Lucius estaba en la habitación en la que pasaba la mayor parte del tiempo, Voldemort, al que había empezado a llamar por aquel monstruoso nombre, le quería relegado para usarlo como garantía en la protección de la Mansión. Mientras él estuviera allí permanecería protegida. Por lo que su vida no dejaba de ser la de un prisionero, solo que él no dormía en una mazmorra, pero sí recibía otro tipo de torturas.

Greyback volvería ese día, a pesar de saber protegida la Mansión, Voldemort esperaba un ataque para liberar a Harry Potter. Ojalá ese rescate se produjera pronto, su cordura se le escapaba entre los dedos, y aunque sabía que su final no sería mejor. Draco tendría una oportunidad.

Ya había conocido Azkaban y no era agradable, tener a los dementores constantemente haciendo vigilancia, robando cualquier brizna de calor y alegría, no era mucho mejor. Pero al menos allí tendría una posibilidad, quizás en muchos años acabaría su condena y sería libre.

Miró al rededor, allí no la había, y morir, aunque le producía pavor ya no era tan importante como había sido antes.

Se enfocaba en Draco, y por añadido en Potter acabando con todo aquello. Su mujer estaba muy débil, no habían servido las pociones que había conseguido. Necesitaba a un medimago, pero eso escapaba de su alcance y ella lo sabía. Narcisa no le había vuelto a culpar por sus destinos.

Replegada sobre sí misma, sospechaba que en algún momento la encontraría muerta.

La puerta se abrió y el asumió su papel.

—Cuanto tiempo sin verte.—El hombre lobo llegó hasta donde él estaba sentado. Realmente había diferencia para Lucius entre el antes y el ahora, aunque a efectos prácticos había dejado de luchar antes de que Voldemort le atara con el Imperius—Te he echado de menos—dijo lamiendo su cuello. Hedía a suciedad, sangre y lujuria. Ese era su olor, uno que jamás sería capaz de olvidar.

La bestia recorrió la fina piel de su cuello con sus colmillos, aquellos que cargaban la maldición con la que esperaba infectarlo.

Evitó el escalofrío en su cuerpo ante el terror de convertirse en un hombre lobo, una bestia infrahumana. Un miedo irracional y bajo la piel pero con el que debía luchar.

Le arrancó la ropa, salvaje como siempre tomó su cuerpo, cerro los ojos y puso en marcha aquello que había estado ensayando. Poco a poco sus propios gemidos fueron tomando cuerpo, su pene de fue hinchando, y Greyback lo notó.

Lucius jamás había disfrutado del sexo forzado con el lobo, a pesar de que contra su voluntad algunas veces se había excitado hasta el punto de encontrar restos de su propio semen tras acabar. Pero jamás había gemido teniéndolo dentro. Sus sonidos al principio habían sido de dolor, sus lágrimas y su abandono lejos de lo que ocurría, eran los sonidos que les había acompañado.

Lucius estaba tumbado sobre la cama, con su piernas sostenidas por el lobo que le penetraba duramente. Como queriendo comprobarlo, Greyback le asestó una fuerte estocada, lo que produjo un fuerte gemido en Lucius.

El lobo agarró su erección acariciando la cabeza humedecida de Lucius, aquello le arrancó otro gemido. Las estocadas volvieron suaves y profundas y aún sabiendo que todo eso podía irse al traste, Lucius abrió los ojos.

No era la imagen que había imaginado para conseguirlo, pero se empujó contra él tocando justo en su próstata.

—Más—pidió, el hombre lobo aceleró el ritmo, aquello era una apuesta arriesgada, pero cuando bajó buscando su boca supo que tendría posibilidades.

Acabó corriéndose en su interior y Lucius haciéndolo entre ambos.

Necesitaba captar su atención, buscar un momento apropiado, tras su orgasmo el hombre lobo respiraba en su cuello.

—Ayúdame—rogó como si la suplica brotara de una parte muy profunda y enterrada del interior de su ser. Los ojos marrones de Greyback le miraron sin saber qué pensar.

—Ayúdame—pidió de nuevo.

Greyback se levantó de la cama, completamente desnudo. Lucius cayó en el típico letargo de una víctima de Imperius. Él había lanzado el cebo, aún tenía que ver si el otro lo mordía.

El lobo debía sentir el peso de lo que estaba a punto se hacer, agarró unos pantalones y se los colocó. Como si la desnudez no le dejara pensar con claridad.

Le notaba pensar, como si su cerebro hiciera un fuerte ruido. Lucius había sufrido el castigo que Voldemort le había impuesto, como una maldición más. Pero este verdugo podría ayudarle, era su única posibilidad.

Le vio aproximarse con su varita en la mano, era inadmisible que una subcriatura tuviera acceso a una varita, pero bloqueó cualquier tipo de pensamiento.

—Finite incantatem—dijo apuntando a Lucius.

Levantar la maldición que le había lanzado Voldemort era traición, y Greyback lo sabía.

Poco a poco Lucius se incorporó, el hombre lobo le miraba con recelo.

Aún desnudo y sabiendo el deseo enfermizo que despertaba en Greyback, Lucius llegó hasta él.

—Gracias—dijo delante de él de un modo serio.

El hombre lobo se alejó un paso, dándose cuenta de su error. Pero Lucius ya lo había calculado, y pegándose completamente a él se cobijó en su pecho. La mole de músculos que era Greyback tembló ante el gesto, y más aún cuando sintió las manos de Lucius acariciarle.

La iniciativa por parte de este les llevó de nuevo a la cama, donde el hombre lobo le tenía agarrado por la cadera mientras Lucius se autoempalaba.

Podía notar como le tenía entre sus manos, como en esos momentos su voluntad era suya como si de una Imperius sexual se tratara. Siempre lo había tenido ahí y nunca lo había visto.

Una vez más el interior del rubio fue regado, notaba su entrada dilatada y húmeda escurrir parte del semen del hombre lobo.

Aún estaba sobre él, aún su pene en su interior.

—Nos matará—dijo Lucius.

—Nos escaparemos de aquí—le aseguró Greyback acariciándole.

Lucius sonrió tristemente, interpretando su papel.

—Él nunca perdona, nunca...

Tiró de su cuerpo hacia abajo, el clima íntimo, el de dos amantes confesándose, el de dos personas compartiendo sus sentimientos le daban ganas de vomitar pero tenía que continuar.

—No voy a permitir que te haga nada, eres mío.

—No podemos contra él.—Lucius levantó el rostro para mirar a esa bestia—Su intención siempre fue matarme, cuando consiga lo que quiere, me matará, escuché como me lo decía.

Notó la furia en Greyback, y como le apretaba más contra sí.

—No podemos contra él—suspiró y aquello hizo gruñir al otro, atacar su orgullo no era el fin sino hacerlo llegar solo a la conclusión.

No dijo nada más, se quedo dormido sobre el cuerpo cálido del lobo. Las piezas estaban sobre el tablero.

o0o

Fenrir sonreía abrazando el cuerpo de aquel arrogante aristócrata, su sueño era real.

Efectivamente habría cometido una traición, si realmente el rubio hubiera estado bajo el hechizo de Voldemort, pero él sabía que nunca había sido así.

Aún así estaba contento, reconocía como algo "insana" la obsesión que sentía por Lucius Malfoy. Si debía ser sincero consigo mismo, le gustaban más jóvenes, mucho más jóvenes.

Estaba recurriendo a él y era algo que siempre había deseado. Pensó que nunca sería de ese modo, pero no iba a quejarse.

Ya había intuido que Voldemort no se lo iba a dar y tenía sus propias intenciones. No se llevaba a error, el bando de Potter no lo querría con ellos, pero contaba con desaparecer con Lucius y los cachorros que pensaba tener con él.

Dentro de poco todo ese semen que escurría por su culo le daría sus propios hijos, su propia manada.

Él les iba a entregar a Harry Potter a cambio de que Snape realizara aquella poción para ellos.

Reconocía haber sentido un tremendo placer cuando Lucius había tomado parte activa en la relación. No había contado con que en el fondo lo había ansiado tanto.

Pero eso ya daba igual, Lucius le daría a sus cachorros y luego lo convertiría en su lobo. Bajó su mano hacia el vientre plano del hombre dormido sobre él, acariciándolo. Y se introdujo dentro de él nuevamente. El cuerpo del rubio se movió rítmicamente con sus movimientos.

Fenrir cerró los ojos visualizando su futuro. Un lobo negro y otro completamente blanco anudado hasta perder el conocimiento.

o0o

Nada estaba yendo como habían previsto, Draco estaba inconsciente sobre una camilla.

Jeremy miraba a Severus, tenía un bisturí en una mano y cerca su varita, pero el pocionista no estaba respondiendo.

—Severus—le dijo Jamie a su lado—. Hay que seguir, el bebé morirá.

Severus dio un paso atrás, como habían previsto, Draco no tenía magia suficiente para mantener al bebé. No consiguieron reanimarlo tras el colapso mucho más severo que el que había sufrido en Navidades.

El embarazo había consumido toda la magia de Draco y no tenía constantes vitales.

Severus no se había preparado para ello, había pensado que actuarían a tiempo. Por los libros sabía que ese era el fin de todos los que ingerían esa poción, pero él se había creído más listo a los demás. Capaz de garantizar la vida del joven.

Había fallado.

Vio como el medimago le realizaba un profundo corte bajo el abultado vientre, era tan grotesco que Severus fue incapaz de mirar.

Tampoco vio como una pequeña criatura, que resultó ser un niño, nacía del cuerpo inerte del niño al que siempre había tratado de salvar.

Un suave llanto, tan diferente al que un recién nacido emitiría, llegó a sus oídos. Tardó en reaccionar pero era su propio llanto, un llanto involuntario que se le escapaba mientras acariciaba el suave pelo rubio de Draco, como tantas veces había hecho cuando este era pequeño.

o0o

Harry despertó sobresaltado, no sabía qué hora era, pero saliendo de aquel duermevela constante creyó oír un llanto.

Agudizó el oído, pero solo le quedaba el recurso del sonido.

Se sintió incómodo, nada tenía que ver con la postura, con sus huesos y músculos doloridos por dormir sobre la dura piedra del suelo.

Se levantó a beber algo de agua, era una suerte tener la jarra con él. Pero el mal sabor de boca no se iba.

Se frotó los brazos a sí mismo, sus vellos de punta. Había pasado algo, como si hubiera dejado de sentir algo. Pero no era el llanto, eso no había estado allí antes.

¿Qué era?

Sintió como el tirón que se producía en el estómago cuando uno se aparece, pero él no iba a ningún lado. Cayó al suelo, ya sabía que era lo que faltaba.

Era tan sutil que en realidad no lo había notado hasta que dejó de hacerlo, había dejado de sentir la magia de su unión con Draco.

No sabía del ritual del matrimonio mágico más de lo que había visto en su propia boda. Pero acababa de sentir lo que ocurría cuando uno de los dos moría.

La magia de Draco había desaparecido.

OoooooO

Hoy no es miércoles, pero como estás semanas pasadas no he sido tan "puntual" os traigo nuevo capítulo por adelantado.

Aunque no sé si me lo vais a agradecer o vais a contratar a un sicario.

En cualquier caso, hasta la semana que viene.

Shimi.