Yarumi-chan: Siento decirte que no me he inspirado en esa serie para este capítulo. De hecho, ni sabía de su existencia.

Este capítulo os va a sonar bastante aunque está bastante modificado.

Capítulo 29: La sacerdotisa del viento y el hermano a la fuga

La visión de todos esos cadáveres juntos le hizo estremecerse desde su lugar a lomos de Kirara. Se habían dirigido hacia un palacio en lo alto del monte Hitotsu durante todo el día y cuando por fin habían conseguido llegar a la cima, se encontraban con aquella carnicería. ¿Quién habría sido capaz de cometer semejante salvajada? Las paredes de las murallas estaban llenas de sangre, los cuerpos inertes de los asesinados lucían posturas imposibles para su estructura ósea, algunas vísceras colgaban de los postes que rodeaban el camino. La visión era en definitiva espantosa y ella misma tuvo que apartar la mirada y llevarse una mano a la boca al sentir un repentino ataque de náuseas. Aunque no estuviera embarazada, estaba segura de que la visión de aquellos cuerpos le habría enfermado de igual manera.

- Sango, necesito bajar…

- Dentro del palacio- le dijo- aquí está todo lleno de muertos…

- Creo que voy a vomitar…

La exterminadora la observó con los ojos abiertos como platos y luego espoleó a Kirara para que se apresurara a entrar dentro del palacio. Tan rápido como las patas de Kirara tocaron tierra, Kagome salió corriendo hacia una esquina y comenzó a echar la bilis. Las manos de Sango se apoyaron en su espalda brindándole apoyo y pocos segundos después, las manos de Inuyasha se sumaron. Odiaba que tuvieran que estar atendiéndola de esa forma y más aun en un momento tan asqueroso para ella. ¡Estaba vomitando!

Se estremeció al soltar su última arcada y al fin pudo levantar la cabeza sin riesgo a echarlo todo. Utilizó una manga de su yukata para limpiarse las lágrimas que resbalaban a lo largo de sus mejillas y aceptó la cantimplora que le ofrecía Sango con una sonrisa. Fue Inuyasha el que la atendió mientras hacia unas gárgaras para que Sango y Miroku pudieran inspeccionar el palacio. Shippo se quedó junto a Kirara esperando a ambas partes sin saber por quien preocuparse más pero finalmente, se decidió por Kagome. Nunca imaginó que tener un hijo pudiera ser tan doloroso. Kagome estaba casi siempre enferma.

Inuyasha le pasó un brazo alrededor de la cintura a la mujer al percatarse de que ya se sentía con ánimo de continuar y la guió hacia donde se encontraban Kirara y Shippo.

- Kagome, ¿cómo estás?

Era evidente la preocupación en el tono de voz empleado por el kitsune y no pudo más que sonreír enternecida.

- Ya estoy mucho mejor.

Shippo sonrió y se lanzó a sus brazos fascinado por lo que acababa de decir.

- ¿Quién ha sido?

Inuyasha se puso en guardia al escuchar aquella voz desde el exterior de las murallas del palacio y se preparó para cualquier ataque que pudiera avecinarse. Kagome, en cambio, abrazó con mayor intensidad al pequeño kitsune y permitió que Kirara la ocultara de la forma en la que Inuyasha le enseñó a la misma. Sango se había mostrado de acuerdo en que Kirara se ocupara de protegerla durante los combates y aquel grito era una clara invitación. Ahora bien, juraría que conocía esa voz de algo.

Sus preguntas se vieron contestadas cuando una sombra saltó de un lado de la muralla a la otra. A penas tuvo tiempo de contener una exclamación cuando se cruzó ante sus ojos la visión de aquel hombre que tan bien conocía. ¡Era Kouga! Era ese camarero que siempre le insistía para que saliera con él, el mismo que quiso indicarle lo que debía hacer.

- Kouga…

- ¿Nos conocemos?- preguntó él.

No la reconocía. Y la verdad es que a ella también le habría costado reconocerle de no ser por aquel par de ojos tan característicos del hombre. Vestía con unas prendas echas del pelaje de algún animal como un lobo o tal vez un oso. Parecía como si llevara una armadura, andaba tan descalzo como Inuyasha y tenía cola. Podía verle una larga cola rizada saliendo de la zona de sus lumbares o tal vez más abajo.

- Aquel asqueroso camarero- gruñó Inuyasha- siempre andaba tras de ti…

- Kouga, ¿qué haces aquí?- le preguntó Kagome.

- Yo… ¡maldita sea!- exclamó señalando con una mano las puertas del palacio- vosotros sois los responsables de la muerte de mis compañeros- les acusó- no hagáis como que me conocéis…

- Nosotros no hemos matado a nadie- le aseguró Inuyasha.

- Entonces, ¿por qué tu ropa está manchada con su sangre?

Inuyasha bajó la vista y estuvo a punto de gemir al ver las manchas de sangre en su haori. Al saltar entre los cadáveres para llegar hasta la muralla y saltarla, se había manchado con la sangre. Era la única explicación posible para apestar a lobo muerto.

- Tuve que saltar entre ellos para llegar hasta aquí… - gruñó sin entender por qué tenía que explicarse.

- ¡Mientes!

- ¡Kouga!- Kagome se interpuso ante ellos ignorando la mirada de advertencia de Inuyasha- por favor, esto es estúpido. Somos amigos, ¿recuerdas?

- Nosotros no somos nada. Te equivocas de persona, mujer.

No podía ser. Ella conocía a Kouga desde los dieciséis años, eran amigos desde hacía tanto. Kouga no podía estar amenazándola en serio cuando había pasado tantos años intentando que saliera un solo día con él. El mismo Kouga que quiso evitar que ella viniera a esa época y corriera el más mínimo peligro. ¡Claro! Ella conoció a Kouga en su época, quinientos años más adelante, no en la época Sengoku. Ahora recordaba todo lo que Kouga le dijo en su día…

- ¿Ha recordado?

- Absolutamente todo- le informó- me ha hablado sobre Naraku…

- Naraku asesinó a mis padres, hermanos y amigos- murmuró- no quedó ninguno e Inuyasha no pudo hacer nada para salvarlos, ni siquiera tú…

- ¿Yo?

¿Qué pintaba ella en esa historia?, ¿Y cómo que Naraku asesinó a su gente? Si Kouga vivía en su época.

- Pero tú…

Soy Kouga Wolf, jefe del clan de los hombres lobo- continuó- un youkai y tengo más de quinientos años. Llevo esperándote todo este tiempo con la esperanza de llegar a ti antes que él pero fallé. Tú - estás destinada a él y a nadie más.

- No entiendo…

- Y yo no puedo contarte todo lo que ocurrió- se metió las manos en los bolsillos- sólo puedo darte instrucciones para que el pasado no cambie. Nuestro mundo es lo que ves hoy día gracias a lo que Inuyasha hizo en el pasado- prácticamente escupió esas palabras a pesar de ser ciertas- Inuyasha salvó a los humanos, él fue el héroe de la era Sengoku.

Aquellos cadáveres pertenecían a la tribu de Kouga, eran sus amigos, sus hermanos, sus primos. Unas ardientes lágrimas inundaron sus ojos y agachó la cabeza desolada. Aquel era su Kouga, su Kouga en el pasado, el hombre que acababa de perderlo todo y ella por supuesto no podía decirle quién era, no podía decirle de qué se conocían. ¡Qué tonta había sido! Estuvo a punto de decirle algo que no debería saber en ese momento por nada del mundo pero también había algo que sí que podía decirle.

- No fue Inuyasha- le aseguró- ¡fue Naraku!

- ¿Naraku?, ¿quién es Naraku?- la observó sin entender- intentas salvar a tu pareja- observó su abultado vientre- pero él no merece vivir después de la salvajada que acaba de cometer. Morirá sin conocer a su hijo a cambio.

Kagome lo miró horrorizada sin poder reconocer a aquel muchacho tan dulce que ella había conocido pero comprendiendo el dolor por el que estaba pasando el hombre. Era un youkai, era joven, acababa de perder a sus amigos, estaba dominado por la furia y la desesperación e Inuyasha era el único salvavidas a el que aferrarse para sentirse mejor consigo mismo.

Inuyasha le dijo con la mirada que se apartara de lo que iba a ser el campo de batalla y ella no tuvo más remedio que obedecer con el alma partida en dos por lo que estaba sucediendo. No podía permitir que Kouga hiciera daño a Inuyasha y tampoco quería permitir que el hanyou dañara a Kouga. Se encontraba en una auténtica encrucijada y sabía que si intentaba proteger a Kouga ante Inuyasha, él no le entendería y probablemente, pensaría que albergaba alguna clase de sentimiento romántico por él. Inuyasha era demasiado obvio en esos aspectos.

- ¿Estás preparado para morir hanyou?

- Curiosamente, yo iba a preguntarte lo mismo.

Ambos hombres corrieron el uno hacia el otro con sus garras preparadas pero antes de que pudieran tocarse tan siquiera, una fuerte ráfaga de viento los lanzó hacia el lado contrario, alejándolos a varios metros. Ella tuvo que agarrar a Shippo para evitar que fuera arrastrado por la ráfaga de viento y también se tuvo que ver sostenida por el apoyo de Kirara. ¿Cómo podía haber surgido de la nada una corriente de viento tan fuerte?

Todo parecía indicarle que había intervenido otro youkai en el combate por lo que dejó a Shippo sobre el lomo de Kirara y agarró un arco con un carcaj. En las últimas semanas había estado practicando y aunque aún no era una experta, había avanzado muchísimo gracias a la infinita paciencia de Sango.

Con una flecha en una mano y el arco en otra vigiló el perímetro mientras Inuyasha y Kouga se iban recuperando del impacto y adoptó la posición de combate al ver una sombra moviéndose. Acababa de posicionar la flecha en el arco y estaba apuntando cuando se percató de que se trataba de un niño de unos doce o trece años. Era un adolescente y le recordaba tanto a su hermano que bajó el arco con una mezcla de confusión y sorpresa en la mirada. Vestía un traje de exterminador muy similar al de Sango así que supuso que vendría a ayudarles. Descubrió lo equivocada que estaba cuando el muchacho empuñó un arma que ella no reconoció y se dirigió hacia ella con la clara intención de atacarla.

Shippo saltó de su lugar sobre el hombro de Kagome corriendo en dirección hacia el joven. Esquivó su ataque y lanzó fuego por sus extremidades pero el chico también le esquivó a él y pasó de largo ignorando su pobre intento de protegerla. Ella alzó el arco con las rodillas temblorosas y los ojos llorosos. No quería tener que dispara a un niño, no quería que fuera necesario, que alguien la protegería pero si continuaba con su empresa, tendría que hacerlo para proteger a su bebé.

- ¡Kagome no dispares!

Entre ella y el joven se cruzó la exterminadora que tan bien conocía cargando su hiraikotsu.

- Es mi hermano.

Kagome gimió asustada y arrepentida por lo que podría haber ocurrida y bajó el arma.

- Yo… lo siento…

- Tranquila, no sabías nada y si hubiera llegado a dañarte… yo misma le hubiera matado…

- Sango…

- ¿Ves un fragmento de la esfera en él?

Al escuchar esas palabras en boca de la exterminadora se fijó en el joven que de repente parecía dudar sobre su cometido y descubrió aquel brillo tan familiar en su cuello.

- Sí, está en su cuello.

- El fragmento es lo que le mantiene con vida, él está muerto- le explicó- pero también le controla.

- ¿El fragmento le controla?

- No, Naraku le controla a través del fragmento.

Kagome gimió horrorizada al escucharla y por un momento supuso el infierno que debía de estar viviendo la exterminadora. Sólo de pensar que a ella pudiera ocurrirle algo semejante con su hermano, le hacía temblar de pies a cabeza. Sango se encontraba entre la espada y la pared con su hermano. Si le quitaba el fragmento para que no fuera controlado y continuar recolectando fragmentos tal y como debían, Kohaku moriría. Si le permitía continuar con vida cometería cualquier atrocidad bajo las órdenes Naraku y ella se acabaría viendo en la obligación de matarle.

- Por fin nos conocemos, Inuyasha- se escuchó a una voz femenina- y también me alegro de poder conocer a tu pareja.

Kagome se volvió hacia el lugar del que provenía la voz y se sonrojó al ver a la mujer. Era hermosa y se notaba que se trataba de un youkai. Parecía ser de una estatura media, muy delgada y bien proporcionada. Tenía el cabello castaño recogido en un hermoso moño en la coronilla, la tez blanca y unos hermosos ojos color rubí. Quedó fascinada por el bello kimono rojo y azul que vestía y en sus manos lucía un bonito abanico. ¿Sería su arma?

- Seas quien seas- contestó el hanyou- no es un buen momento.

Le volvió la espalda ignorándola y le plantó cara una vez más a Kouga.

- Entonces, no os interesa saber que yo maté a todos esos lobos, ¿no?

La reacción de Kagome fue un tanto exagerada al estar a punto de caerse al suelo por las palabras de la youkai pero fue la sorpresa combinada con su embarazo la que le jugó esa mala pasada. Por suerte, había conseguido mantenerse erguida y que Inuyasha no se preocupara.

- ¿Tú?- Kouga tampoco daba crédito a lo que oía- ¿por qué?

- Por los fragmentos que llevas en tus piernas.

Al escucharla, Kagome dirigió su mirada hacia las piernas de Kouga y el cuerpo empezó a palpitarle de forma acelerada. Anteriormente había estado tan distraída por el encuentro que no fue capaz de ver más lejos que eso. Kouga tenía un fragmento de la esfera en cada pierna, podía verlos claramente. Agachó la cabeza sintiéndose un tanto desilusionada por aquel descubrimiento. No se esperaba que Kouga utilizara los fragmentos en su beneficio.

La youkai sonrió de una forma un tanto cínica y luego alzó su abanico cortando el viento con un suave susurro. La mujer dio un giro sobre sí misma mostrando un hermoso paso de baile japonés que la dejó sin habla por su belleza y cerró su abanico rompiendo la magia del momento.

- Os enseñaré, la danza de los muertos.

Eso no sonaba nada bien y supo que había acertado al pensar de esa forma cuando empezaron a sonar unos golpes en la puerta de la entrada. Quería pensar que se equivocaba pero no era así, había acertado y en ocasiones como esas, odiaba tener razón. Los muertos se habían levantado, habían despertado de su letargo y estaban destrozando la puerta de entrada del palacio para llegar hasta ellos. Odiaba las películas de zombis desde que podía recordar y lo único que se le ocurría en ese momento era cubrirse con una capa de acero el vientre para que no llegaran hasta su dulce y tierno bebé. Ojala esos muertos no comieran carne.

La puerta terminó cediendo al empuje de los muertos y dejó paso a una larga cola de demonios lobos preparados para el ataque. Todos se dirigieron al mismo tiempo hacia Kouga, sin embargo, éste los esquivó con maestría. Inuyasha se dirigió en su ayuda con el único propósito de mantener a salvo los fragmentos de la esfera mientras que Kagome no paraba de plantearse qué debía hacer. ¿Huir?, ¿atacar a los muertos? o ¿atacar a esa mujer?

La youkai parecía tan concentrada en los demonios muertos que logró desconcertarla a ella. Volvió la vista hacia los camaradas de Kouga y descubrió en sus ataques la falta de sincronización, la poca fluidez, los reducidos reflejos y su forma de andar. Era como si estuvieran controlando sus cuerpos y fue ese pensamiento el que le hizo descubrir la verdad. Los demonios no habían vuelto a la vida, no eran zombis. ¡Aquella mujer movía sus cuerpos como si fueran marionetas!

Decidida a prestarle una ayuda a Inuyasha, alzó una vez más su arco y preparó una flecha para lanzarla. Desgraciadamente, cuando disparó, el hermano de Sango interceptó su flecha y la desvió con su arma.

- ¡No!- exclamó la joven.

- ¿Qué pretendías?- le preguntó Sango.

- Si distraigo a esa mujer los muertos dejarán de moverse.

Sango pareciendo entender sus palabras se volvió hacia su hermano pequeño y lanzó su hiraikotsu en una clara declaración de combate. Intentaba distraerle para que ella alcanzara a la otra mujer y no podría estar más agradecida. Alzó una vez más el arco, apuntó y lanzó una flecha que impactó en el suelo junto a uno de los pies de la youkai. Ésta perdió la concentración al recibir un ataque tan de cerca y los cuerpos de los demonios muertos cayeron inertes sobre el suelo. ¡Había acertado! Ella sólo movía los hilos, no les devolvía la vida, ni les convertía en zombis.

- Kagome, ese movimiento ha sido inútil- rió- sólo tengo que volver a invocar mi viento…

Antes de que pudiera ejercer un solo movimiento el bastón de Miroku golpeó su muñeca haciendo que soltara el abanico. La youkai gritó horrorizada y se lanzó a cogerlo mientras la espada de Inuyasha se alzaba sobre ella. Kohaku tiró su arma para distraer a su hermana y se interpuso entre el hanyou y la youkai dispuesto a recibir el ataque.

Inuyasha miró atónito al hermano pequeño de su mejor amiga durante unos segundos, descubriendo que él no se apartaría. Abatido, detuvo su ataque y se frenó con los talones para no caer sobre él. En ese intervalo la mujer tuvo tiempo de agarrar su abanico y cuando Kouga se alzó sobre ella, lo abrió y lo agitó contra él. Un fuerte vendaval la rodeó y el hombre lobo fue lanzado a distancia contra una de las murallas del palacio. Aparecieron unas grietas en el muro alrededor de su cuerpo y se desquebrajaron algunos puntos, cayendo dura roca sobre el suelo de tierra.

La mujer se levantó dispuesta a iniciar una vez más la danza de los muertos pero Miroku le dio un empujón con el hombro apartándola e hizo algo que ella nunca le había visto hacer, hizo algo que la dejó sin habla. Apartó las cuentas que siempre cubrían su brazo derecho hasta la mano y la dirigió hacia los cuerpos inertes que descansaban en el suelo.

Un fuerte latido invadió todo su cuerpo y notó como la propia mano del monje también latía antes de que un gran agujero negro se abriera paso en su piel. Empezó a hacer mucho viento, un viento que la arrastraba débilmente por su posición y que estaba llevando todos los cuerpos consigo. Vio como los hombres lobo iban siendo absorbidos por el gran agujero que surgía en la mano del monje hasta que desaparecieron absolutamente todos. Miroku cerró el puño y volvió a cubrirse el brazo con las cuentas que siempre llevaba.

Nunca en su vida había visto algo semejante, ni se había imaginado que algo así podría existir. El arma que Miroku tenía en sus manos era mortal y podría destruir cualquier cosa con solo adsorberla. ¿Por qué no lo empleaba contra Naraku?

- Bastardo… - murmuró la mujer.

Miroku le sonrió con un gesto de superioridad y luego le dedicó una cordial reverencia.

- Un placer conocer a una dama tan hermosa- se irguió- ¿desearía tener un hijo mío?

Fuera cual fuera la situación, el monje no cambiaba y tampoco la exterminadora. Se ocupó de darle su merecido al monje por las arriesgadas y mal aventuradas palabras. Inuyasha aprovechó para volver a empuñar su espada contra la mujer pero ésta lanzó una pluma al suelo y de ella surgió una humareda de polvo.

Tosieron atosigados por aquel tóxico humo y alzaron la vista al descubrir como una pluma de dimensiones muy superiores se alzaba sobre sus cabezas. Sobre la pluma se encontraban la youkai y Kohaku.

- No te olvides de mí Inuyasha- le recomendó- soy Kagura, la sacerdotisa del viento.

- Apestas a Naraku…

La mujer sonrió y le dio la espalda para partir lejos del palacio. Sango alzó una mano en un vano intento por detener a Kohaku pero éste la ignoró como ya había hecho tantas otras veces y se marchó junto a Kagura. Miroku le dio una palmada en la espalda a Sango a modo de consuelo y juntó las manos a modo de rezo para lanzar una plegaria por Kohaku.

- Kagome, ¿crees que Sango algún día salvará a Kohaku?

La joven miró a Shippo sorprendida por la pregunta y luego volvió a mirar a Sango apenada.

- No lo sé, Shippo.

Y era verdad, no sabía lo que ocurriría con Kohaku pero una cosa tenía clara: la muerte era definitiva para todos. La única forma de que Kohaku se salvara era volviendo al otro mundo, al lugar del que nunca debió ser sacado. Pasara lo que pasara al final Sango lo iba a pasar realmente mal y no se lo merecía. Ella era una muy buena mujer que luchaba para proteger a los inocentes arriesgando su propia vida, no merecía tanto sufrimiento.

Se acarició un brazo decaída mientras observaba a sus amigos discutiendo sobre Naraku y entonces recordó a Kouga. Kagura le había lanzado contra la muralla del palacio y desde ese momento no había vuelto a saber nada más de él. Con una mano en el vientre para evitar movimientos bruscos en él se dirigió corriendo hacia el sitio en el que había caído, descubriendo que él estaba allí tumbado sobre la tierra. Se arrodilló a su lado y colocó su cabeza sobre el espacio reducido de su regazo debido al embarazo. A pesar del golpe que se había dado, tenía aspecto de encontrarse bastante bien. Sus heridas cicatrizaban con asombrosa velocidad ante su mirada y recuperaba la consciencia sin traumatismos.

- ¿Cómo te sientes?- le preguntó- te has dado muy fuerte…

- Yo… creo que estoy bien… - suspiró.

Se incorporó con su ayuda quedando sentado sobre la tierra y se llevó una mano a la cabeza, buscando alguna herida pero estaba perfectamente.

- Tú… - la miró- ¿tú ves los fragmentos?

- Sí…- musitó.

- ¿Viste los míos?

- Sí, los tienes en los gemelos- le dijo- uno en cada pierna.

El hombre lobo la miró asombrado por sus palabras y luego adoptó una pose pensativa que la desconcertó. ¿Qué estaría pensando en un momento como ése? Acababan de matar a toda su gente y se había quedado solo. Debería de estar furioso, rabioso, desesperado, agresivo... y él, en cambio, parecía tan tranquilo y sosegado. Sin duda alguna, no tenía el mal genio de cierto hanyou que ella conocía.

- Necesito tu ayuda…

- ¿Hug?

Antes de que pudiera preguntar, el hanyou se acercó a ellos furioso.

- ¡Aléjate de mi mujer, lobo sarnoso!

- ¡Cállate, chucho!

Sin saber exactamente por qué, esa escena le sonaba en su cabeza. Estaba seguro de que esos dos se habían comportado de esa forma antes.

- Kagome, no atiendas a ese tipo- le dijo- intentó matarnos.

- Inuyasha…

Iba a regañarle por ser tan desconfiado pero en su lugar, tuvo que llevarse una mano a la boca para no vomitar. Kouga la había alzado en brazos de un rápido movimiento que ni siquiera Inuyasha había podido interceptar y corría con ella a cuestas. Ni siquiera su peso por el avanzado embarazo podía ralentizar la velocidad que le proporcionaban los fragmentos de la esfera a sus piernas. El palacio había quedado atrás en seguida y con él los gritos de Inuyasha llamándola. Kouga acababa de secuestrarla y el temor a saber el motivo, la paralizaba.

Continuará…