-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la serie "Kösem La Sultana" que narra la vida y obra de la que fue la más poderosa de las mujeres y regentes del Imperio Otomano, gobernando mediante su esposo, dos de sus hijos y su nieto. Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto más su distribución y/o utilización, corre por mi cuenta.
Capítulo 28
Sakura termino de revisar los informes y contabilidad del harem, como cada día, dejando los documentos sobre el escritorio. Vestida en galas violeta bordadas en plata y diamantes, con un muy favorecedor escote en forma de corazón y ajuste perfecto a su cuerpo, con una elegante corona de plata, diamantes y cristales reluciendo en su cabeza, reposaba su espalda contra el respaldo de su silla.
El poco usual silencio la hizo abrir los ojos y dirigir su vista hacia Tenten que, de pie frente a ella, se mantenía triste y sumida en sus propios pensamientos. Sakura llevaba años cuidando se Tenten, puliendo su educación y haciéndola una joven de bien, era imposible el hecho de que Tenten actuara diferente sin que ella lo notara. La Sultana no pudo evitar asociar su actuar para con el Hasoda Basi: Neji.
Ella, por ahora, solo quería paz. Sasuke partiría hacia Crimea en dos semanas, sumiéndolos a ambos en una de las separaciones más largas que hubieran tenido hasta la fecha. Quería esperarlo con el alma y corazón plenamente serenos y únicamente pensando en él, añorando sus besos y caricias, su amor incondicional y su presencia que le brindaba esa esperanza de la que carecía cuando no lo tenía cerca.
-Esta triste por Neji—afirmo Sakura en voz alta, leyendo la mente de su amiga y, casi, hermana.
Indicándole que se acercara, con su mirada, Sakura vio a Tenten sentarse de rodillas frente a ella, observándola con ese aire de veneración y cariño que se tenían la una a la otra. Después de Ino, que era como su sombra, o como Kurenai que era una especie de tía o hermana mayor, Tenten era lo más parecido que Sakura hubiera aludido a su pasado y familia.
-Mi Tenten—la arrulló Sakura, acariciando los cabellos de la pelicastaña que levanto la mirada hacia ella, pidiéndole ayuda, -mi hermanita—sonrió notando que la triste de Tenten comenzaba a desvanecerse paso a paso. –Esperaba que no tuvieras que saberlo de la forma más dolorosa.
Tenten, tragando saliva, recordó las palabras de Neji al momento de admitir el estar enamorado de otra persona. La Sultana Sakura era un mujer inalcanzable para cualquiera puesto que era la esposa legal del Sultan, la madre de sus hijos, su única mujer, codiciarla o desearla era un error…un error que Neji no había dudado de cometer. Pero Tenten sabía que su Sultana no compartía ese sentir…más si era consciente de la existencia de esto por parte del Hasoda Basi.
-Neji ha estado enamorado de mi por años, pero eso no significa que yo lo comparta—aseguró Sakura, tranquilizando a la pelicastaña que asintió ante sus palabras, -pero intentar desdecirlo es todavía más riesgoso—aseguró levantando, con cautela, su mirada hacia la puerta.
Cualquier asociación de carácter emocional con un hombre, aún más perteneciendo al Harem del Sultan o siendo madre de un príncipe…era peligroso puesto que cualquier a su alrededor podía manipular o cambiar la situación a su favor para derrocar a alguien del poder. Era la estrategia más vieja del mundo y Tenten lo tenía muy claro…pero eso no hacia menos doloroso el rechazo de parte de Neji, aunque el error también era suyo por haberse enamorado tanto de él sin motivo aparente.
-Quisiera poder olvidar todo lo sucedido, Sultana—aseguró Tenten con la voz quebrada, no por estar al borde del llanto sino por los dolorosos recuerdos de Neji asegurando sentir amor por la mujer que era como su hermana, su Sultana, -pero no puedo—finalizó la pelicastaña bajando la mirada.
Sakura, con una mirada triste y dolida por el sufrimiento de su leal amiga, aparto la silla y se arrodillo frente a Tenten, abrazándola de manera protectora y deseando que no fuera víctima de la crueldad del mundo.
Baru abandonaba sus aposentos en compañía de su favorita, Mirai.
Habían pasado su tercera noche juntos y Baru no hacía sino sentirse más encantado con la inteligencia e ingenio de la pelinegra que no dudaba de plantearle reto tras reto a cada paso. Mirai, a su lado, vestía una elegante galas blancas bajo una chaqueta de encaje rojizo bordadas en diamantes a juego con un roche en forma de mariposa adornando su largo cabello que caía como una marea sobre sus hombros.
Mirai se abrazaba a él mientras lo acompañaba en su camino hacia lo establos para cuidar de su caballo favorito. Su padre aun debatía entre su enviarlo a Otogakure para gobernar dicha provincia como tantos otros príncipes habían hecho en el pasado, más Sasuke insistía en desear que Baru cumpliera los diecisiete años antes de ello.
Fuera como fuere, Baru solo tenía un cosa clara: Mirai iría donde el estuviera.
Rin se encontraba en los baños privados, envuelta en un toalla que cubría su figura, con su largo cabello castaño húmedo al igual que su piel que relucía entre esencias y especias impregnadas en esta mediante sus doncellas que la arreglaban como jamás había hecho.
Se reuniría con Obito Pasha en el sector norte del jardín que era rodeado por una especie de pequeño palacio con dos habitaciones, una en que se celebraría la boda y otra donde se había de consumar. Su ropa, sus joya, su peinado, todo ya estaba previamente seleccionado, todo tendría su lugar luego de que terminara de bañarse.
Tarareando suavemente, completamente feliz y serena a la vez, deseando por fin decirse la esposa de Obito Pasha, la bella Sultana se dejaba embellecer todavía más por sus doncellas. La repentina llegada de Anko no la sobresalto ni sorprendió en lo absoluto. Nadie, ni siquiera sus doncellas, sabían lo que ella tenía pensado hacer y nadie lo sabría hasta que fuera muy tarde. Solo su hermano el Sultan era conocedor de lo que tendría lugar…y porque el mismo lo había orquestado.
-Decía no querer casarse, Sultana—le recordó Anko, feliz por ver que la hija de su Sultana probara lo que su madre comenzaba a tramitar, -pero ahora está feliz.
Rin sonrió para sí misma como no lo había hecho desde que era niña. No se casaría con quien su madre deseaba, sino con quien ella misma deseara. Pero no iba a rebelar nada, no era lo bastante tonta como para, en ese momento, anteponer su voluntad y hacer aquello que más deseaba. No se trataba solamente de rebeldía sino de sus propios deseos y sentimientos, de ser feliz al menos una miserable vez en su vida.
-Kakashi Hatake ganó su corazón—comentó Anko antes de retirarse.
Si tan solo supieran quien lo hizo, pensó Rin para sí misma, pensando únicamente en Obito.
Años en solitario le habían enseñado muchas cosas a Yosuke.
Leer libro tras libro, releerlos, escribir sus propios poemas y pensamientos, divagar sin necesitar aburrirse, diseñar construcciones de todas las clases…y aprender a jugar ajedrez sin ayuda de nadie. N necesitaba la presencia de un contrincante delante del lado puesto del tablero, podía ser triunfador y perdedor al mismo tiempo, matar el tiempo nunca resultaba algo difícil para él. Sentado delante de su escritorio, girando el tablero de vez en vez, el príncipe de los Uchiha avanzaba pieza por pieza moviendo Reina y Alfil lentamente, planeando su siguiente estrategia.
Había aprendido por su cuenta tal juego de estrategia. Sabía que el rey no tenía demasiado movimiento sino tenía a quienes lo ayudaran. Era como un campo de guerra, se debía ser muy cauto para no errar fatalmente.
-¿Tío?
La voz de su sobrino Itachi lo hizo levantar la vista de su juego, recién acabado, encontrando con la mirada de su segundo sobrino que parecía confundido al verlo jugar ajedrez. Era normal que Yosuke atrajera las miradas de esa manera. Era poseedor de una independencia y mente despierta de la que muchos carecían. El príncipe cargaba un libro entre sus brazos, haciéndole recordar a Yosuke que ambos habrían de pasar la tarde juntos, leyendo. Sakura seguía siendo la misma mujer de actuar noble y desinteresado que el recordaba y no era un problema para ella prestarle a cualquiera de sus hijos para pasar el tiempo sin la siempre usual soledad.
Además, eran sus sobrinos y quería conocerlos.
Luego de la conversación que había tenido con Tenten, Sakura había hecho llamar a Kurenai que se había visto forzada a separarse momentáneamente de su esposo. Se había casado hacia un par de días y, sin embargo, seguía siendo totalmente leal a su Sultana.
La hermosa pelirosa recorría los pasillos hacia los aposentos del Sultan seguida por Kurenai, meditando cual sería el próximo golpe que Mito intentaría asestarle. Mikoto se casaría en poco más de una semana, se estaba comenzando a escudriñar a los Pashas había y por haber para planear los matrimonios de Shina y Sarada dentro de uno o dos años más, Sakura no deseaba que nada ni nadie perturbara el orden que Sasuke y ella tenían sobre sus vidas el Imperio. Había costado demasiado alcanzar esa paz.
-Casar a la Sultana Mikoto es imperativo, Sultana—le recordó Kurenai en un intento por tranquilizarla.
Para Sakura era un completo alivio que Mikoto fuera tan apegada a las reglas del Imperio, y que a su vez fuera inteligente, eso la había llevado a aceptar el matrimonio sin el menor problema, bueno, eso y que sintiera un especie de atracción romántica por el Gran Visir del Imperio. Sakura sabía que Kakashi protegería a Mikoto sin importar como y eso era suficiente para ella.
Garantizar la protección de quienes amaba.
La repentina aparición de Rai la hizo sonreír, deteniéndolo antes de que chocara contra sus piernas. Arrodillándose, sin el menor problema, la pelirosa beso con cariño—incontables veces—las mejillas del pequeño príncipe que la apreciaba y veneraba en demasía. Sakura no se dignó a levantar la mirada hacia Naoko que, vestida en gala naranja y rubí bordadas en oro a juego con una diadema de pendientes, traga saliva nerviosamente luego de reverenciar a la Sultana.
De cierta forma, era agradable para Sakura saber que Naoko le temía, no la apreciaba ni podría hacerlo porque intentaba ascender mediante la posición de su hijo. Sasuke ciertamente quería mucho a Rai, era su hijo después de todo, pero jamás—jamás, jamás, jamás—podría sentir siquiera míseramente cariño hacia Naoko. La pelinegra no se quejaba, bajaba la cabeza y no decía nada, tal era su temor hacia Sakura que jamás había pedido ser Sultana…pero para Sakura eso no era suficiente, su desaparición y muerte, algún día, quizás lo serian.
Como habría de pasar con todos sus enemigos en el futuro.
Con una capa negra cubriendo su elaborado vestido rubí bordado en granate y cristales rojos, con una corona a juego de plata rubíes y esmeraldas sobre su cabello, Rin llegaba al pequeño palacete, en el jardín norte, encontrándose con Obito que parecía sorprendido por su llegada. Vistiendo unas de sus mejores galas, azul oscuro bordadas en plata, el Pasha parecía entre nervioso y emocionado, justo como ella misma.
Obito bajo respetuosamente la mirada ante la Sultana quien, al parecer, considero innecesaria tal diatriba al estar a solas.
-Sultana—la saludó Obito notando la sonrisa que ella tenía plasmada en el rostro, -creí que no vendría—admitió para diversión de ella que había pensado justo lo que el comentaba ahora, -que renunciaría, o que alguien e lo impediría.
Sin dejarse sorprender por las inseguridades del Pasha, Rin sonrió únicamente a modo de respuesta.
-Nada me hubiera impedido venir—aseguró Rin ante los temores del Pasha.
Entrelazando una de sus manos entre sí, Rin se dejó guiar al interior del palacete en compañía del Pasha. El gran momento de su vida, imaginado desde su más tierna infancia como un cuento de hadas, estaba a punto de tener lugar.
Mei se encontraba almorzando en sus aposentos, extrañada por la ausencia de su hija.
-¿Dónde está Rin?—preguntó la Sultana a su siempre leal amiga y doncella, Anko Mitarashi.
Esa tarde habrían de elegir las telas para el vestido de boda de su hija. Hablaría con Sasuke esa noche para tratar el futuro matrimonio entre Rin y Kakashi Hatake Pasha, esperando que el Sultan no tuviera motivo aparente para oponerse a tal situación. Era bien sabido que el Sultan tenía en alta estima a su Gran Visir, ¿Quién mejor para ser el esposo de su hermana?
-No lo sé, Sultana—admitió la pelimorada luego de haber investigado la localización de la hija de su Sultana, -se supone que habría de encontrar con Kakashi Hatake Pasha en los jardines, pero ni ella ni el Pasha estaban allí—aseguró ante la confusa mirada de la Sultana.
El peligroso que Rin hiciera aquello que ella estimara conveniente, aquello que naciera de su actuar soberbio, orgulloso y egoísta. Pero el mayo de sus problemas no era sino eso mismo:
Rin siempre hacia cosas a escondidas
Habiéndose quitado la capa, luciendo elegante vestido rojo-el color de los Uchiha—bordado en cristales y joyas, de escote redondo, mangas ajustadas y calzado a su cuerpo como un guante, con su largo cabello cayendo sobre sus hombros, Rin se encontraba de pie junto a Obito, escuchando a sus testigos jurar en nombre de ambos, testigos designados por el propio Sultana. Según la tradición, el rostro de Rin era cubierto por un transparente velo rojo, a juego con su vestido, que caía sobre su cabello y era sostenido por la corona en su cabeza de lado a lado.
Ciertamente, en el pasado, Rin hubiera esperado una boda como celebración nacional, todo el palacio repleto de alegría, la gente disfrutando de lo que era dado por su boda, un triunfo total…pero si una boda clandestina, con el beneplácito de su hermano, evitaba que su madre e opusiera, entonces Rin sentía que era más feliz de lo que jampas hubiera sido en su vida.
Obito y ella se observaba a cada instante, sonriéndose el uno al otro sin el menor problema, únicamente centrados en el otro y en lo que tenía lugar, en la unión espiritual que los hacia marido y mujer. Rin bajo la mirada al sentir algo en su mando, sonriendo aún más al ver a Obito colocarle una sortija de plata y diamantes en su dedo anular.
Ahora estaban unidos para toda la vida.
Siempre se decía que los consejos de una madre no podían ser desestimados y Mikoto no podía dudar de ello.
Luego de que su madre hubiera regresado de los aposentos del Sultan, habiendo ayudado su padre con los agobiantes asuntos de estado, como siempre, las moditas habían hecho probar a la Sultana su ajuar de bodas. Sakura, sentada en uno de los divanes centrales, cerca de las ventanas, observaba a su hija con un orgullo materno incalculable.
Su inocente figura era cubierta por un elegante vestido rubí de mangas largas y holgadas, hasta cubrir las manos, bordado en oro y diamantes, ajustado a su cuerpo y enmarcando una figura perfecta para cualquier mujer. Los bordados, en oro y diamantes, emulaban dos figuras separadas: el oro emulaba el emblema de los Uchiha y los diamantes las flores de cerezo. Su largo cabello rosado caía libremente tras su espalda a la vez que las modistas colocaban un enorme tocado de oro y cristales dorados sobre su cabeza. Los cristales caían en los costados de su cabello, cubiertos por un largo velo transparente, rojo como el vestido, que cubría su cabello y rostro.
A punto de cumplir los catorce años, su padre siempre insistía en preguntarle si realmente quería casarse con Kakashi Hatake Pasha, temiendo que su hija mayor no fuera feliz, pero Mikoto siempre respondía que no podía pensar en nadie más con quien casarse.
Desde que Mikoto tenía memora, el Gran Visir siempre había sido una figura poderosa en su entorno, siempre pendiente de los deseos de los príncipes, había sido su propio tutor con el pasar de los años. Mikoto, indudablemente, se había dejado atrapar por el atractivo del peligris, enamorándose de su desinterés, de su lealtad y de su justicia hacia todos cuanto lo rodearan. Sabía que su madre no podría haber elegido a un mejor candidato para ella.
Mikoto solo deseaba, de todo corazón, poder ser tan feliz al lado de Kakashi como su madre y su padre lo eran estando juntos. Quería sentirse amada y ser feliz.
-Espero que él te haga muy feliz—comentó Sakura sabiendo lo que su hija estaba pesando.
Girando su rostro hacia su madre, Mikoto sonrió a modo de respuesta. Nadie más podría hacerlo…
La luz del astro solar se desvanecía en el firmamento hasta hacer aparecer la luna y las estrellas. El silencio reinaba en el Viejo Palacio mientras Neji recorría los pasillos con el silencioso andar de un felino.
Tenía que cumplir la orden de su Sultana…matar a la Sultana Mito aunque aquello fuera contra sus escrúpulos, contra sus propios deseos. Era tan inmenso el amor que sentía por la Sultana Sakura que asesinar a la durmiente Sultana pelirroja no resultaba algo tan difícil de realizar.
Sacando la daga del lugar que—hasta entonces—esta había tenido en su cinturón, Neji se acercó todavía más hacia la Sultana que, sumida en su sueño, era ajena a todo lo que estaba teniendo lugar en ese instante. Acercando el filo de la daga a la yugular de la Sultana, Neji detuvo su actuar y se preguntó, por un mísero instante.
¿Su amor merecía ese sacrificio?, ¿Tan lejos estaba dispuesto a llegar por Sakura? No, claro que no, su conciencia y educación se lo impedían.
Negando, y apartando su daga de la trayectoria de la Sultana, Neji la devolvió nuevamente a su cinturón y se alejó de la cama para marcharse. Su mayor error había sido llegar al palacio pretendiendo ser un asesino cuando no lo era. Cruzo el umbral de la puerta cuando una voz lo detuvo.
-Sakura te ordeno matarme, ¿no es así?—intuyó una voz femenina a sus espaldas, -pero no pudiste hacerlo.
Para sorpresa de Neji, que se giró lentamente a observar a la Sultana, Mito se encontraba plenamente despierta e impávida, nada sorprendida por lo que casi—casi—había tenido lugar por obra de su propio hijo, ajeno a sus orígenes. Ya era el momento de que Neji supiera la verdad, que supiera que era un príncipe, que supiera que pertenecía al Imperio de los Uchihas.
-No pudiste matar a tu madre—comentó Mito sabiendo que ya no había vuelta atrás.
Atónito ante las palabras de la Sultana Mito, Neji casi sintió como si su mente hiciera un click, conectando cada sucesos que había tenido lugar ante la Sultana Mito y la Sultana Tsunade, atando cabos que nunca había considerado posibles siquiera, recordando el medallón que traía alrededor del cuello y las palabras allí escritas…¿Era posible acaso?, ¿Podía ser un Príncipe?
-¿Mi madre?—preguntó Neji, incrédulo y confundido.
Girándose por completo, y con un andar pesado, así como inseguro, Neji se acercó a la parte posterior de la cama sin apartar sus ojos del sereno rostro de la Sultana Mito. Demasiado joven para ser abuela…y lo bastante mayor como para ser una madre, ¿Cómo es que no se había cuestionado nada en todo ese tiempo?, ¿Cómo es que no se había dado cuenta de nada?
-Has soñado con reunirte con tu familia, durante años—comentó Mito, notando el desconcierto que se apoderaba de su hijo. –Yo soy tu madre…y tú eres mi hijo—Mito no pudo evitar reprimir la sonrisa que se plasmó en su rostro, -mi Príncipe.
El desconcierto, el miedo, la inseguridad, la duda, la sorpresa, ¿Qué emoción le faltaba sentir? Había rezado por encontrar a su familia durante cada día de su vida, pero ahora…no sabía cómo reaccionar.
¿Quién era realmente?
Mei sonrió al ver llegar a su hija luego de casi todo un día sin noticas de su paradero.
Algo estaba en ella, algo que jamás había tenido lugar: una madurez insólitamente notoria, como si la adolescente hubiera desaparecido y ahora fuera una Sultana digna y adulta…una verdadera mujer, luchadora y segura de sí misma, aquello extraño mucho a Mei, más hizo acopio de no demostrarlos en lo absoluto.
-Empezamos a preparar tu boda—comentó Mei ante la llega de su hija, señalando con sus ojos todas las telas y joyas predispuestas para que Rin eligiera aquello que fuera de su agrado, -escoge lo que quieras, tenemos mucho que hacer.
Su boda, y día de bodas—ya que la unión se había consumado durante el día—había sido totalmente perfecta, más perfecta de lo que Rin hubiera imaginado. Y ahora que era la esposa de un Pasha, teniendo la aprobación del Sultan, Rin no quería sino destruir semejante farsa. No iba a casarse con el Gran Visir Kakashi Hatake Pasha porque, sencillamente, ya estaba casada.
-Tengo algo importante que discutir contigo, madre—zanjo Rin ante la sonrisa de su madre. –Déjennos a solas—ordenó Rin a todas las doncellas presentes, la modista y Anko.
Todavía más desconcertada por las palabras d su hija, Mei vio como todas las doncellas y la modista salían de la habitación, dejando a madre e hija a solas con cualquier asunto a tratar. Rin no volvió a dirigirle la mirada a su madre hasta corroborar que, de hecho, estaban solas. Ese inusual aire de madurez sobre Rin era lo que más desconcertaba a Mei, pero la Sultana hizo todo lo posible por parecer serena ante lo que fuera que su hija pensara decirle.
Volviendo su atención hacia su madre, Rin se dispuesto a hablar con sinceridad luego de una semana planeando aquello que había tenido lugar desde hacía ya varias horas.
-Esta boda no puede realizarse, madre—inicio Rin, conociendo el exabrupto carácter de su madre, tanteando el terreno.
Las palabras de Mei, un prólogo de algo todavía mayor, calaron más profundamente en Mei de lo que ella misma hubiera recordado en el pasado. Habían tenido esa conversación muchas veces, pero Mei estaba segura de que algo diferente habría de salir de esto.
-¿De qué hablas Rin?—preguntó Mei, extrañada y temiendo lo peor, que el Sultan…-¿Su Majestad te dijo algo?, ¿Sakura lo impidió?
Mordiéndose el labio inferior y esperando a que su madre dejase de hablar, Rin se dijo una y otra vez que era exactamente lo que debía informarle a su madre y el cómo. ¿Habría de ser cruda, sinceridad y directa o…debía de ocultar mucho de lo que había sucedido?, ¿Cómo hablar con su madre que tenía un carácter demasiado fuerte y soberbio al mismo tiempo?
-No puedo casarme con Kakashi Hatake—informó Rin ante la sorprendida y confusa mirada de su madre, -ya estoy casada- aludió sabiendo que eso no sería suficiente para su madre que parecía estar al borde del colapso nervioso con esa noticia, pero faltaba lo más importante: -Obito Pasha y yo nos casamos hoy.
Incrédula y divertida a la vez, Mei no hizo sino reír ante las palabras de su hija. Tal cosa no podía ser cierta. Rin no podía haberse atrevido a ir en contra de los deseos y voluntad del Sultan. Rin jamás había ido en contra de las reglas ni mucho menos de esa manera. Debía De tratarse de una broma.
-Obito Pasha y tú…¿Se casaron en secreto?—comentó con desagrado, comenzando a sopesar l idea y a asociar que, de hecho, su hija era más que capaz de hacer algo así.
Rin, tomando nota mental del desagrado de su madre, se mantuvo totalmente serena, sabiendo que no había hecho nada malo ya que su hermano había aprobado el matrimonio.
-El Sultan lo decidió, yo solo obedecí su voluntad—comentó Rin sabiendo que ninguna otra explicación habría de satisfacer a su madre.
Rin hubiera esperado muchas respuestas de parte de su madre: el silencio, los gritos, las críticas, los insultos y puede que muchas cosas más que implicaran el uso de palabras…pero no la dura, dolorosa y certera bofetada que el volteo el rostro y la hizo bajar la mirada. Su madre estaba actuando desde la ira y eso siempre era algo peligroso, pero esta vez Rin no pretendía quedarse callada.
-¿Cuándo hablaste con tu hermano?—demandó saber Mei, totalmente segura de que Rin había dado vuelta las cosas en pro de su egoísmo, -¿Por qué no me escuchaste? No pensaste en el futuro de tu hermano.
Levanto la mirada, totalmente furiosa con su madre y olvidando el pasado dolor que azoraba su mejilla, Rin observo a su madre como su igual, sin temer otro golpe, sin pensar en que fuese su madre sino lo mismo que ella: una Sultana, solo que Rin si había nacido como tal.
-Por eso escogí a Obito Pasha—se excusó Rin viendo fruncir el ceño a su madre, -Kakashi Hatake se casara con la Sultana Mikoto, el Sultan ya lo había decidido de ante mano—rebeló la Sultana sin reparar en la sorpresa de su madre. –Obito es inteligente y me es leal a mí—Rin resalto el "mi" haciendo temblar a su madre que, por un instante, admitió sentir temor de su propia hija.
Mei, ignorando su temor, le dio la espalda a su hija y respiro pausadamente, pensando tan rápidamente como le era posible. Ahora todo había cambiado.
-Está mintiendo—asumió Neji.
El jenízaro estaba intentado buscar raciocinio entre todos sus pensamientos, viendo a la Sultana levantarse de la cama y caminar hasta situarse enfrente de él. ¿Debía de creerle?, ¿Cómo podía ser un Príncipe?, ¿Cómo es que había llegado hasta dónde estaba?, ¿Quién era realmente? Las preguntas se aglomeraban en su mente y le impedían pensar correctamente. ¿Qué se suponía de debía decir o pensar siquiera? Ya no sabía quién era realmente.
-Siempre llevas un amuleto contigo—habló Mito, ignorando el dolor que latía en su corazón ante la duda de su propio hijo, -un medallón con la palabra Uchiha, yo ordene que la hicieran para ti cuando eras solo un bebé—rebeló Mito conectando los puntos que Neji jamás había conseguido unir. –Dude cuando el orfebre me busco, diciendo que un joven había llegado a buscar el origen del mismo medallón…pero cuando te vi a la cara, supe que eras tú— la voz de Mito se tiño de nostalgia, triste y alegría a la vez.
El Hasoda Basi no quería hacer nada salvo salir de allí, desaparecer y pensar en solitario de una forma clara y contundente, por su cuenta…las palabras de la Sultana lo desconcertaron todavía más. ¿Cómo llamarla madre?, ¿Cómo entender todo lo que había pasado para que, de ser un Príncipe, pasara a ser un jenízaro?, ¿Cómo lo habían separado de su familia?, ¿Cómo había llegado a dónde estaba?
-¿Desde cuándo lo sabe?—pidió saber Neji, apretando los puños.
Sabiendo que no le servía mentir, Mito suspiro, bajando su mirada y evadiendo la de su hijo.
-Inmediatamente después de abandonar la prisión—respondió Mito con la mirada baja.
Neji suspiro, molesto de que, si eso era verdad…le hubieran ocultado sus orígenes durante tanto tiempo, casi doce años. Si era el hijo de la Sultana Mito, ¿Por qué ella no se lo había dicho?, ¿Qué fin podía tener el guardar silencio?, ¿Por qué nadie se lo había dicho en todo ese tiempo?
Mito avanzó un paso hacia él, haciéndolo retroceder.
-Guarde silencio por tu bien—aseguró Mito, notando el temor que él tenía para con la realidad, -hijo mío.
Neji, retrocediendo ante la atónita mirada de su madre, la Sultana Mito, le dio la espalda y abandono la habitación totalmente asustado consigo mismo, con o que lo rodeaba, temiendo aquello que estuviera en su camino, ajeno de quien era realmente, temeroso de saber quién era.
¿Quién soy?
PD: he actualizado lo más rápido posible por MilagrosLove que comento el capitulo anterior y cuyo ruego no pude evitar contestar :3 gracias a todos quienes siguen, comentan y leen la historia, significa mucho para mi :3 no se dejen aturdir ni sorprender por lo que aparezca escrito, el final sera feliz, lo prometo :3 quiero hacer, además otra historia-basada en Naruto únicamente-explorando el sentir de nuestro querido Sasuke respecto de Sakura ¿Algún interesado? comenten su opinión porque enserio la aprecio :3 gracias y hasta la próxima.
