N/A: Lamento los errores ortográficos que pueda cometer sin darme cuenta, intentare prestar más atención. Aun así si encontráis alguno avisadme, no os cortéis, os lo agradeceré.

Lo escrito en cursiva y entre "comillas" son recuerdos.

Vida Concertada

XXVI

Ensimismado como estaba en mis pensamientos, no me he dado cuenta de que he dejado de estar solo en la cubierta inferior...

-Escuece como los mil demonios... maldita mocosa...

Sonrío apenas y agacho la cabeza, escondiéndola entre los hombros, para amortiguar alguna posible carcajada. Se que por el momento es mejor que no me ría abiertamente de su desafortunado accidente, e intuyo que tampoco es aconsejable que pregunte que le ha sucedido exactamente. O para ser más exactos, ¿qué le ha hecho él a la pequeña pelirroja?

Pero mi fuerte nunca a sido seguir las indicaciones de mi subconsciente, esa vocecilla que normalmente suelo ignorar con bastante facilidad.

-¿Has disfrutado del festín?- bromeo.

James murmura algo acerca de mi madre y se apoya de espaldas en la barandilla, me mira de reojo con una clara advertencia, que yo por supuesto ignoro, y gruñe una palabra indescifrable cuando un pegote viscoso y de color parduzco resbala desde su pelo hacia su hombro.

Por supuesto la carcajada que tanto he esperado sale disparada desde mi garganta y se pierde en la inmensidad del cielo estrellado y la mar serena.

¿Es puré de patata eso que repta desde su pelo? Y es mi parecer o su camisa huele a vino... su ojo, ¿no estaba antes menos sonrojado?

-Ni lo intentes Sirius.-gruñó James, como si leyese mis pensamientos.- No estoy para bromas.

-Tienes razón... - James me mira de reojo, casi puedo ver la incredulidad y cierta desconfianza brillando en sus ojos. Me conoce demasiado bien.- Ahora mismo te vendría mejor un baño o tal vez un trozo de carne para ese ojo, por cierto, ¿cómo ha...

-Me golpeó con la copa de vino, después me lanzo el plato de puré cuando intente inmovilizarla y luego...

-¿Mato tu orgullo, tal vez?

James me golpeó en las costillas y tuve que dejar de reírme, el bastardo ha golpeado con fuerza.

-Te estas volviendo un calzonazos.-murmuré.

James gruñó y volvió a golpearme en el costado, aunque en esta ocasión estaba preparado y el golpe no fue demasiado irrelevante. Me giré, dándole la espalda a la estampa nocturna del océano, y dejé escapar otra carcajada.

-¿Qué tiene esa mocosa pelirroja que te ha hecho caer tan bajo?- pregunté, y con bastante curiosidad la verdad.

Siempre me ha gustado pensar que James y yo somos bastante similares, por no decir iguales. En casi todos los aspectos de nuestras vidas coincidimos. Ambos tuvimos una familia de mierda, una adolescencia lujuriosa y compartimos el sueño de ver a nuestro progenitor colgando de una soga y con la marca de los piratas grabada a fuego en su antebrazo. Pero algo ha cambiado... solo me separé de él unos días, ni siquiera llego al mes, y él cambio. Una noche me recordaba las pautas a seguir para robar el oro de su familia y otra noche, días después, regresa casado, sometido y con nuevas decisiones que dan un giro de ciento ochenta grados a nuestro plan original.

El James que yo conocí hace tres años, el Cornamenta que yo considero como un hermano, ya no es el mismo. Su aspecto, su voz, sus actos... quizás sean los mismos pero su mente ya no piensa igual. Estoy seguro. Hay algo, o alguien, que se ha inmiscuido en su cabeza. Ha cavado una fosa profunda e inexpugnable, y se niega a desaparecer.

¡Esa maldita pelirroja ha cambiado a mi amigo! Y si no fuese porque conozco a James demasiado bien y se que esas cosas no lo afectan diría que quizás un par de buenos revolcones y una chica joven lo han encandilado. Pero es imposible, Cornamenta no es de esos. La palabra amor es tabú para él, al igual que lo es para mí.

Pero entonces... ¿qué?

-No estoy de humor Sirius- repite, dejándome bien claro que no quiere que le pregunte pues ni él sabe a ciencia cierta la respuesta.

Asiento en silencio y bajo la mirada a mis botas raídas y sucias; por esta vez lo dejare tranquilo. Pero solo por esta vez. Así, quizás, mañana o algún día de estos, James se decida a contestar mis preguntas y yo podré reírme a gusto o simplemente darle el pésame por haber cometido el peor error que un hombre puede cometer. Aunque espero, realmente lo espero, que sea lo primero.

-Los chicos están acabando con los suministros de ron, tal vez debas pasarte por las cocinas antes de que arrasen con todo- le digo minutos después, cuando el silencio que compartimos se vuelve demasiado incomodo para mi.-Los gemelos están representando uno de sus teatros.

James no contesta, al menos no con rapidez, y se limita a limpiarse el puré de la cara con algo de asco. Los pegotes, chiclosos y parduscos del puré de patatas que debería haber sido la cena de su esposa, caen al suelo de madera de la cubierta. Uno tras otro, hasta que el cabello azabache de mi compañero queda limpio a simple vista, aunque indudablemente pegajoso.

-Vienes.-dijo cuando, tras la ultima sacudida de cabeza, se aseguro que no tenia mas restos de comida encima.

-No.-respondí, apoyando los codos en la barandilla y echando hacia atrás mi cuerpo. Con el cuello estirado hacia atrás, el rostro alzado y el rugido del mar bajo mi cabeza.- Me quedare aquí un poco mas.

James no dijo nada pero por la mirada que me hecho supe que no se iría de hay sin alguna explicación mas por lo que me encogí de hombros y le sostuve la mirada unos minutos, sin dejarme ganar. Hasta que finalmente se dio por rendido y con un seco cabeceo se despido de mi, dejándome solo.

Esto era algo que me gustaba de mi amistad con James; nunca hablábamos abiertamente de nuestros sentimientos y si el otro se negaba a explicártelos tampoco insistíamos, permanecíamos callados y atentos hasta que finalmente confesaba o lo adivinábamos por nuestra propia cuenta. Lo que primero llegase.

Con Remus era distinto, él era más intuitivo. Tenia esa manía tan característica de las mujeres de inmiscuirse en tus problemas e intentar buscarle una solución, por supuesto si en este momento Remus apareciese en cubierta no se iría así como así, como James, si no que insistiría hasta que finalmente acabase confesando de mala gana. Era astuto, sabía muy bien como embaucarnos para que soltásemos la lengua. Quizás por eso le mencione a James que fuese a las cocinas, porque allí estaba Remus y se que él si conseguirá que James hable. Yo, sin embargo, tengo menos posibilidades, por no decir ganas, de hacerlo.

Apreté los dientes y me enderecé con cuidado cuando la barandilla presionó demasiado sobre mi espalda y el recuerdo de las heridas provocadas por los latigazos me recordó que aun no habían curado del todo.

¡Malditos guardias! Aun me arrepiento de no haberlos matado a todos.

Me lleve una mano a la espalda y palpé con cuidado la tela de la camisa que cubría mi espalda aun vendada, cerré los ojos y gruñí entre dientes cuando mis dedos presionaron mas de la cuenta cierta punto.

El dolor ayudaba a despejar la mente, te distraía de los problemas, pero también era un fastidio. También era cierto que había dolores, y dolores. Algunos mas fuertes otros mas tenues, y el que yo experimentaba se catalogaba entre los primeros. Desafortunadamente, o quizás no tanto, yo ya era experto en soporta este tipo de dolor. No era la primera vez que recibía un latigazo, en mi niñez recibí algunos y en mi adolescencia estuve a punto de recibir más de uno en alguna que otra ocasión. Aunque, afortunadamente, siempre conseguí salir ileso. Quizás en aquella época ya era hábil huyendo o tal vez, simplemente, tuve surte. No se; no me gusta pensar desasido en esa época...

"Los inviernos en Londres eran duros, aun mas si tu lugar de origen es calido por naturaleza. Los dedos se te pueden congelar y caerse cual hoja en otoño sin que tú puedas hacer nada para evitarlo. La garganta se torna eternamente áspera e inflamada, y la fiebre y delirios son el pan del cada día.

El invierno en Inglaterra es duro incluso para los ingleses; aquellos afortunados que tienen un hogar donde cobijarse y una manta con la cual cubrirse son capaces de sobrellevarlo, sin embargo hay una gran mayoría que no sobrevive a esta época del año. La mayoría son niños y ancianos, el resto mendigos y ladrones de poca monta incapaces de resguardarse de las bajas temperaturas.

Yo me encuentro entre la segunda categoría, por ello ahora debo pagar las consecuencias.

Mis dientes castañean, hace dos horas que no siento los dedos de las manos, y mi raída ropa no retiene el poco calor corporal que aun poseo.

Estoy oculto, agazapado como una rata, en un estrecho callejón que divide la calle principal de la opera Royal. Ha estas horas, en pleno enero, es cuando mas transito de posible victimas hay. Y yo debo esperar si deseo obtener mi premio.

Son ya mas de seis años los que llevo en este país, en esta ciudad, y con el tiempo he conseguido aprender a sobrevivir, tal y como hice tiempo atrás en mi propio hogar.

En ocasiones vivo de lo que robo, cuando llegue era apenas un niño y era fácil para mi el poder robarle a ricachones despistados y mujeres pomposas y chillonas todo lo que llevasen encima sin embargo ahora era casi un adulto y mi estatura y apariencia no pasaban tan desapercibidas como antes por lo que mis botines eran mas escasos y menos abundantes. Debía actuar de noche, cuando la oscuridad me amparase, y preferentemente con un arma, como la cuchilla que había conseguido arrebatarle a un viejo pescador hará algunos años. Esas eran las claves, las pautas a seguir, si no las cumplía no conseguiría nada y quizás, si tenía mala suerte, podría acabar sin manos o incluso ahorcado.

Había sido testigo, en demasiadas ocasiones, de los ahorcamientos o castigos públicos que la sociedad londinense ejecutaba a los ladrones. Sabia a que atenerme si fallaba, por lo que solía evitar fallar.

Aunque por supuesto había otro método con el cual podía obtener dinero, e incluso alojamiento y comida, aunque era, por llamarlo de algún modo, bastante desagradable.

Había descubierto, no sin repugna, que las mujeres de alta alcurnia ya entradas en años eran propensas al adulterio. Y casi siempre preferían a jóvenes apuestos y sin identidad o familia para llevar a cavo sus perversas fantasías, así en caso de que él esposo lo descubriese dicho joven moriría sin causar escándalo alguno pues no habría nadie que lo reclamase.

La mayoría, por no decir todas, eran cincuentonas que se habían visto obligadas a casarse a temprana edad con un hombre que no conocían ni apreciaban, y ni que decir que el cariño era algo que no se procesaban. Casi todas carecían de pasión en su vida y tan solo habían compartido el lecho con su esposo para concebir a sus hijos. Algunas incluso ni en esas ocasiones.

Eran mujeres despechadas, insatisfechas y con mucho poder; dispuestas a pagar lo que fuese por una noche de diversión.

Yo, con apenas trece años, me había topado con una de esas señoras tan singulares.

Su nombre era Charlotte Mortimer, y su esposo era un viejo marques con demasiadas influencias y poco interés en su esposa. Tenía cuarenta y tres años cuando me encontró, y cuatro hijos. El mayor rondaba los veinticuatro, el segundo los veintidós, la tercera tenia dieciocho y estaba apunto de casarse, y la menor tenia apenas diez años.

Era el típico modelo de esposa servicial, ama severa, y madre cariñosa. Sabía cuando mentir y cuando fingir.

Yo no era el primero, eso fue algo que dejo claro desde el principio. Su cuarta hija, como me confeso poco antes de despedirnos por ultima vez, era fruto de una aventura con un vizconde con pocos recursos pero mucha labia. Su esposo, por supuesto, nunca lo supo, al igual que nunca descubrió nuestros encuentros. Pues fueron más de uno.

Años después, durante las frías noches mientras intentaba encontrar un refugio para poder dormir, la idea de que el señor Mortimer si supiese de las aventuras de su esposa me pareció demasiado tentador. Al igual que la teoría de que el desafortunado accidente hípico de su esposa nunca fue ni desafortunado ni accidente.

Pero por supuesto yo no soy nadie, ni conozco todos los hechos, para ir acusando a diestro y siniestro. Solo especulo, imagino, y en ocasiones me pregunto que habría sido de mí si la señora Charlotte aun estuviese viva. Pues fue durante ese año y medio en el cual estuve encontrándome con ella cuando mas saludable y resguardado estuve. Nunca me falto la comida, al igual que un techo donde cobijarme y una cama donde dormir. Ella se ocupo de todo, y yo tan solo debía hacerla feliz en la cama.

Era repugnante, cierto, pero sin embargo era demasiado provechoso como para no sacarle partido.

Una risa suave, indudablemente femenina, me hizo regresar al presente. A mi sucio escondite. Los nobles y empresarios adinerados ya salían de la opera, y mi primera victima se acercaba. Era una joven, acompañada por una anciana que seguramente seria su carabina. Sonreía, parecía feliz, sin embargo poco le duraría dicha felicidad.

Exhalé sobre mis dedos entumecidos, en un intento por calentarlos, y salí de mi escondite. La calle principal, en la cual se encontraba la opera Royal, siempre era muy transitada y eso, aunque pareciera contradictorio, era una ventaja para mí.

La joven charlaba amenamente con su carabina, comentado los pros y los contras de la actuación. Alabando la interpretación de la protagonista y criticando con bastante disimulo a la esposa de un adinerado banquero, que con descaro había aparecido en la opera con su amante.

-Es tan vulgar, Emma. ¿Cómo puede permití tal humillación el señor Holmes?- se quejaba a media voz, para no ser oída por escuchas indeseados.- Yo no podría soportar la vergüenza.

Su dama de compañía asintió en silencio, dando la razón a su señora.

Chasqueé la lengua al escucharlas, eran lo que generalmente solía llamar: unas victimas ruidosas. Mujeres que gritaban como corderos al ser degollados, que llamaban demasiado la atención.

No eran mis victimas favoritas, no puedo soportar el ridículo temperamento de las niñas mimadas de la alta sociedad, pero tengo hambre y este es el único modo de comer.

Tomo una bocanada de aire y me mantengo firme, entre las sombras, aguardando a que lleguen junto a mí. Sus pasos suenas amortiguados por las múltiples capas de sus faldas y sus voces ya no son un eco lejano. Nos separan un metro y yo aferro con fuerza la empuñadura de mi cuchillo. Tomo otra bocanada de aire que resulta ser viciado y con sabor a heces, y estiro la mano hacia la luz. Mis dedos tapan su boca y mi brazo se enrosca alrededor de su blanco y delicado cuello, hay donde un collar de perlas brilla.

Su dama de compañía chilla asustada, grita en busca de ayuda, pero mientras lo hace yo ya he arrancado de cuajo el collar y le he arrebatado los anillos y pulseras. Los pendientes me cuestan más y finalmente se los arranco de un tirón, rajándole el lóbulo. Con manos hábiles, y sin quitar mis ojos de la figura temblorosa de su criada, recorro su cintura y pecho bajo la capa que la protege del frío. Su cuerpo menudo tiembla con violencia y sus lagrimas me mojan el brazo que mantiene sujeto su cuello, pero no me importa y sigo registrándola hasta que halló la pequeña bolsa de piel que deseaba encontrar. La muevo en el aire y el tintineo de las monedas me sabe a gloria.

-Gracias por su contribución querida.-le susurro al oído antes de soltarla y salir corriendo.

Tras de mi puedo escuchar los gritos de ambas y el bullicio de la gente que se ha amontonado a su alrededor acudiendo a su llamada de auxilio. También puede escuchar el inconfundible pitido del silbato de un policía y apresuro mis pasos, ignorando el hambre y el frío.

Tuerzo en el primer callejón que encuentro y con agilidad trepo al tejado de una vieja panadería. Y allí espero, agazapado como un gato, a que el guardia desista en su busca. Después sonrió con suficiencia y sacudo una vez más el saquito de monedas.

-No esta nada mal.

Un buen botín; suficiente para subsistir durante algunas semanas.

-Eres hábil, chico.-comenta una voz a mis espaldas, y alguien aplaude con parsimonia rompiendo el silencio de la noche.

Me giro con rapidez, asustado, y recorro la oscuridad con las pupilas dilatadas. Mis manos se mueven veloces, escondiendo el botín dentro de mis ropas y aferrando el cuchillo con fuerza.

-¿Quién anda hay?- grito.

Una risa suave emerge entre las sombras y la figura larguirucha de un hombre aparece ante mí. Viste ropas caras aunque estrafalarias, de un tono púrpura poco favorecedor. Su barba es tan espesa como su cabello y la lleva trenzada y atada con un lazo de terciopelo negro. Su cabello es pelirrojo, o al menos lo habría sido en otro tiempo pues ahora se teñía de canas. Y sus ojos, endemoniados y calculadores, eran azules. Tan azules como el mar.

-Sirius Black, supongo.- dijo.- Eres el hijo de Orión.

Me agazapé un poco más, como si sus palabras hubiesen sido un puñetazo certero. Conocía mi nombre y mi procedencia, eso no podía ser bueno.

-¿Quién eres?- repetí, alzando el cuchillo en un intento de amenazarlo e infundirme valor a mi mismo.

El sonrió, una sonrisa ladeada y enigmática.

-Guarda eso chiquillo, no te haré nada.-dijo con buen humor.- No soy amigo de tu padre, ni mucho menos.

Frunzo el ceño y lo contemplo una vez mas con detenimiento; un escalofrío me recorre la espalda cuando nuestras miradas se cruzan y la sensación de que puede leerme el pensamiento me invade.

-Mi nombre es Albus, Albus Dumbledore."

Chasqueo la lengua, molesto conmigo mismo por permitir que mi mente vague por el oscuro laberinto que son mis recuerdos.

Albus Dumbledore; solo con recordar su nombre la sangre me hervía de rabia. Él era, si no el principal, uno de los motivos que me había reunido con mis camaradas.

Aun, en ocasiones, cuando cierro los ojos puedo verlo. Con sus ojos azules brillan bajo el cielo tintado de la noche, sus cabellos pelirrojos y moteados de blanco bailando con la suave brisa y su sonrisa enigmática decorando sus finos labios... solo mantuve una sola conversación con él, un escueto intercambio de palabras, pero fue suficiente para marcarme. Para definir mi destino y predecir mis pasos.

...

Cuando la puerta del camarote se cerró de un portazo tras su figura altiva y enfurecida, me quedé de pie en medio de la habitación y me permití el lujo de perder los nervios durante un minuto, que pasé riendo. Luego tomé una gran bocanada de aire para tranquilizarme, me senté en el borde de la cama e intenté pensar con lógica. Encontrar alguna explicación o excusa que me salvase de su furia cuando exigiese saber el porqué de mi arrebato. Desafortunadamente fallé; mi mente no encontró argumento alguno que pudiese ser utilizado a mi favor. Pues simplemente había sido un impulso, un acto no pensado. Él me enfureció y yo respondí, así de sencillo. Aunque por su puesto no era ni mucho menos sencillo.

-Y ahora, ¿qué?

Me dejé caer con poca elegancia sobre la cama y contemplé en silencio el techo de madera, húmedo y con salitre.

Le había lanzado mi cena como si el espeso puré fuese un proyectil letal, había rociado su cara con mi vino y escupido con furia que le odiaba... no era precisamente el comportamiento que se espera de una dama, y mucho menos de una esposa. Pero últimamente he comenzado a dudar que en estos últimos días me haya comportado como se espera de una dama o una esposa; he sido cabezota, he sucumbido ante la furia con demasiada ligereza y lo más reprobable es que he comenzado a apreciarlo. Poco a poco, sin ni siquiera percibirlo, se ha ido abriendo paso en mi corazón hasta ocupar un lugar que no le corresponde. Porque yo no deseo amarlo, ahora no. Antes, cuando todo comenzó, albergaba la absurda esperanza de enamorarme de él y así poder hacer mas llevadero este matrimonio sin embargo ahora se que eso nunca será posible. Que el hecho de enamorarme de él solo me supondrá más dolores de cabeza y de corazón.

James es un mentiroso, un vil pirata, un asesino... es todo aquello que siempre temí y odié. Me engaño, me encandilo con sus sonrisas a medias y sus ojos chispeantes, con sus vanas promesas y sus caricias de amante pero en ningún momento, ni en una sola ocasión, me confeso su amor. Ni un te quiero, ni un te amo... nada.

Tal vez me aprecie, no lo se a ciencia cierta, pero no me quiere como yo desearía que me quisiera y eso, el hecho de desear que me ame, me mata. Me va torturando poco a poco por dentro, como un veneno.

He tardado demasiado en darme cuenta, nunca fui muy avispada en los asuntos del corazón. Lo amo, me he enamorado de James Potter; de la mascara que él se empeño en mostrarme y que yo aun deseo que sea real. Me he enamorado de un hombre que no existe, de una sola cara de una moneda de dos caras.

Me he sentenciado a un amor inexistente y nocivo.

La primera lágrima se deslizó silenciosa por mi mejilla, resbaló por mi mentón y se perdió entre mi cabello. Las siguientes fueron más rápidas y ruidosas, y en escasos segundos mis mejillas estaban empapadas y enrojecidas. Mis labios resecos y mi garganta dejaba escapar pequeños hipidos y sollozos que hacían convulsionarse a mi pecho. El cual subía y bajaba al son de mi acelerada respiración.

El techo del camarote se presentaba borroso ante mí y mis ojos verdes poco a poco se tornaron rojos.

-No quiero amarlo-susurré, por primera vez en voz alta, aquello que me carcomía por dentro.- Deseo odiarlo... quiero odiarlo...

Y cuando lo odies, ¿estarás contenta? ¿No desearas nada más? Musitó mi subconsciente. No desearas entonces su amor, su atención...

Cerré los ojos con fuerza, y algunas gotas saladas adheridas a mis pestañas estallaron contra mis mejillas. Apreté los puños y me mordí los labios con rabia, hasta que sentí el sabor metálico de la sangre en mi paladar.

Sabes la respuesta, conoces la verdad. Continuó. ¿Por qué te engañas entonces?...

...

Pestañeé. Estaba algo borracho, si, pero tenia la impresión de que no era suficiente. Tenía cada músculo del cuerpo tenso por el esfuerzo de mantenerme quieto mientras apuraba el contenido de mi jarra. Si me movía, si bajaba la guardia durante un instante, no sabía qué podría pasar, si empezaría a gritar, si golpearía las paredes... lo único cierto era que algo furioso crecía dentro de mi. Cada vez que pensaba poderlo controlar, que esa rabia no se expandiera más, algo en mi interior parecía saltar y crepitar. La piel me comprimía demasiado, la rabia y la furia... pugnaban por liberarse. Podía sentirlo, algo bullía dentro de mí. Algo desagradable y amargo.

Una masa negra y viscosa; cada vez mas ardiente, mas negra, mas letal... que iba carcomiendo de a poco mi alma. Si es que yo aun poseía de eso.

-¿Cornamenta?- dijo Remus- ¿Sucede algo?

Negué lentamente, recriminándome interiormente por haber materializado parte de mi cólera en el rostro, y luego, apenas en un susurró, dije:

-Necesito algo de aire fresco.

Remus frunció el ceño y esa mirada, la mirada de inteligente sabueso que ponía cuando descubría que algo no marchaba como debía, se instaló en su ojos color miel.

Tragué saliva y apreté los dientes esforzándome por mantener el control.

Remus hizo el amago de detenerme pero con una rapidez que pensaba que ya no poseía lo esquivé y comencé a subir las escaleras que comunicaban la cocina con la cubierta. En el trayecto, como llamado telepáticamente por Lunático, me encontré a Sirius. A él y a su cara de pocos amigos. Pero como hacia escasos minutos había sucedido ninguno de los dos mencionó nada; él prosiguió su camino sin preguntar que me sucedía a pesar de intuir que algo no iba bien y yo no insistí en conocer el motivo que lo mantenía tan cabizbajo y gruñón.

Así nos entendíamos, ambos sabíamos respetar el espacio del otro. Nunca habíamos sido muy dados a abrirnos al mundo, ha acepción de Remus y quizás por eso ambos lo evitábamos la mayoría de las veces. Porque él era el único que conseguía sacar la parte "humana y vulnerable" de nuestras personalidades.

El aire húmedo y salado me golpeó la cara al pisar la cubierta y alcé el rostro hacia el cielo estrellado, contemplando sin contemplar las estrellas. Había tantas y a la vez tan pocas que en ocasiones me preguntaba si mi problema no era similar a ellas. Ambas eran hermosas, atrayentes, luminosas... tan candentes que cuando te acercabas demasiado te quemabas, tan tozudas que se empeñaban en permanecer a kilómetros de distancia de mi, tan condenadamente preciosas que me encandilaba sin ni siquiera proponérselo... si, ambas eran similares. Aunque por su puesto yo no podía tocar las estrellas, disfrutar de su compañía o pelear con ellas, que era justamente lo que más deseaba en este momento.

Como me gustaría poder gritar a los cuatro vientos que la odiaba, que me repugnaba. Que su comportamiento infantil y caprichoso no me alteraba tanto como lo hacia realmente, que no me importaba que me gritase insultos o acusaciones ya que su opinión me era indiferente... como me gustaría ser mas hábil a la hora de mentirme a mi mismo.

Unos pasos pesados y torpes resonaron en las escaleras que había a mis espaldas y con lentitud me giré para comprobar con mis propios ojos que era un adormilado y contento Hagrid quien subía.

-¡Capitán!- bramó con entusiasmo.- ¡Una hermosa noche, ¿no cree?! ¡Si señor, una hermosa noche!

No respondí, pero él no aprecio ofenderse. Eran bien pocas las cosas que conseguían alterar el jovial comportamiento de aquel hombre casi sobrenatural. Su paciencia era tan grande como su propia estatura, descomunal. Tal vez, por eso, le había asignado la misión de cuidar de ella. ¿Quién si no podría soportar el temperamento volátil y caprichoso de esa mocosa?

Sonreí a medias, aunque fue más una mueca que una sonrisa, y volví mi vista a las estrellas. Hagrid se tambaleó torpemente hasta situarse a mi lado y con un suspiro teatral y demasiado profundo comenzó a tararear la letra de una canción algo trillada. Algo sobre una mujer, una araña y un dragón; no se, Hagrid siempre fue especial a su modo.

-... y Aragog la llamo. ¡Ooooh! Y Aragog la llamo... patas peludas y ojos vidriosos. ¡Ooooh! Que hermosa que era...

Cerré los ojos un momento, reprimí una sonrisa. Hagrid no tenía talento musical, ese hecho era bien sabido.

-... ¡Ooooh! Mi peluda Aragog, tan hermosa, oooh que hermosa eras... que pena, que dolor, que mi amada Aragog se marcho... ¡Ooooh! Aragog ¿por qué me dejas solo? ¿Ya no me quieres? ... ¡Ooooh! Destrozado tengo el corazón, ¡oooh! Mi pequeña Aragog se marcho... un dragón se la llevo, un dragón se la llevo... ¿ya no era suficiente para ti? ¿Ya no me quieres? Tan pronto me dejo... ¡Ooooh! Mi amada Aragog se marcho...

Abrí un ojo, y vi las estrellas, abrí el otro y contemplé el basto mar. Las luces incandescentes de los astros se reflejaban en el agua oscura y salada. Las pequeñas ondas de las olas distorsionaban su luz y el reflejo de las estrellas se transformaba en una masa brillante. Un relámpago de luz en el agua. Una llamarada de calidez en medio del frío mar.

-... ¡Ooooh! Aragog...

-Hagrid...

El semi gigante dejo de berrear y se giró hacia mí. Sus ojos negros brillaban como el mismo cielo y el típico rubor que provoca el ron teñía sus mejillas. De entre su barba, como si fuese un naufrago que sale a flote en plena tormenta, emergió una sonrisa; y sus labios se abrieron pronunciando aquello que tanto deseaba decirme pero que hasta ahora por miedo o tal vez respeto no se había atrevido a decirme.

-Su mujer es muy bonita... si, hermosa como mi Aragog... tan hermosa...

Sin proponérmelo borré mi sonrisa. De pronto me encontraba totalmente despejado, la borrachera había desaparecido.

-Una vez conocí a una mujer así... era tan hermosa, pero...-bajo el rostro y frunció las cejas; y yo lo imité, aunque por motivos totalmente distintos.-... ella se fue. ¡Puff! Un día estaba y otro no... Ella se cansó de esperar... se canso de espérame, eso me dijo. Pero ¿sabe qué esperaba?

Negué, más por inercia que por ganas.

-Yo tampoco... no, yo tampoco lo sabía entonces. Pero hay que saberlo...- alzó la mirada y sus ojos negros perdieron ese brillo bonachón que siempre los acompaña.-... usted capitán debería saberlo, o si no ella se ira también... ¡Oooh! Se ira como mi pequeña Aragog...

Fruncí un poco mas el ceño mientras Hagrid comenzaba a berrear de nuevo, ajeno a lo que acababa de provocar con sus delirantes palabras.

¿Es mi impresión o este grandullon acaba de darnos un consejo sobre mujeres? Comentó con guasa mi subconsciente.

Lo ignoré, como solía hacer últimamente, e intenté borrar el eco de las palabras de Hagrid de mi cabeza. Pero como si fuese un maleficio estas no desaparecían si no que cobraban intensidad a cada minuto que pasaba; golpeando con renovadas fuerzas mi mente, martirizando mi orgullo...

Finalmente gruñí de mala gana y sin despedirme le di la espalda, Hagrid siguió cantando sin percatarse de que lo había dejado solo y lo último que escuche antes de adentrarme dentro de mi propio camarote fue: ¡Oooh Olympe! ¡Oooh mi amor! ¿Por que te llevaste a mi pequeña Aragog?

...

Godric's Hollow no era mas que una maraña de sombras, escombros y recuerdos amargos que aun no habían sido dejados atrás. O al menos esa fue la impresión que me dio.

Algunas casas aun mostraban los indicios del fuego y otras simplemente habían desaparecido dejando en su lugar escombros calcinados y un fuerte olor a destrucción y muerte. Varios aldeanos me observaban a escondidas a través de las ventanas de sus hogares, sin atreverse a acercarse. Temerosos de que fuese un bandido más.

¿Cómo lo sabia?... solo tenia que ver sus ojos. Teñidos de miedo, desesperación y tristeza.

Dirigí mi montura a través de las calles desiertas del pueblo, hasta el final de un amplio sendero que ascendía suavemente hasta una pequeña colina. Allí, coronando el lugar, se alzaba orgullosa y hermosa la mansión de los duques de Gryffindor. O al menos intuía que era esa, puesto que no había ninguna otra en los alrededores.

Sin duda la mansión destacaba; desde sus cuidados jardines hasta su exuberante fachada. Era como un condenado castillo en plena costa. Un edificio creado y pensado para llamar la atención y crear envidia.

La verja de hierro que rodeaba la finca esta intacta, tan perfectamente conservada como el resto de la mansión. Y eso fue algo que me llamo la atención de inmediato.

El pueblo estaba destruido, los barcos habían sido quemados, el puerto no era más que un mustio esqueleto de madera quemada y cabos sueltos... sin embargo aquel edificio majestuoso y tentador seguía en pie. Sin ningún arañazo, ni una mísera mota de polvo. Nada.

-Esto no es lógico.- murmuré mientras desmontaba de mi montura y avanzaba hacia la gran verja.

Pasé mis dedos ásperos por el metal frío y observé más allá de los barrotes, alcanzando a ver los grandes ventanales del piso superior. Unas cortinas de aspecto pesado y opaco cubrían los cristales e impedían ver más allá.

Chasqueé la lengua y seguí examinando los alrededores en busca de algún indicio de vida, de algo que me indicase que la mansión no estaba desabitada. Pero los minutos pasaron y nadie, ni nada, se movió.

Silencio, eso era lo único que parecía haber allí.

-¿Qué demonios...

¿Qué había sucedido aquí? ¿Donde diablos estaba Potter?

Mire hacia atrás, al pueblo casi destruido y levemente iluminado por la luna, y fruncí el ceño. Algo se me escapaba. Algo muy importante. Y debía averiguar que era antes de que las reliquias de Potter acabasen en las manos equivocadas.

...

-¿Estas dormida? o simplemente lo finges.

Entreabrí un solo ojo. James estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y los hombros tensos. No me miraba a mi, si no al montón de mantas raídas que él había utilizado de camastro durante la última semana.

Me incorporé con la ayuda de mis codos y sequé con energía las lágrimas que aun humedecían mis mejillas, él ni siquiera lo noto.

-¿Cómo has entrado aquí? -inquirí, cuando al fin estuve segura de que mi voz no seria una tímida imitación de mi tono real.

-Caminando, desde luego.

Fruncí el ceño ante su respuesta sin gracia y volví a formular la pregunta, en esta ocasión siendo un poco mas concreta.

-¿Por qué estas aquí?

-Este es mi camarote

-¿Tu camarote?...

Me incorporé volviéndole la espalda, para ocultarle lo mucho que me afectaba su indiferencia y supuesta tranquilidad. Ahora lo sabía. Él no estaba preocupado ni furioso, ni siquiera parecía recordar lo sucedido hacia menos de una hora. Este James no era el que yo creía conocer, el otro, el que yo creía que era mi esposo, habría montado en cólera y seguramente planeado algo para obtener una disculpa de mi parte. Porqué así era él, manipulador y astuto... pero este nuevo James no era si. Quizás compartían ciertos detalles, tal vez su aspecto era el mismo pero sin duda no eran iguales.

De cualquier modo, no quería seguir pensado en ello. No, no quiero volver a pensar en lo mismo. No deseo llorar más por este hombre.

-Estoy exhausta.- murmuré en apenas un murmullo.

Alisé la sabana de la cama y sin dejar de darle la espalda me tumbé sobre el colchón de lado, ocultando mi cara en todo momento. Cerré los ojos con fuerza y algunas lágrimas que aun no se había secado huyeron de entre mis pestañas y resbalaron por mi nariz hasta la almohada.

-Sinceramente, esperaba encontrarte dormida y así poder ahorrarme esta conversación.- gruñó pasados algunos minutos en los cuales se mantuvo en un estricto silencio.

Abrí los ojos como platos, atónita ante lo que acababa de decir. Me hundí un poquito más en el duro colchón para esconderme y mordí mi labio inferior con fuerza.

-Bien...- carraspeó ligeramente y caminó un poco, aunque no sabría decir hacia donde porque le daba la espalda.-Soy tu esposo.- comenzó.- Y como tal... como tal debes obedecer todo aquello que yo decida. Así lo aceptaste en nuestra unión...

Su voz era serena, calmada. Como una burla de su antiguo comportamiento.

Estaba destinada a engañarme, lo sabía. Podía notarlo. Quería engañarme para que confiara de nuevo en él y cayese de nuevo en sus redes. Sin embargo lo que él no sabia era que no necesitaba ser sosegado y paciente conmigo para poder encandilarme de nuevo ya que desgraciadamente, o eso deseo creer, ya estaba suficientemente encandilada, he incluso me atrevería ha decir que algo mas, de él.

Solo con pensarlo me enfurecía y las lágrimas volvían a brotar de mis ojos.

¡Maldito!

-... por lo tanto, como esposo que soy, me debes obediencia y respeto.- note su presencia detrás mía mucho antes de que su aliento rozase mi mejilla al inclinarse sobre mi cuerpo.- Y como tal, también he de admitir que te debo... ciertas respuestas.- vaciló un momento y suspiró. Acariciando mi piel húmeda y enrojecida por las lágrimas.- Soy un pirata, pero eso no te convierte a ti en una. Soy un noble, y tú lo eres conmigo.

Se arrodilló sobre el colchón y este cedió bajo su peso.

- Soy un hombre, y tú mi mujer... te deseo... y se que tú a mi también.

Me estremecí sin proponérmelo.

-Somos muchas cosas, y no deseo perder ninguna por un berrinche absurdo.-susurró en mi oído.- No endulzare mis palabras al decirte que mis manos están teñidas de sangre al igual que mi espada. Y tampoco negare que tu compartimiento me exaspera... pero he de admitir, y solo lo diré una vez, que... que no deseo que me odies.- dijo con un suspiro que me erizó la piel.

Su mano ascendió, lenta pero segura, por mis caderas hacia mí estomago. Sus dedos dibujaron círculos imaginarios sobre la tela de mi corpiño y me tense. Tanto como una cuerda de piano.

-No pido tu perdón, pues no lo necesito para mantener mi mente en paz.- murmuró con una sonrisa arrogante, que a pesar de no ver sabia que estaba hay.- Pero si te deseo a ti, y a tu cuerpo.

Es un comienzo. Dijo con pesadez mi subconsciente.

-¡No! No lo es.- pensé.

Con la poca fuerza de voluntad que aun poseía aparte con brusquedad su mano y giré hacia él. Cara con cara, pecho contra pecho. Autocontrol contra autocontrol.

Se había recostado sobre el colchón sin que me percatase y apoyado sobre su codo se alzaba levemente sobre mi cuerpo. Su nariz a escasos centímetros de mi frente y su cuello y pecho frente a mis ojos. Tuve que alzar la mirada para poder encontrar su iris castañas y lo que vi reflejado en ellas me hizo fruncir las cejas.

Abrí la boca, dispuesta a decir algún insulto ingenioso y despectivo que lo enfureciese lo suficiente como para despertarlo de su estado de libertino adulador, pero su dedo índice se poso en mis labios y ejerciendo apenas presión libero mi labio inferior. El cual aun mordía sin darme cuenta de ello.

-No hagas eso.- susurró.- O no responderé...

...

La mar estaba serena. El viento era favorable. Y la tripulación deseaba una buena refriega tanto como yo deseaba hundir la hoja de mi espada en el pecho de aquel bastardo.

Sonreí, pero solo las estrellas fueron testigo de ello.

-Disfruta tus ultimas horas de vida Potter... porque te quedan muy pocas.

¡Hola!

¡Cuanto tiempo! Jajajaja

No os entretendré con excusas, porque tengo demasiadas jajaja, y pasare directamente a lo importante: el capítulo.

Ya lo se, ya lo se... he tardado un siglo en subirlo y encima es super cortito pero es que mi mente pensante no ha dado para mas, últimamente esta en huelga jaja. Esta algo cansada la pobre.

Bueno en contenido yo creo que esta bien; tiene un poco de todo. Un popurrí muy variado a mí parecer. Como prometí se aclara algo mas del pasado de Sirius (pronto llegara el de Remus jiji). También tenemos un poco de Lily y James y una aparición esporádica del hermano de Albus (que casi me olvido de él). Este capítulo iba a ser desde el principio, ósea desde hace muchos muchos meses, un capítulo de transición. No iba a tener mucha acción si no mas bien información y algún que otro avance para el siguiente.

El próximo será mas larguillo (¡ya llevo cinco paginas jiji!) así que quizás lo suba a finales de mes o mediados de octubre... mmm no se. Pronto tendré que empezar con el papeleo de la uni y eso, así que no se muy bien cuando lo subiré pero que quede claro que subirlo lo subo. Como ya he dicho muchas veces: esta historia es como mi bebe, me sabría muy mal dejarla abandonada y no continuarla nunca mas. Así que aunque tarde tres años más en acabarla, la acabare. Así tenga que repetir curso (jejeje espero que no, cruzare los dedos).

Bueno creo que eso es todo. (Nunca se me ha dado muy bien esto de los comentarios del autor, me enrollo demasiado y nunca digo nada jiji).

Un millón de gracias, besos, abrazos y apretujones variados a todas aquellas personas que me han escrito sus comentarios respecto a esta historia.

Muchísimas gracias sois el motor que mueve mi inspiración, sois divinos. Os quiero.

*Ghp: ¡No te mueras! Jaja. No podría soportar ese peso sobre mi conciencia. Aquí tienes la actualización. Gracias por tu review. Un besote.

*Mariana: Lamento mucho haberte hecho esperar tanto. Me gustaría decirte que no volverá a suceder pero no me gusta mentir. Gracias por tu paciencia. Espero que hallas disfrutado el capitulo. Besitos.

*Emimakino:¡Gracias por decir que es hermoso! Ayyy tu si que eres hermosa jaja.

*Guest: he tardado, y mucho, pero al fin actualice todas mis historias. Espero no tardar tanto la próxima vez. Gracias por tus reviews, me arrancas una sonrisa con cada uno de ellos.

Gracias tambian ha: Chyo, Emi, lilyfrescoaroma, saratudela24, diane Potter, Valeria, Buri, Macarena, LaDOTT, Anonimo, Chio, Hannah Potter, Marce, Gaby, Arii, Leire b j, leonor, MartaBG, panchypotter, kathKolmer, JinP, Isa, Rose, Per, Silkie, Anita...

Paz y Amor... y algún que otro Reviews. ;)