin entender muy bien que quería. Bufando por su ineptitud, mojé la gasa en un poco de desinfectante y le señalé la cara, la tomó con cuidado y empezó a limpiarse, o al menos esa era su intención. Estaba haciendo un desastre con el desinfectante y lo último que estaba limpiando era la herida. Suspirando exasperada, mojé otro retazo de gasa y empecé a limpiar su desastre, no sin antes mencionarle lo inútil que era. Lo limpié sin delicadeza, pero sin llegar a ser brusca. Creo que comprendió que se merecía ese trato.

— Lo siento, ¿está bien? —explotó apartando mi mano de su cara— Me pone celoso que Susan tenga varita y no la use, mientras que yo me muero por volver a tener una varita en la mano —confesó. Retorcía sin ninguna consideración el pedazo de trapo que tenía en la mano.

— ¿Pero tenías que ser tan desconsiderado cuando acaba de pasar por ese mal momento? Realmente te viste muy mal Draco, un completo egoísta —le acusé jugando con la botella con desinfectante. Yandros se había acomodado en la grama y se había dormido, ahora estaba patas arriba. Pobre, lo había hecho correr demasiado.

— Soy así por naturaleza. No estoy acostumbrado a preocuparme por nada y a veces… se me olvida que debo hacerlo —contestó con dificultad elevando el mentón, con lo cual entendí que no debería seguir preguntando nada más, porque no me respondería.

Nos quedamos en silencio observando al cachorro darse vuelta en la grama y quedar de lado. Como recordando algo, Draco extrajo el pergamino arrugado de su pantalón, en su carrera de guardarlo de la vista de Eric no se había parado a hacerlo con delicadeza. Lo desdobló como pudo y me lo tendió.

No esperaba que me mostrara la carta, no después de lo que había pasado con Eric. Tampoco es que yo le fuera a exigir que me enseñara el pergamino cuando Susan había dicho que era un asunto familiar. Definitivamente yo no caía en esa clasificación. Lo tomé con cuidado y empecé a leer.

Era algo larga, la letra estaba muy tupida, estaba escrito con la misma caligrafía torcida que la nota aclaratoria de la lechuza, por lo que supuse que Potter lo había hecho. Empezaba comentándole sobre la situación crítica que vivía el mundo mágico, por el tono y la fuerza con que había sido escrito, pensé que el muchacho lo había hecho con algo de enojo. En varios pasajes dejaba caer algunos comentarios sarcásticos sobre la gran colaboración de Draco en la lucha contra el Innombrable.

— Potter te tiene en gran estima —comenté con ironía, mientras leía un pasaje en el que dejaba en claro su aberración por el muchacho. No recibí respuesta. Así que continué leyendo. A media carta estaba el motivo de la misma.

«…Después de la visita que te hicimos, tu madre fue hospitalizada. Estuvo en San Mungo hasta que el día que fue dada de alta los mortífagos atacaron el hospital. San Mungo sufrió muchas pérdidas ese día. La Orden llegó demasiado tarde. Tu madre había desaparecido nuevamente. No sabíamos si había muerto o simplemente era un rehén.

Finalmente conseguimos rescatarla con vida, cómo lo hicimos no es algo que voy a contarte, ni tampoco cómo nos enteramos de su ubicación. Confórmate con saber que está viva y está a salvo, aunque el precio que se pagó fue muy alto. Ese rescate le costó la vida a varios miembros de la Orden, incluyendo al profesor Dumbledore. Así que no intentes ninguna estupidez como esas que solo tú sabes hacer. Quédate dónde estás, ya has hecho suficiente, tu familia y tú ya han dado suficientes problemas así que es mejor que desaparezcas y no causes más… »

La carta continuaba en la misma tonada, advertencias de no hacer algo imprudente. Reproches por los caídos. Terminé de leerla con una congoja en el corazón. La madre de Draco estaba bien, pero ¿A qué precio? Hasta donde lograba comprender, este Dumbledore era una pieza fundamental en la batalla, aun recordaba el dolor y frustración en el rostro de Potter al hablar de la inminente muerte de su mentor. Definitivamente no quisiera volver a encontrarme a Potter ahora que había perdido a alguien importante para él.

Le tendí el pergamino de vuelta, sin saber muy bien que decir o hacer. Lo tomó y lo observó un momento. Luego lo dobló con cuidado y lo guardó en la bolsa de su camisa.

— Me alegra que tu madre esté bien —dije para romper ese silencio pesado que se había formado.

— Gracias. Aunque he de reconocer que me causa miedo saber que Dumbledore está muerto. Siempre lo creí intocable. Sabio y algo loco, pero poderoso. —Murmuró Draco colocando sus brazos en las rodillas que tenía recogidas.

— Bueno, ahora solo es cuestión de esperar. Según entiendo, ahora tu madre está a salvo en algún lugar escondido. Tal vez si le escribes… —comenté pero me detuvo con el gesto de una mano.

— Eso definitivamente sería una estupidez monumental. Sin Dumbledore mi defensa se ha debilitado. El ministerio no moverá un dedo para proteger a los Malfoy. Solo Dumbledore ha creído en nosotros. Y ahora que no está… —reflexionó observando el cielo, que poco a poco se iba nublando, yo lo observé también, pronto llegaría la temporada de lluvias— realmente no sé cómo terminará todo esto. Sin él, la única esperanza que queda es Potter, y hay que ser muy optimista para pensar que tiene alguna posibilidad. Hasta ahora ha tenido mucha suerte, pero por mucho que Dumbledore le haya entrenado, Potter jamás será rival para el Señor Tenebroso.

No lo había dicho en voz alta pero no era necesario. Sabía perfectamente lo que estaba pensando en ese momento, que si Potter no conseguía derrotar a ese Señor Tenebroso él no podría regresar nunca a su hogar. Aunque pareciera ir adaptándose a su nueva vida, comprendí que jamás lograría hacerlo del todo, porque simplemente él pertenecía a aquel mundo y si no conseguía volver siempre se sentiría fuera de lugar.

Estuvimos un rato más sentados en la grada de mi casa, platicando de cosas triviales, el clima, Yandros, la tarea, Yandros y al final Yandros, hasta que se tornó oscuro. Mi madre llegaría pronto de su trabajo. Draco comentó que era hora de regresar y enfrentar a su prima. Habían pasado al menos tres horas desde que habíamos salido de su casa, por lo que Susan debía estar más tranquila, o al menos habría pasado el peligro de terminar como afilador de chuchillos.

A la hora de marcharse fue un momento extraño, al menos para mí. En los últimos tiempos habíamos adquirido la costumbre de despedirnos con un beso en la mejilla pero, sinceramente, aquel día no creí que fuera a suceder. Seamos honestos, los acontecimientos recientes me habían hecho comprender que aunque parecía que últimamente había adquirido una gran presencia en la vida de Draco, en el fondo no se trataba de nada más que un espejismo. Solo debía ver como algo de su antigua vida venía y él volvía a ser el mismo de antes, además, tenía que confesar que los contactos con el mundo mágico me hacían sentir desplazada y fuera de lugar. ¿Cómo poder competir contra su propia naturaleza? Era una tonta al suponer que esto era algo permanente. Siempre era lo mismo, "soy afable contigo, hasta que algo me recuerde que soy un mago".

Me paré del escalón y sacudí mi pantalón, llamé a Yandros para que entrara, Draco se agachó y se despidió de él, mientras yo sostenía el picaporte. Yandros entró y yo iba a seguirlo, consiente que hoy la despedida sería un gesto de mano. Seguramente sus barreras estaban hasta las nubes y ahora recordaba que él no "pertenecía a mi mundo".

Sin embargo, y para mi sorpresa, él no parecía pensar en lo mismo. Me puso una mano en la cintura y sin advertir mi turbación se acercó a mí y me besó del mismo modo en el que lo que venía haciendo cada día sin excepción.

Fue un gesto extremadamente cotidiano y natural, y que logró esfumar la pesadumbre que se había apoderado de mí desde que leí la carta de Potter. Parecía ser que era yo quien no podía interpretar sus pensamientos, lo que me hizo preguntarme ¿cuántas veces había supuesto cosas incorrectamente?

— Gracias Diana, nos vemos mañana —murmuró mientras soltaba mi cintura y me sonreía honestamente, haciéndome evidenciar que estaba aquí y ahora, y no muy lejos por las calles húmedas de Inglaterra.

Le observé alejarse por el sendero. No estaba completamente relajado y no sabía lo que pensaba, aunque algo en su manera de caminar me indicó que un gran peso había caído de sus hombros. Era evidente que la guerra y Potter todavía le tenían preocupado, pero saber que su madre estaba a salvo era un gran alivio que ninguna otra noticia podría nublar.

oooOOOooo

¿Qué decir? ¡Aún es Octubre!

Ya en serio. Gracias a los que leen y me han aguantado todas mis paradas y largas publicaciones. En serio, hasta pena da tardarse tanto, pero que le hacemos, sin musas e inspiración esto sería una completa porquería.

Ustedes saben que no me gusta dejar a Draco en paz, feliz y contento, siempre tengo que estarle molestando con algo. Los guiños a la saga original es algo que me encanta hacer. Entre una de las tantas opciones Hedwig me pareció la mejor. Ya luego veré si envío a otro personaje querido, no sé, todo depende de que la idea no se me escape de las manos.

Muchos dirán y odiarán a Draco en este capítulo, ya que se portó como un verdadero idiota con Susan. Pero para él, la pelea de su prima no era muy importante, él ha tenido peleas con Diana más fuertes, golpes, ofensas y ese tipo de cuestiones y aún siguen allí, hasta mejores amigos se han vuelto. Así que lo ve como un poco de drama por parte de su prima, no le presta el valor que merece. Y aún más porque está celoso de Susan y su varita.

Algo que me gustaría dejar claro es que acá Draco no es alguien bueno, no es el niño incomprendido, pan de Dios, que solo necesitaba una oportunidad para demostrar que era más bueno que Potter. No, acá sigue siendo el mismo idiota mimado, intransigente, con aires de grandeza que solo piensa en sí mismo. No esperemos que salga comprensivo y buena persona.

Otra cuestión, la nota de Potter para con Hedwig era un guiño a la saga original, Draco nunca ha sido bueno con nada, mucho menos con un animal, sino recordemos a Buckbeak y su odio al animal que hasta lo mandó a la corte para que lo decapitaran solo porque le había herido. Yandros es otra historia.

Y hablando de Yandros, y es acá cuando saco mi varita y lanzo un protego. Sé que estaré ardiendo a la par de Sashka en los dominios del Caos por haberle colocado a un perro el nombre del gran señor de la vida y de la muerte, Dios supremo del Caos, Yandros.

Si alguien quiere leerse una trilogía genial que les asegura una gran entretención y sobre todo una excelente lectura, lean la trilogía de "El Señor de Tiempo" —El iniciado, El proscrito y El orden y el Caos— no se arrepentirán.

¿Qué más? Tantas cosas que pensaba decir y que cuando me pongo a escribir olvido. En fin. A ponerme con "La Ultima" que está más terca que una mula, se rehúsa a visualizarse en mi mente.

¿Merezco un comentario? ^—^