Disclaimer: Digimon es propiedad de Bandai y Toei Animation, no hago esto con fines lucrativos.


Capítulo XXVIII: Un cómplice inesperado

La cita del sábado terminó siendo una cita tradicional de cine y palomitas. Yamato pagó y permitió que eligiera la película, ante lo que Hikari optó por una de aventuras, y él se sorprendió de lo normal que se sentía pasar tiempo juntos, sólo como una pareja normal, cuando dejaba de pensar tanto en ello y especialmente cuando dejaba fuera todo lo que le preocupaba al respecto.

—Deja que las cosas fluyan y ya —le dijo Mimi cuando fue a verlo.

Parecía que la chica realmente sabía dar consejos. Él, por lo menos, no podía dejar de sorprenderse de que una persona tan pequeña y molesta albergara tanta sabiduría en su interior. O tal vez no se trataba de eso, tal vez era sólo cuestión de perspectiva. Después de todo, ella y Koushiro no habían sido capaces de arreglar las cosas por su cuenta y así se lo hizo ver.

—Claro, como Koushiro y tú, ¿no? —replicó burlón.

Al ver su reacción se arrepintió casi enseguida de haberlo dicho, sólo por eso intentó enmendarlo en la despedida.

—Oye, princesa.

Mimi se giró a verlo expectante.

—Tal vez deberías aplicar en ti misma los consejos que das. Lo digo en el buen sentido.

El ceño de la chica, que había estado apunto de fruncirse al interpretar una crítica en sus palabras, se relajó. Luego la vio asentir y marcharse. No sabía si realmente le serviría de algo, pero al menos había hecho el intento, por más pobre que fuera éste.

A la salida del cine le preguntó a Hikari dónde quería ir, a lo que ella sonrió y preguntó si de verdad podía elegir. Él asintió sin pensarlo, creyó que no importaba demasiado mientras pudieran estar juntos, pero supo que se equivocaba en cuanto la castaña tomó su decisión.

Cuando llegaron a la pista de patinaje Yamato estuvo seguro de que aquello no era una buena idea. Lo que había sido en un inicio un presentimiento, tan sólo un cosquilleo en el estómago, ahora estaba revolviéndole las tripas, pero aún así la siguió al interior del lugar sin chistar y se calzó los patines que la chica que los atendió le entregó, con deliberada lentitud.

Llegado el momento de entrar a la pista, las rodillas le temblaban de forma evidente y sus manos se aferraban con tal fuerza a los pasamanos que sus nudillos se volvieron blancos.

Hikari pasó por su lado y se deslizó algunos centímetros sin problemas hasta que se dio cuenta de que no estaba a su lado y se volvió a mirarlo por encima del hombro.

—¿Yamato, estás bien?

—De hecho, creo que estoy por enfermarme. Tal vez debería…

La chica lo observó con confusión.

—Pero si hace un momento estabas bien, dijiste que… —se calló al darse cuenta de algo que había pasado totalmente por alto, y era que su novio estaba pálido y sudoroso—. ¿No será…? —se deslizó elegantemente hacia él con una expresión que rozaba apenas la diversión—. No lo pregunté antes, pero… sabes patinar, ¿verdad?

Yamato, que hasta ese momento había mantenido la mirada fija sobre sus pies que se movían ligeramente por el temblor de sus piernas, la alzó rápidamente en dirección a la castaña. Tragó saliva. De pronto se sintió estúpido por haberle ocultado algo así, sobre todo siendo ella menor que él.

—La verdad no —reconoció en un murmullo apenas audible.

Hikari sólo pudo intuir su respuesta por la vergüenza que reconoció en su rostro.

—Oh, vaya. Debí preguntar, es que… mis padres nos llevaban a Tai y a mí a patinar todo el tiempo en esta época, no creí… —enseguida se sintió una estúpida por decir aquello, Yamato no había tenido precisamente una infancia fácil—. Lo lamento… podemos intentarlo juntos, yo te enseñaré.

—No estoy muy seguro.

—Vamos, lo harás bien —lo animó, habiendo recuperado el optimismo de siempre.

Enseguida puso una de sus manos sobre la de él hasta que lentamente consiguió enlazar sus dedos enguantados con los suyos, sintiendo el frío a través de la prenda

—Eso es, sólo un paso.

Yamato se aferró a su mano de una forma en que nunca lo había hecho con nadie. Hikari juntó su mano libre con la otra de él y fue retrocediendo muy lentamente, haciendo que la siguiera. Por cada paso que retrocedía, él avanzaba uno.

—¿Lo ves? No es difícil…todo se trata de equilibrio.

Ella tenía razón, sólo era cuestión de equilibrio, por eso todo iba bien hasta que el chico lo perdió, cayendo de espaldas sobre el hielo y, en consecuencia, arrastrándola con él.

Hikari aterrizó de golpe sobre su pecho y enseguida rompió a reír, al tiempo que Yamato soltaba un débil quejido y fruncía el ceño al darse cuenta de que ella no podía controlar la risa.

—¿Qué es tan gracioso? —preguntó molesto.

El cabello de la chica, que ahora caía por ambos costados de su rostro, le hacía cosquillas. Hikari lo sujetó y consiguió que se quedara sobre su espalda antes de regresar las manos hasta los hombros de su novio.

—Lo siento, lo siento —susurró luchando con los últimos rastros de risa—. Es sólo que… deberías verte. Luces tan cool y compuesto todo el tiempo, y ahora… nunca te había visto así. Es…simplemente es demasiado.

Yamato relajó un poco la expresión, aunque siguió sin parecerle divertido en lo absoluto.

—Lo siento —repitió Hikari, mordiéndose el labio inferior.

Aquel mínimo, estúpido y absurdo gesto fue todo lo que él necesitó para olvidarse del coraje. Se impulsó a sí mismo y empujó a Hikari contra el hielo, procurando poner una mano en su nuca antes para evitar que se golpeara. La chica soltó un pequeño grito de sorpresa y se aferró a los hombros del joven casi inconscientemente. Ahora las posiciones estaba invertidas y era él quien la miraba desde arriba.

—Lo sien…

—Si lo dices una vez más, tendré que callarte —le advirtió Yamato.

Hikari se quedó pasmada, viendo los azules ojos de Yamato escrutándola con cuidado. Al tiempo el chico cumplió su advertencia y calló toda palabra que hubiera podido salir de sus labios con un beso, algo que la dejó todavía más asombrada que antes.

Él sabía que los estaban mirando, lo sentía y podía escuchar los murmullos de la gente. Más de alguien estaría diciendo que eran unos desvergonzados, pero no le importó.

Cuando se apartó finalmente, reafirmó su decisión al ver el adorable sonrojo en las mejillas de Hikari.

Se levantó con cuidado y le ofreció una mano.

—Podemos…irnos si quieres.

Yamato lo pensó, de verdad que lo hizo, pero había visto el brillo en los ojos de la chica cuando le dijo adónde irían, por eso negó con la cabeza.

—Enséñame.

Hikari sonrió y él pensó que sólo por esa sonrisa, valía la pena dejar de verse "tan cool" por un rato.


Una semana. Había transcurrido una semana desde que Daisuke y Miyako protagonizaran aquella incómoda escena en el pasillo de la escuela y a esta altura el chico se sentía deprimido y cabreado; un poco más cabreado que deprimido a decir verdad. Pasó por todas las etapas posibles en este tipo de casos, por eso ahora sólo quedaba el coraje que le daba pensar en esa situación, con la chica siendo tan terca y orgullosa, ¡qué él no quiso burlarse de ella ni nada de eso!

Lo peor de todo era que cada vez que intentaba acercarse o ella encontraba la forma de huir, o una de las chicas le impedía el paso. Además estaba el hecho de que las reuniones de grupo se tornaban incómodas cuando estaban los dos, así que los demás optaban por invitar a uno u otro, y no sabía por qué, pero él era quien quedaba fuera la mayoría de las veces.

Por eso y mucho más, Daisuke Motomiya estaba cabreado. Tal vez una semana no era tanto tiempo, pero hay que considerar que siempre había sido un chico impaciente y por lo mismo ese día lunes cruzó la entrada a la secundaria con una sola idea en mente: arreglar las cosas. No tenía muy claro el cómo ni qué significaba arreglarlas exactamente, sólo decidió que no podía seguir así, ya improvisaría en el camino.

—¡Miyako! —gritó en cuanto la vio entrar, pues él se había escondido en un punto estratégico para que no lo evitara.

La chica se detuvo sólo un segundo y enseguida reanudó la marcha pisando con más fuerza.

—¡Miyako!

A esa altura varios curiosos se habían girado a mirar y la chica sólo pensaba en la rabia que le daba que ese idiota otra vez estuviera montando una escena, pero no se detuvo para decírselo, más bien fue él quien la agarró bruscamente y la hizo voltearse.

No tuvo tiempo de decir nada, ni siquiera de respirar. Antes de que alcanzara a enfocar la vista y ver más que sólo una mancha, esa mancha, que era la cabeza de Daisuke, la besó. Su cabeza inició una cuenta de manera inconsciente: uno, dos, tres…

Su cerebro apenas podía entender lo que estaba sucediendo. El chico la había agarrado del antebrazo izquierdo y lo mantenía suspendido a la altura de sus hombros con la suficiente fuerza para que no se soltara, pero sin hacerle daño; el otro brazo de la chica colgaba muerto a su costado y sus ojos estaban abiertos de par en par.

Las miradas de media escuela estaban puestas sobre ellos. Para cuando Miyako pudo reaccionar, sus amigos ya se encontraban ahí y observaban todo, pasmados, desde la entrada.

La chica se soltó bruscamente y le dio la peor cachetada de su vida, volteándole el rostro. Daisuke soltó un quejido por lo bajo y el público contuvo la respiración.

—¡Idiota! Eres un idiota… —sus ojos estaban vidriosos.

—¡No me importa que pienses que soy un idiota! ¡Me gustas, Miyako! —gritó a todo pulmón.

—¡Deja de repetir eso!

—¿Qué crees? ¡No lo haré! ¡Me gustas, me gustas, me gustas!

—¡Basta! —lo agarró de la camisa acercándolo a ella—. Te juro por mi vida que si no te callas…

—¿Qué? ¿Me vas a pegar? Hazlo, no me importa.

Miyako pareció flaquear, momento que el chico aprovechó para deslizar una mano en su nuca. La sintió tensarse.

—Escucha. Sé que he sido un idiota contigo desde que nos conocimos, que siempre me he burlado de ti y que puedo ser un auténtico fastidio, pero me gustas, tienes que creerme.

El público femenino suspiró.

—Daisuke…


—Y entonces se besaron y todo el mundo aplaudió. En realidad fue una escena bastante impresionante hasta que llegó un maestro y los puso en detención —concluyó Takeru.

Se hallaban todos en casa de Mimi, en una de las típicas reuniones que aparentemente ya no serían un fastidio a causa de ciertas personas.

—¡Daisuke, pequeño bribón! —bromeó Taichi—. Tú eres el líder.

El aludido se sonrojó hasta la raíz del cabello, mientras que Miyako, sentada a su lado, se encontraba en un estado similar.

Después de que pararan de molestarlos y reírse de sus expresiones, charlaron un rato más hasta que Joe dijo tener que irse debido a un importante examen para el que todavía no terminaba de estudiar. Entonces todos comenzaron a marcharse uno a uno, salvo por un pelirrojo que deliberadamente demoró su partida, y por razones lógicas, la dueña de casa.

Cuando estuvieron solos el silencio se hizo tan denso e incómodo, que Koushiro se sintió en la necesidad de romperlo.

—Debería irme.

Mimi lo observó de reojo.

—No pasa nada, puedes quedarte si quieres.

—No, tú no me quieres aquí —replicó el chico, levantándose del pequeño sillón en el que estaba—. Sé dónde está la salida.

—Kou, espera.

El chico se volvió a verla con gesto impasible, Mimi se había puesto de pie y lo miraba con culpabilidad.

—No quiero que sigamos así.

Koushiro le dedicó una pequeña sonrisa.

—Es un alivio oírte decir eso.

—Si Daisuke y Miyako encontraron la forma de arreglar las cosas, seguro que nosotros podemos hallar la forma de ser amigos otra vez.

El chico intentó ocultar su decepción.

—Sí —mintió—, yo también quiero eso.

—Genial, si tú también lo quieres entre los dos podemos conseguirlo.

Koushiro asintió y fue a sentarse en el mismo sillón que antes. Mimi lo detuvo antes de que lo hiciera.

—No seas tonto, puedes sentarte conmigo. Hay suficiente espacio en el sofá.

Así que el chico le hizo caso.

—Entonces… —murmuró él, balanceándose ligeramente con las manos sobre sus rodillas—. ¿Qué hacen los amigos? Puede que ya no recuerde cómo era exactamente eso.

—Tampoco yo, pero hemos sido amigos mucho tiempo, sólo… hay que dejar que las cosas retomen su curso, ¿no? —se giró abruptamente hacia él, paralizándose al verlo observarla detenidamente, nunca antes sus ojos negros le parecieron tan profundos—. ¿No crees? —insistió con voz quebradiza.

—Sí, hay que dejar que todo vuelva a la normalidad por sí solo, ¿verdad? —musitó él sin dejar de mirarla.

—Sí —dijo ella antes de inclinarse y besarlo.

Koushiro no tardó en responder, llevando una mano tímidamente a su rostro.

—Oh —murmuró alguien de pronto, haciendo que se separaran y se giraran en dirección a la cocina, que era de donde les pareció que provenía aquel sonido.

La señora Tachikawa los observaba con ternura.

—Lo lamento, querubines, no quise interrumpir. Ustedes sigan en lo suyo, sólo nada de encerrarse en la habitación, ¿de acuerdo?

Koushiro quiso articular una respuesta, pero la mujer se perdió en el interior de otra habitación antes de que pudiera siquiera pensar en algo. Se volvió hacia Mimi, un poco desconcertado. Sentía la cara ardiendo, así que debía haberse sonrojado, por lo mismo se alegró de ver que ella parecía estar tan avergonzada como él.

—¡Son tan adorables! —exclamó Satoe desde el otro lado de la puerta, tal vez creyendo que no la oirían.

Pero lo hicieron. Mimi no supo si fue por los nervios o sólo por lo ridículo de la situación, pero de repente empezó a reírse y no tardó en contagiar a Koushiro. Al poco rato ambos reían a carcajadas, de esa forma natural y descontrolada en que ríes cuando estás con amigos y no te importa lo que puedan pensar de ti.

La chica fue la primera en detenerse, aunque le tomó varios intentos conseguirlo. Se dio cuenta de que nunca había visto a Koushiro reír de esa manera y le gustó porque era como conocer una nueva faceta suya, una faceta en la que se veía más cercano, más alcanzable. Lo observó hasta que se calmó también y se limpió una traviesa lágrima que se le había escapado por el ataque de risa.

—Lo lamento por eso. Mamá es un poco… —se detuvo un momento intentando dar con la palabra correcta—. Bueno, ella es así.

—No te disculpes, tu madre es muy… —él también pareció tener problemas para encontrar un término que se adecuara a la particular personalidad de Satoe—, auténtica —concluyó.

Un incómodo silencio se instaló entre ambos y esta vez ella supo que tenía que romperlo.

—Mentí hace un rato, no quiero que seamos amigos —confesó.

—Yo tampoco. Es lo que intenté decirte el otro día en el pub.

—Lo sé —murmuró bajando la mirada, avergonzada—. Te oí, es sólo que… tengo miedo, Kou. Miedo de que no funcione y terminemos peleados para siempre.

Koushiro tomó la mano de Mimi y logró entrelazarla con la suya bajo la atenta mirada de la chica. Sus manos eran evidentemente disímiles, la de ella era pequeña y delgada, una mano que fácilmente podría describirse como de princesa; la suya en cambio era un poco más grande, cuadrada y nudosa. Parecían el tipo de manos que jamás encajarían, como dos piezas de un puzzle totalmente incompatibles y, sin embargo, sorprendente y casi milagrosamente, lo hacían.

—Eso no va pasar —replicó sin sonar demasiado seguro.

—No puedes saberlo.

—Es cierto, no puedo. Te dije desde el principio que no soy bueno en esto de tener novia. A decir verdad, no soy bueno con las relaciones interpersonales en general, para nadie es un secreto que me llevo mejor con las computadoras, pero sé que si tú me enseñas cómo hacerlo, podemos conseguir que esto funcione. La gente dice que aprendo rápido.

Mimi soltó una pequeña risita ante su último comentario.

—Hablo en serio, yo… quiero aprender —susurró Koushiro alzando lentamente la mirada para encontrarla con la suya.

La chica, sintiéndose incapaz de hablar, no pudo más que asentir con la cabeza y luego se inclinó para juntar sus frentes.

—Tengo una idea loca —dijo al rato—. Es tan loca que puede funcionar.

—Por supuesto, no recuerdo alguna vez en que una de tus locas ideas no haya funcionado —replicó él, sarcásticamente.

—¡Tonto, Kou! —lo golpeó en el hombro, fingiendo estar enfadada.

—Hablo en serio, ¿cuál es el plan?

—Eso puede esperar. Antes tengo que contarte algo.

Koushiro observó con curiosidad la enigmática sonrisa de su novia. Se preguntó qué podría ser, pero ninguna idea acudió a su mente; tal parecía que la cercanía de Mimi colapsaba su sistema haciéndole imposible pensar con claridad. De cualquier forma, lo más probable es que nunca hubiera acertado.

Mimi decidió regodearse un par de segundos más en la curiosidad, que sabía, había despertado en el chico. No podía esconder la satisfacción que le producía poder compartir con alguien el secreto que tanto le había costado guardar durante esos días.

Porque no, Mimi no se consideraba a sí misma chismosa, al menos no en toda regla; ella sabía perfectamente mantener la boca cerrada cuando la situación lo ameritaba, pero… ¿qué gracia tiene conocer algo que nadie sabe si no tienes nadie a quien contárselo?


El tiempo transcurrió rápidamente para todos, especialmente para Yamato y Hikari, ambos atrapados en sus propias vidas y con la constante preocupación de mantener las apariencias.

Por fortuna nadie más parecía sospechar nada y al menos de momento Koushiro y Mimi estaban dispuestos a guardar silencio, pese a que el chico estuvo un poco reticente al principio y les advirtió de los riesgos que corrían. Ellos lo sabían y por eso procuraban ser cautelosos, sin embargo, entre los ensayos con la banda y las ocupaciones propias de una estudiante de secundaria, cada vez les costaba más encontrar momentos a solas y a veces se atrevían a tentar su suerte en pequeños intervalos que se les presentaban en las reuniones de grupo aunque solo fuese para intercambiar un breve beso en la oscuridad.

Aquellos momentos les sabían a poco, pero a pesar de eso las cosas parecían ir mejor que nunca, pronto sería el lanzamiento del primer disco de los Lobos Adolescentes y el largo invierno finalmente dio paso a la primavera.

Fue precisamente un día de la primera semana de esa estación que sus dos realidades volvieron a chocar, como si la constante advertencia de que podían ser descubiertos en cualquier momento sólo hubiera estado dormida hasta entonces.

Estaban solos en el departamento de Yamato. Esta vez sabían que Hiroaki no regresaría hasta la noche y hace rato habían traspasado la barrera del pudor y los prejuicios para encontrarse a sí mismos tendidos en la cama, besándose en silencio y compartiendo caricias que poco a poco se hacían más íntimas.

Él se detenía a veces para mirarla y parecía preguntarle con la mirada si estaba segura. Hikari sólo sonreía y lo jalaba hacia ella, intentando ocultar el temblor que la remecía por dentro.

Se desvistieron con calma y Yamato tuvo que detenerse un instante, apoyando las manos a sus costados para tomar algo de distancia y observarla desde arriba.

—¿Qué pasa? —preguntó ella con timidez.

—Sólo quiero asegurarme de que…

—Yamato —lo interrumpió—. Estoy segura. ¿Tú lo estás?

Él soltó una breve carcajada que casi no se oyó.

—¿Qué es gracioso?

—Que a pesar de que soy el mayor aquí, sigues comportándote como si fuera al revés.

—Bueno, tal vez no soy tan inocente como todos creen.

Yamato se quedó contemplándola nuevamente como había hecho toda esa tarde. Al oírla decir eso le pareció más inocente que nunca. Hikari alzó una mano y la posó con delicadeza en su cuello, justo en el punto en que podía sentir sus pulsaciones.

—Tengo miedo —reconoció—. Pero no quiero que el miedo me detenga de hacer lo que quiero.

El rubio asintió y flexionó los codos hasta el punto en que sus labios se encontraron casi accidentalmente. Volvió a besarla con intensidad y dejó que todo pensamiento escapara de su mente, reduciendo todo su mundo al mero hecho de sentir, sentirla como tanto deseaba hacerlo y no se había permitido.

Sólo el sonido del timbre los detuvo. Intercambiaron una mirada y Yamato se apresuró a vestirse para atender al inesperado visitante.

Se dirigió hacia la puerta de entrada, procurando dejar cerrada la de su habitación tras decirle a Hikari que lo esperara allí.

Al abrir, su ceño se frunció al encontrarse de frente con Joe. De todas las personas que podrían haber sido, probablemente el mayor del grupo habría sido su última opción.

—Hola, Yamato… ¿interrumpo algo?

Lo hacía, pero no podía decírselo.

—No, no, sólo estaba… componiendo.

—Oh, bueno. Seré breve. Necesito el libro que te presté el otro día, ¿recuerdas?

—Ah, claro. Está en mi cuarto, iré por él. Espera aquí —caminó con cautela de vuelta a su habitación, pero tener la mirada de Joe encima lo inquietaba un poco.

Al momento de abrir, se apresuró a entrar por un pequeño espacio y cerrar a sus espaldas. Hikari lo observaba desde la cama con gesto inquieto. Estaba terminando de abotonarse la blusa.

—Es Joe —susurró—. Quiere un libro que me prestó.

La castaña asintió con la cabeza, sabiendo que no debía hacer ningún ruido.

Yamato barrió el cuarto con la mirada, ¿dónde lo había puesto?

Maldijo su mala suerte, él normalmente era ordenado, lo más lógico hubiera sido que estuviera en su mesa de noche o en la estantería, pero no lograba verlo por ninguna parte.

—¿Yamato?

Se sobresaltó al escuchar la voz del otro lado, aparentemente el chico había decidido entrar por su cuenta.

—¿Lo tienes? Siento el apuro, pero mi hermano me hizo unos encargos y se supone que debo volver para la cena.

—Sí, sí… no pasa nada, enseguida salgo—dijo al tiempo que se rascaba la cabeza, desesperado.

Al final decidió hacer uso de su última opción. Le pidió a Hikari que se quedara junto al armario y abrió la puerta, asomando únicamente la cabeza por ella.

—No fue mi intención entrar sin permiso, es que creí que pasaba algo —se disculpó Joe.

—De hecho tienes razón. No puedo encontrar el libro por ningún lado, temo que lo perdí.

Joe palideció.

—¿Hablas en serio? Lo necesito para un examen.

—De verdad lo lamento.

—Tal vez si me dejas entrar puedo ayudarte a buscarlo.

—¿Qué? No, eso no será necesario. Conozco mi habitación y usualmente soy muy ordenado, estoy seguro de que debo haberlo perdido.

—Estás actuando raro —dijo el mayor frunciendo el ceño.

Yamato estaba cada vez más nervioso y a pesar de que un montón de ideas bullían en su interior, no se le ocurría ninguna para hacer que Joe se fuera sin que él tuviera que salir de la habitación.

—¿En serio? No sé de qué hablas.

—¿Acaso estás con alguien?

—No.

—Lo entiendo. Piensas que porque Sora también es mi amiga voy a enfadarme si estás con una chica en tu habitación, pero puedo pasarlo por alto. De verdad necesito ese libro, Yamato —insistió, poniendo una mano sobre la puerta con la intención de empujarla.

El rubio retrocedió un paso, incapaz de decir nada, y Joe logró entrar. Sus ojos merodearon por el lugar un par de segundos antes de dar con Hikari.

Y entonces su rostro se descompuso.

—Ustedes dos… ustedes estaban…—tartamudeó el mayor, señalándolos temblorosamente con un dedo, abriendo y cerrando la boca cada pocos segundos, lo que no hacía fácil que el discurso que intentaba dar pudiera ser entendido por sus interlocutores—. ¿Se puedes saber qué demonios hacías, Yamato?... ¡es una menor de edad, por el amor de Dios!

—No pasó nada —se limitó a contestar, bajando la cabeza, avergonzado. La reacción de Joe era la que más temía recibir por parte de los demás cuando se enteraran de que se estaba viendo a escondidas con Hikari, y eso que todavía no llegaban a ese punto. Quizás si Mimi los hubiera encontrado de esa manera también habría puesto el grito en el cielo en lugar de comportarse como la romántica adolescente que era.

—¿Es una broma? Nada pasó porque llegué yo, de lo contrario… —se interrumpió como si no encontrara las palabras precisas o prefiriera no pronunciarlas. Comenzó a caminar de un lado a otro del pasillo, mientras Yamato seguía parado en el mismo lugar, como un chico al que sus padres acaban de sorprender haciendo algo malo.

—¿Taichi lo sabe? —preguntó, deteniéndose de pronto.

—No —la voz que respondió era femenina, Hikari acababa de salir de su estupor, recordándoles a ambos que también estaba ahí—. Mi hermano no sabe nada.

Joe la miró, sin embargo, ella mantuvo la mirada en el suelo, al parecer incapaz de mirarlo a lo ojos después de verse descubierta por uno de sus superiores en una escena impropia como aquella.

—¿Cuánto tiempo… desde cuándo están saliendo a espaldas de todos?

—Cuatro meses, o un poco más —contestó Yamato.

—¿Alguien lo sabe? —volvió a interrogar.

—Mimi nos descubrió hace poco y le contó a Koushiro.

—¿Koushiro? —repitió, claramente alarmado—. Me lo esperaba de Mimi, pero ¿Koushiro ha sido su cómplice todo este tiempo?

—Nosotros le pedimos que no dijera nada, y él aceptó porque dijo que no le correspondía hacerlo —susurró Hikari.

—Supongo que esperarán lo mismo de mí —murmuró con ironía mal disimulada.

—No espero nada —dijo Yamato—. Si quieres decírselo, lo entenderé y asumiré las consecuencias.

Joe pestañeó varias veces como si no acabara de entender las palabras del rubio. Hikari se había acercado a ellos, pero permanecía semioculta tras la espalda de Yamato, que era bastante más alto que ella. De alguna extraña y retorcida manera —para él—, le pareció una bonita escena ver cómo él la protegía.

Sabía que cuando eso saliera a la luz, todos los reproches y recriminaciones caerían sobre el rubio y lo más sorprende era que parecía estar tan consciente como dispuesto a recibirlas todas con tal de proteger a Hikari.

Suspiró y se llevó una mano al puente de la nariz, procediendo luego a acomodarse los lentes.

—Saben que es mi obligación contarle a Tai, ¿verdad? —preguntó serio.

Yamato y Hikari asintieron casi al mismo tiempo con un movimiento de cabeza.

—Pero no diré nada —añadió.

Ambos lo observaron claramente sorprendidos.

—No me miren así. No lo haré, porque espero que ustedes mismos lo hagan, que asuman las consecuencias de lo que están haciendo. Les daré una semana.

—Gracias, Joe —susurró Yamato.

—No tienes nada que agradecer. No es un regalo —replicó sin dejar de mostrarse estricto, y acto seguido dio media vuelta y se marchó.

El portazo hizo eco en las cabezas de Yamato y Hikari.

Lo que ellos no sabían era que no podrían cumplir su promesa, pero ¿acaso Joe podría recriminarles algo, cuando la verdad fuese descubierta antes del plazo que les otorgó?


Dos días antes de que se cumpliera la semana, Taichi se apareció por el departamento de Yamato.

El rubio reaccionó un tanto sorprendido. No era extraño que su mejor amigo lo visitara de vez en cuando sin avisar, pero las palabras de Joe lo habían mantenido inquieto.

—Hey, eres tú. Casi creía que te habías muerto.

—Taichi, ¿qué estás haciendo aquí?

—Visitándote. Hace días que no te veía, viejo. Hasta podría decirse que has estado evitándome.

—No digas tonterías, Yagami. Es sólo…

—Lo sé, lo sé. La banda y todo eso, ¿no?

Yamato asintió.

—¿Puedo pasar?

—Claro —dijo haciéndose a un lado—. Entonces… ¿has venido a reprocharme lo mal amigo que soy?

—En parte —asintió—. También necesito hablar contigo de algo.

El rubio se tensó en su lugar, aquella frase tan cliché sumado a un Taichi serio no podía ser una buena señal.

—Es sobre Hikari —añadió el castaño desde el sillón en el que acababa de sentarse.

Yamato casi podía imaginarse una gota de sudor bajando por su espalda, incordiándolo. Un nudo se había formado en su garganta y no tenía idea de cómo deshacerlo.

—Sé lo que está pasando entre ella y tú.

Las palabras rebotaron dentro de su cabeza sin que alcanzara a comprenderlas del todo, como si se le escaparan de las manos justo en el momento que las rozaba con el dedo. Paralizado en su lugar, incapaz de siquiera sentarse, se atrevió a mirarlo a los ojos.

Taichi permanecía impasible, tal vez demasiado, o puede que su actitud simplemente representara la calma antes de la tormenta.

—¿Lo sabes? —preguntó en un murmullo.

Las comisuras de los labios del castaño se alzaron en una sonrisa que chocó con toda lógica en la mente de Yamato. Si realmente supiera lo que estaba sucediendo entre ellos no estaría sonriendo. No existía ningún universo en el que aquello fuera posible. No de buenas a primeras, al menos.

—Quita ya esa cara, Matty —se burló con ligereza—. Parece que hubieras visto un fantasma.

El rubio pasó saliva con dificultad y fue a sentarse frente a él con los brazos cruzados sobre sus rodillas.

—¿Qué es exactamente lo que sabes, Taichi? —intentó no darle tanta seriedad a la pregunta, fingir que era algo casual, pero sintió la voz asfixiada.

—Que están teniendo un tiempo fraternal, claro —afirmó alzándose de hombros—. Te recuerda tanto a Takeru que la ves como tu propia hermana.

—Sí, eso es lo que está sucediendo —dijo aprovechando de respirar ante la equivocada conclusión del castaño.

—¿Es por eso que has estado actuando tan extraño?, ¿piensas que me molestaré de que quieras robar mi lugar?

Yamato atinó a abrir la boca, aunque no sabía en realidad lo que iba decir. Por suerte Taichi lo interrumpió.

—No tengo problema con eso. Ya sabes que eras la persona en la que más confío en el mundo, no pondría a Hikari en ningunas otras manos que no fueran las tuyas.

Aún sabiendo que no era su intención, Yamato pensó que sus palabras habían sido una peligrosa analogía de lo que realmente estaba sucediendo.

—Y además, nunca viene mal un poco de ayuda para cuidarla —concluyó guiñándole un ojo.

Yamato asintió.

—Ahora vas a invitarme algo para beber, ¿o no?

—Solo tengo soda.

—Soda está perfecto.

Cuando el rubio se levantó del sillón Taichi lo siguió con la mirada hasta la pequeña cocina.

—Oye, Yamato —se detuvo hasta tener su atención—. ¿Hay algo más que quieras decirme?

El anfitrión pudo sentir su corazón golpeando fuertemente en el pecho. Un latido tras otro. Un segundo que asesinaba al siguiente. Tensó los labios, los entreabrió. Taichi le estaba dando una buena oportunidad de hablar, ser sincero. Pero no era tan fácil.

—No, nada.

Desechó, sin saber, la última oportunidad que tuvo de confesar antes de que todo se derrumbara.


Notas finales:

¡Hola!

Apuesto lo que sea a que no esperaban que actualizara tan pronto. La verdad tenía este capítulo bastante adelantado y pudiendo hacerlo, no vi por qué esperar más, sobre todo después de esos lapsus de meses (y casi un año cof cof) entre actualizaciones pasadas.

Gracias a quienes comentaron en el anterior, también a quienes agregaron la historia a favoritos y a los que leen desde las sombras.

Creo que eso es todo por ahora. Dejaré mi cháchara habitual para el próximo capítulo que ya es el último.

*Cháchara: Conversación animada e intrascendente sobre temas sin importancia.

¡Buen fin de semana!