Capítulo 28.

Las dos brujas se encontraban en completo silencio dentro del despacho de una de ellas, acabando de dejar a Harry Potter y Marietta Edgecombe en sus respectivas Salas Comunes. La profesora McGonagall estaba sentada detrás de su escritorio, con el rostro tenso, y sumida en profundos pensamientos. La consejera White estaba sentada en una silla frente al escritorio, con la cabeza baja y notoriamente contrariada.

- Todo esto es mi culpa… - murmuró Claire, abatida, y se pasó una mano por el pelo para quitarse las hebras oscuras que le caían sobre el rostro.

- No digas eso, querida. – dijo McGonagall, mirándola.

- Pero es cierto… - aseguró la consejera, mirando a la profesora que más había admirado y respetado desde sus tiempos de estudiante. – Si no le hubiera sugerido a Harry que practicara y enseñara por su cuenta… no sé en qué estaba pensando…

McGonagall se le quedó mirando, con sus ojos penetrantes y brillantes fijos en los orbes cafés de Claire.

- Señorita White… - dijo la profesora, y Claire se vio irremediablemente transportada a su época escolar, pues así la llamaba la profesora de Transformaciones en aquella época. – Siempre ha sido una joven de extraordinaria inteligencia y habilidad… estoy segura de que sabe perfectamente que la llevó a hacer esa sugerencia.

Claire alzó las cejas, sorprendida. Y luego se permitió suspirar.

- Sí… quería asegurarme de que ellos aprendieran Defensa Contra las Artes Oscuras al menos a un nivel levemente apropiado una vez que Umbridge me quitara del puesto…

- Y que los descubrieran fue solamente debido al riesgo siempre presente desde que comenzaran a organizar aquel grupo. – agregó McGonagall. – Y no hubiera pasado si, lamentablemente, no hubieran invitado a una persona equivocada.

Claire asintió, pero estaba lejos de sentirse mejor. Sin Dumbledore ahí, las cosas cambiarían radicalmente, y los empleos de todos ahí estaban en peligro inminente.

- Ahora, debemos estar preparados para lo que la ausencia de Albus podría significar. – dijo la profesora.

Claire suspiró.

- Apostaría todo lo que tengo a que Dolores ocupará su lugar… - opinó ella.

- Lo mismo pienso; Fudge está más que satisfecho con su trabajo, y estoy segura de que será la misma Dolores la que sugerirá ocupar el cargo. – convino McGonagall. – Por mi parte, verla como Directora será algo imposible; ninguno de los profesores aceptará seguir sus órdenes por mucho tiempo más…

Claire asintió; ella pensaba lo mismo. Pero entonces, repasando los Decretos educacionales mentalmente, se le ocurrió que quizás podrían simplemente ceñirse a ellos.

- O tal vez… eso es precisamente lo que deberíamos hacer… - dijo Claire, tentativamente. McGonagall frunció sus ojos hacia ella, sin entender cómo podía estar diciendo aquello.

Por primera vez en horas, Claire sonrió, pero su sonrisa estaba desprovista de su inocencia habitual. Había cierto aire travieso y malévolo en su expresión. Y Claire comenzó a explicarle su idea…

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A la mañana siguiente, todos los estudiantes se levantaron para encontrar el mismo aviso en el tablón de anuncios de sus Salas Comunes.

_POR ORDEN DEL_

MINISTERIO DE MAGIA

Dolores Jane Umbridge (Gran Inquisidora) ha remplazado a Albus Dumbledore como Director del Colegio Hogwarts de Magia Y Hechicería.

Lo anterior es de conformidad con el Decreto Educacional número veintiocho.

Firma: Cornelius Oswald Fudge.

Ministro de Magia.

Pareció que las noticias se habían esparcido por toda la escuela durante la noche, pero no se explicaban como cada persona en el castillo parecía saber que Dumbledore había vencido a dos Aurores, a la Gran Inquisidora, al Ministro de Magia, y a su Asistente Junior para escapar. No importaba a que parte del castillo iba Harry, el único tema de conversación era la fuga de Dumbledore, y aunque algunos de los detalles se habían vuelto incorrectos por tanto contarlos (Harry escuchó a una niña de segundo año asegurándole a otra que Fudge estaba en San Mungo con una calabaza por cabeza), era sorprendente cuan correcta era el resto de la información. Todos sabían, por ejemplo, que Harry y Marietta eran los únicos estudiantes que habían presenciado la escena en la oficina de Dumbledore, y que Marietta estaba ahora en la enfermería. Harry se encontró siendo asediado constantemente con peticiones para que suministrara información de primera mano.

- Dumbledore estará de regreso dentro de poco. - afirmaba Ernie Macmillan confiadamente en su camino de regreso de Herbología, después de escuchar atentamente la historia de Harry. - No pudieron mantenerlo lejos en nuestro segundo año y tampoco van a ser capaces de hacerlo esta vez. El Fraile Gordo me dijo... - bajo la voz misteriosamente de forma que Harry, Ron y Hermione tuvieron que acercarse más para oírlo - ... que esa Umbridge trató de regresar a su oficina la otra noche después que lo habían buscado en el castillo y en los terrenos. No pudo pasar a la gárgola. La oficina de la Dirección se había sellado a si misma contra ella. - Ernie sonrió burlonamente. - Parece que tuvo un pequeño berrinche...

- Oh, era de esperar que realmente fantaseara con sentarse en la oficina del Director. - comentó Hermione malignamente, mientras subían los peldaños de piedra hacia el Vestíbulo de Entrada. - Señoreando sobre los otros profesores, la estúpida, creída, vieja loca por el poder...

- ¿Realmente quieres terminar esa frase, Granger?

Draco Malfoy, quien estaba tras la puerta, se había deslizado fuera, seguido de cerca por Crabbe y Goyle. Su pálida y puntiaguda cara estaba iluminada con malicia.

- Me temo que le voy a tener que quitar unos cuantos puntos a Gryffindor y a Hufflepuff. - declaró arrastrando las palabras.

- Sólo los profesores pueden quitarle puntos a las casas, Malfoy. – replicó Ernie de inmediato.

-Sí, nosotros también somos prefectos, ¿recuerdas?- refunfuñó Ron.

- Sé que los prefectos no pueden quitar puntos, Rey Comadreja. – se burló Malfoy. Crabbe y Goyle rieron con disimulo. - Pero los miembros de la Patrulla Inquisidora...

- ¿De qué? - preguntó Hermione abruptamente.

- La Patrulla Inquisidora, Granger. - repitió Malfoy, señalando a una pequeña "I" plateada sobre su túnica, justo debajo de su insignia de prefecto. - Un selecto grupo de estudiantes que apoyan al Ministerio de Magia, personalmente seleccionados por la profesora Umbridge. En todo caso, los miembros de la Patrulla Inquisidora sí tenemos el poder de quitar puntos... Por la tanto, Granger, te quitaré cinco a ti por hablar mal de nuestra Directora... a Macmillan, cinco por contradecirme... Cinco porque no me caes bien, Potter... Weasley, tu camisa está fuera, por eso voy a quitar otros cinco. Ah sí, se me olvidaba, eres una Sangre Sucia, Granger, diez por eso.

Ron sacó su varita, pero Hermione lo apartó, susurrando:

- ¡No!

- Sabia decisión, Granger. - ironizó Malfoy. - Nuevo Director, nuevos tiempos... Sean buenos ahora, Potty... Rey Comadreja...

Riéndose fuertemente, se alejó a grandes zancadas acompañado por Crabbe y Goyle.

- Estaba fanfarroneando. - farfulló Ernie, luciendo consternado. – No le pueden permitir que quite puntos... eso sería ridículo... socavaría totalmente el sistema de prefectos...

Pero Harry, Ron y Hermione habían girado automáticamente hacia los enormes cristales colocados en nichos a lo largo de la pared detrás de ellos, que recordaban los puntos de cada Casa. Gryffindor y Ravenclaw habían estado cabeza a cabeza compitiendo por el liderazgo esa mañana. Ahora, mientras observaban, varias piedras volaban hacia arriba, reduciendo la cantidad en las burbujas inferiores. De hecho, el único reloj que parecía inmutable era el lleno de esmeraldas de Slytherin.

- ¿Lo notaron, verdad? - se escuchó la voz de Fred.

George y él acababan de bajar por la escalera de mármol y se habían unido a Harry, Ron, Hermione, y Ernie enfrente de los relojes.

- Malfoy nos acaba de quitar como cincuenta puntos. – espetó Harry furibundo, mientras observaba como varias piedras más se escapaban del reloj de Gryffindor.

- Sí, Montague también trató de hacerlo con nosotros durante el descanso. - comentó George.

- ¿Qué quieres decir con "trató"? - preguntó Ron rápidamente.

- Que no pudo decir todas las palabras. - explicó Fred. - Debido a que lo encerramos en el Armario que Desaparece que está en el primer piso.

Hermione se veía muy impactada.

- ¡Pero se van a meter en un terrible problema!

- No hasta que Montague reaparezca, y eso podría demorar varias semanas, no sé a dónde lo enviamos. - replicó Fred tranquilamente. - De todos modos... hemos decidido que ya no nos importa meternos en problemas.

- ¿Alguna vez les ha importado? - preguntó Hermione.

- Por supuesto que sí. - contestó George. - Nunca nos han expulsado, ¿o sí?

- Siempre hemos sabido cuál era el límite. - aseveró Fred.

- Puede que lo hayamos tocado con la punta del pie ocasionalmente. - agregó George.

- Pero siempre nos hemos detenido antes de causar un caos real. – concluyó Fred.

- ¿Pero ahora? - inquirió Ron tentativamente.

- Bueno, ahora... - musitó George.

- ... que Dumbledore ya se fue... - siguió Fred.

- ... consideramos que un poco de caos... - alternó George.

- ... es exactamente lo que nuestra querida nueva Directora se merece. - terminó Fred.

- ¡No deben! - susurró Hermione. - ¡De verdad no deben! ¡A ella le encantaría tener una razón para expulsarlos!

- No nos entiendes, Hermione, ¿o sí? - preguntó Fred, sonriéndole. - No nos importa quedarnos aquí. Ya nos hubiéramos ido si no estuviéramos determinados a hacer antes un poquito por Dumbledore. En todo caso… - verificó su reloj. - la primera fase está a punto de empezar. Si fuera ustedes me iría al Gran Comedor para almorzar, así los profesores verían que no tienen nada que ver con esto.

- ¿Nada que ver con qué? - preguntó Hermione ansiosamente.

- Ya verás. - contestó George. - Sigan caminando, ahora.

Fred y George dieron la vuelta y desaparecieron entre la nutrida multitud que descendía por las escaleras para almorzar. Luciendo sumamente desconcertado, Ernie murmuró algo sobre terminar la tarea de Transformaciones y se escabulló a toda prisa.

- Creo que nos deberíamos ir de aquí, ya saben… - propuso Hermione, nerviosamente-. Sólo en caso...

- Sí, está bien. - aceptó Ron, y los tres se dirigieron hacia las puertas del Gran Comedor, pero Harry apenas había echado un vistazo al techo cubierto con blancas nubes vaporosas cuando alguien lo golpeó ligeramente en el hombro y, dándose la vuelta, se encontró casi nariz a nariz con Filch, el conserje. Retrocedió unos pasos; Filch tenía mejor presencia a la distancia. - A la Directora le gustaría verte, Potter. - lo miró de reojo.

- Yo no he sido. - respondió tontamente, pensando en lo que fuera que Fred y George estuvieran planeando. La mandíbula de Filch tembló con una risa silenciosa.

- ¿Conciencia culpable, eh? – resolló. - Sígueme...

Harry volteó hacia Ron y Hermione, quienes parecían preocupados. Se encogió de hombros y siguió a Filch hacia el Vestíbulo de Entrada, en contra de la marea de hambrientos estudiantes.

El hombre parecía estar de un muy buen humor; tarareaba en voz baja con sonidos chirriantes mientras ascendían por la escalera de mármol. Cuando alcanzaron el primer rellano, comentó:

- Las cosas están cambiando por aquí, Potter.

- Lo he notado. - contestó Harry fríamente.

- Sí... he estado diciéndole a Dumbledore durante años y años que era demasiado blando con todos ustedes. - continuó Filch, riéndose perversamente. - Inmundas bestiecillas, nunca hubieran tirado Pelotitas Apestosas si hubieran sabido que yo tenía en mis manos el poder de azotarlos, ¿o sí? Nadie hubiera pensado en arrojar Frisbees Colmilludos en los corredores si yo hubiera podido colgarlos por los tobillos en mi oficina, ¿eh? Pero cuando el Decreto Educacional Número Veintinueve entre en vigor, Potter, estaré autorizado para hacer ese tipo de cosas... y la Directora le pidió al Ministro que firmara una orden de expulsión para Peeves... oh, las cosas van a ser muy diferentes por aquí ahora que está a cargo.

Obviamente Umbridge había andado largos pasos para tener a Filch de su lado, pensaba Harry, y lo peor de todo era que éste probablemente le suministraría un arma importante; su conocimiento de los pasajes secretos de la escuela y de los lugares para esconderse era el mayor después del de los gemelos Weasley.

- Aquí estamos. - miró de reojo a Harry mientras golpeaba tres veces la puerta de la oficina de la profesora Umbridge y luego empujaba para abrirla. - El chico Potter para verla, señora.

La oficina de Umbridge, tan familiar para Harry debido a sus varias detenciones, era la misma de siempre, excepto por el largo bloque de madera que descansaba al frente de su escritorio y en el que en letras doradas se leía la palabra DIRECTORA; también su Saeta de Fuego y las Barredoras de Fred y George que, observó con dolor, estaban encadenadas y cerradas con un candado a un grueso gancho de hierro en la pared detrás de su escritorio.

Umbridge estaba sentada tras de su escritorio, ocupada escribiendo algo en un pergamino rosa, pero levantó la mirada y sonrió ampliamente ante su entrada.

- Gracias, Argus. - dijo dulcemente.

- De nada, señora, de nada. - Filch se inclinó todo lo que su reumatismo le permitía, y salió caminando hacia atrás.

- Siéntese. - ordenó Umbridge secamente, apuntando hacia una silla.

Harry se sentó. Mientras ella continuaba garabateando por unos momentos, observó unos inmundos gatitos que retozaban en un grabado sobre la cabeza de la Directora, preguntándose qué nuevo horror le tenía preparado.

- Bien, ahora. - habló finalmente, dejando su pluma y examinándolo con satisfacción, como un sapo que está a punto de tragarse una mosca particularmente jugosa. - ¿Qué le gustaría beber?

- ¿Qué? - preguntó Harry, bastante seguro de que había escuchado mal.

- De beber, señor Potter. - sonrió aún más ampliamente. - ¿Té? ¿Café? ¿Jugo de calabaza?

Mientras nombraba cada bebida, agitó un poco su varita, y una taza o un vaso con diferentes bebidas aparecieron sobre su escritorio.

- Nada, gracias. - contestó Harry.

- Deseo que beba algo conmigo. - solicitó, su voz volviéndose peligrosamente dulce. - Elija uno.

- Bueno... té entonces. - aceptó Harry, encogiéndose de hombros.

Ella se puso de pie y simuló agregar leche dándole la espalda a Harry. Luego rodeó presurosa su escritorio sosteniendo la taza, con una sonrisa siniestramente dulce.

- Aquí tiene. - le entregó la taza. - Bébaselo antes que se enfríe. Bien, ahora, señor Potter... creo que debemos tener una pequeña charla después de los inquietantes eventos de anoche.

Harry no dijo nada. Ella se acomodó en su asiento y esperó. Después de un buen rato de silencio, apuntó alegremente.

- ¡No se lo está bebiendo!

Alzó la taza hacia sus labios y después, repentinamente, la bajó.

Uno de los gatitos horriblemente pintados detrás de Umbridge tenía grandes y redondos ojos azules iguales al de Ojoloco Moody, y entonces se le ocurrió lo que diría Ojoloco si escuchara que Harry había bebido cualquier cosa ofrecida por un enemigo conocido.

- ¿Qué pasa? - interrogó Umbridge, quien lo seguía observando de cerca. - ¿Quiere azúcar?

- No. - contestó Harry.

Se llevó la taza a los labios otra vez y pretendió darle un sorbo, a pesar de mantener su boca bien cerrada. La sonrisa de Umbridge se amplió.

- Bien. – murmuró. - Muy bien. Entonces ahora... - Se inclinó un poco hacia delante. - ¿Dónde está Albus Dumbledore?

- Ni idea. - replicó Harry rápidamente.

- Beba más, beba más. - insistió, aun sonriendo-. Ahora, señor Potter, dejemos los juegos infantiles. Sé que usted sabe adónde se fue. Usted y Dumbledore han estado juntos en esto desde el principio. Considerando su posición, señor Potter...

- No sé dónde está. - repitió Harry.

Pretendió beber otra vez. Ella lo estaba viendo muy de cerca.

- Muy bien. - susurró, a pesar de que se veía disgustada. - En ese caso, ¿tendría la amabilidad de decirme el paradero de Sirius Black?

El estómago de Harry se retorció y la mano que sostenía su taza de té tembló de modo que la vasija vibró en su platito. Movió la taza hacia su boca con los labios apretados, de forma que algo del caliente líquido se deslizó hasta su túnica.

- No sé. - contestó, demasiado rápido.

- Señor Potter. - dijo Umbridge. - Déjeme recordarle que fui yo la que casi atrapó al criminal Black en la chimenea de Gryffindor en Octubre. Sé perfectamente bien que era con usted con quien estaba reuniéndose y si tuviera alguna prueba ninguno de los dos estaría libre hoy, se lo juro. Le repito, señor Potter... ¿Dónde está Sirius Black?

- Ni idea. - declaró Harry fuertemente-. No tengo ni una pista.

Se miraron fijamente uno al otro durante tanto tiempo que Harry sintió que sus ojos lagrimeaban. Entonces ella se puso de pie.

- Muy bien, Potter, confiaré en su palabra por esta vez, pero le advierto: El poder del Ministerio está detrás de mí. Todos los canales de comunicación dentro y fuera de esta escuela están bajo inspección. Un Regulador de la Red Flu mantiene vigilada cada hoguera de Hogwarts, excepto la mía, por supuesto. Mí Patrulla Inquisidora está abriendo y leyendo todos los correos que entran y salen de este lugar. Y el señor Filch está controlando todos los pasajes secretos dentro y fuera del castillo. Si encuentro una pizca de evidencia...

¡BOOM!

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Claire había estado llevando algunos documentos a varios de los profesores durante toda la mañana; el día de las entrevistas con los Jefes de Casa se estaba aproximando, y los registros de las calificaciones de cada uno de los estudiantes de quinto curso debían ser enviados a los despachos correspondientes de los profesores líderes para que ellos pudieran preparar las sugerencias de carreras en base a ellas, en caso de que los estudiantes no hubieran decidido que cursos EXTASIS tomar aún. Había sido una tarea asignada por Umbridge, seguramente pensando en que sería algo humillante, pero a Claire no le importaba.

De hecho, cuando escuchó la gran explosión del primer piso, hasta se sintió agradecida de haber sido ordenada a aquella tarea, porque pudo evidenciar directamente las penurias de Umbridge.

En aquel piso reinaba el caos. Alguien había hecho estallar lo que parecía ser un enorme cajón con fuegos artificiales hechizados.

Dragones completamente formados por chispas verdes y doradas volaban arriba y abajo por los corredores, emitiendo muy fuertes y agresivos estallidos y detonaciones. Ruedas Giratorias de un rosa profundo de cinco pies de diámetro estaban zumbando letalmente por el aire como multitud de platillos voladores. Cohetes con largas colas de brillantes estrellas plateadas rebotaban en las paredes. Centellas escribían maldiciones en el aire por voluntad propia. Petardos explotaban como minas por cualquier lado al que Claire mirara, y en lugar de quemarse, agotándose las luces o los siseos, estos milagros pirotécnicos parecían ganar en energía y en ímpetu mientras más tiempo transcurría.

Filch y Umbridge estaban parados, aparentemente paralizados por el horror, a la mitad de las escaleras. Mientras Claire observaba, una de las ruedas más grandes decidió que necesitaba más espacio para maniobrar; giró hacia Umbridge y Filch con un siniestro wheeeeeeeeeee. Ambos gritaron con miedo, la esquivaron y ésta salió zumbando por la ventana atrás de ellos y cruzó los terrenos. Mientras tanto, varios de los dragones y un enorme murciélago púrpura que humeaba de manera abominable, tomaron ventaja de la puerta abierta al final del corredor para escapar hacia el segundo piso.

- ¡Date prisa, Filch, date prisa! - chilló Umbridge. - Estarán por toda la escuela a menos que hagamos algo. ¡Stupefy!

Un rayo de luz roja salió de la punta de su varita y golpeó uno de los cohetes, En lugar de congelarse en medio del aire, explotó con tal fuerza que abrió un agujero en el retrato de una bruja con apariencia sensiblera que estaba en medio de una pradera; ella corrió justo a tiempo, reapareciendo segundos más tarde apretujada en la pintura de al lado, donde un par de magos que jugaban cartas se levantaron rápidamente para hacerle un lugar.

- ¡No los aturdas, Filch! - gritó Umbridge furiosa, aunque todo el mundo pensaba que éste había sido su conjuro.

- ¡Tiene razón, Directora! - respondió Filch, a quien por ser un Squib le hubiera resultado más fácil tragarse los fuegos artificiales que aturdirlos. Se arrojó hacia una alacena cercana, sacó una escoba, y empezó a golpearlos en el aire; en segundos la cabeza de la escoba estaba en llamas.

Claire se tapaba la boca con las manos para que la risa no se le escapara. Tenía los ojos llorosos mientras la recorrían espasmos provocados por el ataque de risa que se negaba a dejar escapar. Con dificultad, pues las lágrimas de risa no la dejaban ver bien, se hizo a un lado contra un tapiz colgado en una de las paredes del corredor y sintió un bulto grande a través de él. Curiosa, hizo a un lado el tapiz y se encontró con Harry, Fred y George.

Los estudiantes la miraron, alarmados, más Claire solo pudo negar con la cabeza sin dejar de sonreír.

- Debí saberlo. – comentó, sonriente, y les guiñó un ojo a los gemelos antes de alejarse.

La noche anterior le había planteado a la profesora McGonagall que siguieran las órdenes de Umbridge al pie de la letra; no involucrarse en nada, absolutamente nada, que no tuviera que ver con sus clases. Aquello pronto haría colapsar a la nueva Directora con los requerimientos de su presencia para atender asuntos sin importancia, como problemas con puertas rechinantes, derrames de sustancias extrañas, hasta conflictos generados por los propios estudiantes. Pero aquello que habían hecho los gemelos Weasley (Claire no creía que Harry estuviera involucrado directamente), la sobrepasaría mucho más rápido de lo que cualquiera hubiera previsto. Entre ambas, McGonagall y Claire, le habían hecho llegar las intenciones del plan de agobiar a Umbridge a los demás profesores.

Claire se mordió el labio inferior, frenando otra serie de risas mientras escuchaba los gritos de Umbridge por sobre los estallidos de los fuegos artificiales, provenientes del piso superior.

"A ver cómo le va…" pensó, divertida.