Si por cada vez que me he disculpado por tardar en publicar, me diesen 1€, sería millonaria. Yo lo sé, vosotros lo sabéis, ¡todo el mundo lo sabe!

Me enteré de el fin de la serie, no obstante, harán película antes, y los cómics seguirán publicándose(creo), lo cual es un consuelo. Por cierto, si tardo en publicar (más de lo habitual) es porque estoy escribiendo varias cosas a la vez, además de este fic, estoy escribiendo otro sobre RWBY (si no la habéis visto os la recomiendo), y también un relato original para un concurso importante, y por si fuese poco, también estoy con una novela. Así que no os desesperéis, sé que tardo, y me sabe muy mal el teneros esperando, pero sabed de seguro que no me olvido de vosotros. :)

Que disfrutéis de los chistes malos de este capítulo!

NOTA: ¿Alguien quiere adoptar un Demonio de Titanita? ;3


"Cada vez que recordaba ese momento el odio hacia la princesa afloraba de forma desmesurada, una rabia que se apoderaba de su alma y que sólo desaparecía cuando la oía respirar."

La tormenta había dejado tras de sí una tímida llovizna que se resistía a abandonar la noche, negras eran las cicatrices que la cruenta batalla había dejado en el prado, se extendían por la verde hierba, narrando la caída del ancestral dragón, cuyas cenizas ahora yacían esparcidas por el campo.

"Está despertando." Afirmó la figura encapuchada.

"¿Me crees ahora?" Inquirió con impaciencia.

"No." Alzó su puntiaguda espada. "Seguirás siendo culpable hasta que la Princesa Chicle diga lo contrario."

"¡¿Culpable?!" Bufó. "El culpable es ese montón de polvo de ahí atrás." Clavó su mirada en el esbelto caballero.

"¿Alteza?" Envainó la espada ropera y se arrodilló junto a la princesa.

El lánguido cuerpo de la joven se hallaba tirado en el suelo, en el mismo lugar en el que había caído durante la batalla. Abrió os ojos lentamente, se sentía mareada y débil. "¿Me he muerto ya?" Su voz sonó rota.

"¡Qué más quisieras!" Exclamó la vampiresa. "¿A quién chincharía yo entonces?"

"¿Marceline?" Alzó la vista en dirección a su voz, pero no vio más que una gran sombra de verdes ojos, unos ojos que brillaban intensamente en la oscuridad. El temor se apoderó de su rostro al recordar sus pesadillas, y por un instante creyó haber sido atrapada por ellas.

"¡Lo sabía!" Exclamó el harapiento caballero. "¡Sabía que no podía fiarme de ti!" Se levantó, desenvainó su espada y se dispuso a cargar.

"Maldito trozo de chatarra." Gruñó. "Deja ya de tocarme la moral, o te aplastaré."

La vulgar forma de hablar de la vampiresa era inconfundible, y al escucharla no le cupo duda de que realmente había logrado sobrevivir a la batalla. "Sir Robochicle… detente." Ordenó. "No es culpable, aunque lo parezca." Suspiró.

"Como ordenes, princesa." Envainó su espada y volvió junto a la monarca. Bajo la túnica de tela raída, se escondía un esbelto y grácil robot, su metálico cuerpo era rojizo y plateado, lleno de marcas de incontables batallas. Sus ojos siempre estaban cerrados, pues no necesitaba abrirlos para cortar el viento.

"Al fin, llevo tratando de convencerle desde hace rato." Refunfuño. "Tienes suerte de ser uno de sus juguetitos, si no ya te habría roto."

"Marceline, no seas quejica." Esbozó una amarga sonrisa. "Siento algo extraño en el brazo, recuerdo el veneno…"Se incorporó con ayuda del caballero. "Enciende las luces del coche, quiero verlo."

"Eh, no toques mi buga." Dijo con tono amenazante, al ver que el caballero robótico se disponía a entrar en el interior.

"Entonces hazlo tú." Replicó la princesa.

"Lo haría, pero molo demasiado en esta forma." Alardeó.

"Puedes volver a esa forma siempre que quieras, no entiendo por qué sigues trasformada…" Frunció el ceño. "Es más, ni siquiera deberías estar viva."

"¿Debería?" Preguntó con incredulidad.

"El fuego y la tormenta, nadie puede sobrevivir a eso…" A pesar haber sido envenenada, recordaba perfectamente los últimos momentos de la batalla.

"Bueno, pues resulta que te equivocas, porque estoy vivita y coleando." Movió su larga y tupida cola de arriba abajo. "No puedo decir lo mismo de nuestro querido amigo, el dragón." Miró hacia atrás. "O lo que queda de él."

"Si una criatura ancestral ha sido completamente aniquilada, es ilógico que tú sigas viva, siendo que estabas en el mismo lugar." Insistió.

"Te equivocaste al decir que no estaba capacitada para luchar, admítelo ya de una vez." Dijo con aires de superioridad.

"Que lo admita o no, no explica lo sucedido." Se valió de la ayuda del caballero para levantarse del suelo. "Ugh…" Al ponerse de pie, todo empezó a darle vueltas. "Vale…" El espadachín la sujetó y la ayudó a llegar hasta el coche. "De todas formas… ¿por qué sigues convertida en eso?"

La vampiresa alzó una de sus patas delanteras, y de su zarpa surgió una gran llama que iluminó el lugar, mostrando su feroz rostro. "¿No te molo?" Seguía teniendo forma de un gigantesco lobo de seis patas, con retorcidos cuernos de demonio y alas de murciélago, su negro pelaje había quedado algo chamuscado a causa de la colosal llamarada de la tormenta, pero aun así, seguía siendo igual de imponente.

"Sí que molas, y estoy algo sorprendida, nunca pensé que pudieses adoptar esta forma." Dejó escapar una débil risita. "Pero no necesitas quedarte así, el dragón es un montón de cenizas."

"Uhm… no es por decepcionarte, pero, su culo sigue ahí." Se dio media vuelta y empezó a caminar por el campo de batalla, sorteando con cuidado las cenizas del dragón, hasta que llegó al lugar en donde la mitad posterior del coloso se hallaba.

Bonnibel se quedó boquiabierta, por algún motivo que desconocía sólo la mitad del dragón había sido pulverizada, las patas traseras y la cola estaban intactas, inmóviles en medio del prado, como si tuviesen vida propia pero no supiesen a dónde ir. "¿Cómo es posible matar a un dragón pero no a su trasero?"

"Ahora que lo mencionas, mi padre dijo que había una zona especial en la Nochesfera para los culos de dragón." Sin apagar la llama, volvió junto al coche. "Siempre me pregunté de dónde salían, la verdad es que le mola coleccionarlos."

"Por qué no me sorprenderá eso…" Dijo al imaginarse toda una sala llena de culos de dragón.

"¡Hah! Ya ves, como si mi padre no fuese ya lo suficiente desagradable." Se sentó lo más cerca que pudo de la princesa y la resguardó de la lluvia con una de sus grandes alas.

"Hueles a quemado." Alzó la mirada, ni siquiera alcanzaba a ver la altura real de Marceline, a su lado incluso el coche parecía diminuto.

"Creo que lo único que no se me ha quemado es la cola." Acercó la gigantesca zarpa encendida a la princesa, manteniendo una distancia prudencial para no lastimarla con el fuego. "Aquí tienes la luz que querías."

La llama ardía con intensidad, chisporroteando cada vez que las gotas de lluvia lograban tocarla, el calor que provenía de ella era una bendición bajo la fría noche primaveral. Al contemplar su brazo izquierdo, emitió un ahogado grito y cerró los ojos. "Creo que voy a vomitar."

"No es para tanto Bonnie…" Soltó una risita. "Te está ayudando a drenar el veneno."

"Hubiese preferido que me cortases el brazo." Hizo de tripas corazón y trató de echar un detallado vistazo. Su antebrazo estaba cubierto por una capa de musgo, era de color morado con pequeñas motas de color blanco.

"Iba a cortarte el brazo." Dijo Robochicle. "Pero tu peluda amiga me sugirió una forma menos violenta de tratar el veneno, no obstante, todavía puedo cortarlo si así lo deseas."

"Lo tendré en consideración…" Palpó el musgo, al ejercer presión sobre la superficie, sentía un extraño dolor. "Dime que no está arraigado bajo mi piel…"

"Bueno…" Titubeó durante un instante. "No exactamente, está arraigado en tus venas."

"Está bien." Dejó escapar un largo suspiro, tratando de mantener la compostura. "Explícame cómo funciona."

"Simon me enseñó algunas técnicas de supervivencia cuando era niña, si alguna vez había riesgo de envenenamiento, debía buscar este musgo morado, y si el veneno era muy potente, debía escoger el que tenía flores blancas." Explicó. "Una vez haya drenado todo lo tóxico, se desprenderá sólo."

"¿Y cómo lo has encontrado?" Preguntó con curiosidad. "Estamos en mitad de un prado, y que yo sepa tanto el bosque como el río quedan lejos."

Marceline se mostró inquieta. "Con esta forma, puedo ir y volver rápidamente a cualquiera de esos dos sit..."

"Lo ha sacado del culo del dragón." Dijo el caballero, interrumpiendo a la reina.

"¡¿Qué?!" Exclamó Bonnibel.

La vampiresa entrecerró los ojos, por un momento sintió deseos de aplastar al siervo de la princesa. "Estúpido montón de chatarra, ¡te dije que no se lo chivases!"

"Soy leal a la princesa, no a ti." Cruzó las manos tras su metálica espalda.

"Siy liil i li princisi, ni i ti." Repitió a modo de burla.

Bonnibel resopló, incluso siendo un monstruoso lobo demoniaco gigante, Marceline seguía comportándose de forma infantil. "Estaría bien que dejases de comportarte como una cría, sólo por una vez en la vida."

"No me comporto como una cría." Replicó. "Ha sido él quien me ha atacado las veces que he tratado de ayudarte."

"Sólo cumplía con mi deber, proteger a la princesa." Se mantuvo firme ante las acusaciones de la vampiresa.

"Sí claro, por eso querías cortarle el brazo, ¿no?" Bajó la cabeza al nivel del espadachín para intentar intimidarlo, pero éste ni se inmutó.

"Basta ya, los dos." Interrumpió.

Los grandes ojos de color turquesa, se clavaron en los de la princesa. "¿Vas a defender a este también?" Gruñó.

"No estoy defendiendo a nadie." Se frotó las sienes, molesta por la situación. "Apuesto a que tú habrías reaccionado igual o peor que él."

Marceline guardó silencio mientras Bonnibel la miraba fijamente, por mucho que le repatease, ella tenía razón. "Aun así, debe disculparse."

Sir Robochicle carraspeó e hizo una reverencia. "No debí haberte atacado, desde ahora te consideraré una aliada de la Princesa Chicle, sin importar la forma o el tamaño que tengas."

"Bien." Dijo la princesa. "Ahora volvamos al tema del musgo, no sé qué es peor, que lo hayas sacado del culo de un dragón podrido, o que esté arraigado en mi brazo." Puso mala cara. "Hay miles de bacterias perjudiciales en los cadáveres, y puede que tus intenciones fuesen buenas, pero…"

"Sé que parece una mala idea, y tienes todo el derecho del mundo a enfadarte, pero sé de seguro que tú habrías actuado igual o peor, ¿me equivoco?" Sonrió dejando entrever sus afilados dientes.

"Touché." Respondió la princesa. "De todas formas sigue siendo realmente desagradable."

"Nah… olvídate de que está ahí y ya está, porque si tratas de quitártelo antes de tiempo, te desangrarás..." Alzó de nuevo la cabeza y miró hacia otro lado. "Y por muy tentador que suene, hoy no tengo hambre."

"¿Cómo voy a olvidarme?" Preguntó indignada. "Mi brazo apesta a cadaverina, y el riesgo de morir desangrada no resulta nada alentador."

Siempre que la princesa mencionaba algo relacionado con la ciencia, tenía la sensación de que hablaba en otro idioma. "¿Qué demonios significa esa palabra?"

"La cadaverina, se produce cuando la lisina se descompone." Marceline ladeó la cabeza como si de un cachorro curioso se tratase, no parecía estar entendiendo nada. "La lisina es un aminoácido presente en las proteínas de todo ser vivo…" Puso los ojos en blanco y suspiró. "Mejor te lo simplifico… la cadaverina es la sustancia que hace que los cadáveres apesten."

"Oh… bueno, siempre puedes colgarte el ambientador del coche en el brazo." Bromeó.

"Por qué me molestaré en explicarte nada…" Murmuró. "El problema no es el olor, es su toxicidad."

Acercó otra de sus grandes zarpas a la princesa. "No hay problema, el Marcy Express, te llevará de paseo bajo las estrellas para que te airees, y luego te dejaré en casita."

"No te ofendas, pero con esa forma sólo lograrías aterrorizar a todo el mundo, y lo que menos necesita mi reino es otra catástrofe." Suspiró con resignación. "Pero no podemos quedarnos aquí toda la noche, deberías volver a tu forma normal."

"No hace falta, así puedo cargar contigo y mi precioso buga." Dijo con cierto tono de chulería.

"¿Y qué hay del trasero?" Inquirió el caballero.

"Cierto, quiero verlo de cerca." Debía saber si suponía o no una amenaza.

"¿Quieres ver de cerca el trasero de un dragón?" Soltó una carcajada. "Eres una pervertida Bonnie."

"Y tú una envidiosa." Rio entre dientes. "Vamos, baja esa cabezota para que pueda subirme en ella."

La gran loba, haciendo caso de las indicaciones, agachó la cabeza hasta que quedó a ras del suelo, seguidamente el espadachín ayudó a subir a la princesa, quien no tenía suficiente fuerza en los brazos para sujetarse. "Más vale que tengas cuidado con tu puñetero mondadientes."

El negro pelaje estaba algo húmedo a causa de la lluvia, era realmente suave, tanto, que tenía la sensación de estar sentada en un enorme, mullido y peludo cojín. Se acercaron con cautela al trasero del dragón, visto bajo la luz de la llama, resultaba igual de grotesco que el cuerpo entero. Protegidas por lo que quedaba de la caja torácica, las podridas entrañas colgaban, de ellas emanaba un espeso líquido incoloro, que desprendía un fuerte y desagradable olor. "Puaj…" Arrugó la nariz. "Dejando de lado que es un nido colosal de bacterias, no creo que suponga una amenaza."

Como si de un autómata se tratase, el trasero del dragón dio un paso al frente, aproximándose a quienes lo observaban. "Qué…" La vampiresa retrocedió. "No ha hecho esto antes."

"Será un simple impulso nervioso, suele pasar en los cadáveres, incluso horas después de morir." Los restos dieron otro paso, acercándose de nuevo.

"Quizá debería descuartizarlo antes de que avance más." Dijo el caballero, posando su metálica mano en la empuñadura de su espada ropera.

Marceline caminó alrededor del cadáver, observándolo con atención. "No vas a lograr nada usando ese palillo."

Robochicle guardó silencio durante un instante, estaba tratando de ser cortés con la reina, pero por algún motivo que desconocía, ésta sólo le mostraba desprecio. "Con el debido respeto, soy un guarda de élite, puedo manejar el culo de un dragón."

"¡Hah! Un guarda de élite dice, seguro que eres igual que los plátanos atontados que tiene como policías en la ciudad." Dejó escapar una risita burlona.

"Bueno, ¡ya era hora de estar de acuerdo en algo!" El viejo caballero empezó a reírse a carcajadas. "Tu definición de los actuales guardias de la ciudad es del todo acertada, me estás empezando a caer bien."

"Tal para cual…" Murmuró. "Al menos ellos no desobedecen…" Las grandes patas del coloso avanzaron de nuevo. "No estoy segura, pero creo que sólo se mueven cuando yo hablo."

"¿Cómo?" La vampiresa frunció el ceño extrañada. "¿Es que puede oír por el culo o algo?"

"Y luego llamas atontados a mis guardias…" Respondió con cierta jocosidad en su voz.

Harta ya de retroceder, la loba golpeó la mitad del cadáver con su llameante zarpa, que se hundió en sus apestosas entrañas. "¡Arrghhh!" Gritó. "¡Quema!" Retrocedió rápidamente, el potente ácido de las tripas había logrado herirla.

"¿Se puede saber qué intentabas?" Preguntó con tono autoritario. "No puedes quemarlo con tu estúpida magia."

Apretó la mandíbula, presa del dolor y la rabia. "¡Al menos estoy intentando hacer algo al respecto!"

Sir Robochicle posó su mano en el hombro de la princesa. "Si la fuerza bruta no es efectiva, debemos usar la inteligencia."

El caballero tenía razón, si no podían destruir lo que quedaba del dragón, debían llevarlo a un lugar en el que no supusiese una amenaza. "Creo que es hora de llevarle un bonito regalo al Señor de la Nochesfera." Dijo mientras daba un par de palmaditas en la frente de Marceline.

"Preferiría volver a quemarme viva antes que eso." Refunfuñó. "Busca otra manera."

"Vamos Marcy, ¿acaso no quieres mostrarle lo genial que es tu nueva forma?" Sonrió con complacencia, pues sabía cuál iba a ser la respuesta.

La reina se quedó en silencio durante unos instantes, siempre que visitaba a su padre la hacía sentirse tremendamente incómoda, sobre todo cuando había amistades de por medio. Por otro lado, tenía la oportunidad de mostrar lo poderosa que podía llegar a ser, sin necesidad del Amuleto de la Nochesfera que Hunson quería que heredase, una herencia que por muy tentadora que fuese, no quería aceptar. "Vale… pero sólo porque me has regalado un coche, no porque quiera ir." Sacudió su zarpa y la restregó por el húmedo prado para aliviar el dolor. "Usa tu voz, Dovahkiin, yo me encargo del resto." Extendió sus grandes alas negras y alzó el vuelo, subiendo sin apenas esfuerzo a una altura considerable, mientras sobrevolaba la zona, sus ojos brillaban intensamente.

De la nada apareció un enorme portal a la demoniaca dimensión, una centelleante espiral celeste en medio del oscuro prado, la vampiresa descendió en picado pasando por encima del cadáver, momento que la princesa aprovechó para usar su dulce voz. "¡Eh! ¡Estúpido culo mal oliente!" Tomó una gran bocanada de aire. "¡FUS ROH DAH!" Gritó a pleno pulmón.

Al atravesar el portal, la realidad se distorsionó, mostrando los terribles horrores que acechaban en otras dimensiones, el viejo caballero se aferró a uno de los retorcidos cuernos, mientras con la otra mano sujetaba con firmeza a la princesa. "¡Nos está pisando los talones! ¡Hay que ir más rápido!" Exclamó.

"Navegar por las corrientes dimensionales no es nada fácil, ¿vale?" A causa de su colosal tamaño, no pudo evitar que sus alas rasgasen el tejido del agujero de gusano, provocando que algunas de las aberraciones interdimensionales escapasen del túnel. Al llegar al otro lado, el desolador paisaje les dio la bienvenida, sin embargo aquel era un lugar que ni siquiera la vampiresa, hija de quien gobernaba esa dimensión, conocía.

"Woah… ¿Estamos realmente en la Nochesfera?" Dijo la maravillada princesa. Ante ellos, una vasta extensión de ardiente lava, poblada de robustos árboles que se alzaban hacia el cielo, cuyas copas se perdían de vista entre los nubarrones.

En cuanto el cadavérico trasero del dragón salió del túnel, Marceline cerró el portal. Los restos cayeron directamente a la lava, provocando una brusca oleada a causa del impacto. "Simplemente... estaba pensando en deshacerme del culo del dragón, y creo que por eso hemos ido a parar a ese lugar especial que te dije."

"Pues no veo ningún otro culo de dragón por ahí." El lugar estaba desierto, ni siquiera demonios había, tan sólo el sonido de la burbujeante lava, acompañado por el zumbido que las alas de la gran loba emitían al moverse.

Sir Robochicle abrió los ojos de par en par. "Princesa… creo que deberías mirar atrás."

Haciendo caso, volvió su mirada. "Qué demonios… Marceline, mira."

Tras ellos se alzaba lo que parecían ser unas ruinas de una antigua ciudad, guardada por un gran muralla circular, tras la cual se hallaban los infames culos de dragón. Las paredes estaban completamente ennegrecidas a causa del fuego, y las raíces de los grandes árboles campaban a sus anchas, creando caminos de madera sobre la lava.

"Si te digo la verdad estoy flipando." Sin pensarlo dos veces, se dirigió hacia la ciudadela negra y aterrizó en el camino cortado que llevaba a sus puertas. "No tengo memoria de este lugar."

De repente un extraño sonido se escuchó tras la puerta, era ronco, acompasado y resonaba por todo el lugar. "¿Oís eso?" Preguntó Chicle.

La reina se acercó con cautela a la gran puerta de piedra negra. "Sí… es como si alguien estuviese roncando." Alzó el morro y olfateó el ambiente. "Huele a demonio… sin embargo es olor es distinto. Deberíamos abrir la puerta."

"No estoy segura de eso Marcy, hay veces que es mejor no saber que hay al otro lado de una puerta desconocida." Dijo tratando de disuadirla. "Especialmente si hay una probabilidad de que algo malvado esté tras ella."

"Estoy con tu peluda amiga en esto, si hay algo malo tras la puerta, es mejor abrirla y eliminar la amenaza." Por una vez, el caballero estaba a favor de la reina.

"Dos contra uno Bonnie, has perdido." Posó cuatro de sus seis patas sobre la puerta y empujó con fuerza.

Bonnibel suspiró, estaba empezando a estar harta de advertir y no ser escuchada. "Soy la primera que tiene curiosidad por este lugar, pero sigo diciendo que esto es una mala idea."

La pesada puerta, se movió lentamente hacia atrás, restos de polvo caían a causa del roce de las piedras, mezclándose con el aire enrarecido que emanaba del interior de la ciudadela, una vez abierta, tras ella sólo había oscuridad, acompañada de una espeluznante y silenciosa calma. A lo lejos, apareció una luz, que centelleaba de forma intermitente mientras se acercaba rápidamente.

Al esquivar aquella extraña bola de electricidad, lo que aguardaba dentro de la ciudad perdida, surgió de entre las tinieblas y se abalanzó sobre ellos.

La Reina de los Vampiros, alzó el vuelo como medida defensiva, lo que había salido a la luz era sin duda de origen demoniaco. "Veis, os lo dije, es un demonio, aunque… nunca había visto uno como ese."

"Y yo te dije que esto era una mala idea." Reiteró. "Quizá sea un demonio, pero es hostil, y no tiene pinta de que pueda atender a razones…"

El fornido cuerpo del demonio estaba esculpido en piedra plateada, su larga cola terminaba en una afilada punta capaz de empalar al más fiero de sus rivales. De su espalda brotaban dos arcos retorcidos hacia adentro que utilizaba para canalizar la electricidad del ambiente y conducirla hacia el enorme bidente con el que iba armado. A pesar de su altura y corpulencia, el demonio estaba lisiado, le faltaba una pierna y no tenía cabeza; allí donde ésta debería estar, sólo había una inscripción grabada en su pétrea piel.

No obstante, sus defectos no le impedían ser mortífero, incluso si su enemigo poseía ventaja aérea. Clavó su bidente en el suelo y canalizó la electricidad a través de él, lanzando un rayo tras otro.

"¿Qué pone en las runas de su cuello?" Preguntó Bonnibel, tratando de hallar una forma de lidiar con el enemigo. "Puede que sean la clave para detenerle."

"Uh… no las entiendo." Marceline esquivaba como podía una bola tras otra. "Son demasiado antiguas."

"Mantente sujeta al cuerno." Indicó el viejo caballero, seguidamente saltó y se posicionó frente al demonio. "Ya he cortado piedra antes, demonio, no eres rival para mí." Dijo con tono amenazador, mientras desenvainaba su espada ropera.

El raudo y veloz espadachín, ejecutó su técnica más mortífera, cortando el aire que le separaba de su enemigo, levantando una gran polvareda alrededor, sin embargo, cuando esta se disipó el demonio seguía intacto, pues el estoque no había logrado atravesar su dura piel.

En un abrir y cerrar de ojos, su enemigo, dio un gran brinco y se abalanzó sobre él, tratando de empalarlo con el largo bidente, por suerte Robochicle logró esquivarlo a tiempo y el arma acabó clavada en el suelo.

Aprovechando que el demonio estaba en una posición vulnerable, se dispuso a cargar de nuevo, pero de forma inesperada, una llamarada se interpuso entre él y su adversario.

De entre las llamas apareció, una esbelta figura trajeada de frío semblante, el Amo y Señor de la Nochesfera. "¿Quién osa poner un pie en mis dominios traseros?" Extendió sus brazos como gesto de bienvenida. "¿Lo pilláis? ¡Porque está lleno de culos!" Soltó una carcajada.

Marceline se apresuró en aterrizar. "Esa es una de las peores presentaciones que has hecho, papá."

"Bueno, ¡pero si es mi pequeño monstruito! ¡Qué grata sorpresa!" Esbozó una alegre y siniestra sonrisa. Al percatarse de la presencia de Bonnibel, ladeó la cabeza con curiosidad. "Y veo que has traído a la amiguita que hace esas ricas tartas de fresa."

La princesa, a pesar de su estado, trató de mostrarse amable. "Me temo que no hay tarta, pero hemos traído un regalo mejor." Forzó una sonrisa. "Está ahí abajo, en la lava."

Hunson Abadeer se dirigió tranquilamente hacia el borde la calzada de piedra ennegrecida, al asomarse al mar de lava, vio el colosal trasero del ancestral dragón, tratando de escalar por las columnas de piedra sobre las que se alzaba el viejo camino. "Vaya…" Estaba sorprendido. "¿Es de uno de los dragones malditos?" Clavó su mirada en la princesa.

"Sí." Respondió, tratando de mantener la compostura, su mirada le producía escalofríos.

"Impresionante, ¿dónde lo habéis encontrado?" Cruzó sus manos tras la espalda y desvió la mirada hacia el harapiento caballero, quien todavía tenía su espada desenvainada.

"La verdad es que lo encontramos de casualidad." Dijo Marceline. "El muy tonto nos atacó y tuvimos que patearle el trasero… nunca mejor dicho." Rio entre dientes, estaba algo nerviosa, nunca sabía cómo iba a reaccionar su padre.

"¿De verdad?" Se dirigió de nuevo junto al corpulento demonio. "¡Quién me lo iba a decir! ¡Mi pequeña niñita matando dragones!" Sonrió alegremente.

"Con esta forma tan genial, ha sido pan comido derrotarlo." Alardeó, tratando que su padre se fijase en su recién adquirido poder.

"No me cabe duda, tienes sangre demoniaca de calidad corriendo por tus venas." No parecía impresionado. "Veo que habéis conocido a mi mascota." Dio un par de palmaditas en la espalda del pétreo ser.

"¿Mascota?" Inquirió extrañada. "Hasta ahora ni siquiera sabía que este lugar existía."

"Esta es la ciudadela de los antiguos Señores de la Nochesfera, la entrada al público está prohibida." Explicó. "Esta pobre cosita fue mutilada por esos canallas, cuando los derroté, decidí quedármelo y dejarlo como guardián del lugar."

"¿Qué significan las runas de su cuello?" La princesa no pudo evitar dejarse llevar por la curiosidad.

"No estamos muertos." Suspiró con pesar. "Cada vez que mutilaban a uno de estos, inscribían su piel para mantenerlos eternamente con vida, una forma de tortura muy habitual en aquel entonces." Examinó de arriba abajo al caballero. "No has podido cortar esta piedra, ¿eh?" Rio entre dientes.

Sir Robochicle carraspeó y envainó su espada. "Ha sido un breve pero digno adversario." Volvió a trepar ágilmente por el lomo de la loba, hasta llegar de nuevo junto a la princesa.

Marceline seguía perpleja, acababa de descubrir una faceta nueva de su padre que desconocía por completo. "Lo que no entiendo, es porque esta zona está prohibida, ¿qué se supone que hay dentro de la ciudad?"

"Un profundo pozo de caos y perdición." Indicó al corpulento demonio que volviese tras las puertas y seguidamente las cerró.

Una mueca de decepción se dibujó en el rostro de la loba. "Pfff… me esperaba otra cosa, como tesoros o algo así, y no lo mismo que hay en el resto de la Nochesfera."

"No, hija mía." Su semblante se volvió serio. "Ahí abajo está recluido el lecho en el que nació el caos, tan fiero fue su nacimiento que abrasó todo lo que había a su alrededor, creando un océano de lava, por eso mantengo mi colección de culos de dragón custodiando los alrededores." Sonrió. "Creo que ya habéis comprobado lo agresivos que pueden llegar a ser, y lo mejor de todo, ¡son inmunes al fuego!"

Marceline frunció el ceño, le costaba creer que existiese algo con más poder que su padre. "¿Ni siquiera con ese estúpido collar puedes acabar con lo que hay ahí abajo?"

"El amuleto fue forjado allí, y solamente posee una pequeña porción de puro caos." Se ajustó la corbata con una mano. "¿Entiendes ahora la diferencia?"

La princesa entendió perfectamente lo que el temido Señor de la Nochesfera trataba de decirle a su hija, había veces en las que había que recurrir a un mal menor para mantener a raya a uno mayor. "Incluso dentro del caos debe de haber algún tipo de orden."

"Exacto." Sonrió mostrando sus afilados dientes. "Veo que a pesar de ser quien eres, entiendes mi punto de vista." Trató de sonar amable. "Deberíais quedaros a cenar, como agradecimiento por el regalo."

La vampiresa se apresuró a abrir un portal de vuelta a la Tierra de Ooo. "No podemos, tenemos irnos, ya."

"¿Por qué?" Protestó. "Yo estoy hambrienta."

"He dejado el coche mal aparcado, ¿recuerdas?" Cualquier excusa era válida para no quedarse. "Hasta otra papá, ¡ya me pasaré otro día!" Entró en el túnel y selló el portal nada más entrar.

"Guau. Eso ha sido como salir del lugar dando un portazo." No salía de su asombro. "No entiendo a qué viene tanta prisa, ¿qué tiene de malo una cena con tu padre?"

Esta vez mantuvo las alas plegadas, para no rasgar el tejido interdimensional, el viaje de vuelta fue menos movido, quizá porque deseaba llegar al otro lado lo más rápido posible. "¿Que qué tiene de malo? Te diré que tiene de malo, el plato favorito de mi padre son mis amigos, confía un poco en él y acabarás en su estómago."

"Oh…" Frunció el ceño, de repente todas las invitaciones amables y las miradas extrañas cobraron sentido.

Cuando llegaron al otro lado, Marceline cerró el portal y suspiró aliviada. "Si tanta hambre tienes, puedo prepararte algo de comer."

"Dudo que puedas preparar algo con esas peludas zarpas." Rio entre dientes. "Pero será interesante ver cómo lo intentas."

"Lo haría mejor que tú y todo." Esbozó una sonrisa de superioridad.

"En fin, deberíamos volver a palacio, tengo que examinar mi brazo y tú tienes que prepararme algo de comer." El mareo se había marchado, pero había dejado tras de sí una terrible fatiga. "Robochicle, examina el perímetro del campo de batalla en busca de aberraciones interdimensionales, si encuentras alguna deshazte de ella." Ordenó. "Mañana me encargaré de hacerte llegar nuevas plantas y varias decenas de huevos del tamaño que quieras."

"Tus deseos son órdenes, princesa." Dio un brinco y cayó de pie sobre la húmeda hierba, para después desaparecer en la noche.

"¿Vas a recompensarle con plantas y huevos?" Preguntó confusa. "¿Qué clase de recompensa es esa?"

La princesa se encogió de hombros. "Disfruta de la jardinería y el lanzamiento de huevos."

"Ajá..." Frunció el ceño. "Cada vez flipo más con tus juguetitos."

"Tienen libre albedrio, pueden tener las aficiones que quieran." Replicó. "Volvamos a la entrada del hangar en el lago, pero ten cuidado, no quiero caerme al vacío."

Utilizó sus grandes zarpas para agarrar el coche por los laterales, extendió sus alas y alzó el vuelo. Una vez se hubo orientado, se dirigió hacia el Lago Butterscotch, la llovizna seguía haciendo de las suyas y la noche cada vez era más fría, algo que jugaba en contra de la princesa, por suerte, gracias la colosal forma de Marceline, llegaron enseguida su destino.

Depositó el automóvil frente a la cabaña, procurando que no se deslizase colina abajo, seguidamente agachó la cabeza, acercándola lo máximo posible al suelo, para que Bonnibel pudiese bajar con comodidad.

Se dirigió hacia la cochambrosa cabaña para resguardarse de la lluvia bajo el porche. "Estoy helada…" Le flaqueaban las piernas, tanto su ropa como su pelo estaban todavía húmedos.

"¿Desde cuándo tienes esta chabola?" El edificio era una ruina, la madera estaba astillada, incluso podrida en algunos lugares, el jardín que las rodeaba estaba descuidado y lleno de malas hierbas.

"Era de mi tío, la habría arreglado, pero nunca tengo tiempo." Alzó la mirada. "Al menos no me mojo bajo el porche."

"¿Tu tío?" Se quedó pensativa.

"Sí, la construyó con sus propias manos, a veces venía a pasar el verano con él." Se quedó contemplando el horizonte, la superficie del lago apenas se diferenciaba en la lluviosa noche.

"Es curioso, todavía no he recordado nada nuevo sobre él." Suspiró.

"No te preocupes por eso ahora, hay tiempo de sobra por delante." Se sentó en uno de los sucios escalones de la entrada, para descansar su fatigado cuerpo. "¿Puedes encargarte tú de abrir el hangar? El mando a distancia está dentro del coche."

Volvió su mirada hacia el automóvil, apenas estaba unos metros de distancia. "Uh… ¿es que no puedes hacerlo tú?"

Frunció el ceño extrañada, el comportamiento de la vampiresa le estaba empezando a resultar sospechoso. "Ni que te costase tanto volver a tu forma normal."

Marceline guardó silencio durante un instante. "Respecto a eso…" Carraspeó. "Puede que esté un poco atascada en esta forma."

"Tu cuerpo no está en condiciones Marcy, no deberías haberlo forzado de esa manera." Dijo a modo de reprimenda.

"Diciendo eso sólo empeoras las cosas." Refunfuñó. "Además, si no fuese porque me he convertido en esto, estaríamos muertas."

"¿Disculpa?" Preguntó con total incredulidad. "Ya de entrada, no deberíamos habernos enzarzado en esa estúpida pelea." Se levantó apoyándose en una de las viejas columnas del porche. "Pero no, tenías que ir y estamparte contra el dragón, sólo porque tu maldito ego te impedía reconocer que era una mala idea." Estaba realmente furiosa a causa del irresponsable comportamiento de Marceline.

"No podíamos dejarlo campando a sus anchas por ahí, habría acabado matando a alguien inocente." Apretó la mandíbula. "Ya cometí ese error en el pasado."

La princesa se dirigió hacia el coche, tambaleándose levemente, aunque estaba oscuro no le costó encontrarlo. "Si no le hubieses robado, nada de esto habría pasado." Abrió la puerta del copiloto y cogió el mando a distancia de la guantera.

No tenía palabras con las que responder a eso, fue entonces cuando se dio cuenta de las nefastas consecuencias de sus actos, a causa de su orgullo e insensatez, Bonnibel había acabado malherida. "No te culparía si dejases de confiar en mí…"

La princesa dejó escapar un largo suspiro, tratando de volverse a armar de paciencia "Ya veremos. Por ahora, túmbate, tengo algo que te ayudará." Se metió en el automóvil y giró la llave de contacto para encender los faros delanteros, iluminando así la zona frente a la cabaña. "Abre un poco la boca." Dijo una vez estuvo frente a su gran hocico. Sus fauces se abrieron, dejando entre ver sus puntiagudos colmillos, que vistos de tan cerca llegaban a ser bastante aterradores.

Consigo llevaba un termo lleno de dulce manzanilla, que había guardado en el coche antes de salir de excursión; desenroscó la tapa del recipiente y con algo de recelo, introdujo la mano derecha dentro de la boca de la loba, vertiendo el contenido sobre su lengua. "Ahora… respira hondo y trata de relajarte."

La Reina de los Vampiros, cerró los ojos, y siguió las indicaciones de la princesa, dejándose llevar por el delicado sabor que inundaba su paladar, por el silencio que inundaba la noche, tan sólo interrumpido por el sonido de las diminutas gotas de lluvia al caer, pero de entre todas esas cosas, lo que más le relajaba era escuchar la respiración de quien estaba frente a ella, pues mientras siguiese respirando, seguiría viva, y mientras siguiese con vida, sería feliz.

Cuando quiso darse cuenta, ya había vuelto a su forma humanoide, abrió los ojos lentamente y contempló sus manos. "Ha funcionado." Se levantó rápidamente y abrazó a Bonnibel, levantándola en volandas mientras se reía a carcajadas.

"Ugh…" Se había vuelto a marear a causa del bamboleo. "Casi me desmontas." Sonrió.

Volvió la mirada hacia el automóvil, la puerta del copiloto seguía abierta. "¿Has oído eso?"

"¿El qué?" Preguntó desconcertada.

"Las voces." Se acercó al coche, el murmuro era casi imperceptible, sin embargo, ella podía escucharlo claramente. "Oh, es el cacharro ese." Se asomó al interior y alargó la mano para coger el aparato de escucha, al moverlo las voces se volvieron nítidas.

Chicle frunció el ceño, reconocía las voces. "Me pregunto qué hacen a estas horas por ahí, supongo que estarán en el escondrijo de PEB." Quienes se escuchaban a través de los auriculares eran la Princesa del Espacio Bultos y Finn el Humano.

"No sabía que volvía a vivir en el bosque a lo mendiga, ¿la echaste de la ciudad?" Inquirió con curiosidad, sabía de sobra las rencillas que tenían entre ellas.

"Ojalá. Pero no, fue el hotel quien la echó después de que destrozase la habitación, si fuese por mí ya estaría hace tiempo recluida en el Espacio Bultos." Mientras tanto utilizó el mando para abrir el hangar, el prado se abrió y la plataforma apareció de nuevo. "¿Puedes empujar el coche hacia la plataforma?"

Le entregó el aparato de escucha. "Claro." Empujó el coche como si de un carrito de la compra se tratase. "Pero qué…" Empezó a reírse al escuchar la extraña conversación.

Se dirigió a la plataforma, y apretó el botón de bajada. "No deberíamos estar escuchando esto." Suspiró.

"Es un poco tarde para tener escrúpulos Bonnie." Le quitó el aparato y señaló hacia el mismo sitio para seguir escuchando. "Me pregunto si es así como Rylai el Anónimo consigue tanta información."

"No me digas que crees en eso." Soltó una exagerada carcajada. "Todo el mundo sabe que Rylai el Anónimo es una leyenda urbana, si fuese real, mis agentes de élite ya lo habrían traído ante mí." Alardeó.

"Teniendo en cuenta que en tu Guardia Real sólo hay patanes, tus agentes de élite deben de ser más de lo mismo." Dijo con tono burlón. "Yo creo que sí que existe, su blog popea de vez en cuando en la red, con secretos de la nobleza."

"Ese blog puede ser de cualquier mindundi, aunque en caso de ser ciertos esos secretos, ¿no te da cosa? ¿Qué pasaría si publicase algo tuyo?" Le preocupaba que la vampiresa fuese descuidada con su privacidad, pues eso podría exponerla a ella también.

"No lo sé, además creo que le caigo bien, leí en su blog que le gusta mi música, así que supongo que estoy a salvo." Sonrió. "¿Tú qué harías si contase algún secreto tuyo?"

"Dos pueden guardar un secreto, si uno de ellos está muerto." Su rostro se ensombreció durante un instante, pero al ver la forma en la que Marceline la miraba, esbozó una falsa sonrisa.

"Hah…" Alzó una ceja.

"Es broma." La plataforma tembló ligeramente al ajustarse al suelo del hangar. "Ya sabes que no soy tan descuidada como el resto de princesas, no voy por ahí dejando mis trapos sucios al descubierto." Al poner los pies en el sólido suelo de hormigón se sintió aliviada. "Además, en caso de tener una brecha de seguridad, lo más probable es que le diese a probar de su propia medicina, alguien que se esconde tanto, seguro que tiene mucho que esconder." Concluyó.

El dialogo entre los espiados empezó a ser extraño. "¿Se han besado?" Marceline abrió los ojos de par en par al imaginar la escena.

"Qué dices… Finn nunca…" Puso cara de asco. "Y menos con PEB." Escuchó atentamente. "¿A qué se refiere con eso de final profundo?"

"¡Lo van a hacer!" Exclamó entusiasmada. "Mejor dicho… ¡lo están haciendo!"

"Quieres decir que…." Frunció el ceño confusa.

"Sí hija sí, están follando." Explicó. "¿Acaso no es obvio?"

"Repugnante." Dijo con tono despectivo. "Apágalo, o es que acaso quieres escuchar… eso."

"Uis, ¿te has puesto celosa de PEB?" Soltó una risita.

"No digas estupideces." Trató de quitarle el aparato pero Marceline lo alejó. "Apágalo, o…"

"¿O qué?" Desafió. "Si tanto lo quieres, ven a por él."

La princesa, intentó quitarle la pequeña parabólica por segunda vez, un intento que fue en vano, pues la vampiresa se adelantaba a cualquier movimiento que su amiga hacía. "Deja ya de hacer el tonto, estamos invadiendo su privacidad."

"Pfft… menuda excusa más tonta, princesita." Sonrió con malicia. "No puedes quitármelo porque eres manca."

"¿Manca yo?" Contempló sus brazos, el derecho estaba vendado y el izquierdo plagado de musgo de aspecto desagradable. "Te vas a enterar." La empujó contra el coche y trató de quitarle de nuevo el aparato.

"Lo que yo decía, manca." Levantó la mano para que no pudiese alcanzarlo. "Será por eso que siempre te gano a los videojuegos." Empezó a reírse a carcajadas.

"Eso no te lo crees ni tú." Entrecerró los ojos. "En realidad quieres escucharlos para aprender de ellos, ¿verdad?"

Marceline frunció el ceño. "Aprender… ¿Yo? ¿En ese tema?" Por un momento bajó la guardia ante el comentario, momento que aprovechó la princesa para quitarle el aparato. "¡Ey!"

"¿Quién es la manca ahora? Te hacen pensar un poco y te desconcentras." Apagó el aparato y lo arrojó sobre la mesa metálica que había tras ellas.

Marceline ya no estaba prestando atención a nada de lo que decía Bonnibel, no dejaba de pensar en lo que se escondía bajo la camisa de la princesa. La agarró por la cintura, aunque su ropa estaba húmeda a causa de la lluvia, podía apreciar como la calidez del cuerpo de la princesa afloraba a través de la tela. "Quítate la camisa."

"¿Qué?" Preguntó presa de la perplejidad.

"Uhm…" En un instante, los nervios anidaron en su estómago, impidiendo que pudiese dar una respuesta coherente. Mierda, ¿he dicho eso en voz alta? Pensó.

"¿Lo dices porque estoy mojada?" Inquirió, tratando de encontrarle lógica a la petición de su amiga.

La vampiresa desvió la mirada mientras sonreía. "A veces me pregunto si te das cuenta de las cosas que dices." El rubor brotó por sus mejillas.

"¿Y tú?" Preguntó confusa.

"Yo sí que me doy cuenta de las cosas que dices." Empezó a reírse.

"Tienes suerte de que no tenga nada a mano para estampártelo en la cara." Pellizcó su mejilla hasta que Marceline dejó de reírse.

"Au… eso duele, maldita." Se frotó la dolorida piel. "Sólo lo decía para que no pillases un trancazo, al fin y al cabo eres una mortal, digo yo que también te afectarán los viruses."

"Virus." Corrigió. "El plural de virus es virus, inculta."

"Lo que sea, me preocupo por tu salud y te pones en plan nazi gramatical." Fingió estar enfadada, en realidad lo del resfriado era lo primero que se le vino a la cabeza como excusa.

"Bueno, si tanto te preocupa mi salud, volvamos a palacio." Empezó a caminar con desgana hacia el ascensor. "Te recuerdo que tienes que prepararme algo de comer, eso sí que ayudaría."

La vampiresa se acercó y la tomó en brazos, levitó hasta la puerta de acceso al hangar, puesto que no necesitaba valerse de un ascensor para llegar a ella. Debido a la hora que era, el palacio estaba casi a oscuras y sólo la guardia que hacía el turno de noche estaba presente en los accesos importantes. Bonnibel estaba demasiado fatigada para lidiar con los guardias, por lo que no dudó en indicarle a Marceline el camino a seguir para evitarlos. Tras un breve rato deambulando por los oscuros pasadizos, llegaron a la gran cocina.

Una vez dentro Marceline dejó en el suelo a Bonnibel, la princesa encendió la luz y cerró la puerta, dio una vuelta por la cocina para asegurarse de que estaban a solas, tras cerciorarse de ello se acomodó en el lugar de la mesa más cercano al fuego.

La rústica chimenea seguía encendida, protegida por la rejilla negra que impedía que las brasas escapasen. "Agradecería que la comida fuese caliente, así entraré en calor." El moño que se había hecho horas antes, estaba sucio y a punto de desmoronarse, con un suave movimiento, tiró del bolígrafo y sus húmedos mechones de pelo cayeron sobre sus hombros.

La vampiresa se sentó en el robusto banco de madera en el que hallaba la princesa. "O simplemente podría ayudarte a entrar en calor aquí y ahora…" Dirigió su mano hacia el escote de la princesa, y desabrochó el primer botón de la ajustada y mojada camisa. Sus dedos fueron a toparse de nuevo con el colgante. "Antes saliste corriendo cuando te pregunté sobre esto."

"Eso no es cierto… había una fuga." Replicó.

"Sí, la tuya." Rio entre dientes. "Venga, dímelo."

"Siempre tan insistente… está bien." Suspiró. "Dijiste que era algo especial, único y… bueno, Timmy casi se la come."

"¿Tu gato casi se come la llave?" Soltó una carcajada. "¿Es que ninguna de tus mascotas puede ser normal?

"Le gustan las cosas brillantes." Se encogió de hombros. "Cuando se la vi en la boca casi me dio algo, y no quería arriesgarme a que te convirtieses en un monstruo amorfo y vinieses a por mí cuando te enterases de que mi gato se la había comido…" Bromeó.

Los ojos de Marceline empezaron a desprender un intenso brillo turquesa. "Un monstruo, ¿eh?" Dejó escapar un gruñido y mordisqueó el cuello de la princesa hasta que la hizo reír.

"Estate quieta, me haces cosquillas." La empujó hacia atrás.

"Ven aquí…" Tiró con delicadeza del cordel del que colgaba la llave, y acercó a la princesa hacia ella. Besó sus cálidos labios con ternura, algo que había estado deseando desde hacía horas.

Bonnibel se apartó durante un instante, dubitativa, le resultaba realmente extraño que Marceline tomase la iniciativa de esa manera, sin embargo, después de todo lo que había ocurrido no podía resistirse a su cariño.

Tomó su rostro y volvió a besarla, esta vez el beso fue más profundo, más húmedo y más apasionado. La vampiresa desabrochó otros dos botones de la parte inferior de su camisa, cuando las heladas manos de la reina entraron en contacto con su costado, no pudo evitar contener la respiración a causa de la diferencia de temperatura, como si un iceberg surcase un mar de lava, sintió como el frío se acercaba cada vez más a las montañas de caramelo, unas montañas cuya cima se había vuelto dura y escarpada desde el primer beso.

Pero aquella placentera sensación no tardó en desvanecerse, siendo sustituida por un terrible dolor en su brazo izquierdo, tan intenso, que sus lágrimas no pudieron evitar suicidarse, en un desesperado intento por detenerlo. El musgo se estaba desprendiendo, como si de una vieja muda de piel se tratase, dejando tras de sí una retahíla diminutos agujeros, de los que afloraban pequeñas gotas de sangre.

Un suplicio que Marceline trató de aliviar, acogiendo a Bonnibel entre sus brazos, acariciando con suavidad su pelo hasta que la planta se hubiese soltado.

Tras un eterno instante, el dolor desapareció de la misma forma en la que había aparecido, el musgo morado yacía en el suelo de la cocina, sus diminutas flores blancas habían crecido, alimentadas por el tóxico veneno del dragón. La princesa exhaló un suspiro de alivio, pues la tortura por fin había terminado; recogió el musgo del suelo y lo contempló con sus ojos todavía llorosos. Sin más dilación y sin mediar palabra alguna, se levantó y rebuscó por la cocina un recipiente en el que poder dejar la planta temporalmente.

"Ha funcionado." Sonrió.

"Te dije que lo haría." La vampiresa se acercó levitando y la abrazó por detrás. "Ahora que estás bien… quizá deberíamos continuar donde lo hemos dejado."

"No sé si te has dado cuenta, pero mi brazo está ensangrentado, estoy sucia, mi ropa está mojada y tengo hambre." Dijo señalando lo obvio. "Además, ahora que está reciente, quiero examinar el musgo cuanto antes."

"Caray, con una excusa bastaba." Se apartó y desvió su mirada hacia el brazo repleto de gotas de sangre fresca. "Límpiate el brazo, apesta."

"Tu consideración es abrumadora." Puso su brazo bajo el fregadero para limpiar los restos de sangre. "Es raro que no tengas apetito, con las vitaminas deberías tener algo más de lo normal."

"Es lo que tiene morder a un dragón podrido, que se te quita el apetito." Abrió la nevera y cogió los ingredientes que necesitaba.

Bonnibel torció el morro asqueada, había besado a Marceline sin saber que su boca había tocado la podrida carne del cadáver, se agachó y tomó agua del grifo para enjuagarse la boca. "Podrías haber avisado."

Marceline sonrió con picardía. "Unidas por la putrefacción, ¿Acaso no es romántico?"

"Además de incorregible, eres una asquerosa." Arrugó un pedazo de papel de cocina y secó su brazo. "Te has quedado sin coche."

"¿Sólo porque mis besos saben a dragón podrido?" Bromeó.

"Sabes de sobra que después de lo ocurrido, no debería entregarte el coche." Clavó su mirada de desaprobación en ella. "Sin embargo, lo haré, pero con una condición."

"Uy, qué peligro." Se esperaba lo peor.

"Vamos a sacarnos el carnet de conducir." Esbozó una sonrisa de satisfacción, sabía de sobra que a la vampiresa le gustaba demasiado el coche y no podía negarse.

"Pero si ya sé conducir…" La miró fijamente, siempre le repateaba la forma en la que sonreía cuando había ganado. "A veces eres un poco cabrona, ¿sabes?"

"Sé que en el fondo te encanta, cielo." Dijo con tono burlón.

Marceline bajó la mirada y sonrió. "Está bien, tú ganas." En el fondo estaba aliviada, tenía oportunidad de recuperar su confianza y no la iba a desaprovechar.

"Estupendo." Volvió a sentarse cerca de la chimenea. "Lo tendré listo este fin de semana." Observó con detenimiento su brazo izquierdo, de las pequeñas punzadas ya no afloraba sangre, aunque la fatiga seguía presente. "Estoy ciertamente impresionada con el musgo, una pena que sólo disponga de esa muestra, con esta eficiencia podría llegar a hacer maravillas." Se quedó ensimismada con las hermosas flores blancas de la planta.

"Siempre puedes volver a visitar a mi querido padre, y que te haga una visita guiada por la ciudadela de los culos de dragón, así podrás coger todo el que quieras." Soltó una risita.

"Y ya de paso contarle las cosas tan…. especiales, que hago con su hija." Sonrió con malicia.

"Pensándolo mejor…" Carraspeó. "Ya iré yo a recoger más."

"Buena chica." Rio entre dientes. "Me resulta gracioso que te de vergüenza."

"Habló." Dijo mientras acababa de reunir los ingredientes. "Si ganase un torneo, ¿me besarías delante de todos?"

Alzó una ceja al escuchar la pregunta. "Sí claro, son las normas."

"¿Cuándo dices que organizas el próximo?" Llenó una olla de agua, le añadió unas cuantas especias y la puso al fuego.

"No lo sé, la verdad es que los eventos los suele llevar Menta, ¿de verdad participarías en uno?" Soltó una risita al imaginarse la escena.

"¿Por qué no? Sería divertido ver la cara de panolis que se le quedan a tus pagafantas." Esbozó una sonrisa burlona.

"Y yo que creía que era porque te gustaban mis besos." Dijo por lo bajinis.

"Sólo cuando te quedas sin aire al dármelos." Un trapo de cocina hecho una bola la golpeó en la cabeza. "Pues será verdad que te gusto, con tanto trasto que me tiras."

"No te hagas ilusiones, sólo me aprovecho de tus pésimos reflejos para hacer puntería." Replicó entre risas.

"Pésimos reflejos, bla bla bla" Imitó la voz de la princesa. "A que te quedas sin comer…"

"Ay no, que me muero de hambre." Suspiró. "Y de ganas de darme un baño caliente y meterme en la cama…"

"¿Un baño caliente? Puedo…" Fue interrumpida.

"No." Se negó tajantemente.

"Aguafiestas." Cogió la humeante taza de café y se la sirvió.

"De eso nada, seguramente acabarías convirtiéndote dentro de la bañera en un monstruo gigante lleno de tentáculos, como si lo viese." Tomó la cálida taza entre sus manos, un leve aroma a menta acarició su nariz.

"Eh, y no te molaría gritar eso de… ¡liberad al kraken!" Dijo con sumo entusiasmo.

"Que boba." Dio un largo sorbo al café. "Chocolate y menta, está muy bueno." La bebida la reconfortó y empezó a entrar en calor.

"¿Qué me dices de meterme en la cama contigo?" Alzó una ceja y sonrió.

"¿Sólo para dormir?" Dio otro sorbo de café, estaba delicioso.

"Te diría que sí, pero…" Fue interrumpida otra vez.

"No." Frunció el ceño, resultaba realmente raro que fuese tan insistente con el tema de las relaciones íntimas. "Bueno, ¿y qué estás cocinando?" Cambió de tema.

"Había sobras que de esta tarde, así que te estoy preparando ramen, a lo cutre, pero comestible." Sonrió. "Aunque si quieres postre, tendré que bañarme contigo."

"Y dale." La situación le estaba pareciendo hasta graciosa. "¿Tanto te ha afectado escuchar a esos dos haciendo cosas feas?"

Marceline soltó una carcajada. "Ahora que lo dices, tengo que hacer algún comentario delante suyo, para ver qué cara ponen."

"No seas mala, bastante horrible habrá sido para Finn." Removió el café utilizando la cucharilla.

Marceline guardó silencio durante un rato, troceó las sobras de pechuga de pollo que había sacado de la nevera y las puso en un bol. "¿Hubieses preferido ser tú?"

Por un instante no supo qué responder, no estaba segura si la pregunta iba en serio o no. "¿A qué viene esa pregunta?"

Vertió la sopa de fideos en el bol, junto con el pollo. Después le quitó la cáscara al huevo que acababa de cocer utilizando la piroquinesis. "Bueno, es tu ex."

"Esa definición le viene grande, sólo salí con él un par de días, por aburrimiento, y porque mi falta de biomasa me había dejado hecha una cría, literalmente." A veces incluso le resultaba molesta la fijación que el humano tenía con ella. "Así que la respuesta es no, tengo mejores cosas de las que preocuparme."

Se dirigió hacia la mesa y le sirvió el bol de ramen. "En realidad me refería a ser tú en lugar de Finn, no de PEB." Soltó una carcajada. "Con esos bultos tan sensuales."

"Er…" Puso cara de asco. "¿Estás tratando de quitarme el apetito?"

"Quizá, así pasamos directamente al postre." Alzó una ceja y sonrió.

"Tus hormonas están revolucionadas, demasiado revolucionadas." Se quedó pensativa durante un instante. "Has tomado más dosis de la que te dije, ¿verdad?"

"Uh… no…"Desvió la mirada.

"Tu comportamiento ha sido extraño durante toda la tarde." Clavó su mirada en ella, examinándola con detalle. "La forma en la que me mirabas, el llevar tus locuras al extremo, tu aumento desmesurado de fuerza, tu insistencia en ciertos temas íntimos… y lo que más te delata, tu falta de apetito."

Dejó escapar una risita nerviosa. "Qué tonterías dices." Sintió el peso de la mirada de Bonnibel. "Vale está bien, he tomado más vitaminas de las que me aconsejaste."

"Te dejo a solas con un bote de medicina y actúas como si fueses una cría de tres años, ¿es que no te quedó claro lo que te dije?" Dejó escapar un largo suspiro. "¿Cuántas te has tomado?"

"Todo el bote…" Murmuró.

"Increíble..." Clavó su mirada de desaprobación en ella.

"Sólo quería sentirme más fuerte." Bajó la mirada. "¡¿Es que no lo entiendes?!"

"Eso no es motivo para poner tu salud en peligro, si te pasas por el forro la dosis recomendada, la enfermedad empeorará." Se levantó al ver que Marceline también lo hacía. "Ven aquí." La detuvo y sostuvo su rostro entre sus manos. "Mírame." La miró a los ojos. "Te pondrás bien." Sus palabras provocaron que la vampiresa la abrazase fuertemente. "Dentro de nada podrás aterrorizar a la gente con esa forma tan molona de loba." Bromeó, tratando de quitarle hierro al asunto. "Sé que te has reído por lo bajinis, lo he notado."

Marceline se separó y apartó la mirada, la enfermedad lograba que se sintiese débil e inútil, presa de una injusticia de la que había sido víctima sólo por proteger a quien quería. Cada vez que recordaba ese momento el odio hacia la princesa afloraba de forma desmesurada, una rabia que se apoderaba de su alma y que sólo desaparecía cuando la oía respirar.

Era como ser una frágil marioneta, cuya frustración se había apoderado de ella por ser incapaz de alcanzar las cuerdas que la vapuleaban, un constante recordatorio de lo insignificante que era su existencia en este universo. "Siento haber metido la pata." Las lágrimas brotaron y se deslizaron por sus frías mejillas.

Bonnibel deslizó su pulgar por el rostro de Marceline, secó sus lágrimas y besó sus labios con suavidad. "Quédate conmigo esta noche." Susurró mientras la abrazaba con sumo cariño. "Mañana será otro día."