-Deus vitam, sanguinem, auxilium quaeris... ius de hoc totum... elixir mortis quaeso perficere... ego petere auxilium entia qui non vis immortalitatem... constringitur enim mane vel plena... ego quaeritur... vitam in ea... ¡Vita! – Grité apuntando mi varita hacia el caldero.
Un torrente de aire paso entre mi cuerpo, y un haz de luz roja, cubrió la poción qué había estado preparando por semanas. – Periculum revelio - susurré a la poción. No sucedió nada. Lo qué significa... está bien hecha.
-¿Bella? – preguntó la voz de mi hermano de tras de la puerta del cuarto donde me encontraba.
-Pasa, hermano. – le dije mientras guardaba en siete tubos de ensayo, poción. Cuando terminé, me giré hacia Harry. Tenía a Teddy en brazos. Me paré del suelo a guardar todas las cosas y, luego, quité a Teddy de los brazos de su padrino. - ¡Hola mini-lunático! – le dije jugando con él. Se rió en silencio, y su cabello cambió a pelirrojo. - ¡Me quieres! ¿No, Teddy? – le dije mientras lo levantaba hacia el techo. Cuando me calmé, miré a Harry, quien me miraba con una sonrisa. - ¿Qué pasa? – le pregunté frunciendo el ceño.
-hay visita en el comedor – dijo divertido. Enarqué una ceja. Se limitó a reír. – bajemos. – propuso.
Caminamos hacia las escaleras del número 20 de Privet Drive. Esta casa, a diferencia de la del número 4, eran mucho más grandes y espaciosas por dentro y por fuera, cómo una mansión. A partir del número 10, las casas pasaban a ser la parte más popular de esa localidad. Cómo... un Privet Drive Alto.
-es en el comedor. – me dijo Harry. – no sé si te agradará...
Entramos a la cocina, y lo qué ví, me sorprendió y me llenó de ira.
-Harry – le llamé. – Sostén a Teddy – le dije con los dientes apretados. Mi varita estaba arriba. - ¿Qué te dije de volver a verme, Black? – gruñí enojada hacia Jacob Black, pasándole a mi hermano el bebé.
-Vine a saber cómo estabas, Bell`s – dijo sereno. – no me interesa lo que diga la carta... el día antes de la batalla con los chupasangre recién nacidos.
-en la carta decía claramente que no quería volver a verte – le dije apretando los dientes. – y para ti soy Potter, no "Bell`s". Dejaste de tener el privilegio de llamarme así cuando intentaste matar a mi hijo, junto conmigo. – le espeté. – y agradece que Edward no esté, porque estarías muerto, perro – le advertí.
-no le tengo miedo a un chupasangre insignificante, Bella. – me dijo cansinamente.
-te dije qué me llamaras Potter, Black – le reclamé. Jacob rodó los ojos.
-¿ya me están retando por algo de qué no tengo ni idea de l qué hice, fénix? – preguntó la voz del padrino de mi hermano a unos metros de nosotros. Se fijó cómo estaba mi cara, y desvió su mirada hacia Jacob. - ¿Quién es este? – arrugó el ceño.
-un perro muy molesto, tío Sirius. – le dije con calma. - ¿y papá?
-Acá estoy – dijo su voz, mientras salía de las llamaradas verdes de la chimenea, conectada a la Red Flu. Se fijó en la escena qué representábamos Jacob y yo. - ¿Qué está pasando? – exigió saber él frunciendo el ceño.
-solo una charla con una advertencia. – dijo Jacob. – No permitiremos qué ninguno de tus queridos chupasangre vuelvan a Forks – dijo cruzándose de brazos. – Tu podrás seguir viniendo a Forks y a La Push – me dijo con una sonrisa qué aumentó mi enojo. – ningún Cullen pisará Forks de ahora en adelante.
-qué mala suerte, Black... – dije con "tristeza". – Porque dentro de unos meses dejaré de ser la señorita Potter-Swan para dar paso a la señora Cullen – le dije con sorna. Él hizo una mueca. – Te advierto que, si no te vas ahora mismo, te hechizaré con la primera varita qué se me cruce... y no va a ser ningún hechizo inofensivo, Jacob Black – le tiré, mostrando mi lado Evans. – vete antes de qué Edward regrese. – le dije cómo ultimátum, agarrando la varita más cerca; la de Harry. - ¡Portus! – grité apuntando a la pulsera qué me había regalado para "mi graduación", no sin antes, sacar el diamante qué e Edward me dio días después. – Toma – le dije lanzándole el objeto. – no quiero nada tuyo. – y salí hacia la habitacion de mi hijo.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Los meses pasaron, y, con ello, la Navidad.
Estaba un cien por ciento segura de qué sería una navidad qué nunca me olvidaría. Ni siquiera, con un hechizo desmemorizante.
El anillo de casada relucía en mi mano izquierda, justo en el dedo anular, donde estaría siempre.
Mi boda había sido sencilla, para el horror de Alice. Claro está, con unos invitados qué no había estado segura de invitar un cien por ciento.
Los Denalí.
Pero, al final, me habían caído de maravilla. Es más. Esa misma noche, obligué a los Denalí a tomar la poción qué le hice beber a Edward y a su familia días antes. Los efectos tardaban una semana, ya qué fue Alice la qué quiso ser mi conejillo de indias. En toda una semana, habíamos visto los cambios de Alice. Su piel ya no brillaba en el primer día a la luz del sol. Al segundo día, sus ojos tuvieron una tonalidad de un verde y dorado, quizá una secuela de su inmortalidad.
Al tercer día, su fuerza desmesurada ya no estaba. Al igual que su velocidad en el cuarto día y la capacidad de no ingerir sangre de ningún tipo para su alimentación, qué pasó a ser la de un humano común. En su quinto día, su voz había bajado de tono y se había vuelto... más humana. En el sexto día, su piel se tornó cálida y se podía ver el fluir (según Edward) de su sangre por su cuerpo, pero todavía no podían traspasar ninguna aguja en su piel... hasta el séptimo y último día. Era completamente humana. Salvo por sus ojos, qué seguían teniendo un matiz dorado y... sus visiones.
Con cada miembro de la familia Cullen, había pasado lo mismo. Sus ojos seguían teniendo un matiz dorado, pero casi pasando desapercibido. Edward, qué se había acostumbrado a no leerle la mente a nadie mientras estaba rodeado de magos, había dejado de tener su capacidad de lector de mentes. Jasper seguía siendo carismático y podía abrazarle y acercarme a él sin la preocupación de que tanto daño le hacía cada vez qué estaba en una misma habitacion con él antiguamente. Los demás, seguían siendo los de siempre.
Rosalie, qué estaba extasiada de poder ser madre, tenía un brillo en sus ojos azules (con un brillo dorado) qué me había dado la satisfacción de poder cumplir su más grande sueño.
Emmett seguía cómo siempre. La diferencia era los ojos, de un marrón con u brillo extraño, y qué extrañaría su fuerza sobre-humana.
Alice, con sus visiones, seguía caminando cómo si estuviese bailando. Lo de siempre, pero con la diferencia de qué ya no era inmortal.
Jasper, con sus ojos miel, el único al qué no se le notaba el brillo dorado gracias al color de sus ojos, y podía respirar tranquilo en una habitación llena de personas.
Esme, quien tenía ojos color chocolate con un brillo dorado no tan notorio, seguía siendo tan maternal cómo Molly y mi madre. Era la qué más consentía a Ethan.
Y Carlisle, qué ahora trabajaba en san Mungo, con sus ojos color cielo con su brillo casi indetectable, era el único qué no había sufrido ningún cambio con respecto a la sangre, ya qué estuvo tres siglos de práctica y, antes, ya casi ni la notaba. Su última charla conmigo fue qué tenía una sospecha de poder curar a los pacientes del área donde estaban los padres de Neville. Le había dicho qué no se lo diga a nadie más, ya qué, si encontraba la cura, podríamos darle la sorpresa a mi amigo.
Cuando pude convence a los Denalí a qué la bebiera, dijeron qué iban a pasar la semana en un bosque, ya qué no habían podido cazar.
-¿Bella? -me llamó Rosalie del otro lado de la puerta. - ¿Puedo pasar? – preguntó tímidamente.
-¿Por qué habría de no hacerlo? – le dije abriéndole la puerta. Cuando ví su rostro, más específicamente, sus ojos, pude ver un sentimiento de gratitud. - ¿Qué sucede, Rose? – le pregunté.
Acto seguido, hizo algo qué nunca hubiese esperado ni en un millón de años.
Me abrazó.
-¿Rose? – pregunté sorprendida. - ¿Estás bien? – le dije preocupada.
-Sí... por supuesto qué sí – me dijo mirándome con sus hermosos ojos celestes. – solo qué... sentí qué debería haberte agradecido por lo qué hiciste. – me dijo llorando silenciosamente. Fruncí el seño.
-solo lo hice porque lo qué hicieron con ustedes fue injusto. – le dije mostrándole una sonrisa. – Además, espero ver una mini-Rose o un mini-Emmett – fingí un escalofrío imaginando a un niño igual a Emmett física y mentalmente. Rose rió.- rondando por su casa. – le dije soñadoramente. – se qué es tu sueño más preciado. – acoté. – y espero qué se cumpla. – le advertí. - ¿has visto a Edward y a Ethan? – le pregunté cambiando de tema.
-En la puerta principal. – me contestó Esme al pasar por la puerta de mi habitación. – Están esperando a tus padres, qué salieron a visitar a Andrómeda Tonks – dijo mirando por la ventana.
-muy bien, - dije caminando hacia la puerta donde mi marido y mi hijo estaban esperando a mis padres. – estoy con ellos. – informé.
Hacia las escaleras, encontré a Harry mirando un cuadro.
-¿Qué miras? – le pregunté. Harry volteó a verme.
-¿Qué crees qué significa este cuadro? – preguntó entornando los ojos. Analicé el cuadro. Al darme cuenta de qué era, me reí. - ¿a qué va la risa? – frunció el ceño.
-gorros de graduación – le dije. – una broma privada de los Cullen. – le dije mirando los distintos gorros qué habían usado. – han repetido tantos años el bachiller qué se han puesto a coleccionarlos. – reí de nuevo. Mi hermano asintió despacio... entendiendo. – Estoy con Edward – le dije yendo, por fin, a mi destino.
Al llegar a la puerta principal, pude ver dos matas de pelo cobrizo, una, más grande y revoltosa qué la otra. Hoy, en Surrey, se esparcía el sol en todo su esplendor, anunciando un futuro lleno de paz. Mirando a mi esposo, se me hizo un poco extraño no ver ese brillo, cómo un montón de diamantes puesto debajo de una luz, en la piel y el rostro de Edward.
Me apoyé en la pared, observando cómo Edward jugaba con nuestro hijo. Me acerqué lentamente a ellos, sin hacer ruido. Tenía dos ventajas. Una, las manos frías. Dos, Edward ya no contaba con el oído sensible qué tenían los vampiros. Alcé las dos manos, tapando los ojos de Edward, dejando a Ethan en el aire, con los brazos paralizados en el aire.
-¿Quién soy? – pregunté con una voz idéntica a la de Angelina Jolie.
-¿Alice? – preguntó curioso. Hice un sonido de negación. - ¿mamá? – adivinó. Repetí el gesto. – Me rindo... – dijo suspirando. – si eres Emmett con uno de los chascos de Sortilegios Weasley, ¡vas a ver! – advirtió, haciendo reír a mi pequeño.
Tiré su cabeza hacia atrás, y lo besé, consiguiendo qué Ethan riera más fuerte.
-Bella... – susurró embelesado.
-¿Quién creías? – le dije divertida. - ¿Angelina Jolie?
-Hiciste una voz idéntica a ella – admitió. – no te reconocí.
-ventaja de ser metamorfomaga – le dije restándole importancia. Pero mi atención se centró en mi niño, quien me estiraba los brazos para qué lo cargue. Obviamente, le concedí ese capricho. - ¿Qué hace por aquí este niño tan guapo? – pregunté, haciéndole cosquillas, intensificando sus risas.
Sentí un fogonazo de luz blanca, e inmediatamente alcé la vista para saber de dónde provenía. Puse los ojos en blanco.
Mamá, papá, Sirius, Belle y Julia Black estaban mirándome con una sonrisa. Esta última (qué se había convertido en una de mis amigas) con una cámara en las manos.
-¡ya la tengo! – dijo la hija del padrino de mi hermano. - ¡muy buena foto para estrenar mi cámara! – dijo entusiasmada. Bufé.
-primero un "hola", ¿no? – le dije irónica.
-¡Hola, pequeño fénix! – le dijo a mi hijo
-me refería a mí, sabionda – le dije mientras caminábamos dentro de la casa.
Recuerdo cuando recibí mi carta de ingreso a Hogwarts, entusiasmándome demasiado qué me caí antes de decir "¡Tío Remus! ¡Tío Remus!" ese mismo día. El momento en qué, después de años de estar separados, me topé con un par de ojos esmeraldas brillantes y llenos de curiosidad por descubrir el mundo de la magia por primera vez, qué estaban detrás de unas gafas redondas y feas.
Tuve un flash-back, donde recordé donde estaba mi lugar.
Con mi familia.
Pero también recuerdo cuando tuve otra cara.
Una cara qué, siendo honesta, nunca pensé en poner durante lo qué me quedara de estadía en Forks (en ese momento, pensaba qué iba a ser por un año, o menos). El saber de qué tenía dos caras.
Pero mi nombre hacía a esta historia. Porque simplemente, mi verdadero rostro, nunca lo cambiaré. No más mentiras. Siempre seré Bella Potter-Swan, ahora Cullen. No más Bella Swan.
Levanté mi rostro a todos los qué estaban en la sala. Los Cullen, Los Potter, Los Weasley, Los Swan, Los Lupin con Andrómeda... todos ellos... y sonreí.
Y la epifanía llegó.
Porque simplemente, Bella Swan, era otra cara...
... La otra cara de Bella.
