Bueno... ya estoy aquí de nuevo, tampoco he tardado tanto, ¿verdad?... La verdad es que conforme me acerco al final del fic me está dando una pena acabarlo que me cuesta mucho dar por finalizados los capítulos, por eso tardo un poco más, porque cada capítulo que acabo es un capítulo menos que queda... y yo me lo estoy pasando estupendamente escribiendo esta historia.

Bien, lo cierto es que este capítulo es uno de los que más me apetecía escribir. No sólo porque sale uno de mis personajes favoritos (jejeje), sino porque al principio pensaba ponerle el título de este capítulo al fic entero, es decir, "Harry Potter y la Tela de la Araña". Se me adelantó Agatha Christie, qué le vamos a hacer... pero eso os da una pista, La Tela de la Araña y La Sombra de la Serpiente se refieren al mismo personaje. Sí, apenas sale en el fic, pero es lo suficientemente importante como para darle título al libro... otra vez.

Muchas gracias a todos los que aguantáis este fic, me estáis dando toa la vida como se suele decir... vosotros sí que sois impresionantes. Todos.

- CAPÍTULO 29 -

La tela de la araña

Con la llegada del mes de mayo el frío abandonó el castillo de Hogwarts tan repentinamente como había aparecido, unos siete meses atrás. La brisa que días atrás era un vendaval helado y desagradable se convirtió en una cálida y perfumada caricia para los alumnos que se aventuraban a salir a los terrenos, acompañados por algún profesor al que hubieran podido convencer por métodos más o menos claros (y más o menos legales). El sol brillaba sobre la hierba de un intenso color verde esmeralda, reflejándose en la mansa superficie del lago, calentando incluso las montañas que rodeaban el castillo, cuyas cumbres aún estaban cubiertas de nieve.

Hermione no quiso ni oír hablar de emprender una investigación acerca de la nota que supuestamente McGonagall había enviado a Tonks para hacerla acudir al colegio urgentemente. Según dijo tajantemente, estaba dispuesta a cualquier cosa por encontrar los Horcruxes, incluso a saltarse algún examen (y fue capaz de decirlo sin atragantarse, para sorpresa de Harry), pero no pensaba suspender por investigar algo que, según ella, no tenía absolutamente nada que ver con ellos. Y nada de lo que Harry dijo, ni siquiera que los mortífagos podían estar intentando entrar en Hogwarts a por él, pudo hacerla cambiar de opinión.

Lo cierto era que, a una semana de los ÉXTASIS, también Harry estaba empezando a estar un poco desesperado por los estudios. Después del fiasco del medallón, cada vez tenía más claro que no iba a ser capaz de estar en condiciones de enfrentarse a Voldemort en un futuro próximo, y seguía con su idea de que convertirse en auror del Ministerio, pese a las molestias que aquello podía acarrearle (entre ellas, ponerse bajo la supervisión directa de Scrimgeour), era lo mejor que podía hacer. Y para ello tenía que sacar las mejores notas en los examenes.

A pesar de las protestas de sus compañeros, decidió suspender las reuniones del EH hasta después de los examenes; una vez terminado el campeonato de Quidditch, tampoco tenían que entrenar, y podían dedicar las tardes únicamente al estudio. De hecho, todos los miembros del EH que estaban en séptimo se lo agradecieron, pese a sus protestas iniciales. Y sabían reconocer que, a esas alturas, el examen práctico de Defensa Contra las Artes Oscuras lo tenían superadísimo.

No así el resto de las asignaturas, al menos en el caso de Harry; después de la reunión con la profesora Sinistra, se había dado cuenta de que necesitaba competir con todos los que quisieran acceder a la Escuela de Aurores para poder ingresar, y, por lo que sabía, podían ser todos sus compañeros de curso. No había muchos que pudieran superarlo en Defensa Contra las Artes Oscuras, al menos en la parte práctica, pero muchos de ellos eran mejores en Encantamientos e incluso en Transformaciones, y, puesto que "no había arreglado su situación sentimental", tampoco podía contar con superar a nadie en Pociones... Herbología era, como siempre, cuestión de suerte: si le preguntaban alguna planta que conocía, podía llegar al "Extraordinario"; si no, tendría que conformarse con aprobar.

Era extraño, sin embargo, ver a todos los alumnos de séptimo estudiando como si les fuera la vida en ello mientras el resto de la Sala Común jugaba, bromeaba y se dedicaba a las actividades más variopintas. Pero claro, más extraño sería ver un mes después a los alumnos mayores remoloneando por los pasillos a la vez que el resto del colegio daba el último repaso a los examenes. Harry nunca se había percatado de aquello, pero el que los ÉXTASIS se celebrasen un mes antes que el resto de los examenes, incluídos los TIMOS, propiciaba una serie de enfrentamientos ineludibles: los que querían estudiar frente a los que querían armar jaleo, y viceversa, y anunciaba una vuelta a empezar semanas después, cuando se hubieran cambiado las tornas.

Harry dedicó la mayor parte de su esfuerzo a Pociones, quizá porque todavía le escocía esa afirmación de Slughorn de que podía llegar a suspender si no volvía con Ginny; quería demostrar que no era así, y a la vez exigir al profesorado y a todo Hogwarts en general que dejasen de meterse en su vida privada. Algo bastante improbable, por supuesto, ya que tanto si hablaba con ella como si no los rumores (de reconciliación y de nueva ruptura) corrían por el castillo como la pólvora. Y aquello no le gustaba nada a Harry, no sólo porque nunca le había hecho mucha ilusión que hablasen de él (y había tenido disgustos para rato en ese sentido), sino porque esos rumores daban al traste con todo lo que había hecho por intentar evitar que Voldemort pudiera relacionar a Ginny con él. Sin embargo, era inevitable que los alumnos, e incluso los profesores, se agarrasen a cualquier cosa con tal de no pensar a todas horas en la guerra que se libraba fuera del colegio.

Le resultaba muy difícil, no obstante, concentrarse en los estudios, teniendo en cuenta que la primavera había llegado a Hogwarts y casi casi había dado ya paso a un verano de temperaturas agradables y sol brillante, que tenía la cabeza puesta a medias en las asignaturas y a medias en Ginny, y que, por encima de todo, flotaba el medallón con la Marca de Slytherin... aunque estuviera perdido para Voldemort tanto como para él, eso no suponía ningún consuelo, porque Voldemort no dependía de encontrar ese Horcrux para poder acabar con Harry. Y haber conseguido destruir dos Horcruxes en poco más de un mes tampoco lo consolaba; saber que uno de los que le quedaban por encontrar estaba fuera de su alcance no era precisamente algo que le alegrase el ánimo.

Tampoco era para animar a nadie tener que pasar las tardes enterrado entre pliegos y pliegos de apuntes, junto a otras dos montañas de pergaminos que tenían los ojos y las manos de Ron y Hermione. Sin embargo, unos días antes del primer examen ocurrió algo que apartó los apuntes de su mente por completo.

- ¡Harry! ¿Harry? ¿Estás ahí?

Harry hizo un esfuerzo sobrehumano por sacar la cabeza de entre los rollos de pergamino y vio a Colin Creevey, de pie junto a su mesa, con cara de desconcierto.

- ¡Vaya! - silbó Colin -. ¿Todo eso tienes que estudiarte, Harry? ¿Quieres que te ayude? Puedo preguntarte la lección...

- No, gracias, Colin - respondió Harry -. ¿Qué pasa?

- Oh... bueno - dijo Colin, un poco decepcionado, y se metió la mano en el bolsillo -. La directora me ha pedido que te diera esto.

Y le tendió un rollo de pergamino. Harry se sacudió de encima el resto de los apuntes y alargó la mano para cogerlo, sorprendido, murmurando una frase de agradecimiento.

- Ah - continuó Colin -, también ha dicho que no hacía falta que contestaras. Bueno, ahora que lo pienso es difícil que contestes, porque se ha ido...

- ¿Se ha ido? - preguntó Hermione desde debajo de su pila de apuntes, mientras Harry desataba la cinta del pergamino -. ¿Dónde?

Colin Creevey se encogió de hombros.

- Ni idea - respondió -. Aunque parecía que tenía prisa, porque se ha ido sin coger la capa...

- Gracias, Colin - dijo Harry, justo en el momento en que Ron tiraba abajo un montón de pergaminos y aparecía boqueando como si hubiera estado buceando. Colin sonrió y se dirigió hacia el agujero del retrato. Harry desplegó el pergamino.

Harry:

Hemos recibido una información de una fuente bastante fiable según la cual El Que No Debe Ser Nombrado se ha ocultado en alguna ocasión en una casa de la periferia de Londres. Si deseas ir a buscar a la serpiente, quizá este sea el mejor momento, porque ahora mismo la Orden está luchando en el sur de Escocia contra un grupo de mortífagos y, según Kingsley Shacklebolt, él mismo está entre ellos.

De cualquier forma, ten mucho cuidado y, si descubres que hay alguien en la casa, sal corriendo en seguida; no quiero que te arriesgues innecesariamente. Yo voy a reunirme con la Orden, pero si veo que El Que No Debe Ser Nombrado desaparece iré en seguida a reunirme contigo.

Ten cuidado con la serpiente: recuerda que estuvo a punto de matar a Arthur Weasley hace dos años. Y ya sabes cómo puedes avisarnos si te ves en apuros. Ahora mismo lo más importante es que te mantengas a salvo.

Mucha suerte.

Minerva McGonagall

- Va-vaya - murmuró Ron con voz temblorosa cuando Harry terminó de leer y dejó el pergamino encima de la mesa -. La Orden está luchando contra Quien-Vosotros-Sabéis...

- ¿Dónde está la casa esa? - preguntó Hermione, lanzando una mirada de soslayo hacia Ron, que tenía la mirada perdida y murmuraba ininteligiblemente.

- En... un barrio muggle - contestó Harry, mirando el pergamino extendido sobre la mesa -. Al lado del río...

- ¿Un barrio muggle? - exclamó Ron, sorprendido -. ¿Y por qué diablos iba a esconderse Quien-Tú-Sabes en un barrio muggle?

- Lógico - Hermione se encogió de hombros -. Si Voldemort no quiere que le encuentren, lo más razonable es que se esconda donde nunca se les ocurriría buscarlo... y a nadie se le ocurriría buscar a Lord Voldemort en un barrio muggle de mala muerte.

- Eso seguro - dijo Harry, doblando el pergamino y guardándoselo en el bolsillo de la túnica. Se levantó y echó una mirada a su alrededor: la mesa estaba cubierta y rodeada por todas partes de hojas y rollos tirados. Suspiró.

- No te preocupes - dijo Hermione, agitando la varita para volatilizar todos los pergaminos y levantándose a su vez. Se sacudió la túnica con la palma de la mano -. Bueno, ¿vamos?

Harry permaneció sentado, con el ceño fruncido y la mirada fija en el pergamino de McGonagall.

- ¿Hola? - dijo Hermione, agitando una mano frente al rostro de Hary -. ¿Nos vamos?

- No sé - respondió Harry en voz baja.

Hermione abrió la boca, asombrada.

- ¿Qué es lo que no sabes? - preguntó -. Harry, ¿qué pasa?

- Pasa que no sé si debemos ir ahora mismo a por Nagini - dijo él, levantando la mirada.

- ¿P-pero por qué? - exclamó Hermione, confusa -. McGonagall ha dicho que Voldemort no está ahora en...

- Ya lo sé, Hermione - dijo Harry -. Pero piensa un poco: si vamos y matamos a Nagini ahora mismo, Voldemort puede empezar a preguntarse si no iremos detrás de sus Horcruxes... Y todavía no hemos encontrado el medallón, no me puedo permitir el lujo de que Voldemort sepa que sé lo de los Horcruxes ahora, todavía no puedo enfrentarme a él.

- ¿Y qué quieres, entonces? - preguntó Hermione, ceñuda -. ¿Que la Orden espere a que encuentres ese medallón y entonces vuelva a dejarte el camino libre hacia la serpiente? ¡Harry, alguno de ellos podría morir luchando contra él, podrían estar muriendo ahora mismo!

- ¡Ya lo sé, Hermione! - repitió Harry -. Pero podrían morir cualquier día, en cualquier momento, y sin embargo...

- ¿Y no se te ha ocurrido pensar que a lo mejor la Orden se ha prestado como señuelo para que tú pudieras entrar en la casa donde se esconde Voldemort? - le increpó ella. Harry guardó silencio.

- Puede ser - intervino Ron, pensativo -. Si no, ¿cómo iba a saber McGonagall que se iban a enfrentar con un grupo de mortífagos?

- En la nota dice que están luchando en este momento, no que vayan a...

- ¿Y crees que McGonagall iba a perder el tiempo en mandarte una nota si se hubiera enterado de que la Orden estaba luchando contra Quien-Tú-Sabes en ese instante? - preguntó Ron -. Personalmente, creo que si la hubieran avisado de algo así, habría salido corriendo sin dar cuentas a nadie...

- Colin ha dicho que no se había llevado la capa - murmuró Harry. Ron soltó un bufido.

- Pero ha tenido tiempo de coger una pluma, un pergamino, escribirte una carta y buscar a alguien que te la trajese, ¿verdad? - gruñó.

- La verdad - comentó Hermione - es que casi da la sensación de que lo haya preparado todo para que parezca que ha sido algo fortuito...

- Demasiado chapucero para haberlo preparado, ¿no creéis? - dijo Harry -. Se ve a distancia...

- Sí, pues tú no te habías dado cuenta - respondió Hermione bruscamente.

- A lo mejor quería que nos diéramos cuenta de que... - comenzó Ron. Hermione le lanzó una mirada asesina.

- Estamos perdiendo el tiempo - dijo ella -. Harry, puede ser que no tengamos otra oportunidad de acabar con la serpiente sin que tengamos que enfrentarnos a Voldemort. Y recuerda que antes de matarlo a él tienes que destruir todos los Horcruxes, no puede ser al revés.

Harry suspiró.

- Sí, supongo que tienes razón - contestó, levantándose de la silla y estirando los músculos -. Igual podemos apañar las cosas para que parezca que Nagini ha muerto por accidente, o que ha sido... no sé, el Zoológico, un instituto muggle de experimentación científica, o algo.

- No creo que sea fácil engañar a Ya-Sabes-Quién - gruñó Ron poniéndose de pie -. Algún día tendrás que explicarme qué es eso del prostituto de extracción cienlo-que-sea, por cierto. Me interesa sobremanera.

- No se te da bien la ironía, Ron - comentó Hermione en tono casual, guardando la varita en el bolsillo -. Bueno, ya hemos perdido mucho el tiempo. ¿Nos vamos?

- Vámonos - respondió Harry en tono resignado -. Voy a por la Capa.

Se materializaron en una calle estrecha, empedrada, donde la penumbra inundaba el aire como una espesa y húmeda niebla, ocultando las casas que se agolpaban en uno de los lados de la calzada. Al otro lado, una verja antigua y oxidada separaba la calle de un jardín sucio y descuidado, lleno de basura, papeles tirados y restos de comida, que bajaba en pendiente hasta morir en un río de aguas oscuras y aspecto contaminado. El silencio, opresivo, amenazante, tenía personalidad propia: una personalidad poco agradable, ya que el mismo aire parecía susurrar que no eran bien recibidos en ese lugar. Era la única señal de vida, exceptuando el susurro de las negras aguas del río.

- ¿Seguro que es aquí? - musitó Ron, paseando una mirada aprensiva por las hileras e hileras de desvencijadas casas de ladrillo, con las ventanas tapadas por persianas destartaladas, como ojos ciegos fijos en las tres figuras que acababan de aparecer en la calle.

- Cr-creo que sí... - contestó Harry, levantando la mirada hacia la enorme chimenea, vestigio de una fábrica abandonada, que sobresalía entre los tejados, sombría, amenazante, como un obelisco reliquia de algún tenerbroso culto pagano que aún conservase su poder. Sacó el pergamino del bolsillo y observó detenidamente el mapa que la directora había garabateado apresuradamente -. La fábrica viene en el mapa... Es por aquí.

Ron y Hermione le siguieron por un callejón aún más estrecho y opresivo que la calle de la que salían hasta llegar a una calle prácticamente idéntica, aunque en lugar de la orilla del río había más hileras de casas desvencijadas.

Caminaron por el desierto laberinto de callejuelas tenuemente iluminadas por las escasas farolas que conservaban las bombillas; la mayoría estaban fundidas o rotas, por lo que tenían que tantear el terreno con los pies y avanzaban a trompicones, tropezando los unos con los otros, entre charco y charco de luz. Harry apenas podía vislumbrar el plano garabateado en el pergamino, y en ocasiones vacilaba a la hora de torcer por tal o cual calle; sin embargo, la gigantesca chimenea de la fábrica abandonada, que se erguía sobre ellos ominosamente, les indicaba la dirección con más claridad que el plano.

- ¿Seguro que vamos bien? - susurró Hermione al cabo de un rato, mientras subían por una calle adoquinada y sin ningún tipo de iluminación. Harry sacó la varita.

- Lumos - musitó, y levantó la varita. Bajo el débil halo de luz, vieron un destartalado cartel, que colgaba torcido de la pared -. Spinner´s End - leyó -. Sí, es en esta calle.

Avanzaron sobre la calzada adoquinada, desde donde se percibía nítidamente la brisa maloliente que provenía del río gracias a la helada brisa nocturna, hasta llegar a la última casa de la calle, la única cuya ventana no estaba tapiada con tablas de madera. No había señal de vida, ni una luz, ni un sonido que indicase que había alguien en su interior.

- Deberíamos ponernos la Capa...

- Parece que no hay nadie - dijo Ron en un susurro, apoyando la oreja contra la puerta de madera negra -. No se oye nada.

Abrió la puerta de un leve empujón, y cerró los ojos al oír el chirrido de las bisagras. Hermione contuvo un gemido y entró detrás de él, con Harry pisándole los talones.

A la luz de la varita encendida de Harry vieron un pequeño cuarto de estar, oscuro, tétrico, con las paredes cubiertas de estanterías repletas de libros de colores oscuros, encuadernados en piel. En el centro había un sofá raído, un sillón que se caía a pedazos y una mesa desvencijada, bajo una lámpara llena de velas apagadas que colgaba del techo, los hilillos de cera seca formando figuras fantasmagóricas en los brazos metálicos de la lámpara. Daba la impresión de no haber sido habitada en los últimos siglos; estaba incluso más deteriorada que la Casa de los Gritos de Hogsmeade.

- Parece que sólo hay una habitación... - murmuró Hermione, observando detenidamente una de las hileras de libros que se extendía, a la altura de sus ojos, de pared a pared. Ron gruñó algo prácticamente inienteligible acerca de que sólo tenía ojos para los libros y se reunió con ella, a cierta distancia de Harry, que miraba con curiosidad las formas oníricas de la cera caída de las velas.

Algo le golpeó fuertemente la pierna, haciéndole perder el equilibrio. Conteniendo una exclamación, bajó la mirada y se quedó desconcertado al ver el cuerpo inerte de Ron, caído en el suelo, desmadejado. Medio metro más allá estaba Hermione, también inconsciente.

- ¿Qué...?

- Vaya, Potter - dijo una voz dura, cortante como un cuchillo, desde la pared -. Qué amable por tu parte hacerme una visita... Aunque sea a estas horas.

Harry levantó la vista, aturdido: una de las paredes cubiertas de libros había girado sobre sí misma, dejando a la vista un hueco que daba a una estrecha y empinada escalera de piedra. Allí, en el umbral, con su habitual sonrisa sardónica, la túnica negra hasta los pies, el pelo negro y grasiento, la nariz ganchuda, los ojos oscuros, brillantes de odio, fijos en los suyos, estaba Severus Snape.

Harry se lo quedó mirando un instante que pareció un siglo, y en ese momento sintió cómo toda la rabia, el odio y el dolor que los meses apenas habían conseguido mitigar explotaban en su interior. Allí estaba, apoyado indolentemente contra el quicio de la puerta, observándolo con un brillo divertido en los ojos... El asesino de Dumbledore, el que había empujado a Sirius a la muerte, el que envió a Voldemort a asesinar a sus padres y al mismo Harry. El hombre que le había hecho la vida imposible desde que cumplió once años.

Ni siquiera se paró a pensar que era uno de los mortífagos más poderosos al servicio de Lord Voldemort, o que la última vez que se enfrentaron había sido capaz de bloquear todos sus hechizos sin apenas esfuerzo; simplemente, Harry no pensó nada. Ni siquiera fue consciente de lo que hacía, pero antes de que su cerebro registrase la idea, los músculos de su brazo ya se habían movido a la velocidad del rayo y había levantado la varita. Ni siquiera le dio tiempo a pronunciar el hechizo: simplemente lo lanzó, su brazo respondiendo al repentino impulso de acabar con aquel hombre, la parte inconsciente de su mente actuando antes de que la consciente se diera cuenta.

Fue demasiado rápido incluso para Snape, y el hecho de que ni el cerebro de Harry supiera que había lanzado aquella maldición impidió que el ex profesor fuera capaz de hacer algo más que desviar una pequeña parte del hechizo. Un rayo de luz roja, deslumbrante, golpeó a Snape en el pecho y le hizo trastabillar hacia atrás, tambaleándose. Harry respiró profundamente, entrecerrando los ojos, y se acercó a él, rodeando al inconsciente Ron, con la única idea de destrozarlo miembro a miembro ocupando su cerebro.

Snape hizo un movimiento rápido con la varita, y de su extremo surgieron unas cuerdas que, lanzándose sobre Harry como si tuvieran vida propia, se enroscaron en sus tobillos y alrededor de sus brazos como si de serpientes se tratase. Harry se tambaleó, perdió el equilibrio y, sin un quejido, se desplomó sobre el destartalado sofá que presidía la habitación. Una nube de polvo lo envolvió, haciéndole toser.

El polvo enfrió considerablemente su furia, y permaneció inmóvil, observando cómo Snape se acercaba lentamente a él, enarbolando la varita; la sonrisa sardónica se había evaporado de su rostro, tenso de rabia.

- A ti te quiero vivo, Potter - dijo en un susurro cargado de veneno -. Pero a ellos no - señaló con un gesto los cuerpos caídos de Ron y Hermione -. De modo que ándate con ojo y no me hagas perder el tiempo.

Pero Harry no lo escuchó. Cuando el polvo volvió a asentarse, pudo ver que su hechizo, si bien no había conseguido herir a Snape, sí había logrado rasgar la eterna túnica negra del antiguo profesor. A la altura del cuello había un desgarrón alargado, que se extendía hasta el inicio del pecho, por el que podía entreverse la piel pálida, lechosa. Cuando Snape se inclinó sobre él para comprobar que estaba bien atado, un colgante asomó por la rotura de la túnica, y quedó pendiente del cuello del mortífago, sobre la cabeza de Harry.

Un colgante grande, pesado, de oro macizo. Un medallón con una serpiente en forma de S grabada en su superficie.

Harry se quedó mudo, estupefacto, con la boca abierta y los ojos fijos en el Medallón de Slytherin, que pendía balanceándose alegremente del cuello de Snape.

- No puede ser - susurró, haciendo una mueca de dolor cuando el antiguo profesor tironeó de las cuerdas que ataban sus manos.

Snape le dirigió una mirada escrutadora y se apartó, llevándose la mano al cuello. Bajó la vista, vio el desgarrón de su túnica y murmuró una maldición.

- Así que fue usted - dijo Harry, parpadeando, asombrado -. Lo cogió de la sede de la Orden...

Snape cogió el medallón y volvió a esconderlo dentro de la túnica. Se enderezó y lo miró con los ojos entrecerrados.

- No digas tonterías, Potter - gruñó -. Qué sabras tú de...

- Sé más de lo que cree - contestó imprudentemente Harry, desafiante -. Por ejemplo, sé que lo que lleva colgado al cuello no es precisamente una baratija. Dígame - continuó, forcejeando con los nudos de las cuerdas para intentar desenredar la varita, que tenía atrapada en la mano derecha -: ¿sabe Voldemort que lo tiene, o todavía piensa que está escondido en la cueva donde lo encontró Regulus Black?

Snape enarcó una ceja, sorprendido, y apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea horizontal que cruzaba su rostro como un tajo. Se dio la vuelta y empujó con el pie el cuerpo de Ron, como si comprobase que estaba realmente desmayado.

- Ah - dijo al fin, estudiando detenidamente a Hermione, que permanecía tumbada junto a Ron -. Así que sabes lo de Regulus... Tendré que asumir que también sabes lo que es el medallón -. Giró sobre sus talones y miró a Harry directamente a los ojos. Harry se estremeció. Snape tenía un brillo calculador en la mirada que era francamente espeluznante -. Supongo que esto cambia las cosas - dijo serenamente -. Mi intención era llevarte ante el Señor Tenebroso para que él acabase contigo... de hecho, eso era lo que pretendíamos al engañarte para hacerte venir aquí. Pero ahora tendré que matarte yo mismo... No puedo permitir que le digas al Señor Tenebroso que tengo su Horcrux.

Se sentó en el sofá a los pies de Harry y apoyó los codos sobre las rodillas, en un gesto tan normal, tan fuera de lugar, que casi parecía que realmente hubiese invitado a Harry a tomar el té.

- Fui yo el que descubrió lo del Horcrux del Señor Tenebroso - dijo Snape, jugueteando con la varita -. Poco tiempo después de unirme a sus mortífagos, comprendí que había dividido su alma... Supongo que Dumbledore también lo descubrió: no creo que tú tengas la inteligencia suficiente como para darte cuenta de algo así.

Harry no dijo nada. La curiosidad había relegado la rabia a un rincón de su mente, y en esos momentos ni siquiera las habituales burlas de Snape podían espolearle para que respondiera. No quería interrumpirle, ahora que parecía dispuesto a confesarse... aunque Harry sabía que si Snape le estaba contando todo aquello era porque no pensaba dejarle vivir lo suficiente como para que disfrutase de ese conocimiento.

- Yo metí a Regulus en el círculo más cercano al Señor Tenebroso - continuó Snape, sin esperar respuesta -. Sabía que era lo que Regulus más deseaba, y que podía llegar a serme útil... También le conté lo del Horcrux, y le puse en bandeja el Medallón de Slytherin para que lo robase... En realidad fue muy sencillo, ¿sabes? - miró a Harry con una sonrisa burlona -. El muy tonto creía que estaba destinado a suceder al Señor Tenebroso cuando éste... bueno, cuando éste dejase el poder. Pobre imbécil crédulo - añadió cruelmente.

- Cuando es evidente que eso se lo reservaba usted, ¿verdad? - murmuró Harry sin poder contenerse -. El destino de suceder a Voldemort, digo - explicó al ver la mirada inexpresiva de Snape.

Éste esbozó una sonrisa sardónica.

- Así es, Potter - asintió con un gesto evasivo.

- Claro - dijo Harry en voz baja. Había dejado de luchar por empuñar la varita: a decir verdad, la conversación le parecía mucho más interesante que el peligro que corría. Por supuesto que Snape quería suceder a Voldemort. Si no, ¿por qué iba a convencer a Regulus para que lo robase, sólo para hacerse con él sin que Voldemort lo descubriese? ¿Por qué iba a conservarlo a escondidas, si no era para guardarse ese as en la manga, ese pequeño factor que le daba poder sobre él? Porque a Harry no se le había escapado un detalle: que Snape creía que Voldemort sólo había creado un Horcrux, y que ése era el que él tenía colgado del cuello.

- Pero eso es cosa mía - dijo Snape dándose una palmada en la pierna y levantándose del sofá. Harry vio por el rabillo del ojo que Hermione hacía un leve movimiento, y se esforzó por no desviar la mirada hacia ella, para que Snape no descubriese que estaba recobrando el conocimiento -. Bueno, Potter... el Señor Tenebroso creía que morderías el anzuelo y vendrías para enfrentarte con él, pero ahora veo que en realidad sabías que él no estaría... ¿Buscabas este medallón, acaso? Sí, por supuesto - se respondió a sí mismo -. Bueno, qué suerte la mía - sonrió -. Me libro de ti, por fin, y el Señor Tenebroso sigue sin saber que su Horcrux ha desaparecido de su escondite. Y todo por prestarme a venir a por ti en su lugar...

- Debe ser el destino - murmuró Harry, ausente, tratando por todos los medios de no mirar a ningún sitio que no fuera a donde estaba Snape. El rostro de éste se contorsionó de rabia.

- Sea lo que sea - dijo, sacando de nuevo el medallón de debajo de su túnica y acariciándolo -, no es asunto tuyo, Potter. O no lo será dentro de un minuto.

Harry vio como en un sueño cómo los largos dedos de Snape acariciaban la serpiente en forma de S grabada en el medallón.

- También fue usted el que atacó a Malfoy - dijo de pronto, comprendiéndolo al fin -. "La serpiente... la serpiente..." No fue Nagini, ¿verdad? - preguntó -. No se refería a la serpiente de Voldemort, se refería a usted.

Snape soltó una carcajada sin pizca de humor.

- Ese niñato entrometido - contestó con crueldad -. Descubrió que yo tenía el medallón.

- Qué descuido - se burló Harry, más para ganar tiempo mientras Hermione decidía si estaba consciente o no (se estaba tomando su tiempo) que porque quisiera interrumpir a Snape, que hizo una mueca desagradable.

- Apuesto a que no tenía ni idea de lo que era - continuó Snape -. Pero no podía arriesgarme a que se lo dijese al Señor Tenebroso y lo echase todo a perder... No creo que haya muchos medallones decorados con la Marca de Slytherin. El Señor Tenebroso descubriría en seguida que se trataba de su Horcrux. Y todavía no estaba preparado para hacerle frente.

- De modo que lo atacó - dijo Harry, encogiéndose de hombros y clavándose una de las cuerdas profundamente en la muñeca. Contuvo un gemido -. Pero no lo mató...

- Se me escapó - reconoció Snape, indiferente -. No importa: de hecho, su madre me informó al día siguiente de que había llegado hasta Hogwarts, donde murió a las pocas horas...

- ¿Y cómo lo sabía su madre? - preguntó Harry.

- Supongo que una madre tan protectora como Narcissa tendrá formas de saber esas cosas - dijo Snape con una mueca -. Es igual. Bueno, Potter - añadió, pensativo -. ¿Qué voy a hacer contigo?

- Pensaba que ya lo tenía claro - respondió Harry, mientras un escalofrío le recorría la columna vertebral. ¿Ya había llegado el momento...?

- Sí, bueno - dijo Snape, rascándose el mentón -. Lo más inteligente sería matarte, por supuesto. Pero olvidaba que, según parece, eres el único que puede matar al Señor Tenebroso... y eso también me conviene, aunque después tenga que matarte para que dejes de molestarme.

- No pretenderá que mate a Voldemort para que usted pueda tomar su lugar, ¿verdad? - preguntó Harry, incrédulo. Snape sonrió.

- No te has sorprendido. Vaya... De modo que Dumbledore también te contó lo de la Profecía, ¿eh? - dijo, chasqueando la lengua -. Por curiosidad, ¿cómo terminaba? Me temo que esa parte me la perdí.

Harry respiró profundamente, intentando controlar la furia que acababa de volver a despertarse en su interior. Snape se atrevía a burlarse de aquello, cuando fue precisamente eso lo que le hizo enviar a Voldemort a su casa y asesinar a sus padres... Apretó los labios y lo miró, desafiante.

- Bueno, es igual - continuó Snape al ver que Harry se negaba a contestar -. Escuché lo que realmente me interesaba, y, bien pensado, puede volver a serme útil...

- ¿Volver a...?

- Conseguí descubrir que no era una patraña - siguió Snape, ignorando a Harry -. Aunque tenía la esperanza de que el Señor Tenebroso encontrase su propia muerte en la casa de tus padres, lo reconozco. Bueno - se encogió de hombros -, nunca es tarde si la dicha es buena. Vamos - añadió, levantando la varita -. Tengo un encargo para ti.

Harry lo miró, incrédulo, mientras Snape agitaba la varita para hacerlo levitar.

- Ya le he dicho que no pienso hacerlo - dijo -. Si quiere matar a Voldemort, hágalo usted mismo.

Snape sonrió brevemente.

- Pero es lo que querías, ¿no, Potter? - dijo suavemente -. Una oportunidad de matar al Señor Tenebroso... ¿Qué importa que vayas a morir tú también, si habrás librado al mundo de semejante enemigo?

- Para dejarlo en sus manos - respondió Harry -. Sí, quiero matar a Voldemort, pero no a cualquier precio, muchas gracias.

Snape frunció el ceño.

- El resultado al final será el mismo - insistió -. Tú estarás muerto, y yo vivo. La única diferencia es que el Señor Tenebroso habrá muerto. Y si tú eres el único que puede matarlo, como dice esa profecía... ¿Por qué te empeñas en morir dejando a todo el mundo a merced de alguien a quien nadie podrá matar?

Harry no contestó. Todas las células de su cuerpo se rebelaban ante la idea de hacerle semejante favor a Snape. Y, sin embargo... Si él moría, ¿quién acabaría con Voldemort?...

- Acaba con él, Potter - dijo Snape -, y te garantizo que dejaré vivir a tus amigos - señaló a Ron y a Hermione, sin percatarse de que ella había cambiado de postura y ocultaba el rostro bajo el brazo -. Incluso a la señorita Weasley. ¿No es eso lo que querías?...

Harry no dijo nada. Empezaba a sentirse tentado por la proposición de Snape. Si iba a acabar muerto, pero el resto iba a tener una oportunidad... Pero no podía matar a Voldemort. No mientras el medallón siguiera intacto, colgado del cuello de Severus Snape.

- Ven, Potter - dijo Snape -. Vamos a dar un paseo.

Justo en ese momento una figura se Apareció en mitad del salón, y se quedó mirando la escena con los ojos desorbitados. Hermione levantó la cabeza, con una luminosa sonrisa en el rostro y un pequeño espejo cuadrado fuertemente apretado en la mano que hasta ese instante había tenido escondida bajo la cabeza. El hombre reaccionó rápidamente y lanzó un hechizo en dirección a Harry, que notó cómo las cuerdas que le inmovilizaban caían, inertes, hasta el suelo. Asombrado, miró fijamente la figura que apuntaba a Snape con la varita y una expresión de odio en sus habitualmente serenos rasgos.

Era Remus Lupin.