Bueno, empezamos el principio del fin de este arco en una trilogía de capis, no voy ha hablar mucho de este, espero que os guste.
Descargo de responsabilidad: Monster Musume no es de mi propiedad y este escrito solo está hecho para fines de entretenimiento y sin fines lucrativos
El sol se alzaba sobre aquella desolada tierra. A la vista del geólogo se extendían innumerables kilómetros de praderas, colinas y campos de flores, alternados, manchados en contados puntos por figuras humanoides difusas por la distancia, todo bajo un cielo negro y sin estrellas.
-Así que esto es…Al final de todo-. Susurro el joven, perdido en la inmensidad de las tierras que tenía frente a él.
-Así es-. Susurro a sus espaldas una grave y cavernosa voz, que resonaba con fuerza en el aire de forma antinatural provocándole un escalofrío involuntario. -Bienvenidos, a las Tierras de los Muertos-.
-Algunas horas antes…-
-Tuituitituititu…- El joven geólogo tarareaba despreocupado mientras el rítmico sonido del cuchillo al cortar las verduras y chocar contra la tabla de madera se sobreponía a su leve canto. Ya era bien entrada la mañana, en poco seria la hora de comer y aquel era un día ciertamente especial.
Había pasado bastante desde su vuelta a Japón y los grandes descubrimientos y confesiones, semanas incluso donde no habían salido apenas ni habían hablado con nadie, atrapados n el único lugar seguro de Japón. Si bien era cierto que muchos de sus conocidos no eran lo bastante cercanos como para preocuparse de quedar con ellos en tan corto periodo de tiempo, como Amanda o Dina, había excepciones a esa regla, concretamente Draco y Aiur.
No las habían visto desde antes de las fiestas decembrinas y apenas habían tenido contacto desde el día del solsticio. Sabían que algo les había pasado a las dos que había alterado sus vidas bastante, pero no tenían claro el que. Y tanto por saber esa razón como por verlas de nuevo aquel preciso día de la primavera temprana las habían invitado a comer. Con motivo de esa visita Geber se había pasado todo el día preparando la carne para elaborar un enorme asado de cordero como para alimentar a una clase entera, o a tres liminales, un humano y una mascota a la que no se le podía negar una pata de cordero bien hecha.
Mientras preparaba la carne para meterla en el horno, cubriéndola con especias, verduras y una salsa casera para acompañar, Erin estaba haciendo la ronde de ejercicio diaria con Charnela. Al ser los huskys animales de tanta energía no era fácil cansarla y ejercitarla hasta los niveles que eran sanos para su especie, menos si apenas podían ni salir fuera, pero si había alguien capaz era la wyvern.
Charnela, que demostraba ser un ejemplar excepcional incluso para su especie, la entretenía todos los días, acompañándola en el pequeño gimnasio que tenían improvisado en la planta superior a jugar o correr en la cinta mecánica y otros ejercicios que compartían.
Poco antes de que el joven metiera la carne, ya especiada y cubierta de aceite y sal, al horno, escucho como llamaban a la puerta. Siendo aún una hora temprana para la llegada de sus amigas, a las que no esperaba como poco hasta una hora después si los mensajes, el geólogo se extrañó por esa llamada y no tardo en acudir. Tenía claro que si había llegado a tocar el timbre repetidamente sin activar las runas de Aurora debería de ser alguien cuanto menos amistoso, pero no logro pensar en quien podría ser el responsable de esa visita hasta que llego a la puerta.
-¡Geberin, ha pasado mucho tiempo!- Como era costumbre cada vez que aparecía, la hellhound empujo la puerta para abrirla de par en par tan pronto como sintió las cerraduras apartarse de su propósito. El joven que la había visto por la mirilla antes de abrir, solo pudo emitir un leve suspiro mientras se apartaba.
-Rowana…Sinceramente me alegro de verte-. Respondió Geber, que se alegraba de ver una cara amiga en esos momentos, más teniendo en cuenta lo que significaba su aparición. -¿Si estás aquí significa que lo tienes?-
-Desde luego que prisas. Te has vuelto muy maleducado, ya no me preguntas como estoy o como me va la vida, si he tenido problemas con el tráfico o me da guerra la vieja herida de flecha que tengo en la rodilla…- Apenas le miro mientras entraba, dedicándole un breve saludo.
-Rowana…-La voz de Daiging resonó detrás de ellos, entrando a continuación por la puerta y quedándose al lado de Geber. -Sí que lo tiene, me ha llamado para que te ayude a preparar el antídoto-.
Cuando Geber se giró de nuevo de cara a la hellhound, esta le lanzo un pequeño paquete, no más grande que su mano. Había algo blando envuelto en hojas de periódico y atado con un cordel fino. -Y encima envuelto para regalo…Puedes ir a curarte de la radiación esa y ya hablamos del pago a la vuelta, que ahora voy a saquearte un poco la cocina que el viaje me ha dado hambre. Menudo plato de carne tienes ahí-.
-A ese nada Rowana-. Afirmo con fuerza el joven, tras perderse apreciando el "regalo" de su amiga. -Estaba esperando visita, eso no es para ti-.
-Asique…Esta es Rowana-. Antes de que la aludida pudiera responder al comentario de Geber, la voz de la wyvern resonó por encima de ellos. Desde lo alto de las escaleras que llevaban al segundo piso, con una visión privilegiada de todo lo que ocurría en la entrada y aun en ropa de entrenamiento la escamosa mirada fijamente a los recién llegados, en especial a Rowana.
-Ho-Hola Erin-. Respondió algo dubitativo el geólogo, mirándola desde abajo. -¿Todo bien?-
-Sí, solo escuche que abrías la puerta y quise salir no fueran Aiur y Draco, no esperaba esto-. Empezó a bajar lentamente por las escaleras, sin quitar la vista de la hellhound. -¿Qué hacéis aquí?...¿Es por lo de la piedra?-
Rowana se giró hacia Geber tan pronto como la wyvern relaciono lo que había hablado con su anfitrión tiempo atrás con la presencia. -¿Lo sabe?-
-Puedes mirarme a mí para preguntarme esas cosas-. Hablo seria al llegar debajo del todo y ponerse de alas cruzadas delante de ella. -Sí, lo sé todo. Geber me conto todos los detalles-.
-Chicas, me gustaría ir a hacer el antídoto lo antes posible…¿Está bien si os dejo solas? No parecéis muy cómodas la una con la otra-.
-No pasara nada-. Inquirió la wyvern. -Estaré bien, tu solo ve y cúrate de una vez, ¡esta es una buena noticia!- Admitió con un deje de alegría al final, mientras Rowana asentía. Con esa doble confirmación, aun algo temeroso por la tensión del ambiente, bajo junto a Daiging al sótano donde tenían todo el equipo del laboratorio para elaborar el remedio.
-Geber no es de la clase de persona que le es fácil soltarse con nadie-. Inquirió Rowana, la distancia que separaba a ambas liminales era de apenas un metro. La hellhound no se sentía tan cómoda como su tono de voz tranquilo dejaba entrever. -Me cuesta creer que te lo dijera todo todo…Con menos de un año de conocerse-.
-Todo significa todo-. Soltó la wyvern sin pensarlo, aunque en el instante siguiente hizo una mueca de contrariedad. Habían pasado ya muchos días desde la confesión y su casero no había dado señal alguna de estarle engañando o de tratarle diferente o ser una persona que se mereciera su silencio. -De todas formas no te debería de importar, ¿no?-
-Ñeh, supongo que no-. Desvió la mirada ligeramente, incomoda. -Solo que me sorprende, la última vez que supe de él y de ti más parecíais tener una relación extremadamente toxica... No es algo que crea que nadie pueda soportar-.
-Ugh-. Erin gruño por lo bajo ante esas palabras que evocaban recuerdos que cada día le sentaban peor. -Eso fue hace muchos meses, las cosas cambian. Ahora nos llevamos bien-.
-Sí, eso ya lo veo. No me lo esperaba, creía que ya estarías deportada a estas alturas-.
-Siento decepcionarte. ¿Te vas a quedar mucho por aquí? ¿Tu trabajo no era solo traerle las hojas esas?-
-Sí, pero aún tengo que cobrar-. Una pequeña sonrisa asomo en sus labios. -Claro, ha sido tema de vida o muerte, podría pedirle prácticamente lo que fuera-.
-No lo que fuera. Sigue siendo mi propiedad y cualquier recompensa que le pidas tiene que pasar primero por mi aprobación. No voy a permitir que vengas y ahora le reclames el alma para alguna cosa extraña-. La mirada de la wyvern era dura y fría, casi parecía que fuera a saltarle al cuello en cualquier momento.
-De tu propiedad…Sé que las wyvern sois posesivas y eso, pero no me agrada tu actitud. Hicimos un trato, la paga que eligiera por salvarle la vida, algo que nadie más podía hacer. No tienes autoridad para negarlo jovenzuela-. Un poco de desprecio se podía escuchar en sus labios, no le estaba agradando la dragona ahora que la conocía en persona.
-Más autoridad que una ladrona y asesina del montón seguro-. Su tono empezaba a sonar amenazante. -Y confío en que más destreza también para pararte si intentas algo que no debas-. Si bien aún restaba un poco para restaurar por completo la confianza y la relación entre los dos, no podía simplemente ignorar ese sentimiento que tenía gritándole desde dentro de su cabeza que le decía que tenía que proteger a su esclavo.
-Si si, a otra con ese cuento. Si quieres salimos un segundo a la calle y te demuestro porque hay que tener hechos detrás de la confianza-. La hellhound se sentía segura con esas palabras, una seguridad respaldada por años y años de combates a sus espaldas, y por su propio desconocimiento. Tras pasar meses en los planos infernales, no tenóa constancia de la wyvern más que como otra dragona sin nada especial.
-A la calle no, tenemos una pequeña sala de entrenamiento acondicionada arriba-.
-Perfecto pequeñaja, incluso te dejare el primer golpe-.
-Mientras tanto, en el sotano…-
-Vale, ahora…¿Tienes algún cuarzo ahumado por ahí?- La voz de Daiging sonaba distraída mientras revisaba sin parar las ultimas hojas del diario del abuelo de Lyra.
-No, aunque para el caso…-. Geber tenía la camiseta gris de andar por casa plagada de lamparones de diversos colores. A su alrededor, en la mesa principal del estudio del sótano, estabas dispuesto sin manera ni concierto toda clase de material de laboratorio y supuestos ingredientes del antídoto, que descansaba soportado por unos alambres sobre un mechero bunsen, dentro de un matraz. –El cuarzo normal debería servir, solo cambia de su otra versión el color por algunos centro de color, es idéntico en todo lo demás. Yo sujeto el recipiente, tu lima un poco con la sierra circular-.
-Si tú lo dices. Este debería ser el último ingrediente-. Apenas se le oía entre los fuertes sonidos del metal desgastando la superficie de la gema que Geber le había cedido, pero fue suficiente para sacarle una sonrisa al joven. Cuando termino de añadir la cantidad requerida, empezó a darle vueltas hasta que adquirió un color violáceo claro.
-¿Esto era el último, en serio?- Cuestiono mirando el brebaje burbujeante. -Este tono de violeta no me parece muy sano…-
-Tiene mejor color que tu ácido para las rocas de alma o que mi desayuno de hoy. Y no, no hay más, me lo he leído tres veces, puedes beberlo tranquilo-. Con cuidado, la mujer no muerta apago el mechero y aparto el matraz a un lado de la mesa para que se enfriase. -"Después de haberlo intentado por años, me veo que estoy en las últimas"-. Empezó a relatar la ghoul, mirando al cielo e intentando poner acento británico, en referencia al abuelo de Lyra y su diario. -Tengo todos los ingredientes e hice todas las pruebas, en vano me temo. Veinte gramos de cuarzo ahumado en polvo, doce de carbón activo, diez de azul de Prusia y cincuenta de sello de R'Lyeh molido y amalgamados juntos con medio litro de agua destilada y veinte gramos de miel…Esa mezcla parece limitar enormemente los efectos de la exposición y curan los males causados por ello, pero me falta el ingrediente final, hojas de Drak abisal. Ya estoy demasiado viejo para ir a por ellas y este descubrimiento es demasiado tardío, aun con el tratamiento sin esas hojas no me quedaran más de unos días…Al menos el compuesto inmuniza a corto plazo contra venenos y comidos o inyectados, puedo al menos pasar estos últimos días sin temer que la cocina de mi esposa me mate de antemano, aunque da un horrible dolor de cabeza, sigue siendo mejor que su estofado de cordero…- Acabo el monologo agachándose hacia el matraz y soplando con fuerza. -Ya está frío, de un trago, así no notaras el sabor horrible que seguramente tenga-.
Con mano insegura, el joven tomo el matraz en su mano y se lo acercó a la boca, oliendo el contenido que desprendía un profundo aroma a salitre y mirando de reojo al parche de piel roja e irritada del brazo que sostenía el mejunje, símbolo de su decadencia. -Daiging…Si esto termina siendo venenoso o algo…-
-Lo sé, no te preocupes-. Le tranquilizo dándole una palmada en el hombro. -Me despediré de tu parte de todos, pondré a buen recaudo la gema y me asegurare que Erin y Charnela vuelvan al desierto a estar seguras, pero no te preocupes, seguramente en el peor caso será como aquella vez que te bebiste el ácido de piedras de alma por error en la mañana…- Su ligera sonrisa y las caricias al hombro con la mano eran tranquilizadoras, al menos un poco.
-Lo recuerdo, no pude levantarme del retrete en tres días. En fin, ¡vamos a ello!- Y con una exclamación de alegría y sin pensárselo más levanto el codo y en un par de segundos dejo el matraz completamente vacío.
Cuando termino de tragar, sufrió un fuerte escalofrío y contuvo las ganas de vomitar. Sabía a rayos fritos. Tras unos segundos, empezó a mirar a su brazo, esperanzado con ver desaparecer el rojo color de su piel.
-Ey, Geber-. Al poco Dainging le llamo la atención. Se había acercado al pequeño frigorífico que tenia en la habitación y había sacado una botella de te helado que le lanzo a Geber, y otra para ella.
-G-Gracias-. Espeto ahogadamente tras hacer gárgaras con la bebida. Por precaucion no bebería ni comería nada en las horas siguientes, pero el sabor y el frio se agradecían para quitarse el mal sabor aunque al final acabase escupiendo él contenido en la papelera. -Espero que no tarde mucho en hacer efecto, siento el estómago revuelto…- Tras aquellas palabras el geólogo volvió a mirarse el brazo, donde la marca roja permanecía inalterada, al tiempo que esbozaba una sonrisa leve y entristecida. -No creo que este preparado para irme tan pronto la verdad-.
-Si te sirve de consuelo, podría volverte a alzar como un no muerto-. Admitió mientras se acercaba y le pasaba la mano sobre el hombro, intentando animarle al tiempo que ambos miraban la mancha carmesí en el brazo. -Ser un no muerto no es lo mejor del mundo pero te acostumbras rápido y podrías seguir estando al lado de tus seres queridos…Eternamente-.
-Suena bien-. Suspiro, soltando una leve risa y acariciándose su cabeza. -Suponiendo que nada de lo que he hecho o me ha pasado en relación a esto afecte a ser un no muerto…¿Esta algo menos roja ahora o es que estoy teniendo ilusiones?-.
-A ver, ponte más a la luz que la vea mejor…Si, parece que sí. ¡Se está haciendo más pequeña también!-
Geber necesito un segundo para asimilar la noticia, más con el fuerte dolor de cabeza que empezaba a sentir, al parecer efecto directo de la buena acción del suero para limpiar sustancias anómalas en el organismo. Cuando finalmente logro comprobar con sus propios que la mancha estaba, por primera vez en años, reduciéndose de tamaño, salto de alegría. Funcionaba. Abrazo a Daiging con fuerza y se fue corriendo arriba, quería compartir la noticia con Erin y sentía una imperiosa necesidad de abrazar a Charnela también.
Al subir arriba, en lugar de a sus dos compañeras, se encontró de cara a Rowana hurgando en su congelador. Mirando alrededor no vio ni a la wyvern ni a la canida de modo que se acercó a la hellhound. -Rowana, ¿sabes dónde está Er…¡Que le ha pasado a tu ojo!?-
-Oh, ¿esto?-. Dejo ver su ojo izquierdo hinchado y amoratado un instante antes de ponerse el hielo que estaba buscando encima y encaminarse hacia el sofá.
-Un mal golpe mientras entrenábamos, no es importante-. Interrumpió repentinamente la wyvern apareciendo por detrás del geólogo y pasándole el ala por el hombro, junto con una leve sonrisa victoriosa. -Hemos estado entreteniéndonos un poco mientras estabas abajo. ¿Cómo ha ido todo?-
-Entreteniendo dice la tia…-Susurro Rowana, dejándose caer dolorida sobre el sofá, mientras la wyvern permanecía en pie, sin ojos morados o heridas visibles.
En lugar de hablar, Geber simplemente levanto el brazo, donde la marca de color apenas se notaba sobre su piel en esos instantes, reduciéndose de tamaño incluso en esos instantes, al tiempo que su dolor de cabeza empezaba a mermar. -¡Esto es una excelente noticia!- Respondió animosa, separándose de él, y mirándole, emitiendo un leve suspiro sin dejar de lado la sonrisa. Tras tantas semanas, se volvía a sentir tranquila a su lado.
-Y tanto, ahora puedo respirar tranquilo, aunque quedan otros problemas-. Al tiempo que decía eso Daiging salió del sótano, reuniéndose con los demás en el salón pero manteniéndose apartada y en silencio, sin buscar molestar a los jóvenes que se conversaban bajo la atenta mirada de la hellhound.
En apenas unos segundos tras la reunión de todos arriba, el timbre empezó a sonar, relatando una melodía particularmente pegadiza para todos aquellos que rememorasen pasar tiempo en Morrowind, una forma de llamar que solo una persona que conocían usaba. Geber no tardó mucho en ir a abrir la puerta, solo para encontrarse al otro lado a una remarcada artrópoda y su compañera draconiana.
-¡Geber!- Tan pronto como la puerta se abrió le salto a los brazos, alegre. -Ha pasado mucho tiempo, ¿todo va bien?-
-Sí, mejor que nunca. Veo que estas estrenando la camiseta del museo que compraste en navidad. Oh, ¡hola Draco!-
-Hola-, respondió secamente, distraída, pensativa. -Deberíamos entrar pronto, hay cosas que tenemos que hablar con todos vosotros-.
-Claro, claro…Tenemos un par de visitas más, pero no tardaran en irse. Pasad pasad, os preparare algo mientras se hace la comida y nos lo podéis comentar todo-. Con esas palabras Geber se hecho a un lado, dejando entrar a sus amigas, siguiéndolas con la mirada a medida que entraban, antes de cerrar la puerta.
-¡H-Hola!- Saludo a las desconocidas que estaban sentadas en el salón, antes de girarse y parar con una sonrisa a Geber momentos antes de que cerrase la puerta. -Por cierto Geber, antes de que se me olvide, tengo que presentarte a alguien muy especial…- El geólogo escucho los pasos pesados de unas botas a sus espaldas, mientras un profundo escalofrío le recorría la espalda. Aiur continuó su frase al tiempo que el sonido se adentraba en su casa, justo a sus espaldas. -¡Te presento a mi hermanito, Berlini!-
Escucho las botas pararse y el cañón de una pistola clavándose en su espalda antes de que pudiera reaccionar. -Hola, Geber-.
-Unas horas antes…-
-*Y con esto, tienes todas las herramientas necesarias*-. La voz de Shaxa resonaba en su mente en aquellos momentos previos al ritual, rememorando la última vez que vio a la matango.
-*He visto esas runas antes, en tierra de elementales de hielo. Incluso si logras que Aiur te deje pasar, anulando el primer requisito y el más importante, necesitaras resistir el continuo impulso del sistema de protección intentando echarte cuando deje de considerarte un amigo. Cuando tus sirvientes terminen sus tareas, podrás usarlos para ese cometido. Yo no tengo más que hacer aquí, ahora que tienes mis conocimientos, intentare un ataque contra su residencia. Si sale bien estaremos más cerca de revivir al amo, si fallo, al final mi muerte no significara nada*-.
-Te prometo hermana, que tu sacrificio no será olvidado…¡Todos a sus puestos!- Grito finalmente Berlini en el centro de aquella sala ritual, la misma en la que antaño hubieron intentado reforjar a su maestro con las escasas piezas de la gema a su disposición y magia de sangre.
A su alrededor, arrodillados sobre complejos patrones tallados recientemente en la piedra estaban todos sus subordinados. Natsumi, Tian, Li, Mark, Chen…Además de otros tantos subalternos, todos allí reunidos, todos menos Laela. La abismal había hablado con Shaxa justo antes de su despedida y desde entonces había estado ilocalizable. Pero no importaba, eran suficientes almas, literalmente.
-Os agradezco a todos los presentes vuestra devoción-. Hablo emocionado, por su tono casi, casi parecían que se le fueran a caer un par de lágrimas, sobre el pedestal en el centro de la sala circular de piedra. -Solo vuestra fe y sacrificio podrán garantizar la recuperación de otro fragmento del alma del maestro. El mismo que ha auspiciado nuestra victoria el día de hoy. Cuando todo termine, vuestros nuevos cuerpos estarán esperando. Comencemos-.
Con lentitud extrema, todos los presentes salvo GC agarraron la daga ceremonial que tenían frente a ellos, empapada en alguna clase de aceite negruzco de fuerte aroma. Con cuidado y delicadeza, como si arrullaran a un recién nacido, empezaron a gravarse con ella en la piel toda una ristra de símbolos y palabas en idiomas olvidados. A cada corte se podía apreciar en sus ojos como sus cuerpos perdían un poco de vida, un pedacito de energía conjunto con su sangre que se mezclaba con el aceite.
Durante la media hora que duró la sesión de "tatuaje", Berlini se paseó por la sala, con las manos repletas de afiladas piedras de alma que fue clavando una a una en los corazones de sus seguidores que, en trance, ignoraron aquella puñalada. Cuando todo acabo y los cuerpos, despojados de toda vida, cayeron al suelo, Berlini saco todas las piedras de alma y una a una se las fue clavando en el pecho.
Empezó a oír voces, gritos, a ver y sentir cosas que no eran suyas, recuerdos desconocidos asaltaban su mente a cada inserción. Cuando en su pecho relucía la última piedra de alma su mente era un completo caos, no sentía más dolor desde hacía años recorriendo su cuerpo inerte, pero en sus adentros, sentimientos de todas clases de elevaron al cielo, clamando algunos por paz, otros por sangre. Su propia conciencia fue relegada ante la fuerza conjunta de todas las demás.
Y sin embargo estaba feliz, con las almas de sus subalternos tendría la fuerza necesaria para resistir cuantos sellos defensivos Aurora hubiera lanzado sobre la casa de Geber, lograr el siguiente paso en su eterna cruzada. Cierto era que se estaban jugando mucho, pero si el maestro había dicho que hoy vencerían…No había posibilidad de derrota.
-¿Aiur?, ¡hola! Ya voy a recogerte…Si, estoy nervioso por conocer a tus amigos, ver por primera vez a …¿Cómo era?¿Geber y Erin?-Incluso entonces sus voces apenas se silenciaban. Había incluso algunas que gritaban por matar a Aiur y Draco y simplemente abrirse paso a fuerza bruta hasta Geber, voces que por el momento, no dominaban el cuerpo.-...Si, todo irá bien no te preocupes, estaré allí en breve. Será la sorpresa de su vida-.
-De vuelta al momento presente-.
Todos se levantaron cuando le vieron entrar. Erin se le habría lanzado de inmediato al cuello de no ser porque estaba apuntando a Geber con un arma. Daiging y Rowana parecían igualmente tensas, pero ni Aiur ni Draco, quienes no estaban al corriente de la situación, entendían nada.
-¿He-Hermanito?- Tensada por el ambiente se adelantó un paso hacia Berlini, jugueteando nerviosa con sus dedos. -Esto no era parte de lo que hablamos…¿Qué haces?-
-Cumplir nuestro destino Aiur-. Sentencio con una sonrisa al tiempo que de un golpe en las rodillas obligaba al geólogo a quedarse en el suelo. GC no cesaba de mirar en la dirección de la wyvern, sabía que sería la primera en lanzarse si viera una oportunidad y necesitaba concentrarse, unificar todas sus voces en un solo propósito que necesitase tal concentración no era tarea fácil. -Y vosotras, ni una palabra ni un movimiento, o él lo paga-.
-Hermanito…¿Es una clase de broma?¿Como cuando jugábamos hace tantos añ…?-
Aiur quedo deslumbrada por un gran destello de luz que emitió el cultista desde su mano. Semejantes a las cúpulas que empleo Shaxa en su lucha contra Erin, pero de mayor tamaño y magnitud, esa gruesa barrera cubrió a la hellhound, la no muerta y la wyvern, dejándole mayor libertad de movimiento a la criatura en la que se había convertido.
En cuando levanto el arma de la nuca de Geber, en ese mismo momento le empujo para tumbarle en el suelo bocabajo y poner su pie presionando la espalda, Erin se lanzó contra la barrera, golpeándola con fuerza como para hacerla temblar, incluso quebrarse…Pero permanecía en pie.
-Aiur…Gracias por todo, de verdad. Desde que te encontré tras matar a tus padres por el bien de nuestras investigaciones el amo sabía que serias pieza clave para entrar aquí…-Su voz sonaba alegre, pero a cada palabra se escapaban matices diferentes.
Ocurrió en menos de un segundo. Geber, que se había quedado arrodillado en el suelo tras el primer golpe, levantó la mirada y vio una oportunidad, un segundo en que el Gran Cultor se había distraído, mirando a la escorpida. Respiró profundamente, y, confiando en su entrenamiento y habilidades, se levantó como una centella, directo a la pistola que sostenía en sus manos GC.
La agarró con fuerza y trato de redirigir el cañón lejos de los presentes, de arrebatársela o echarla lejos y poder ganar tiempo para recoger su subfusil, que tenía guardado cerca. Tras un solo segundo de desconcierto GC sonrió y empezó a luchar por el arma también, aparentemente divertido por la resistencia que oponía el geólogo. Se retorcieron por el recibidor, mientras trataban de arrebatarse mutuamente el arma. Aquellas encerradas, seguían impotentes los eventos que acontecían ante sus ojos sin que la wyvern cejase en su intento de quebrar el muro que les apartaba, mientras que, impactadas por lo que ellas pensaron que sería una agradable reunión, incapaces de creer lo que pasaba delante de sus ojos.
Tras unos segundos de forcejeo, mientras la fuerza superior de GC se hacía patente y empezaba a ganar el control, la escorpida, incapaz de creer lo que veían sus ojos dio un paso al frente. ¿Era aquello necesario? ¿o si quiera real? Quizás si hablaba, si se interponía podía hacer algo. Eran su hermano y su amigo al fin y al cabo. Apenas logro dar un paso al frente antes de que el sonido del cañón de la pistola resonase por la habitación.
Geber trastabillo mientras retrocedía, liberando el arma de sus manos, hasta chocar contra Aiur, que le recogió como pudo entre sus brazos, mientras el geólogo se retorcía. La pistola se había disparado por error y en esos momentos una profunda herida le sangraba en el abdomen, vagamente contenida la hemorragia por la ropa y las rápidas reacciones de Ari, que había hecho un curso de primeros auxilios por si alguien se dañaba en sus salidas de campo.
Al verlo sangrando, Erin, Daiging, incluso Rowana se pararon un segundo antes de volver a embestir contra la barrera, que a pesar de todo seguía resistiendo como podía. Draco se acercó a Aiur a tratar de ayudar a su amigo que estaba empapado en su sangre y temblando de dolor y Berlini simplemente contemplo la escena con rostro serio, apretando fuertemente la pistola. Algunas de las voces en su interior se regodeaban en aquella herida, otras permanecían en silencio, pero la mayoría le apremiaban a darse prisa. Aunque podía resucitar al joven como un no muerto y rastrear en su memoria, eso les haría perder tiempo. Pasado ese segundo inicial de indecisión, de la riñonera que portaba, con su mano libre saco una especie de jeringa repleta de líquido purpureo, la cual no tardo en hundirle a Geber en el cuello. Cuando Aiur trato de pararle en un acto reflejo, GC, sin mediar palabra, agarro a Geber y lo tiro al suelo tras el, al tiempo que agarraba del cuello a Aiur y la levantaba del suelo como si fuera una muñeca de trapo.
-No interfieras-. Fueron sus únicas palabras antes de lanzarla, aparentemen sin esfuerzo, hacia atras, dejando en su caída que se golpease la cabeza contra la mesa de la cocina, quedándose inconsciente de momento y obligando a Draco a ir por ella, preocupada por su bienestar. -Bueno, no nos retrasemos más-. Suspiro GC acercándose al derribado Geber y recargando la jeringa con otro vial del mismo fluido, por si era necesaria otra dosis. -Levántate y dime donde está la gema-. Ordeno con voces secas y neutrales saliendo de sus labios
El geólogo le dirigió una mirada de odio mientras trataba de levantarse con premura, limpiándose las lágrimas como podía y acariciándose su cuello, sin soltar la venda improvisada que la artrópoda había hecho con su sudadera. Para su desgracia, cuando abrió la boca para maldecirle, no fueron las palabras que quería las que salieron de sus labios. -Está en el sótano…Señor-.
Quiso taparse la boca tan pronto como lo dijo, pero el cuerpo apenas le respondía. Empezó a sentir un enorme calor en su cabeza, un dolor profundo en la sien y un hormigueo que se extendía desde su estómago y extremidades lentamente hasta su cabeza. -¿Sorprendido? Refinamos la fórmula que destruiste en aquel almacén. Es mucho más eficiente ahora…Guíame hasta la piedra, ahora. La nueva formula debería ayudarte a sobrellevar ese accidente de antes, así que no te retrases-. Ordenó severamente al tiempo que guardaba la jeringa en el bolsillo del pantalón, esgrimiendo una sonrisa triunfante mientras Geber sentía que su cabeza iba a explotar.
Bajo la atenta mirada de todos, menos draco que apenas podía ni respirar ni levantar sus ojos llorosos de la artrópoda, Geber se empezó a retorcer de dolor, profiriendo gritos ahogados mientras la droga recorría como un veneno todo su cuerpo, obligándole a arrodillarse de nuevo sobre el suelo.
-Si…Señor-. Dijo con voz débil tras unos segundos de calma, en silencio, cuando el intenso dolor hubo empezado a menguar. Se levantó rápidamente, aparentemente recuperado del dolor, y con un leve gesto indico a Berlini que había de seguirle, mientras todas las demás no podían hacer sino observar desde la lejanía como el geólogo conducía al cultor directamente al sótano, y a la gran gema de alma.
Separados ya de todos los demás, no tardaron en llegar a aquella habitación apartada. Geber entro primero, abriéndole la puerta a Berlini, y encendiendo las luces, que iluminaron la desordenada estancia con un destello crepitante. A pesar de los intentos de sus amigas, la sangre se le seguía escurriendo y goteando hasta el suelo. Se movía con dificultad y dolor, pero, bajo el aparente efecto de las drogas que circulaban por su sangre, aguantaba sin desplomarse mientras guiaba a su enemigo hacia delante.
GC se quedó un segundo parado en el marco de la puerta, contemplando aquel lugar con una leve sonrisa. -Bien, menudo laboratorio que tienes aquí…¿Dónde está la piedra?-
Geber no le respondió con palabras, en su lugar simplemente señalo a una pequeña caja de metal, oculta sobre los libros en una de las estanterías del fondo. Incapaz de contenerse por más de unos segundos, nervioso y feliz tanto el como todas las voces que a coro gritaban dentro de su mente, se precipito hacia la caja.
Arrodillándose delante de ella y abriéndola de par en par tan pronto como la saco de entre los libros, dejando la pistola a un lado. Dentro había un sinfín de papeles y apuntes a mano, que parecían versar sobre estudios químicos y estructurales que el geólogo había llevado a cabo. Bajo esos papeles, junto con algunas otras pequeñas muestras rocosas, había una enorme piedra de color purpura claro, pura y grande que Berlini recogió en un instante suponiéndola la gema de alma.
Cuando la recogió entre sus manos, acariciándola lentamente se percató de que algo fallaba. No sentía nada manando de aquella roca. Cuando estaba en presencia de la gran gema del culto sentía en carne propia la fuerza del maestro, incluso una muestra tan pequeña debería de hacerle sentir algo a un ser como el.
Todas las voces empezaron a exclamar al unísono, un grito que le llevo a sobresaltarse y saltar a un lado, justo antes de que un pesado martillo de guerra callera sobre donde estaba, reduciendo su pistola a chatarra. Había sido una trampa.
-Que…Decepción-. Suspiro decepcionado, luego de levantarse y ver al geólogo recuperándose del golpe que había propinado, manteniendo firme entre sus manos el martillo. -Tanto tiempo en desarrollo y al final la versión portátil falla a pesar de todas las precauciones…Menos mal que tenemos un plan B-. Sus voces internas de armonizaron por unos instantes, ayudándole a convocar en sus manos dos hachas de un solo filo brillante. -Tendré que matarte, y alzarte de nuevo y rebuscar en tu memoria en la base con más detalle-.
Geber dejó escapar un suspiro de los nervios. Lo único que le había salvado del influjo de aquella toxina había sido el limpiador que había elaborado unas horas antes. Aquella cura, inicialmente solo para su envenenamiento por radiación, había debilitado lo bastante el veneno en su sangre para poder resistirse a las órdenes del culto. Aun le hacía efecto sin embargo, era una suerte que no insistiera en mandarle, pensando que simplemente el efecto se había acabado por completo.
Le miro poniéndose en guardia, intentando tranquilizarse y pensar eso como otro entrenamiento, aunque en este caso su oponente era muy real y apenas podía blandir su arma a dos manos. Los vendajes amenazaban con romperse a cada segundo y el dolor y la falta de sangre le dificultaba pensar, si no fuera por los efectos segundarios de todo lo que se había tomado e inyectado, no podría seguir en pie seguramente.
Berlini fue el primero en moverse. Lanzándose de cabeza, con las hachas en ristre y sin importarle lo más mínimo si recibía daño simplemente cerro el espacio de golpe. El primer choque de los aceros resonó por el sótano unos míseros instantes después.
Geber apenas había podido detener el impacto. El mango de su maza ahora mostraba hendiduras por donde habían tocado los filos del fanático. El golpe le hizo trastabillar y retroceder hasta casi el sofá del fondo, mientras su oponente no dejaba de presionar.
Un corte, dos, tres…Muy pronto quedó patente la superioridad de Berlini, que rasgaba sin problemas tela y piel al más mínimo descuido mientras Geber apenas podía retroceder, sin oportunidad alguna para atacar, bloqueando o desviando como podía hasta tropezar y caer tras el sofá.
Antes de que se recuperase, el fanático secciono por la mitad la vieja tela y madera que conformaba aquel asiento y, separándolo de golpe hacia los lados de la habitación se lanzó a por Geber. Retuvo su carga bloqueando sus hachas con el mango de la maza, aunque las fuerzas de Berlini eran superiores y apenas podía mantener los filos lejos de su cuello.
En ese momento empezó a desesperarse. Era mucho más fuerte de lo que había pensado y empezó a intentarlo todo. Se removió, intento quitárselo de encima, le golpeo la entrepierna de una patada, nada parecía afectarle mientras seguía haciendo fuerza con sus ojos inyectados con sangre y dejando caer su saliva sobre el suelo, completamente fuera de sí.
Finalmente soltó una de las hachas, que cayó sobre el suelo resonando, y uso la mano libre para golpear la tráquea de Geber, mientras seguía empujando con la otra mano. Del golpe se mordió la lengua y tosió algo de sangre que pinto de gotas el rostro de aquel ser en el cual su enemigo se había convertido.
Falto de respiración, dolorido y con su sangre manchando el suelo, su visión se tornó borrosa. Sus manos perdieron la fuerza y soltaron el martillo mientras cientos de voces silenciosas ordenaban su muerte y sus dedos se cerraban con fuerza sobre su garganta. El mundo lentamente se fue volviendo negro mientras intentaba luchar con más fuerza para respirar, lo cual ocasionaba que su herida se hiciera más profunda a medida que la bala se removía en sus tripas y sus movimientos desesperados reabrían el orificio de entrada, si su desesperación no hubiera sido enorme, se habría rendido al profundo dolor que le dominaba el abdomen.
Movió las manos, su agarre era fuerte, no podía librarse de él. Le golpeo la cara, le araño y destrozo la ropa a base de golpes y desgarrones. Podría ser su imaginación pero parecía que estaba disfrutando con dejarle vivo un poco más. Llego a hundirle los dedos en los ojos, como en su primer combate, pero aquello no le afecto. Sus globos oculares se volvieron una densa pulpa blanquecina mientras los dedos de Geber se retorcían dentro, pero el fanático no perdía la sonrisa, y desde sus negras cuencas parecía que lo seguía mirando con tez burlona.
Finalmente, tras más tiempo del que pudo recordar, casi sin aliento para algo que no fueran susurros, se rindió. Simplemente no podía, potenciado por todas aquellas almas, Berlini, o lo que quedase de él, era demasiado fuerte. Contra un humano normal podría haber luchado pero ese ser…No era de este mundo.
Dejo los brazos caer mientras GC se reposicionaba, subiendo su cuerpo para aposentar las rodillas casi a cada lado de los hombros de su presa. Le miro a los ojos destrozados. ¿Qué le debía de importar la vista si tras ello tendría todo el tiempo del mundo para regenerarse? Sus fuerzas lentamente se vaciaban al tiempo que su mirada bajaba, cerrando lentamente los ojos y observando sus últimos segundos el traje rajado de su asesino y los abultados bolsillos de su pantalón.
Geber susurro, unas últimas palabras, junto con una sonrisa amarga, al tiempo que volvía a abrir los ojos de pleno y revolverse inútilmente.
-Tarde para confesiones, corderito-. Cientos de voces salieron de aquella boca. No era Berlini, dudaba de que lo hubiera sido desde algún momento en que entro en aquella casa. -Es hora de dormir, y cuando despiertes, el maestro se asegurara de que cooperes…-
Con sádico placer en su sonrisa, empezó a apretar más, decidido a dejar de lado el gusto de ver como lentamente se consumía su vida, para acabar con rapidez. Reuniendo el poco aire que le quedaba en sus pulmones y la poca fuerza que quedaba, Geber solo fue capaz de un último movimiento y unas últimas palabras.
-¡Quítate de encima!- Rugió ahogado, apenado, débil, al tiempo que una familiar jeringa de inyección se dirigía hacia el cuello expuesto de Berlini. Su propia droga no tardo en entrar en su verde sangre, inundando su sistema nervioso en cuestión de segundos.
Aquella droga era tan potente, que incluso bajo los efectos de un antitóxico de gran potencia como el que corría por la sangre de Geber en esos momentos había debilitado tanto su voluntad, que si Berlini hubiera continuado mandando no habría podido negarse. En el cuerpo del fanático el efecto fue mucho más inmediato.
No hizo gestos, simplemente aflojo en agarre, lentamente, resistiéndose a la orden dada a cada segundo, a cada latido de su corazón pútrido. Con la misma desgana, se levantó, quedándose quieto y en silencio al lado de Geber, mirando al aire con su rostro plagado de sangre y sus cuencas vacías.
El geólogo empezó a toser sin parar, sin contención durante largos segundos mientras recuperaba entre toses el aire a grandes bocanadas. Tras retorcerse por el suelo e intentar apretar de nuevo el vendaje imrprovisado, se obligó a levantarse con rapidez. Había tenido suerte en que la toxina funcionase en un ser como el, no sabía cuanto duraría el efecto que le retenía como un esclavo sin voluntad.
En pie, dejó atrás el martillo, no tenía fuerzas para arrastrarlo, y cojeando lentamente por el dolor y las heridas intento correr hacia la planta superior. Erin, Daiging, Rowana…No podía ganar a ese ser solo, apenas era un humano, ni todo el entrenamiento previo al que se había sometido le granjeaba una oportunidad, pero ellas…Si las había encerrado era por una razón. Después de todo, su wyvern le había estrangulado y golpeado como Berlini y podía decir por experiencia propia que aun así ella era más fuerte.
No pudo ni salir del sótano sin embargo. Uno de los trozos de aquel sofá que GC había partido antes le paso volando al lado de la cabeza, impactando contra la puerta cerrada y destrozándola, haciendo que necesitase abrirse paso por la fuerza para salir, cosa que para el en su estado, le era imposible.
Cuando miro a sus espaldas, vio a GC mirar hacia su posición, aun ciego le había localizado por las pisadas sobre el frío suelo. Se movía a espasmos, a temblores, sin quitarle las cuencas de los ojos de encima.
-Somos los elegidos del maestro-. Susurraron de su boca cientos de voces mientras Geber se apresuraba a intentar abrirse camino. -¡Como te atreves a usar nuestras armas contra nosotros!-
A pesar del grito, aun no se había recuperado del todo de los efectos de la droga. Tener decenas de conciencias quizás le diera fuerza y resistencia, pero en cierta forma también le entorpecía. Por ejemplo no podía usar la magia que el ritual debía de haberle dado, salvo en los momentos más tranquilos pues carecía de concentración con tantas voces gritando. Tantas voluntades opuestas también hacían que su debilitado sistema nervioso apenas pudiera resistirse a esos efectos.
Geber lo miro. Se movía lento, pausado, pero se movía en su dirección. Casi tropezando a cada paso, el geólogo miro en todas direcciones, tratando de encontrar algo que le sirviera. Si no escapaba antes de que recuperase su pleno control estaba muerto y peor aún, en sus manos para lo que quisiera hacer con el después.
La puerta aún era demasiado resistente, y él estaba demasiado débil. No podía huir. Las chicas atrapadas en la prisión no podrían liberarse por si mismas según había visto antes, estaba solo. En su estudio no había armas, más que las de filo. Su AK-47 descansaba cerca de la entrada, en una posición pensada para ayudarle a repeler rápidamente a posibles intrusos. Todo lo que había en aquel cuarto era material geológico de laboratorio. Rocas, tamices, ácidos y libros…
Apartándose de la puerta, evitando por poco el choque del otro pedazo de sofá, retrocedió hacia su mesa de estudio. Y allí, de espaldas a su mesa de estudio, que seguía plagada de probetas y muestras como si nada hubiera sucedido miro impotente como los movimientos de Berlini eran cada vez más fluidos, más coordinados. Se estaba recuperando.
-El amo nos da su fuerza, nos da vida…No puedes huir, no puedes ganar, somos muchos, somos legión-. Sus voces furibundas resonaban a decenas en la habitación, haciendo eco en las paredes mientras su torso con la ropa destrozada por los movimientos anteriores de Geber dejaba ver la plaga de piedras de alma que le sustentaban con fuerza. Su sangre verde le recorría el rostro y los brazos, y sus pasos y voces parecían coordinarse con los pulsos de luz que las gemas emitían.
Geber lo supo en el momento en que las vio brillar. A pesar de tener cinturón negro y saber pelear, no era tan fuerte como el, ni tan rápido ni resistente. Estaba cansado y su oponente fresco como una rosa, no era un luchador, no era un hechicero…Pero era un científico, más aún, era un geólogo.
Por mano de Geber uno de los matraces golpeo de lleno el pecho de Berlini, esparciendo su contenido liquido sobre el torso desnudo de GC, que prontamente soltó una carcajada, al sentir la sustancia, ya casi recuperado por completo y sin detener su avance. -¿Piensas que soy débil como la última vez? El dolor es solo una ilusión, lánzame lo que quieras, no nos detendremos-.
Geber se limitó a sonreír, apoyado sobre la mesa cansado, intentando reunir fuerzas.
Cuando Berlini avanzo un paso, un grito desgarrador surco su mente. Seguido de otro y otro…Todas las almas unidas a ese cuerpo, las que le daban fuerza, estaban gritando y aullando de angustia y sufrimiento. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, un dolor intenso le recorrió el pecho.
Él no podía verlo, no podía ni saberlo, pero Geber, como parte de sus investigaciones, había desarrollado un ácido potente, un intento de destruir la piedra de alma que contenía a ese abisal, un compuesto que devoraba como un lobo hambriento todas las gemas de alma.
Gemas como las que tenía incrustadas en el pecho.
Su mente se volvió un infierno, más aun de lo que fue nunca, mientras las gemas se corroían y burbujeaban, calentándose hasta quemar la piel que las circundaba. Cuando el ácido toco su sangre de no muerto, que más que sangre era un amasijo de compuestos químicos diversos, reacciono con ella. De sus brazos y piernas, enormes masas marrones surgieron atravesando la piel por sus puntos más débiles, emitiendo un denso humo negro.
Su poder, debilitándose a cada gramo de las gemas que se disolvía, su cuerpo consumiéndose lentamente ante la miríada de reacciones químicas. Pudo oír unos pasos acercándose entre sus propios gritos de dolor, externos e internos. Geber había recuperado su martillo y estaba decidido a acabar con esto para siempre. Cuando los pasos se pararon, cuando su muerte era ya inevitable, de sus labios salieron por segunda vez en su existencia, unas últimas palabras, producto del alma original de aquel cuerpo.
-Perdóname por lo que he hecho. Lo siento mama…-
Y el fuerte golpe del martillo de acero, justo en la cabeza rompió con facilidad su cráneo y esparció su falsa sangre y restos de su celebro por el estudio. Encajado en su carne, Geber dejo ir el arma, que cayó al suelo junto el, mientras el geólogo se tambaleaba hacia atrás.
Estaba herido, le faltaba aire y apenas tenía fuerzas para mantenerse en pie. Delante de él, estaban los restos de Berlini, cubiertos en ácido y esa masa marrón en la que se convirtió su sangre, con su mazo clavado en la cabeza. No pudo evitarlo, antes de retroceder tambaleándose hasta su mesa para apoyarse, vomito hasta la última migaja de lo que había comido, una expresión física tanto del desagradable olor del cadáver como del disgusto de ver que al final, había tenido que cobrarse una vida más en persona, aunque fuera bajo esas circunstancias.
Cuando se apoyó en la mesa, cuando sus brazos dieron con aquel trozo de madera que le brindo apoyo y estabilidad, se sintió finalmente en paz, tranquilo, seguro. Sintió el peso de su cuerpo, ahora que el efecto de la adrenalina se estaba pasando, que tiraba de el hacia abajo. Empezó a ver borroso, a pensar lento. No se dio cuenta de que el vendaje de Aiur se había caído en su último golpe y ahora yacía a un lado, cubierto de vómito. Empezó a sentirse cansado, los venenos le habían protegido en cierta medida del dolor, pero la pérdida de sangre era otra cosa. Se escurrió lentamente hasta el suelo, frío y manchado de su propia sangre a medida que perdía toda la energía que le quedaba.
Abrió los ojos una última vez, mirando su estudio desde el suelo. Le pareció verlos a todos ahí, a Cedrid, a Isabel, Rosa, su padre Gadiel y Draco y Aiur...Aunque la figura que ocupaba más espacio en su última visión era la de la wyvern, que se arrodillaba a su lado e intentaba levantarle el rostro. La vio, la escucho llorar, recordarle que le había prometido estar siempre a su lado, no dejarla sola nunca. Geber sonrió levemente, mientras cerraba los ojos. -Te quiero-, pronuncio en un susurro, mientras cada estímulo y sensación se desvanecía para el. Aunque no estaba preparado y quería seguir entre los vivos, simplemente las heridas, el cansancio y las drogas fueron demasiado. Su alma emprendió el camino hacia las Tierras de los Muertos.
-Me prometiste que no me dejarías sola...Que no te irías jamás de mi lado, menos cuando me demostrabas día a día que eras lo mejor que me había podido pasar nunca...- Por desgracia para el, la wyvern no fue una ilusión de su mente moribunda, sino su auténtica compañera que se había precipitado hacia el sótano a toda velocidad tan pronto como la barrera calló junto con su conjurador.
Arrodillada en el suelo, alanzado entre sus alas el cadáver aún cálido de Geber, tras aquellas últimas palabras fue incapaz de seguir hablando, de suplicarle más que volviera. Por primera vez en muchos años se le empezaron a escapar lágrimas de los ojos. Aquella persona junto a la cual quería pasar la vida se había muerto ante sus ojos y no podía hacer nada para impedirlo, por mucho que se hubiera manchado las alas de sangre tratando de tapar su herida de bala. Era demasiado tarde.
-Dime, ¿irías hasta el fin del mundo por el?- Esa voz, serena, seria y aún así peligrosamente dolorida le hizo alzar la vista levemente, hacia su espalda. Daiging se había dañado la pierna tratando de romper la barrera antes, y se había quedado arriba con Draco y Aiur, pero allí en el marco de la puerta, Rowana le estaba dando la espalda, sin mirarla a los ojos. Más o menos al mismo tiempo de decir esas palabras Charnela entró en el sótano, encaminándose directamente hacia su amo.
-¿Que demonios dices tu?- Respondió entre lágrimas, molesta por esa clase de afirmaciones sin sentido en un momento así. Su mirada se clavó entonces en los ojos cerrados de Geber, y en Charnela que gemía tristonamente y golpeaba con el hocico a su amigo para tratar de despertarlo, sin comprender que no estaba simplemente dormido. -Iría al abismo para tenerlo conmigo esta noche, para siempre-. Susurró finalmente, acariciándole el rostro delicadamente. -Ahora vete-.
-Mira, hay una forma. Si lo queremos recuperar tienes que ir hasta, como bien has dicho, el abismo. A recuperar su alma de La Tierra de los Muertos-.
