¡A LEER!

=)


Capítulo 28.

Bella cerró la puerta de su antiguo apartamento, el que hasta hace algunas semanas atrás compartía con su tía. No había nadie ahí pues su tía en ese momento estaba en el trabajo, por supuesto, y llegaría allí sino hasta las ocho de la noche.

Había logrado olvidarse del asuntito durante el almuerzo que resultó muy ameno. Ella estaba contenta pues la relación entre Edward y su padre se hacía distendida cada vez con más fuerza, y estaba segura que esa relación entre ambos, ayudaría a su marido a sanar las heridas del pasado. La llegada de Beatriz sin duda ayudaría también, pues sin querer su marido estuvo haciendo preguntas sobre su hermana, tratando de parecer indiferente, aunque sabía ella que no lo era.

Convenció a Edward cuando salieron del restaurante, que la dejara en el centro de la ciudad diciéndole que tenía una cita con una clienta, lo que no era cierto por supuesto. Cuando se quedó sola, caminó hacia la farmacia más cercana y tras encomendarse a Dios, compró dos diferentes test de embarazo, porque quería asegurarse de que ninguno fallara. Tomó enseguida un taxi y le dio la dirección de donde ella ahora se encontraba, con su espada aun pegada a la puerta de la entrada.

Soltó el aire de sus pulmones y caminó hacia el baño, soltando su cartera de camino. Encendió la luz del espejo al entrar a cuarto de baño y se enfrentó a su imagen nerviosa, en el reflejo que daba el espejo. Dejó entonces las dos cajas a un costado del lavamanos y las miró, como rogándole a los artefactos rectangulares que le dieran la información correcta, la que ella necesitaba.

Abrió las cajas y sacó los dispositivos con sus respectivas instrucciones. Lo que básicamente debía saber, era que, luego de impregnar el test de embarazo, habría que esperar cinco minutos para ver aparecer los resultados: en uno habría que esperar ver aparecer dos líneas paralelas para un resultado positivo, y en el otro, una cruz debía dejarse ver. Ella, tras tragar grueso y acercarse al inodoro rogó al cielo pidiendo un poco más de tiempo pues sentía que las cosas a su alrededor, no estaban bien como para traer a un niño a este mundo.

Tras el proceso, dejó los aparatos a un costado del lavamanos sobre las cajas de cartón en las cuales venían las pruebas, fijando entonces sus ojos verde miel sobre estos, esperando que el resultado apareciera… y según ella, los minutos pasaron demasiado rápidos, pues al poco tiempo los resultados se vislumbraron: la cruz y las dos líneas paralelas.

El tiempo y el espacio a su alrededor se suspendieron, perdida ella en los signos que le entregaban un par de artefactos que pusieron su mundo patas arriba.

Bella Swan… Masen, estás embarazada.

Se cubrió la cara con la palma de las manos y buscó a tientas un muro contra su espalda, por cual que resbaló hasta sentir el suelo con sus glúteos. Dejó escapar un gemido, que antecedió a su llanto, que se dejó caer con fuerza.

"¡No va a suceder! ¡No habrá hijos, fin de la discusión!"

Eso había gritado Edward cuando apenas tocaron el tema de la maternidad. ¿ Qué sería de ella ahora?

—Pero no es posible, no es posible. ¡Cómo, cuándo! —Dialogaba con su conciencia, mientras allí sentada en el piso frio del baño rodeaba sus rodillas con los brazos, balanceándose hacia adelante y hacia atrás.

Vale. Preguntarse "cómo", estaba de más. Edward y ella eran bastante lívidos y no debían tener más excusas para hacer el amor. Es más, ella desde el primer momento, cuando el ogro la encontró bajo su cama, se le entregó y ni de rogar se hizo cuando fue el momento de experimentar por primera vez con él los placeres del sexo.

¿Protección? Pues sí. Él usaba preservativo hasta que el mismo día de su cumpleaños prescindió de ellos: "Contigo no quiero perderme ninguna sensación, demonio". Y es que esa vez, sentir carne con carne había sido una cuestión de otro nivel…

"¡No te desconcentres, Bella!" se gruñó, pues no era el tema del placer el que ahora ella debía cuestionarse. Siempre, desde la primera vez, ella usó anticonceptivo, incluso era bastante constante y nunca los había olvidado tomar. Sólo había hecho modificaciones hace poco, cuando su doctor le aconsejó cambiarlo…

"Oh, no" inclinó la cabeza hacia atrás, recordando las palabras de su buena ginecóloga, que le explicó los efectos del cambio de pastillas y las precauciones:

—Recomiendo que hasta el siguiente ciclo menstrual no tengas relaciones sin el uso de condón. Si sigues esta recomendación, no habría riesgo de embarazo.

—Soy una tonta, soy una tonta, soy una tonta… —llorosa se reprendía, pensando en todo lo que se le venía encima con esa noticia.

Estuvo llorando encerrada en su baño por cerca de una hora, sin encontrar consuelo aparente, pues lo que para ella tendría que significar una noticia que la llenara de pura dicha, significaba más bien, incertidumbre sobre qué sería de su matrimonio, cuando su marido se enterara.

"¡No va a suceder! ¡No habrá hijos, fin de la discusión!"

"¡No va a suceder! ¡No habrá hijos, fin de la discusión!"

"¡No va a suceder! ¡No habrá hijos, fin de la discusión!"

La exaltada exclamación de Edward venía a ella como hielo envolviendo sus venas, presumiendo que hasta allí iba a llegar su matrimonio…

"Un momento, ¿pero por qué tiene que ser tan así?". Eso pensó Bella después de un momento, obligándose a secarse las lágrimas y levantarse del frio piso. Se miró al espejo y vio sus ojos rojos, enseguida desvió su vista un poco más abajo hasta que sus irritados ojos verde miel se fijaron en su hasta ahora plano vientre. Con un leve temblor, llevó sus manos hasta su estómago y las dejó allí pensando en lo hermoso que sería un hijo con los ojos de su hermoso ogro… ¿cómo iba a enojarse, si ese niño era fruto de puro amor?

—Vale, Bella… tranquilízate y busca el momento adecuado para hablar con él —se auto aconsejaba frente al espejo, infundiéndose ánimo. ¡Dios, iba a tener un hijo! Y debía sentirse feliz por eso, y no dejar que nadie arrebatara ese sentimiento de amor que iba creciendo dentro de ella. Se vio sonriéndole con amor al bebito que crecía dentro de ella y dedicándole palabras de amor, como infundiéndose ánimo a ella misma—. Vamos a hacer que tu papá sea feliz con nosotros, bebé. Ya verás.

Con el ánimo un poco más recompuesto, guardó los test de embarazo, lavó su cara y se preparó para marcharse directo a casa donde prepararía una cena romántica para su marido. Seguro después harían el amor y tras el reposo del éxtasis, ella le daría la buena noticia.

—Sí, Bella, eso harás.

Llegó lo suficientemente temprano al apartamento, decidiendo concentrarse en terminar un trabajo pendiente, antes de ponerse manos a la obra con la cena, por lo que sacó su laptop y la abrió para concentrarse en sus pendientes. Eso logró aminorar su ansiedad, olvidándose de todo por unos momentos, o por unas horas, pues levantó la vista de la pantalla cuando oyó un fuerte portazo. Pestañeó rápida y repetidas veces, mirando la hora en su ordenador. Las siete de la tarde con trece minutos. Había estado más de dos horas trabajando y el tiempo había pasado sin darse cuenta. Se lamentó no tener tiempo para preparar la cena que tenía en mente; por lo que se levantó del asiento tras el escritorio en pequeño despacho que Edward tenía montado allí, caminando hacia la sala, donde vio a su marido quitándose la chaqueta gris marengo y la corbata mientras mantenía el celular pegado a su oreja, lanzando ordenes seguro a su secretaria. Al parecer, eso no impidió que sintiera la presencia de su esposa, girando su vista hacia el pasillo donde Bella apareció.

—Es todo, Nadia —indicó y enseguida colgó. Lanzó el móvil al sofá y caminó derecho hacia su demonio, que lo recibió con brazos abiertos. Se besaron de forma dura y con ansias, como si no se hubieran visto desde hace mucho tiempo, pero eso no era ninguna novedad. Cuando se apartaron, él hundió su rostro en el hueco aromático del cuello de su demonio, inhalando como siempre el perfume a rosas que a él lo hacía olvidarse de todo lo demás. Ella mientras tanto, lo aferró por los hombros y acarició su cabello.

— ¿Está todo bien?

—No —gruñó él, mordisqueando su cuello antes de levantar su rostro y mirar a su mujer—. Nada está malditamente bien.

— ¿Qué… qué ocurrió? —Susurró ella, temerosa, pensando que quizás a Damian se le había escapado algo sobre la conversación que ambos tuvieron. Él cerró los ojos y bufó con cansancio.

—Tengo que salir de la ciudad.

—Oh, vaya. ¿Cuándo tienes que marchar?

—Tengo una hora y media antes que Emmett venga por mí y me lleve al aeropuerto.

— ¿Hoy?

—Sí… ¡Joder! —Volvió a rezongar, hundiendo otra vez su nariz en el cuello de su esposa—. ¡No quiero ir, maldita sea!

—Pero supongo que es preciso que lo hagas, ¿no? De lo contrario simplemente no irías.

Otra vez Edward alzó su rostro y juntó su frente a la de ella, estrechándola por las caderas y pegarla fuertemente a las curvas de su cuerpo.

— Las ganancias de uno de los inversores en Londres no fue cubierta y está exigiendo liquidar su parte. Elizabeth ordenó a Rosalie hacerse cargo y arreglar el asunto, pero Damian insiste en que es necesaria mi presencia allí, dice que puedo sacar provecho.

— ¿Cómo?

—Dándole al inversor su parte de las ganancias y ofreciendo comprar en nombre de Damian su parte. Eso le daría más autoridad en la empresa y molestaría a Elizabeth, por supuesto.

— ¿Crees que el inversor ese acepte?

—Aceptará con tal de liquidar sus negocios con "Masen & Co".

—Ya veo —se inclinó y dejó un suave beso en los labios de su marido—. ¿Y cuánto dura el viaje?

—Mínimo tres jodidos días.

—Ya veo… pero vamos, no perdamos tiempo, tenemos que preparar tu valija —indicó la esposa, apartándose y agarrando la mano de su cansado marido hacia el dormitorio, meditando en que ese no iba a ser un buen momento para darle "la noticia", teniendo que aguantarse hasta su regreso del dichoso viaje.

Mientras él sacaba de sus cajones los documentos necesarios para salir del país, ella dejaba una maleta sobre la cama, antes de regresar al armario y sacar camisas para dejarlas muy bien dobladas dentro de la maleta. Mientras hacía eso, Edward la miró y suspiró, recordando un asuntito.

—Sabes que no me tragué el viejo cuento de la mugre en el ojo, ¿verdad?

— ¿A qué te refieres?

—Entré en la sala de juntas y nada más me bastó con mirarte para saber que algo te pasaba, ¿qué fue?

Ella arrugó su frente, intentando hacer lo mejor posible el papel de desentendida antes de regresar otra vez al armario por las corbatas. Eligió cinco desde el colgador y al girarse chocó con el pecho de su marido.

—No quiero volver a preguntarlo, demonio.

—Ya te lo dije. No te preocupes por algo que no tiene importancia —aseguró, empinándose sobre la punta de sus zapatos planos para besar a su ogro antes de retomar su camino a la recama.

"¿Algo que no tiene importancia? ¡Ja!"

Terminaron de armar la valija entre las indicaciones de Edward, sobre el hotel en donde se hospedaría y advertencias de que lo llamara a cualquier hora. Ella a todo respondía con un "está bien" pues notaba que su advertencia iba dirigida en el caso que Sam pudiera volver a molestar. Incluso le sugirió que llamara a Carmen para que la acompañara durante los días de su ausencia, advirtiendo, que cuando se aprontara a no salir del apartamento, pues la tendría desnuda y encerrada, saciándose por los días que iban a estar lejos. Ella simplemente se carcajeó y asintió feliz a la orden.

El ogro gruñó cuando bella cerró la maleta y el sonido de su teléfono lo alertó que la hora de irse había llegado, ni siquiera dándole tiempo de despedirse como correspondía de su mujer, de quien estaría alejado por al menos tres jodidos días.

—Ya bajo, Emmett —respondió y colgó.

Arrastró de mala gana la maleta hacia la sala, donde había dejado la chaqueta y la corbata que comenzó a calarse otra vez, mientras ella lo observaba con un nudo en la garganta. Él la miró y torció la cabeza cuando la vio secarse una lágrima de su mejilla.

—Demonio, no me marcho para siempre.

—¡Dios! —Exclamó, corriendo hacia él y colgándose a su cuello a la vez que enroscaba sus piernas en las caderas de su marido, lo besó con intensa pasión, diciéndole a través de esa acción lo mucho que lo amaba y lo mucho que lo extrañaría. Él caminó con ella en andas hacia la puerta, apretándola entre esta y su cuerpo, saqueando su boca de modo que el recuerdo al menos lo consolara en su tiempo lejos de ella.

—Es suficiente, demonio, o no voy a poder apartarme —declaró desganado, haciendo ademán de soltarla. Tomó por última vez su rostro y volvió a besar sus labios por un breve espacio de tiempo, antes de regresar a la sala por la infame maleta, regresar a la puerta, abrirla, volver a besar a su esposa y salir de la casa.

— ¡Te amo, Edward! —Gritó ella, antes que Edward desapareciera en el elevador. Él la miró, suspiró y respondió.

—También te amo, demonio —tras esa declaración desapareció tras las puertas del elevador. Bella cerró la puerta del apartamento y se dejó caer en esta, suspirando y pensando que al menos tenía tres días para armarse de valor y hablar con él para su regreso.

**oOo**

Eran las 9 de la noche en Londres y él estaba exhausto. Acababa de entrar a su dormitorio tras una reunión para delinear los aspectos del contrato de traspaso que los británicos vendieron a Damian. Se había quitado su chaqueta negra y su corbata, dispuesto a meterse a la ducha, no sin antes hablarle a su esposa, pero ese llamado lo sacó de su plan.

Edward arrugó su frente cuando el número de James apareció en la pantalla.

—¿James?

—Edward… este yo… tengo una información importante que darte. Algo ocurrió aquí… —la voz de James era nerviosa y tensa, por lo que Edward se preparó pare recibir una mala noticia. ¡Joder! Y justo cuando las cosas con las negociaciones allí iban tan bien.

—Qué ocurrió.

—Pasó algo… es una mala noticia, pero debes estar tranquilo…

—¡Dime qué mierda pasó, James! —Gritó, perdiendo los estribos—. ¿Le pasó algo a alguien?

—Sí… sí… hubo… hubo un homicidio aquí y…

— ¡¿Homicidio?! ¡Habla ya, maldita sea!

—La hermana Gabriela…. Mataron a la hermana Gabriela, Edward…

Edward miró hacia todos lados. No, no… no podía haber escuchado aquello. No, no…

— ¡¿Qué… qué mierda, James, qué mierda me estás diciendo?! —Gritó Edward al otro lado de la línea telefónica. Estaba agarrando el auricular con fuerza tras oír la noticia que James le estaba dando. Se dejó caer sobre la cama, temblando, de ira, de pena, de incredulidad… no estaba seguro.

—Edward, escúchame, agarra tu maleta y ve directamente al aeropuerto. Un avión privado estará listo para despegar en cuanto hayas llegado ahí, Jacob lo tramitó. Rosalie debe estar enterándose en este momento, ella se encargará de todo…

— ¡Joder, joder, James! —gritó él, golpeando con su puño el colchó. Sentía sus músculos tensos y no estaba seguro de lo que debía hacer—. ¡Pero dime cómo mierda pasó! ¡Mierda, James, la monja no puede estar muerta, debe haber un jodido error…!

—Lamento decirte que no hay error alguno —contestó tras suspirar—. Ahora no pierdas más el tiempo, Edward. Agarra tus cosas y regresa aquí.

—No puede ser… —susurró tras cortarle a James, afirmando sus codos sobre sus rodillas, y cubriéndose su cara. Podía sentir incluso las lágrimas calientes caer por sus mejillas.

"No puede ser. La hermana Gabriela no puede estar muerta… no puede estar muerta… debe ser una pesadilla…"

—¡Edward, Edward! —gritó Rosalie al otro lado de la puerta del cuarto de hotel. Por el tono de sus gritos entre llantos, seguro ella estaba ya al tanto como James, se lo dijo—. ¡Ábreme Edward!

Cuando este lo hizo, ella entró y observó a Edward, quien estaba tan o más atónito que ella.

— ¡Dios, Edward, debe haber un error! Emmett está destrozado, apenas podía hablar….! —Dijo con tono contrito— ¡No entiendo nada!

—Rosalie, debes quedarte… yo… yo debo… —miraba hacia todos lados, como buscando la respuesta o forma alguna de explicarle a la rubia lo que había ocurrido, pero no podía—, yo debo ir… no puedo quedarme…

—Me largaré de aquí en cuanto los hombres firmen, Edward. Tú ve, por favor.

Después de la confusión, la negación, la ira y la pena, Edward se vio confundido, mirando hacia todos lados, caminando torpemente con su maleta a la rastras sin sabes bien qué pasaba a su alrededor. Seguía pensando en que estaba envuelto en una jodida y fea pesadilla.

La hermana Gabriela, la monja que fue su amiga, su consejera, incluso a quien vio como una madre… ¿estaba muerta? ¿Qué maldito animal querría matar a una monja? Porque según la poca información que James le dio, la habían encontrado muerta en la casa que Damian estaba arreglando….

¡¿Pero qué mierda?! Seguía cuestionándose él, mientras el portero del hotel abría la puerta de acceso para él y un taxi paraba justo para que se metiera dentro y se apresurara a llegar hasta el aeropuerto.

¿Pero cómo había pasado todo?

De la siguiente manera:

—Don Damian, la hermana Gabriela confirmó su cita. Dice que no tiene problema de ir a su casa, que allí lo esperará encantada —informó la eficiente secretaria a Damian, tras comunicarse con el hogar de menores.

—Vaya, gracias. Esta reunión con Alice y el constructor salió a última hora.

—Ella supo entenderlo, señor, no se preocupe. Me dijo que si tenía problemas, que podrías mover la cita según lo que a usted le convenga.

—No, no, será esta tarde.

—Como ordene, señor —dijo la asistente, saliendo de la oficina de Damian, quien leía los documentos que Edward le mandó vía e-mail. Había logrado convencerlos sin mucha dificultad que traspasaran sus acciones a él, pues ellos querían desligarse de cualquier vínculo contractual con la empresa de Elizabeth Masen. Y no era para menos. Lo lamentable para Edward, era que su estadía en Londres debía alargarse al menos dos días más, hasta regresar con el acuerdo donde él, era el representante. Era absolutamente necesaria su presencia allí.

Tras leer el documento, redactó un rápido correo a su hijo, agradeciéndole la gestión y dándole el visto bueno para firmar y cerrar el negocio. Luego se levantó, se colocó su chaqueta y salió de la oficina rumbo a la reunión con su hija Alice y el constructor. Le daba el tiempo justo para llegar al lugar y luego ir a la casa donde comentaría algo con el encargado para luego hablar con la hermana Gabriela.

Días atrás visitó el hogar de menores donde sus hijos estuvieron, y había hablado con la Superiora, la hermana Manuela, indicándole que quería hacer un donativo a la institución de forma permanente, pues se sentía agradecido y quería retribuir su agradecimiento de alguna manera. Ella le dijo lo agradecida que estaba de ese donativo y que esperara a hablar con la hermana Gabriela, quien era la encargada de recolectar los donativos. Además, estaba interesado en hablar con esta última, pues sabia del lazo que sus hijos habían creado con ella y tenía muchas preguntas que hacerle. Por eso concretó esa cita, la que inicialmente sería en su oficina, pero los hechos inesperados lo habían hecho cambiar la hora y el lugar del encuentro, no manifestando ella ningún problema.

Y mientras él, llegaba a la oficina de Alice, donde ella y el contratista a cargo de la obra lo esperaban para la reunión, la hermana Gabriela salía del hogar con bastante antelación, manejando la vieja Ford pickup rumbo a la casa de Damian. La gentil secretaria del señor le dio la dirección para llegar, aprovechando ella de manejar con prudencias entre las calles siempre tan atestadas de la ciudad.

Al llegar, silbó de sorpresa cuando vio la casa tan hermosa, viendo de esta a hombres entrar y salir, cargando materiales de construcción.

— ¿La puedo ayudar, monjita? —preguntó uno de ellos, cuando la vio acercarse hasta la puerta.

—Tengo una cita con el señor Damian…

— ¡Joe, si es la hermanita, déjala pasar! —gritó alguien desde adentro. Ella sonrió y el joven Joe la invitó a pasar.

—Estamos terminando de entrar unos materiales. Seguro los jefes están por llegar.

—No te preocupes, hijo, yo espero por aquí.

—Puede ir a pasear por el patio trasero. ¡Está muy bonito!

—Aprovecharé eso —asintió ella, adentrándose a la casa, acompañada de Joe.

—Si me disculpa, madrecita, debo volver arriba… antes, me preguntaba… uhm… ¿me puede dar la bendición? —preguntó, quitándose el casco amarillo e inclinando su cabeza hacia la religiosa, quien sonrió encantada.

—Seguro, hijo. Que Dios te bendiga y te proteja en este trabajo —citó, haciendo la señal de la cruz frente al trabajador.

— ¡Gracias madrecita! Queda en su casa.

—Adelante, hijo. Anda a trabajar.

Ella encantada por el prado verde que se dejaba ver tras los ventanales, deambuló como el obrero se lo propuso por los jardines de la casa, encantada con el hermoso entorno natural del lugar. Inspiró el aire puro y disfrutó de la luz del sol, oyendo a los pajaritos cantar. Ella disfrutaba mucho de esos espacios en donde podía disfrutar en medio de la naturaleza. Meditando sobre algunas cosas, paseó sobre el césped, ataviada siempre de su hábito negro, mientras meditaba acerca de la grandeza de Dios.

No está segura cuanto tiempo estuvo afuera deambulando, hasta que desde la casa oyó unos pasos que se acercaban a ella. Uno de los hombres, colega de Joe se acercó a ella, quitándose el casco en señal de respeto.

—Hermana, nosotros nos vamos

—Está bien, yo aquí espero.

—El jefe y el dueño de casa están en camino, pero dijeron que un accidente en el tráfico los haría demorar un poco.

—No hay problema, tengo tiempo y paciencia para esperar.

—Bueno, me retiro.

—Ve con Dios.

El hombre y sus compañeros desaparecieron tras los ventanales y abandonaron la casa, dejando a la monja sola en la casa. Ella aprovechó y recorrió curiosa las dependencias de la casa, esperando que ningún artefacto de construcción le cayera encima, ya sabía ella lo peligroso que era deambular en una construcción sin seguridad. Aun así, subió por las escaleras al segundo piso y caminó por entre los amplios dormitorios. Cuando acabó allí, bajó a la primera planta y caminó por todos los espacios, quedando encantada con la inmensa cocina. Giró sobre sus pies, imaginándose cuantas cosas ricas podían cocinarse cómodamente en ese lugar. Suspiró y caminó hacia el salón principal por el pasillo, desde donde vislumbró a alguien más allí. Era una mujer que estaba de espaldas a ella, a la que no supo reconocer.

— ¿Perdón? —dijo ella para hacerse notar. Rápidamente la mujer que estaba de espaldas se giró hacia ella y en segundos la monja oyó un ruido seco y más tarde un dolor abriéndose en su pecho. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras sus rodillas fallaban, haciéndola caer al piso, sin quitar los ojos de la despavorida mujer frente a ella, a quien por supuesto reconoció.

En el suelo, llevó su mano al pecho y por la humedad espesa, supo que sangre salía de ella, comenzando a perder la conciencia.

"Ampárame, Dios mío" fue lo último que la monja rogó antes de caer en la absoluta inconciencia.

**OoO**

—Pensé que no saldríamos nunca del atasco… —comentó Damian al constructor junto a él, mientras conducía su coche.

—Los accidentes automovilísticos están a la orden del día, don Damian. Gente inocente muere por culpa de los irresponsables tras el manubrio, y otros tantos quedan traumados de por vida.

Damian inspiró fuerte y giró el volante hacia la derecha, apretándolo con fuerza.

—Ni que lo diga —comentó roncamente. Sin duda él sabía eso. No pudo evitar recordar el accidente que sufrió su hijita Beatriz.

—Uno sale de la casa y no sabe si regresa. Así es esto.

—Sin duda.

Siguieron conversando mientras Damian acercaba su coche hacia la casa, donde llegó retrasado cerca de veinte minutos. No le extrañaría que la pobre monja se hubiera aburrido y se hubiera ido, pero no importaba. Acabando de ver unos detalles que no le llevarían más de cinco minutos con el constructor, le dedicaría todo el tiempo a la hermana, con quien deseaba conversar.

Entraron los dos caballeros a la casa, mientras comentaban algunas cosas que el constructor recomendó hacer en el acceso, caminando ambos hacia la sala, pero la exclamación sorpresiva del técnico, los sacó a ambos de su conversación.

— ¡Mierda santa!

Damian llevó sus ojos hacia donde el hombre a su lado miraba con pavor, y no era para menos. Una monja yacía desangrándose en la sala de su casa. Ambos caballeros corrieron hacia ella, inclinándose a su lado para percatarse si sentían sus signos vitales. Damian tomó su mano y pulsó sobre las venas de su muñeca, mientras el otro se inclinaba sobre su cara para oír su respiración.

— ¡No la siento respirar!

— ¡Una ambulancia!

El hombre se levantó y sacó su teléfono, marcando a la clínica de urgencias más cercana para pedir ayuda.

Todo después de eso siguió vertiginosamente. Al cabo de doce minutos los enfermeros llegaron y acudieron a la ayuda de la monja, sobre la que no había nada que hacer.

—Lo siento —indicó el paramédico—. No tiene signos vitales. La monja está muerta.

— ¡Joder! —exclamó el contratista, mientras Damian movía la cabeza, negando ligeramente, sin poder creer todo eso.

—Hay que llamar a la policía. Esto claramente no fue un accidente —comentó el enfermero, mirando a la monja aun sobre el piso de madera—. Lo siento mucho, señor.

—No… no puede ser… —decía Damian, tremendamente impactado por lo sucedido.

Atinó a llamar a James, contándole a grandes rasgos lo que había sucedido, mientras la policía hacía presencia en el lugar del crimen.

—James… yo, tengo que ir a la comisaría a prestar declaraciones. Preséntate allí pero antes, informa… ¡Dios, comunícate con Edward y prepara todo para su regreso, por favor!

—Tranquilo, Damian, yo me encargo.

Y colgó.

—Señor, los peritos se harán presentes para comenzar la investigación. Se hará la notificación al lugar donde ella reside para que puedan retirar el cuerpo de la monja, ¿puede ayudarnos con esos datos?

—Sí… por supuesto… yo… —cerró los ojos y sacudió su cabeza, sacando el móvil del bolsillo para darle los números del hogar donde la monja residía.

Mientras se hacían trámites en el lugar, un coche aparcó en las afueras de la casa y de este, dos hombres desesperados salieron de él, corriendo desesperados hacia la casa. No daban crédito a la noticia que habían recibido.

Jacob y Garrett fueron detenidos por dos policías, los que le dijeron que no podían ingresar pues una investigación se levantaría en el lugar. Eso fue para ellos, la confirmación de lo que había pasado.

— ¡Jesús! ¡No puede estar muerta, no puede estar muerta! —exclamaba Garrett con la voz rota, jalándose el cabello e intentando pasar, mientras Jacob a su lado observaba el interior de la casa y a lo lejos y un cuerpo cubierto por una lona negra, rodeada de policías.

—Déjenos pasar, por favor… —pidió Jacob apenas en un susurro. Desde adentro, Damian giró su cabeza, viendo a los dos recién llegados, totalmente destrozados. No quería ni imaginarse cómo se encontraba Edward o Alice, quien supo ya sabía de la noticia.

—Lo siento, muchachos —dijo el padre de Edward, acercándose a ellos. Garrett dio un paso hacia él y lo agarró de las solapas de su chaqueta.

— ¡Qué significa esto, Damian! ¡Joder, qué significa! —lo zarandeaba, esperando explicaciones que seguro no harían mermar el dolor de la pérdida de una persona tan especial como la hermana Gabriela

—Yo llegué y… ella estaba… ella estaba tendida en el piso. Lo… lo siento.

— ¡No puede ser! —voceó Garrett, hundiendo su cabeza, sacudiendo sus hombros por el llanto que brotó de él sin control. Jacob, contenido pero no menos triste, se acercó a su viejo amigo y lo agarró del hombro, dejando que se girara y llorara en su hombro.

—Haré pagar al culpable, se los juró —susurró Damian tanto a Jacob como a Garrett, quienes se encontraban sumidos en su dolor.

**OoO**

Bella se inclinó en el váter y devolvió la poca comida que había digerido ese día. Y no estaba segura si culpar al pequeño ser que crecía dentro de ella por eso o a la noticia tan desgarradora que recibió hace momentos atrás.

El pobre Emmett, perdido en llanto, había llegado a su oficina cerca de las cuatro de la tarde y ella alerta se levantó de un tirón a penas lo vio cruzar el umbral, pensando lo peor: "Algo le pasó a Edward…"

Cuando Emmett la sacó de su error, ella no pudo sino sentir una pena tan honda y acompañar a Emmett en su desconsolado llanto. Con su amigo llorando deshecho sobre su escritorio, ella atinó a sacar con sus deditos temblorosos su teléfono y llamar a su marido. Después del segundo tono, este contestó:

—Bella…

La forma que la nombró le partió el corazón, dejando fluir su llanto con el móvil pegado a su oreja.

—Dios… Edward… no entiendo nada… yo no sé… dime qué hago, Edward… ¿cómo… cómo te sientes…?

—Hundido en la mierda, Bella, así me siento… —declaró con su voz ronca y temblorosa. Bella sintió rabia de no estar con él y abrazarlo para consolarlo.

—Mi amor… lo siento mucho…

—Necesito… necesito que vayas al hogar y acompañes a las monjas. Lo que ellas necesiten…

—Sí, sí… iré allá… yo ayudaré en todo, te lo juro.

—Estoy llegando al aeropuerto, voy a embarcar en un vuelo privado, llegaré allí alrededor de las seis de la mañana. Te necesito ver apenas llegue, Bella. Te necesito

—Iré a por ti al aeropuerto. Allí estaré para ti, mi amor.

—Dios, Bella…

—Edward, preocúpate de llegar bien aquí, ¿sí?

—Ve al hogar… yo te llamaré en cuanto sepa a qué hora aterrizo.

—Seguro mi amor. Te amo, no lo olvides Edward.

—Te amo también… haz lo que te pido —y sin más, colgó.

Sus ojos llenos de lágrimas y se centraron en el pobre Emmett que lloraba como un niño y balbuceaba sobre la injusticia de la vida. En ese momento sintió el retorcijón en su estómago, debiendo correr al baño a vomitar. Después que se sintió mejor, regresó a su oficina, viendo a su amigo llorando con el teléfono pegado a la oreja. Por lo que oyó, estaba hablando con Rosalie. Lo dejó un momento a solas para correr a la oficina de su jefe y pedirle autorización para salir, contándole a grandes rasgos lo que había ocurrido. Volvió a la oficina y se acercó a Emmett que había terminado la llamada.

—Tenemos que irnos, Emmett. Las monjas pueden necesitarnos…

—Vamos… vamos… —atinó a responder ese hombre con corazón de niño, tambaleándose al levantarse, mientras se secaba los ojos con el puño de su chaqueta. Ella aprovechó de agarrar su cartera y salió del brazo de Emmett rumbo al coche.

El hogar de menores era un mar de lágrimas. Niños y religiosas lloraban desconsolados la pérdida de la hermana Gabriela, no quedándoles más remedio a Emmett y Bella que unirse a ellos.

— ¿Quién? ¡¿Qué alma enferma puede haber… hecho lo que hizo con la hermana Gabriela?! ¡No entiendo! —se lamentaba la Superiora Manuela en brazos de Emmett.

—Lo averiguaremos, hermana Manuela, y haremos que pague las penas del infierno, se lo juro. Se lo juro —dictaminó Emmett, con sus ojos rojos y su mandíbula tensa de puro rencor. Bella nunca lo había visto de ese modo, tan sumido en la pena y el rencor; Emmett siempre para ella había sido un hombre alegre y bueno, pero con los hechos que acontecieron, no era para menos.

Luego de verse un poco más tranquilos, Bella y Emmett se ocuparon de lo necesario para preparar la capilla para recibir a la hermana, mientras la Superiora se comunicaba con los familiares de la hermana Gabriela, quienes venían de viaje en camino hacia el lugar.

Estuvieron todo lo que restó de tiempo aquella tarde, arreglando y ayudando en todo lo que les fue posible. La noche llegó rápido para todos allí, quienes estaban exhaustos de pena y cansancio, pero los que no se moverían ya que habían decidido acompañar a la hermana Gabriela durante toda la noche. Todo el círculo cercano a Edward llegó, incluidos James y Damian, quien se veía como si hubiera envejecido diez años de un golpe tras la conmoción de los hechos. También vio a Alice junto a su novio y un matrimonio mayor que seguro eran sus padres. Más tarde arribó a la capilla el féretro con los restos de la monja acompañada de sus pobres padres, que acompañaban la marcha del féretro por el pasillo de la iglesia hasta situarse adelante y verse rodeada rápidamente de flores de todos los colores, y rezos que no cesaron en ningún momento.

Carmen, tía de Bella, llegó para acompañar a su sobrina pues esta necesitaba unos brazos familiares en los que refugiarse. Tenía sueño y estaba algo mareada, pero no dejaría ver su cansancio, pues debía mantenerse despierta y esperar la hora en la que Edward llegaría al aeropuerto, eso cerca de las seis de la mañana, pero inevitablemente cerró los ojos y se quedó dormida por cerca de una hora en el hombro de su tía, quien había tenido el placer de conocer a la monjita que ahora estaba siendo velada, en la boda de su sobrina.

—Bella… Bella… —Emmett se acercó a ella y suavemente sacudió su hombro para despertarla. Ella parpadeó un poco perdida y miró con extrañeza a Emmett, desviando la vista por el entorno, recordando entonces donde estaba. Pese a la hora que era, la iglesia seguía llena de gente.

— ¿Qué... qué ocurre…?

—Casi es hora de movernos al aeropuerto, pero si estás muy cansada, puedes ir al departamento y…

— ¡No, claro que no! —despertó de golpe, levantándose para sacudirse el sopor—. Vámonos.

—Hija, por qué no descansas… —trató de mediar su tía junto a ella, pero la negativa de Bella fue tajante.

— ¡No tía! Más tarde podré dormir —le respondió, girándose enseguida hacia Emmett—. Iré al baño a lavarme la cara y regreso enseguida.

—Seguro.

Antes de salir, dijeron a la hermana Manuela que se había mantenido toda la noche rezando en la capilla, que regresarían más tarde con Edward. Así fue que ambos se encaminaron a toda velocidad hacia el aeropuerto. Bella, sentada en el asiento del acompañante junto al chofer, apretaba su estómago y se obligaba a mantenerse en calma. No podía soltarle en ese momento la noticia que llevaba guardándole a Edward por días. Simplemente tendría que esperar hasta que eso decantara y todo se tranquilizara.

"No podremos darle la noticia ahora a papá, bebé" le hablaba a su hijo a través del pensamiento.

Llegaron con tiempo justo al terminal aéreo, pidiendo información en el mesón sobre el arribo del vuelo privado del señor Masen. La mujer les indicó tras mirar la pantalla de su ordenador, que el vuelo aquel desde Londres había pisado recién la loza del aeropuerto.

Edward había llegado.

Bella y Emmett caminaron a paso rápido por el sector que les indicaron hacia donde podrían esperar a Edward, a quien vieron caminar en dirección opuesta hacia ellos, con la espalda curvada y los hombros hundidos; el semblante descompuesto, cansado y triste. Bella llevó una mano a su boca sintiendo las lágrimas escocer en sus ojos y Emmett lanzó un gemido cuando Edward estuvo a menos de un metro de ellos, siendo este último quien se le adelantó a Bella, abrazando a su amigo por largo rato, mientras volvía a llorar en su hombro como un niño. Edward soltó la maleta, cerró los ojos y palmeó su nuca, apretando su brazo con la otra mano. Ambos lloraban la pérdida de una mujer que había significado mucho para ellos, ambos estaban dolorosamente tristes por esa muerte sin sentido, sin explicación aparente.

Cuando Emmett finalmente soltó a Edward, Bella dio un paso y se abrazó a Edward por el cuello, hundiendo él automáticamente el rostro en el cuello de su mujer. Su presencia era lo único que en algo podría reconfortarlo.

Ella acarició su cabello tiernamente y susurró palabras dulces y de apoyo a su marido, besando su cuello, deseando hacer algo más para consolarlo.

— ¿Quieres… quieres ir a casa a descansar? —preguntó ella finalmente a lo que él negó con la cabeza. Se apartó de su mujer y tomándola de la mano, comenzaron a caminar hacia la salida.

—Alguna novedad, Emmett —.Quiso saber Edward mientras caminaban.

—Eh… no he querido hablar sobre los detalles… lo siento —.Carraspeó y se secó las lágrimas antes de continuar —Las monjas insistieron en velar toda la noche a la hermana Gabriela… y hoy a mediodía se harán los funerales. Está todo listo para eso.

—Bien. Vamos al hogar entonces.

Bella en silencio se aferraba a la helada mano de su marido, que a su vez apretaba la suya. Miraba por la ventana del vehículo las luces pasar mientras el coche avanzaba y los dos hombres hablaban o trataban de comprender lo que había ocurrido. A lo lejos oía sus voces mientras ella meditaba, sintiéndose entumecida y algo mareada. Soltó un suspiro e inclinó su cabeza al costado contrario de Edward, queriendo abstraerse unos momentos… ¡Dios, estaba tan triste, y tan cansada…!

—Oye… —la llamó Edward, apretando su mano. Ella giró la cabeza hacia él, que con el ceño fruncido la observaba—. Estás pálida, ¿te sientes bien?

—Más o menos, pero no te preocupes por mí.

—Ven aquí —la jaló y la arropó entre sus brazos, dejando besos en la base de su cabeza. Ella suspiró e inhaló el perfume de su marido a quien tanto había extrañado. Sabía que él se estaba conteniendo, sabía que iba a querer averiguar todo y cuando eso pasara, iba a sacar toda la rabia que seguro sentía en ese momento, la que probablemente se veía un poco eclipsada por la pena.

Cuando llegaron los tres al hogar, después de las siete de la mañana, vieron en la entrada de la capilla a Kate, Garrett y Jacob, quienes fumaban algunos cigarrillos, acercándose a ellos apenas los vieron llegar. Después de saludarse entre abrazos y susurros de desconcierto, Edward se apartó y caminó por el pasillo de la iglesia hasta donde se encontraba la urna donde descansaba la hermana Gabriela, que estaba siendo velada entre rezos y sollozos por parte de su familia, la congregación y amigos que la conocieron.

Se acercó y puso una mano sobre el féretro caoba y cerrando los ojos por un largo tiempo, recordó momentos que la querida monja y él habían vivido. Eran tantos recuerdos y tan variados que atesoraba fuertemente en su mente y en su corazón que nadie le quitaría eso, y se lamentaba en ese momento no haber tenido tiempo de despedirse o de agradecerle una vez más lo que había hecho por él.

"Pero usted sabe, monja, yo la quiero y lo seguiré haciendo aunque no esté en esta tierra…"

—Hijo… —ante esa palabra, Edward abrió los ojos, saliendo de su introspección, levantando la vista y viendo a Damian de pie junto a él.

Tragó grueso y miró a su padre como pidiendo una explicación, y es que la necesitaba en ese momento. Damian se atrevió a poner una mano sobre su hombro y apretarlo levemente, torció la cabeza hacia un lado, señal implícita para que se apartaran del féretro para poder hablar. Cuando se recluyeron detrás de unos pilares, oyendo de fondo los rezos constantes, el padre de Edward tomó la palabra.

—Yo… yo me siento tan culpable…

— ¿Puedes… puedes explicarme qué es todo esto, Damian? ¿Puedes al menos darle claridad a mi cabeza sobre cómo o por qué alguien querría matar a una monja, maldita sea? —pidió con la mandíbula tensa, apretando sus puños. Y no es que él estuviera culpando a su padre, pero necesitaba que alguien le explicara todo ese caos, esa pesadilla que sintió estar viviendo.

—No puedo explicarte eso, porque no lo entiendo ni yo. Pero ya puse a trabajar a toda la gente para hacer averiguaciones…

— ¿Y qué has conseguido?

—No mucho, Edward, apenas han pasado unas horas. La bala… la bala que mató a la hermana Gabriela está en manos de balística. Prometieron agilizar la investigación… pero tengo un presentimiento.

— ¿A qué te refieres?

—Esa bala no era para ella, Edward. La hermana Gabriela no tenía enemigos, es ilógico. Además, esa casa está vacía porque la están arreglando, ¿Quién iba a querer meterse para robar, o quien iba a querer robarle una monja? Además, su visita allí fue furtiva…

—Entonces, Damian, ¡¿por qué maldita razón la hermana Gabriela está muerta?! —preguntó alzando un poco la voz. Tuvo que cerrar los ojos e inspirar, recordando donde estaba.

—Edward, lo averiguaremos.

—Dices que esa bala no era para la monja, ¿entonces?

— ¿A caso no es lógico? —preguntó retóricamente—. Era para mí, Edward.

— ¡Mierda! —exclamó ronco, pasando sus manos por el cabello, como desesperado. Sin duda el hombre en su teoría tenía razón.

—Daremos con el mal nacido que hizo esto, Edward. Te lo juro.

—No tienes que jurármelo —sentenció, girando su cabeza hacia el féretro rodeado de cirios blancos. Porque él se iba a encargar de estar frente a frente al hijo de puta que hizo eso y descargaría toda su ira sobre él.


Algunas personas no son de este mundo, eso al menos dice mi abuela, ¿habrá sido el caso este de la hermana Gabriela? Sí... yo también tengo penita... pero así es la vida...

Bueno, como siempre, mil gracias por vuestra compañía, comentarios, buena vibra y todo eso que ustedes se empeñan en darme. Las quiero mucho! 3

Gracias a doña Maritza Mx por ayudarme con este capítulo con la edición y todo eso, y a miss Manu de Marte por los adelantos que les regala en el grupo de facebook. ( groups/Subversivas/)

Bueno, eso es! ¿Nos leemos la próxima semana? Con el último capítulo de este año 2014.

Besotes a todas y ya saben que las quiero mucho 3

UN BESO A TODAS Y NOS VEMOS MAÑANA ;-)