Una luz de Esperanza.
Los días fríos comenzaron a transcurrir, la Navidad estaba cercana, Candy había regresado a Chicago, la Mansión Andley lucía en todo su esplendor, la tía abuela parecía de mejor humor y había mandado adornar el interior de la mansión con listones, muérdago y un enorme pino que ocupaba gran parte de la Sala.
Albert había guardado silencio acerca de lo referente a los Leegan, y de hecho por todo Chicago corrían rumores que habían llegado a ser un poco disparatados, sin embargo en la alta sociedad de Chicago sabían que su regreso de Florida no era por alguna buena razón, pero sostenían que al ser una de las ramas más próximas a la familia Andley no podían dejar de recibirlos en sus casas.
La tía Elroy por su parte confiaba en que eso fuera verdad y que realmente no les cerraran las puertas tal como les había sucedido en Florida, ella había sufrido mucho cuando se había enterado de las subastas y de la necedad del Sr. Leegan para recibir ayuda por parte de los Andley.
Mientras tanto, Liam Brown, el padre de Anthony había regresado de su largo viaje, su casa en realidad era una Mansión cerca de la Mansión Britter, la cual habían durado cerca de un año en construirla pero ahora estaba totalmente terminada, él, junto con su esposa y su hijastro se habían mudado a ella, algunos de los sirvientes que habían estado con los Leegan se acogieron con gusto a su nueva familia, la Sra. Brown era muy buena con ellos, la señora Britter había sido una de las primeras visitas que había tenido en la Mansión, la cual estaba decorada con un gusto exquisito. Además de la Señora Britter, las damas del voluntariado de la Institución también habían hecho acto de presencia en la nueva mansión.
Entre tanto Christopher estaba acudiendo a la misma escuela donde estudiaba Ewan y Ashton. Y parecía que los tres habían creado un fuerte vínculo entre ellos, había avisado a su madre que iría a casa para pasar las fiestas navideñas y Charlenne estaba feliz por tener a su hijo en su nueva casa.
Candy también había ido a visitar a la señora Brown, le parecía raro que mientras una familia había perdido todo, estaban los Brown que acababan de adquirir esa lujosa residencia. Pero sabía también que la señora Brown se lo merecía; ella había estado muy nerviosa por el recibimiento que tendría por parte de la alta sociedad de Chicago, y todo ese nerviosismo partía de la actitud de la tía Elroy pero que con a instancias de Albert había sido una de las primeras visitas, despejando así cualquier rechazo hacía los Brown.
Faltaba ya solo una semana para Navidad, y tal como había augurado Annie, las fiestas habían estado a la orden del día, todos los días había alguna reunión, sin embargo Candy no había asistido a alguna. El trabajo que se había acumulado en el mes que había estado fuera de Chicago era impresionante, cientos de soldados regresaban a pasar unos días para Navidad, y el trabajo que eso le estaba llevando era mucho, pero había sido gratificante en unos casos, ya que soldados que se creían muertos habían regresado a sus casas causando conmoción. Enfermeras que también habían estado al frente le traían noticias de todo tipo: "La guerra parece que ya va a terminar", decían unas, "Esta guerra parece que no tendrá fin", decían otras. Pero en general recibir a las personas que habían estado combatiendo era muy agradable, porque todos los que regresaban por permiso volvían felices sabiendo que verían a sus seres queridos.
Por tanto trabajo que había tenido en la Institución Candy no había acudido a ningún evento, y su relación con Albert seguía manteniéndose en secreto. No obstante esa noche sería la fiesta en casa de los Britter y era una de esas invitaciones que no podía declinar tan fácilmente.
Esa tarde estaba Candy en su habitación probándose el nuevo vestido que Albert le había mandado hacer, tenía mucho tiempo que no le había regalado un vestido nuevo. El vestido era de terciopelo verde, resaltaba el color de sus ojos, lo tenía puesto cuando Albert llamó a la puerta.
- ¡Qué bien se te ve el vestido! – le dijo Albert al tiempo que la besaba suavemente.
- No debiste gastar en un vestido, ya tengo muchos – dijo Candy al tiempo que se sonrojaba.
- Candy, hoy va a ser la primera vez que saldremos juntos a una reunión – le comentó con una gran sonrisa en la boca.
Albert salió de la habitación de Candy y la dejó que se arreglara, Candy se terminó de arreglar y salieron los dos rumbo a la mansión de los Britter, las luces en la Mansión se alcanzaban a ver desde la esquina de la calle, la música se oía desde la entrada al jardín, la nieve había sido removida y habían dejado libre el lugar por donde entraban los carros. Candy bajó del automóvil y tomó el brazo que Albert le ofrecía. Entraron al vestíbulo el cual estaba rodeado de gente, muchos de los cuales voltearon hacia la puerta para ver a la pareja que acaba de entrar.
Entre tanto en la ciudad de Atlanta, fuera de uno de los teatros más importantes de la ciudad a pesar del frío y de la nevada que estaba cayendo en ese momento, estaba reunida una gran multitud, la gira de "Julio Cesar" de la compañía Stradford había comenzado hacía dos meses, y ahora estaban el Atlanta presentado la obra, la presentarían todo el fin de semana, y los boletos se habían agotado desde un mes atrás. La fama de Terry se había extendido y no obstante de su corta edad era ya un actor reconocido. Los críticos lo amaban y en cada de una de sus presentaciones siempre recibía los mejores comentarios.
Y en la primera actuación que habían dado en Atlanta no había sido la excepción, Terry se había robado el espectáculo como era su costumbre.
- ¿No te preocupa Susana? – le preguntó Harold esa noche antes de que la obra comenzará
- ¿Por qué lo dices? – preguntó Terry quien traía ya puesta la toga para la representación.
- Porque la ultima vez que estuve con ella no se veía muy bien – dijo Harold
- No se ha sentido muy bien, pero no es muy grave – le aseguró Terry
- ¿No te da temor de que tu hijo nazca mientras estas de gira? – preguntó el muchacho.
- Todavía faltan dos meses para que nazca… - dijo Terry con un dejo de disgusto, Harold siempre lo exasperaba.
Esa noche la obra empezó de la forma normal, los asientos repletos y el grupo preparado para dar una actuación, las luces se apagaron y comenzó la función, la traición que estaban fraguando en contra de Julio Cesar llenaba de expectación al público, el primer acto finalizó de acuerdo a lo planeado, pero mientras Terry efectuaba cambio de vestuario recibió una llamada de urgencia. Susana acaba de ser internada en el Hospital.
Terry nunca supo como había terminado la obra, lo único que recordaba era que había subido al tren de regreso a New York, miraba por la ventana como la nieve se arremolinaba y presentía que algo malo iba a suceder. Las horas transcurrieron mientras que Terry se desesperaba cada vez más, finalmente pudo ver a lo lejos los edificios de la ciudad de New York. El tren disminuyó la velocidad y finalmente paró en la estación.
Terry tomó un taxi que lo llevó de inmediato al Hospital donde estaba hospitalizada Susana, cuando llegó allí vio a la Sra. Marlowe.
- ¿Qué ha pasado? – preguntó Terry
- No sabemos bien – contestó la madre de Susana.
- Pero si hace dos días estaba bien, no entiendo que pudo haber pasado – observó Terry - ¿qué dice el doctor?
- El Dr. Perry acaba de llegar también así que no se que pasa.
Terry miró la cara de la señora Marlowe, la angustia estaba reflejada en la misma, y Terry se sintió muy mal, "Ave de mal agüero" pensó Terry al recordar las palabras de Harold.
- ¿Podemos pasar a verla? – preguntó Terry
- Por el momento no, el Dr. Perry esta con ella, pero ella no se ve muy bien.
Terry guardó silencio, algo que no le gustaba era conversar con su suegra, así que prefirió quedarse sentado mientras veía como el reloj que estaba sobre una puerta pasaba los minutos lentamente. Cerca de media hora esperaron hasta que el doctor Perry salió de la habitación de Susana.
- ¿Cómo esta Susana? – inquirió Terry con un dejo de desesperación
- Ella no esta muy bien – comunicó el Dr. Perry – tendremos que operarla ahora.
- Pero si faltan dos meses para que se cumpla el término del embarazo – exclamó la Sra. Marlowe llevándose la mano a la boca.
- Si señora Marlowe, estoy consciente de ello, pero también se que si no operó en estos momentos, ambos pueden perder la vida.
- ¿Qué quiere decir? – quiso saber Terry
- Que la única esperanza que hay para que ambos sobrevivan es operar en este momento, porque de otra manera la Sra. Grandchester no soportará los meses que vienen. No sobrevivirá hasta el parto.
Terry se llevó la mano a la cara, no podía creer que eso le estaba sucediendo a él, de nuevo la sombra de la desventura estaba sobre él, ese hijo era algo que le había hecho sobrellevar la vida junto a Susana.
- ¿Cuáles son las posibilidades de que sobrevivan ambos? – preguntó con temor Terry
- No muchas – dijo acremente el Dr. Perry – pero si no se opera en este momento no habrá esperanzas para ellos.
- Entonces operé – dijo Terry.
- Se preparará todo – agregó el Dr. Perry
Terry entró a ver a Susana, su cara tenía un aspecto terrible, se le veía agotada y estaba enmarcada en dolor.
- Terry, estas aquí – dijo Susana al tiempo que trataba de sonreír, pero una mueca de dolor le hizo estremecerse.
- Susy – le dijo al tiempo que tomaba sus manos
- El doctor dice que tendrá que operarme – dijo Susana tratando de ocultar su miedo.
- Si, dice que todo saldrá bien – mintió Terry
- Terry prométeme algo – le dijo muy seria Susana
- Lo que sea – le dijo Terry
- Promete que cuidarás mucho del bebe si yo muero – dijo Susana con mucho dolor
- No digas tonterías – respondió Terry un poco irritado – Tú no vas a morir.
- Terry ¡por favor! Prométemelo – espetó Susana
- No tienes ni que pedirlo, pero te lo prometo – dijo Terry suavizando su tono.
- Sr. Grandchester tiene que salir de la habitación – le ordenó una enfermera que acababa de entrar al cuarto.
Terry besó la frente de Susana, y dejó el cuarto, "No puede morir, no puede morir" pensaba con desesperación.
Susana fue preparada para la operación, unos minutos después era llevada a cirugía mientras que Terry y su Madre esperaban en el pasillo, la señora Marlowe no dejaba de rezar mientras que su hija era operada. Terry la miraba de soslayo, él no era de esos que se ponían a rezar, necesitaba aire, allí al lado de esa señora que le desagradaba tanto sentía que se ahogaba así que salió del Hospital y se puso a fumar un cigarro en la calle, no podía estar adentro, sentía que no podía soportarlo.
Así estuvo entrando y saliendo por el transcurso de dos horas, cuando finalmente se quedó esperando que salieran de la operación. Un poco después de las dos horas el doctor salió de cirugía.
- ¿Qué ha pasado? – preguntó Terry
- Todavía es pronto – dijo el Dr. Perry – la cesárea salió bien, creemos que Susana se recuperará.
La Sra. Marlowe suspiró de alivió. Pero la cara de Terry seguía siendo la imagen de la desesperación.
- ¿Y el bebe? – preguntó Terry.
- Es una niña – informó el Doctor – en este momento esta siendo atendida, fue llevada al ala de maternidad, allí la van a meter a la incubadora.
- ¿Una niña? – preguntó Terry con una ligera sonrisa en su rostro. – quiero verla
-Sr. Grandchester, tengo que advertirle – le dijo muy serio el doctor
- ¿Qué? – quiso saber Terry
- Ella no esta muy bien, en estos momentos esta luchando por sobrevivir, nació dos meses antes y su vida esta en peligro.
- No me importa, yo quiero verla – espetó Terry.
El doctor asintió con la cabeza y una enfermera que estaba cerca lo llevó hasta los cuneros, las cunas estaban vacías, en la parte de atrás de la habitación estaba una caja de cristal dentro estaba una pequeña bebe.
"Es demasiado pequeña" pensó Terry con angustia
- Disculpe pero para que sirve esa caja – preguntó Terry mirando a su pequeña hija que se debatía entre la vida y la muerte
- No es una caja – informó una de las enfermeras – es una incubadora, ve esto aquí – dijo señalando una especie de cilindro – es un mechero de gas. Esta incubadora fue diseñada por el Dr. De Lion, un francés hace ya como 20 años. Sirve para mantener al bebe a una temperatura elevada, simula la temperatura que debiera tener dentro del cuerpo de la madre.
- ¿Y realmente funciona? – quiso saber Terry.
- Sr. Grandchester, créame he visto que gracias a esa caja, como usted le ha llamado, muchos bebes en peores condiciones que su hija han sobrevivido, solo tiene que tener Fe.
Terry permaneció cerca de media hora mirando la incubadora, donde su pequeña hija respiraba con dificultad. Terry nunca supo en que segundo de esos minutos comenzó a amar profundamente a esa criatura. Estaba embelesado mirando a su hija cuando una enfermera entró a los cuneros
- Sr. Grandchester, ya tiene que salir, el doctor me ha avisado que su esposa ha despertado y que lo esta llamando.
El muchacho levantó la cabeza y miró a la enfermera, asintió con la cabeza, sin embargo no quería dejar sola a su pequeña, pero tuvo que salir del área de cuneros, no sin dejar de mirar hacia la incubadora donde estaba su hija.
Llegó al cuarto donde estaba Susana, y allí estaba la señora Marlowe. Terry entró y vio a Susana que dormitaba. En cuanto él se acercó a la cama, ella despertó.
- ¿Cómo esta? Me han dicho que es una niña – dijo Susana con la voz un tanto quebrada.
- Es una niña preciosa – dijo Terry y al decir eso sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.
- ¿Está bien? – preguntó Susana anhelante.
Terry quiso decir que si, pero las lágrimas comenzaron a salir de sus ojos, y Susana supo que la pequeña estaba muy mal. Y ella también empezó a llorar.
- Ella va a estar bien – mintió Terry – solo que es tan pequeña
- No me mientas – dijo con dificultad Susana.
- No es una mentira – mencionó Terry al tiempo que sostenía la mano trémula de Susana.
Susana no había creído la mentira de Terry, dentro de ella, su corazón recién descubierto de madre sabía que su pequeña hija estaba muy grave, pero saber que Terry estaba a su lado era reconfortante.
Mientras tanto en la ciudad de Chicago ese día la familia Andley daba la fiesta de Navidad faltaban tres días para navidad, y dentro de la mansión la tía Abuela estaba gritando como era su costumbre a los pobres criados, a quienes ponía más nerviosos con sus gritos, Albert había decidido pasar Navidad en Lakewood junto con el resto de la familia y por esa razón la acostumbrada fiesta de cada año se había adelantado.
La fiesta de los Britter había sido una de las mejores de la temporada, lo curioso fue que a nadie le había impresionado ver a Candy juntó con Albert, quizá en parte porque frente a toda la gente Albert se había abstenido de hacer caricias a Candy, ellos durante mucho tiempo habían sido pareja, todos lo habían tomado como algo natural, quizá para la única persona que no paso tan desapercibido fue para Donella quien había acudido al baile de Navidad acompañada por Roy, y en cuanto los vio juntos supo que todo estaba arreglado entre ellos e internamente se sintió muy feliz por los dos.
Albert y Candy después de ver la reacción del resto pensaron que era mejor guardar en secreto su relación hasta pasadas las fiestas para hacerlo oficial, sabían que esa noticia iba a alterar a la tía Elroy, así que dejaron que ella continuara gritando a los criados.
Esa noche las luces de la Mansión relucieron, los carruajes y carros hicieron su aparición, los muchachos de Yale habían llegado esa tarde para pasar las fiestas en familia, la algarabía que había en la Mansión era contagiosa, Allen, Logan y Archie se hacían bromas unos a otros, Donella bailaba con Roy por toda la pista de baile. Alex había asistido acompañado de su flamante prometida, quienes engalanaron la pista de baile con sus piruetas. Patty y Bryant era por mucho la pareja más acaramelada de todas las presentes. Y aunque no bailaban, era delicioso verlos el uno junto al otro. Las copas se levantaban una y otra vez, la alegría navideña había invadido los corazones de todos.
Entre tanto en el Hospital de New York, la alegría en el corazón de los Grandchester era mínima, Susana seguía muy delicada después de la operación, y aunque su semblante era triste, la pequeña que seguía dentro de la incubadora era quien más les preocupaba, el doctor Perry había tratado muchos casos difíciles, pero sabía que aunque siempre había tenido buenos resultados de sus intervenciones, cada caso era diferente y que todo podía pasar, no quería darles falsas esperanzas sobre la situación de la bebe, pero tampoco quería deprimir a los padres. Así que el doctor pasaba horas con una cara de preocupación, cosa que no había pasado desapercibido para Terry quien solía pasar horas mirando a su pequeña que parecía no tener ninguna mejoría.
"Cualquier cosa es mejor que esta espera" pensaba Terry con amargura, tenía ya varios días en el Hospital, y ni su esposa ni su hija parecían estar mejor de salud, pero todavía peor había sido cuando la prensa se había enterado, los reporteros estaban apostados en la entrada del Hospital y a pesar de la vigilancia de las enfermeras y doctores más de uno había ingresado hasta el área de cuneros.
Terry había perdido la paciencia esa mañana cuando había sacado a empujones a un fotógrafo que trataba de sacarle fotos a Susana.
- Esto no es un circo – le había gritado.
Terry sentía tanta rabia que podía haberlo destrozado a golpes, pero unos doctores habían visto la escena y habían logrado sacar al fotógrafo antes de que el asunto hubiera pasado a mayores.
La Sra. Marlowe por su parte no hacía sino hacer comentarios pesimistas, ella actuaba como si su hija estuviera en el borde de la muerte, y si su sola presencia era desagradable para Terry oírla hablar de manera tan negativa le ponía aún de peor humor.
Mientras tanto en Chicago al día siguiente de la fiesta todos preparaban maletas para ir a pasar la Navidad en Lakewood, así que la casa era un caos, Ewan quien también había regresado del colegio corría por todos lados volviendo locos a su hermano y a sus primos. Los condes de Amhlaid eran los únicos que no irían, ya que tenían una invitación para pasar la navidad en New York, los dos salieron rumbo a New York mientras que el resto salían para Lakewood.
La alegría por parte de toda la familia fue muy grande al verse reunidos para una fecha tan especial, la tía Bridget había cesado sus murmuraciones y ahora parecía estar embriagada por la felicidad, el inmenso árbol navideño que fue colocado en el vestíbulo llenaba de su fino aroma toda la Mansión, Tessy y Ewan habían sido los encargados de decorarlo. Candy había tomado parte en la decoración también y cerca de los pequeños ella había reído y disfrutando mientras acomodaba las calcetas frente a la chimenea.
Sabrina quien no había sonreído mucho en los últimos meses, parecía que la alegría que todos tenían se la habían transmitido, a pesar del luto que aún conservaba, su risa era cristalina, era la primera vez desde la muerte de Daniel que sonreía con franqueza. A diferencia de Susana el embarazo de Sabrina había resultado sin complicaciones, algunos malestares habían surgido después que se mudara a Lakewood, pero ella había soportado todo con mucho estoicismo, no quería causar molestias a nadie, pero sobre todo a la tía Bridget que aunque la había recibido con una sonrisa sabía que no la quería cerca.
Albert fue personalmente a invitar a los Leegan a la fiesta que se llevaría el día de nochebuena y que se extendería hasta el día de Navidad, los vio a todos muy tristes, pero habían aceptado la invitación. Todo auguraba una fiesta esplendida.
Candy por su parte había acudido al Hogar de Ponny cargada de regalos para los niños, había pasado una tarde muy agradable conversando y recordando viejos tiempos, claro que ahora con la construcción que se había hecho, el Hogar de Ponny había perdido parte de su encanto para Candy, sin embargo ese lugar seguía siendo su Hogar y la Srita. Ponny y la hermana María serían por siempre sus madres y ella sabía que mientras viviera regresaría a ese lugar una y otra vez no importando lo mucho que hubiera cambiado.
Al día siguiente de su llegada a Lakewood, los deliciosos olores salían de la cocina desde muy temprano, la cena sería algo suculento y todos esperaban con ansia sobre todo los más pequeños y Archie que en dos ocasiones había sido sacado de la cocina empujado por Betsy quien era la que más trabajo tenía.
Albert le había regalado a Candy otro vestido para que usara esa noche, un hermoso vestido negro con aplicaciones doradas, y le había sugerido juguetonamente que se pusiera la gargantilla que le había regalado el día de su presentación en sociedad.
Los regalos se habían amontonado alrededor del árbol, paquetes de todos tamaños esperaban bajo el enorme pino, para ser desenvueltos. La expectación de Ewan y Tessy aumentaba a medida que el tiempo transcurría, ellos lo único que querían era que ya fuera navidad.
Los Leegan llegaron justo a tiempo, la cena empezaba a servirse cuando ellos llegaron. Las personas de la familia que sabían exactamente que ocurría con ellos se abstuvieron de hacer comentarios y los recibieron como si nada hubiera pasado. No obstante la cara de Elisa estaba lejos de ser la cara altanera que siempre solía tener, y aunque todos sonreían abiertamente ninguno de los Leegan sonreían, en vez de estar en una fiesta parecía que habían acudido al velorio de un ser querido.
Pero Albert estaba consciente de que algo así podía pasar, así que trato de animar la charla sin muchos resultados, pero entonces el pequeño conjunto que habían llevado para amenizar la noche empezó a tocar villancicos. Toda la familia comenzó a cantar junto con el conjunto y ellos parecieron dejar atrás al menos por ese momento todas sus desgracias y unirse con el resto de la familia en la alegría de la fecha.
Cuando dieron las doce de la noche, uno de los jardineros se había vestido de Santa Claus y entró al vestíbulo cargando unos regalos para Bella, Tessy y Ewan. Y todos aplaudieron y se divirtieron cuando los tres niños abrían sus regalos.
Después de eso, empezaron a repartirse los regalos, Albert se había portado muy generoso con todos, pero en especial con Elisa y Neal, a Elisa le había mandado a hacer un vestido con Madame Mouchoir y se lo había regalado junto con un sombrero nuevo, era como si supiera en lo más profundo que era lo que más quería Elisa en ese momento, "estrenar un vestido". A Neal le había dado unas botas para montar y un lindo reloj de oro. Para Albert esos regalos en costo no había sido nada, y a él le hubiera gustado hacer un verdadero regalo que era perdonarle la deuda del Banco, pero el Sr. Leegan seguía pensando que eso ni siquiera tenía que ponerse en consideración, así que cuando sus hijos habían abierto los regalos, Albert había mirado hacía otro lado para no recibir la mirada amenazadora que le había prodigado su cuñado.
El resto de regalos fueron abiertos en pocos minutos, las risas entre la familia se iban haciendo cada vez más estridentes, cuando Tessy abrió el regalo que le había dado Albert la tía Bridget había dado un pequeño grito, un pequeño cachorro había salido de una canasta y ahora ladraba fuertemente aunque sus ladridos eran apagados por las risas del "trío Yale" como les había apodado Donella incluso la tía Elroy reía tontamente.
La nochebuena había resultado placentera, cuando miraron el reloj eran más de las cuatro de la mañana, así que todos se retiraron a sus habitaciones a dormir, Candy se había colocado el abrigo que le había dado Albert, junto a unos lindos guantes que le había regalado Archie además de llevar otros paquetes a medio abrir en sus brazos, cuando llegó a su recamara, se fue despojando de todo lo que traía, se miró en el espejo, el lindo peinado que Elsie le había hecho estaba fuera de su lugar, se sentía muy feliz, había tomado unas copas, pero sabía que esa sensación era de haber estado en familia, todos ellos formaban parte de su vida más que nunca, y se sentía tan bien que no podía dejar de sonreír.
Se quitó las horquillas, también los aretes y la gargantilla, y había empezado a cepillarse el pelo, eran cerca de las cinco de la mañana, pero el cielo permanecía muy oscuro, mientras se cepillaba el pelo sintió un extraño presentimiento que le hizo soltar el cepillo. Miró alrededor pero no encontró una respuesta, era como si alguien le llamará. Se levantó y miró alrededor. Sobre su escritorio había unas cartas que había llevado con ella desde Chicago, eran cartas que no se había dado tiempo de leer. Y como si estuviera hipnotizada, se acercó a las cartas y empezó a revisar los remitentes, entonces tomó una y la abrió rápidamente, en menos de un minuto la había terminado de leer. Soltó la carta y se hincó hacía donde tenía un crucifijo.
- ¡Oh Dios mío no lo permitas! – comenzó a rogar en medio de lágrimas.
Entre tanto en el Hospital de New York, aunque en varias alas del mismo edificio se vivía con la misma alegría con la que se había vivido la noche buena en Lakewood, en el ala de maternidad, en la habitación de Susana todo era desasosiego, a las cuatro y media de la mañana, la pequeña bebe había empezado tener problemas para respirar. Y el doctor había estado junto a la pequeña desde ese momento, a Terry le habían prohibido entrar junto con el doctor y las enfermeras. Todo parecía que iba a ser el fin de la pequeña niña.
Susana se había puesto a llorar como loca, hasta que una enfermera le había suministrado un fuerte calmante. Pero Terry estaba tembloroso, nunca había amado a nadie con esa intensidad, su pequeña hija estaba a punto de morir, y él no podía soportarlo, salió del ala de maternidad y comenzó a caminar desesperado por los pasillos del Hospital, entonces vio una luz prendida a lo largo del oscuro pasillo, Terry se dirigió allí y cuando estuvo cerca pudo darse cuenta de que era la capilla del Hospital, la luz que había visto era la de las veladoras que estaban encendidas a un lado del altar, unos reclinatorios estaban acomodados frente al mismo. Y unas cuantas bancas formadas en dos hileras era lo que constituía la pequeña capilla.
Terry nunca entraba a un templo, desde antes de estar en el Colegio San Pablo su sentido de religión era muy diferente al de la mayoría. Pero en ese momento se sentía sumamente desesperado. Así que entró a la capilla y se arrodilló en uno de los reclinatorios.
- Dios – dijo con voz muy quebrada - ¡Sálvala!
Terry comenzó a llorar, pensando que no era lo suficientemente bueno para pedirle algo a Dios, que lo había olvidado durante tanto tiempo que no podía exigirle nada. Se empezó a sentir muy débil recargó sus brazos sobre el reclinatorio y su cabeza quedo colgando. Entonces oyó una voz detrás de él.
- Él siempre nos escucha
Terry volteó la cabeza y vio a una anciana que vestía la bata del hospital.
- No importa que a veces nos olvidemos de que siempre esta allí, el día que te acercas a Él oye tus plegarías – dijo la mujer.
Terry no supo que decirle, se le quedó mirando como si la mujer fuera algo de otro mundo.
- Pero cuando lo hagas, no lo hagas con desesperanza, ten Fe, y esperanza en lo que le pides y te oirá.
- Yo no se como - pudo decir finalmente Terry
- Ven – le dijo la anciana y se arrodilló al lado de él en el reclinatorio que estaba junto a donde estaba hincado Terry.
La mujer comenzó a rezar un Padre Nuestro, Terry lo había oído durante mucho tiempo sin embargo se dio cuenta de que no se lo sabía, así que tuvo que seguir a la mujer que rezaba lentamente para que él pudiera seguirla.
Después de varias oraciones más, Terry siguió por si mismo, y la anciana se levantó, Terry no vio para donde había salido la anciana, y siguió implorándole a Dios que ayudará a su pequeña, pero ya no lo pedía con desesperación, se sentía más calmado, más confiado en que Dios si oiría sus suplicas, nunca supo con exactitud cuanto tiempo estuvo arrodillado frente al altar, solo que vio como por la pequeña cúpula que estaba sobre el altar empezó a entrar unos débiles rayos solares. Entonces supuso que ya había pasado varias horas, se levantó lentamente estaba algo entumido, pero se sentía muy tranquilo.
Salió de la capilla y comenzó a caminar rumbo al área de maternidad, no sabía exactamente porque se sentía tan sereno, dio vuelta a donde estaban los cuneros y lo primero que vio fue a su pequeña hija que estaba siendo alimentada por una de las enfermeras. Entonces sintió como su cuerpo comenzaba a temblar ligeramente.
Los pocos pasos que le faltaban para llegar al cunero, los atravesó rápidamente y se quedo mirando como su hijita respiraba ya normalmente, y que el color de su cara era de un delicado rosa. Sus ojos se llenaron de lágrimas y empezaron a correr por sus mejillas.
Aun continuaba parado en el mismo lugar cuando el doctor Perry entró a los cuneros. Y vio a Terry que estaba llorando.
- Vamos¿Por qué esas lágrimas? – preguntó el Doctor.
- Está… viva,… Está… bien – balbuceó Terry.
- Si, y permítame decirle que mi experiencia no sirvió de mucho, todo fue como un milagro, de repente comenzó a respirar bien sin tener yo mucho que ver.
Terry giró su cabeza para ver al doctor, y vio en la cara del mismo que lo que decía era totalmente la verdad. En ese momento sonrió abiertamente. Se secó las lágrimas y volvió a mirar a su hijita.
- Pronto se la podrá llevar a casa, el peligro ha pasado – le comunicó el doctor.
Terry miró a la niña y pensó en Susana, así que corrió hasta la habitación donde Susana acababa de despertar. Entonces se acercó a ella y la besó dulcemente.
- ¿Qué ocurrió? – preguntó Susana.
- Está todo bien – dijo Terry sin dejar se sonreír.
- ¿Esta viva? – preguntó Susana que estaba al borde del llanto.
- Si, ella esta bien, y se irá a casa con nosotros. – dijo Terry
Susana empezó a llorar, pero esta vez de alegría, sus lágrimas se mezclaban con la risa que salía de sus labios.
- ¿Has pensado en como llamarla? – preguntó Susana.
- Quizá por que es el mejor regalo de Navidad que hemos recibido que te parece. Natalie que es día de Navidad, y Doreen que significa Regalo.
- Creo que ningún otro nombre le iría tan bien. – dijo Susana con una amplia sonrisa en la cara.
En ese momento entró la enfermera con la pequeña Natalie Doreen en sus brazos.
- El doctor me ha permitido que la tengan por un rato – dijo la enfermera.
La enfermera dejó a la pequeña en los brazos de Susana, y Terry se acercó para poder tocarla, y pensó que realmente la pequeña Natalie era un regalo de Dios.
