Disclaimer: La trama le pertenece a G. Showalter y, los personajes, como todos sabemos, son exclusivamente de Meyer.
Hola lindas, bueno después de un tiempo aquí les dejo el capítulo veintiocho. Realmente no puedo creer que solo falten cuatro capítulos y el Epílogo para que se termine, el tiempo se me ha pasado volando, supongo.
Bueno, espero que disfruten este capítulo y me sigan apoyando hasta el final, adiós.
CAPÍTULO VEINTIOCHO
Jasper le hizo el amor a Isabella durante toda la noche. No se cansaba de ella. Nunca se cansaría de ella o el placer que le daba. Amaba sus senos, tan perfectamente exuberantes y de puntas perfectas. Amaba su estómago, un hueco suave con un ombligo tentador. Amaba sus piernas, su lisa extensión de placeres perversos.
Amaba todo lo demás.
Amaba los sonidos que ella hacía, la forma en que se movía, la suavidad y la dulzura, y la pasión que experimentaba con ella. Amaba lo que hacía con él, abrazándole, besándole, haciéndole sentir como si fuera la cosa más preciosa en la tierra.
Pero lo que más amaba era estar dentro de ella, ser uno con ella. Formar parte de ella. Enroscarse a su alrededor, entremezclar las respiraciones. Sí, las sensaciones físicas que acompañan a esa parte le había encantado, pero la mental... la emocional... eran aún mejor.
Amor. Él era el que nunca había conocido su verdadero significado, se dio cuenta. No era sólo una palabra bonita. El amor verdadero es un regalo. Especial. Necesario. Una lección que su hermano había tratado de enseñarle, pero que había ignorado. Hasta ahora.
Ahora... que Isabella brillaba con la esencia de Jasper, una sutil luz se filtraba de sus poros, como si el sol residiera justo debajo de su piel. Le encantaba eso.
Mía, pensó. Ella es mía. No la comparto.
—Si puedes soportar tomar un descanso, bestia insaciable, hay algo que quiero hacer —dijo, trepando por la cama por un interminable y detestable momento.
Cogió un bolígrafo de la mesilla antes de sacarlo de la miseria y sentarse a horcajadas sobre las caderas. Él apoyó la espalda contra las almohadas y una clase de satisfacción diferente lo consumió. Estaban juntos, sin importar lo que sus cuerpos estuvieran haciendo. Otra cosa que amaba.
—Por cierto, esto ya no es una indirecta —dijo ella—. No esta vez.
—Provocadora. —Como le encantaba cada aspecto de ella. La caída de pelo castaño rojizo alrededor de sus hombros, sus mejillas enrojecidas y húmedas. Brillantes ojos azul hielo, los labios hinchados por sus besos—. ¿Por qué necesitas el bolígrafo? —le preguntó.
—Ya llegaremos a eso. En primer lugar, me tienes que informar. ¿Me voy a meter en problemas por seducirte? —preguntó, y luego mordió el extremo de el bolígrafo mientras esperaba su respuesta.
Una pésima costumbre, pensó él, tirando suavemente de la cosa de entre los dientes.
—¿Estás segura de que me has seducido? Porque yo no estoy convencido. Tal vez deberías intentarlo de nuevo.
La calidez de su risa llenó la sala y le encantó. Quería que se riera así por lo menos cien veces al día.
—Tan de tíos lo que dices, pero no más intentos de seducción por esta noche. Tengo que guardar algo para mañana.
Que planeara pasar otro día con él, que acabara de darle algo que desear, que realmente lo hubiera perdonado... Si hubiera estado de pie, se habría caído de rodillas, una vez más humillándose a sí mismo ante ella, muy agradecido. Ahora él sonreía. Una sonrisa genuina de placer.
Ella alargó la mano y le trazó con un dedo la línea curva de los labios.
—Me encanta cuando sonríes como ahora. —Movió la yema de su dedo por la mejilla hasta el hoyuelo que Edward solía mostrar—. Tú eres... En realidad, no hay palabras para lo que eres. Hermoso no es la adecuada, y exquisito apenas rasca la superficie.
La apariencia nunca había significado nada para él. Hasta ahora.
—¿Gracias?
Otra risa brotaba de ella, su piel y su rostro radiante de salud, vigor y vida. Ella era la que desafiaba cualquier descripción.
—Sí, eso era un cumplido. Ahora, entonces. Lo de meterme en problemas.
—No, no te meterás en problemas. Recuerda, los ángeles de la Deidad tienen un propósito diferente que los del Altísimo, y por lo tanto, se rigen por el mismo conjunto de reglas que los seres humanos. Sí, mi raza ha sido creada por el Altísimo, y dados a la Deidad, pero somos muy parecidos a ti. No es que alguna vez oigas a cualquiera de nosotros admitirlo.
—Bueno, perfecto, entonces. El bolígrafo. Quiero jugar un juego contigo. —Le puso la punta justo sobre el pecho, frunció el ceño y luego le miró—. Espera. Otra pregunta, o una petición realmente. Háblame sobre el punto negro. ¡Es más grande que la vez pasada y la vez pasada era grande!
Desvió la mirada al punto en cuestión. Sí, el negro era ya varios centímetros mas grande de lo que había sido hace dos días.
—Cuando mi hermano murió, salvé su esencia. Su amor.
—¿Su espíritu? —dijo ella—. ¿O su alma?
—El amor es una emoción, sí, pero también es un poder. Así que tomé de su espíritu. Saqué un pedazo de mí, también, de modo que una parte de nosotros siempre estuviera junta. Aquella extracción mató ésta parte de mí —se golpeó el lugar—, porque no lo reemplace.
Un momento lleno de temor pasó mientras ella absorbía las palabras.
—¿Por qué se extiende? Y no trates de despistarme, o ignorarme o decirme que no me preocupe como hiciste la última vez. Porque jugaré con una carta que no quieres que juegue, porque sí, puedo ser tan retorcida como eso y después ambos nos sentiremos mal.
Él no se sentiría mal.
—El crecimiento fue lento pero constante, hasta que la Deidad me castigó con la nieve por atreverme a ignorar sus órdenes. Después, el crecimiento se aceleró y aumentó.
—No has respondido a mi pregunta. —Cruzó los brazos sobre su pecho—. ¿Por qué el crecimiento?
—Se trata de... la muerte.
Se quedó con la boca abierta, pero ella la cerró.
—Vuelve a colocar la pieza que has extraído. ¡Ahora mismo! Esto debería parar la extensión de la muerte.
—No puedo. Lo qué hay en la urna es una combinación de Edward y yo. No puedo separarlo. Ya se han vinculado. —Al igual que el demonio se había vinculado a ella, pensó, cerrando las manos en puños.
La barbilla de ella se alzó en el aire, y él sabía que su lado terco estaba por salir.
—Bueno, piensa en esto. No te pido separarlos. Te digo usar la combinación.
Oh, sí. Terca.
—Falle en salvar su vida. Incluso di el golpe mortal. No merezco vivir de él.
—Le diste lo que él quería. Pusiste fin a su tormento. Te lo mereces.
—Isabella...
—Jasper. Eres mucho mejor del crédito que te das. ¿Cuántas veces me has salvado? ¿Qué habría hecho sin ti? ¿Qué me va a pasar si... si...? ¡No puedo ni siquiera decir la palabra! Haz esto. Por favor.
¿Cómo podía negarle nada?
—Yo... lo pensaré —dijo, y lo haría, pero en el fondo sabía que no iba a cambiar de opinión. Si hiciera lo que ella quería, siempre llevaría un pedazo de su hermano. Él, un hombre totalmente indigno de una bendición.
—Gracias.
La culpa aumentó, pero la hizo a un lado.
—Ahora, ¿por qué tienes el bolígrafo? —le preguntó, cambiando de tema.
—Por placer —dijo con una sonrisa sólo la mitad de potente que las otras.
—¿Alguna vez has jugado a tres en raya?
—Nunca he jugado a nada.
—Bueno, entonces, prepárate para ser vencido. Soy una maestra. Gano contra mí misma cada vez que juego.
Él soltó un bufido.
Con la mano firme, empezó a escribir sobre él, utilizando su pecho como si fuera una hoja de papel y dibujo lo que parecía ser cientos de tablas de tres en raya. Él era X, ella era O, y empataron todas las partidas.
Bueno, empataron hasta que ella usó el centro del pezón como O, enviándole sensaciones a la entrepierna, esperaba estar muerto durante varios días. Gimió, y la hizo reír, y por supuesto, que la risa le distrajo. Finalmente ella ganó.
En el momento en que terminaron, estaba marcado desde el cuello hasta los pies, y ella también. A pesar de que no había elaborado tablas en ella, él había escrito su nombre. Y de repente, entendió el atractivo de los tatuajes. Le gustó ver su nombre firmado en su carne y sospecho que a ella le gustaría tener su firma en la suya.
Isabella formó un cuadrante con los dedos, miraba por el centro, como si fuese un científico y sus manos una lente.
—Quiero tomar una foto de ti justo... como... esto. Tú estás... —Sus ojos se oscurecieron a un encantador azul marino, y sus manos cayeron pesadamente a sus lados.
Cada uno de los músculos se le petrificó, pero luchó por ahuecarle la mejilla.
—¿Qué pasa?
—Él me quitó la ropa y me tomó fotos. —Su mirada fija casi quemó un agujero en el pecho de Jasper.
—¿Quién? —susurró con fiereza, pero ya sabía la respuesta. El conocimiento de que un hombre había forzado sus atenciones en esta encantadora mujer lo había irritado antes, incluso enfadado y ofendido, pero ahora, después de todo lo que él y Isabella habían compartido, después de tener sus propias manos sobre ella, después de tener sus manos sobre él y descubrir la belleza de ese contacto, estaba más que furioso.
—El doctor Vultpervertido. Hizo más que tomarme fotos. También me tocó. —La vergüenza cubrió su voz, goteando y cubriéndole la piel con una capa del mismo aceite negro que había cubierto su nube.
—¿Dónde te tocó? Cuéntamelo todo, Isabella.
En un parpadeo de tiempo, Jasper sintió como si estuviera respirando fuego, el cuerpo le ardía de fiebre. Mientras que Isabella fue atada a una camilla y drogada, el humano responsable de su cuidado la había estrujado, la había lamido, y la había tocado en lugares que no debería. Y el horror de que un humano hubiera guardado recuerdos de esas violaciones y que probablemente encontraba gozo en ellas...
—Siento mucho lo que te han hecho. —Sentía no haberla encontrado antes.
Por fin ella alzó la vista, y el mismo fuego que le ardía dentro se arremolinaba en sus ojos.
—Cuando me sienta más fuerte, regresaré.
Estaba lo suficientemente fuerte ahora, pero Jasper escuchó el miedo en su voz, un pedazo de su pasado que aún no había vencido, y sabía que una parte de ella esperaba que el doctor la drogara y encerrara, dejándola indefensa una vez más.
En silencio, Jasper se levantó de la cama y se vistió. Tiró de Isabella para ponerla de pie, la ayudó a vestirse con el nuevo conjunto de ropa que Carlisle había dejado en la puerta, sacó una túnica que puso sobre su ropa, y la tomó entre los brazos. Aún sin decir una palabra, salió volando del edificio hacia el cielo nocturno y el aire fresco les azotó en su contra. Ella permaneció en silencio, también. Sin duda sabía dónde la llevaba.
El informe de Carlisle sobre la vida de Isabella había incluido las direcciones de todas las personas que habían entrado en contacto con ella. Cuanto más se acercaban a Colorado, el aire se hizo más frío, incluso con el forro de piel en su túnica Isabella temblaba.
—No tenemos tiempo para esto ahora —dijo ella.
La casa del doctor apareció a la vista.
—Vamos a hacer tiempo. —De hecho, Jasper debería haber encontrado tiempo antes—. Hay un tiempo para la piedad y un tiempo para luchar.
Voló al interior, aterrizó y la soltó. Quería aferrarla y también quería infligir el máximo daño a su verdugo, pero sabía que esto no era sobre él y sus deseos. Esto era sobre las necesidades de Isabella. Torturar a Vulturi haría que Jasper se sintiese mejor, sin duda, ¿pero qué ganaría Isabella? Simplemente una fugaz sensación de satisfacción.
Caminó a través de la casa, Isabella le pisaba los talones.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella en voz baja.
—¿Yo? Nada —contestó en un tono normal. Ésta era su guerra, y su victoria tan esperada. Se percató de la pulcritud y la simplicidad. Vulturi disfrutaba de la comodidad sobre el lujo, sin embargo, favorecía la estética sobre lo práctico. Una combinación extraña—. A menos que desees algo de mí.
—¡Shh! ¿Qué pasa si está aquí?
—Está aquí. Puedo escuchar su respiración. Pero no nos puede sentir. —almenos aún no.
Ella se relajó, pero sólo ligeramente.
Las luces estaban apagadas, pero la mirada de Jasper atravesó las sombras sin ningún tipo de problema. Encontró el dormitorio y se colocó al final de la cama de matrimonio. Vulturi estaba acurrucado en el centro, roncando placidamente.
Junto a él, Isabella se tensó.
—Él está divorciado y tiene dos hijos —dijo Jasper—. Adolescentes. Ellos viven con su madre, por lo que está solo.
—¿Crees que debería... matarlo?
Si ella lo hacía Jasper sería culpado. Como con el demonio que poseía a Gianna, pero no estaba preocupado por sus acciones. Con mucho gusto pagaría las consecuencias.
—¿Te traerá eso la paz?
Un momento de silencio. Un hundimiento de hombros.
—No. Para el resto de mi vida recordaría lo que hice con él, en lugar de lo que me hizo. Habré matado a un humano de la manera en que el demonio mató a mis padres.
—Lo matare si eso es lo que quieres, y te prometo que puedo hacerlo doloroso hasta el final. O, si lo prefieres, puedo acabar con él rápidamente. A mí me daría igual cualquiera de las maneras.
Otra ronda de silencio mientras ella se retorcía las manos.
—No. No dejare que caigas por algo como esto. Entonces él nunca jamás le diría que sus acciones eran como las suyas. —¿Harás... No sé, despertarlo e inmovilizarlo?
No había ninguna necesidad de que ella se lo preguntara dos veces. Con sólo un pensamiento, Jasper permitió que su presencia se manifestara. Extendió las alas y se levantó, se cernió sobre Vulturi, le agarró y le lanzó contra la pared. El yeso se resquebrajó y el polvo se arremolinó con el plumaje. En un instante, Jasper acortó la distancia, agarró el cuello del médico y lo levantó sobre sus pies, fijándole a la pared.
Con el impacto Vulturi había despertado, y ahora el hombre luchaba por liberarse.
Isabella encendió una luz, y cuando el humano vio quien lo sostenía -y quien lo miraba- se calmó, su piel se puso de un tono verde pútrido. Su boca se abrió y un poco de saliva se deslizó por la comisura de la boca.
—Dile dónde están las fotos —exigió Jasper, aflojando su agarre sólo lo suficiente para permitir que el hombre hablara.
El color pasó a un verde profundo.
—Yo n-no sé de lo que estás... Vale, vale, ya lo sé, están —se precipitó cuando Jasper apretó el agarre—, fueron eliminadas. Por supuesto. Lo juro.
Un gusto asqueroso de pronto recubrió la lengua de Jasper.
—Una mentira. Y no me gustan los mentirosos, doctor Vulturi. —Apretó, más que antes, y sintió los huesos del hombre comenzar a agrietarse.
No debes matarlo, ¿recuerdas?
—Él no se arriesgaría a revelarlas —dijo a Isabella con sólo el más ligero temblor en su voz—.
Apuesto a que todavía están en su teléfono. O tal vez en su ordenador.
Vulturi estalló en movimiento, arañando los brazos de Jasper.
—Apuesto a que tienes razón —dijo Jasper.
Más pálida por segundos, Isabella cogió el teléfono móvil que descansaba sobre la mesita de noche. Apretó unos botones y frunció el ceño.
—Estaba equivocada acerca del teléfono. No hay fotos guardadas aquí.
El doctor se relajó.
—Te lo dije —chilló él.
—Has mencionado un ordenador. Comprueba el de su oficina. Dos salas mas abajo.
Las sacudidas se reanudaron.
Isabella salió de la habitación, sus pasos desvaneciéndose. Jasper lanzó a Vulturi, el hombre repugnante chocó contra el suelo, jadeaba por aire. Antes de que pudiera escabullirse, Jasper se agachó y puso la rodilla en el pecho del hombre.
—No vas a ninguna parte. Le hiciste daño a mi mujer.
El humano levantó las manos, las palmas hacia fuera, en total inocencia.
—No sé quién eres pero sé que ella es una asesina. Loca y violenta. Soy su médico. Yo nunca haría...
Jasper le dio un revés, rompiéndole la mandíbula y garantizando su silencio.
—Te lo dije. No me gustan los mentirosos. Le hiciste daño, y de una u otra manera vas a sufrir por ello.
Con los ojos muy abiertos llenos de temor el doctor se marchitó en el suelo. Lo sabía. Sabía que había llegado al final de la línea.
—Me he encontrado con hombres como tú antes. Eres débil, pero te gusta pretender que eres fuerte. Es por eso que eliges a las víctimas que no pueden defenderse. —Arqueó una ceja—. Me pregunto, ¿tu esposa sabe lo cobarde y ruin que eres? ¿Es por eso que ella te dejó? ¿Lo saben tus hijos? —Jasper lo encaró—. No te preocupes. Si no lo hacen, pronto lo harán.
Isabella entró pisando muy fuerte en la habitación, las lágrimas corrían por su rostro, su barbilla temblorosa.
—¡Enfermo pervertido! ¡Eres... Eres... Un monstruo! —Con un chillido se catapultó y se lanzó encima de Vulturi, golpeándole, dándole patadas.
Jasper se apartó de su camino y esperó a que terminara. Su piel estaba remendada con las escamas de demonio, sus uñas afiladas como garras. Ella se había quitado la túnica, y pudo ver que la parte de atrás de su camisa estaba desgarrada, los bordes irregulares de las alas trataban de surgir.
Finalmente, su energía se agotó. Se alejó del hombre, ahora ensangrentado y sollozante.
—Dime —demandó Jasper suavemente.
Después de unos cuantos jadeos, se las arregló para decir:
—Las fotos estaban en su ordenador. Además también las cargó en un marco digital, junto con las de las otras mujeres de las que ha abusado. Estas destellan mientras trabaja.
—¿Las has eliminado?
—No. Yo quería, casi lo hice, pero... Quiero que la policía le tenga a él y las pruebas de lo que ha hecho. Quiero que pague por sus actos de la forma correcta.
Vulturi renovó la lucha, el pánico casi tangible.
—Y así lo hará él.
Aunque llevó algún tiempo convencerlo -bajo la forma de los puños de Jasper-, Vulturi finalmente llamó él mismo al 911 y confesó sus crímenes. Una vez hecho esto, Jasper lo amordazó, lo desnudó y lo colocó en su propio jardín delantero a la espera de su detención. Sus vecinos salieron a mirar. El hecho de que nadie tratara de intervenir le dijo que Isabella no era la única que odiaba al buen doctor.
Isabella era completamente demonio en el momento en que los policías llegaron, por lo que Jasper la mantuvo oculta de miradas indiscretas, no sólo con sus habilidades, sino también metiéndola al costado, y cubriéndola con las alas.
Al principio luchó contra él.
—N-no me toques cuando estoy así. No lo puedo soportar.
Una mentira. Podía soportarlo, también necesitaba del contacto tanto como lo hacía él. Le había herido mientras estaba en esa forma, y ella asumió que la encontraba repulsiva, fea incluso. Tenía que demostrarle lo contrario.
—Acércate más a mí. —La obligó a pegarse más al cuerpo—. Quiero mostrarte algo.
Con sus garras incrustadas en el pecho, ella lanzó un suspiro abatido.
—Déjame adivinar. ¿La punta de una daga?
Una lanza de ira autodirigida, ya no contenida cerca del corazón, sino disparándose a través de todo el cuerpo.
—Te dije que nunca volvería a hacerte daño, y lo dije en serio.
Silencio.
—Tienes razón —suspiró—. Lo siento. Iré a donde quieras llevarme.
—Buena chica. Y como una vez me dijiste, voy a hacerte muy feliz por haberme dicho eso.
