El pesado conocimiento sobre su destino cayó sobre la mente de Harry. Nunca le había dado realmente miedo la muerte, o al menos eso pensaba él. Pero ahora se sentía triste. Triste y enfadado. Había depositado toda su confianza sobre Dumbledore, y éste le había ocultado el peor de los secretos.
Miró uno de los relojes del despacho y constató que le quedaba una hora y media de tiempo. ¿Qué debía hacer ahora?
La ansiedad invadió sus pulmones, como una fría garra que se aferraba a su garganta. Fue a una ventana, la abrió y se asomó al frío aire de la noche, inspirando fuertemente, tratando de recuperar la calma.
Unos minutos después puso en orden sus pensamientos. Pensó que, a fin de cuentas, hacía un rato no le había parecido tan descabellado entregarse a Voldemort para darles una oportunidad de vivir a sus amigos. Pero entre considerar la opción de sacrificarse y constatar que debía morir, había un abismo.
Decidió que se enfrentaría a su destino con valor. Si eso iba a dar la oportunidad de destruir a Voldermort de una vez por todas, valdría la pena. Recogió la capa de invisibilidad que había lanzado al suelo y se cubrió con ella. Después salió del despacho.
Recorrió lentamente los pasillos del colegio que había sido su único hogar. Alumnos y no alumnos recorrían los pasillos, apresurándose a ayudar a los heridos y preparar defensas.
Harry se detuvo un momento. ¿Debería, al menos, despedirse de sus amigos? Supo que no debía hacerlo. Querrían detenerlo, o peor aún, acompañarle. El suyo era un viaje sin retorno, y nadie debía ir con él.
Vio a Neville, que con la espada a la espalda, ayudaba a la profesora Sprout a cargar con pesadas macetas de mandrágoras amordazadas. ChoChang y Luna ayudaban al señor Weasley, muy mal herido, a llegar a la sala de los menesteres para que se fuera.
-Fred. Fred no….-murmuraba el señor Weasley
En una esquina, en el centro de un corro de alumnos, Bill y Fleur Weasley daban instrucciones. Harry se preguntó cuándo habrían llegado. Se acercó a escuchar.
-Cuando demos la ogden de guetirada –decía Fleur- nos getiraremos pog este pasillo hasta la sala de los menestegues.
-Todos los que estén en condiciones de luchar deberán aguantar mientras los heridos huyen. Provocaremos derribos aquí y aquí…. –añadió Bill, señalando puntos en un esquema del castillo.
Harry se alejó, alegre de saber que al menos alguien tenía un plan para escapar. Vagó por los pasillos, hasta que vio varias caras conocidas: la familia Weasley al completo. Molly estaba arrodillada sobre el cuerpo inerte de Fred. Ron, a su lado, trataba en vano de consolarla sin contener sus lágrimas. George parecía estar en shock, mientras que Charlie se había alejado unos pasos, llorando la muerte de su hermano.
Apesadumbrado Harry se alejó, preguntándose dónde estaría Ginny. Avanzó bastante rato por los pasillos, sin pensar dónde iba. Un aroma, o quizá un instinto le hizo entrar en un aula cercana. Un sollozo le hizo dirigir la vista a una esquina de la sala.
Allí estaba Ginny, secándose las lágrimas. Harry quedó paralizado al verla, sin saber bien qué hacer. ¿Debía ir a consolarla? No necesitó responder a la pregunta. A pesar de no haber hecho ningún ruido, Ginny alzó la vista.
-¿Harry?
Harry se quitó la capa, haciéndose visible, y cerró la puerta. Se acercó a Ginny y la abrazó.
-Lo siento mucho –le susurró.
Ginny apoyó la cabeza contra el pecho de su amado. Estaba a punto de llorar de nuevo, cuando notó que algo no iba bien. Harry estaba… ¿temblando? Se separó ligeramente y lo miró a los ojos.
-Harry… ¿qué ocurre?
Él, por toda respuesta, dijo:
-Lo siento, Ginny.
Los ojos verdes de Harry le dieron a Ginny la respuesta que Harry trataba de transmitirle sin palabras. El terrible pensamiento se hizo fuerte en su corazón:
Se va a entregar.
-No…¡No Harry! –dijo Ginny con desesperación
-Lo siento mucho, mi amor. Tengo que hacerlo.
-¡Está mintiendo!¡Atacará de todos modos!
-No es tan fácil… -respondió Harry con un hilo de voz.
Ginny lo abrazó con fuerza, mientras le pedía que no lo hiciera. Harry, tras unos minutos, se zafó suavemente del abrazo de Ginny.
-Adios, mi amor. –dijo él, tratando de contener las lágrimas, tratando de hacerlo más fácil para Ginny.
-¡Harry, no!
Diciendo esto, Ginny posó sus manos sobre la mejilla y la nuca de Harry, se puso de puntillas y lo besó. Una parte de la conciencia de Harry le gritó que se fuera corriendo… pero esa parte quedó ofuscada por la oleada sentimental que le invadió.
Soltó la capa de invisibilidad, abrazó a Ginny por la cintura y correspondió al beso. Un beso que era demasiado largo, demasiado corto, dulce, amargo y apasionado. Las lágrimas brotaron en los ojos de Ginny, y Harry sólo pudo acompañarla en aquel silencioso sollozo.
La túnica de Ginny se desató ligeramente, dejando sus hombros al descubierto. Ninguno trató de detener sus acciones. La razón se había echado a un lado, dejando actuar al instinto y la pasión.
La capa de abrigo cayó lentamente por la espalda de la chica. La chaqueta de Harry tardó poco en ser descartada. Ginny bajó ligeramente los brazos, dejando que la túnica se deslizara poco a poco, dejando al descubierto su piel blanca y sedosa.
Dejaron de besarse por un instante. Harry apoyó su frente contra la de Ginny, y se miraron a los ojos en silencio.
-No puedes irte Harry. No puedes dejarnos ahora.
-Ginny…
-¡No puedes dejarme! –gritó ella entre lágrimas.
Harry tardó un segundo en responder, tratando de eliminar ese profundo dolor que sentía en la garganta.
-Tengo que hacerlo.
-Harry….
Ginny se acercó y volvió a besarlo. La pareja se abrazó. Danzando al compás de sus cuerpos, las ropas que les quedaban fueron poco a poco desprendidas. Se dejaron caer suavemente sobre la tarima elevada del profesor. Ginny clavó su vista en Harry, que encima suyo, la miró intensamente.
-Harry…
Una silenciosa lágrima recorría el rostro de Harry. Su voz sonó temblorosa cuando habló.
-Te amo. Te amo, mi vida.
-Y yo a ti, mi amor –respondió Ginny.
Un pequeño suspiro, apenas audible fuera de la sala, escapó de la garganta de Ginny.
Hicieron el amor.
Con la misma dulzura que los amantes que yacen por primera vez.
Y la pasión de aquellos que saben que nunca volverán a verse.
¡Qué difícil es escribir una escena dramorosa (drama + amorosa), demonios!
