EL BOSQUE DE LOS CORAZONES DORMIDOS
La entrevista
Me quedé un rato inmóvil, sin saber cómo reaccionar ante aquella inoportuna invasión. Estuve a punto de decirles que se marcharan, que era demasiado temprano para visitas o que tenía cosas más importantes que hacer… Sin embargo, aquellos hombres me intimidaban lo suficiente como para no contrariarlos.
Mis labios se despegaron finalmente para emitir una débil protesta.
—¿No podríamos dejarlo para otro momento…?
—¿Tienes algo que hacer? ¿Has quedado con alguien? —preguntó Grimmjow de forma educada.
—No. Es solo que… no os esperaba ahora.
—¿Esperabas a otra persona?
Me sorprendió su insistencia. ¿Qué le hacía pensar que esperaba a alguien? ¿Tanto se notaba mi ansiedad? Lo cierto es que me moría de ganas por ver a Ichigo.
—Pues… no —vacilé.
—Después del temporal de ayer, hemos decidido empezar por algo sencillo. El bosque está muy embarrado y no merece la pena adentrarse en esas condiciones.
—Está bien. Empecemos entonces. —Cuanto antes acabáramos con aquello, antes podría reunirme con mi guapo ermitaño.
Los otros hombres se acercaron un momento. Estrecharon mi mano con fuerza a modo de saludo y se presentaron. Ni siquiera en ese momento sonrieron. Solo retuve el nombre del más alto. Adam. Tenía los ojos tan negros como su ropa y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda de lado a lado. También parecía el de más de edad y, por la forma en la que se dirigía a los demás, el que estaba al mando.
Mientras sus hombres sacaban el material de la furgoneta, él empezó a inspeccionar los alrededores de la Dehesa en busca de algunos planos.
Grimmjow me pidió que me sentara junto al estanque, con el fondo verde y blanco de las montañas de pino albar nevadas.
—¿Qué me vais a preguntar?
—No hay guión. Puedes explicar tu experiencia, las cosas del bosque que más te han impresionado…
Me pareció extraño que no se hubieran preparado un breve cuestionario. Si ya me incomodaba tener que hablar delante de una cámara ante esos hombres tan serios, saber que tendría que improvisar toda la entrevista me hizo sentir todavía más insegura.
—¿Tengo que hacerlo en inglés?
—No, te subtitularemos.
Abrió un maletín y sacó una cajita con maquillaje en polvo. Me lo aplicó en la cara con tres brochazos y me colocó un micrófono en la solapa del anorak. Grimmjow tenía las mangas subidas. Me fijé en sus brazos musculosos y en el tatuaje que asomaba tímidamente varios centímetros por encima de su codo. Parecía una flor… Pero antes de que pudiera asegurarlo, me miró algo molesto y se bajó la manga para cubrirlo.
Los otros hombres tardaron unos minutos en colocar un par de focos exteriores y la cámara en un plano fijo frente a mí. Después comenzaron a revisar un pequeño aparato conectado con auriculares. Supuse que era el sonido.
Mientras esperábamos, Grimmjow sacó una botella de cristal y dos vasitos. Enseguida reconocí aquella bebida de color rosa intenso: era pacharán. Llevaba la etiqueta de envasado de mi tío, por lo que deduje que la habrían comprado en el pueblo. El chico de negro suspiró antes de esbozar una sonrisa.
—¿Quieres un trago para calmar los nervios?
—¿Ahora? ¡No son ni las diez de la mañana!
—Te ayudará a relajarte… —La voz de Grimmjow se esforzó en sonar persuasiva. Después apartó mi mano del anorak. Hacía un rato que jugueteaba inquieta con la cremallera, emitiendo un estridente ruidito.
Grimmjow retuvo un instante mi mano entre la suya. Era una mano fuerte, como sus brazos, extraña para un estudiante de su edad. De no ser por su expresión fría, aquel muchacho no difería mucho del tipo de chicos que solían gustarle a Rangiku: fuertes y robustos, con pintas de gimnasta o incluso de militar. Grimmjow tenía, además, unos rasgos duros y marcados que, sobre su tez marmórea, resaltaban aún más. Sonreí al intuir lo atractivo que le habría resultado a mi amiga.
—Quizá beba un poquito… —acepté confusa por mis pensamientos.
—Bébelo de un trago —sugirió mientras brindaba su vaso contra el mío—. Ya verás como le sacamos más jugo a la entrevista.
Sin saber muy bien por qué, le hice caso. Apuré la bebida de un sorbo sin saborearla siquiera. Su sabor me dejó un regusto amargo en la boca.
El efecto fue tan inmediato, que durante unos segundos tuve que esforzarme en centrar la cabeza.
—¿Estás bien, Rukia?
Me pareció detectar una preocupación sincera en su voz.
Asentí, pero lo cierto es que me sentía extraña. Notaba la boca cada vez más seca y un calor repentino por todo el cuerpo. A pesar de eso, me sentía relajada.
El pilotito de la cámara se puso en rojo y Adam le hizo una señal a Grimmjow para que empezara.
Respiré hondo esperando a que me diera paso.
—Explícanos cómo ha sido tu vida desde que llegaste a este bosque de pinares.
Los ojos azules de Grimmjow brillaron de una forma extraña. Le devolví la mirada al tiempo que me esforzaba por pensar con claridad. Mientras buscaba las palabras, le vi impacientarse. Empezó a fruncir el ceño, frustrado por mi silencio.
Me costó un rato razonar de manera ordenada una respuesta. Aun así, me las arreglé para explicar mis primeras vivencias. Les hablé de lo hermoso que me había parecido el bosque a mi llegada, de lo mucho que me impresionaron los prados verdes, el río cristalino y los altísimos pinos… Después les expliqué cómo aquel paisaje me había despertado recuerdos de mi infancia, de mi madre…
Cuanto más hablaba, más cuenta me daba de que mis palabras eran cada vez más libres; habían dejado de pasar por el filtro de la prudencia y se detenían en detalles íntimos y familiares que poco podían importarles.
Después de varias preguntas en apariencia inocentes, sacaron la artillería pesada.
—Háblanos del viejo ermitaño del bosque.
El corazón me dio un vuelco.
—No sé… Él ya no vive… Quiero decir que… no conozco a ningún…
Me di cuenta de que aquella entrevista era una excusa para sonsacarme información. No sabía qué parte de la historia conocían y qué querían exactamente que yo les explicara, pero algo me decía que no me dejarían en paz hasta obtener de mí lo que andaban buscando.
Aquél fue mi último razonamiento lógico.
Sentí cómo la voluntad me abandonaba y me sumía en un estado soporífero de semiinconsciencia, como si una fuerte droga hubiera tomado el control de mi cuerpo y de mis respuestas. Intenté resistirme y contestar con evasivas… pero ya no estaba muy segura de lo que decía.
Sacudí la cabeza para despejarme.
Aunque la figura cercana de Grimmjow se hacía cada vez más borrosa, sí podía, en cambio, enfocar a más distancia. Me fijé en los rostros complacientes de los otros hombres y en la forma en la que, por primera vez, sonreían.
Empecé a contestar sus preguntas de forma automática, casi sin respirar, sin controlar el torrente de información que salía de mis labios.
Mientras hablaba, algo en mi interior me gritaba que parara. ¿Qué hacía revelando todo aquello a esos extraños? Pero, sencillamente, no podía. No era dueña de mis palabras.
Hablaba como una autómata con pilas nuevas. Ni siquiera era muy consciente del sentido de lo que decía. Les hablé de mi vida en la Dehesa, del miedo de las primeras noches en el torreón, del fantasma que me protegía y del intruso que me asustaba. Les hablé de la leyenda de Rodrigoalbar, del viejo de barbas blancas, de su historia sobre la semilla de la eterna juventud…
Grimmjow intercalaba mi monólogo con preguntas que Adam le indicaba en inglés y que yo contestaba obedientemente. Uno de los hombres tomaba notas en un cuaderno y reía entre dientes de vez en cuando.
Lo que ocurrió a continuación es un misterio para mí.
Mi mente se fundió en negro.
Un fuerte dolor de cabeza me acompañó en mi despertar. Estaba helada y bañada en vómito. Intenté ponerme en pie, pero mis rodillas se doblaron y una fuerte arcada me sacudió por dentro. Vomité hasta quedarme vacía y exhausta.
Me costó un rato recordar qué había sucedido. Cuando lo hice, no supe precisar cuánto tiempo había transcurrido desde que aquellos bestias me habían interrogado. El sol estaba en su punto más alto, era mediodía, por lo que llevaba casi dos horas sin conocimiento.
Tambaleándome y con un fuerte dolor abdominal, entré en casa y me lavé con agua fría. Necesitaba despejarme a toda costa y pensar con claridad. Mientras me cambiaba de ropa, fui consciente de lo que había ocurrido. Los hombres de negro buscaban a Ichigo y yo le había delatado. Era incapaz de recordar si les había indicado su paradero, pero algo tenía claro: debía ponerle sobre aviso. Deseé con todas mis fuerzas que no fuera demasiado tarde…
Intenté correr hacia la cabaña del diablo tan veloz como mis pies me permitían, pero lo cierto era que apenas podía coordinar el equilibrio. Todavía aturdida por el suero de la verdad con el que me habían drogado, mis piernas cedieron en varias ocasiones y caí de bruces contra el suelo. Me sentía impotente y estúpida. ¿Cómo había sido tan tonta para dejarme engañar de aquella manera? A la dificultad de mis torpes piernas se unía mi visión borrosa. No sabía si era efecto del brebaje o de mi llanto incontrolable y persistente.
De pronto, oí la voz de Kaien que me llamaba a lo lejos.
Estaba tan confusa, tan asustada, que corrí a su encuentro.
—¡Tienes que ayudarme! —grité llorando e hipando como una niña.
—Tranquilízate, Rukia. ¿Qué ha pasado? —Me abrazó y me derrumbé un instante en su pecho.
Su presencia familiar actuó como un bálsamo para mi desconsuelo.
Poco a poco fui serenándome y recobrando de nuevo el control. Ahora tenía un aliado.
A pesar de mis recelos pasados, tenía que confiar en él y explicarle lo ocurrido. Ya había medido mis fuerzas con aquellos hombres y sabía que sola no lo conseguiría.
Tomé aire y me dispuse a hablar.
Ignoraba que mi auténtica pesadilla estaba a punto de empezar.
To Be Continued...
