XXVIII

Junto al fin de mi resfrío, llegó el fin de semana. Y pese a que el jueves me había jurado a mí mismo no salir el sábado por la noche, para evitar una recaída, tuve que desistir de mis intenciones.

Leticia me invitó al cine, y, francamente, le dije que sí para liberarme parcialmente de la culpa que había sentido cuando Rika arruinó su camisa favorita.

Allí estaba, recostado en la puerta del edificio de la joven, esperando a que bajara. En ese momento en que comenzaba a sentirme como un imbécil, saliendo con la mujer equivocada, Leticia hizo su aparición.

- Ryo – dijo, mirándome sonriente.

- Hola, ¿cómo estás? ¿Vamos? – inquirí, ya medio aburrido del paisaje que nos rodeaba.

- Ándale.

Ambos caminamos rumbo al cine. En el camino, la joven no dejó de comentarme qué tanto había hablado con sus hermanos, qué había comido hoy y un montón de trivialidades a las que no supe qué contestar más que algunos lacónicos "sí", "no", "qué bueno"…

Pronto la película comenzó, dándome un gran disgusto, pues poseía, a mi entender, una trama bastante aburrida y trillada. La historia de un hombre abandonado que busca la forma de llenar el vacío que su mujer le dejó… "¿trillado o qué? Mierda. Debe haber sido a propósito", pensé, mirando a Leticia de reojo, muy atenta a la pantalla.

En la mitad, cuando se me hizo terriblemente insoportable, decidí salir al baño. Ya allí, me enjuagué la cara y quedé mirando fijamente el reflejo de mi rostro en el espejo.

Mi barba estaba creciendo. Hacía unos cuantos días que no la afeitaba. ¡Hasta ese pequeño detalle me devolvió a Rika a la mente!

- ¡Ya recortándote la barba!, me dijo la joven pelirroja de trece años de edad pasando por la puerta entreabierta del baño.

- ¿Qué hay de malo? He oído que te gustan los lampiños… - musité tratando de molestarla, sin quitar atención a la tarea que prolijamente llevaba a cabo.

- Tú nunca vas a gustarme, Akiyama… y menos afeitado… - declaró ella, siempre esquiva conmigo.

- ¿Por qué te gusta la barba ahora? – pregunté, separando la maquinilla de mi rostro, con el ceño fruncido.

- ¿Cómo? ¿No sabes? – inquirió asombrada, acercando su rostro al baño, donde yo había quedado dubitativo, sin saber si seguir afeitándome o no.

- No.

- Dicen que la sensación de la barba en la entrepierna es sensacional… - comentó cambiando un poco la voz, tratando de demostrarme cuán "adulta y mujer" era.

Sus palabras me hicieron sonreír, como siempre, y no pude evitar la tentación de "subir de tono", con mi respuesta.

- Si quieres probar esa sensación no me afeito. Espérame allí, sentadita arriba de la mesa que yo ya voy, y lo compruebas antes de que vengan los muchachos, mi niña.

- ¡¿Qué dices?! ¡Yo no soy una niña! ¡Y jamás dejaría que me fregaras la barba en la entrepierna! ¡Sos un degenerado! – gritó, corriendo rápidamente al living.

- Fuiste tú la que empezó… - le recordé, sonriendo satisfecho con el resultado de mi trabajo, reflejado en el espejo.

Sonreí. Pensar que no nos llevábamos para nada bien… qué tiempos aquellos. Qué ganas de verla comencé a sentir.

Salí del baño pensativo. La vi salir del baño de mujeres. No pude ocultar mi expresión de sorpresa, y ella se dio cuenta de eso.

- Hola – me dijo – Parece que ambos nos estamos perdiendo la película…

- Parece que sí. ¿En qué sala estás que no te vi?

- En la 10. ¿Tú?

- En la 9.

- Apúrate. Tu chica debe estar preocupada por ti… - añadió.

- ¿Mi chica? ¿Y tú estás con alguien?

- Con mi chica – comentó con una sonrisa.

- ¿Con tu chica? – inquirí asombradísimo.

- Yo…

- ¿Sabes? – comenté, mientras caminábamos hacia nuestras respectivas salas – Me gusta más "tu chica" que la "mía".

- A veces esas cosas pasan… - musitó, saludándome con su mano, mientras desaparecía en la oscuridad de la sala 10.

- Mierda… a veces pienso que la historia es circular… y que la vida llega a determinado punto y luego vuelve a repetirse… - murmuré fastidiado, ingresando en la sala que había abandonado unos minutos antes.

Ocupé mi lugar al lado de Leticia. La joven se encontraba aparentemente imperturbable, aunque noté algo de nerviosismo en su mirada.

- Ya está por terminar… Lo mejor ya pasó – comentó sin virar hacia mí.

- Te espero afuera entonces… - le dije, empezando a levantarme.

- No… - murmuró, tomándome del brazo y jalándome para que no me moviera de mi butaca. Sostuvo mi mano entre las suyas y no me soltó hasta que las letras blancas recorrieron la pantalla y las luces de la sala se encendieron.

Salimos sin hacer ningún tipo de comentario. Caminamos sin rumbo, silenciosos. Ella iba prendida de mi brazo.

- ¿Quieres hacer algo más o te llevo a tu casa? – inquirí, sintiéndome un poco incómodo con la postura de enamorada que interpreté que estaba tomando la joven.

- Vamos a mi casa… - sugirió, sin desprenderse de mí.

Llegamos a su departamento. Me invitó a pasar. Accedí al ver su rostro de súplica cuando estuve a punto de negarme.

- Sabes… - comencé cuando se sentó ansiosa a mí lado en el gran sofá – No creo que esto sea lo mejor, Leticia. No va a funcionar…

- ¿No necesitas más de lo que tienes ahora, Ryo? – inquirió, acariciando mi mejilla derecha - ¿Acaso no te provoco absolutamente nada? – siguió, sentándose sobre mí sumamente alterada.

- El problema no eres tú… Soy yo que no puedo – dije agarrándome la cabeza – No puedo. Te veo y no dejo de imaginarla a ella… a su cabello rojo, a su piel suave, sus manos tibias… No puedo tener nada contigo pensando en ella – concluí, mirando hacia un costado.

- ¿No crees que sea capaz de hacerte cambiar de opinión? – preguntó, rodeando mi cuello con ambos brazos, acercando su boca a la mía.

- Espera, espera, espera… - añadí, corriéndola, para quitarla de encima – Ya te dije lo que pienso. No voy a cambiar de parecer. Te juro que lo estoy intentando… Que hago todo lo posible. Que me propuse olvidarla. Pero, ¿sabes algo? No podré hacerlo si tú me presionas… - seguí, mientras tomaba una de sus manos – Yo te quiero, Leticia, pero no puedo quitarme a Rika de la mente. Y no me sentiría feliz conmigo mismo si me acostara contigo pensando que estoy con ella. ¿Entiendes lo que quiero decir?

- Sí, Ryo… perdóname… ¿sabes? Ahora entiendo porqué ella aún te cela todavía…

- Rika no me cela… - repuse.

- … porque pese a que no estás a su lado, sigues siéndole fiel. De verdad, eres un hombre excepcional – terminó de decir mirándome a los ojos.

No supe qué contestarle. No me esperaba que dijera algo así.

- Vete, si quieres Ryo – añadió, mirando mi expresión confundida.

- ¿Qué te parece si salimos a comer unas pizzas? – propuse, luego de unos minutos de silencio.

- De acuerdo. Pero…

- ¿Qué?

- Perdóname por lo de hace un momento… juro que no volverá a ocurrir – prometió, apretando los labios.

- Está bien… Está bien… Ya lo olvidé… Somos amigos nuevamente. Vamos… - dije con una sonrisa, tomándola de la mano.

Ambos salimos corriendo del departamento.