Salieron del lugar con risas de por medio. Ana no podía evitar deslizar sus brazos por el cuello de su marido, el que levantaba el puño como signo de victoria. Y eso le hacía más encantador que cualquier otro. Al fin y al cabo, era el campeón de los pesos medios de España en boxeo. Y eso era todo un logro. Alfonso García era la victoria, y ella era su mujer. Y se querían. Y formaban una bonita pareja. ¿Acaso ella no podía embriagarse en el sabor que le proporcionaba esa felicidad con él? No podía evitar reír. Reír, provocando así un sentimiento de satisfacción en el moreno.

Lo había hecho por ella. Solamente por ella. Quería demostrarle que él merecía la pena. Quería dejarle claro que podía quererle así. Que no era un inútil al que tener compasión. Y era verdad. Lo había conseguido. Había logrado dos de sus grandes sueños. Ser un campeón, y tener a la mujer más maravillosa a su lado. ¿Se podía ser más feliz? Él creía que no, y en el fondo, no podía evitar sentirse bien. No podía evitar pensar que había logrado lo que se proponía. Solo le quedaba un sueño. Formar una familia. Asegurarse así que Ana siempre le querría. Que siempre estaría a su lado. Y la única manera de afianzar esos lazos era con un pequeño niño. Un chico. O también una pequeña princesa.

Teresa se encontraba al lado de su marido, Héctor, el que sonreía animado. El hombre creía que eran el cuarteto más encantador. Los dos hombres eran buenos amigos, sus mujeres también, y encima su amigo era el hermano de su esposa, y para él, Ana era como una hermana a la que cuidar, como todos. El rubio era demasiado sobreprotector. Pero le gustaba. Le gustaba cuidar de la gente a la que quería. Besó la frente de la que era su mujer, sonsacando una sonrisa tierna por parte de ella.

La morena no podía evitar sentirse tranquila y segura. Todo había pasado. Las dos eran felices… ¿No? Eso pensaba ella, aunque a veces rememoraba con cierta nostalgia esos momentos de máxima complicidad. Seguían juntas en esos aspectos, aunque no podía evitar pensar en la suerte que tenía su hermano de poder disfrutar de la compañía de la castaña. Alguien que le apoyó en todo momento. Muchas veces se preguntaba si Héctor haría lo mismo con ella si en algún momento llegase a alcanzar un puesto importante en los almacenes. A veces se lo cuestionaba, aunque enseguida se disipaba esa duda para formarse otras en su mente. ¿Sería Héctor capaz de impedir que ella se desarrollase como persona?

Reían en medio de las escaleras, y cuando llegaron al piso de la familia García-Rivas, Alfonso no pudo evitar cargar a su esposa, soltando los dos una sonora carcajada que retumbó todo el piso. Pese a todo, Ana y Alfonso tenían una química, unos arrebatos y una pasión que Héctor y Teresa no llegaban a tener nunca. En cambio, los dos últimos mantenían una relación de amor, comprensión, y de cierta calma, aunque era más bien debido a que la morena siempre cedía y obedecía a las recomendaciones del rubio, el que se consideraba bastante sabio pese a que en otras muchas ocasiones, él se equivocase.

La puerta del piso de enfrente se abrió, dejando así paso a dos personas. Eran un hombre y una mujer. El muchacho era algo mayor que la que parecía que era su esposa. Parecía serio y recto, aunque el gesto de su rostro dejaba entrever un carácter afable y amable, característico de una persona que sabía tratar a la gente. Su esposa parecía también amable en cierto sentido. Era más joven que su marido, y en cierta manera, era bastante guapa. Sonreía tímidamente, y su marido permaneció un poco ajeno.

Disculpen…Creíamos que estaba sucediendo algo. Como escuchábamos ruido de afuera…

¡Oh! ―Exclamó Ana, soltándose de Alfonso―. Discúlpenos. No nos hemos dado cuenta del ajetreo que estábamos montando… Somos los vecinos de enfrente. Y estos son unos amigos nuestros―señaló―. Mi marido ha ganado el campeonato de los pesos medios de España.

¡Felicidades! ―Exclamó el hombre―. Alfonso García, ¿no?

Así es―respondió el aludido con una sonrisa radiante en su rostro.

Yo soy Abel Zamora. Abogado. Y ésta es mi mujer, Cristina.

Encantada de conocerles al fin. Nos hemos cruzado alguna vez que otra por el portal―susurró Cristina. Ana sonrió.

Es cierto. La pena es que no nos conozcamos tanto… ¿Quieren pasar con nosotros?

Quizás en otra ocasión―intercedió la mujer un poco ruborizada―. Podemos quedar en otra ocasión. Y felicidades, aunque yo no entiendo mucho de boxeo.

No te preocupes, Cristina. A mí me pasa lo mismo―respondió Ana con una risa de por medio, mostrándose amistosa con la mujer.

Las tres parejas se despidieron. Abel y Cristina entraron a su apartamento con cierto aire pensativo. No se esperaban tener a un matrimonio así en frente de ellos.

La mujer se nota que es bastante culta. Es Ana Rivas, al fin y al cabo…La dueña de los grandes almacenes―aclaró ante la mirada de confusión del hombre―. En cambio…Su marido me ha parecido bastante basto, ¿o he sido yo, que no lo he visto muy…?

A mí también me lo ha parecido, cariño. Y sin embargo, hacen una bonita pareja.

¿Y los otros dos?

Me ha dado la sensación de que ella era la hermana de él, y supongo que el otro sería su marido. La verdad es que los cuatro hacen un grupo llamativo e interesante.

No me imaginaba a la gran Ana Rivas juntándose con gente de esa clase social.

Bueno, Cristina, eso no quiere decir nada. Son personas amables y ,en ciertos aspectos, educados y con una cultura en parte distinta…Se les ve a los cuatro felices.

Cristina Barea asintió, pensativa. Sí que era cierto que los cuatro parecían felices. Pero como bien dijo el refrán, las apariencias, engañan.

― ¿Cómo estás?

Daniela levantó su mirada, clavándola en el rostro de Marta, la que sacaba un bolígrafo y una hoja blanca de papel. Se sorprendió al ver como la pelirroja permanecía seria. Sin embargo, rápidamente la mujer esbozó una sonrisa coqueta. A veces se preguntaba si Daniela sabía que ella no tenía ningún interés en ella. Era guapa, claro, e interesante. Quería descubrir lo que le sucedía a la muchacha para tener una personalidad múltiple, y Daniela era divertida, y muy coqueta. Pero sabía que no tenía escrúpulos para tratar con una persona. Y eso le llamaba la atención. Y mucho. Por ahora, sin embargo, tenía que mantenerse al margen, por lo que procuraba ser amable pero no excederse. No quería dar lugar a malinterpretaciones.

―Bien―sacó de su chaqueta de cuero negro una cajetilla de tabaco―. Yo, al menos, contenta. Ayer salí de fiesta, pero la pardilla de Emma no se dejaba. Prefería ir a ver un poco a Frannie.

―Bueno…Eso tampoco es tan malo, ¿no? ―Inquirió la morena con una sonrisa afable―. ¿Has recordado algo?

―Solamente sé lo que te conté…Recuerdo algunos gritos…Bueno…Últimamente recuerdo algo más. Una noche, en concreto. Y que tenía algo de miedo. No lo sé, más que nada porque todo es muy borroso…Y muy raro.

― ¿Y qué tal está Emma? ¿Y tú? ¿Cómo lo lleváis? Háblame de cosas, Daniela.

Daniela sonrió misteriosamente, causando así la curiosidad en la morena. La pelirroja observó fijamente a la chica. Sin lugar a dudas, Marta no era la más guapa, ni siquiera la más interesante. Para los demás. Para ella sí que lo era. Le resultaba encantador el hecho de que la morena se preocupase mínimamente de ella. Una preocupación que enamoraba a la chica. Bueno, no enamorar, pero le fascinaba por completo.

―A Emma le gusta Frannie, sigue enamorada de Quinn y a mí me gustas tú. ¿Quieres saber algo más, señorita?

Rachel se quedó esperando frente a la puerta, sintiendo como el frío se apoderaba de su cuerpo. Había acordado quedar allí con Quinn por la noche para dar una vuelta, y así aprovechar para poder ambas hablar tranquilamente sobre lo que estaba sucediendo entre ellas. Era cierto que habían aclarado sus sentimientos, pero eso no significaba que se supiese que era lo que existía entre ellas. La morena quería pensar que eso que estaba comenzando sería algo serio, y sin embargo, aún la duda de que no lo fuese le podía por completo. Lo iban a ocultar, pero… ¿Eran pareja? ¿Qué eran en realidad? Suspiró, un poco frustrada mientras que Quinn salía de la comisaría con una sonrisa en su rostro.

―Perdona que haya tardado. Anastasia y yo nos hemos quedado algo entretenidas.

―Pues creo que va a llegar tarde con Marta…Punto negativo…

― ¿Por? ―Inquirió divertida ante el gesto de Rachel.

―Porque Marta tiene un TOC. Un trastorno obsesivo compulsivo…Bueno, a ver, no lo tiene, pero yo creo que sí. No es posible que llegue siempre cinco minutos antes, o a en punto, nunca tarde y siempre se ponga nerviosa al esperar solo dos minutos.

― A mí también me gusta llegar pronto, Rachel…Y siempre que el trabajo no me lo impide, soy la primera en estar en el lugar de la cita.

―Espero que eso suceda algún día. Por ahora, solo me has demostrado que eres una tardona―se burló la morena, acelerando el paso bajo la mirada juguetona de la rubia.

―No lo soy. Y menos sabiendo que Rachel Berry me está esperando. ¿Cómo iba a ser una tardona a propósito haciendo esperar a una de las futuras estrellas de Brodway?

― ¿Te estás riendo de mí?

―Un poco, pero sí que vas a ser una estrella―se burló Quinn, colocándose a la altura de la morena. Rachel no pudo evitar sonreír, deslizando su mano imperceptiblemente para conseguir rozar sus dedos con los de Quinn.

La rubia se quedó en silencio, fijando su vista en ese juego de dedos que le parecía reconfortante y natural. Nunca se había imaginado que eso llegaría a suceder. Que pudiese llegar a sentir como natural el hecho de que Rachel le tomase de la mano cuando ni siquiera se planteaba que la muchacha se pudiese enamorar de ella. Y menos en lo que estaba sucediendo en ese mismo instante con sus amigos. Pero era verdad. Era la pura verdad. Y creía que se iba a quedar sin respiración ante esa confianza que Berry parecía mostrar hacia ella. Algo tan delicioso como podía ser el encuentro de sus miradas. Algo firme. Algo etéreo. Un instante que pasaba, que causaba un poco de alegría en su vida. Algo que complementaba todo lo contrario. Algo que le dejaba vivir al fin tranquila. Un nuevo sueño cumplido.

―Me alegra que confíes en mí―soltó con una pequeña risita la otra, dejando escapar un suspiro―. Se pueden ver las estrellas. La noche de hoy es preciosa.

―Quizás es porque al fin la estrella que faltaba se ha unido a ellas ésta noche―dijo con gracia la rubia, sonsacando una carcajada a la otra.

Eran esos momentos de felicidad los que te dejaban siempre con ganas de más. Se decía que era difícil alcanzar la felicidad. Para Quinn Fabray, no era nada difícil. Era fácil encontrar un momento en el que la alegría se apodere de ti, que la felicidad te dé un poco de esa magia que parece presentar en todo instante, en todo acontecimiento. Sin embargo, Quinn Fabray había vivido lo suficiente como para poder saborear la felicidad. Quizás no completa, pero sí la esencia, ese toque que hacía que todo el mundo se conformase. Y esa era la verdad más absoluta.

¿Entonces? ¿Qué sería eso que era difícil de alcanzar? Quizás la felicidad en todos los aspectos. La felicidad completa. Y, quizás, había algo que ni siquiera se lograba a cumplir. Y era esa eternidad que nos gustaría. Ese "fueron felices y comieron perdices". Esa sensación de que nada malo se apoderaría de nosotros. Y al igual que el dolor no lo era, la felicidad tampoco. Era un imposible. Un algo por el que el ser humano podía llegar a luchar en vano. Por una eterna sensación que no existiría. Y más por el sencillo hecho de que el ser mundano no es capaz de prevalecer ante los sentimientos de desconfianza. Quinn Fabray lo creía así, aunque sabía que Rachel era de esas chicas que luchaban por esa felicidad, y en el fondo, si ella entraba en los planes de Berry, le encantaba pensar que ese idealismo por parte de ella sería interesante.

―Eres una zalamera, Fabray.

―Solamente con usted, señorita Berry―respondió, besando el dorso de su mano con sus labios, sonsacando una sonrisa en la morena―. Estás preciosa. Lo sabes. Lo sé. Lo sabemos.

―Repito…Zalamera.

―Pero te encanta, tienes que admitirlo.

Rachel se detuvo, tirando de las solapas de la chaqueta de Quinn para besar sus labios con cuidado. Antes procuró asegurarse de que nadie podría verlas en esa situación comprometedora. No se podía resistir. Adoraba esos labios que sabían exquisitos. Adoraba el aliento de la rubia. Le gustaba todo de ella. Era, en una palabra, perfecta.

―Por supuesto que me encanta…―susurró sobre sus labios, separándose ligeramente para poder observar mejor los preciosos ojos de su agente preferida―Aunque suelen decir que los zalameros buscan algo a cambio…

―Bueno…Yo ya lo he conseguido, ¿no? ―inquirió coqueta, provocando un ligero sonrojo en su compañera―. Quería hablar contigo sobre…En fin. Sobre esto.

―Tienes razón…Tengo curiosidad en lo que somos…Porque supongo que amigas…―su nariz rozó la suya, y Quinn no pudo evitar ronronear un poco―Mi pequeña gatita.

―Amigas yo creo que no…Las amigas no se besan ni nada por el estilo…―dejó caer, apartándose por completo de Rachel, la que cambió su rostro a una clara muestra de queja.

― ¡No te alejes!

― ¡Volveré si me pides que sea tu novia, Berry!

― ¿Por qué tengo que ser yo?

―Porque he sido la romántica que te ha ido a buscar por la noche con una tarta de chocolate en la cara. Creo que tengo el derecho de que seas tú la romántica en ésta ocasión.

―Pero… Eso no vale…―musitó, fulminando con la mirada a Quinn.

―Si el tiempo pasa y seguimos juntas, seré yo la que te pida que te cases conmigo, ¿vale?

―Eres una idiota.

―Pero soy tu idiota…O espero serlo…

Marta salió disparada seguida por una Anastasia que suspiraba de vez en cuando, sospesando como detener a la morena, que parecía querer evitar la conversación a toda costa. No pudo evitar sonreír un poco, aunque sabía perfectamente que acabarían discutiendo. Pese a que habían pasado diez años, las dos se conocían demasiado bien. Podía prever una discusión, una disputa, y más cuando Anastasia siempre hablaba de más. Una sonora carcajada se apoderó de la castaña ante esa situación, llamando así la atención de la morena, que se detuvo y se giró para poder clavar sus potentes ojos azules en los de Anastasia.

― ¿Huyes?

― ¿Huir? ¿De verdad crees que estoy huyendo?

―Creo que es hora de hablar del pasado. Es lo que me parece a mí al menos.

―Ya hemos hablado de nuestro pasado. Yo soy una mujer que busca una estabilidad emocional y tú una persona que vive la vida sexual libre, pese a que no eres capaz de admitir que te gusta una mujer. De eso ya hemos hablado y discutido.

―Te has molestado…

― ¡No me he molestado! Me da igual que te liases con veinte hombres, con cincuenta o con los que quisieras…Lo que me importa es que eres capaz de eso y que la gente te critique de zorrón pero no eres capaz de salir conmigo y de que los demás te llamen lesbiana. Eso te puede demasiado.

―No eres perfecta…

― ¡Claro que no lo soy! ―Exclamó furiosa―. Ni pretendo serlo. No puedo intentar ser algo que no se va a poder ser nunca. Pero admito mis errores, Anastasia. Esa es la diferencia. Yo he salido con algunas chicas, y tengo que admitir que mi error era pensar que con ellas iba a vivir lo mismo que sentí por ti. Igual que tu error es un tener un terror atroz a amarme delante de los demás. Es lo mismo de siempre. Y yo estoy cansada.

―Yo…

―Hoy hemos vuelto a salir a cenar, y te has ido corriendo porque estaba un compañero de la comisaría que supuestamente es un cotilla y demás tonterías. Y he estado de nuevo sentada sola… ¡Sola! Creo que en ese maldito restaurante ya me conocen como la mujer abandonada o algo.

―Ya te he pedido perdón.

― ¿De qué sirve que me pidas perdón? Sabías perfectamente que eso me iba a hacer daño. Lo sabías, Anastasia. Ese ha sido nuestro problema a lo largo de los años. No puedes hacerte la sorprendida ahora cuando ha sido así siempre. Y creía que lo entendías. Creía que esta vez iba a ser diferente.

―Solamente necesito tiempo…Un poco de tiempo para poder…

― ¿Para poder qué?

―No puedes esperar que de la noche a la mañana deje de dar importancia a algo que se lo he dado toda mi vida. Durante años he vivido influenciada. Mucho. Por mí misma al pensar que lo que opinaban los demás era más importante que lo que quisiese yo. Que lo que mis padres querían era más importante que lo que yo deseaba. Tienes que entender que…

―No es culpa de los demás, Anastasia. No lo es. No puedes echar la culpa a nadie de esto, porque no es cierto. Puede que tus padres influenciasen. Puede que los demás influyan. Puede que todo eso influya y, sin embargo, la culpa sigue siendo tuya. Porque eres tú la que eliges esto. Y creo que has tenido mucho tiempo. Mucho.

― ¿No puedes ponerte en mi lugar? Las dos veces que lo necesité, no me lo diste. ¿No es hora de que me des esa oportunidad? ¿No me lo merezco acaso?

Marta la miró sorprendida. ¿De verdad le estaba pidiendo tiempo de nuevo? ¿Tiempo para asimilar lo que eran ellas dos? ¿De verdad le estaba echando en cara que no tuvo paciencia? Negó con la cabeza, incrédula. No podía creérselo. Sabía que acabarían discutiendo sobre el asunto, pero no se imaginaba que ella fuese a defender a capa y espada lo que había hecho. Ni que le pidiese algo que le habían entregado a lo largo de los años. Tiempo.

Había sufrido la adolescencia por ese amor que ella consideraba perfecto. Recordaba el dolor que le supuso separarse de ella. Rememoró perfectamente cómo fue volver a encontrarse con ella después de tres años, y finalmente, el cómo fue tener que alejarse de ella de nuevo. Por su propio bienestar. Por no seguir con esa relación destructiva.

― ¿De verdad me estás pidiendo algo que te he dado a lo largo de los años? ―Dejó escapar en un susurro casi inaudible, aunque su compañera la escuchó. Y de qué manera.

―Cometí un error. No soy perfecta. No lo voy a ser nunca. Pero ahora te estoy pidiendo que me des una oportunidad. Te estoy pidiendo que confíes en mí. Te estoy pidiendo que quiero hacer las cosas segura, con confianza, sin miedos de por medio.

Marta se giró, encaminándose hacia el frente. Anastasia se quedó en el sitio observando como la chica se marchaba. ¿Se marcharía para siempre? No podía irse. No ahora que ella sabía que Marta la seguía queriendo. No podía dejarla sola. No de nuevo.

― ¡No te marches! ―Exclamó, con la súplica en ese grito. Un grito que se apoderó del cuerpo de la morena. Pero ella no se detenía―. ¡Dame esa oportunidad, Marta! ¡Dámela! ¡No te marches como aquella noche! ¡No lo hagas! ¡Te dije que te quería! ¿Lo recuerdas?

La morena se detuvo en ese mismo instante. Claro que lo recordaba. ¿Cómo iba a olvidar acaso el sabor de sus labios? ¿Y el aroma de su delicioso cabello? Y la suavidad de su piel, fundiéndose con la suya en algún momento que otro. Por supuesto que se acordaba. ¿Cómo no hacerlo?

―Te dije que te quería a ti…―soltó Anastasia, prosiguiendo con lo anterior dicho. La aludida se giró, clavando sus ojos azules sobre los suyos―Y te fuiste. No te vuelvas a ir, por favor…

El silencio se impuso entre las dos. Una sensación de calor se apoderó de la castaña ante la mirada desesperanzadora de la otra. No quería haberle hecho tanto daño. Sabía que su compañera había sufrido con sus desaires, pero eso no significaba que todo volviese a ser como antes. Lo haría bien. Poco a poco. Solamente le pedía eso. Solamente eso.

―Me voy―contestó la otra al cabo de ese instante de miradas, de dolor, y también de un poco de amor―. ¿Nos vemos mañana?

Un suspiro de alivio salió de la castaña, que asintió con una sonrisa en su fino rostro. La morena también cabeceó en signo afirmativo, girándose y caminando, cerniéndose por la oscuridad.

Por un momento, se sintió segura. Sin embargo, la oscuridad era en el lugar donde, normalmente, los búhos atrapaban a sus presas…Y esa noche, no sería diferente.

Nota de la autora: Tachán tachán tachán... :P ¿Qué sucederá en el próximo capítulo? ¿Van a querer matarme? Yo voy a apostar que sí, aunque...No sé...Puede pasar de todo en ésta vida ;P El caso es que el próximo capítulo...Pues ya diré, ya lo diré. Por ahora, dejo la especie de introducción...Me siento tan malvada en estos momentos ^^

Monica13: Sí, un capítulo de todo un poco. Ya sabéis que me gusta ir de "relleno" sin serlo para después... ¡Zas! Jajaja, sí, bueno, me queda un examen el martes y ya...Estoy ilusionada porque así voy a tener tiempo. Aunque hoy no seguiré con el siguiente capítulo (que aquí, en España, están echando HP y es sagrado xDDD) Nada, que sigo :P Un beso. ^^