Siete años después de la guerra contra Voldemort, la Comisario Jefe de la Unidad Delitos Violentos de la Sexta Comisaría de la ciudad de Nueva York, Jean Granger, no recuerda nada de su pasado… era como si de un día para otro le hubieran quitado su vida, su niñez y su adolescencia…
Los recuerdos de su vida comienzan luego de un accidente automovilístico en donde su madre le informa que su esposo había muerto…
No hay recuerdos…
No hay imágenes…
Sólo un pequeño regalo que la acompañará en su nueva vida en América, su pequeña hija.
29. Sin Recuerdos
Jean Granger, la comisario más joven de la policía de Nueva York conducía su Hummer del año por plena avenida central. Había terminado una reunión con el alcalde la ciudad en el ayuntamiento y estaba un poco cansada, aunque todavía con energías para arreglar algunos asuntos en la comisaría, sobre todo leer un par de informes del inspector Daniels, antes de que éstos pasaran al fiscal.
Eran las seis de la tarde y ya estaba oscuro, el invierno en la ciudad era frío, parecía que pronto comenzaría a nevar e invitaba tomarse un buen chocolate caliente entre las suaves cobijas de su cama, pero antes que eso estaba su responsabilidad.
Llegó a la estación y los policías, a pesar de que era la jefa máxima del lugar, murmuraban al verla pasar: «es bella»; «una mujer fuerte»; «debe tener un secreto…»
Jean, sabía los rumores acerca de ella, de que era una mujer con un aura de misterio, que muchos se preguntaban cómo había llegado tan alto siendo tan joven, en dónde estaba su familia, qué hacía lejos de Inglaterra, pero prefería guardar silencio y mantener el enigma, siendo siempre respetada como la autoridad policial que era.
Al terminar de revisar algunos informes, a eso de las ocho, abrió un cajón del escritorio para sacar de allí un cuaderno con espiral, tipo libreta de anotaciones y lo guardó en su bolso de mano. Era hora de su cita semanal con el psiquiatra. No había ido en dos semanas y por más que quisiera alejarse de él y creer que podía vivir así, la necesidad de indagar sobre esos años en negro que estaban en su mente, era más fuerte. Lo único que quería era llegar luego a la etapa de hipnosis y tratar de recobrar algo de su pasado, ese pasado que estaba como arrancado de su mente…
La consulta del doctor Matthew Davidson estaba cerca a la estación de policía, si lograba que la atendiera pronto y que esa sesión no se extendiera, tendría tiempo de sobra para disfrutar en casa.
—Y bien Jean, ¿hiciste lo que te pedí? —preguntó el médico mientras le señalaba el sofá frente a él para que tomara asiento.
Matthew era un hombre un cincuentón bastante atlético y dedicado a su trabajo, empeñado en devolverle la memoria a su paciente.
—Sí —respondió sacando de su bolso la libreta de apuntes—. Como me dijiste, he ido anotando esas palabras extrañas que vienen a mi mente en cualquier momento.
—Quiero oírlas. Dímelas.
—Sectusempra —dijo titubeante, pero Matthew solo asintió para que siguiera leyendo—. Crucio —nada, su médico no se inmutaba por las extrañas palabras que decía—. Y Avada Kedavra.
—¿Abracadabra?
—No, «Avada Kedavra». Sé que resulta extraño… he buscado su significado, pero no lo he encontrado. Tal vez no signifique nada.
—O signifique mucho, Jean. Nuestro cerebro es capaz de guardar imágenes desde bebés. Solo hay que saber en dónde las ha escondido. Tal vez esas palabras sean juegos de niños, inventadas por ti o tus amigos. Eso es lo que debemos indagar.
—Entiendo. Sí, tal vez se trate de eso… bueno, además, de las palabras también en sueños vi algunas imágenes, no sé qué tan relevante sea…
—¿Y qué viste?
—Luces… como chispas de colores, disparadas con algún tipo de arma… Ojos, vi unos ojos que no eran celestes ni azules, eran grises —el médico asintió invitándola a continuar con su relato—. Y la imagen de un rayo dibujado en la frente de alguien… ¡No, no dibujado, era una cicatriz!
—Mmm bien y al ver esas imágenes o al escuchar esas palabras, ¿qué sensación experimentaste?
—Las palabras, sectusempra y crucio, creo asociarlas al dolor. La última, avada kedabra, es como la nada, una sensación extraña de vacío.
—¿Y las imágenes?
—Esos ojos… bueno, digo, la mirada podría asociarla a un sentimiento, pero no sé si es amistad… no lo tengo claro… En cuanto a la cicatriz en forma de rayo, tampoco podría asegurar nada, aunque creo que se trata de un sentimiento de amistad, tal vez… no sé…
—¿Y el rayo de luz verde?
—Ni idea —respondió encogiéndose de hombros.
—Bien, Jean, creo que hemos avanzado mucho. Sigue anotando cada palabra que venga a tu mente relacionando de inmediato el sentimiento o la emoción que experimentaste. También describe las imágenes que veas o dibújalas apenas lleguen a tu mente. A veces los sueños se olvidan al cabo de unos segundos…
—Sí, como digas.
—Creo que estamos bastante avanzados, pronto iniciaremos la etapa de hipnosis. Imagino que no has desistido de la idea, ¿no?
—No, de ningún modo. Haré todo lo que tenga que hacer para saber qué se esconde en mi pasado. Y gracias Matthew, has sido una gran ayuda en todo este proceso.
—Para mí es un honor atender a la comisario más joven de Nueva York.
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Mientras tanto en otra parte del mundo, en el Londres Mágico, específicamente en el Ministerio de Magia, un joven mago ingresaba a la oficina del Jefe de aurores. Era Draco Malfoy un hombre atractivo pero triste y cuyo trabajo de auror era reconocido y admirado por toda la comunidad, dejando atrás su pasado mortífago y la culpa que sintió en algún momento por llevar a cuestas el apellido Malfoy. Además la gente estaba agradecida pues había ayudado a capturar a muchos magos que habían intentado vengar la muerte de Voldemort. Era un baluarte junto a Harry Potter.
—Potter, es preciso que hablemos.
—Sí, yo también quiero hablar contigo. Los aurores que llegaron de Australia no trajeron buenas noticias. Dijeron que Hermione y su madre se mudaron de allí hace unos cinco años.
—Sinceramente, yo tenía muchas expectativas por esta pista en Australia. Es que ya la hemos buscado en tantas partes… en el Londres muggle, en Francia, en Alemania… —dijo con tristeza sentándose frente a Harry, quien se hallaba detrás de su escritorio.
—En toda Europa, Malfoy. Es como si se la hubiera tragado la tierra.
—Ella sabía que nuestra separación era momentánea… por un tiempo mientras mi padre fuese una amenaza pero él murió y ella aún no regresa.
—Eso es lo que más preocupa y es un tema que ya hemos analizado. Aunque, ¿sabes? Hace tiempo lo he estado pensado, ¡por Merlín somos magos! Ella no puede esconderse de nosotros o habernos olvidado, a menos que…
—A menos que haya magia de por medio —Draco se acercó más escritorio de su amigo poniendo ambos puños sobre la mesa—. Sí, yo también lo he pensado. Pero dime, ¿quién más, a parte de mi padre, habría querido a Hermione lejos de mí?
—No sé. Se me viene a la mente un novio despechado.
—¿Un novio despechado? ¿Te refieres a Ron? ¿Ron Weasley? —Draco se echó atrás nuevamente en el asiento mirando incrédulo a Harry. Hasta donde él sabía, Ronald seguía siendo amigo de Potter, aunque no como en el colegio, casi no tenían contacto. Tal vez Potter escondía algo. A esas alturas le era imposible confiar en todos, pero esa opción le parecía descabellada. Weasley se había dedicado a la tienda de sortilegios, alejado de la búsqueda de Hermione—. No me suena lógico lo que dices, Potter. Nunca me ha caído bien la comadreja, pero no creo que haya hecho algo así. En el colegio fue un cabrón, pero de ahí a hacernos algo tan grave como alejar a Hermione de todos, pues…
—Quizá no… o quizá sí… recuerda que fue él quien informó a Lucius de tu relación con Hermione cuando estábamos en séptimo curso, y ahí empezó la pesadilla para ambos. Al final dijo estar arrepentido y nos ayudó, pero siempre he creído que hay más. Por algo se alejó del ministerio y trabaja en la tienda de George, pudiendo, con todas sus habilidades, tener un cargo aquí.
—¿Y recién ahora me cuentas tus dudas?
—Es que antes no dudaba, pero el tiempo pasa y él, en silencio, apartado de todo. Sospechoso, ¿no?
—Mmm, sí, viéndolo de ese modo. Tal vez él no sea el responsable directo, pero puede que oculte algo.
—Que oculte a voluntad u obligado —Draco asintió.
—¿Te parece si mañana temprano vamos al Callejón Diagon a hacerle una visita a Ron? Si no es por las buenas…
—No te preocupes, tengo unos frascos de veritaserum. Ya me cansé de tratar a esa comadreja como la gente. Si nos ha escondido algo, te juro que...
—No nos adelantemos Malfoy, primero hay saber qué está ocurriendo.
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Jean Granger llegaba a su departamento en el octavo piso de ese céntrico edificio neoyorkino. Abrió la puerta y mientras colgaba su abrigo en el perchero sintió que unos brazos la rodeaban a la altura de la cadera. Una pequeña niña de unos seis años la estaba abrazando. Su piel era blanca, ojos grises y cabello rubio blanquecino, lacio que lo llevaba cortado como melena.
—¡Mami, llegaste! ¡Te he echado de menos! Marita no ha podido jugar conmigo porque estuvo ocupada mirando telev… —no alcanzó a terminar de hablar, cuando se escuchó un carraspeo y una joven mujer que se acercaba a la puerta de entrada. Marita Espina, era la nanny que Jean había contratado para cuidar a su hija, hacía ya un par de años.
—Señora Jean, su hija se ha portado muy bien. Solo que hoy…
—Marita no me asustes, ¿qué pasó? —preguntó tomando en brazos a su hija, dándole unos cuantos besos en la frente.
—No, nada malo, lo que pasa es que en la tarde me pareció que la niña jugaba con un gato de peluche, pero a los segundos, no era un gato, era un oso…
—Pero no tiene nada de raro.
—Lo que pasa es que Rose, no tiene gatos de peluche.
—Marita, entonces debiste haberlo imaginado, ¿cierto Rose?
—Sí, claro como aquella vez en que la niña llegó con el cabello corto y a los minutos le había crecido — pensó Marita, pero ese era un tema supuestamente zanjado, aunque ella no estaba mal de la cabeza y sabía perfectamente lo que sus ojos habían visto—. Sí, señora, debí imaginarlo. Bien, yo me debo ir. Nos vemos mañana, que descansen —continúo hablando y sacando su abrigo del perchero, para luego salir del departamento.
—Hasta mañana, que descanses tú también —Jean puso a la niña en el piso—. A ver, ¿qué travesura hiciste hoy? Cuéntame —sabía que su hija hacía cosas que los demás niños de su edad no hacían y eso lo asociaba a poderes extrasensoriales, a la mente o a la telepatía… cualquier justificación o raíz científica podría servir para explicar los sucesos misteriosos que a veces le ocurrían a Rose o a ella misma.
—Nada mamita, es que quería jugar con un gato… El otro día vi a uno de color canela. Estaba en el balcón mirando por la ventana y ¡tenía la cara aplastada!
—¡Ja, ja, ja! Yo también lo he visto, pero es raro ese gato, ha de ser de algún vecino.
—¿Vamos a dormir juntas hoy?
—¡Qué fácil es para ti cambiar de tema tan rápido! ¡Pero, sí! Dormiremos juntitas, aunque antes vamos a cenar, ¿te parece?
—¡Sí, mamita linda! —Jean tomó a su hija de la mano y, mientras se quitaba los zapatos de tacón y los tiraba en cualquier parte del departamento, se dispuso a cenar algo sabroso en compañía de su hija.
