Capítulo 29

Malos entendidos

POV EDWARD.

La historia es de mi autoría, los personajes de S.M.

XXX

Una de las muchas cosas que me enseñó mi padre, es, que cuando estás molesto, no debes desquitarte con las personas que están a tu alrededor. Pero, ¿Qué se hace cuando estás molesto y herido a la vez?

Cierro la puerta del departamento de Bella.

Supongo que este es uno de los episodios donde todo tiene su primera vez, incluso en las relaciones buenas.

Camino despacio hasta mi auto y justo al alza el rostro, unas gotas de lluvia me comienzan a mojar. Me trae un poco de paz, porque distrae mi mente de todas esas cosas que pienso ahora.

¿A dónde debo ir?

La lluvia comienza a traspasar mi ropa. Entro a mi auto y suspiro, con ambas manos en el volante, intentando crear una ruta en mi cabeza donde creo que estaré tranquilo.

Sin más, enciendo el motor y avanzo.

Todo en silencio, por la calle la gente camina despacio o lento, depende de quién traiga sombrilla o de a quién le importe un comino estarse mojando.

Yo iría lento.

Después de unos diez minutos, me estaciono fuera de un club. Pero no esos que están infestados de borrachos ni mujeres de falda corta. Es un club de Jazz. Pocas personas lo frecuentan y yo estoy agradecido por ello.

Me bajo y guardo las llaves en la bolsa de mi pantalón. Cuando entro, la luz cálida del sitio hace el clic exacto del tipo de ambiente que me gusta.

Hay una canción puesta, pronto llegará la música en vivo. Por el momento solo reconozco a Dave Brubeck con su famoso Take a five. Sonrío para mí mismo, me encantaría traer a Bella aquí algún día, pero la sonrisa se me borra cuando me acuerdo de lo ocurrido.

¿La traeré algún día?

Me siento en la barra del lugar y el barman me atiende.

—¿Qué le sirvo, caballero?

—Whisky sin hielo— murmuro solo una vez.

El hombre asiente, sabe que no bebo tan fuerte, pero hoy se me antoja. Quizá la ocasión no sea para tanto pero también necesito relajarme, entre los pendientes de todo, el embarazo, incluso haber cuidado de Riley, me han puesto tenso.

La bebida llega rápidamente. Y bebo despacio primero pero tras el primer escozor, mi garganta se traga todo de una.

—Otro— pido.

El hombre vuelve obedecer así, hasta que suman tal vez unos diez tragos en menos de media hora. Estoy mareado, pero relajado.

De pronto, el animador anuncia un grupo de Jazz en vivo. No reconozco el nombre y menos los integrantes, pero admito que tienen talento.

Cuando menos lo espero, hay parejas bailando. Sonrío como bobo ante la audiencia y brindo hacia la nada.

—Hola, mi amor.

Yo volteo confundido hacia la voz.

—¿Qué?

Una mujer demasiado rubia para ser natural, me sonríe abiertamente.

No es como que sea vulgar pero luce demasiado mayor para el vestido que trae puesto.

—Estás muy solo, ¿me invitas una copa?

Yo hago un movimiento de hombros evasivo, me importa poco.

—¿Y qué te trae por acá?

—El alcohol— respondo sin más.

Ella se ríe.

—Muchos de nosotros venimos por la música.

—También— bebo lento y algo achispado.

—¿No te gustaría ir a un lugar más privado? — se recarga en la barra mostrando sus caídos pechos. Yo no la miro, me concentro en beber.

—¿Quieres privacidad? Ve al sanitario— la ignoro.

—No seas grosero, soy mayor pero con experiencia.

—¿En hacer galletas? — pregunto.

Frunce la boca, toma el trago y se marcha. Por fin solo, pasan tres o cuatro canciones más, hasta que la madrugada me alcanza.

Camino, pago la cuenta y tamborileo mis dedos en la barra esperando mi tarjeta.

—¿Le pido un taxi, señor?

—Sí… Lo necesito— comento fallando en guardar mi billetera.

—En seguida— dice el camarero.

—Lo esperaré afuera, necesito… Aire fresco.

Con dificultad, me paro y me recargo en un poste cerca del lugar. Pongo la cabeza mirando hacia el cielo y la brisa fría de la madrugada me golpea de forma que me sube más la borrachera.

No sé cuanto tiempo estoy así, hasta que una mano, me toma del brazo.

—¿Edward?

Yo niego confundido sin distinguir la voz femenina.

—¿Qué?

¡Mierda, veo doble y borroso!

—¿Qué haces aquí?

—Espero mi taxi.

—¡No puedo permitir que Edward Cullen viaje en taxi!

—¿Cómo sabes que…? ¿Cómo sabes mi nombre?

La voz femenina se ríe y suspira.

—¿Ya te olvidaste de mí? Soy tu verdadero amor, mi Edward.

Sonrío a medias, no sé si es por el alcohol o porque estoy dolido, las cosas son tan distintas cuando uno bebe y me recargo firmemente en sus caderas delgadas, eso me sugestiona pero no le presto atención, cayendo de rodillas frente ella.

—Te he echado de menos— moqueo.

—¿De veras? — Acaricia mi cabello—. Levántate. Te llevaré en mi auto, ¿vamos a tu casa?

—No quiero que conduzcas, es peligroso.

—No soy yo la borracha. ¿Vamos?

—¿Por qué quieres ir a mi casa? — me levanto ya con los ojos cerrados y cansados, podría dormir encima de una piedra.

—¿A dónde más iríamos? — pregunta conmigo recargado en sus brazos.

—¿Por qué hueles distinto?

—Cambié de diseñador— murmura abriéndome la puerta y yo caigo rendido en el copiloto.

—¿Desde cuándo usas perfumes caros? — me cruzo de brazos y dormito un poco.

—Toda mi vida, Eddy.

¿Eddy?

—¿Bella, cuando me has dicho Eddy? — inquiero tan bajo que mi sueño casi me vence.

—¿Qué dices, cariño?

Apenas la escucho cuando el avanzar del auto me arrulla.

Estoy increíblemente muy ebrio.

Los edificios pasan como borrones frente a mis ojos. Cuando paramos, reconozco el estacionamiento de mi edificio donde vivo. Me sorprende que Bella sepa como entrar.

—Llegamos— anuncia.

—¿Cómo has sabido? ¿Mamá te dijo?

—¿De qué hablas? Prácticamente vivía aquí— dictamina la voz que ahora más lúcido, no reconozco tan fácil.

Salgo y camino al elevador.

—No deberías ayudarme— comento medio convencido.

—Anda ya, que podrías romperte el cuello si caes así de ebrio. ¿Crees que quiero eso en mi consciencia? ¿Qué pensaría tu madre de mí?

No hago mucho caso, tecleo la contraseña de mi piso y el elevador se abre.

Entra conmigo, yo de nuevo me recargo en la pared del enorme cubo de fierro y espero a que el mareo se pase conforme los pisos suben.

Es aquí cuando borracho, me invento un monologo sin estructura para poder hablarle sobre lo que ha pasado esta noche, pero sigo achispado, muy achispado a pesar de haber cenado antes.

—¿Qué ha pasado esta noche? — pregunta al sonar del timbre de llegada.

—Me he pasado de copas— murmuro tambaleándome.

—¡Eh, Edward! ¡Cuidado! — Me hala de la chaqueta apenas unos centímetros antes de estampar la cara en la pared—. ¡Vaya adolescente!

Yo me río.

—¿También vas a cuidarme a mí? ¿Qué hay de los bebés? ¡Son tres!

—¿De qué bebés me hablas? ¡En mi condenada vida tendré hijos! — me refuta.

Yo son consciente apenas cuando sus palabras entran lentamente y como una computadora vieja, lo entiendo todo.

—Tú no eres Bella— afirmo.

—¡Claro que no! — se cruza de brazos indignada y altiva la muy conocida Kate de Vulturi.

—¿Por qué…?— ahora más consciente la veo toda vestida distinta.

Ella no contesta, teclea al azar el código de seguridad de mi departamento y entra.

Yo me quedo como estúpido.

—¿Qué diablos haces?

—Pues entro, me debes un favor. Además, ¿no serán tan maldito como para echarme cuando llueve y luego de traerte a tu casa sano y completo?

Yo camino lentamente hacia dentro.

—No quiero problemas con Aro.

—No los tendrás— mira hacia las paredes y suspira—. Le di una buena dosis de somníferos antes de salir. Hacía semanas que no me lo quitaba de encima— se suelta el cabello.

¡Que desgraciada!

—Sino lo amas, déjalo en paz. Él merece pasar tiempo de calidad por su edad.

—¿Y qué crees que le doy? — Hace un gesto de asco con los labios—. Y eso si puede y no se duerme.

—Kate, basta.

Suspira y sin más, se echa en mis brazos.

—Ven, Eddy. Hagamos el amor…

Yo me aparto, un poco mareado.

—Déjalo, llama a uno de tus guaruras y diles que vengan por ti.

Ella golpea su tacón contra el piso.

—¿Y qué quieres que les diga cuando me vean salir a mitad de la noche a casa? Con el cabello suelto y el labial corrido— se lo limpia con la mano y parece haber salido recién de una intensa sesión de besos—. Eso lo mataría. La pobre traición de su adorado Edward, como un nieto para su adorado y viejo Aro.

—¡Estás loca! Sabes que no podría echarte a patadas porque mi moral…

—Sí, sí, sí. Tu estúpida ética— pone los ojos en blanco—. ¿A dónde te ha llevado eso?

Yo me sostengo del tabique de mi nariz.

—Fuera de aquí.

—No lo haré. Con toda sinceridad, tengo toda la noche aquí y un diluvio afuera que te obliga a dejarme aquí.

Yo suspiro.

—Toma la habitación mía, yo dormiré en la de huéspedes.

—¿Y si compartimos? — juega con el tirante de su vestido y lo deja caer sutilmente hasta desnudarla frente a mí.

Yo la miro y honestamente, no me provoca nada. Sonrío de lado, ella piensa que triunfa.

—¿Estás de juego? Cúbrase, señora Vulturi.

Su sonrisa se borra.

Paso de largo, ignorándola. Camino hasta la habitación que tengo extra y me encierro.

Dentro, me despeino un poco alterado y me comienzo a desnudar para poder tomar un baño.

Despejado de mente y cuerpo, comienzo a caminar por la habitación dándome cuenta de que el móvil lo tengo lleno de mensajes y llamadas preocupantes de parte de Bella. Me duele mucho que esté alterada sabiendo que no he vuelto a su lado, pero tampoco quiero importunarla tan tarde, son cerca de las tres de la mañana. A esta hora y en su estado, debe estar rendida y dormida.

Hago un gesto chasqueando la lengua, mañana hablaré con ella, tan calmado y pacíficamente como pueda.

Esta situación de Kate se podría salir de las manos sino lo manejo adecuadamente, además, ¿qué podrá pensar Aro si se entera? ¡Lo mataría!

—Ay, Bella. No creí pasar la noche lejos de ti.

Los relámpagos resuenan a lo lejos.

Decido mejor meterme a la cama, un poco nervioso a sabiendas que Kate está demasiado callada para ser Kate. Eso me tiene con pendiente, ya que nunca debes esperar nada bueno de ella y menos cuando está en silencio ni armando un berrinche de tamaño colosal luego del claro desplante que le hice.

Es demasiado orgullosa para ello pero por vez primera me permito creer que ha cambiado.

Me entretengo un rato, queriendo distraer mi mente, mirando las fotos de Bella.

—¿Qué debo hacer para que creas que de verdad quiero estar contigo?

Mi mente divaga, los cambios en los hombres que de verdad se enamoran son drásticos. Lo he visto muy claro en el mismísimo Emmet. Ahora está encaprichado con su familia cuando yo de antemano sabía cómo era de los primeros en querer organizar una fiesta descontrolada.

Yo, claramente nunca fui de ese tipo de personas, aunque donde estuviera él, estaba yo. Siempre he sido más centrado y siempre he sabido lo que quiero.

Pero con Bella, todo corre al revés, o no sé de qué modo. Pero de verdad quiero todas las responsabilidades y regalos que vengan con ella y con los bebés. Estoy completamente enamorado de la idea de tener una familia, aunque eso me haya asustado en un principio.

Luego entro al navegador, miles de libros que hablan sobre padres primerizos y todas esas cosas que deben saber las personas antes de sostener un bebé propio, en mi caso, bebés.

—Ni siquiera tengo seis brazos, ¿cómo haremos para alimentarlos a la vez?

Esa idea no me la había planteado y navegando desde mi móvil, dan las casi cuatro de la mañana, el sueño me vence y me quedo dormido.

….

Apenas puedo abrir los ojos, casi por tan pocas horas de sueño. El insistente sonido de la vibración de mi celular me despierta un poco.

Parpadeo lentamente, hasta que siento demasiado calor.

—¿Qué pasa? — pregunto confundido.

Me asusto al ver a Kate enredada entre mis piernas y prensada a mi cuerpo como una garrapata, desnuda y despeinada.

Yo me sobresalto, sin hacer ruido. Ella apenas se mueve.

—¡Kate! ¿Qué diablos haces aquí? ¿Y por qué mierdas estoy desnudo?

Ella bosteza lentamente y me sonríe.

—Hola, solecito. Tenía miedo y me reconfortaste muy rico anoche.

—¡Estás loca! — me paro jalando mi sabana para cubrirme.

¡¿CÓMO MIERDAS ME HA DESNUDADO?!

—No lo recuerdas, baby. Anoche te hice gemir hasta venirte— se moja los labios.

Yo niego, me devano los sesos, queriendo recordar. ¡NADA! ¡NO PUEDO RECORDAR!

—No, Kate. Yo amo a Bella. Yo solo quiero estar con ella.

—No parecía— se mira los dedos a lo lejos—. Y no va a pensar eso cuando nos vea.

—¿QUÉ?

—Le mandé un mensaje desde tu móvil hace como media hora— me guiñe un ojo—. Le dije que tenías una sorpresa para ella.

—¡Hija de puta! — maldije por vez primera.

Me enfundo mis pijamas de anoche y la tomo de los brazos, desnuda y enredada en una sábana extra.

—¡Lárgate! No quiero que te acerques nunca más ni a mi, ni a mi familia.

Ella se jalonea.

—¿Cuál familia? ¡Ni siquiera la preñaste tú!

—¡VETE ARPIA! — Grito colerizado.

Tomo sus cosas y la empujo hacia la sala, cuando el clic del seguro, cede.

En verdad, nunca podré describir las emociones que vi en el rostro de mi hermosa Bella. Ni siquiera yo sabría que sentir ante tal cosa. Yo desnudo del torso, Kate enredada en sabanas transparente con un seno al descubierto, con su ropa en mano, como si huyéramos ambos, todo a la vista decía lo peor de mí.

Pero no lo era.

—¿Edward? —pregunta Bella, sosteniéndose el vientre y una lágrima rodando por su rosada mejilla.

El silencio es roto por el sonido del cristal al piso, del claro desayuno que había traído para ambos.

—Mi amor, no es lo que piensas— me sujeto del cabello con desespero.

Ella no hace un gesto siquiera.

Kate se ríe, sardónica.

Mueve los dedos en forma de saludo y se cuelga de mi cuello.

—¡SORPRESA!

Bella sale prácticamente corriendo a la salida y yo detrás de ella.