Al día siguiente a la hora de la comida, mientras sentadas en la cocina Lexie y Lucy hablaban con Ona y Wendy sobre lo entendidas que eran las dos en cuanto al personaje de Kitty, la puerta se abrió y aparecieron Romeo y Doug.
—Buenos tardes, muchachos —saludó Ona.
—Buenos tardes Ona —respondieron los dos jóvenes al unísono.
—Hola, Wendy —Romeo se dirigió hacia la muchacha, que bajó la m irada al suelo, y salió a toda prisa de la cocina.
—Ona —indicó Doug a la anciana—. Acabo de visitar a Geraldina, y he visto que tiene el abdomen en forma de pera. Para mi juicio está en fase prodrómica.
—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Lucy con curiosidad.
—Qué nuestra Geraldina va a tener su ternero en horas —respondió Ona al ver con tristeza cómo se marchaba Wendy.
Lucy no quería ver más dolor en los ojos de la anciana, así que se levantó y alcanzó a la muchacha a mitad de las escaleras.
—¿Qué pasa? ¿Por qué te vas? —Como la chica no la miraba, Lucy le levantó la barbilla. —Quiero que me contestes. ¿Qué te pasa?
—Me siento mal —murmuró con los ojos llenos de lágrimas—. No quiero que…
—Si es por la perdida de Makarov —interrumpió Lucy—. Todos nos sentimos m al.
—Ya lo sé —asintió limpiándose las lágrimas.
—Wendy, tú mejor que nadie deberías saber lo que Makarov pensaría si viera lo que estás haciendo. Estoy segura que diría «Wendy, la vida se vive sólo una vez, agárrate a ella» .
—Lucy, no quiero que Ona se quede sola —dijo rompiendo a llorar—. He estado siempre con Makarov y con ella. Me han tratado como a una hija y creo que sería horrible que en estos momentos en los que me necesita yo comenzara a salir con Romeo. ¿No lo entiendes?
—Claro que lo entiendo —asintió Lucy—. Y estoy segura de que si Ona te escuchara, se enfadaría muchísimo. Wendy, ¡por Dios! Ona nunca estará sola, porque siempre tendrá tu amor y el amor de todos los que la queremos.
—Sí, pero…
—No hay peros que valgan —dijo Lucy—. Ella te quiere ver feliz y amada, no llorosa y amargada. Wendy, las personas que amamos, y eso lo sabes tú mejor que nadie, por desgracia mueren, y aunque en un principio creas que todo se paraliza, lo único que se paraliza es tu vida. El mundo continúa. Por lo tanto — señaló con una sonrisa—, haznos el favor a todos, incluidos Ona y Makarov, de subir a tu habitación, ponerte guapa y bajar a la cocina antes de que Romeo se marche.
—¿Por qué? —susurró la muchacha aún llorosa.
—Primero porque te lo ordeno yo —indicó con seriedad—. Segundo, porque Ona está esperando que le des nietecitos a los que malcriar. Y tercero, porque Romeo está como loco porque lo mires y le des una mínima esperanza.
—¿Crees que Ona no se sentirá mal?
—Por supuesto que lo creo —asintió Lucy—. Es más, te lo aseguro.
—Vale —asintió Wendy que corrió escaleras arriba—. No tardaré.
—Oye, ponte mi chaqueta azul de Versace, ésa que tanto te gusta —animó Lucy—. Y tranquila, no permitiré que Romeo se vaya antes de que vuelvas.
Tras un suspiro Lucy se volvió para bajar las escaleras, y de las sombras apareció Ona con una radiante sonrisa.
—Gracias Lucy —agradeció acogiéndola en sus brazos—. Gracias cariño mío, por ser como eres y por querernos como nos quieres.
Permanecieron abrazadas unos segundos en silencio, momento en el que oyeron el sonido del motor de un coche.
—Lucy —dijo Ona—. Me haría muy feliz malcriar a más nietecillos aparte de los de Wendy.
Al escuchar aquello ella sonrió, y al ver a Jellal y Erza besarse a través de la puerta dijo haciendo reír a la anciana.
—¿Sabes, Ona? Si Erza y Jellal no se matan, creo que te llenaran esto de nietecillos.
En ese momento Natsu entró en la cocina tan guapo como siempre, y caminando hacia ellas, dio un beso a Ona en la mejilla.
Después tomó la mano de Lucy y la miró de aquella forma que la hacía levitar.
—Coge algo de abrigo y ven conmigo.
—¿Adónde? —preguntó poniéndose el abrigo de Makarov.
—Ya lo verás.
—Natsu, tesoro —señaló Ona con una sonrisa—. Doug me acaba de decir que Geraldina ha comenzado la primera fase del parto.
—No te preocupes Ona —indicó con una sonrisa—. Llevo el walkie y en cuanto me llaméis estaré aquí.
Sin decir nada más salieron al exterior donde Happy corrió a su alrededor.
—¿De quién es este coche? —preguntó Lucy al ver un todoterreno negro.
—Sube y espera —respondió Natsu—. Prometo responder a todas tus preguntas.
Con una sonrisa en la boca, Lucy se montó, y observó cómo Natsu hablaba con Jellal y Erza. Les estaría dando indicaciones sobre Geraldina. Una vez que Natsu subió al coche y arrancó el motor, Lucy saludó a su hermana con la m ano, quien le guiñó un ojo y sonrió.
Tras salir a la carretera en pocos minutos apareció ante ellos el castillo de Eilean Ultearn, iluminado con las suaves luces del atardecer.
Natsu detuvo el vehículo en el arcén. El paisaje merecía unos segundos de disfrute.
—Es increíble —susurró Lucy—. No me extraña que mi cliente quiera que su anuncio se grabe aquí.
—¿Por qué piensas ahora en el trabajo? —preguntó Natsu ceñudo.
—No lo sé —respondió—. Quizás porque este castillo y en especial su maldito conde son los responsables de que yo esté aquí.
—Te llevo justamente allí —señaló Natsu—. Vamos a ver de cerca eso que tu cliente necesita.
—Uau… ¡Qué bien! —gritó haciendo reír a Natsu.
Pocos minutos después, Natsu, tras saludar a un chico de la entrada, dejó el todoterreno en el aparcamiento.
—Madre mía —sonrió Lucy mientras cruzaban andando el puente de piedra—. La cantidad de veces que he visto este puente y este castillo en las películas. Nunca pensé que algún día yo estaría aquí.
—El primer asentamiento que hubo aquí fue en el siglo VI —indicó Natsu con orgullo—. Se cree que su nombre proviene de un obispo irlandés llamado Ultearn que llegó a Escocia alrededor del año 580 de nuestra era.
—¡Qué fuerte! —susurró Lucy mirando la espectacular mole de piedra y años.
—En 1220, por orden de Alejandro II de Escocia, se construyó un castillo sobre las ruinas del antiguo fuerte de los Pictos. Con el paso de los tiempos ese castillo fue adoptando diferentes formas hasta llegar a ser lo que es hoy.
Lucy, obnubilada, escuchaba todo aquello que Natsu le indicaba, hasta que llegaron junto al castillo.
—Es majestuoso —susurró tocando su oscura y fría piedra.
—Espera un segundo aquí —indicó Natsu.
Eran las 17:05, y los trabajadores del castillo se marchaban a casa. Natsu volvió tras hablar con ellos y estos sonrieron.
—¿Qué ocurre? —preguntó al ver cómo la miraban.
Parecía que la estudiaban. Se sintió observada por aquellos dos muchachos desde el primer momento que la vieron llegar.
—El horario de visitas ha terminado —indicó cogiéndole la mano, y guiñándole el ojo sonrió—. Pero para algo soy la mano derecha del conde. ¿No crees?
—No te meterás en líos ¿verdad?
—Tranquila —sonrió besándola—. El conde y yo aquí somos la misma persona.
Tras pasar por su puerta ojival donde un escudo encastrado en la piedra presidía la entrada, Lucy preguntó.
—¿Qué horario tenéis de visitas?
—Por norma de 10:00 a 17:00 excepto en julio y agosto de 9.00 a 18.00. Pero en este instante, princesa —y haciendo una reverencia indicó— todo el castillo es para ti.
—¡Genial! —sonrió Lucy—. Ahora sólo falta que aparezca el conde.
—Tranquila, aparecerá —respondió con una sonrisa.
Una vez llegaron a la primera sala, Lucy miró con curiosidad una exposición sobre la historia del castillo para pasar después a otra estancia de decoración recargada donde sus ventanas góticas y sus mesas y sillas de roble la hicieron silbar.
Durante un buen rato estuvieron recorriendo el castillo, mientras Lucy con curiosidad observaba y escuchaba todas las explicaciones que Natsu le daba encantado, y ella cogía de cada sala distintos papeles informativos del lugar.
Incrédula observó cómo Natsu le enseñaba un mechón de cabello del príncipe Bonnie Charles, para muchos considerado un objeto de culto, mientras la mezcla de piezas antiguas creaba un ambiente acogedor y mágico que la transportaba siglos atrás.
Maravillada, observó las enormes librerías, las increíbles chimeneas e incluso rió cuando Natsu, acercándose a alguno de los cuadros bromeó e indicó que aquél era antepasado suyo.
—¿Por qué crees que este buen hombre no puede ser mi antepasado? —le preguntó él.
—Vamos a ver, Natsu —se mofó—. Es como si yo te dijera que mi tatarabuela fue Rapunzel. ¿Me creerías?
—Hombre, ahora que lo dices, por supuesto que sí —contestó divertido—. Conoces a la perfección el mundo Disney, ambas sois rubias, con ojos grandes, mandonas y presumidas. ¿Por qué no?
—¡Anda, calla pedazo de tonto! —rió dándole un puñetazo.
Al llegar a la cocina Lucy se partió de risa al conectar Natsu unos ruidos que simulaban el sonido de unos ratones, que dio realidad a una cocina de los años 30. De allí pasaron a un salón enorme donde coloridos tapices con los colores del clan Dragneel colgaban de su pared.
—Qué sitio más precioso. Todo él desprende historia y sobre todo romanticismo —Lucy se sentó en una de las sillas—. No me extraña que tu jefe se piense a quién alquilar el castillo. Sería terrible que poco a poco todo esto se fuera destruyendo. Los humanos somos bastante incívicos y la verdad, esto tiene tanta magia, que es una pena que se pierda. Si fuera mío no permitiría la entrada a nadie.
—Me alegra escuchar eso —asintió complacido. Aquellas palabras le habían dicho mucho más de lo que ella creía—. ¿Sabías que los lectores de la revista Escocia en el año 2007 votaron a este castillo como uno de los iconos de Escocia?
—¿En serio? No. No lo sabía, aunque en mis notas estará —asintió interesada —. Pero oye. Lo que me ha llamado la atención son los terminales informáticos que he visto por ahí.
—Son para las personas que sufren de movilidad reducida —indicó Natsu apoyado en el quicio de la puerta—. Debido a los tramos de escaleras algunas zonas del castillo son de difícil acceso para ellas, Por eso pusimos los terminales informáticos. No queremos que nadie se quede sin ver o conocer la historia de nuestro castillo.
—Una de las noches que hablé con Makarov, me dijo que en el año 1719 un destacamento español de cuarenta y seis soldados que apoyaban la causa jacobita, tomó el castillo y construyeron un polvorín mientras esperaban armamento y un cañón español.
—Sí —asintió Natsu—. Pero aquella noticia llegó a oídos de los ingleses, y éstos enviaron tres fragatas que durante tres días bombardearon el castillo sin éxito, gracias al grosor de cuatro metros y medio de sus muros. Al final, el capitán de una de las naves envió a tierra a varios de sus hombres que consiguieron derrotar a tus compatriotas.
En ese momento entró un chico pelirrojo y desde la puerta ojival indicó que se marchaba.
—Hasta mañana, Glen —se despidió Natsu.
—¿Se van todos?
—Sí —asintió Natsu agachándose para quedar a su altura—. A excepción de un par de guardas. No tienes nada que temer.
—¿Sabes? —Lucy estaba nerviosa—. Se me hace curioso pensar que entre estos muros sangre española como la mía, luchó con sangre escocesa como la tuya.
—Entonces algo nos une ¿no crees? —Natsu la besó un instante—. Quién sabe si alguno de aquellos españoles no era un antepasado tuyo que no ha descansado en su tumba hasta traer de nuevo aquí más sangre española.
—Oh, Dios —sonrió Lucy al escucharlo—. ¿Crees en esos cuentos para niños?
—Escocia está plagada de cuentos, y leyendas fantásticas —susurró—. Aquí tenemos mucho respetó a las leyendas. Ven, sígueme.
Sin preguntar, Lucy se dejó guiar a través de las estrechas escaleras hasta que llegaron a una puerta de madera oscura. Natsu sacó de su bolsillo una llave, abrió la puerta y al pellizcar al interruptor de la luz, la estancia se iluminó.
Ante ella apareció una maravillosa habitación, tan lujosa o más que la de un carísimo hotel. Las paredes y el suelo eran de piedra y madera como en el resto del castillo. A la derecha, un sofá en color beige con cojines marrones descansaba ante la enorme chimenea que calentaba la estancia. Al otro lado de la habitación había una preciosa y enorme cama en hierro forjado que hizo que el pulso se le acelerase.
—¿Qué te parece? —preguntó Natsu divertido.
—¿De quién es esto?
—Es uno de los aposentos privados del castillo —respondió Natsu ayudándola a entrar para cerrar la puerta tras ellos—. Aquí los turistas no pueden acceder.
—Creo que no deberíamos estar aquí —murmuró Lucy apoyándose en la puerta. Su cabeza no dejaba de discurrir, ¿qué ropa interior se habría puesto aquella mañana? —. Si tu jefe se entera de esto podría despedirte. ¡Vámonos!
Con una seductora sonrisa, Natsu plantó las manos en la puerta a ambos lados de la cabeza de Lucy, y dejándose caer sobre ella, la besó con dulzura.
—Tranquila, cariño —susurró haciendo que el vello se le erizara— el conde y yo nos llevamos muy bien. Estoy seguro que no le importará que utilice esta habitación.
Lucy trató de impedirle que continuara con aquella locura, pero tenerlo tan cerca resultaba demasiado tentador. Su tono de voz, su mirada, su cuerpo y su olor podían con ella. Era imposible resistirse a aquel hombre cargado de testosterona que la miraba con ardor.
—¿Estás asustada? —dijo rozando sus labios contra su sien—. Lo veo en tus ojos cada vez que te miro. ¿A qué temes tanto?
—A ti. Te temo a ti porque estás consiguiendo lo que nunca nadie ha conseguido de mí.
—M … me gusta escuchar eso, pero —dijo separándose de ella—, te he traído aquí para hablar contigo y para cumplir alguno de tus deseos.
Atontada y sin escucharlo miró cómo los músculos de sus brazos con los reflejos de la luz de la chimenea parecían tener vida propia.
«¡Ay Dios! Deseo desnudarte y que me desnudes, y que me hagas el amor de una santa vez» pensó mirándolo con deseo.
Pero volviendo en sí, se obligó a no pensar en cómo se comportaría Natsu desnudo encima de ella, en aquella cama enorme.
—Cumplir mis deseos… —se obligó a decir—. ¿Qué deseos?
—Proporcionarte un baño caliente me es imposible en este lugar, pero sí puedo ofrecerte —dijo cogiendo tres DVD—, ver cualquiera de estas tres películas de estreno, sentada en este confortable sofá sin que nadie te moleste.
—¡Una película de estreno! —gritó emocionada, haciéndolo sonreír.
—Todo eso acompañado con… —tomó algo de una disimulada nevera—. Coca Cola Zero.
Al ver la Coca Cola Lucy se tiró de cabeza a por ella.
—¡Ay, Dios mío! —gritó al tenerla en sus manos—. Cuánto te he echado de menos.
—También puedo ofrecerte palomitas, sandwiches de jamón y queso y …
—¿Y? —gritó emocionada como una cría.
—Una maravillosa y calentita taza de té Earl Grey, recién traído desde el Starbucks más cercano.
—¡Dios mío! —gritó incrédula—. ¿De verdad que has traído un Earl Grey ?
Natsu, muerto de risa por aquella nimiedad, sacó un par de termos, y un par de vasos típicos de las cafeterías Starbucks. Emocionada por aquella atención se sentó, y suspiró al oler el té que le estaba sirviendo Natsu.
—Te cambio un riquísimo té negro con toques de esencia de bergamota de la región de Sri Lanka, por uno de tus besos españoles —susurró Natsu sentándose junto a ella.
Lucy, entrelazando los dedos en el pelo de él, le inclinó la cabeza y le besó profundamente, haciendo que Natsu se excitara en segundos al demostrarle aquel beso tan salvaje y temerario.
—Si me vas a besar así siempre —dijo Natsu sonriendo—, te prometo que pongo una franquicia de Starbucks donde tú quieras.
Al escucharle Lucy sonrió, soltó la taza y lo cogió de los hombros para atraerlo de nuevo hacia ella. Aquel hombre era demasiado atractivo y también le gustaba demasiado como para no perder la cordura. Ya no le importaba si llevaba puestas sus mejores bragas de La perla o las de cuello vuelto de algodón de Ona. Ya no podía más. Lo deseaba, y lo deseaba ya.
—Ehhh, princesita —susurró Natsu separándose de ella para su decepción—. Estamos aquí para cumplir tus deseos, no para cumplir los míos.
—En estos momentos, cromañón —sonrió rozándole los labios—, tú eres mi mayor deseo.
—Ufff… —suspiró Natsu intentando contener sus salvajes apetencias—. Te aseguro que estoy echando mano a todo mi autocontrol para no lanzarme sobre ti, arrancarte la ropa y hacerte las cosas que llevo semanas deseando hacer.
—No te contengas —contestó Lucy al sentir la dura erección— porque yo no voy a contener las locas apetencias que tengo de ti. Ahora ya no.
—Espera un momento —sonrió Natsu al verla tan excitada—. Creo que antes deberíamos de hablar. Tengo cosas que contarte que…
—¡Por todos los santos, Natsu! —gruñó Lucy al sentir cómo la sangre se le convertía en fuego y el corazón le latía a mil revoluciones por minuto—. ¿Quieres hacer el favor de callar y hacerme el amor? Te deseo, maldita sea, y no quiero esperar más.
Al escuchar aquello, Natsu sintió que el pantalón le iba a explotar.
—A sus órdenes, Lady Dóberman —dijo tomándola de la mano para que se levantara, momento en que Lucy se lanzó.
A trompicones Natsu llegó hasta la cama con Lucy colgada a su cuello.
—Siéntate —le ordenó ella, mirándolo a los ojos.
Natsu, obediente como un cordero se sentó al borde de la cama y ella quedó sentada encima. Durante unos segundos notó cómo Lucy apretaba sus muslos contra los suyos, consiguiendo que su erección se endureciera de tal manera que le comenzara a doler el simple hecho de respirar. Cada vez que ella tomaba las riendas en los momentos íntimos Natsu se quedaba paralizado, pero la boca caliente de Lucy rozándole el cuello le hizo reaccionar, por lo que sujetándole las manos se levantó aún con ella en brazos y tras un rápido movimiento que hizo que Lucy diera con su espalda en el colchón, fue Natsu el que habló.
—No, princesita, no —susurró devorándola con la mirada—. He deseado este momento seguramente antes que tú, por lo que, por favor, cierra los ojos, relájate y déjame disfrutar lo que tantas veces he soñado.
«Ay, Dios, creo que voy a gritar» pensó Lucy dejándose llevar.
Con una sensual sonrisa Lucy se arqueó, momento en que Natsu le quitó el jersey de Moschino que dejó caer a un lado, soltando un silbido al encontrarse con un sujetador negro de copa baja de lo más sensual.
«Gracias a dios que llevo el conjuntito negro de La perla» pensó Lucy al ver cómo aquél la miraba.
Con la respiración entrecortada, Natsu bajó su boca y mordiendo el enganche delantero del sujetador, lo soltó. Los pechos quedaron liberados ante él, secándole la boca.
—¡Qué maestría para quitar un sujetador! —señaló Lucy al ver la facilidad con que con la boca había deshecho el broche.
—En esta vida he aprendido de todo, pequeña —se mofó deseando chupar aquellos duros y oscuros pezones.
«Serás fanfarrón» pensó, y en un arranque de rabia, se movió con rapidez, poniéndose de nuevo encima de Natsu.
—Qué maestría para tenerme a tu merced —indicó con una sonrisa que al escucharla se esfumó.
—En esta vida he aprendido de todo, pequeño —contestó dándole donde quería.
Las chispas saltaban entre los dos. Eran amantes al tiempo que rivales. Por lo que Natsu, con su hombría herida, se levantó de la cama con ella en brazos y apoyándola en el respaldo del sillón, quedó sentada con las piernas alrededor de él.
—Ahora eres mía. Mía y de nadie más.
Al escuchar aquello y sentir su fuerza y posesión, Lucy comenzó a jadear. Sentir su sensual mirada, la dura erección contra ella, y la posesión con que le tocaba los pezones era lo más morboso y excitante que le había pasado nunca. Por lo que con una sonrisa buscó su boca y le dio un beso salvaje y ávido, mientras le subía lentamente la camiseta por las costillas hasta sacársela por la cabeza.
Los dos estaban desnudos de cintura para arriba. Mientras Natsu bajaba su cabeza y jugueteaba con sus pezones, haciéndola estremecer, Lucy fue consciente por primera vez del brazalete tatuado en negro que éste llevaba alrededor del brazo derecho.
«¡Qué sexy, qué sexy, por Dios!» pensó al rozarlo.
Aquello la excitó aún más, por lo que bajando sus manos desabrocho el botón de los Levi's de Natsu, momento en el que él, sujetándole las manos, subió su boca para besarla mientras presionaba su erección contra ella, haciéndola gemir.
Lucy deseaba ser penetrada, y estuvo a punto de gritar al sentir cómo Natsu metía su mano por la delantera del pantalón. Sus dedos llegaron hasta la humedad que éste le había provocado y que ella deseaba con urgencia llenar. Con un rápido movimiento Natsu le quitó los pantalones junto con las bragas, y quedó totalmente desnuda ante él.
—Eres más preciosa de lo que pensaba —susurró con voz ronca por la lujuria.
—¡Suéltame las manos y bájame al suelo si no quieres que comience a gritar! —se quejó ella.
—Mientras que sea de placer —sonrió haciéndole caso—. Grita cuanto quieras cariño.
—¿Tú vas a gritar? —preguntó juguetona.
—Um m m , no lo sé, dime tú.
—Vas a gritar —sentenció metiendo la mano en el calzoncillo para agarrar aquel pene duro y grueso, notando cómo él se tensaba mientras, lentamente, con la otra mano y la ayuda de los dientes bajaba el pantalón y el calzoncillo Calvin Klein.
Una vez estuvieron en el suelo, con su húmeda y caliente lengua, según se levantaba, chupaba el interior del muslo de Natsu, y al llegar al pene, grande y terso, con una malévola sonrisa jugueteó durante unos segundos con él.
—Me estás matando —murmuró Natsu y no tuvo más remedio que asirla entre sus brazos—. ¡Ven aquí fierecilla!
En dos zancadas la llevó hasta la preciosa cama con dosel, y tras posar con delicadeza la espalda de Lucy se tumbó sobre ella, haciéndola vibrar al sentir cómo aquella dureza pugnaba por entrar en ella, mientras le daba en los muslos, reclamando su función.
Estirando la mano Natsu sacó de su cartera un preservativo. Lo abrió con los dientes y se lo puso con rapidez.
—Creo que estoy tan caliente que siento decirte que no va a durar mucho, cariño.
—¡Disculpas… disculpas! —suspiró ella haciéndolo reír.
—Pero puedo prometer y prometo que las próximas cien veces serán infinitamente mejor —murmuró empujando de una riñonada que le hizo vibrar.
—¿Sólo cien? —jadeó Lucy al sentir cómo su calor la inundaba.
Al escucharla Natsu también sonrió, y comenzó a profundizar una y otra vez en su interior, asiéndola del trasero. Lucy, muy excitada y jadeante, recibía aquellas deliciosas embestidas mientras se abría para él.
—Mi amor —murmuró al escucharla gemir.
Enloquecido, siguió embistiendo con dulzura y pasión una y otra vez, hasta que la oyó gritar y sintió cómo sus músculos se tensaban al llegar al clímax. Al notar que ella se dejaba llevar por el cenit de la pasión, entró en ella un par de veces más a fondo, hasta que notó que ya no podía más y hundiendo su cabeza en el cuello de Lucy fue él quién gritó.
Aquella noche fue larga y placentera para los dos y culminada aquella primera vez, llegaron otras cinco más hasta que, agotados por el deseo, cayeron en brazos de Morfeo abrazados y felices.
A la mañana siguiente, un ruido mecánico y continuo les despertó. Aún continuaban abrazados cuando Natsu alargó el brazo para coger el walkie.
«¡Oh, Dios mío!, me encanta estar entre tus brazos» , pensó Lucy somnolienta.
Cuando dormía con Sting, desde la primera vez que lo hicieron juntos, cada uno despertaba en su lado de la cama, ambos necesitaban su espacio, pero con Natsu era diferente, le gustaba sentir su cuerpo, su calor y su cercanía y eso le hizo sonreír.
—Cariño —dijo de pronto Natsu que saltó de la cama—. Te prometo que esto se repetirá tantas veces como quieras. Volveré a traer té del Starbucks, piratearé estrenos y compraré palomitas, pero levántate —susurró mientras cogía sus pantalones—. Jellal ha llamado. Geraldina está de parto.
Mencionar el nombre de aquella vaca la activó. Era la vaca de Makarov, y todos ansiaban que esta vez el ternero consiguiera sobrevivir.
Sin apenas hablar por las prisas, en menos de quince minutos estaban en el todoterreno camino de la granja. Al llegar allí se encontraron con Erza, quién buscó en la mirada de Natsu respuestas pero intuyó que no le había contado la verdad.
—¡Maldita sea! —susurró al verlo pasar por su lado. Natsu se paró al escucharla, y se volvió hacia ella.
—Tranquila, cuñada —señaló dándole un beso en la mejilla—. Intente decírselo pero vuestra pasión española no me lo permitió —aquello la hizo sonreír —. No te preocupes que en cuanto resuelva el parto de Geraldina, te prometo que me la vuelvo a llevar y se lo diré. De hoy no pasa.
—Te tomo la palabra —asintió Erza al verlo correr hacia el establo.
—¿De qué le tomas la palabra? —preguntó Lucy al acercarse a ella.
—Ehhhh…, vaya Lu —se mofó su hermana al verla—. Te noto hoy con la tez más tersa y radiante. ¿Tienes algo que contarme?
—Nada especial —sonrió y corrió tras Natsu—, sólo que soy feliz.
—Hola, tía Lu —saludó de pronto Lexie acercándose a ella.
«¿Tía Lu?» pensó Lucy, pero como quería ver el parto de Geraldina, sólo la saludó con una sonrisa y siguió a Natsu.
Nunca había visto algo así en directo. Al llegar al establo se encontró con Ona, Romeo, Jellal y Natsu, que se miraban con cara de preocupación.
—¿Qué ocurre? —preguntó al entrar.
—Han llamado al veterinario —señaló Natsu arremangándose— pero viene desde Aberdeen y eso está demasiado lejos.
—¿Y vosotros no sabéis qué hay que hacer? —preguntó incrédula Lucy—. Se supone que estáis acostumbrados a estas cosas.
—Sí, tesoro —asintió Ona con gesto de preocupación—. Lo que pasa es que nos acabamos de dar cuenta de que el ternero viene de costado.
—Ona, vamos —indicó Jellal asiéndola por el brazo—. Ahora que Natsu y Lucy están aquí vamos a desayunar nosotros. No hemos tomado nada desde hace horas y creo que todos lo necesitamos.
La anciana se movió de mala gana, pero tras convencerse de que no se podía hacer nada hasta que el veterinario llegara, se marchó con Jellal y Romeo.
Durante más de una hora Natsu y Lucy estuvieron junto a Geraldina, no podían hacer nada pero tampoco podían marcharse y dejarla sola.
—Cliver ya está aquí —anunció Doug que entró junto a un joven veterinario.
—Hola, Cliver —saludó Natsu tendiéndole la mano—, creo que el ternero viene con problemas.
—No te preocupes —el chico empezó a sacar de su maleta el instrumental—. Esta vez Makarov nos ayudará, y todo saldrá bien.
Fue una ardua tarea, donde en muchos momentos pensaron que Geraldina no lo superaría, sin embargo la pequeña cabeza peluda apareció detrás de las pezuñas, y el parto terminó con éxito.
Natsu, con la felicidad dibujada en el rostro, abrazó a Lucy, que aún estaba conmocionada con lo que había visto. No podía apartar la vista del ternero que acababa de nacer.
—Aún estoy temblado —señaló al recibir un dulce beso de Natsu.
—Yo también, pero de emoción. La pequeña España vivirá —dijo con los ojos vidriosos—. Seguro que el abuelo tiene que estar aplaudiendo de felicidad.
—¿De verdad que le vais a llamar España?
—Por supuesto —asintió Natsu—. El abuelo me dijo que el ternero se debía llamar o España o Lucy.
Incrédula al oír su nombre, escuchó reír a Natsu a carcajadas.
—Ni se te ocurra llamarla Lucy —protestó cariñosamente—. Sólo me faltaba ahora tener nombre de vaca.
—No, cariño —corrigió aún riendo—. En todo caso la vaca tendría tu nombre.
—Anda… anda, ve —dijo al ver cómo Ona no dejaba de mirarlos—. Ve y dile a Ona que todo ha salido bien.
Tras darle un rápido beso, corrió hacia su abuela como un niño, que al escucharlo se llevó las manos a la boca y lo abrazó. A la alegría colectiva se unieron Jellal y Romeo, mientras Lexie y Erza se acercaban a ellos acompañados de Happy.
«Makarov, lo has conseguido, tu pequeña España, ya esta aquí» pensó Lucy emocionada mientras miraba al ternero.
—Señorita —dijo el veterinario con varias cosas en las manos—. Sería tan amable de coger este papel.
—Sí… sí, por supuesto —sonrió acercándose.
—Tome —dijo entregándole varios documentos—. La copia rosa es para ustedes. La amarilla necesitaría que la firme el conde Dragneel y me la devuelvan.
—No se preocupe —sonrió Lucy—. En cuanto el conde regrese de viaje se la entregaremos para que la firme y se la haremos llegar.
Al escucharla el veterinario, extrañado la miró.
—¿Para qué me la van a m andar por correo, si el conde esta ahí? —indicó el veterinario con la cabeza.
—No le entiendo —Lucy aún sonreía.
—Disculpe —insistió él—. Quizás no la he entendido yo. Creí que había dicho que el conde estaba de viaje.
—Y así es —asintió Lucy.
Ahora sí que el veterinario estaba hecho un lío.
—Pero si el conde está ahí —indicó señalando hacia el grupo que reía—. Etherias Natsu Dragneel.
Lucy sintió que la sangre se le congelaba al escuchar aquello pero mantuvo la compostura delante del veterinario.
—No se preocupe —murmuró comenzando a andar hacia el grupo que se felicitaba en el porche de la casa grande—. Ahora mismo el conde se la firmará. —Mientras caminaba hacia ellos, Lucy sentía cómo el corazón le latía con fuerza y solemnidad. La habían vuelto a engañar como a una imbécil, y ella de nuevo había caído en la trampa.
«Te odio, Natsu Dragneel, por segunda vez en mi vida me han utilizado y eso no te lo voy a perdonar» , intentó contener las lágrimas.
Erza, tras soltarse del abrazo de Jellal, volvió la vista hacia su hermana, y la sonrisa se le congeló al ver cómo ésta se dirigía hacia ellos. Su mirada fría como el hielo le indicó que Lucy lo había descubierto todo.
—¡Conde Etherias Natsu Dragneel! —gritó parándose a escasos metros de todos ellos.
Natsu cerró los ojos al escuchar su voz y tomó aire antes de volverse hacia ella.
La calidez de su mirada de minutos antes había desaparecido, y sólo veía ahora en aquellos ojazos negros, rabia y desilusión.
—Escúchame Lucy, déjame que…
—¡No! —gritó tirándole el papel amarillo—. No quiero escucharte. Firma este maldito documento para que el veterinario culmine su trabajo, y a partir de este instante olvídate de mí, maldito hijo de puta.
—Ven, Lu —susurró Erza tomándola del brazo, pero también la rehuyó.
—Lo habéis pasado bien ¿verdad? —gritó mirándolos—. Os habéis reído todos a mi costa durante estas últimas semanas. Maldita pandilla de mentirosos. Por un momento creí que os importaba y que vosotros erais lo más verdadero que había conocido en mi vida.
Ona, con gesto serio, no apartaba su vista de ella. No podía decir nada, sabía que la muchacha se sentía decepcionada por todos y ella era una más en aquel entramado.
—Necesito un coche para volver a Edimburgo ¡ya! —gritó andando hacia la casa. Al pasar junto a Natsu él se interpuso en su camino—. Quítate de en medio, conde.
—Por favor cariño. Necesito que me escuches —intentó explicarse desesperado por cómo se había desencadenado todo—. Anoche intenté en varias ocasiones decirte la verdad pero…
—Anoche me utilizaste.
—Eso no es así y tú lo sabes.
Lucy lo fulminó con la mirada, y sin responderle lo rodeó para entrar en la casa, pero antes de cerrar la puerta gritó sin volverse. —Quiero un coche para regresar a Edimburgo en diez minutos Natsu, no voy a volver a repetirlo.
Cuando la puerta de la entrada se cerró, todos se miraron confundidos. A su modo, cada uno de ellos se sentían partícipes de aquella trama, cargando su parte de culpabilidad por no haberlo aclarado y haber dejado que la mentira continuara un día tras otro.
Erza, con el corazón en un puño, sintió que le había fallado a su hermana. Pero ya nada se podía hacer, Lucy se había enterado por un extraño, y eso sabía que le había llegado al corazón.
—Natsu —llamó Erza atrayendo su atención.
—¿Qué?
—Te lo dije —susurró entrando en la casa.
Cuando Erza entró en la habitación, se encontró a Lucy metiendo en su trolley Versace sus escasas pertenencias.
—Lu yo…
—¡Cállate! No quiero escucharte. Eres tan embustera como todos ellos — gritó—. ¡Eres la peor! Se supone que eres mi hermana y que al menos tú deberías de haber sido sincera conmigo.
—Tienes razón —susurró sentándose en la cama—. Y te juro que lo intenté. Lo intente cientos de veces pero…
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Me enteré la tarde que estabas en la clínica —respondió y comenzó a llorar —. Me enfadé muchísimo cuando me enteré, y te lo pensaba decir, pero ocurrió lo de Makarov y me dejé llevar por mis sentimientos, y Natsu me hizo prometer que le dejaría a él decírtelo.
—Oh, sí, claro. Vas tú y le concedes a ese idiota más tiempo para que se siga riendo de mí ¿verdad? —gritó tirando los carísimos zapatos rojos manolos contra el trolley —. Gracias, hermanita. Gracias por nada.
—Lu, por favor. Entiendo que estés enfadada, pero… tú misma me dijiste que aquí tu vida estaba cambiando, incluso me animaste a seguir mi relación con Jellal porque su fondo te parecía excepcional.
Al escuchar aquello se llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos. Aquello que su hermana le decía era cierto. Su corazón le había gritado que aquella gente, cuando le sonreía, lo hacía de verdad, pero se negaba a pensar aquello, así que continuó con su equipaje.
—Creo que ya es hora de volver a la realidad —asintió sentándose junto a Erza, quien cogió el pijama de tomatitos cherry y lo metió a escondidas en el trolley —. Quédate si es lo que deseas y …
En ese momento se abrió la puerta y entraron Ona y Wendy.
—¿Podemos pasar? —preguntó la anciana.
—Por supuesto —Lucy endureció la voz—. Estás en tu casa.
Con el portátil de Makarov en las manos, Ona se acercó hasta Lucy. En su cara se veía la pena y la tristeza por lo ocurrido, pero la rabia de Lucy le impidió reaccionar.
—Llévate esto —dijo Ona tendiéndole el portátil—. Aquí nadie lo va a usar y es una pena que algo tan valioso se eche a perder.
—De acuerdo. —Lucy lo arrojó de malos modos en el trolley.
—Te traigo la chaqueta que me dejaste —susurró Wendy— y quería decirte que te voy a echar mucho de menos.
—Vale… vale —asintió fríamente Lucy al escuchar a la muchacha.
Tras un silencio sepulcral, Ona y Wendy decidieron marcharse aunque la anciana aún tenía algo que decirle.
—Lucy, te entiendo —susurró con una extraña voz—. Entiendo que pienses que todos te hemos engañado y seguido un absurdo juego que al final se ha vuelto en contra nuestra. No me gustó en un principio y mucho menos al final. Pero Natsu…
—No quiero oír hablar de Natsu —respondió Lucy.
—De acuerdo —asintió la anciana—. Sólo permítem e decirte una cosa más. Nunca dudes de los sentimientos verdaderos y sinceros que Makarov tenía hacia ti.
Escuchar aquello fue demasiado.
—Ona —susurró Lucy con un hilo de voz, y caminó hacia ella—. Gracias por los bonitos momentos —y tomándoles a Wendy y a la anciana de las m anos añadió—. Nunca os olvidaré.
Una vez dicho aquello Lucy se volvió y cuando Wendy y Ona desaparecieron, Erza la acogió en sus brazos donde, durante unos largos minutos, lloró.
