CAPITULO XXIX

Para Terry…

Jamás te marcharás del corazón.

Lakewood
Agosto de 1915.

-Hola, llorona.

Tom enterró una flor de jazmín en la tierra. Casualmente, en ese momento una suave brisa de otoño acarició su rostro. El viento hablaba con los árboles un lenguaje ininteligible ceñido en el ocaso, y él, mientras tanto, pretendía sonreír ante una tumba conocida.

-¿Te acuerdas de mí? – preguntó antes de terminar de plantar la flor. Luego, permaneció arrodillado – quería venir hace tiempo, pero no me atreví. Sí, dilo, soy un cobarde.

Decenas de tardes, Tom había rodeado a caballo la mansión de los Britter y jamás, hasta ese día, tuvo el valor de entrar.

-¿Cómo estás? ¿Hace calor, cierto?

Tal vez, si ponía atención, se dijo a sí mismo, podría escuchar a Annie responderle sin palabras. Sólo con su corazón.

-¿Nosotros?, ah, estamos bien. Supongo que lo sabes – se sentó junto a la lápida y respiró hondo -. Candy te manda saludos. Yo le llevaré los tuyos, despreocúpate. Por cierto, la muy tonta aún llora por los rincones y piensa que nadie la ve. Te recuerda todos los días.

Y la pecosa no era la única con llantos y recuerdos, admitió.

-Si estás preocupada por tu novio, quien no ha mejorado su carácter, me alegra poder decirte que de vez en cuando, se le ve sonreír al pensar en el futuro… y en ti.

La pequeña flor enclavada al lado de su nombre, comenzó a agitarse en un delicado movimiento que provocó la sonrisa del vaquero.

-Lo sé. No se había dado cuenta que nunca te fuiste. Que podemos conversar contigo en cualquier sitio y a cualquier hora. Al parecer, ya lo ha comprendido.

Al paso de seis, o quizás siete minutos de jugar al valiente, el corazón de Tom desistió.

-Traje esto – lentamente metió la mano al bolsillo y cogió el preciado obsequio que guardaba en él – Candy me lo dio. Dijo que hace mucho tiempo lo dejaste atado en el establo donde dormía. Quiso que lo conservara. Me advirtió que si le pasaba algo, me rompería las piernas – el lazo rosa de seda se deslizó feliz entre sus dedos, como si reconociera a su dueña –. Lo llevo a todas partes. Disculpa si está arrugado. Ah, también traje otra cosa.

De su otro bolsillo, Tom descubrió una muñeca del tamaño de la palma de su mano.

-La vi en el aparador de una tienda de juguetes – dijo, apretando el estómago de una simpática muñeca con los dedos –. Quizás no lo creas pero me guiñó un ojo y me pidió llevarla conmigo – enseguida la colocó junto al jazmín y la observó por varios segundos –. Se parece a ti. ¿Ya viste su pelo?, es igual al tuyo.

El largo de su cabello, su color castaño y una diadema en su tocado, parecieron darle forma a la invisible presencia de Annie.

-Se parecerá más con este listón – Tom anudó la tira de seda a la cintura de la muñeca e hizo un tierno moño que combinó a la perfección con su vestido –. Sí, ya está. ¿Lo ves?, te lo dije.

El sol se extinguía perezosamente en el horizonte, y el aire vespertino se tornaba cada vez más frío. El vaquero miró por un instante las nubes que cruzaban el cielo sobre su cabeza y supo que era hora de decir adiós.

-Tus padres dicen que puedo venir a verte siempre que quiera. Espero no te importe.

¿Y bien, vaquero? ¿Se lo dirás finalmente?

-Cállate, Granchester – Tom refunfuñó al oír a Terrence como la voz de su conciencia -. Arregla tus asuntos con Candy y a mí déjame en paz.

Sin embargo, el aristócrata tenía razón. Tenía que decírselo, a pesar de que Annie, tal vez, ya lo supiera.

-Annie…

Pero no era sencillo. Cada vez que habría la boca, el miedo con su dolorosa mano se la cerraba. El vaquero sacudió la cabeza y se puso de pie. Otro día. Aún no estaba listo.

No obstante, después de alejarse medio metro, y como su una mano tirara de su hombro, se detuvo. Farsante, se dijo. Y a eso le agregó un insulto.

Te crees perfecto.

-No – objetó a su conciencia.

Te ocultas para no ser lastimado o lastimar a alguien más.

-¡No, mentira!

Entonces, no le des la espalda a la felicidad.

Tom giró los talones para quedar de frente a la lápida. Ordenó a sus ojos no llorar, pero lloraron. A su voz no quebrarse, pero se quebró. Y a su corazón no hablar, pero al fin, luego de más de diez años, habló.

-Te quiero, Annie - murmuró –. Siempre te quise pero no lo sabía. No sabía tantas cosas hasta que te fuiste y me las mostraste – molestó, se limpió las lágrimas sin poder detener su dolor – ¿Por qué no fue diferente? algún día me lo dirás, supongo.

Suponía bien. Volverían a encontrarse y eso al menos, contendría la tristeza que lo acompañaría el resto de su vida.

-Tengo que irme. Me esperan en casa – Tom apoyó una rodilla en el suelo y tomó la muñeca de juguete con delicadeza para besar su frente -, pero regresaré, lo prometo. Mientras tanto, cuida de Archie y de mí ¿quieres? – aspiró profundo y elevó la cara al cielo –. También de Candy y su príncipe azul – contó hasta tres para recabar fuerzas e irse. Fuerzas de la nada porque lo único que quería era llorar –. Hasta luego, Annie.

Hasta siempre,escuchó en su corazón y la flor se agitó nuevamente, gentil y agradecida al decir adiós.


Martes – día cuatro

Lakewood
Junio de 1915.

-Stear.

-¿Mhm?

-Despierta.

-¿Qué?

-¡Volviste!

Paty, después de pegar un grito que ensordeció al inventor, saltó encima de su cama y se colgó de su cuello. El chico, atónito, se golpeó la cabeza en la cama y cerró los ojos adolorido.

-¡Auch!, espera, Paty. Con calma.

-Perdón – repuso con la cara roja de vergüenza –. Lo lamento, es que yo…

-Estoy bien. Sólo me sorprendiste.

-¡Te extrañé tanto! – sollozó O'Brien –. Gracias al cielo que has vuelto.

-Yo también te extrañé – dijo y la tomó entre sus brazos - ¿dónde estabas ayer?, no te vi cuando llegamos.

-Salí con la abuela. Le enviamos un telegrama a mis padres. No queremos que se preocupen por nuestra tardanza. Al volver aquí, Archie me dijo que no te sentías bien y preferí dejarte dormir.

-No debiste, tenía muchas ganas de verte.

-Y yo…

Paty se perdió en los ojos castaños de su hermoso Stear sin gafas. De pronto, recordó dónde estaba y cómo: en la habitación de un hombre en pijamas, montada encima de su cama y sin doncella de por medio.

-¡Oh, Dios! – saltó del colchón, asustada - ¡Lo siento! ¡Lo siento tanto!

-¿Qué?

-Es que… perdóname, tenía tantos deseos de decirte buenos días que yo… he sido una irrespetuosa – dijo, cubriéndose el rostro como si hubiera asesinado a alguien.

-¿Paty? – Stear, de nuevo atónito, se levantó de la cama pero tuvo que volver a ella cuando el grito horrorizado de Paty rebotó en las paredes.

-¡No! ¡No te levantes!

-¿Por qué no?

-¡Tu ropa!, lo siento, te dejaré a solas para que te vistas. Yo… perdón, con permiso…

-Un momento – el inventor estiró el brazo y sujetó su codo –. No tan rápido.

-¿Qué?

-Me despertaste de la forma más cariñosa del mundo ¿Y de repente te vas?

-No pude contenerme, pero si alguien de tu familia me ve aquí, seguramente pensarán que…

-Me quieres – sonrió amoroso – ¿Es malo?

-Stear…

-Paty… – dijo y levantó su mentón lentamente – vamos O'Brien, no has hecho nada malo.

-¿De verdad?

-¿A ti te lo parece?

-Solo quería decirte: buenos días.

-Buenos días, Patricia.

-Buenos días, Alistear – al fin sonrió fugazmente y la vergüenza se desvaneció –. Siento haber entrado sin tocar.

-Te perdono, pero puedes hacerlo cuantas veces quieras. Si es a medianoche, mejor.

-¡Stear! – gritó con alarma, sintiendo sus orejas arder como brasas.

-Le falta algo a este saludo.

-¿Qué es?

-Algo para que sea, en verdad, un buen día.

Stear envolvió a su damisela con sus largos brazos, evitando cualquier intento de escape. Se inclinó hacia ella y le robó, como un dulce a un niño, un silencioso y casto beso. La reacción de su cuerpo fue tan placentera que no le hubiese importado no volver a respirar. Podría haberse quedado así toda la mañana, todo el día o toda la vida.

-Mejor.

-Stear – la joven se refugió en su pecho con el corazón latiendo a toda velocidad – no te vayas otra vez. Te extrañé mucho.

Paty no se dio cuenta que al escuchar sus palabras, el desconcierto y la tristeza matizaron el rostro de Alistear. El inventor guardó silencio, sin sellar esa promesa. Una que tal vez no podría cumplir.


Chicago

-¡Berth! ¡Despierta, despierta! ¡Es hora!

El hotel entero se despertó con los gritos de Candy. No hacía falta una alarma contra incendios, pensaron algunos huéspedes, con esa chica era suficiente.

-¡Berth! – golpeó por enésima vez la puerta con su puño.

-¿Qué sucede? – preguntó el hombre, somnoliento, luego de ser notificado por su guardia, mayordomo y doncella - ¿por qué tanto escándalo?

Candy hizo una mueca de disgusto y estuvo a punto de pegarle una bofetada para hacerlo despertar por completo.

-¿Por qué no te has vestido? – le reclamó.

-¡Candy, son las siete de la mañana!

-¿Y eso qué importa?, el tren a Lakewood nos espera. ¡Apresúrate!

-Pero…

-No hay "peros" – la pecosa lo empujó al interior de su habitación, impaciente –. Tienes veinte minutos para bañarte y vestirte.

-¿Veinte? pero…

-Si protestas, serán diez – le advirtió –. Aguardaré en la recepción del hotel. Usa pantalones y zapatos cómodos.

-Candy…

-¡Tú lo pediste! ¡Diez!


Lakewood

-¡De qué hablas!, ese tipo y yo no tenemos nada en común.

-Una buena razón para ser amigos – sugirió Albert a su sobrino menor.

-¡Primero muerto! – bramó Archibald.

-Hasta hablas como él – observó Stear, del otro lado de la mesa.

-¿Tú también?

-Buenos días – saludó Tom al entrar al comedor –. Vaya, huele bien.

-Buenas tardes – Archibald le corrigió con reproche – es más de mediodía. Pensé que ustedes acostumbraban levantarse al amanecer.

-¿Ustedes? – inquirió el vaquero - ¿Yo?

-Sí, tú.

Tom evitó encontrarse con el Duque de Granchester en el desayuno – explicó William con su segunda taza de café en la mano - ¿Cierto, señor Stevens?

-¿Yo? – repitió Tom.

-Sí, tú… - dijeron los Andrey al unísono.

-Por favor… - desdeñó el chico –. Toda mi vida he vivido con animales salvajes. ¿Por qué tendría que esconderme de ese anciano?

-¿Anciano? – inquirió una voz gruesa y enfadada a su espalda.

Tom apretó los párpados mientras una gota de sudor corría por su frente. Miró sobre su hombro y encontró al hijo del anciano, observándole fríamente.

-¿Te refieres a mi padre?

-Eh… sí… ¡no!, ¿tu padre un anciano? – río torpemente – ¿cómo puedes decir algo así, Granchester?, yo nunca…

-Lo dijiste tú – le recordó –, padre, creo que Tom tiene algo que decirte.

-¿Qué? – Stevens saltó de la silla al creer que el Duque se hallaba tras la puerta -, lo lamento, yo no…

Todos disfrutaron de la angustia dibujada en su rostro y al darse de cuenta de la broma de Terrence, se soltaron a reír hasta que el estómago les dolió.

-Tranquilízate, Tom – dijo Albert –. El Duque salió a Chicago esta mañana y no volverá hasta la noche. Terry está fingiendo.

-¡Muy simpático, Granchester! – protestó el vaquero – ¡Pude haberme atragantado con la comida!

-Te lo merecías – sentenció Terrence.

Las risas cesaron a medida que Tom volvió a la mesa y disfrutó de su desayuno. El actor le imitó.

Sin embargo, minutos más tarde, Paty apareció en el comedor con las facciones tensas y las manos echas un nudo.

-Señor Andrey, Stear…

-¿Qué sucede, Paty?

-Alguien busca a Ivanna en la puerta.

-¿Quién es? – preguntó William, abandonando el periódico sobre la mesa.

-Una mujer, y también pidió hablar con usted señor Andrey.

-Llega demasiado temprano – observó Albert, molesto – hablaré con ella. No te preocupes, Paty. Todo está bien.

-Nosotros también nos vamos – terció Tom –. Candy llegará en cualquier momento al rancho.

-Fue absurdo venir hasta aquí – Terry siguió a Tom dejando inconclusa tu taza de café –. Debí quedarme a esperarla.

-Dale las gracias a tu padre – replicó Archie.

-Al menos lo veo más que tú al tuyo.

-Porque necesitas que te jale la correa con regularidad.

-Ya se ha ido – le advirtió –, ¿quieres probar a tirar de ella?

-¿Y contagiarme de tu rabia?, no, gracias.

-La mordida de un perro es lo más cerca que estarás de una caricia.

-¿Les falta mucho? – Tom se detuvo y los miró con hartazgo – ¿o falta deducir el tipo de perro que serán en su próxima vida?


Entre Lakewood y Chicago

Exactamente trece minutos y medio después, Berth se encontró con Candy en la recepción del hotel. Su cara somnolienta era más larga que su Real árbol genealógico. No obstante, lo había prometido y Candy, antes que dejarlo romper su promesa, le rompería los brazos.

-Candy, tengo hambre – se quejó su alteza ante la mueca de disgusto pecoso – ¿No podríamos desayunar al menos?

-No, no podemos – determinada, tiró de su brazo –. Tienes el resto de tu vida para comer. Vamos.

-Pero…

-¿Cómo dijiste?

-Está bien – gruñó con fastidio – nada de peros.

Diecisiete minutos después (demoraron dos minutos más cuando Candy decidió darle el paso a una señora y su bebé en la calle), arribaron a la estación de tren. El compartimiento de primera clase estaba listo para abordar y a pesar de las protestas de su majestad por caminar con sobriedad, entraron en él de dos zancadas.

Fue hasta que la locomotora arrancó, que Candy respiró tranquila. Berth, malhumorado por cargar con el estómago vacío, se sentó frente a ella con una sola pregunta en la cabeza. La pregunta más importante del universo, que hasta no ser resuelta, el alma del príncipe no hallaría paz.

-¿Ya podemos comer algo?

-Eres un glotón – suspiró y terminó por sonreír.

-El peor.

Té inglés, por supuesto, tocino, tortitas de papa, pan tostado con mermelada y un par de huevo fritos fueron llevados de inmediato ante su glotona majestad. El hombre devoró la comida con delicados modales, pero aún así, apremiado. Como si fuese la primer comida que probaba en años. Candy lo miró por instantes, divertida y convencida que al menos en la mesa, todos los hombres eran iguales. Al término del breve festín, se quedaron a solas en el compartimiento privado, con la única tarea de esperar a que Lakewood apareciera tras la ventana.

-¿Por qué, Candy? – preguntó de pronto Berth, sacando a Candy de sus pensamientos.

-¿Cómo?

-¿Por qué has hecho todo esto por Ivanna?

-¿Por qué?, no lo sé. Quizás porque alguien tenía que hacerlo

-¿Y por qué tú?

-Yo no escogí hacerlo. Supongo que el destino lo hizo.

-¿Siempre haces todo sin pensar en las consecuencias?

-¿Pensar? – inquirió y tomó un respiro –. Bien, prefiero pensar en las consecuencias de lo que he hecho y no de lo que no hice.

-¿Y no te arrepientes de nada?

Sí. Candy se arrepentía de algo. Nunca quiso que pasara. Jamás se le ocurrió, ni en sus peores pesadillas. Se arrepentía una, dos, cien y mil veces de no haber podido estar allí para cambiar la vida de Annie por la suya. No obstante, decidió no responder. Se hubiese vaciado en lágrimas.

-No sé cuando volveremos a vernos – dijo Berth.

-Lo sé.

-Los rostros se desvanecen con el tiempo – agregó – y la gente olvida con facilidad.

-Podremos olvidar el rostro – objetó Candy con una sonrisa espontánea –, pero no el sentimiento que nos unió alguna vez.

-En ese caso – Berth tomó su mano y la miró seriamente –, no olvides esto, Candy.

-¿Sí?

-Gracias, muchas gracias. Nos salvaste la vida.

-¿Salvaste?

-A mi hija y a mí. Estaré en deuda contigo eternamente.

-No – negó con la cabeza –. La deuda que tienes es con ella solamente.

-Ojalá algún día pueda recompensarla por todo lo que le quité.

-Hoy es ese día – le aseguró la pecosa –. Hoy todo le devolverás.


Lakewood

-Me alegra que hayan venido – Archie recibió a los Britter en la puerta de su mansión con aparente calma –. Albert está en el estudio hablando con esa mujer.

-¿Podemos interrumpirlos? – preguntó el señor Britter.

-Por supuesto, los esperan.

Un gentil gracias fue suficiente para concluir la conversación. La pareja apuró el paso para alcanzar a Albert e intervenir a su favor. Al verlos desaparecer por la puerta del estudio, Cornwell giró sobre sus talones y salió a toda prisa para alcanzar a los demás que aguardaban en el auto de su hermano. Subió a la parte delantera de un brinco y arrancaron rumbo al rancho Stevens.


-Aquí estoy como lo prometí, señor Andrey – dijo Kathleen Gave con firmeza –. Es hora de que cumpla su parte del trato y me presente a la niña sana y salva.

-En unos momentos partiremos al orfanato donde cuidan de ella. Sólo espero a sus padres adoptivos.

-Suena a un magnífico plan – el tono de la mujer fue tan molesto como una patada en la espinilla. Albert la observó un instante para cerciorarse que respondería con la cabeza y no con el estómago. Esa desconocida lo transformaba en un adolescente malhumorado cada vez que cruzaba una simple palabra con ella.

-Habla usted como si se refiriera a una pandilla de mafiosos – reviró el heredero –. ¿Supone que soy el jefe de la banda?

-Una acusación de secuestro pesa sobre usted y su hija, no lo olvide. Además – Kathleen evitó su mirada y tragó saliva –, no lo conozco lo suficiente como para saber lo que hace y por qué.

-Cualquier persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Al menos ese privilegio tendría que concederme.

-En ese caso, no esperemos más. El tiempo apremia y yo tengo que volver a Chicago lo antes posible con la pequeña.

-No volverá con ella – masculló William, terminante – Ivanna se quedará donde está.

-Eso no lo decide usted, señor Andrey.

-Nadie ha cometido ningún crimen. Mi hija ha cuidado de esa niña todo este tiempo y decidió lo mejor para ella.

-Lo mejor para ella es una familia, no una jovencita que huya todo el tiempo.

-¡Candy no huye todo el tiempo! – respingó William y perdió los estribos. Esa mujer era tan torpe y dura como una piedra. Deseaba echarla de su casa pero por alguna extraña razón, no podía quitarle la vista de encima. Quizás porque nadie lo había desafiado así y le fascinaba… además de hastiarle -. Regresó a su primer hogar y la directora de ese orfanato cuidará de Ivanna mejor que su propia madre.

-¿El Hogar de Pony?, ese lugar ya no existe, señor Andrey.

-Lo reconstruiremos con nuestras propias manos si es necesario, señorita Gave.

-¿Para qué? – lo provocó – ¿Para traer más niños del extranjero y esconderlos allí? ¿Qué interés tiene en ese lugar, señor Andrey?

-Increíble – Albert contrajo la mandíbula para no lanzarle una injuria. Su estómago se retorció como si hubiese tragado veneno y respiró hondo –. No le permito que me insulte de esa manera. A mí, a mi familia o nuestros amigos. Le recuerdo que está en mi casa y si no es capaz de contenerse, tendré que echarla.

Utilizó las palabras más elegantes que encontró, dentro de la vorágine de insultos que se le vinieron a mente. Su voz, poderosa y tajante, se incrustó en las cuatro esquinas de la habitación, haciendo sentir a Kathleen Gave más pequeña que el botón de un abrigo. Tragó con dificultad como si estuviese delante de un tigre hambriento y cerró la boca. La amabilidad de William Andrey se había transformado en hosquedad y rabia al apretar el botón equivocado. Por un instante sintió envidia de Candice White. En toda su vida había deseado que alguien la cuidara y defendiera de la misma manera que Albert lo hacía con su hija.

-¿Cuándo…? – Gave se limpió el incipiente sudor de la frente y carraspeó, nerviosa – es decir, ¿a qué hora podemos irnos?

-¿Albert? – el señor Britter, oportunamente, asomó la cabeza a través de la puerta y saludó con una sonrisa.

-En este instante – respondió William a Kathleen.


-¡Aprisa, Berth!

-¡Candy! ¡vas a hacerme tropezar! – protestó su majestad, trastabillando junto a la pecosa, sujeto de su mano. Así fue desde que el tren se detuvo hasta que salieron de la estación.

-¡Camina más rápido!

-¡Eso hago!

-¡No me lo parece!

-¡Pensé que estabas herida!

-¡No me rompí las piernas!


-¡Terry! ¡mira lo que tengo! – Ivie, la orgullosa cazadora de lagartijas, le mostró a su príncipe la que sostenía en la mano.

-¿Tú sola atrapaste a ese lagarto? – Terrence inspeccionó al reptil con interés, y algo de repulsa. Levantó una ceja y miró a su princesa.

-¡Es una lagartija!

-A mi me parece un lagarto – estudió nuevamente al animal y rascó su barbilla – o quizás un cocodrilo.

-¡Lagartija! – insistió Ivanna, echando a reír.

-¿Caimán, tal vez?, los he visto en libros y son iguales a éste.

-¡Terry! – rió feliz y dejó a su presa libre.

-De acuerdo – el chico la recibió entre sus brazos cuando se colgó a su cuello y sonrió con ella –. Puedes quedarte con tu salamandra.

-Granchester – Tom interrumpió la feliz escena y lo miró con preocupación – ya vienen.

-Ivie – Terry, a su vez, miró fijamente a la niña y utilizó las palabras más exactas que encontró –. Necesito pedirte un favor.

-¿Qué?

-Hay una persona que quiere hablar contigo.

-¿Quién?

-Una mujer. Está interesada en saber cómo vivías en Escocia y con quién. También quiere saber cómo conociste a Candy.

-¿Para qué?

-Tal vez quiere ser tu amiga – mintió el actor –. Pero hay que tienes saber antes de responderle cualquier cosa.

-¿Qué?

-Candy y yo te trajimos a América para cuidar de ti. Para que seas feliz. Para que nada ni nadie pudiera lastimarte – Terrence la bajó al piso y se arrodilló frente a ella –. Candy te ama y lo único que quiso hacer fue protegerte. ¿Lo entiendes, Ivanna?

-Sí – asintió la pequeña.

-Dile a esa mujer que no piensas ir a ningún sitio que no sea con pecas – agregó Tom – ¿de acuerdo?, díselo fuerte y claro.

-¡Hey! – protestó Terry – ¿podrías callarte, por favor?


-¿Por qué no vamos más rápido? – Candy, con el corazón en la garganta, las manos sudorosas y los pies ansiosos, miró por la ventana por enésima vez.

-Porque esto es un auto, Candy – le recordó Berth –. No un aeroplano.

-Debería serlo – repuso con una mueca –. ¿Podrías pedirle al chofer ir más rápido, por favor?

-¿Más?

-O se lo pides – le advirtió –, o haré que te bajes a empujar mientras yo conduzco.


-¿Ivanna? – Kathleen gentilmente extendió su mano y la niña le correspondió.

-Hola. Mucho gusto – dijo la pequeña con una sencilla venia que Terry le había enseñado minutos antes.

-Tienes excelente modales. Me alegra.

-Por favor, siéntense – pidió la Hermana María y todos los presentes asintieron.

-¿Dónde esta Candy? – rumió Tom afuera de la habitación. Se paseó de un lado a otro del pasillo como un león enjaulado. Estaba desesperado por la tardanza de la pecosa. Miraba el reloj cada veinte segundos y se preguntaba si habría hecho bien al haber confiado en ella – ¿Dónde estás, donde estás? – quizás algo malo le había sucedido, pero ¿cómo saberlo?, no sabía dónde empezar a buscarla. Lo único que quedaba por hacer era seguir confiando… y rezar.


-Señor, más aprisa, por favor.

El conductor aceleró con cauta obediencia mientras que a Candy no le pareció suficiente. Luego de unos minutos, el auto comenzó a tambalearse por el camino de terracería que llevaba al rancho de los Stevens. Estaban cerca pero la pecosa deseó tener alas y volar hasta allí.

-¡Qué demonios! – dijo Berth cuando su cabeza golpeó contra el techo del auto – ¡Oiga, tenga cuidado!

-¡Casi llegamos! – Candy apuntó a la casa de Tom a través de la ventana y saltó feliz.

El salto, aunado al golpe del neumático con una piedra, obligó a Candy caer sobre el regazo de Berth. Su majestad la sujetó fuerte y le sonrió ladinamente.

-El destino trata de decirnos algo.

-Sí, que debemos bajar del auto y echar a correr.


-Candy fue por ti y te sacó del orfanato sin permiso de las monjas a medianoche. ¿Cierto, Ivanna?

-No lo sé – contestó Ivie, mirando sus pies.

-¿Te obligó a ir con ella?

-No.

-¿Te amenazó o te dijo algo que no te gustara?

-Pues… no.

-¿Te pegó?

-¿Cómo puede preguntar semejante cosa? – vociferó Terrence, furioso.

-No – respondió Ivie.

-¿Te pidió que mintieras? – continuó Kathleen – ¿Se enoja contigo y te reprende a menudo?

-Que estupidez – intervino Terry nuevamente.

-Señor Granchester, guarde silencio – le reprendió la mujer al mirarle de soslayo -. No hablo con usted.

-Pero yo sí con usted.

-Terry, por favor – Albert lo fulminó con la mirada –. No compliques las cosas.

-¿Por qué no pregunta cuántas noches pasó Candy en vela para cuidarla? – inquirió el actor – ¿Por qué no me pregunta a mí todo lo que hicimos para que jamás pasara hambre, frío, o miedo?

-Señor Granchester, si no se calma…

-¡No sé quien le dijo una mentira tan horrible, señora! – exclamó con rabia – ¡Pero Candy arriesgó su vida para darle a Ivanna una nueva!

-Esta niña fue traída ilegalmente a este país y eso es un delito – apuntó Gave –. No obtuvo el consentimiento de ninguno de sus tutores para correr semejante aventura con dos quinceañeros. ¿Se da cuenta el peligro al que fue expuesta por su irresponsable decisión?

-¡No sabe lo que dice! ¡Fue lo mejor que pudimos…!

-¡Terry, basta! – Albert se levantó de su asiento, harto – ¡No solucionas nada, al contrario, lo complicas!

-Señores, por favor – intervino el señor Britter –. Asustan a la niña.

Todos comprobaron que el hombre había dicho la verdad. Ivanna empezó a sollozar, quieta y aterrada en su silla.

-Linda – Kathleen se aproximó de inmediato -. No tengas miedo. Te llevaré a un lugar donde van a cuidar de ti y podrás tener muchos amigos.

-No – dijo Ivie con lágrimas en las mejillas –. No quiero irme otra vez. Quiero ver a Candy.

-No puedes quedarte aquí, Ivie. Estarás mejor en el sitio donde yo…

-¡No quiero! – gritó Ivanna y corrió hacia Terrence para abrazarse a sus piernas.

-Ya la escuchó – dijo el aristócrata –. No irá a ningún lugar.

-Señorita Gave – la Hermana María respiró hondo y trató de calmar los ánimos –, nosotros podemos hacernos cargo de Ivanna hasta que todos los documentos que permitan su adopción estén listos.

-Lo siento, Hermana, pero su orfanato no ofrece las condiciones necesarias para cuidar de un niño más. Tendrán demasiado trabajo con la reconstrucción, y quizás, problemas económicos. Lo mejor para esta niña es volver a la ciudad.

-No comprendo por qué hay hacerla pasar por todo esto – dijo la señora Britter –. No es necesario. Nosotros vamos a…

-De acuerdo a las leyes, lo es. Lo lamento señora, pero estoy obligada a cumplirlas.

-¿Aún si esta de por medio el corazón de una niña de seis años? – Albert al fin replicó – ¿Por qué se comporta de esta manera?

-No me hable en ese tono, señor Andrey. Ya no estamos en su casa.

-Por favor, calma – suplicó la monja –. Busquemos otra solución.

-Por cierto – Kathleen estudió con la mirada a los presentes y enarcó una ceja –, no veo a su hija, señor Andrey. Me prometió que estaría aquí.

-Ella… – William aclaró su garganta –… Candy estará aquí en cualquier momento.

-Deje de mentirme – estalló Gave –. Me llevaré a la niña y es todo.

-No lo es y no se la llevará – le amenazó Terry.

-¡No quiero irme! – Ivie lloró desconsolada a los pies de su príncipe – ¡No quiero!

-No, cielo, no te irás. Yo no lo permitiré.

Desde el umbral de la puerta sobrevino la voz de una quinceañera, pecosa y aguerrida que les devolvió el aliento a todos.

-Albert no es un mentiroso – dijo Candy al tratar de recuperar el aire por haber corrido sin parar desde el portón hasta la sala –, y ya tengo el permiso de uno de los padres de Ivie. Nadie la secuestró. Simplemente… - con dulzura le sonrió a la niña y la recibió entre sus brazos –, la traje a su nuevo hogar.


-Señorita O'Brien.

-¿Sí, Dorothy?

-La señora Martha la espera en el comedor.

-Gracias. Allá voy, no tardaré.

Seguramente lo tiré esta mañana por un tonto descuido. Pero tiene que estar por aquí.

Paty buscó afanosamente un diminuto prendedor, obsequio de su abuela, que extravió mientras visitó a su novio esa mañana en su recámara para decirle "buenos días".

Miró bajo y arriba de la cama sin éxito. Cerca del balcón y el armario sin hallar pista de él.

-¿Dónde está?

Posiblemente entre sus almohadas. Fue allí dónde le saltó encima para despertarlo. Atrevida, se recordó con vergüenza. De inmediato hurgó el área, casi convencida de su deducción.

Desafortunadamente, lo que encontró no fue su prendedor, sino un delgado y descolorido volante con algo inscrito en grandes letras negras.

-Voluntarios para… - comenzó a leer y lentamente su mandíbula se prolongó hasta el piso.

Sintió como si hubiese enfermado de golpe y el tono pálido de su rostro evidenció el primer síntoma: dolor.


-¿Es usted Candice White Andrey?

-Sí – asintió la pecosa –. Albert no le mintió, nadie lo ha hecho.

-Asumo que está enterada de…

-Terrence Granchester y Albert Andrey – hizo una pausa y tomó aire –. Ninguno de ellos son culpables de nada. Si existe alguien responsable de todo este lío, soy yo.

-Candy… – dijo Terry, pero ella le pidió, con una sutil mirada, guardar silencio.

-Es decir que usted planeó el secuestro de esta niña, sin intervención de sus amigos.

-No – Berth irrumpió en la habitación, detrás de Candice y habló con claridad –. Yo le pedí que trajera a Ivanna a este país. Lo hizo como un favor. Siempre tuvo mi aprobación.

-Señorita Gave – habló Candy – ¿Podríamos hablar en privado?, tal vez Ivie – sonrió a su pequeña amiga, colgada de su cuello –… quiera salir a jugar mientras los mayores hablamos.

Acosada por las miradas de todos los presentes, las que la hicieron sentirse pequeñita, extremadamente diminuta, Kathleen Gave asintió con disimulo. Estuvo a punto de morir de asfixia por la tensión acumulada sobre su cabeza y necesita aire fresco.

-Ivie, ¿te gustaría salir con Terry a jugar?

-Vamos – Terrence extendió los brazos y sin dudarlo, Ivanna saltó hacia él –. Busquemos el lagarto que dejaste escapar esta mañana.

-Lagartija – murmuró la pequeña, con reproche.

La Hermana María junto a los Britter abandonaron el lugar enseguida. Albert, Candy y Berth respiraron hondo, como si estuvieran a punto de sumergirse hasta el fondo del mar. Se quedaron solos con la señorita Gave y pensaron, casualmente y al mismo tiempo: Acabemos con esto.

La puerta se cerró detrás de Elizabeth Britter y Kathleen se preparó para escuchar de labios de sus protagonistas, la historia de esta inolvidable aventura.


-¡Tardaste demasiado! – exclamó Tom y casi le arranca la cabeza a su pecosa amiga – ¿Qué pretendías? ¿Matarme de un susto? ¡Quiero casarme y tener hijos! ¿sabías?

-¡Hey! – replicó Candy y se cubrió los oídos –. No es necesario que hables tan fuerte. ¡No estoy sorda!

-¿Cómo te sientes? – preguntó el vaquero en un abrupto cambio de actitud – ¿Estás bien? ¿Qué sucedió con tu costilla rota?

-¿Mhm?

-¡Candy, quita las manos de allí! – Tom apartó los brazos de sus orejas – ¿Pregunté cómo te sientes?

-Bien, ya casi no duele – señaló su torso y sonrió como de costumbre –. Te prometí que me cuidaría.

-Tonta – dijo y la abrazó fuerte, como si no la hubiera visto en años –. Júrame que no irás a ningún sitio, por lo menos hasta mañana.

-Está bien – rió Candy, sobre su hombro –. Lo juro. No me escaparé.

-No quiero perderte a ti también, pecas – insistió y cerró el abrazó sin medir su fuerza.

-¡Auch!

-¡Perdón! – la soltó, alarmado – ¿Te lastimé?

-Estaba bromeando – le guiñó un ojo y se soltó a reír por la broma.

-¡Tonta! eres igual a él.

-¿Él?

-Ese payaso de sangre azul.

-Tom…

-¿Sabes de quién hablo, no?, del tipo más antipático, huraño y necio que he conocido.

-Tom…

-¿Qué?

Candy apuntó con su dedo a la persona que, por la espalda, apuñalaba al vaquero con su venenosa mirada azul.

-Diablos… – Tom cerró los ojos al saberse descubierto – ¿esta detrás de mí, verdad?

-Sí. Él y su cara de huraño.

-¡Lo sabía! – el vaquero mostró una sonrisa enorme y se volvió a mirarle – ¿te lo creíste, Granchester?, era una broma. Te oí llegar, por eso lo dije – Terrence no se inmutó ni un ápice y se cruzó de brazos, amenazante –. Creo que todavía no entiendes mis bromas. Bien, será mejor que me vaya. No quiero interrumpir.

-Es lo más inteligente que has dicho – repuso el aristócrata.

-No me presiones – susurró el vaquero al pasar a su lado –. Candy aún es mi hermana y puedo convencerla de arrojarte al río con una piedra atada al cuello, ¿está bien?

-Largo – Terry empujó su hombro y al fin se deshizo de él. Candy, encantada con la escena se limitó a mirar.

No obstante, en el momento en que el actor dirigió sus maravillosos ojos azules hacia ella, su sonrisa se desvaneció. Hipnotizada, lo contempló como lo hubiera hecho con la más hermosa puesta de sol de su vida. Apenas y pudo sentir el piso bajo sus pies. No importa cuán cercano o lejano fuese Terrence para ella, su simple mirada la paralizaba de golpe.

Es de verdad, ya estás aquí
Ha sido un largo tiempo de espera

Y la ansiedad de saberibas a venir
Me ha puesto en un estado entre llorar y reír

-¿Damos un paseo? – ofreció el actor

-Me encantaría.

No hagas caso ¿Cómo te va?
Ven déjame abrazarte y ya después me dirás
Siempre hay tiempo…
Mentira, la dicha se va en tantas formas

-¿Cómo estás? – se preguntaron al mismo tiempo.

-Perdona – dijo Terry –, tú primero.

-No, está bien.

-Quisiera… - el actor titubeó antes de continuar –, disculparme.

-No, yo soy la que…

-No, yo…

-Fue mi culpa que…

-Candy – el chico frunció el entrecejo, y la miró fijamente –, quiero terminar.

-Es que yo soy quién debería disculparme.

-No quise gritarte. Aunque no me dejaste alternativa. Nunca lo haces – Candy hizo una mueca y casi se arrepiente de seguir con la disculpa –, pero no quise lastimarte. Lo lamento.

-No. Yo me porté como una niña mimada. Tú solo intentabas…

-No lo intenté lo suficiente. Debí haber…

-Hiciste lo que debías. Fui yo quien…

-¡Ah! – exclamó Terrence, desesperado de ser interrumpido hasta el cansancio – ¡Bien! ¡Tú tienes la culpa de todo! ¿feliz?, discúlpate de rodillas y asunto resuelto.

Candy enmudeció de pronto, pero luego, fascinada por la expresión de su actor favorito, se mordió los labios y echo a reír.

-¿Qué es tan gracioso, pecas?

-Nosotros.

Y te fuiste tú, y el verte de nuevo me inunda de gratitud
De ventura, de felicidad
La vida un día toca la puerta
Nos manda llamar, como hojas que el viento separa
Y después de algún tiempo las junta
Las vuelve encontrar

-Digámoslo juntos – propuso Candy.

-De acuerdo.

-Perdón – dijeron al unísono y sonrieron cómplicemente.

-Te perdono – asintió Candy.

-Y yo a ti.

No caben rencores, la cosa es así
Lo único que quiero mirar
Es que estás otra vez junto a mi

-¿Ivie se fue con…?

-Los Britter – confirmó Candy –. Berth los acompañó, Tienen mucho qué platicar.

-¿Por qué no fuiste con ellos?

-No es necesario. Ella pronto se irá y al fin tendrá los padres que siempre deseó – la pecosa contempló el cielo mientras una filosa daga atravesaba su corazón –. No me necesita más.

-¿Estás bien?

-Sí, todo está bien – mintió y suspiró hondo.

-Candy…

Atraída por el imán de su voz, la pecosa fijó su mirada en la suya, sumergiéndose en el maravilloso abismo azul de sus ojos. Supuso que tenía que decirle lo mucho que lo había extrañado. Al mismo tiempo, él, pensó que debía confesarle lo preocupado que se había sentido. Lo triste, solo y angustiado. Ambos querían hablar pero de pronto se dieron cuenta que ya lo hacían. No fue el silencio el que se apoderó del instante, era injusta esa posibilidad cuando había tanto qué decir, sino el lenguaje del amor. Terry y Candy coincidieron en que las palabras estorbaban esa tarde. Los limitaban, eran insuficientes, eran sólo palabras.

Terry le sonrió por un segundo y luego volvió el rostro al horizonte para observar el atardecer del cuarto día junto a Candy. Ella, a su vez, memorizó a consciencia su fascinante perfil. Cada línea, cada color, cada mohín.

Uno no sabe que decir,
La ocasión amerita una celebración de emociones
De hablar y escuchar
¿Qué te puedo contar? Si no se por dónde empezar
Te puedo abrazar, ya estás aquí
Es tu bienvenida y yo soy tan feliz. (1)

-Terry.

-¿Sí?

En un arrebato infantil, casi caprichoso, Candy se recostó sobre su regazo y cerró los ojos lentamente. Jamás se había sentido tan protegida y amada. Quiso pensar que no tenía que pensar. Que no había necesidad de planear el mañana. Solamente quedarse allí, sin irse, moverse o respirar. Aquel momento podía ser tan infinitamente frágil que le aterraba resquebrajarlo con un murmullo.

-Al fin terminó – dijo Terry, sonriente y satisfecho – lo lograste.

-Ambos lo hicimos – repuso agradecida cuando sintió la mano del actor acariciar su cabello – pero ¿y mañana?

-Mira – Terrence señaló el sol que se escondía en el ocaso, como si no hubiese nada más importante que ver –, esta a punto de ocultarse.

-Terry…

-Mañana aún está lejos – dijo y cerró los ojos para disfrutar de la primera brisa nocturna –, y no quiero empezar a vivirlo desde hoy.

El sol y sus luminosos rayos desaparecieron elegantemente para dar paso a las luminosas estrellas veraniegas. Una a una, se encendieron como traviesas luciérnagas de la noche. A pesar de que el espectáculo había concluido, ninguno de los dos se movió de allí. Un halo de paz, deliciosa y profunda paz, envolvió sus corazones y les regaló ese minuto de vida donde el tiempo cesó de envejecer. Fue magia, alquimia o brujería. No importó. Fue grandiosa. La pareja cerró los ojos con increíble sincronía para dejar que sus almas se aislaran del mundo al derredor. Del desconsuelo del mañana, maldito mañana. El que anunciaba la desventura y el sollozo del adiós.


-Anocheció – Kathleen aspiró profundo el aire fresco del campo al salir por la puerta. Lo extrañaría – bien, creo que será mejor irme.

-La acompañaré hasta la posada – Albert la ayudó a colocarse el abrigo y aspiró, como Kathleen, el suave perfume femenino.

-No es necesario. Sé que mi presencia no le agrada, así que no tiene por qué molestarse.

William analizó aquella repentina sensación en el estómago. ¿Sintió ofensa o culpa?, era verdad que Kathleen le había desagradó en un principio, pero sin darse cuenta, su presencia se tornó un aliciente para sus ojos. Los mismos que se preguntaban cómo se vería su rostro si por accidente sonriera.

-No pensé con la cabeza, señorita Gave – admitió –. Siento mucho no haber medido mis palabras. Es inusual que me comporte así.

-¿Solamente le pasa cuando conoce a una ciega que además es sorda? – inquirió con sarcasmo.

-Nunca dije eso de usted.

-Seguramente lo pensó.

Albert se sonrojó y bajó la mirada con una sonrisa.

-Quizás.

-Está bien. Estoy acostumbrada.

-Supongo que es una reacción natural cuando un desconocido intenta herir a la gente que amamos.

-No quise herir a nadie, señor Andrey. Sin embargo – dijo y encogió los hombros –, esa es la apariencia de mi trabajo. Ser una bruja. Pero vale la pena cuando se trata de mejorar la vida de nuestros niños.

-A pesar de eso, debe ser difícil vivir situaciones como ésta todos los días.

-Lo es – aceptó con cierto desencanto –. Sin contar que la mayor parte del día vivo encerrada en una oficina sin ventanas o flores, y con dos torres de papeles y archivos sobre mi escritorio – Kathleen se imaginó la postal y le dolió la cabeza –. Es inimaginable para mí disfrutar de un sitio tan hermoso como éste cada fin de semana. Lo envidio.

-Es bienvenida cuando quiera respirar aire fresco nuevamente. Y también – dijo con una gota de sudor en el cuello –… si quiere discutir con un necio para divertirse.

-Aunque no lo diga en serio, le agradezco. Es muy amable de su parte.

-¿Qué no lo digo en serio? – Albert levantó una ceja como si un resorte hubiera brincado en su cabeza –. Además de ser obstinada es incrédula.

-¿Cómo dice?

-Yo no digo mentiras, señorita Gave – aseguró mientras la miraba con cuidado –. Le prometo que volverá.

-¿Qué?

-Yo mismo la traeré.

-Señor Andrey – Kathleen se preguntó por qué hacía tanto calor en medio de la noche –. No tiene que prometerme nada. Yo no…

-No aceptaré un no como respuesta.

-Pero…

-Tampoco un pero…

-Es que…

-Ni hablar.

-Ni siquiera me conoce – rió nerviosa –. Soy una perfecta desconocida y usted es…

-William Albert Andrey – dijo y extendió la mano para sostener con fuerza la suya – un placer.

-Yo…

-¿Yo?

Kathleen cerró los ojos, derrotada.

-Soy Kathleen Gave. Una bruja aspirante a abogada. Mucho gusto.

-Para ser bruja, es una muy amable. ¿Le gustaría compartir una taza de café y explicármelo?

-No, yo… - repentinamente, el estómago de Gave respondió por ella.

-¿Tiene hambre?

-¡Dios!, lo siento - se disculpó, con la cara ardiendo de vergüenza.

-No hay motivo para apenarse. No hemos comido en todo el día. Asumo que no lo había notado.

-Creo que no.

-¿Tiene planes para cenar?

-¿Yo?... pues no. No todavía.

-Entonces ya los tiene – Albert la tomó gentilmente del brazo para escoltarla hasta su auto.

Lo logró. No supo cómo pero lo hizo. William sacó todo el aire de sus pulmones cuando Kathleen se introdujo al coche y la perdió de vista. No era la primera mujer que invitaba a salir pero… ninguna otra le había gustado tanto. Ninguna otra combinaba a la perfección inteligencia y belleza. Fantástico. Rápidamente recuperó la postura y se animó a continuar. Era únicamente una cena. La noche lucía hermosa y eso podría ser una buena señal. Dirigió su vista al firmamento revestido de brillantes luceros y distinguió el guiño travieso de una estrella fugaz. Sí, era un buen augurio.


Lakewood
Agosto de 1915.

-¿Cómo está?

-¿Cómo está quién? – Tom observó a Archie como si hablara en otro idioma.

-Annie, ¿quién más?

-¿Qué es lo que huele tan bien? – el vaquero atisbó su nariz y se acercó al heredero – ¿Te pusiste colonia?, no vamos a un conquistar señoritas casaderas ¿sabías?

-El hecho de que a ti no te importe tu arreglo personal – dijo Archie y alzó la nariz –, no implica que los demás pensemos igual.

-Sucede que no necesito usar nada artificial para conquistar a una mujer.

-¿Ni siquiera jabón?

-No me provoques.

-Te pregunté cómo estaba Annie. Responde.

-Ella… – Tom detuvo el arreglo de su silla de montar y perdió la mirada en el piso – está bien.

-¿Por qué no me dijiste que irías a verla?, pude haberte acompañado.

-¿Tenía que avisarte, papá?

-No finjas, Tom – Archie lo examinó de pies a cabeza, receloso –. Sé lo que sentías por ella.

-¿Qué? – Tom contuvo el aliento y abrió los ojos como platos.

-Crecieron como hermanos. Sé lo que es perder uno de ellos, así que no finjas que no te importa.

-Ah… – Stevenes respiró aliviado al notar que su secreto estaba a salvo – sí, hermanos. Por supuesto, claro que me importa. Pero mi visita es cosa entre ella y yo.

-De acuerdo, si no quieres hablar, lo respetaré – Archie subió a su caballo con elegancia y sujetó las riendas con fuerza –. ¿Listo para irnos?

-Listo – Tom lo imitó y miró por última vez la casa de los Britter a la distancia.

-¿Dónde será la recepción? – preguntó Archibald.

-¿Recepción? – el vaquero hizo una mueca como si le hubieran pateado el estómago –. Tenías que hablar como millonario.

-Bien. La fiesta, reunión o lo que sea que ustedes los vaqueros hacen después de un rodeo.

-Sígueme. Y compórtate. No quiero verte comiendo con cubiertos y exigiendo a la camarera que te limpié la boca cuando termines de comer.

Hermana…

Sobre su caballo, Tom sonrió con melancolía. Archibald no sabría jamás lo mucho que amó a Annie, pero sí podría compartir ese secreto con él, en silencio, como un lazo que ataría su amistad.

-Sí – pensó al ver la cara sonriente de Annie en sus memorias –. Pudo haber sido diferente, pero no se puede cambiar el destino. Alguna vez Anthony me dijo que la gente no muere. Que vive para siempre en los corazones de quienes los amaron. Ahora lo comprendo. La gente podrá decir que te has marchado, querida Annie, pero yo sé que, en realidad, jamás te has ido de mi corazón.


Notas (originales)

Terry Granchester… pasaron casi dos décadas para volver a ver tu sonrisa, para escuchar tu voz, para verte llorar, para imaginarte reír, pero hoy 28 de enero de 2005, el primer día del resto de mi vida, me di cuenta que jamás te marchaste… de mi corazón. Feliz cumpleaños.

¿Comentarios?

Y a todas las demás que se tomaron… mmmhhh, qué sera… ¿15 minutos?, en leerme, que Dios les devuelva su maravillosa bondad siete veces siete.

Referencia

(1) "Bienvenida" – Fernando Delgadillo.


Notas actuales

REEVEN, DAYANA, LEYLA, IRLANDA, RONY Y ARELY. ESTE CAPITULO TAMBIEN ES PARA USTEDES QUE OSAN INVERTIR SU TIEMPO EN MIS LOCAS PALABRAS. CON TODO CARIÑO LES DEDICO LA MITAD DE MI ESFUERZO Y ALEGRIA AL REESCRIBIR ESTE CAPITULO. LA OTRA MITAD ES PARA USTEDES, LECTORES ANONIMOS QUE VIAJAN EN LA WEB EN BUSCA DE UN VASO CON AGUA DE CRISTALINA LITERATURA AMATEUR.

UN ABRAZO... Y SOBRE YUME, POR SUPUESTO QUE VOY A CONTINUARLO, Y ESPERO QUE TENGAN NOTICIAS DE EL, EL PROXIMO FIN DE SEMANA. HARE MI MEJOR ESFUERZO, Y UN POCO MAS.

ARIGATO, NE

JA

EMERA-CHAN