Disclaimer: Propiedad de M. Kishimoto
.
.
.
4
.
.
.
Los días pasaban con una estática calma en la villa oculta de la hoja. Ninguna persona, ya fuese ninja o aldeano, se atrevía a hablar publicamente de alguno de los chuunnins que habían abandonado la aldea. Temían que si pronunciaban sus nombres, alguna pequeña maldición caería sobre ellos, serían tambien nombrados traidores o... quien sabe que. Por eso, los rumores crecían en voz baja, transportados por las frases oídas en los bares.
Sin embargo, la falta de noticias (a pesar del continuo silencio de rumores) no hacía sino angustiar todavía más a aquellos que esperaban en la villa. Los senseis, recién incorporados al trabajo, cumplían con él de manera eficaz, sin embargo no dejaban de preguntarse sin realmente los chicos estaban preparados para esa misión. Pero por suerte para su mente, la mayoría de las misiones los absorbían lo suficientemente aunque tuvieran que cumplir a mayores las misiones de sus subordinados. Llegaban agotados de vuelta a la aldea y lo primero que hacían (antes de volver a salir) era preguntar por ellos. Y la preocupación volvía a crisparles los nervios y embotar sus cerebros.
Pero sin lugar a dudas, la cabeza que más cercana estaba a estallar era la de la propia Hokage.
—Se lo he dicho más de 10 veces... sin pruebas no puedo enviar a una partida de ninjas en su búsqueda... Además ni siquiera tenemos ninjas suficientes... ¡Y no pretenderán que las pocos que tenemos vayan puerta por puerta en busca de unos chunnins!
—Pero hay que hacer algo. ¡Lo que han hecho es una insubordinación!
—Hombre, órdenes claras... no tenían. Nadie les dijo que no salieran.
—¡Se están riendo de la autoridad del consejo! ¡De usted! ¡De la Konoha que juró defender, Hokage-sama!
—Ah, no. Eso no. No se están riendo ni de Konoha ni de mi – añadió muy serio mientras alzaba la cabeza y encaraba a los dos ancianos con un brillo violento en la mirada – Solo de ustedes en todo caso...
—Pero él es un traidor, usted misma lo anunció. Y lo sabe.
—Sí, sí... Creame que no lo he olvidado – añadió mientras hacia un ademán con la mano, cansada —. Pero dejadme de una vez. Lleváis dándome la lata con este tema desde el día en que abandonaron la villa y me estoy cansando de oír siempre la misma música molesta...
—¡Pero Konoha no puede quedarse quieta! ¡Seremos el hazme reír ante el resto de aldeas!
—¿Acaso... cuestionan mi forma de gobernar la villa? – pronunció lentamente mientras se incorporaba en el sillón y los miraba alternativamente.
El consejero retrocedió intimidado mientras, temblorosa, la ayudante de la Hokage tiraba ligeramente de la manga a la sannin.
—Nos volveremos a ver, Hokage-sama – se despidieron ambos con un ligero cabecear de la mujer, mientras la mujer le correspondía de mala gana viendo como ambos ancianos abandonaban la sala ligeramente intimidados.
Con cansancio, se dejo caer de nuevo en la silla. Día tras día, le tocaba aguantar a algún representante del consejo y siempre con el mismo tema. "Es como si tuvieran miedo de algo..."
Notó algo viscoso en su pie y bajo la vista alarmado para encontrarse con una pequeña rana.
—¿Traes alguna noticia de Jiraya?
—No. De Jiraya, no – el semblante de la mujer se torno serio y preocupado mientras su corazón dio un vuelco.
—Shizune – la mujer dio un bote – Ve y avisa a los Nara. Los quiero en el Ichiraku en diez minutos.
—¿En el Ichiraku?
—Sí. No quiero que nadie nos oiga.
Nara Yoshino se sentó temblorosa en la silla con ayuda de su marido. Temblaba de pies a cabeza y la palidez de su rostro y las profundas ojeras que enmarcaban sus ojos reflejaban cuanto tiempo había pasado sin dormir. Mantenía los labios apretados en una delgada línea y el brillo mortecino de su pelo no hacía sino avejentarla todavía más. En ella no quedaba ni rastro de aquella mujer que hacía poco más de un mes avanzaban con paso altivo por el mercado y una media sonrisa en los labios encarnados. Tampoco quedaba en ella rastro de la mujer que hacía un par de días caminaba perdida por kas calles, volviendo la mirada disimuladamente en cada esquina esperando verlo aparecer, luchando por mantener la cabeza alzada hacia las nubes mientras se ahogaba en un mar de angustia.
La llamada de la Hokage parecía haber quebrado el molde donde se contenía, mostrándola más desvalida y protegida que nunca.
Su marido presentaba un aspecto algo mejor, caminaba con paso seguro y cabeza alta. Sostenía la mirada de cualquiera que osará mirarle a él o a su esposa más del tiempo necesario. No sonreía, tampoco lloraba. Parecía ajeno a la desgracia ocurrida. O por lo menos, esa era la cara que se había empeñado en mostrarle al mundo.
—Yoshino-san, Shikaku-san – comenzó la Hokage con la sonrisa más amable que fue capaz de formar — ¿Queréis tomar algo? – el matrimonio negó con la cabeza —. ¿Y de beber? ¿Sake? ¿Té?
—Por favor, Hokage-sama – la voz le temblaba al hablar y en ella, se detectaba una suplica acechante. Apretaba nervioso la mano de su marido sobre su regazo —, díganos que ocurre. Lo han encontrado, ¿verdad? Lo han encontrado y está muerto – sus ojos castaños se habían anegado de lágrimas mientras hablaba y cada vez parecía que le costara más controlarlas. Su labio inferior temblaba y había empezado a clavar las uñas en la palma de su marido.
Shikaku, se aproximó un poco más a ella y la abrazó, atrayéndola lo más que pudo en un abrazo protector. Ella refugió su rostro en el cuello de él y él enterró el suyo en el cabello de ella. Cuando el ninja volvió a hablar con una voz entrecortada y amortiguada, ella no reaccionó.
—Sea lo que sea, Hokage-sama... Cualquier opción es mejor que la que estamos viviendo ahora.
—Como queráis – comenzó la Hokage, observándolos alternativamente —. Lo han encontrado, eso es cierto. Pero no está muerto – el ambiente pareció congelarse después de que la Hokage pronunciará esas palabras. Los ruidos característicos del local habían desaparecido por completo. La señora Nara volvía a temblar mientras levantaba la cabeza para mirar a la Hokage. Mantenía la boca entreabierta y los ojos hasta ahora llenos de lágrimas se veían desbordados y las dejaban correr por las mejillas, empapándolas. Intentaba formular palabras coherentes, pero lo único que conseguía pronunciar eran murmullos aturullados. Él por su parte, solo la observaba con los ojos muy abiertos sin saber como reaccionar. Tsunade decidió continuar —. Está bastante herido, pero todos los indicios apuntan a que se recuperará.
—Usted... – prosiguió él, al cabo de un rato, con dificultad mientras poco a poco el color se iba de su rostro. Había empezado la frase pero no parecía saber como terminarla.
—De todos modos, él está calificado como traidor y por tanto, está condenado al exilio. No podrá regresar nunca a la aldea.
—Pero está vivo... – la voz femenina sonaba perdida, ajena a la conversación, mientras ella miraba a la Hokage como si no entendiera el porque calificaba el hecho de que no volvería a ver a su hijo como una mala noticia —. Mi rey está vivo... no me importa... no me importa no volver a verle... si está vivo, si es feliz... – Hablaba atropelladamente entre sollozos contenidos, en brazos de su marido y sin saber si reír o llorar.
—Siento no tener nada más que deciros... – sonrió la Hokage ante la alegría contenida del matrimonio – ¡Ah! Shikaku-san, lo siento muchísimo, pero necesito que pases por mi despacho cuando puedas – el ninja asintió sonriente, mientras apretaba con más fuerza a su mujer contra él.
