Saludos x3
Si, ya sé, se me olvidó actualizar, no me reten D: es que he estado a full con el comic así que se me olvidan las otras cosas uwuU pero bueno, aquí estamos. En todo caso que ya hay cada vez menos gente leyendo xD igual en parte es culpa mía...
Dejo a continuación uno de los capítulos más largos del fic! El segundo después del capítulo 32 xwxU No me largo en explicaciones porque esto será eterno -para ustedes, queridos lectores xD - Espero que disfruten el capítulo y sepan perdonar mi demora xD
Sin más, me despido :3
Segunda Temporada: Gaiomon, el terrible.
Capitulo 28
El príncipe Rhihimon.
Al día siguiente y muy temprano como era la costumbre, Omegamon, Duftmon y Gallantmon seguido de su siervo, se reunían en la sala de comunicaciones para ordenar y programar lo que se haría aquel día. La noche pasada el digimon blanco había dormido poco o nada, preocupado como estaba por la situación del digimundo y los problemas que ellos estaban teniendo para contener a las armadas de Lucemon. Era extraño como en un principio todo había resultado bien y ahora se ponía así de mal. Solo esperaba tener la capacidad de revertir todo nuevamente y regresar el digimundo a ser el lugar que era antes. Se lamentaba especialmente por los civiles que eran movidos de un sector a otro, como si de ganado se tratara para poner a salvo sus vidas, perdiendo con ello todas sus posesiones y su hogar. Lo más importante sin duda era protegerlos, pero esta tarea se veía cada vez más difícil. Aún no se había puesto en contacto con OuRyuumon para obtener noticias de la curiosa junta que había tenido con su hermano mayor, y esperaba recibir algo un poco más alentador de aquello.
-Pienso que si mi hermano tiene algún tipo de…trato con el General OuRyuumon, podríamos intentar ganárnoslo por ese lado.-comentaba el caballero blanco en voz alta mientras pensaba.
Gallantmon a su lado, solo entornaba los ojos y negaba con la cabeza.
-Entiende que tu hermano no va a regresar contigo Omegamon-decía Duftmon cruzado de brazos-Él ya eligió su bando y se está tomando su trabajo muy en serio. A este paso estoy seguro de que tienes más probabilidades de ganarte a Machinedramon antes que a tu propio pariente.-dijo con cierta sorna y moviendo un poco su cabello.
El solo haber mencionado a Machinedramon le hizo recordarse a sí mismo que aún tenían el problema del virus de la ira, y que todavía no había tratado el tema con el digimon blanco. Tenía que ser muy cuidadoso si no quería estropearlo y delatarse, aunque también podía intentar diciéndolo todo y sacando a Lilithmon del Castillo Berúng para no seguir arriesgando nada. Trató de concentrarse nuevamente en lo que tenían que hacer, mientras leía unos documentos en los que los Generales habían enviado informes sobre actividad reciente. En lo que ellos se encargaban de esto, ShineGreymon esperaba en el pasillo a que Gallantmon terminara su junta para empezar sus labores. Había tenido pesadillas con MirageGaogamon convirtiéndose en una estatua de roca negra y quedando vivo por dentro y encerrado por el resto de la eternidad, y aún cuando el lobo siempre había sido insoportable para él, no podía evitar preocuparse. Había tratado de que Gallantmon lo autorizara para regresar e intentar buscarlo, pero él y los demás caballeros ya lo habían dado por muerto. Esta respuesta no le había sentado nada de bien, y aún no podía quitarse de encima el pesar de haber perdido a su compañero de entrenamiento desde que fuera un niño. Ni siquiera el saberse libre de sus pesadas bromas y su pedantería lo aliviaban un poco.
De pronto vio como Gallantmon y los demás caballeros salían de la sala de comunicaciones y se encaminaban escaleras abajo. El joven les siguió en silencio, y lo que encontraron afuera casi le produjo un paro cardiaco.
-¿ESTÁS VIVO?-exclamó a toda voz y apuntando al digimon azul en frente de él. Este le devolvió un imperceptible saludo con la cabeza.
Los otros tres caballeros se volvieron a verlo y percatándose de su error, el chico se tapó la boca con ambas manos y fue a ubicarse tras Gallantmon, casi escondiéndose. Los digimons se volvieron hacia la dama blanca que venía acompañada del resucitado MirageGaogamon Burst.
-Saludos Dianamon-le recibió Omegamon un paso adelante-Veo que su siervo salió vivo después de todo tras el ataque de Phelesmon.
-Por supuesto-dijo ella con cierta altanería-le dije que mi protegido es el digimon más poderoso del Monte Olimpo después de los Dioses; un ataque tan patético como aquel no es suficiente para deshacerse de alguien como MirageGaogamon.
El lobo agachó un poco la cabeza en señal de agradecimiento por las palabras de Dianamon.
-Nos alegra que así fuera-siguió Omegamon-nos fue de mucha ayuda allá en el campo de batalla, especialmente porque cumplió muy bien su misión y protegió a Magnamon tal y como se lo ordenamos.
-Fue un honor haber podido servir en las huestes de los Royal Knights-dijo el caballero azul con solemnidad- aunque me disculpo enormemente por no haber podido ayudaros a obtener la victoria.
-Las guerras no pueden ser ganadas por un único digimon.-respondió Omegamon-Ya tendrás nuevamente una oportunidad para ayudarnos a recuperar los territorios perdidos.
-Os lo agradezco señor-dijo el lobo, avanzando un poco y deteniéndose frente a Dianamon. Se arrodilló luego ante ella y la mujer le tendió la mano, la que MirageGaogamon besó con cuidado, se levantó luego y fue a detenerse al lado de ShineGreymon. De reojo pudo ver como el digimon de fuego exhaló una pequeña llamarada por la boca, lo que le divirtió.
-Esto se pone cada vez peor señores-dijo la digimon sosteniendo su bastón en ambas manos-realmente espero que tengáis un plan para revertir la situación porque de lo contrario tendremos que movilizarnos nosotros por nuestra propia cuenta.
-Trabajamos en ello Dianamon-respondió el caballero blanco-ahora planificábamos las defensas que se establecerían en los puntos cercanos del territorio perdido.
-¿No existe la posibilidad de enviar a nuestras armadas marinas a retomar el lugar?
-Temo que no. Sabemos de un segundo portal abierto bajo el agua y podrían traer un sinnúmero de enemigos por allí, sin contar con que Leviamon está allí abajo y las tiene todas a su favor.
-Eso me había contado MirageGaogamon…-dijo la mujer mientras pensaba-¿Qué se hará entonces?
Omegamon negó con la cabeza, lo que por cierto no le gustó nada a nadie, aunque ya sabían que en un lugar como el océano y con una bestia tan grande como Leviamon dominando el sector, sería imposible intentar algo sin perder unidades completas de soldados. Los cuatro digimons estuvieron tratando un largo momento el problema, hasta que finalmente Dianamon se retiró para retomar su lugar en las tres lunas y los demás caballeros regresaron a la sala de comunicaciones a continuar su trabajo. MirageGaogamon y ShineGreymon se quedaron atrás mientras los otros digimons iban al segundo nivel. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, el lobo se cruzó de brazos esperando lo que el otro tenía que decir, lo que por cierto no tardó mucho en llegar.
-¡Cómo demonios es que sobreviviste!-bramó echando fuego desde la punta de sus alas.
-¿No creíste que te dejaría toda la diversión o sí?-dijo el otro tranquilamente y encogiéndose de hombros-Además, aún me debes tu demostración con el Burst Mode, pero a este paso tardaré tres vidas en esperar a que me lo enseñes-añadió mirándole muy divertido.
ShineGreymon se sobrecalentó, le enseñó su puño en la nariz y resolló muy cerca de su cara.
-Te arrepentirás cuando te lo muestre, ¡voy a dejarte rostizado!
-Como esa vez ¿no?-preguntó ladeando la cabeza hacia la izquierda.
Los dos se quedaron viendo por varios segundos, hasta que finalmente el menor bufó, se dio la vuelta y regresó adentro hecho una furia. MirageGaogamon no pudo evitar compararlo con Gallantmon; si ya incluso caminaban de la misma manera. Antes de alcanzar las escaleras, el digimon de fuego escuchó como el otro le decía desde afuera.
-¡También me da gusto volver a verte!
Mientras, en la región de la luz, el castillo de los tres ángeles resplandecía bajo los tibios rayos de aquel día. Poco a poco los días se iban volviendo más fríos y la naturaleza comenzaba a apagarse, pero el invierno siempre llegaba tarde a la región de la luz, por lo que los digimons que vivían allí podían disfrutar de un tiempo más prolongado, la belleza de las flores y el vivo color del mundo natural que rodeaba ese imponente castillo blanco. El sol se reflejaba suavemente en los altos ventanales y era agradecido por los guardias de la entrada del lugar, quienes por lo general no la pasaban nada de bien bajo el calor aplastante de la primavera y el verano. Hubo mucho sobresalto entre ellos cuando se escuchó el galope de un digimon acercándose por el camino que salía hacia el bosque, por lo que un Piddomon fue enviado a investigar.
Tardó poco en regresar escoltando a un Zanbamon de impresionante figura y llevándole hasta la entrada misma del castillo. El virus esperó allí mientras Piddomon hablaba con Sorcerymon, servidor directo de Seraphimon y segundo encargado de la guardia del lugar. El digimon blanco no pudo disimular su sorpresa al ver al General Zanbamon en el lugar, por lo que solo podía significar una cosa. Salió adelante y recibió al guerrero con una respetuosa reverencia.
-Inmediatamente hablaré con mis señores avisando de vuestra llegada-dijo el mago despidiéndose y regresando al interior del castillo.
Se dirigió rápidamente hasta el salón de Seraphimon, atravesando largos e interminables pasillos en donde los demás servidores trabajaban en sus tareas diarias, dejando atrás varias estancias menores, subiendo escaleras y llegando finalmente hasta el amplio salón, en donde el ángel trabajaba sobre una enorme mesa cubierta de documentos y material electrónico junto a uno de sus tenientes y a la hermosa Ophanimon. El mago se detuvo ante él, le reverenció y explicó lo que estaba por ocurrir. Los dos ángeles se levantaron inmediatamente de sus lugares y se miraron a la par, extrañados. Ophanimon no pudo evitar morderse levemente el labio inferior mientras pensaba rápidamente.
-Decid al General Zanbamon que les recibiremos debidamente-sentenció Seraphimon a su siervo, quien acató y se marchó de prisa de regreso al primer nivel.
El ángel mayor despidió a su teniente y se volvió hacia los ventanales, pensando. No estaba en sus planes recibir a ese señor, no durante el periodo de la guerra, por lo que muchas cosas pasaban por su cabeza a la vez y le costaba un poco ponerlas en orden. Ophanimon atrás le observaba en silencio y un poco nerviosa, lo que él pudo captar al instante, volviéndose hacia la mujer y quedando a pocos pasos de distancia.
-¿Qué ocurre?-le preguntó.
Ella negó con la cabeza y clavó su mirada en el suelo. Seraphimon aguardó en silencio hasta que se decidió a hablarle.
-¿Podría llamar a Sir Omegamon?-dijo con su voz cargada de preocupación.
Él se extrañó un poco. Ladeó la cabeza e hizo un gesto de desaprobación.
-¿Para qué?
-Es importante, podría tratarse de la guerra, y además…
-Él no viene aquí a tratar asuntos de la guerra; ya sabes lo que dijo desde el primer día-explicó el ángel-su posición es neutral y no favorecería a ningún bando, no quiere ser partícipe de esto. Después de todo, su mundo está a salvo del alcance de nuestros enemigos.
Ophanimon insistió con su mirada puesta en él. Seraphimon suspiró vencido.
-Realmente te hace sentir más segura-dijo.
Ella no dijo nada. Mentir no les estaba permitido a ellos.
Minutos luego una larga procesión de digimons oscuros, en su mayoría del tipo virus, avanzaban a paso firme y marcial escoltando a un poderoso SkullBaluchimon que, a pesar de ser un digimon de tamaño gigantesco, era de proporciones bastante menores, pero no era así reducido en poder. Sobre sus espaldas, muy erguido y con el sol resplandeciendo en su armadura color ébano y dorado, la mirada al frente y aire de nobleza, venía montado uno de los digimons más misteriosos que guardaba el mundo digital. Muchos sabían de su existencia, pero eran pocos los que en verdad le habían visto y podían hablar a ciencia cierta de ese señor. Se trataba del joven emperador del mundo de la oscuridad, gobernante del sector del área oscura y de las tinieblas, el príncipe Rhihimon; un digimon que por años había gobernado en el mundo de las sombras con justicia, sabiduría y rectitud, y había sabido mantener el balance de sus criaturas junto con las de otras especies sin que la guerra ni el dolor se hubiesen pronunciado jamás en sus dominios. Era la reencarnación del legendario guerrero AncientSphinxmon, de quien había heredado toda su sabiduría e increíble poder. A muy corta edad ya se había pronunciado como un excelente monarca, y había sabido mantener la paz y la prosperidad en sus tierras, junto con la felicidad y agradecimiento de los digimons que habitaban su mundo alterno en el área Oscura. Era además un digimon muy pacífico y que despreciaba cualquier tipo de manifestación agresiva, teniendo sin embargo en sus manos, el imperio guerrero más poderoso que en el mundo se conociera. Ni aún las armadas de los Royal Knights y las del Mar de la Oscuridad juntas podían hacerles frente. Existía sin embargo entre los seres de Lucemon y los suyos, una brecha tan grande como los dos polos opuestos del planeta.
La caravana continuó avanzando, saliendo desde el bosque que rodeaba el castillo de los Tres Ángeles hasta formarse ordenadamente a la entrada de éste, siendo todo el tiempo acompañada de los tambores y trompetas que anunciaban la llegada del príncipe al lugar. La guardia del castillo junto con todos los sirvientes recibieron con aclamaciones y honores a los llegados, mientras SkullBaluchimon salió adelante cargando a su señor y se postró para que éste descendiera de sus espaldas. Los músicos cesaron de tocar súbitamente. Su siervo directo Duskmon, y su consejero Indramon, avanzaron tras él y saludaron con respetuoso silencio a los tres ángeles. Estos devolvieron su saludo, mientras Rhihimon subía los pocos escalones que les distanciaban y se detenía delante de los tres digimons. Se inclinó y les miró a los ojos mientras les saludaba.
-Es un honor poder volver a vernos, poderosos Ángeles guardianes-dijo el joven príncipe-La sabiduría y la gloria estén siempre con ustedes.
-El honor y el agrado es nuestro, príncipe Rhihimon-dijo Seraphimon a su vez solemnemente-es una gran noticia para nosotros el tenerle aquí.
El digimon oscuro agradeció sus palabras con un movimiento de su cabeza. Luego se volvió a ver a Ophanimon a su izquierda, quien le observaba con cierto nerviosismo disimulado y sus manos juntas adelante. Él le dedicó una amable sonrisa con sus ojos dorados.
-Cada vez que vuelvo a veros estáis más hermosa Lady Ophanimon. Envidio a los ojos que pueden contemplaros cada día.
Ella no dijo nada, solo sonrió tímidamente y agachó un poco la cabeza. El digimon se quedó con su mirada puesta en ella aún cuando Seraphimon le estaba hablando.
-¿Qué os trae a nuestro mundo joven señor?-preguntó el ángel con cierta preocupación-Vuestras visitas solo pueden significar algo muy importante.
Rhihimon estuvo por responder algo, pero los cuatro digimons se volvieron al mismo tiempo al sentir una presencia acercándose en el cielo. Al reconocerle, los demás servidores tanto del príncipe como de la guardia del castillo se arrodillaron para saludar al recién llegado, quien puso sus pies en el suelo y se irguió al momento en que contemplaba la escena. Su primera impresión no fue del todo agradable, y la segunda fue peor. Por supuesto, no demostró absolutamente nada en sus brillantes ojos azules, solo se acercó y en silencio hizo una reverencia al joven digimon. Este le devolvió el gesto. Adivinó a su espalda un gesto de alivio por parte del ángel femenino.
-Príncipe Rhihimon-saludó Omegamon-es toda una sorpresa teneros por aquí.
-Escucho eso muy seguido Sir Omegamon-dijo el príncipe asintiendo.
Kerpymon, quien de los tres no se había enterado de la llegada de Omegamon, se volvió a ver a Ophanimon y le habló.
-¿Por qué habéis llamado a Sir Omegamon?-preguntó extrañado-Es un digimon muy ocupado y tiene serios asuntos que atender respecto a la guerra-dijo, en parte molesto porque no le gustaba que se le interrumpiera el trabajo a digimons importantes como el caballero blanco.
-De hecho-interrumpió Rhihimon sin quitar sus ojos del Royal Knight-justamente había venido para trataros sobre ese asunto. A ustedes mis queridos ángeles, y a vosotros, Caballeros de la Realeza.
El príncipe y el caballero se contemplaron fijamente un largo momento. Pudiese ser que Omegamon mostrase mucho respeto y honor al príncipe, y éste el mismo respeto y amabilidad hacia el Royal Knight, pero ambos sabían en el fondo que el digimon que tenían delante se trataba de su peor enemigo y se guardaban silenciosa hostilidad. No por supuesto de aquella en la que alguno levantase su arma contra el otro. Se trataba de una fría y muda guerra que existía entre los dos y en la que estaban de por medio los sentimientos de Ophanimon. Desde el primer momento en que se vieran, Rhihimon no tuvo reparos en expresarle sus sentimientos al ángel, pero ésta le había negado de la forma más sutil posible. Él había inquirido en si era otro el que ocupara el corazón de la mujer, pero ella simplemente no le había dado respuesta. No le había resultado difícil sin embargo, notar que ese al que ella amaba no era otro que su guardián de capa roja y blanca, con quien sonreía expresando sus verdaderos sentimientos y en quien se refugiaba cada vez que el príncipe había hecho aparición en el mundo de arriba para pedir incansable su oportunidad con la digimon. Ophanimon había repetido su jugada de siempre, trayendo a Omegamon para protegerse de Rhihimon y de su cariño. Lo hacía consciente o inconscientemente, y el caballero blanco parecía intuir cada vez que una situación así estaba por darse. Tampoco tenía él dificultades para ver las intenciones del joven príncipe hacia la mujer, y aunque muy lejos estaba ella de él, Omegamon acudía en su defensa siempre que Ophanimon le llamaba. Esto sin duda lo hacía sentirse muy valioso para ella y le reconfortaba, pero era también motivo para que hubiese roces entre Rhihimon y él. Como esa vez en que hacía algunos años, el digimon negro volviese al palacio para pedir la mano de la mujer y ella le había rechazado, encontrándose él afuera con el caballero. Siempre estaba cerca, no lo suficiente para ser un espía pero sí lo necesario para protegerla a ella de lo que fuera. El príncipe se detuvo a su lado sabiendo ambos que sería su primer choque.
-¿De qué intentáis defenderla?-preguntó él-¿Me creéis capaz de hacerle algún mal?
-Estoy simplemente para protegerla a ella de lo que sea-volvió un poco la cabeza para verle-y de quien sea.
-Ella está lejos de vuestro alcance caballero-dijo Rhihimon también volviéndose a verlo-no sé porqué os esforzáis tanto. Si realmente la amaseis la dejaríais ser feliz.
-Ella será feliz al lado de quien desee, y yo veré que se cumpla su deseo.
-¿Pensáis ocupar ese lugar? Es imposible.
-Dije que cumpliría el deseo de ella, no que estaría en ese lugar.-sentenció él con la amarga verdad pesando sobre él.
Por supuesto que Ophanimon jamás se había enterado de aquel o de otros encuentros que tuvieron los dos digimons, y no sospechaba del duelo que ambos mantenían secretamente. Omegamon no luchaba por los sentimientos de ella, o eso creía; solo velaba porque ninguno intentara imponérsele como otras veces ocurriera y ella escogiera libremente con quien pasar el resto de su vida. Si bien le dolería saber que no sería él, el que ella fuese feliz aliviaba en parte su tristeza.
-Creía que no tomaríais parte en esto alteza-dijo el caballero pesadamente.
-No había tenido intenciones de hacerlo. Había dejado toda la responsabilidad en vuestras manos, confiando en que haríais un buen trabajo como siempre, pero veo que esta vez las cosas se salen de vuestro control.-respondió el joven sin sonar altanero.
-Es cierto que hemos tenido dificultades, pero las solucionaremos cuanto antes.
-A este paso y como seguís, no creo que eso llegue a darse. Muchas regiones y países ya han caído a servicio de Lucemon y sus hombres, y los inocentes han pagado muy caro por ello. Esto no puede continuar.-sentenció Rhihimon frunciendo el ceño.
Los dos digimons se observaron fijamente hasta que Seraphimon les interrumpió llamándoles.
-Veo que estamos todos tratando de abarcar soluciones para el mismo problema-dijo al ver que se levantaba cierta tensión entre los dos líderes-Vayamos adentro para tratar mejor el asunto. Por favor príncipe Rhihimon, que vuestra escolta os siga, seréis recibidos por nuestros súbditos como es debido.
El digimon oscuro asintió mientras era conducido adentro por los tres ángeles junto a Omegamon. Los digimons que seguían al príncipe entraron por la parte este del castillo, en donde fueron acomodados junto a las muchas cosas que habían traído como presentes y utilerías. Adentro, las cinco figuras se reunieron en el salón de Seraphimon, que era en donde llevaban a cabo las juntas importantes, y en donde se habían reunido los Royal Knights con los tres ángeles antes del inicio de la guerra. Los digimons se ubicaron alrededor de una larga mesa cubierta de finos paños y desprovista de cualquier otra cosa. Omegamon y Rhihimon quedaron frente a frente y de cuando en cuando se encontraban en pesadas miradas.
-Entonces príncipe-dijo el ángel mayor sentado a la cabeza-¿Os uniréis a nosotros en esta difícil guerra?
El aludido cerró los ojos con una sonrisa disimulada.
-Por supuesto que no Lord Seraphimon-respondió causando la extrañeza de todos-yo no he venido a aliarme si eso es lo que pensabais.
Abajo, en el Mar de la Oscuridad, dos digimons se enfrentaban teniendo una gran diferencia de niveles evolutivos, pero estando casi a la par en sus habilidades y poder. DinoHumon bloqueó sin problemas los dos golpes que Beelzemon intentó asestarle, doblándole un brazo y neutralizando su acción, dándole la espalda y levantándolo por sobre su hombro, arrojando al Demon Lord al suelo con un golpe seco. Este dejó salir una exclamación y trató de levantarse, pero el dinosaurio le apuntó con su arma al pecho y la batalla hubo concluido. Grumblemon y Tekkamon aplaudieron la hazaña de su compañero, mientras Matadormon miraba aburrido al cielo siempre negro de aquel submundo. Pensaba en muchas cosas a la vez y no se distraía con esas demostraciones baratas, aunque ver a un Demon Lord cayendo ante un digimon de nivel tan bajo era realmente penoso. El joven rubio cerró sus puños furioso y golpeó con uno en el suelo. DinoHumon se volvió a verle y le tendió su mano para levantarlo.
-No tienes que estar así-le dijo-nosotros pasamos por lo mismo al principio, y mira que bien vamos.
-Se supone que sea más poderoso que ustedes cuatro juntos, y hasta ahora solo he podido vencer a dos de ustedes.-resolló el demonio sin volverse a verlo.
El digimon verde se quedó con la mano tendida. Giró la cabeza para ver a los otros y éstos se encogieron de hombros. El chico lo pensó un instante, luego se irguió y puso ambas manos en la cintura, imitando a su líder.
-Bueno, si decides quedarte ahí como un perdedor, allá tú.-dijo y se cruzó de brazos.
Beelzemon giró la cabeza y se quedó viéndolo un instante. Luego y cogiendo la broma, sonrió levemente y el otro le ayudó a levantarse. Grumblemon y Tekkamon se reunieron con ellos para hablar sobre las nuevas técnicas que habían estado aprendiendo y las nuevas formas de lucha cuerpo a cuerpo que iban improvisando todos los días, y por supuesto, sobre la batalla que tendría lugar dentro de los próximos seis días. Estaban ansiosos por luchar y defender el honor de su líder y demostrarle lo bien que había trabajado con ellos, aunque de momento dicho digimon estaba desaparecido de la escena.
-¿Dónde se supone que está?-quiso saber el mega con ambas manos en la cintura y mirando alrededor.
-El amo Gaiomon está ocupado trabajando en un microprocesador.-apuntó Matadormon indiferente.
-¿Se puede saber para qué quiere algo así?-preguntó Beelzemon extrañado.
El vampiro se encogió de hombros. Tampoco lo sabía pero estaba seguro de que no podía significar nada bueno para los suyos. Se quedaron todos preguntándose qué traería el samurái entre manos, cuando su teniente recibió un mensaje en su receptor y se quedó viendo seriamente a los otros.
-Nos quiere en las mazmorras del castillo ahora-sentenció-a los cinco.
Extrañado, el grupo se dirigió de regreso al castillo que en esos momentos les quedaba a media hora de caminata, la que se ahorraron gracias a un portal oscuro abierto por Matadormon y con el cual pudieron estar prontamente en el lugar. Las mazmorras del castillo Berúng eran uno de los lugares más tenebrosos y fríos que se pudieran imaginar. Sus paredes de piedra dejaban filtrar toda la humedad, el frío, el moho que se acumulaba por doquier y el ruido de afuera, produciendo en sus pasillos un eco infernal que se repetía hasta haber alcanzado todas las celdas de dicho lugar. Todo estaba sumido en penumbras, y el olor a muertos descomponiéndose en algunos rincones y comida putrefacta que quedaba tirada por allí asqueaban hasta a los más resistentes. El frío se calaba hasta los huesos y los fantasmas merodeaban sobre las cabezas de los vivos día y noche, gritando y gimiendo de dolor y sin darle descanso a nadie.
Los cinco digimons atravesaron los largos pasillos del lugar hasta llegar a una zona más abierta, en donde las celdas eran mucho más espaciosas y era donde se encerraba a los capturados de mayor tamaño. Varios soldados se encontraban en el lugar junto con Gaiomon, teniendo apresados a los ocho digimons que conformarían a Quimeramon. Sin embargo, SkullGreymon permanecía en su celda, respirando furibundo y sin permitir que ninguno se acercase. El samurái le contemplaba aburrido con el DN-loader en su mano. Sus estudiantes se acercaron y observaron la escena.
-¿Nos llamó señor?-preguntó su teniente con su sonrisa habitual.
-Estoy por fusionar a los nueve digimons en Quimeramon-dijo el digimon de negro mirando a SkullGreymon-pero éste está dando problemas.
-¿Qué clase de problemas?-preguntó Beelzemon con curiosidad.
-Es el más fuerte de ellos, y al oponerse a la fusión no consigo que todos se reúnan en uno solo.
-¡Ni él ni nosotros queremos ser parte de ese monstruo!-bramó Angemon a un lado, sujeto con cadenas por un IceDevimon y un Fugamon-¿Qué no te das cuenta de lo que estás por provocar?
-¡Déjanos ir!-rugió MetalGreymon sostenido por cadenas aún más grandes y en un estado deplorable-¡No puedes obligarnos a traer más desastres a este mundo! ¡Ya es suficiente!
Los demás digimons siguieron vociferando contra sus captores, siéndoles imposible luchar o siquiera intentar escapar por el estado terrible de cansancio y escasa alimentación que tenían, sin contar que muchos continuaban heridos y apaleados desde el día en que habían sido capturados. Gaiomon entornó los ojos e hizo un gesto al Boogeymon que a un lado sostenía las llaves de la celda de SkullGreymon. Este acató y con ayuda de dos de sus compañeros lograron mover la pesada reja que contenía al digimon en su interior. SkullGreymon les observó pero no hizo ademán de moverse. El General hizo un gesto a sus tres discípulos, quienes asintieron y sacaron sus armas, entrando a la celda y rodeando al digimon de huesos acorralándolo contra la pared. Beelzemon pudo notar como el arrinconado lucía nervioso pero aún así no hacía nada, ni siquiera intentaba alejarlos.
Grumblemon fue el primero en atacar, golpeando con su martillo en la pierna del monstruo y haciéndole caer en una rodilla. Tekkamon por el otro lado, con un golpe de su Zandenken dejó al digimon paralizado y en el suelo, terminando DinoHumon por golpearle con el borde de su arma más grande en la cabeza, dejando al SkullGreymon completamente noqueado. Hecho esto, los soldados se reunieron en torno a la pila de huesos y con cierta dificultad lo arrastraron fuera del lugar junto con los demás digimons. Estos lucían temerosos, ya que el más fuerte de ellos no podía ahora oponer resistencia y ellos estaban en su límite. La fusión forzada se vería realizada, aunque uno de ellos aún abrigaba una esperanza.
Gaiomon observó su DN-loader un momento mientras pensaba. Tanto trabajo se vería recompensado y pronto tendría a un arma letal bajo su poder. Porque el chip que había programado no estaba precisamente hecho para obedecer a Lucemon, eso estaba bastante claro.
-No tiene caso que intentes usar eso-dijo Angemon contemplando de lejos el objeto.
-¿A no?-preguntó el virus con fingida curiosidad.
-Ese objeto lo creaste a partir de los digivices sagrados; todos sabemos que el poder que encierran esos dispositivos solo puede ser liberado por los deseos verdaderos, deseos que traigan bien a otros y que ayuden a defender a los demás. Con tus ambiciones jamás conseguirás que esa luz brille y nos haga evolucionar en Quimeramon.
El samurái sonrió bajo su casco y apuntó con el DN-loader a los nueve digimons. A su alrededor los demás soldados se prepararon para lo que fuera.
-Obsérvame-le desafió Gaiomon.
El pequeño objeto en su mano vibró con fuerza y poco a poco comenzó a resplandecer. Angemon vio horrorizado como la luz sagrada salía desde el interior del dispositivo y se lanzó como un rayo de energía pura sobre ellos. Después de eso ya no pudo recordar nada, porque no estaba allí.
Los digimons en el lugar se cubrieron los ojos ante la luz enceguecedora. No podían soportar cosas como aquella, así que se perdieron del momento en que los datos de los nueve digimons se mezclaban en una gigantesca masa de datos y comenzaban a tomar forma, volviéndose mucho más grandes y extendiéndose por todo el espacioso lugar. Los enormes brazos del digimon comenzaron a ganar espacio, lo mismo que sus muchas alas y su larga cola. Varios demonios fueron empujados por el tamaño del monstruo que ahora emergía y algunos fueron comprimidos contra las paredes hasta desaparecer. Los discípulos de Gaiomon retrocedieron hasta estar lo suficientemente lejos del alcance de las manos del digimon, hasta que la luz finalmente se apagó y todos pudieron verlo. Era el doble de grande de lo que era SkullGreymon, y quedaba casi comprimido entre las paredes del lugar. Gaiomon le observó un segundo, pero al instante tuvo que desaparecer de su posición ante un repentino golpe que Quimeramon intentó asestarle.
El monstruo rugió embravecido y trató de alcanzar todo con sus brazos, consiguiendo atrapar a varios de los soldados y exprimiéndolos hasta desintegrarlos completamente y sin el menor esfuerzo. Aplastó a varios de ellos con sus patas en su intento por liberarse y salir de allí, mientras DinoHumon y sus compañeros intentaban contenerle con sus mejores técnicas. Todo resultó inútil; el monstruo parecía imparable. Gaiomon le estudió en silencio desde un rincón del lugar, hasta que Quimeramon reparó en su presencia y se volvió a verlo. Ambos se miraron un largo momento, hasta que el enorme digimon se lanzó contra él siendo detenido por un golpe en seco del samurái directo a su cabeza. Le dio con el lado liso de su arma, golpeándolo lo suficientemente fuerte como para aturdirlo y sin destruirle la coraza. El digimon cayó sobre sus brazos y rodillas, haciendo ademán de levantarse una vez más, pero los soldados se movieron de prisa y comenzaron a rodearle y atarle con numerosas cadenas, haciendo un esfuerzo entre todos y consiguiendo apresar al digimon contra el suelo. Éste se debatió con fiereza, teniendo él más poder incluso que la treintena de digimons que intentaban detenerlo, hasta que Gaiomon volvió a asestarle un golpe en la cabeza y todo quedó en silencio. Quimeramon dejó de rugir y de moverse, y los demás digimons pudieron dejar de tirar las cadenas entre sus manos. Beelzemon, Matadormon y los otros tres también habían tenido que meterse a detener al monstruo, respirando aliviados cuando finalmente quedó tendido en el suelo.
-Es realmente poderoso-apuntó DinoHumon muy cansado-Nuestras técnicas no le han hecho nada.
-Trajeron a los mejores de sus grupos-dijo Matadormon tan cansado como él-es normal que resultara tan fuerte.
-¿Qué pasará ahora?-quiso saber Beelzemon, quien aún no estaba al tanto de todos los planes que el samurái traía entre manos.
Este se volvió a verlo y repartió algunas órdenes a los otros.
-Ahora van a llevarse a Quimeramon al ala este del castillo. En la sala de mantenimiento hay suficiente equipo como para mantenerlo con vida y en estado de éctasis hasta que la siguiente fase del plan esté completa.
-¿Qué fase sería esa?-preguntó nuevamente el Demon Lord.
El otro le miró un tanto divertido, mientras los soldados se llevaban a su criatura al otro lado del castillo por medio de un portal oscuro. Arrastrarlo hubiera sido una locura.
-Ya quisieras saber.-dijo sin más y cruzándose de brazos, mientras pensaba.
DinoHumon a un lado, se había quedado pensando un momento en algo que le había llamado mucho la atención, y su superior lo adivinó casi al instante.
-¿Qué te preocupa?-le dijo haciendo que el otro diera un respingo.
-Es…es lo que dijo ese Angemon sobre el dispositivo sagrado y su poder-respondió el chico haciendo memoria-él dijo que los dispositivos originales tienen una energía sagrada, y que solo reaccionaba con los deseos verdaderos. Usualmente estos deseos son liberados por los humanos, por eso se les entregan como herramienta…
-Así es.
-¿Cómo es que usted entonces…?
Gaiomon se quedó viéndolo fijamente un momento, traspasando al chico y dejando a éste desconcertado. El virus sin embargo no respondió; solo se volvió y salió del lugar para ir a informar a Lucemon sobre el trabajo terminado. Ya faltaba muy poco para derrotar de una vez a los caballeros de la realeza, y a solo una jugada de conseguirlo, el samurái sabía que ahora las cosas tenían que hacerse con mucho más cuidado y sutileza. Atrás, los cinco digimons se quedaron sumidos en una gran duda y ninguno de ellos consiguió respuesta alguna. Muchas posibilidades cruzaron por la cabeza de Matadormon, pero le resultaban imposibles. Ojalá y hubiese podido contactarse con Omegamon para solucionarlas.
Los tres ángeles se miraron bastante extrañados, no así les siguió Omegamon. Pocas cosas le podían sorprender de Rhihimon y a pesar de que su declaración le había causado cierta rareza, no había gran motivo para sorprenderse, pues él había dejado en claro desde un principio que no se uniría a ninguno de los dos bandos. De ser así, consideró que solo intentaría otro método para darles soporte en la guerra, si es que era eso lo que realmente buscaba.
-Me gustaría entender un poco mejor vuestra postura entonces príncipe-dijo el ángel mayor con ambas manos sobre la mesa.
Rhihimon entrelazó ambas manos y se recargó en la mesa, pensando. Quería dejar en claro de la mejor y más sencilla forma su punto, y por supuesto que fuese aceptado por ambas partes. El problema residía en que estaba seguro de obtener la aprobación de uno de los lados, pero por el otro no estaba tan seguro. Aún sí contaba con una carta bajo la manga y sabía que con ella podría ganarse la aprobación que de seguro le haría falta por parte de la sagrada Orden.
-Verán mis estimados ángeles-empezó tocando con sus pulgares su frente-hará poco más de cuatro meses que se viene dando esta guerra, con lo que al principio fueron resultados bastante favorables para la alianza, y abruptas caídas para el Mar de la Oscuridad. Sin embargo y con cada nueva batalla que se ha librado, el enemigo se ha ido sobreponiendo a las dificultades que las armadas en conjunto les imponen para evitar el dominio de las tierras, y han mejorado todos los aspectos necesarios para volver esta guerra lo bastante predecible para cualquiera.-se detuvo y miró a Omegamon con sus brillantes ojos-El mar inundará el digimundo irremediablemente.
Ophanimon ahogó una exclamación y se volvió a ver a sus dos compañeros; luego a Omegamon. Este estaba impertérrito.
-¿Por qué saca deducciones tan apresuradas príncipe?-preguntó Seraphimon manteniéndose sereno-Usted mismo lo ha dicho; esta guerra apenas ha comenzado.
-Exactamente, y los resultados han sido nefastos para los digimons de este mundo. Se han perdido naciones enteras, arrasado pueblos y ciudades, y las vidas perdidas son muchas, sin contar a los soldados.-cerró los ojos mientras explicaba-Ya han caído tres regiones completas, y Lucemon se lanza pronto por la siguiente. Las armadas no pueden contener los ataques abrasivos del enemigo y la marea continúa subiendo. Pronto todo el sur del digimundo se verá inundado y estarán amenazadas las dos regiones más importantes, que son ésta y la región del fuego. Con ellas derrotadas, Lucemon puede darse como nuevo señor del mundo digital.
-Eso está muy lejos de ocurrir-sentenció Omegamon mirándole directamente.
Los dos digimons se quedaron viendo pesadamente y diciéndose mil cosas con la mirada.
-Creo que no está usted en posición de decir eso, Sir Omegamon-dijo el príncipe tranquilamente y recostándose en su asiento.
-Sir Omegamon es el director de todas las armadas-dijo Ophanimon en su defensa. Estuvo por decir otra cosa, pero el digimon de negro le interrumpió levemente.
-Muy cierto mi lady, y eso lo convierte en el principal responsable de todas las pérdidas y daños irreparables que se están sucediendo en el digimundo. De todas las muertes y el sufrimiento que los digimons inocentes están pasando.
La mujer estuvo por rebatirle, pero una mano discreta de Seraphimon sobre la suya le hizo contenerse y quedarse en su lugar. Kerpymon por su parte habló cuidando de no levantar los humos de nadie.
-Discrepo con su punto príncipe Rhihimon; Omegamon ha sido el principal encargado de toda la protección y defensa que se ha establecido en nuestro mundo. Es él quien se encarga de detener a nuestros enemigos disponiendo a las armadas, de poner a los civiles a salvo y planificar los movimientos que eviten la pérdida innecesaria de vidas.
-No es necesario que explique mi trabajo al príncipe, Lord Kerpymon-dijo el caballero a su vez con el temple muy frío-él muy bien lo conoce por estar al tanto de toda la historia bélica del digimundo, conociéndola además de primera mano por sus antepasados y la larga trayectoria que hemos tenido juntos.
-Ciertamente-dijo Rhihimon tranquilamente-y he de decir que vuestro nivel ha bajado de una manera preocupante, Sir Omegamon. Ya no sois lo que antes dirigiendo la guerra y manteniendo al digimundo bajo protección. Temo que eso ya esté pasando de vuestras principales cualidades.
-¿Qué razones tenéis para decir eso?-quiso saber el caballero.
-Todos lo hemos visto; el declive en la balanza de victorias para las alianzas habla por sí sola.
-¿Esperáis que ganemos las cientos de batallas que se libran día a día en todos los rincones del digimundo?-preguntó Omegamon frunciendo el ceño y con cierta ironía.
-Solo esperaría que pudierais al menos mantener al enemigo alejado; se han acercado peligrosamente a esta parte del mundo y vuestras armadas sin poder detenerlos.
-Los contendremos y haremos retroceder de regreso a su lugar; lo hemos hecho antes y podemos volver a hacerlo.
-Eso suena como un desafío que tal vez os quede grande señor; después de todo, no creo que enfrentaros a vuestra propia sangre sea algo a lo que estéis muy dispuesto.-dijo tocando un punto débil del caballero-Como ya se ha visto, vuestro hermano mayor no ha hecho más que arruinar por completo la situación y volver todo esto un caos desde que hizo aparición en el terreno de la guerra. Ni siquiera han podido frenarle y vos no le habéis plantado cara ni una sola vez.
-Príncipe Rhihimon-habló Ophanimon al fin poniéndose de pie y con ambas manos sobre la mesa. Todos se volvieron extrañados a verla al escuchar el tono severo de su voz-Hasta el minuto no he escuchado ni una sola sugerencia de parte vuestra para ayudarnos en esta guerra. Lo único que habéis hecho es criticar el trabajo de Sir Omegamon, el que por cierto estoy muy segura, ninguno de nosotros podría echarse a las espaldas como ha hecho él.
Esta intervención por parte de la mujer marcó bastante en los dos digimons opuestos que discutían el problema. En el fondo a cada uno le llegaron esas palabras de forma muy contradictoria, y Omegamon no pudo sentirse más agradecido de tenerla a ella dándole esa fuerza y confianza. Rhihimon cerró los ojos y luego se quedó mirando a la nada mientras decía.
-No me malinterpretéis mi lady; no estoy para acusar los errores y falencias del trabajo de Sir Omegamon. Sé que lo ha hecho todo lo bien que un digimon como él puede hacerlo.
-¿Qué habéis dicho?-preguntó ella molesta.
Al instante, Omegamon se levantó del asiento y aplastó con su sola imagen a Rhihimon, aunque el digimon no expresó absolutamente nada.
-Ciertamente creo que tenéis un problema con mi manera de administrar soluciones y movimientos en esta guerra, príncipe Rhihimon.
-Podría decirse que lo tengo.-respondió impasible-Después de todo, no soy yo quien ha perdido las regiones, ni a tal número de soldados, ni un arma tan poderosa como vuestro hermano en la guerra, la que ahora se ha volcado contra el digimundo y amenaza con conquistarlo todo para Lucemon.
-Estoy abierto a vuestras sugerencias entonces-dijo el caballero ladeando un poco la cabeza, convirtiéndose al instante en un retrato de su hermano mayor con aquel gesto.
Rhihimon pareció sonreír. Había llegado justo al punto que quería y nada menos que tirado por palabras del digimon blanco. Se levantó y se quedó viendo fijamente con su rival un momento, ante el pesado silencio que se había formado entre los cinco digimons.
-Os propongo que os reunáis con vuestros Generales, con Lucemon y los suyos hoy mismo, y entre todos lleguen a un acuerdo mutuo.
-¿Un acuerdo mutuo?-repitió extrañado el caballero sin dar cabida a aquella idea.
-Así es. Uno en el que salgáis ganando tanto vosotros como los seres del mar de la oscuridad. Que establezcáis un equilibrio forzado para que ambos dejen de una vez de entregar sus hombres a la muerte y acabéis ambos con este exterminio.
Esa misma tarde, Gallantmon terminaba de trabajar en los muchos archivos que habían recibido aquel día sobre los movimientos del enemigo, y envió las respuestas correspondientes a las solicitudes de los Generales y los digimons a cargo de las defensas de las áreas amenazas de peligro, habiéndose puesto también en contacto con los Dioses Olímpicos cuyas regiones peligraban y los monarcas de los reinos para organizar las tropas necesarias y los refuerzos que se habían prometido. RhodoKnightmon trabajaba con él, y ambos estaban a cargo en esos momentos de la seguridad y de la recepción de mensajes, dado que Omegamon se encontraba en la junta con los tres ángeles y Duftmon había salido a terreno para ajustar problemas con las tropas de la región del viento. Había sido un día bastante agotador para ambos, pero no dejaban de trabajar en las computadoras, respondiendo, analizando, recibiendo y trabajando las cifras que se actualizaban constantemente en sus monitores. El caballero rosa hizo finalmente un alto e hizo tronar sus dedos ante el tecleo incesante que había mantenido desde hacía horas.
-Esto repercutirá en el futuro-se lamentó mirando sus finos dedos y frotándolos con cuidado.
Gallantmon le observó un tanto divertido ante sus comentarios. Siempre se estaba fijando en cosas como aquella, aunque tuviera al mundo encima o una catástrofe colosal los amenazara. Suspiró y envió el último mensaje a la central del reino de los insectos y se recargó contra el tablero, pensando. ¿Cómo iría la junta? ¿Por qué Rhihimon haría aparición así de pronto y con qué motivos? Detestaba tener que esperar a que se le diera la información, por lo que a cada minuto miraba el reloj en la pantalla, esperando ansioso a que su compañero regresara y le diera los detalles. Esperaba algo importante por supuesto, no una simple visita por parte de príncipe al mundo superior. Aunque era evidente que tendría que tratarse de un asunto delicado; Rhihimon era un digimon muy serio y preocupado, aunque no alcanzaba a imaginar que se trataría sobre algo directamente relacionado con la guerra, o que querría involucrarse. Todo el digimundo sabía que ese joven señor era un pacifista.
-El General OuRyuumon a veinte minutos de llegar-le informó su compañero a su lado observando el mensaje recién recibido.
El caballero rojo se quedó extrañado; no recordaba haber dejado algún asunto a tratar con el General dragón, pero naturalmente que el digimon estaría muy ansioso y preocupado, ajustando detalles y tratando constantemente el problema sobre la invasión del enemigo a su área. Se quedó pensando de pronto en la relación que había surgido entre él y el hermano de Omegamon. Si bien con Gallantmon parecía que se habían llevado mal desde un principio, con OuRyuumon era una guerra personal. RhodoKnightmon volvió a interrumpir sus pensamientos.
-El General Justimon está en la línea seis-le dijo apuntando a una pantalla.
El tercer a cargo no lo había notado, distraído como estaba. Se volvió y aceptó el envío.
-Señor-saludó el cyborg con una leve reverencia-tengo noticias urgentes para la Orden.
-Le escucho General-respondió Gallantmon prestando atención.
-La seguridad del Imperio del Metal ha comenzado a trabajar en un proyecto de alta importancia; la información es clasificada y por seguridad no puedo enviárosla por aquí, por eso mi reina, el jefe de guardia y yo solicitamos de la presencia de Omegamon o vos en nuestra ciudad para entregaros los detalles y ponerlos al tanto.
Gallantmon sacó algunas cuentas. De momento estaba atado a quedarse en el castillo hasta que la junta acabara y Omegamon regresara, lo que podía extenderse por horas, sin contar que tenía que atender el problema de OuRyuumon y Duftmon también tendría para un largo rato afuera.
-Temo que solo podremos estar allá mañana General Justimon; muchas cosas que hacer y poco tiempo y personal. Espero que no les suponga un problema a vuestros reyes.
-No señor, estaremos esperando vuestra llegada mañana a primera hora.
-Allí estaremos-terminó el caballero rojo terminando también la comunicación.
Se volvió a ver a RhodoKnightmon, quien con las manos en la cintura, pensaba.
-¿Qué crees que sea?-preguntó al caballero de larga capa.
-Bueno, algo muy importante sin duda; puede que algún plan de ataque o un movimiento masivo de sus tropas para alejar al enemigo.
-Tengo un mal presentimiento sobre ello-dijo el caballero cruzando sus brazos sobre su pecho. Algo no le había gustado del todo en el mensaje y su contenido.
Gallantmon estuvo por preguntar, pero escucharon el aterrizar pesado de OuRyuumon en los terrenos del castillo y se volvió para salir. Afuera el sol se escondía en la lejanía volviendo al mundo un arcoíris de colores naranja, rojos y violeta, haciendo refulgir sus rayos en la armadura dorada del dragón que ahora se acercaba a él junto a su pequeño teniente y le saludaba con la cabeza.
-¿A qué debemos la visita General?-preguntó el caballero rojo devolviéndole el saludo y yendo al grano como siempre hacía-Espero que haya obtenido usted algo de utilidad durante su curiosa reunión con Gaiomon hace poco.
-Lo tengo de hecho-sentenció el dragón seriamente-sé cuándo van a atacar, en donde y los soldados que llevarán. Y también sé lo que obtendremos de ganar esa batalla, y lo que perderemos de caer vencidos.-frunció el ceño.
Mismo gesto repitió Gallantmon de escucharle decir eso. ¿Cómo podría saber qué ganarían o qué perderían dependiendo del resultado de la batalla que se avecinaba? ¿Acaso…?
-Por favor-dijo el caballero cerrando los ojos pesadamente y con cierta ironía-no me diga que usted y él han arreglado otro encuentro personal y han apostado algo esta vez.
La mirada pesada del dragón le dijo todo al Royal Knight, quien bufando, se presionó con los dedos los ojos y negó con la cabeza. ¿Qué le diría ahora a Omegamon?
En ese mismo momento y reposando su rechoncho cuerpo sobre los almohadones, Belphemon dormía apaciblemente y con un respirar acompasado. Estaba completamente ausente de lo que sucedía a su alrededor; del tiempo, del peligro, de los digimons que en ese momento el observaban y de lo que le depararía el futuro. Su vida y su mundo se reducían a descansar hasta que la pereza se le pasara en algún momento para despertar como un titán de la furia y la destrucción, aunque eso ahora estaba un poco lejos de ocurrir. Su huevo había roto completamente durante las últimas horas y el pequeño digimon había salido, siempre estando al cuidado y la atención de la mujer que con tanto esmero y paciencia había aguardado aquel momento. En ese minuto no podía recordar que alguna vez Belphemon despertaría y buscaría la destrucción afuera, quedando a merced de los aliados y la Orden; solo podía pensar en que por fin la espera había dado frutos y tenía con ella a la criatura. Sin duda que esta posición molestaba mucho a Lucemon, quien sentado en un sillón en la esquina de la habitación, tenía sus ojos azules puestos en el digimon dormido mientras sacaba sus cuentas.
Por fin estaban los siete. Los legendarios siete Señores Demonio se habían reunido en el digimundo, y éste aún no se daba por enterado. Se moría de ganas por ver la reacción que tendría el mundo digital al enterarse de que por fin estaban todos juntos, de ver el miedo en los rostros de los que caerían bajo su poder y las decisiones desesperadas que tomarían los líderes de arriba para proteger todo cuanto fuera posible y encontrar algún modo de deshacerse de ellos. Sería imposible. Lo que intentaran sería imposible estando ellos siete juntos; el digimundo por fin caería ante el dominio de los Demon Lords y empezaría la nueva era bajo su mandato, con él a la cabeza por supuesto. El problema que se le presentaba era que Lilithmon se interpondría ante todo con tal de darle el mayor tiempo de vida a Belphemon. Si tan cansada estaba de ver a sus criaturas morir todos los días y gastar su vida en esperar los tiempos mejores para ella y sus hijos; si tanto había esperado a que Belphemon por fin saliera después de tantos siglos encerrado en su huevo ¿qué posibilidades había de que lo dejara irse sin más a dirigir a los batallones que le correspondían y que ahora estaban distribuidos entre los demás generales, para tomar su lugar como Señor Demonio?
Hizo una mueca de maña y cambió de postura en el asiento, siempre observando la escena en frente. Era irónico como ella había ido cambiando tanto a través de los años. En el pasado siempre fue su brazo derecho, General oscura y la principal portadora del dolor y la muerte en el mundo de arriba; compartía los ideales de él por darle su lugar arriba al Mar de la oscuridad y luchaba incansable por ello. Pero era una mujer al fin y al cabo; su lado maternal fue venciéndola con el pasar del tiempo y ahora solo buscaba un futuro para los que de ella nacían. No le gustaba su forma de pensar actual y siempre encontraba alguna forma de detener los planes de Lucemon; que lo planeara mejor, que enviara más digimons y más fuertes, que no entregara a los nuevos. Le criticaba bastante y las opciones que ella daba no eran del todo del agrado de él. Poco a poco fue perdiendo su lugar en el círculo de los directores principales y pasó a ser casi como una consejera. Una que no quiere ser escuchada.
-Lilithmon-le llamó él desde atrás. La mujer se volteó a verlo, y su rostro sonrosado y sonriente estaba más hermoso que nunca-No pensarás que por tratarse de Belphemon, de tu espera y de todo lo demás, no tomaré acciones con este digimon.
El gesto de ella se torció de inmediato y miró en cualquier otra dirección. Estaba echada sobre la cama, y con el dorso de su mano acariciaba de cuando en cuando el rostro peludo y dormido de Belphemon, quien a veces reaccionaba moviendo levemente sus orejas, pero sin la menor intención de despertar.
-Él es uno de los siete Señores Demonio. Tiene una misión que cumplir y un cargo que tomar.-dijo él severamente-Irá al mundo de arriba a luchar te guste o no, y por mucho que quieras impedirlo…
-Ya lo sé-le cortó ella sin levantar mucho la voz. Estaba un poco apagada ahora por la realidad que enfrentaba con Lucemon, pero abrigaba una pequeña esperanza. Para que Belphemon despertara se necesitarían aún varios años, o un milagro para forzarlo, y de esos no había en el Mar de la Oscuridad-Sé lo que planeas hacer con él y para qué le esperaste tanto. No te detendré si intentas usarlo como a los demás; después de todo, al parecer es el destino de nosotros el ser sometidos por ti, tarde o temprano.
Su comentario le irritó bastante, pero se mantuvo tranquilo. Le bastaba con que aceptara su verdad y no le diera problemas. Sin embargo…
-Me das a entender que ya no quieres apoyarnos en esta guerra.
Ella no se volvió a verle, concentrada como estaba en el sueño del digimon más pequeño. Prefería aislarse en algo que le reconfortara a tener que afrontar las palabras de su consorte.
-Ya te lo dije una vez Lucemon; no vamos a ganar esta guerra. Puede que te hagas de los digimons más poderosos, que tengas a Gaiomon contigo o al mismo Omegamon…este mundo no dará abasto para tu ambición, ni mil mundos lo harían. De las veces que has tenido el poder en tus manos, lo has arruinado. En tantas vidas no has aprendido nada, no creo que esta vaya a ser la excepción.
-No sabes de lo que estás hablando-dijo él molesto y levantándose-Ya no persigo lo que buscaba antes; estoy luchando por darles un lugar a los nuestros. ¡Lo hago por ti y por tus criaturas también!
Lilithmon cerró los ojos y desechó aquello. Volvió a concentrarse en alimentar de su cariño a Belphemon y tocó con un dedo frente, delineando las marcas que tenía. El ángel rubio atrás se volvió y salió de la habitación, donde afuera se reunían dos de sus camaradas y el coronel de uno de ellos.
-¿Qué han acordado?-preguntó Barbamon yendo al grano y apoyándose en su bastón.
-No se opondrá; parece que de algún modo ya se ha dado por vencido-respondió Lucemon con cierto aire malogrado.
-¡Hm!-exclamó Daemon a un lado mirando en cualquier dirección y refunfuñado-Como si eso fuera algo nuevo; Lilithmon dejó de significar un peligro hace mucho tiempo. Se ha resignado a ser una simple digimon casera y ya no es lo que antes. Realmente me molesta eso de ella y que se haya dejado caer desde la posición que tenía. Siempre creí que era alguien más ambiciosa.
-Puede que su mentalidad haya evolucionado a una forma que nosotros no conocemos-comentó Barbamon pensando e igual de extrañado ante el cambio de la mujer con el paso del tiempo-después de todo, ninguno de nosotros ha pasado lo que ella, y puede que también la hayamos dejado caer en esa debilidad por no alimentar esas ambiciones.
-Es una mujer y punto-sentenció Daemon negando con la cabeza-Es débil y sentimental; ella misma se dejó caer y vencer por sus tontas emociones hacia esos hijos suyos. ¿Qué más da si son de ella o no? Todos perseguimos el mismo propósito y hay que arriesgar todo por conseguir lo que buscamos. Después de todo no es algo de lo que puedan privarnos.
-Eso es lo que ella no alcanza a entender-terminó Lucemon cerrando los ojos pesadamente y saliendo luego por el pasillo.
En parte se sentía defraudado, pero no iba a hacer nada por cambiarlo. Si ya había dejado de contar con ella, no importaba; solo se necesitaba a sí mismo para conseguir lo que quería, los demás solo eran herramientas, y hasta ahora Lilithmon parecía haberlo comprendido bien. Encaminó sus pasos hacia el nivel inferior del Castillo Berúng, en donde trabaja Machinedramon en sus nuevos proyectos y en los soldados que iba programando cada vez. Resultaba muy ventajoso un ejército de soldados máquina programados por él, dado que jamás se equivocaban en sus órdenes, eran precisos y no cuestionaban, sin contar que no les hacían gastar en alimentos y eran fáciles de desechar. Entró a la enorme estancia y el gigantesco robot se detuvo de lo que hacía y se volvió hacia él. Le saludó respetuosamente con la cabeza y guardó silencio.
-Phelesmon consiguió su cometido en la región menor del agua-dijo el ángel seriamente-y Gaiomon tomará posesión del siguiente sector dentro de algunos días. Es esperar demasiado tiempo y necesito resultados ahora.
-¿Qué desea que haga amo?-preguntó el robot, listo para salir en el momento en que Lucemon mandara.
-Quiero que los caballeros la tengan difícil en el momento en que se realice nuestro siguiente golpe y quiero estragos en sus líneas interiores cuanto antes.-sonrió-Atacaremos con el virus de la ira ya mismo.
-¿Para cuándo desea que sea lanzado mi señor?
El ángel apenas lo pensó un momento. Gaiomon atacaría dentro de los próximos seis días, por lo que un golpe en el intermedio de ese tiempo, daría poca oportunidad a los caballeros de reponerse en lo que ellos se levantaban nuevamente.
-Será pasado mañana.-sentenció-Busque el momento preciso y lance el virus al enemigo…
El digimon se interrumpió al notar que Machinedramon levantaba la cabeza para mirar por encima de él. Él se volvió y se percató de que alguien estaba allí, alguien familiar. Frunció el ceño.
-¿Qué se supone que haces ahí?-preguntó al digimon que ahora salía detrás de la puerta y se acercaba con cierto nerviosismo disimulado.
-Nada en realidad-respondió Lilithmon moviendo un poco el cabello de su cara-es solo que me quedé pensando en lo de hace un rato…
-¿Qué hay con ello?-quiso saber el ángel, suponiendo que solo se trataría de problemas.
La mujer miró al suelo un momento y luego levantó la cabeza, sonriendo sencillamente.
-Creo que soné un poco negativa en cuanto a tus planes y lo demás. Lo último que dijiste es cierto…después de todo estás haciendo esto por liberar a los digimons encerrados en este mundo. Creo que lo pasé por alto después de ver tantas muertes. Aunque no me guste, los sacrificios sí son necesarios…-dijo bajando de nuevo la mirada y un poco entristecida-pero tendré que aprender a aceptarlo y seguir teniendo más paciencia. Los que luchan siempre consiguen sus metas, tú has luchado bastante. Puede que estando los siete reunidos, esta vez sí lo consigas.
Lucemon se quedó viéndola un instante, luego sonrió apenas y desvió la mirada.
-Me agrada ver que no te des por vencido aún. Ahora ve y cuida de ese digimon; habrá que encontrar el método de despertarlo pronto para terminar cuando antes todo esto.
-Sí-asintió ella dándose la vuelta y saliendo del lugar.
Los dos digimons de atrás la observaron hasta que sus pasos desaparecieron por el pasillo, escaleras arriba. Luego se quedaron viendo en silencio. Machinedramon no quería sospechar nada, porque su política era la de confiar a ciegas en sus amos no importara qué. Las dudas y la desconfianza eran las que volvían débiles a los servidores, y él no quería caer en eso. Lucemon sin embargo se planteó muchas cosas respecto de aquella extraña escena, pero se reservó sus comentarios evitando pensar en lo peor.
-Será pasado mañana entonces-repitió cerrando los ojos y enfocándose en lo suyo.
-Como usted ordene amo-acató el robot; por fin vería el fruto de su trabajo y la larga espera, reflejados en lo que debería ser un desastre para el círculo interno de la Orden y sus aliados. Se sintió muy ansioso e impaciente, y aunque había habido cierto "problema" de por medio, Lucemon ya lo había resuelto y todo marcharía a la perfección.
Sin embargo, algo ocurriría aquella misma noche que sacudiría la normalidad de los sirvientes del Mar de la Oscuridad, lo mismo que de los Aliados y la Orden. Pudiese ser que aquel paso fuera el último que ambos dieran para dar por acabada la guerra, como también podía ser que desatase un infierno entre los dos bandos.
El sol se escondía a lo lejos y el cielo se teñía de púrpura cuando los cinco digimons que habían estado hablando y debatiendo en la sala de Seraphimon, se levantaron y dieron por concluida la junta. Había sido una reunión larga y muy pesada y difícil para todos, pero por fin habían llegado a un consenso. Por cierto que había resultado muy complicado que todas las partes estuvieran de acuerdo, y eso que aún les faltaba lo peor. El plan del Príncipe Rhihimon resultaba difícil de creer, de aceptar y mil veces más de llevar a la práctica, pero de resultar todo bien, podía ser que este pacifista trajera de una vez el fin a la guerra y el balance a los tres tipos. Sin duda que Omegamon se había sentido desplazado en su cargo como aquel que debía dar las soluciones y resolver los problemas, pero aquella idea del Príncipe Rhihimon era simplemente inconcebible. Estaba completamente seguro que ni sus Caballeros ni los Generales, ni los Olímpicos o los demás Reyes estarían de acuerdo con ello, pero considerando que el joven monarca había conseguido la aprobación, no de uno, sino de los tres ángeles guardianes, todos se sometían por igual a obedecer y llevar a cabo lo que se había acordado.
-Aún no puedo creer que vayamos a hacer tal cosa-dijo para sí, cerrando pesadamente los ojos y tratando de poner sus pensamientos en orden.
Se encontraba en ese momento en la salida del Castillo, con el viento moviendo su capa y el sol reflejando en su brillante armadura. No es que estuviera en contra del plan de Rhihimon, era solamente que no podía visualizar en su mente que algo así pudiera llevarse a cabo, mucho menos funcionar. Aún así siendo él un servidor de la Realeza, no le quedaba más que obedecer y hacer lo posible porque aquella junta se llevara a cabo de la mejor forma posible. Al principio y después de escuchar la propuesta del príncipe de que ambos bandos se reunieran para negociar, Omegamon sentenció a secas que eso no iba a poder ser. No era que tuviera una mentalidad cerrada, pero de los cinco reunidos él era el más viejo y sabía que esas cosas jamás funcionaban, pues nunca habían resultado en el pasado. Seraphimon y Kerpymon sin embargo se mostraron interesados y trataron largamente el problema, mientras que Ophanimon aún no podía hacerse un juicio sobre lo planteado. Por ella hubiesen llevado a cabo ese plan antes desde que se iniciara la guerra, pero las posibilidades en contra eran demasiadas, y nadie parecía dispuesto a intentarlo. Ahora y con el impulso y ayuda del Príncipe Rhihimon la idea parecía tener mejores expectativas, aunque Omegamon había expuesto los muchos problemas que aquello podía conllevar y las probabilidades en contra que tenían, sin contar que los servidores del Mar de la Oscuridad jamás podían mantener un pacto por más allá de una igualdad para ambas partes sin necesitar tener más de lo acordado. Con esto en contra y confiando ella plenamente en las palabras de ese señor, las cosas se le habían dificultado, pero Rhihimon había sabido jugar perfectamente sus cartas y la había convencido, sabiendo que de los tres ángeles ella era la más fácil de ganar por el lado de las emociones, y poniendo sobre la mesa los muchos daños y pérdidas que sufrían los civiles a causa de los daños de la guerra, Ophanimon prontamente dio su voto a favor a Rhihimon, no quedándole más opción a Omegamon que aceptar.
La reunión entre ambos bandos se llevaría a cabo aquel mismo día, a la media noche. Ahora mismo debía regresar al Castillo e informar a sus caballeros y Generales, quienes habrían de acompañarle a la junta y también informar a los soberanos de las demás tierras, quienes se verían directamente afectados o beneficiados dependiendo del resultado de dicha reunión. Las cosas se ponían difíciles y cada vez más tensas, y al caballero blanco le pesaba enormemente la responsabilidad de que de aquella junta, el futuro del digimundo tuviera mejores luces.
El digimon regresó rápidamente al castillo, en donde Gallantmon y OuRyuumon parecían mantener una situación tan tensa como la que él había pasado hacía poco en los salones del castillo de los tres ángeles. El dragón parecía bastante sereno con lo que fuera que estaban tratando, mientras que su compañero de rojo echaba chispas y cerraba con fuerza el puño sobre la mesa.
-¿Pueden explicarme cual es el problema aquí?-quiso saber el segundo al mando.
Gallantmon se presionó con fuerza los ojos con sus dedos, evitando estallar, apuntando luego con su mano abierta al General frente a él.
-Que el General OuRyuumon te lo explique.-sentenció.
El digimon blanco posó sus ojos en OuRyuumon, quien con una cara de póker, respondió.
-Gaiomon y yo nos enfrentaremos dentro de seis días en una batalla de shogi con nuestras armadas, disputando el sector del aire.
Omegamon dio un leve respingo.
-¿Lo acordaron ayer durante su "reunión"?
-Así es.
-¿Por qué no trató primero el problema conmigo?-quiso saber, molestándose un poco-No puede usted tomar decisiones así General OuRyuumon.
-No estaba en mis planes hacerlo Omegamon-dijo el dragón impasible-su hermano fue quien dio paso a la apuesta.
-¿Apuesta?-repitió el segundo líder-¿Qué apuesta…?
-¡Apostaron los dos tercios de la región del aire por una sola batalla!-estalló Gallantmon sosteniéndose la frente con una mano.
El digimon blanco cerró con fuerza los ojos y maldijo por lo bajo. Demonios, Gaiomon lo había hecho otra vez y había conseguido exactamente lo que quería de OuRyuumon. Éste parecía muy tranquilo de su decisión y no expresaba nada en su dracónico rostro.
-General OuRyuumon…-empezó Omegamon todo lo tranquilo que podía, conteniendo su enfado-usted está empezando a darme serios problemas desde que mi hermano hiciera aparición en este problema.
-Su hermano es quien realmente nos está dando problemas a todos nosotros Omegamon-dijo el dragón tamborileando con sus dedos en la mesa-Si tengo oportunidad de deshacerme de él…
-¡Que no hay oportunidad!-exclamó el digimon mirándole pesadamente con sus ojos encendidos-¡No está en sus manos vencerlo General OuRyuumon!
-¡Pues haré todo lo que esté en "mis manos" para intentar al menos vencerlo!-respondió el dragón con su puño en la mesa-Hasta ahora parece que soy el único por aquí que se propone derrotar a ese digimon antes de que se adueñe de todo el digimundo. De todas maneras-dijo mientras se levantaba y caminaba hacia la salida-el trato ya está hecho y Gaiomon y yo nos encontraremos ese día y disputaremos lo que queda de la región del viento, que por cierto es mi región y mi hogar-sentenció con cierta amargura-No me importa lo que pase, voy a defender ese lugar con mi vida y Gaiomon no podrá avanzar ni un centímetro más.
OuRyuumon se despidió y se encaminó hacia la salida. Omegamon dejó salir su enfado de un largo y pesado suspiro y le detuvo antes de que se marchara.
-General-el dragón se volvió a verle-hay un problema que tenemos que tratar; usted y los demás Generales también.
Gallantmon y el digimon dragón se quedaron viendo con cierta extrañeza a Omegamon. El digimon rojo se levantó de su asiento.
-¿Es sobre lo que pasó en la junta?-preguntó con marcado interés.
Omegamon asintió con la cabeza y procedió a explicarle a su compañero y al primer General de la Elite el problema tratado con Rhihimon y los tres ángeles, y lo siguiente que tendrían que hacer. Antes de aceptar cualquier queja o estallido por parte de cualquiera de los dos, Omegamon les ordenó que comenzaran a reunir a los demás Royal Knights y Generales para comunicarles también el problema. Ya resolverían todo entre ellos en una gran asamblea improvisada, y se comunicarían con los soberanos de las demás tierras. El tiempo apremiaba y la junta que se realizaría aquella noche podía decidir el futuro del digimundo.
Acercándose el final del día, los Generales dejaron a sus respectivos lugartenientes en sus posiciones y se reunieron en el castillo, mientras los demás caballeros también regresaban desde sus zonas designadas a protección y aguardaron todos reunidos en la biblioteca, dado que la cámara de guerra no daba espacio para tantos digimons reunidos. Omegamon se había comunicado personalmente con los reyes de las demás áreas, teniendo ciertos problemas debido a lo tarde de la hora y el poco tiempo del que disponía, pero aún así había logrado informar a todos del asunto. Cada uno mostró reacciones diferentes, pero todos coincidían en lo mismo; aquello no iba a resultar. TyrantKabuterimon se mostró totalmente reacio a aquello, pero no le quedó más que aceptar la decisión de los tres ángeles, lo mismo que al resto. La reina QueenChessmon se mostró un tanto escéptica con el plan, pero abrigó esperanzas de que pudiera resultar, lo mismo que Lotusmon. Ella era total partidaria de que las cosas se arreglaran mediante el diálogo y los acuerdos. Arkhan Ramsés también fue partidario del asunto, pues su título como gobernante de las arenas aún prevalecía, aunque sus tierras permanecieran bajo dominio enemigo. No le había parecido del todo posible aquella opción, pero considerando que su poderío quedaba reducido a "esperar lo mejor", no podía hacer nada más que aceptar. Apollomon por su lado se mostró tan escéptico a la idea como TyrantKabuterimon hiciera, y solo respondió con un "será lo que ellos quieran" refiriéndose a lo decidido por los tres ángeles. Cuando tuvo a todos informados sobre el asunto y a sus caballeros y Generales en la biblioteca, explicó lentamente y con cuidado todo el desarrollo de la junta, las posibilidades planteadas por el Príncipe Rhihimon y lo que habían acordado los tres ángeles; para ellos, para los gobernantes y para Lucemon y los suyos. Ciertamente que a nadie le gustó escuchar aquello, y pronto las negaciones de cabeza, los bufidos y los brazos cruzados afloraron aquí y allá entre los presentes.
-Es una tontería-dijo Duftmon mirando al techo-todos sabemos que los Demon Lords exigirán y exigirán, y así les demos lo que quieran a cambio, intentarán cualquier cosa con tal de obtener más.
-¿Cómo es que los tres ángeles pudieron aprobar una idea así?-preguntó TigerVespamon tan extrañado como todos.
-El Príncipe Rhihimon es muy persuasivo, y utilizó el factor de las víctimas inocentes de la guerra para ganarse a los ángeles-respondió Omegamon.
-Por eso no me agrada que digimons de su tipo tengan acceso a la administración de todos los poderes-dijo RhodoKnightmon moviendo la rosa en su mano-Son demasiado frágiles emocionalmente y puedes ganártelos con cualquier cosa que signifique sufrimiento.
-En parte puede que el Príncipe tenga razón-acotó Imperialdramon con ambas manos sobre la larga mesa-las víctimas de esta guerra son demasiadas; es todo el digimundo si lo simplificamos en palabras.
-Aún así, esta idea es completamente inconcebible-masculló Gallantmon cruzándose de brazos-solo les daremos la oportunidad de que suban aquí y tengan más facilidades de hacerse con todo lo que quieren, que es todo por cierto.-obvió haciendo un gesto irónico.
-No se me hace del todo descabellada-apuntó Ulforce Vdramon desde el otro extremo de la mesa, mientras recordaba la extraña conversación que había mantenido con Beelzemon tiempo atrás.
-¿A no?-preguntó el felino estratega escéptico.
-No. Es decir, no puede ser que los millones de digimons que viven allá abajo solo busquen caos y destrucción-respondió el joven de azul encogiéndose de hombros-debe haber un buen número que busque…no sé, tranquilidad y una vida un poco más "normal".
Y mientras se discutía el problema de si se debería simplemente dar un sí a la proposición o intentar hacer cambiar a los tres ángeles de parecer, de si los digimons del Mar de la Oscuridad debían tener nuevas oportunidades y muchas otras cosas que comenzaron a discutir entre todos, OuRyuumon se había quedado ensimismado en sus pensamientos al recordar también su extraña conversación con Gaiomon respecto de lo que ocurriría al final de la guerra. Sacando cuentas el virus tenía razón, y la mayoría de los presentes de la junta estaba totalmente en contra de darle una oportunidad al tipo virus en el mundo de arriba. ¿Qué pasaría si ellos ganaban la guerra? ¿Todo seguirá igual como había mencionado el samurái? Negó con la cabeza y se obligó a despejar su mente de aquello, mientras intentaba volver a centrarse en el tema.
-De todas maneras-siguió Omegamon explicando-ya no tiene caso intentar convencer a nadie. Lord Seraphimon, el príncipe Rhihimon y los altos mandos del Mar de la Oscuridad se reunirán dentro de poco-miró al enorme reloj de plata incrustado en la pared; faltaban solo dos horas para medianoche-y nosotros también hemos de estar allí.
-¿Se lo has comunicado a Alphamon?-preguntó Gallantmon a su lado.
EL digimon blanco negó con la cabeza.
-Ha sido imposible intentar hacer contacto con él. Tendrá que enterarse después.-levantó la mirada-Gallantmon, tú y Duftmon vendrán conmigo. Generales-miró a los cuatro digimons-también ustedes vendrán a la junta.
Los seis digimons afirmaron con la cabeza y se prepararon. Aquella sería una noche larga y difícil, en la que se verían las caras directamente con sus enemigos y tendrían que debatir muchas cosas, en un intento de conseguir un balance por parte de ambos grupos. La tensión se palpaba en aquel pesado silencio, mientras de a poco los integrantes de la junta comenzaban a dispersarse unos, y a reunirse otros para tratar el caso.
-¿Dónde será la junta?-preguntó Justimon al caballero blanco.
-El Príncipe Rhihimon vendrá por nosotros-respondió-Dice tener el lugar en donde llevar a cabo el consejo, aunque no sé a qué pudo haberse referido.
En ese mismo momento y reunidos en uno de los salones principales para ajustar los movimientos que se realizarían en los siguientes días, Lucemon, dos de sus Generales y Daemon trabajaban ante una mesa en un raro silencio que pocas veces se daba en ese lugar. El presentimiento de que algo estaba ocurriendo pero no sabían qué, parecía mantener incómodos a los digimons allí reunidos y entorpecía un poco el avance de las planificaciones. De haber estado Phelesmon allí metido, seguramente no hubiese estado todo tan silencioso, pero el General Demonio tenía trabajo en el mundo de arriba preparando las defensas que establecería en la isla para mantenerla bajo su dominio y también trabajando con los digimons que pronto comenzarían a desplegarse desde allí.
-En cuanto Gaiomon tome el sector restante del área del viento-explicaba Lucemon apuntando el mapa-tendremos suficiente terreno abarcado como para iniciar el ataque al Imperio del Metal.
-Gaiomon no quiere que entren aún en ese lugar-dijo Daemon con una mueca-dice que aún deberíamos esperar.
Lucemon arqueó las cejas un tanto escéptico, pero Barbamon corroboró el punto del otro.
-Tiene razón, el Imperio del Metal no solo es un lugar demasiado difícil de obtener y con enorme poder militar; está directamente ubicado bajo la región del Fuego, lo que le protege completamente siendo ésta área una de las más grandes, y teniendo además a los Royal Knights encima para defenderle. Deberíamos dejarle para el final junto con el área de la Luz.
-¿Qué no lo ven?-preguntó el ángel rubio molesto-Sabiendo que esa región tiene tanto poder militar, tanta tecnología avanzada y armamento, ¡teniéndola bajo nuestro dominio daremos un paso enorme y avanzaremos mucho más rápido en la conquista de las demás regiones!
-Además, hacerse con una región así no es nada de difícil-apuntó Machinedramon-conozco perfectamente el funcionamiento interno de esa región y todo está unido a la misma central; todas las casas, los edificios, los puertos, todos los digimons que habitan allí se unen a la misma red principal y se conectan unos con otros. Son como un gran cerebro con extensiones. Haciéndose con la computadora principal, con el motor de todos ellos, se obtiene fácilmente a todas las armadas y soldados a la disposición de quien sepa manejar esa computadora.
-Y supongo que usted es el indicado, General Machinedramon-dijo el más viejo sonriendo y mirando al robot.
El gigante asintió con la cabeza.
-He logrado infiltrarme un par de veces en la base de datos del Imperio del Metal; produciendo un simple error, todo comienza a fallar rápidamente. El problema radica en que tiene demasiada seguridad y defensa interna, y los técnicos encargados de reparar estos errores y administrar dicha computadora, no están conectados a ella, así que piensan por su propia cuenta y saben lo que hacen.
-Habría que encargarse de ellos primero…-estaba diciendo el ángel, cuando una presencia se sintió en el lugar y todos se detuvieron de lo que hacían.
Un portal negro se abrió cerca de la gran mesa en donde estaban reunidos los digimons, y al notar de quien se trataba, nadie dijo ni hizo nada, solo aguardar a que el misterioso digimon apareciera. Lucemon dejó salir un gruñido molesto al verle.
-Saludos Lucemon-empezó el Príncipe con una inclinación de cabeza-Generales de la Armada-siguió con los demás, y luego miró al digimon rubio directamente a los ojos-He venido por decisión de los tres ángeles a haceros una proposición.
Esto sorprendió bastante a todos, pero solo el ángel respondió.
-No gracias, no queremos nada de ellos-dijo secamente-por lo demás, ya puedes marcharte.
-Temo que eso no será posible hasta que me hayas dado tu afirmativa-repuso el príncipe cerrando los ojos, impasible-ha sido decisión de ellos, de los Royal Knights y también mía. Eres el último que falta por dar su aprobación.
-¿Por qué demonios piensas que querría aceptar algo de ustedes?-dijo irónicamente-No es que lo estemos pasando precisamente bien a causa de ellos aquí abajo…
-Por la misma razón-le cortó Rhihimon antes de que pudiera continuar-es tan conveniente para ti como para ellos el que tú y tus Generales asistan a la junta que está a punto de llevarse a cabo. No pienses que se trata de alguna trampa, después de todo, yo también estaré ahí y sabes que no permitiría una traición por parte de ninguno.-le observó fijamente con sus ojos dorados, haciéndole saber que también lo estaba incluyendo a él y a los suyos.
Lucemon se quedó pensando un segundo de qué podría tratarse todo aquello. No confiaba en lo absoluto en nadie que no estuviera bajo su servicio, aunque se tratara del mismo príncipe Rhihimon. Además, no quería verse las caras con sus enemigos y arriesgarse a que algo saliera mal después de que todo marchaba tan bien. Barbamon dio un paso al frente y carraspeó un poco antes de hablar.
-Príncipe Rhihimon, ¿podría explicarnos un poco de qué se trata esta repentina junta que han acordado?
-Me alegra que lo pregunte-respondió el más joven cerrando los ojos-Los tres Ángeles han decretado que la Sagrada Orden y los Líderes del Mar de la Oscuridad se reunieran para tratar un acuerdo mutuo, idea mía por cierto. En esta junta, ambos lados intentarán llegar a un consenso y dar un equilibrio al digimundo, dándole de una vez fin a esta tonta guerra e intentando satisfacer las necesidades de ambas partes.
-Es una cuestión demasiado complicada y que llevará mucho tiempo.-dijo el demonio con un gesto de extrañeza.
-Ciertamente, pero es mucho mejor solucionar este problema así que continuar sacrificando las vidas de sus soldados y de las de ellos.-el príncipe apuntó al cielo.
-Nuestro problema no tiene solución-sentenció Lucemon moviendo una mano y zanjando el asunto-Ellos nos han oprimido desde siempre y tanta injusticia no puede ser solucionada de un momento a otro. Es una locura.
-De hecho, es bastante sensato-escucharon todos una sexta voz que se acercaba desde el pasillo.
Todos se volvieron a ver, y Gaiomon entró en el lugar con su aire tranquilo y sus ojos endemoniados fijos en el nuevo. Le saludó en silencio con la cabeza y puso ambas manos en la cintura. Lo que había escuchado le había interesado, aunque por supuesto, tenía sus propios planes en mente ya trazados.
-El hermano mayor de Omegamon supongo-dijo el príncipe disimulando su desagrado. No solo porque se tratara del pariente de su "rival", sino porque además consideraba que era el segundo causante de tantas muertes y pérdidas en aquella guerra. Los de la sangre del digimon blanco parecían nacer para causar problemas de gran calibre.
-A mucha honra por cierto-respondió el samurái captando el rechazo del otro en su tono de voz-¿Escuché que realizarán una junta entre los altos mandos?
-Así es. Se intentará llegar a un acuerdo entre ambas partes y darle un balance a este mundo-sentenció Rhihimon con un asentimiento de cabeza.
-Es muy interesante, y parece lo más lógico después de todo lo que ha ocurrido.-respondió el digimon negro-¿Cuándo será?
-Dentro de la próxima hora, en un sector apartado de mi territorio, el área de la oscuridad. Es un lugar especial que he elegido y en donde mi soberanía no permitirá traiciones de ningún tipo ni actos de violencia. Solo tendrán permitido hablar.
-Interesante-repitió, aunque en realidad estaba pensando en otra cosa-Dígale a los Tres ángeles y a los Caballeros que estaremos allí.
Todos los demás atrás dieron un respingo e hicieron exclamaciones. Lucemon cerró con fuerza los puños.
-¿Desde cuándo eres el que toma las decisiones aquí?-exigió saber.
-Si no las tomo yo, tú no vas a hacerlo-le respondió mirándole por sobre el hombro-además, esta es una gran oportunidad, no puedes desaprovecharla así.
El ángel estuvo por decir algo, pero Rhihimon se le adelantó.
-Me parece bien. Vendré por ustedes a la medianoche y los transportaré a dicho lugar. Se reunirán allí Lord Seraphimon, Omegamon y sus Generales.
-Por favor-le despidió Gaiomon-no vaya usted a retrasarse.
Rhihimon se despidió con un sencillo gesto y desapareció de la misma forma en que había aparecido. Cuando todo volvió al silencio y a la normalidad, Barbamon volvió a carraspear, bastante inseguro de lo que había pasado. Le gustaba planear las cosas delicadamente antes de tomar decisiones, y este samurái siempre actuaba demasiado rápido para su gusto. Aún así no dejaba de divertirle. Lucemon por otra parte estaba furioso.
-¡Idiota!-rugió-¿Por qué maldita razón querríamos intentar negociar con ellos? ¡No nos darán nada!
-Eso está claro-musitó Gaiomon con su mente ocupada en otras cosas.
Su respuesta dejó a todos desconcertados. Machinedramon estaba seguro de que ese digimon terminaría por arruinar la lógica algorítmica de su cerebro, de ser eso posible. El ángel rubio se cubrió la frente con una mano.
-¿Puedes explicarme qué demonios tienes planeado ahora?
-Si no vamos a negociar con ellos-dijo Daemon encogiéndose de hombros-¿Para qué diablos vamos a reunirnos?
-¿Es que tengo que explicarles todo con dibujos?-preguntó el samurái volviéndose a verlos, levemente irritado-Omegamon y sus Generales estarán todos reunidos allí-remarcó el "todos" con su voz-eso significa que aparte de los cuatro Generales de la élite también estarán Dukemon y Duftmon, las cabezas del grupo.
-¿Y qué?-soltó Lucemon cruzándose de brazos-En el área dominada por Rhihimon vamos a perder todos nuestros poderes; estaremos completamente inutilizados.
-No podremos hacerles ni cosquillas-ironizó Daemon atrás.
-No vamos a atacarlos ahí. Vamos a atacarlos desde afuera-sentenció Gaiomon con una sonrisa escondida bajo su casco-En cuanto estemos todos allí, la directiva de la Alianza no tendrá a sus dirigentes y un ataque sorpresa los tomará totalmente desprevenidos. Puede que los Aliados tengan armadas poderosas, pero un cuerpo fuerte sin una cabeza pensante es totalmente inútil. Nos quedaremos con el sector del bosque.
-¿Toda la región del bosque?-preguntó Barbamon bastante sorprendido-¿No es un poco precipitado?
-La celeridad es sumamente importante en estos casos-dijo mientras se encaminaba a la salida.
Lucemon le detuvo un segundo antes.
-Ellos también estarán listos.
-Ellos están listos para un acuerdo con nosotros-dijo Gaiomon desde adelante-nosotros estamos listos para derribarlos. Preparen a los hombres y los portales. Atacarán pasada la medianoche, durante la junta.
El digimon negro salió del lugar y dejó atrás un silencio de turbación y sorpresa, el mismo que siempre dejaba cada vez que salía de algún lugar o terminaba de conversar con alguien, el mismo que experimentaban Omegamon u OuRyuumon cuando se veían y que los dejaba sumidos en un mar de dudas y confusión. Barbamon negó con la cabeza y se mesó la barba.
-A veces pienso que él va demasiado rápido para que le sigamos el paso.
-Me da lo mismo-respondió Lucemon asqueado; le molestaba sobremanera que a Gaiomon se le ocurriera todo lo que debería ocurrírsele a él, que a veces tuviera incluso ideas más perversas que las de él, pero tenía que admitirlo-con tal de que nos ayude a ganar esta guerra, lo que diga o haga me da exactamente lo mismo.
Los minutos antes de que la junta diera inicio eran interminables. La tensión se cortaba con una navaja y el silencio pesaba sobre todos los presentes. Omegamon y su grupo habían sido los primeros en ser traídos por el Príncipe Rhihimon, por medio de un portal que los llevó a un lugar extraño. Todo a su alrededor era completamente oscuro, a excepción del suelo, que era de un tono gris, y seguramente se trataba de algún cristal pues ellos podían reflejarse allí. Sin embargo y tratándose de un lugar sumido en oscuridad, ninguno de los Generales sintió temor, inseguridad, frío o maldad cerca de ellos, como ocurría al acercase a los terrenos del Mar Oscuro: esa sensación a muerte y traición que flotaba siempre en ese lugar le erizaba los pelos a cualquiera. El siguiente en aparecer fue Lord Seraphimon, quien fue recibido por todos con grandes muestras de respeto. El digimon angelical despedía un aura dorada que se convertía en el foco de atención del lugar sumido en tinieblas. Estuvieron conversando unos minutos antes de que Rhihimon apareciera acompañado del otro grupo; Lucemon venía con el semblante serio y duro, seguido de Barbamon, Machinedramon, Phelesmon y Gaiomon a un lado. En cuanto ellos hubieron pisado el suelo cristalino del lugar, las muestras negativas aparecieron inevitablemente, como una reacción natural. Los otros Generales fruncieron el ceño, cerraron los puños y mascullaron cosas, misma situación que se repitió para los de Lucemon, exceptuando al samurái quien se mantenía sereno y cruzado de brazos. Nunca habían estado tan cerca si no era para intentar matarse, y era sin duda la situación más incómoda por la que a ambos bandos les hubiera tocado pasar.
Para Omegamon fue incómoda sin duda, teniendo que ver a su querido hermano a un lado de su peor enemigo, pero el destino lo había querido así. Rhihimon se sitúo en medio de ambos bandos y se apoyaba en su lanza mientras hablaba.
-Bien señores-empezó-gracias por haber aceptado todos venir aquí. Sé que fue bastante precipitada esta reunión, pero espero que de aquí puedan salir las soluciones que den el equilibrio perdido a nuestro mundo y se logre cierta igualdad para los tres tipos establecidos…
-Sigue soñando Rhihimon-le interrumpió Lucemon sin quitarle los ojos de encima a Omegamon-han pasado miles de años desde que el equilibrio se perdió por la injusticia de ellos-le apuntó-¿Cómo piensas que se va a restaurar de un momento a otro?
-¡No fuimos nosotros quienes rompimos ese equilibrio en primer lugar!-le espetó Gallantmon molesto e interrumpiendo lo que el Príncipe iba a decir-¡Nosotros nos encargábamos de mantenerlo!
Desde que Lucemon encendiera la mecha, el fuego no iba a dejar de expandirse.
-¿Mantenerlo de qué forma?-exclamó Phelesmon a un lado-¿Encerrándonos y obligándonos a una eternidad de padecimiento solo porque nuestros antepasados cometieron errores? ¡Qué justos!
-¡Ustedes jamás intentaron reparar el daño hecho!-dijo TigerVespamon a su vez.
-¡Jamás nos han dado la oportunidad!-le respondió el demonio rojo.
-¡Siempre que les dimos su oportunidad, ustedes nos traicionaron y se rebelaron contra el orden establecido!-defendió Duftmon.
-¡SU orden establecido solo les beneficia a ustedes y nos perjudica a nosotros!-bramó Machinedramon con su gran boca abierta-¡Sus reglas son de su única conveniencia!
-¡"Nuestras" reglas son las que mantienen al digimundo en tranquilidad, y todas las especies las acatan muy bien!-dijo Justimon con un gesto-¡El que ustedes no puedan seguirlas los ha llevado a donde están!
-¿Si no nos ajustamos a lo que ustedes quieren tenemos que pagarlo caro el resto de nuestras vidas?-refutó Lucemon cerrando los puños-¿Qué hay de lo que nosotros queremos? ¿Qué hay con lo que es justo para nosotros?
-¿Justo para ustedes significa tener todo el mundo bajo su poder?-preguntó Gallantmon de forma ácida.
-Justo es que nos den el lugar que nos corresponde en este digimundo.-dijo Barbamon apoyado en su bastón-Los tres tipos fueron establecidos así desde el principio y ustedes nos han rezagado.
-¡Ustedes se rezagaron solos!-exclamó Tiger apuntándoles-De haber querido coexistir con los demás habrían aportado más soluciones y habríamos cambiado la historia desde un principio.
-¡Ustedes también pudieron haber aportado lo suyo!-exclamó Phelesmon abriendo grande la boca-Pero como no encontraron nada más fácil que deshacerse de nosotros, simplemente nos arrojaron al abismo.
-¡Eso no es cierto!-habló Imperialdramon tratando de no impacientarse-Nosotros nos apegamos a las leyes que dicta Dios, y esas leyes mandaban que los tres tipos conviviéramos juntos. Nosotros intentamos darles soluciones, pero ustedes nunca estuvieron satisfechos.
-¡Y nunca lo estaremos!-bramó Lucemon con un gesto-¡Ha sido demasiado lo que hemos pagado por el pasado, no nos detendremos hasta que la era oscura se cierna sobre el digimundo y nos toque nuestro tiempo de justicia! ¡Tal y como ustedes han tenido hasta ahora!
Las palabras del ángel se perdieron en el silencio de la infinita oscuridad que los rodeaba. Los únicos que no habían abierto la boca habían sido Seraphimon, Rhihimon y Omegamon, más por respeto que por otra cosa, OuRyuumon y Gaiomon, quienes parecían hablarse simplemente con el silencio y sus ojos puestos sobre el otro. Era como si solo ellos dos supieran que aquello no iba a terminar en nada y solo estaban allí para perder el tiempo, aunque uno sabía que el tiempo estaba siendo muy bien aprovechado por los suyos. Finalmente, Rhihimon carraspeó y cerró los ojos.
-Si ya han terminado de decirse lo que necesitaban decirse-dijo impasible-comenzaremos a analizar los problemas y a buscarles soluciones factibles y equitativas.
Lord Seraphimon asintió con la cabeza y se volvió a ver al ángel rubio.
-Lucemon, espero que hayas venido representando a todos los tuyos, y no solo a defender lo que tú deseas.
-Lo que yo quiero es lo mismo que quieren todos los míos-refutó el digimon molesto.
-Bien. ¿Qué es en primer lugar lo que los tuyos quieren en este mundo?
-Queremos nuestro lugar. Queremos salir del Mar de la Oscuridad al que nos han confinado y vivir en el digimundo tal y como los demás hacen. Donde nos corresponde.-dijo seriamente.
-Si llegáramos a hacer eso-habló por primera vez Omegamon levantando la mirada acerada-ustedes tendrían que comprometerse con la Trinidad y la Orden, y con todos los reinos establecidos. De venir al mundo de arriba, estarían sujetos a todas las condiciones que los gobernantes impongan; después de todo, son sus tierras.
-Ese es el principal problema Omegamon-le siguió su hermano también rompiendo su silencio-una vez se deshicieron de las pestes, ustedes se repartieron el mundo y lo dividieron a su manera. Ya no hay espacio para los seres oscuros arriba.
-El digimundo es lo suficientemente grande para abarcar a todos-dijo Seraphimon-Podremos ubicarlos…
-¡No queremos que nos ubiquen!-rugió Lucemon-¡Queremos ser libres igual que el resto de los digimons! Al final de cuentas todos somos lo mismo.
-Nosotros somos digimons-bufó Tiger-ustedes los que se dedican a destruir y conquistar todo.
-¡Si no nos dan un lugar, obviamente nos lo haremos!-rugió Phelesmon atrás.
-¡Les estamos ofreciendo hacer un lugar y nos lo acaban de negar!-exclamó Gallantmon con los ojos prendidos.
-¡Van a meternos de un lado a otro, no queremos ser ganado de ustedes!-rugió Machinedramon esta vez furioso.
Rhihimon levantó una mano haciendo un alto entre ambos lados y consiguiendo algo de silencio. Lo meditó un breve momento y luego se dirigió a Seraphimon.
-Lord Seraphimon; sois el principal encargado de la administración de las leyes y la justicia en el digimundo, por decreto directo de Yggdrassil. Por tanto, necesito haceros a vos esta pregunta.-el ángel asintió con la cabeza, a lo que Rhihimon siguió-¿Cabe la posibilidad de que un porcentaje de los digimons encerrados en el Mar de la Oscuridad, pueda tener acceso y libertad al mundo de superior, tal y como cualquier otro digimon hiciera?
Omegamon y Lucemon se volvieron a ver al digimon alado, quien mantuvo su vista puesta en la nada, pensando. Se hizo un breve silencio de pocos segundos.
-Eso sería un poco complicado…-dijo inseguro-ya ha ocurrido que en anteriores ocasiones, al haberles dado libertad a los digimons del Mar de la Oscuridad aquí arriba, los resultados no fueron del todo favorables…
-Eso se ha repetido siempre desde que este problema se diera-sentenció Gallantmon cruzándose de brazos-Desde que los digimons malignos fueron confinados a ese lugar y hemos intentado remediar en parte la situación, siempre terminan por arruinarlo y causar el caos en donde quiera que estén.
-Por eso es preferible para nosotros-dijo Duftmon-como los encargados de mantener el Orden en el digimundo, el tenerlos a ustedes en un solo sector custodiado. Si con el tiempo ustedes dieran muestras de querer cambiar…
-El tiempo…-repitió Lucemon molesto-¡El tiempo! ¿Sabes cuánto tiempo ha pasado desde que nos encerraron y no nos han dejado salir? ¡Doce mil años!-levantó su puño-¡Doce mil malditos, largos años! ¡Cientos de generaciones nacieron y murieron allí sin conocer nada mejor!
-¡Será culpa nuestra!-le espetó el caballero rojo.
-Es culpa de ambos-sentenció Rhihimon levantando un poco la voz pero sin llegar a gritar como hacían los demás. Todos volvieron a hacer silencio-Culpa de Lucemon y sus criaturas el jamás haber podido mantenerse bajo control, y culpa de la Orden y sus aliados el no haber buscado mejores métodos para solucionar esto. Como servidores de Yggdrassil y por su apego a sus sagradas reglas, debieron esforzarse al máximo para mantener Su voluntad de que los tres tipos permanecieran balanceados.
-Significa entonces Príncipe Rhihimon-dijo Omegamon mirándole-que mientras nosotros buscamos soluciones para darles su igualdad y satisfacción a ellos, ¿debemos darles la libertad que quieran para que hagan cuanto les plazca con nuestras tierras y nuestros ciudadanos?
Los digimons a espaldas de Omegamon se volvieron a ver al príncipe oscuro, como esperando alguna respuesta a aquella pregunta que para todos resultaba muy obvia de responder. Rhihimon le sostuvo la mirada y luego cerró los ojos. Era cierto que en parte el caballero tenía razón, no podía negarlo, pero aún así…
-En primer lugar Omegamon-habló Gaiomon dando unos pasos adelante y poniendo ambas manos en la cintura-¿Por qué encerraron a los digimons del tipo virus en el Mar de la Oscuridad de manera tan exagerada? ¿Por qué esos números? ¿Por qué todo el que nace bajo esa marca y comete un leve crimen es castigado de por vida y no enjuiciado como cualquier otro?
-Tú perteneces al tipo virus-respondió el menor mirándole fijamente-y jamás te perseguimos ni te encerramos en ninguna parte.
-¡Es porque es tu hermano carcacha blanca!-le apuntó Phelesmon desde detrás de la pata de Machinedramon. Podía gritarle y apuntarle a Omegamon, siempre y cuando no estuvieran solos y él tuviera a un armatoste gigante en el cual defenderse.
-Muy lejos de eso, General Phelesmon-le respondió el samurái al digimon mirándole sobre un hombro-mi hermano y yo no nos encontramos como dos enemigos de distintos tipos sino hasta ahora. En el pasado fuimos digimons comunes y corrientes de tipos parecidos. Podría decirse que yo me fui por otros caminos solo por experimentar cosas nuevas.
-Aún así jamás representaste un peligro para nadie más que para tus enemigos personales-respondió el digimon blanco.
-¿Qué hay ahora? Ustedes son mis enemigos también, y me he convertido en un problema para el digimundo. De acabar la guerra y con ustedes victoriosos-dijo el espadachín mirando de reojo a OuRyuumon, recordándole la conversación que habían tenido-¿también seré encerrado de por vida en el Mar de la Oscuridad y no tendré derecho a una justicia como la que hasta hace poco podía obtener?
-Bien te la merecerías-masculló Gallantmon mirándole pesadamente.
Omegamon no pudo responder a eso, pues estaba inseguro de lo que iba a decir. Él jamás podría sentenciar a su único familiar a una eternidad en la oscuridad, pero bien era cierto que aquello llevaba haciéndose desde hacía mucho con los digimons más peligrosos y no había habido excepción alguna. Su hermano lo había puesto entre la espada y la pared.
-Si ustedes quisieran una verdadera justicia-se escuchó la voz del dragón desde atrás-la habrían pedido en su momento.
Los demás Generales se volvieron a verle y Gaiomon hasta pareció complacido de escucharle decir algo al fin, algo que por cierto él le iba a rebatir. OuRyuumon tenía sus ojos fijos al frente y los puños apretados. Luego y como recibiendo una especie de impulso, se puso a hablar con voz fuerte.
-De haber querido realmente coexistir con nosotros, habrían exigido su derecho a una justicia igual a la que los digimons del tipo vacuna y datos reciben, ¡pero jamás la quisieron! En vez de eso, solo prefirieron rebelarse y buscar sus propias soluciones por la fuerza bruta y el dolor que conseguían azotando el digimundo y aquellos a los que detestaban por recibir algo "justo". Si un digimon de los de aquí arriba cometía un delito, era sentenciado y debía pagar su castigo aquí arriba. Si los digimons del tipo virus cometían delitos, ¿por qué siempre se negaron a aceptar la misma justicia que les dábamos a los otros y no podían pagar tal y como los otros hacían? ¿Por qué teníamos que perdonarlos a ustedes y darles mejores oportunidades? ¿Solo porque se sienten a sí mismos denigrados, sea por la razón que sea?
Esto les llegó como una puñalada a los digimons de Lucemon, y al ángel mismo. Machinedramon rugió, furioso y sin contenerse, abriendo la boca y enseñando todo el armamento que traía equipado encima. Los demás también se pusieron a la ofensiva, y la Élite de los Generales respondió al desafío. Los únicos que no se movieron fueron los dos dragones y Rhihimon, quien haciendo un gesto negativo con la cabeza, levantó su mano cerrando su puño, y todas las armas que los digimons portaban desaparecieron, fueron canceladas o retenidas, y resultaba imposible usarlas o disparar. Por lo demás, el poder de todos los presentes estaba sellado, por lo que solo podrían intentar atacarse a golpes y patadas.
-Es posible que en eso tenga razón General OuRyuumon-habló Gaiomon pasando por alto el tenso momento anterior-pero también es cierto que los demás tipos siempre fueron los que denigraron al tipo virus por su naturaleza agresiva.
-Debieron adaptarse al resto entonces-le respondió el dragón.
-Me parece que sería imposible pedirle eso a un digimon del tipo virus, especialmente cuando se le amenaza de muerte o encierro permanente; después de todo, Yggdrassil nos hizo a todos de una manera específica y sabiendo lo que hacía. No creo que El se haya equivocado al hacernos a los digimons virus más agresivos que los Datos o Vacuna-sonrió bajo su casco, desafiándole-¿o alguno de ustedes puede poner eso en duda?
Los demás Generales hubiesen querido responder, pero era imposible rebatir las decisiones de Dios, fuesen positivas o negativas. Omegamon deseó que Alphamon hubiese estado allí para tener la respuesta; él conocía más a Yggdrassil que cualquiera de ellos y era el único que podía ponerle un alto a sus exigencias. Negó con la cabeza y habló.
-Aún así, si Yggdrassil nos hizo a todos para convivir en el mismo mundo y el tipo virus comenzó a dar problemas, algo tiene que haber que no está funcionando correctamente. Si en un pasado estuvimos los tres tipos juntos en este mundo, algo ocurrió que nuestro balance se rompió y por eso ahora todos pagamos las consecuencias.
-¿Pagamos?-repitió Lucemon molesto-¡Nosotros somos quienes lo pagamos! ¡Nosotros estamos encerrados y ustedes viven su mundo tranquilo y prospero!
-Nuestros digimons también sufren las consecuencias-dijo Imperialdramon desde atrás-por los desastres que ustedes causan, por su ira y su deseo de poder y destrucción, los demás padecen a causa de la guerra y de los ataques que siempre están llevando a cabo.
-No sería así si no nos tuvieran encerrados-respondió Barbamon.
-Ustedes se lo buscaron-dijo Tiger molesto.
-Así y así, volvemos al principio en un círculo vicioso-suspiró Rhihimon apoyado en su lanza y negando con la cabeza-Debemos dejar de lado las causas y buscar más soluciones. Los digimons que pagan por este error no pueden seguir esperando. Y no solo hablo por los del mundo superior-dijo mirando al ángel rubio-también los tuyos pagan un alto precio Lucemon, aunque no te des cuenta o no quieras hacerlo.
El aludido no dijo nada, solo expresó su molestia en un gesto y se cruzó de brazos. La junta continuó durante algunas horas, en las que ambas partes exponían sus soluciones, pero la otra le rebatía encontrándole problemas y contras. Las opciones que los Aliados les daban a Lucemon y los suyos no alcanzaban jamás para satisfacer al ángel y a sus subordinados, puesto que tratándose de digimons peligrosos, la Orden no podía darles total libertad para deambular por el digimundo, después de que al haber intentado aquello en el pasado, los resultados fuesen nefastos. Los seres del Mar de la Oscuridad no toleraban ninguna oferta que no fuese completamente equitativa y diera a sus criaturas la misma libertad e igualdad que los otros, y aún cuando la corona estaba dispuesta a dársela, a cambio de un poco de tiempo y confianza entregada por parte de ellos, Lucemon y los suyos seguían negándose a aceptar más trabas.
Parecía que jamás se pondrían de acuerdo. Nunca encontrarían como estar ambos lados satisfechos, puesto que era arriesgado para unos y opresivo para los otros, y ninguno estaba dispuesto a dar más de lo estrictamente permitido; no solo por lo que dictaban sus ideales y justicia, sino también la historia y los propios rencores que cada bando se guardaba. Acercándose el final de la reunión, tanto Rhihimon como Lord Seraphimon, quienes eran los más abiertos a obtener un trato entre ambos lados, se dieron cuenta de que nunca llegarían a ninguna parte teniendo a un intransigente Lucemon negándose a aceptar lo que ellos podían ofrecer. Omegamon ya tenía esto por sabido y no abrigaba ninguna nueva posibilidad. Lo mismo pasaba por la mente de OuRyuumon, quien sin haberle quitado ni una vez los ojos a su rival, algo intuía de que las cosas no podían estar marchando nada bien en ese momento, y que solo estaban allí perdiendo el tiempo mientras el mundo se sacudía afuera. Le parecía leerlo en el otro, o bien podía tratarse simplemente de su aborrecimiento por el samurái.
Lo que no sabían ambas partes era que en sus sectores, las cosas se movían y no todas estaban planeadas. En ese mismo momento, el sector del bosque era azotado por las armadas de Daemon y Phelesmon, que estaban a su cargo. Los demonios arrasaron rápidamente las aéreas adyacentes al sector del viento que Gaiomon había tomado, por lo que podían obtener refuerzos desde allí si las cosas se ponían difíciles, lo que por cierto, no tardó en ocurrir.
-¡Señor!-llamó DarkLizardmon a Daemon, quien en esos momentos vigilaba la situación desde dos pantallas a su derecha-Tenemos problemas; la armada del Rey TyrantKabuterimon se acerca.
-¿Eh?-exclamó el demonio. No se esperaba que el insecto contraatacara tan rápido, mucho menos saliendo de su zona secreta.
Se suponía que ellos no tenían ningún tipo de contacto con el mundo exterior, y aún cuando consiguieran todo el sector del bosque, jamás podrían hacerse con el reino secreto de TyrantKabuterimon. Nadie podía llegar allí, ni siquiera los Royal Knights conocían el camino.
-¿Cuántos son?-quiso saber para empezar a trabajar.
-Aun no podemos saberlo; siguen apareciendo por todos lados, atacan y desaparecen entre el follaje-explicaba el digimon flamígero un tanto nervioso-Son como sombras que van y vienen mientras los nuestros van cayendo muertos.
-Tiene que ser la Royal C-concluyó Daemon pensando; la estrategia no era su fuerte, él prefería los ataques masivos y directos, al estilo que solía tener Ghoulmon. -Reúnan a los hombres y detengan el ataque. Avanzaremos por el lado este.
-Sí señor-afirmó el digimon y salió corriendo a repartir órdenes.
Y efectivamente, los soldados de la Royal C permanecían ocultos entre las sombras, como ninjas aguardando la más leve distracción para caerles encima a sus enemigos, destrozarlos con sus Royal Meister y volver a desaparecer sin dejar el menor rastro ni hacer el menor ruido. Completos profesionales en el asesinato y que lograban desconcertar al enemigo y hacerles retroceder, temerosos.
-Esos malditos no avanzarán ni un centímetro más dentro de este territorio-dijo el imponente rey con sus pesadas manos presionando los brazos de su trono.
Sin duda se había molestado por la repentina aparición del enemigo dentro de su tierra, y mucho más por lo cobarde del ataque, realizado en plena madrugada y habiendo arrasado ya dos de las ciudades. Su base de inteligencia, la Royal Base, le había comunicado prontamente sobre el ataque, y los movimientos de defensa estuvieron rápidamente en sus lugares, logrando defender la tercera ciudad que estaba en la mira del enemigo y poniendo a salvo a los sobrevivientes del ataque. Se quedó pensando un momento en la situación cuando JewelBeemon entró de prisa en el lugar, se arrodilló y esperó hasta que su soberano le autorizó a hablar.
-Hemos recibido respuesta de los Royal Knights mi señor-dijo el digimon verde-estarán aquí dentro de los próximos minutos.
-Muy bien. Continúen con la defensa y hagan retroceder a esos demonios-ordenó el digimon-Los quiero muy lejos de mi vista.
-Sí mi rey-respondió su consejero agachando la cabeza y levantándose.
El príncipe, a la derecha de su padre y escuchando silencioso las nuevas noticias, se volvió hacia su señor.
-Padre, quisiera ir allá y luchar también.-dijo lleno de convicción.
-No todavía hijo mío-respondió TyrantKabuterimon entrelazando ambas manos-Esto apenas comienza y no voy a arriesgaros todavía. Hemos de ser cuidadosos teniendo al enemigo encima nuestro al fin. Cuando sea el momento, yo te avisaré.
GrandisKuwagamon aceptó y aguardó. Confió en que su padre tomaba la mejor decisión y para nada se le ocurría si quiera llegar a dudar de él. No solo tratándose de su padre, sino porque además su sabiduría era conocida en todo el digimundo. Aún así el joven no pudo evitar sentirse ansioso y deseoso de salir allá y defender a su gente. En el poco tiempo que llevaba en su posición, había conocido tantas experiencias y cosas nuevas con los digimons del reino de los insectos, que no se permitiría estar allí sin haber hecho algo por ellos.
Mientras esto ocurría y los refuerzos de RhodoKnightmon y Minervamon se acercaban al lugar, en el Mar de la Oscuridad las cosas no estaban dentro de los márgenes debidos. Habiendo logrado por fin deshacerse de la pesada mirada de Gaiomon sobre su cabeza día y noche, Matadormon logró acercarse por fin a las computadoras sin ser detectado y accedió a la red de los Royal Knights. Como supuso, Omegamon no estaba allí, como tampoco Dukemon. No podía enviar el mensaje directamente a los demás caballeros o el plan del digimon blanco se podía desmoronar. Empezó a escribir rápidamente sobre lo que había obtenido en aquel largo tiempo sin poder comunicarse con su superior; los planes que tenía Lucemon y el avance de la invasión, el incremento del nivel de las armadas y las dificultades que estaban teniendo en los círculos superiores, que su confianza entre ellos bajaba pero que a la vez Gaiomon les daba más y mejores razones para seguir adelante y les entregaba la seguridad y las ideas que a veces escaseaban. También apuntó los planes del samurái con Quimeramon y lo que había hecho con el dispositivo obtenido, explicando lo que había logrado obtener con el DN-Loader.
Era un mensaje bastante largo pero al menos tenía lo más importante que sus superiores debían saber. Con el corazón en un puño y sus afilados dedos yendo y viniendo ligeros sobre las teclas, el vampiro terminó de escribir y lo envió cuanto antes, con el oído atento a cualquier ruido cercano y manteniendo los sistemas de seguridad detenidos mientras él enviaba el mensaje. En cuanto los datos estuvieron en su lugar, comenzó a borrar rápidamente todas las señales de su documento y los rastros de que un mensaje había sido enviado desde aquella terminal. En cuanto todo hubo desaparecido, dejó salir el aire retenido en el pecho y soltó sus contraídos músculos. Nunca se había sentido bajo tanta presión y eso que poseía nervios de acero. El solo imaginar que Gaiomon llegase justo en ese momento y descubriera o siquiera sospechara lo que había hecho, le significaría el final. Se sorprendió al sentir una gota de sudor bajar por su afilado rostro y perderse en su manga de brillante color. ¿Tanto temor le producía el espadachín para que se hubiera puesto así? Jamás le había ocurrido antes.
Se quedó congelado en su lugar al sentir una respiración tras él.
Era imposible. Ya había vuelto y le había estado observando todo el tiempo, ¡y él sin darse cuenta! Ni siquiera le había escuchado acercarse, aunque nunca había escuchado sus pasos antes. Era como si se moviera por el aire y siempre sin hacer el menor sonido. Seguramente ahora le diría algo para el recuerdo en el mundo de la muerte y le atravesaría con esas espadas de hielo. ¿Qué sería lo último que vería de él? ¿Sus siniestros ojos o el destello azulado de sus armas antes de matarle? Tragó saliva con dificultad y con su cuerpo adormeciéndose. Le extrañó que pasaran tantos interminables segundos sin que el samurái se decidiera a decirle algo y rebanarlo. Seguro quería ver su expresión de miedo. El vampiro se volvió de una vez encarando lo que fuera y se le cortó el aliento al ver en el pasillo, nada menos que a DinoHumon.
El digimon verde le observaba impertérrito y en silencio desde su lugar, varios metros más lejos del otro y con sus puños apretados. Había dejado que su respiración se notara solo una vez para llamar la atención de Matadormon e indicarle su presencia. De otro modo, hubiese seguido allí observándole. En realidad no había alcanzado a leer nada en el mensaje, ni conocía el destinatario, pero su actitud ciertamente le resultó de lo más sospechosa. Matadormon no sabía cómo reaccionar. Había creído que Gaiomon estaba allí, pero era simplemente uno de sus aprendices… su favorito por cierto y el que más había progresado bajo su entrenamiento. Este último punto le quedó más que claro pues el dinosaurio se había acercado ocultando su presencia y también sus pasos, emulando perfectamente la discreción de su líder.
-Tú…-estuvo por decir, pero DinoHumon simplemente se limitó a saludarle con la cabeza, tratándose de su superior, y encaminarse por donde mismo había llegado.
Ambos sabían que no podían hacer ni decir nada. DinoHumon no tenía el nivel para encararle y no estaba completamente seguro de qué había sido aquello; si una traición o simplemente más del trabajo del lugarteniente. Matadormon por su parte no podía matarle allí mismo para evitar que el otro dijera nada, si es que había visto y comprendido todo aquello. ¿Cómo justificar después aquella muerte y responderle a Gaiomon por haber matado a su discípulo? ¿Qué buena razón podía tener para matar a un simple soldado? Sin mencionar el escándalo que se armaría si ambos intentaban luchar al interior del castillo. Todo sería irreverente y sospechoso. Negó con la cabeza y su mirada se quedó suspendida en la nada por un instante. Desde que el hermano de Omegamon apareciera, las cosas no hacían más que ponerse peor; para él y para todos.
Sin embargo, lo que Matadormon desconocía es que esa misma noche y por el pequeño error de otro digimon, él quedaría completamente libre de cualquier sospecha que pudiese surgir de su trabajo en la computadora. No bien había transcurrido media hora del suceso, con las constantes noticias llegando desde arriba por el ataque de Daemon y la resistencia que ponían los soldados del rey de los insectos, Lucemon y sus Generales aparecieron de regreso en el castillo Berúng. En cuanto hubo acabado la junta sin que nada hubiese quedado acordado, y con una amenaza por parte del ángel rubio hacia la Orden y sus aliados de que el Mar inundaría el mundo para justicia de ellos, los cinco digimons fueron transportados de regreso a su lugar. Inmediatamente, Machinedramon se puso a rugir y a maldecir a todos los que hubo visto en la junta; desde Seraphimon, pasando por Rhihimon, hasta el último de los Generales de la Orden. ¡Qué desgraciados! ¿Acaso imaginaban que ellos eran perros a los cuales traer de un lado a otro con una galleta?
Y mientras el robot maldecía y Phelesmon se divertía mirándolo, Lucemon recibió pronto las noticias del ataque al sector del bosque. Iba bastante bien a pesar de que TyrantKabuterimon les había dificultado las cosas. Sin embargo Daemon había cambiado la táctica y ahora entraban por otro lado de la región atacada, y gracias a que las cabezas de la Orden habían estado fuera, la defensa que se estableció no había sido tan abrasiva como en anteriores ocasiones. Esto era justo lo que Gaiomon había predicho, y haciendo caso de lo que el samurái le dijera antes de la junta, Lucemon hizo el mayor tiempo posible distrayendo a Omegamon y a los demás Generales, renegando de todo lo que les habían ofrecido, por muy buena o positiva que hubiese sido la oferta. Los resultados se veían ahora con el primer porcentaje de la tierra obtenida.
-Será difícil sacarse a TyrantKabuterimon de encima-comentó el ángel después de comunicarse con Daemon y obtener resultados-¿Crees que podrás hacerlo?-preguntó mirando al digimon negro a su lado.
Este simplemente se encogió de hombros y salió de allí.
-No lo creo; después de todo voy a tomarme el resto del sector del viento. Si tus demás Generales no pueden con esa región, supongo que no me quedará de otra…-terminó con un tono jocoso y alejándose. Aún tenía mucho en lo que trabajar.
Lucemon frunció el seño y siguió trabajando en la computadora, pensando en lo ocurrido hacía poco durante la junta y deteniéndose al haber percibido algo extraño. Pasó su dedo por el pequeño arañazo producido en el lado derecho del tablero dos veces mientras pensaba. De pronto hizo un gesto de incredulidad y cerró el puño con fuerza.
-¡Machinedramon!-rugió furioso.
El robot tardó poco en llegar en donde su amo le demandaba, ante la curiosidad de Phelesmon y los demás digimons que estaban allí, quienes observaban desde lejos ante el repentino arrebato del ángel. El gigantesco robot se presentó con Lucemon y le saludó con su respeto habitual. Lucemon respiraba furibundo.
-Quiero que revise esta terminal y me diga qué mensajes han salido de aquí y a dónde.-demandó apuntando a la computadora.
Machinedramon asintió mientras se acercaba y conectaba un puerto de entrada desde su garra hasta la computadora y comenzaba a revisar los datos allí almacenados. Matadormon no pudo evitar ponerse levemente nervioso, pero… ¿por qué habría sospechado de esa terminal cuando él había utilizado la del lado sur? ¿Acaso alguien más…?
-Un mensaje fue enviado hace poco más de una hora mi señor-le informó el General mientras veía los registros-salió desde esta computadora y fue enviada a la central de los Royal Knights-dijo con desagrado y cierta sorpresa.
Una exclamación por parte de Phelesmon fue lo único que se escuchó. Todos estaban extrañados y confusos, no así lo estaba Lucemon. El ángel apretó con fuerza los puños y trató de mantener su ira bajo control ante la traición cometida, pero estaba claro, no iba a dejar las cosas así. En el acto se transportó por medio de un portal hasta la habitación de la acusada. Lilithmon descansaba sentada sobre su gran cama en donde aún reposaba la criatura que dormía, y no pudo más que sorprenderse al verle aparecer así y tan furioso. Tembló un poco pero se mantuvo bajo control. Se levantó y avanzó un par de pasos.
-¿Qué ha salido de la junta…?-estuvo por preguntar, pero no alcanzó a verlo venir cuando ya tenía los dedos engarfiados de Lucemon apretando su cuello y cortándole la respiración-¡Lucemon! ¿Qué…?
-Me traicionaste-resolló con la mitad del rostro oculto por el cabello que le caía y proyectaba una sombra de maldad-maldita escoria, ¿cómo pudiste hacernos esto? ¿Cómo pudiste traicionarme? ¡A mí y a todos!
Ella quiso decir algo, pero la mano agarrada a su delgado cuello no le permitía hablar. Se aferró con fuerza de su muñeca intentando librarse, pero le resultó imposible. El ángel la levantó del suelo sin la menor dificultad y sin poder mantener su furia bajo control.
-No entiendo tus motivos-dijo él con el labio temblándole-ni tampoco quiero saberlos. Eres un Demon Lord pero aún así preferiste ayudarte de ellos…maldita mujer…-decía presionando aún más y debilitándola a ella-¡Debería matarte!
Barbamon llegó al lugar seguido de Daemon, ambos tan confundidos como los demás, pero a sabiendas de que no podían permitir que Lucemon se descargara contra ella.
-Lucemon espera-le llamó el más viejo desde la puerta-no puedes eliminarla sin más.-el digimon rubio no le hizo caso-Ella es necesaria para el último día, ¡tienes que recordar eso!
Lucemon bramó y arrojó brutalmente a la mujer, quien se golpeó contra el suelo y recuperó de golpe la respiración, tomando aire a grandes bocanadas y cubriendo su cuello con su mano a causa del dolor. Las lágrimas cayeron por su rostro, manchándolo con el rímel que la embellecía.
-¿Qué les dijiste?-rugió el ángel furioso y amenazándola con su sola imagen.
Lilithmon se recogió y lloró en silencio, sin decir ni una palabra y solo consiguiendo que él se enfureciera más.
-¡Maldita mujer! ¿Qué fue lo que les dijiste?-volvió a gritar acercándose a ella y produciéndole aún más temor.
Aún cuando Lilithmon era poderosa para muchos, sabía que su poder no se comparaba con el de su consorte, mucho menos cuando estaba fuera de sí; a veces resultaba imparable. Siguió con su silencio y sabiendo que todo se había acabado para ella. Duftmon jamás entendería el porqué no regresara para informarle y tampoco podría sacarla de donde fuera que la encerrarían ahora, pero había hecho todo lo posible por darles a ellos alguna ventaja sobre Lucemon y sus hombres, esperando que ellos pudiesen conseguir la victoria y librarla, a ellos y a los atormentados, de la furia y las ambiciones del Demon Lord. De no ser así, todo habría sido en vano.
El ángel solo enfurecía más y más con el silencio de la digimon, y sabiendo que no conseguiría nada, se le acercó amenazadoramente hasta estar a escasos centímetros de ella. Sostuvo su rostro con fuerza y la traspasó con la mirada.
-No voy a matarte-le dijo controlándose un poco-pero tampoco creas que te perdonaré alguna vez por esto, ni a ti ni a tus amados hijos.
Lilithmon expresó su terror al escuchar aquello último, pero la mano fiera del otro presionando su rostro era suficiente motivo para que no intentara decir nada.
-Los enviaré arriba a morir en cada una de las batallas que queden hasta que el digimundo sea nuestro-resolló-para que paguen el crimen de su madre y a ti te pese durante el resto de tu vida. Tendrás suficiente para revolcarte en tu dolor aquí encerrada por la eternidad.-terminó soltándola con brutalidad y haciendo que la mujer saliera empujada hacia atrás y golpeara su cabeza contra el frío suelo.
Cuando ella volvió el rostro e intentó decir algo, él en su furia levantó el puño y estuvo por asestarle un poderoso golpe, pero sabiendo que no medía su fuerza, desvió apenas su brazo y éste se estrelló contra el suelo, produciendo una profunda grieta y saliendo fuertes ondas de energía desde su golpe, los que bastaron para que Lilithmon perdiera el conocimiento por la cercanía del impacto y quedara allí tendida, como una flor marchita y pisoteada.
Como sabiendo el maltrato por el que la mujer pasaba, el digimon que dormía apacible sobre la cama se sobrecogió y apretó con fuerza los ojos, para después abrirlos por primera vez.
A esa misma hora de la madrugada y en el Castillo de los Royal Knights, los caballeros y Generales trataban el asunto de la fallida reunión que se había llevado a cabo, con opiniones muy contradictorias, quejas, puntos a favor y en contra, sugerencias positivas y negativas, comentarios de todos los tipos, pero por sobre todo, la frustración que todos compartían. Algunos porque no se pudo obtener nada positivo de la junta; Lucemon había rehusado completamente de todo lo que ellos podían darles y prometió a sus enemigos la caída de los aliados y la Orden para darles su justicia a los encerrados del Mar de la Oscuridad. Otros en cambio, lo veían como la oportunidad perdida para haber eliminado al ángel y a sus secuaces y terminar de una vez aquella guerra. A un lado, ShineGreymon y MirageGaogamon Burst escuchaban en silencio a los otros discutir.
-¡Sabía que solo estábamos perdiendo el tiempo con ellos!-bramaba Gallantmon cruzado de brazos y notoriamente irritado.
-Lo intentamos Gallantmon-respondió su compañero de blanco-y seguimos la voluntad de los Tres Ángeles, que es nuestra obligación.
-¿De qué sirvió seguir "su voluntad" si no obtuvimos nada positivo de ello?-preguntó Ulforce Vdramon tan molesto como el resto.
-Que al menos ya conocemos las intenciones de Lucemon y de que no zanjará en su intento por obtener el control del digimundo y despojarlo de nosotros y de los demás tipos.-respondió cortante el caballero blanco-Eso solo nos impulsa a esforzarnos aún más en nuestro deber.
-Por ahora-dijo Imperialdramon más controlado que los demás-debemos enfocarnos en solucionar los problemas que se nos han venido encima-dijo mirando a Duftmon, quien más apartado del grupo, estaba muy concentrado en leer los datos que había recibido durante la junta, pero que por estar dentro del territorio de Rhihimon, no había podido atender.
-¿Cómo marcha la situación Duftmon?-preguntó Omegamon a su estratega, pues apenas habían regresado sus caballeros les habían puesto al tanto del ataque ocurrido en la región del bosque.
El felino sin embargo, había estado trabajando en aquellos datos pero se había detenido de ello al notar que un mensaje aguardaba en su receptor. Se hizo a un lado para poder leerlo y quedó atónito al comprender lo que ocurría.
"Lucemon atacará con el virus de la ira...a Omegamon y OuRyuumon"-rebotaba en su cabeza una y otra vez-"Yo aún no le he hablado a Omegamon de esta situación…"
El problema radicaba en tener que explicarle al segundo al mando, que él estaba recibiendo información por parte de Lilithmon desde el interior del Castillo Berúng. ¿Cómo explicar todo, hacer que le creyeran y confiaran en que la mujer había estado diciendo la verdad, evitar todos los problemas que una infiltración sin consentimiento del líder conllevaría, y de paso hacerles entender que la digimon solo quería salir de allí antes de que fuera demasiado tarde? El tiempo se le había acabado a él, y sin saberlo a Lilithmon. Ahora tendría que encarar el problema y poner sobre aviso al digimon blanco sobre lo que ocurriría. ¿Cómo hacerlo?
Una exclamación y el repentino desconcierto y la preocupación que había saltado de un segundo a otro entre los presentes, despertó a Duftmon de su ensimismamiento y se volvió. Todos estaban en torno a Gallantmon, quien sostenía a Omegamon pues el digimon había estado a punto de caer sobre sus rodillas. Se le notaba una expresión de profundo dolor en los ojos apretados y respiraba aceleradamente con una mano en el pecho. Otra vez aquello.
-¿Estás bien?-le llamó su compañero, a lo que el digimon blanco asintió con la cabeza y se levantó al instante.
Recuperaba el ritmo de su respiración ante el agudo dolor que le había sacudido, como si le hubiesen clavado una espada helada en el corazón y casi le hubieran arrebatado la vida con ello, mientras los demás a su alrededor no salían del asombro y preguntaban.
-¿Qué le ha ocurrido?-dijo Magnamon extrañado.
-¿Pasa algo malo señor?-preguntó también Imperialdramon preocupado al verle así de pronto.
Omegamon estuvo por responder, pero otra sacudida en su pecho le acalló de golpe y le hizo inclinarse un poco hacia adelante, con un leve temblor sacudiendo ahora su cuerpo y reflejado en el movimiento de sus brazos. Todos se miraron preocupados y en silencio. Gallantmon le sostuvo por los hombros y le fulminó con la mirada.
-¿Y bien?-le preguntó irónicamente.
-¿Qué…?
-¿Qué es lo que te asustó esta vez?-quiso saber, aunque no esperaba que el otro le respondiera.
Ambos sabían de qué se trataba y a tal punto, Omegamon ya no podía inventar alguna excusa para librarse de ello. Encargó a Gallantmon y a su General Tiger que se hicieran cargo de la situación en la región del bosque, mientras seguía muy de malas al felino estratega a la sala de mantenimiento del ala superior. Sabía que un mensaje de su espía aguardaba en su receptor, y aún no tenía oportunidad de leerlo, después de tanto tiempo sin contacto. Los demás Generales se retiraron en silencio y pidiendo que les dieran noticias sobre el estado de salud del segundo al mando.
-No entiendo porqué lo retrasaste tanto-dijo el digimon rubio mientras la puerta de la gran sala médica se abría y ambos entraban al lugar.-Un ataque de esos va a terminar contigo y eso no es conveniente para nadie.
Omegamon no dijo nada, solo esperó hasta que la puerta estuvo fuertemente cerrada por el sistema y la gran máquina que le estudiaría echó a andar. El ruido del aparato llenaba toda la sala, con ese sonido clásico de la maquinaria moderna; sutil y poderosa a la vez. Duftmon cogió un pad en donde apuntaría los resultados del digimon blanco mientras le explicaba.
-El escáner tardará cerca de veinte minutos en hacerte el análisis completo. Es probable que tus funciones mecánicas estén interfiriendo en algo con tus funciones biológicas, por lo que podría tratarse de algún problema entre tu sistema y tu corazón, dado que es lo que parece estar causando el problema…
El digimon se detuvo de hablar al ver que tenía encima al digimon blanco, amenazador como nunca lo había visto antes. El caballero le acorraló contra la pared y puso la boca de su brazo izquierdo junto a la cara del otro. Duftmon pudo escuchar el mecanismo de la espada rodando adentro, a punto de soltar su arma. Omegamon le miró desde arriba con sus brillantes ojos azules, los que por primera vez y para sorpresa del estratega, tenían el mismo brillo que los que había visto en Gaiomon en más de una ocasión.
-¿Sabes cómo funciona un digimon del tipo Omegamon, Duftmon?-le preguntó seriamente y sin moverse.
Duftmon asintió con la cabeza sin decir nada.
-Soy el resultado de la fusión de dos digimon aparentemente incompatibles. Un Cyborg y un dragón humano. Los tipos no encajan, excepto porque ambos son Virus Buster y pertenecen a familias parecidas. Soy un desesperado intento de la salvación de otros y a causa de ello, de esa precipitación por salvar la vida, soy también un error.-hablaba sin siquiera parpadear-Un bug de esos que Yggdrassil intenta librarse desesperadamente antes de que se le vuelvan en contra. Aún me pregunto por qué me aceptó y perdonó como su caballero guardián si sabe que tarde o temprano voy a desaparecer-bajó un poco la cabeza mientras le preguntaba-¿Sabes cómo se reparan estos errores si no es con la muerte, Duftmon?
-Con el anticuerpo X-respondió el digimon sintiendo que la hoja saldría en cualquier momento y le destrozaría el casco.
-Precisamente. Mis dos núcleos nunca se unieron; estuvieron juntos, pero separados, no se hicieron uno como corresponde en una fusión perfecta. Ahora mismo y desde cada día que llevo pisando este mundo como Omegamon, mis dos núcleos chocan entre sí y me producen estos ataques tan tristes de ver. Con cada choque, mi digi-core se daña más y más y me acerca a la muerte. Para reparar eso, el anticuerpo X trabajará sobre ambos núcleos y los fusionará perfectamente en uno solo. ¿Sabes a costa de qué, Duftmon?-preguntaba siempre llamándolo por su nombre ante su repentino cambio de actitud.
El aludido negó con la cabeza, lo que pareció sorprender un poco a Omegamon.
-¿No lo sabes? Te lo explicaré.-dijo soltando un poco la tensión, pero sin moverse de su lugar ni quitar su brazo izquierdo. Miró al techo mientras hablaba-Cuando un digimon evoluciona, siempre mantiene sus recuerdos, su vida, su forma de vida y su pasado. Su historia sigue con él así como sus sentimientos y sus pensamientos. No en todos se mantiene así de fijo, pues a veces hay cosas que influyen y les hacen cambiar; cambiar de forma tan radical que te preguntas, "¿este es el mismo digimon que yo conocí?".-volvió a mirarlo hacia abajo-Tu tienes ¿qué? ¿Quinientos años? Yo tengo casi todos los que el digimundo posee y he visto a millones de digimons evolucionar y cambiar al punto de que sus cercanos les temen o los desprecian por la razón que sea. Yo cercanos tengo muy pocos; solo ustedes y algunos conocidos a los que aprecio. Hay algunos que también me tienen en estima y aprecian mi forma de ser pero… ¿sabes qué pasará cuando yo adquiera el anticuerpo X?
Duftmon aspiró antes de responder; se sentía realmente intimidado y eso que jamás había sentido algo así por nadie, mucho menos por Omegamon, con quien rivalizaba en muchas cosas.
-Las probabilidades de que el anticuerpo X te cambien de esa manera son mínimas; los resultados serán aún más favorables si…
-¿Si lo consigo?-adivinó-¿Yo me convertiré en una máquina de guerra perfecta, ayudaré a derrotar al Mar de la Oscuridad a cambio de mi pasado y mi vida para convertirme en otra cosa? ¿Algo que no quiero ser y que tampoco los otros aceptarán así sin más? ¿Realmente tengo que sacrificarme de esta manera y quedar reducido a eso por el resto del mundo? ¿Qué hay de mi y de lo que yo quiero?-ladeó la cabeza-¿Te parece egoísta mi forma de pensar?
El digimon cerró los puños con fuerza contra la pared sin quitarle los ojos de encima al otro.
-¿Tengo que decir que no?-ironizó.
-Puedes decir lo que quieras, la realidad será la misma de todas maneras. Aún puedo seguir luchando, y hasta que ya no pueda mantenerme en pie por culpa de este error, no cambiaré a nada. Jamás he necesitado ese anticuerpo y no será esta la ocasión en que lo necesite.
-¡Podrías sufrir un colapso por ese desbalance en cualquier momento!-objetó el estratega, pero el metal anaranjado presionando en su cara le hizo callarse.
-Cuando eso ocurra, esta guerra ya habrá terminado y el digimundo no necesitará más de mi. He sacrificado toda mi vida y no pienso entregar lo único que me queda: ya perdí a mi hermano y también a la única digimon que he amado. Ahora vas a ir y a llenar esa ficha médica con la mejor excusa que encuentres para mi problema y vas a decirle a todos que es algo tratable y nada serio. ¿Está eso claro?
-No puedo hacer eso-se negó, pero Omegamon no estaba para negativas, y sacando la punta de la espada de su lugar, la deslizó lentamente hacia arriba con el filo rozando el casco marrón del felino.
-¿Está eso claro?-repitió sin quitar sus pesados ojos del otro.
Duftmon tardó algunos segundos en responder, pues no habiéndose tratado de Omegamon, le habría hecho frente y no habría permitido aquello. Atentaba contra sus reglas, su posición y su cargo, y comprometía el rumbo que la guerra podía tomar para el futuro.
-Sí señor…
Omegamon se alejó de un brusco movimiento del digimon y regresó su espada a su lugar, dándole la espalda y quedándose en silencio de cara a la puerta mientras Duftmon recuperaba el control de sus nervios. El estratega se quedó viéndolo extrañado; no conocía esa faceta del caballero blanco y jamás la hubiera si quiera imaginado. Se dio cuenta que en realidad tenía que ser hermano de Gaiomon, pues le pareció ver atisbos del digimon virus en los ojos azules de su hermano menor, aún cuando el caballero siempre había sido ameno y respetuoso con todos. Vaya, quien lo habría imaginado. Jamás se le había ocurrido tampoco pensar en los problemas por los que un digimon como Omegamon pasaba; dos núcleos de dos digimons completamente diferentes viviendo dentro de él con la amenaza de una muerte súbita en el momento menos esperado a causa del choque de ambos lados. ¿Cómo podía vivir tranquilo sabiendo que en cualquier segundo ambos núcleos se repelerían completamente y se separarían haciéndole desaparecer? Sin contar que siendo tan viejo, había perdido tanto y entregado todo por los otros. Duftmon había entregado poco o nada en su vida en comparación con lo que el digimon blanco había dado. Fuera del temor inicial que había sentido al creer que Omegamon le lastimaría si iba en contra de su plan, Duftmon comprendió de pronto que ese digimon cargaba el peor peso del digimundo sobre sí, y eso que no era Alphamon. Su forma de verlo comenzó a cambiar entonces al percatarse de cosas a las que jamás había prestado atención, y sabiendo que ahora y con ese secreto en su poder se arriesgaba él también, inventó un problema para Omegamon y lo puso en la ficha para tener algo que decirles a los otros. Lo que quedaba en el aire ahora, es que con tantos problemas resultaba difícil tener que explicarle al segundo líder el embrollo que tenía con Lilithmon y los informes que de ella recibía, teniendo por delante el ataque con el virus de la ira que se llevaría a cabo dentro de poco. Al parecer ahora él tendría que encontrar la forma de librarse de ello, y no estaba seguro de lo que pudiese resultar.
Continuará...
Lady Beelze: Oh my gosh! o0o Omegamon y rhihimon! y dinohumon y matadormon! 8D y la pobre lilithmon! x0x ...gaiomon xD rayos, me hace reír ese digimon. Tiene que ser uno de los mejores personajes que se me haya ocurrido jamás, y la verdad es que es uno de los que más quiero ewe junto con OuRyuumon claro xD a ellos no los basé en ningún otro personaje (ejemplo, a este omegamon lo basé parte en el de X evolution, algo fuerte, algo inclinado a los sentimientos, a dukemon lo hice orgulloso y severo, y a otros personajes según la impresión que me dieron en sus apariciones en el anime, de haberlas tenido, mezclándolos con mis ideas también) asi que puedo decir que ellos dos son 100% ocurrencia mía ewe Pobre omegamon o0o haciendo uso de su lado oscuro para evitar preocupar a los demás con su problema, y también para no tener que cambiar. Ha de ser difícil eso...cambiar para otros y no para uno mismo (este cabezota prefiere morir que dejar de ser él mismo 8D como me dijo kiubi por ahí xD )
Espero que les haya gustado el capítulo y la entrada del nuevo personaje ^^ Rhihimon estará allí tanto para ayudar como para dificultar ciertas cosas òWo ¡Los leo en la siguiente! Y pásense al blog, dejaré el comentario de este cap y además estoy subiendo allí el comic que me tiene tan ocupada.
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