Esta historia pertenece a Linda Howard, al terminar dire su nombre real. Los nombres y descripciones de algunos personajes perteneces a Stephenie Meyer.

El libro contiene desde los primeros caps un alto contenido sexual y de violencia, por lo que si lo leen, ES BAJO SU PROPIO RIESGO :D

Ya falta 1 cap :D cuando vuelva subire otro fic que tengo en mente desde hace mucho

XOXO

Dhampi


El Cementerio

Edward estaba sentado en la mesa, mirando en silencio los libros que Bella había traído. Pensando en convencerlo de que estaba diciendo la verdad, le había dicho donde estaba escondido el saco y él lo había ido a buscar, pero comprendió ahora que él no había necesitado una prueba. Miraba los libros por curiosidad, y por conocimiento, no en busca de una confirmación.

Él asimiló rápidamente los cambios del idioma, diciendo un rato después:

—Sabía que tu acento era extraño, aunque te expresabas en inglés —más tarde—. Así que hay otras tierras atravesando el océano. Siempre me lo he preguntado.

No parecía sorprendido, ni incrédulo. Tenía una gran educación. Hablaba siete idiomas, y trataba a diario con lo fantástico. Pero estaba alarmantemente tranquilo, y eso destrozaba los pocos nervios que le quedaban a Bella.

—Estos papeles que tradujiste —dijo él finalmente, mientras se volvía para enfrentarla—. Dices que yo escribí parte de ellos.

—Sí. Firmaste con tu nombre, y los fechaste. Mil trescientos veintidós.

—Yo no he escrito ningún papel —dijo él.

—Pero yo los vi.

—Quizás tú eres la causa de su existencia.

Ella lo asimiló, y se mordió el labio.

—¿Quieres decir que no habrían existido si no hubiera viajado en el tiempo? ¡Pero viajé atrás en el tiempo por lo que tú escribiste!

Una sonrisa amarga curvó sus labios.

—He odiado a Dios por lo que Él permitió que les sucediese a mis hermanos— dijo él serenamente— pero no puedo dudar de Su existencia. ¿Cómo puedo hacerlo, cuando guardo Su Poder en la tierra? ¿Quién conoce los designios de Dios?— se encogió de hombros—. He dejado de intentar entenderlo, sólo cumplo con mi deber.

—¿Odias a Dios? —aturdida, ella sólo podría mirarlo fijamente.

—¿Cómo podría no hacerlo? No quise ser un Caballero. Entré forzado en el Orden. Tengo talento para matar —dijo él aceptando impávido su habilidad—. Me convertí en el mejor guerrero de los Caballeros. ¡Aprendí los secretos que protegíamos al servicio de Dios! Y Él permitió que sus sirvientes fueran asesinados en defensa de esos secretos. Ningún Caballero traicionó su máximo juramento, ninguno habló ni siquiera mientras estaban en la hoguera, y las llamas lamían sus piernas y devoraban sus entrañas. Ellos sufrieron y murieron, y Él permitió que pasara. Quizás Él lo dirigió, para destruir a aquellos que sabían. Sólo quedo yo, y necio como soy, he mantenido mi juramento todos estos años, porque mi último juramento no fue por Dios sino por mis amigos que murieron por Él —su tono era impasible, sus ojos remotos. Bella quiso acercarse a él pero de algún modo era imposible, él estaba demasiado distante.

—Mírame —dijo él—. Yo tengo treinta y nueve años. Debería estar envejeciendo, pero mi pelo sigue siendo de color y aún conservo todos mis dientes. Nunca enfermo, y si estoy herido sano rápidamente. Él me ha maldecido para guardar su condenado Tesoro incluso después de que debiera estar muerto.

—No —dijo ella suavemente—. Simplemente eres un hombre saludable.

Podía tranquilizarlo en esto, porque ella era demasiado consciente de su humanidad, su mortalidad.

—En mi tiempo, las personas viven fácilmente hasta los setenta y ochenta años, a veces incluso llegan a los cien. Yo tengo treinta y un años.

Sus cejas se arquearon y la miró un poco sorprendido. Él la examinó, advirtiendo la fina piel clara y sin arrugas, su pelo brillante.

—Pareces una muchacha.

Ella no quiso pensar en su aspecto, con los ojos rojos e hinchados por su tormenta emocional, su rostro desmejorado por el cansancio de la larga noche de desenfreno.

Se sentó en el banco, queriendo estar cerca de él aunque no se atreviera a tocarlo.

—Háblame de esa Fundación —pidió él. Ella le dijo lo que sabía. Las palabras le salieron ahogadas cuando habló sobre lo que le había pasado, como habían muerto Mike y Jacob y por qué. Él escuchó, tamborileando con sus largos dedos sobre la mesa.

—Me pregunto cómo descubrieron la existencia del Tesoro —murmuró él en un momento dado.

—Un descubrimiento arqueológico, probablemente —dijo Bella. Ella vaciló—. ¿Qué es exactamente el Poder?

—Es el poder de Dios —dijo él—. Con él, cualquier cosa es posible.

—¡Pero el poder no es algo que puedas guardar en un baúl y sacarlo cuando lo necesitas! No se puede guardar el poder de Dios en el sótano de un castillo escocés y...

Él negó con la cabeza.

—No, no es eso. Aunque Él podría, si lo deseara. Los Caballeros entendimos eso, el hecho de que el hombre mortal no puede comprender a Dios, que no debemos decir que para Dios algo es imposible, porque todo es posible para Él, y nuestra compresión es demasiado insignificante. Dios no está limitado por nuestra imaginación o nuestras mentes pequeñas. La Iglesia impone mandamientos y dice que provienen de Dios, pero sólo vienen del hombre y su intento por interpretar a Dios.

¿Si él creía que Dios era tan poderoso, como podía odiarlo? Se preguntó Bella.

Hacía mucho que Edward había sacado la conclusión de que Dios había destruido deliberadamente a los Templarios, porque si Él hubiera querido salvarlos, todavía estarían prosperando.

—¿Pero por qué Él querría destruir la Orden? —susurró ella, y los ojos jade de Edward relampaguearon.

—Para proteger a la Iglesia —dijo él cansadamente—. A pesar de no ser perfecta, todavía lo bueno pesa más que lo malo. La Iglesia es el soporte de la civilización, muchacha. Reglas. Límites.

—¿Por qué los Caballeros eran una amenaza para la Iglesia? —él se levantó y se alejó de ella, caminando hacia la ventana, desde donde podía ver la tierra salvaje y hermosa que gobernaba.

—Nosotros sabíamos.

—¿Qué sabíais?

—Todo.

Ella esperó, y los minutos pasaron. Sin mirarla él dijo:

—¿Te has dado cuenta de que nunca te he llamado por tu nombre? ¡Tu nombre! Isabella Swan (En original Gracia Saint John). Te deseo hasta que creo que voy a morir si no te tengo, pero tu nombre me carcome las entrañas. No existe ningún estado de gracia, sólo existe la ignorancia.

Ella no lo había notado, pero ahora sintió una punzada, como si él la hubiera rechazado. Quizás él lo había hecho. No la había tocado desde su confesión.

—¿Qué sabías? —susurró ella.

—Ellos lo encontraron todo en el Templo, en Jerusalén. El gigantesco y bárbaro Trono del León en el que están tallados Yahweh y Ashara, dios y diosa, hombre y mujer. Eran dos, y eran uno. Los antiguos Israelitas les rendían culto a ambos. Después los sacerdotes destruyeron deliberadamente todos los altares dedicados a Ashara, e intentaron borrar su existencia. Yahweh se volvió Jehová, el Dios único.

—Sí, lo sé —dijo ella. La arqueología había destapado todo eso, creando una tormenta de conjeturas entre los estudiosos de historia antigua judía.

—Había otras cosas —dijo él—. El cáliz. Es una cosa sencilla y a pesar de la búsqueda del Santo Grial no da poderes. El Estandarte. El ejército que lo lleve nunca será derrotado, será como el fénix renaciendo una y otra vez de sus cenizas. Tiene dibujados los mismos leones que el trono, aunque la leyenda dice que no es tan antiguo, y lo que sólo los Caballeros lo habían poseído —suspiró suavemente—. Y está el Juramento.

La boca de Bella se secó.

—¿El Sudario?

Él hizo un gesto impaciente.

—Así es cómo lo llaman, pero es falso.

—¿Entonces qué es?

—La tela en la que Jesús fue envuelto cuando lo bajaron de la cruz. —explicó Edward.

—Entonces es el Sudario. Él fue sepultado con ella —los ojos de Edward al mirar a través de ella, eran los más oscuros que había visto antes en toda su vida. Su boca formaba una amarga línea.

—No, no era un sudario, porque él vivía. Era el hijo de Dios en espíritu y la cruz no podía derrotarlo. La Iglesia se construyó alrededor de las leyendas sobre la resurrección aunque en las propias escrituras se dice explícitamente que él no murió, y después la verdad no se podía dar a conocer sin destruir a la Iglesia. Así que nosotros guardamos silencio para proteger a la Iglesia, para servir a Dios y Él nos destruyó a cambio.

—Su cara —las palabras fueron arrancadas de él, tenso por la furia—. Teníamos su cara en la Tela. Lo veneramos, porque Él era prueba del poder de Dios. ¡Jesús vivía! Dios bajó a la Tierra y lo salvó, porque su deber estaba cumplido, y entonces él se fue en una explosión de luz y calor. ¡Encontramos escritos de eso! ¡Sabemos cómo! Pero cuando cumplimos con nuestro deber, Él nos despedazó, Él nos destruyó. Y todavía... todavía yo Le sirvo.

Bella no podía hablar. Los labios le hormigueaban, y comprendió que estaba conteniendo la respiración. La explosión de luz y calor. Ella había sentido algo parecido cuando había viajado en el tiempo.

—Sabíamos que el cómo no importaba. El método que Él usó no importaba. Confiamos en Él, le adoramos. Sin embargo, otros no entendían, con sus mentes estrechas y sus rígidas supersticiones. Tratan de limitar a Dios a su propia comprensión, su propia imaginación. Ellos le habrían dado la espalda a la Iglesia. Nosotros no lo hicimos.

La amargura se desprendía de él, sus labios estaban fruncidos formando un gruñido. Ella se tragó el miedo, y fue hasta la ventana para estar de pie al lado de él. Sin embargo, no se atrevió a tocarlo, no cuando su furia era como un campo de fuerza destructor a su alrededor.

—Pero tú lo estás haciendo, Edward. Intentando encajar Sus razones y Sus acciones a tu propia comprensión —ella hizo una pausa, tratando de desenmarañar sus pensamientos. Creía en la bondad básica y cuando su mundo se desmorono creyó en Dios, sintió la existencia de un poder superior, un significado más profundo, pero no era teóloga—. Creo... no creo que Dios provoque todas las cosas que pasan. Creo que Él nos da la libertad de ser buenos o malos, porque si no hubiera posibilidad de elección, nuestras acciones no tendrían valor, y ni culpa. Creo que cuando las personas hacen cosas malas es porque así lo han elegido, y debemos culparlos a ellos, no a Dios.

—¿Por qué Él no detuvo a Felipe? ¿Por qué Él no golpeó a Clemente? Podía haberlo hecho, pero en cambio Él les permitió actuar.

—Les permitió escoger, y ellos serán juzgados por sus actos.

—Entonces me los encontraré en el infierno.

—Oh, Edward —ella lo tocó ahora, apoyando la cabeza contra su brazo. Se sentía abrumada por la ternura y la admiración que sentía por él—. No irás al infierno. ¿Cómo podrías? Incluso con todo tu dolor y cólera, has mantenido tu juramento, y servido a Dios. ¿No crees que tu servicio sea más valioso para Él que el de aquellos que nunca han sufrido, que nunca han sido puestos a prueba?

Él se volvió hacia ella, aferrando sus brazos tan fuertemente que le hizo daño.

—¡Habría preferido no servirle en absoluto! —gruño él.

—Pero de todos modos lo hiciste.

—¡Sí, y toda mi maldita vida está ligada a este castillo, a Su maldito Tesoro que he jurado proteger! ¿Acaso piensas que no habría preferido tener una vida normal, con una esposa e hijos? —su acento escocés regresaba, y se volvía más cerrado por la furia.

—¡No podía! La carga y el peligro, han sido demasiado grandes. Y ahora...

—¿Ahora? —le apremió ella, cuando él dejó de hablar.

Él le dirigió una sonrisa amarga.

—Por qué, ahora Él me envía a Bella, pero sólo como un medio para llevarme a otra batalla que debo luchar para Él.

Ella pestañeó, sobresaltada.

—No viajé por eso. Si pudiera encontrar el Tesoro, iba a ser yo la que lo usase. Si no, sabía que tendría que pedir tu ayuda, pero sólo necesito tus conocimientos.

—Ah, no, muchacha —dijo él quedamente—. Me necesitas. Yo soy el Guardián, y ningún otro puede usar el Poder.

/***/

—¿Cómo funciona? —preguntó Bella nerviosamente, mientras se aferraba a su mano mientras él la llevaba hasta el pasaje oculto. El castillo dormía alrededor de ellos. Ellos habían dedicado el día a discutir, a veces, acaloradamente, sobre el curso que tomarían. Cayo estaba muerto y esa amenaza había terminado, por eso Edward sentía que podía bajar un poco sus defensas, y ahora era el momento perfecto para que él se fuera.

Recordando la violencia del procedimiento para viajar, Bella no estaba deseosa de volver a experimentarlo de nuevo.

—¿Cómo consigues la electricidad?

—¿Electricidad? —él repitió palabra lentamente, pronunciando con cuidado cada sílaba—. ¿Qué es eso?

—Una forma de energía. Poder.

—Poder —él rió, un sonido sin verdadero humor—. Usamos el Poder de Dios. El procedimiento es una manera para regresar.

Él caminaba con seguridad, como si no necesitara la vela que sostenía.

Bella estaba menos segura. Se sentía rodeada por la nada y el vacío, como si en realidad Creag Dhu ya estuviese disolviéndose a su alrededor. Su corazón golpeó ferozmente, tenía un nudo en la garganta. Tragó para contener el pánico, el miedo irracional. Había estado allí antes y con menos conmoción.

Excepto que ahora ella sabía. Sentía la brisa, y el latido sutil del aire contra su piel. Edward la llevó abajo, abajo hasta la parte más oscura de las escaleras. Él dejó la vela fuera y entró en la oscuridad, su duro brazo alrededor de ella para mantenerla junto a él.

Aquello los aguardaba en la más profunda oscuridad, oculto a la vista pero emitiendo esa energía silenciosa. El aire debería sentirse muerto, vacío. Pero no era así. A pesar del frío y oscuridad, la cámara se sentía fresca, vibrante por los secretos que ocultaba. Los tesoros. Las cosas. Pero el verdadero tesoro no consistía en lo que eran, sino en lo que representaban.

—Hemos bebido el agua y comido la sal —dijo Edward en voz baja—. Llévanos.

La llamarada fue deslumbrante, la fuerza de un gigantesco golpe la golpeó de lleno. Estuvo inconsciente durante un rato, ensordecida y ciega, sin poder pensar siquiera. Cuando la niebla empezó a aclararse, gimió y trató de incorporarse.

—Permíteme ayudarte, amor mío —entonó una voz suavemente, la pusieron de pie, y fue sostenida por unos brazos fuertes. La cabeza de Bella quedó colgando hacia atrás sobre su cuello. Luchó por recuperar el control, y lo consiguió. Abrió sus ojos, y miró fijamente la cara sonriente de James.

—Imagina mi sorpresa cuando los obreros te encontraron tumbada entre los escombros —dijo—. Los despaché lejos a todos, excepto a unos cuantos hombres de confianza. Creo que ya has conocido a Laurent, y quizás también recuerdes a Riley.

Deslumbrada, Bella se encontró mirando fijamente los ojos fríos y sin emociones del hombre al que disparó en el estacionamiento del McDonalds. Él ni siquiera parpadeó. El otro hombre, Riley, también le resultaba familiar, pero ella no podía recordar cómo había sido el otro atacante.

Un viento frío le revolvió el pelo, y ella volvió su cara hacia él. Viento del mar, soplando sobre el lugar donde una vez se había levantado Creag Dhu. Todo lo que quedaba ahora eran unas paredes de piedra arruinadas, y los escombros que habían sido desenterrados por los obreros. ¿Dónde estaba Edward? ¿Ya le habían encontrado? ¿Había sobrevivido al viaje?

—¿Estabas buscando tú misma el oro, verdad? —preguntó James. Él pellizcó su pecho, retorciendo cruelmente la carne tierna. Aunque las lágrimas se acumularon en sus ojos, Bella se tragó un grito. No quería darle la satisfacción de escucharla gritar.

—No hay oro —dijo ella bruscamente. Él se puso tenso, y sus ojos se entrecerraron.

—¿Qué?

—El Tesoro no es oro. Son artefactos. ¡No hay oro!

—Estás mintiendo —dijo él violentamente, y la abofeteó. La fuerza del golpe la habría derribado si él no la hubiera tenido agarrada por el brazo. Él volvió a echar el brazo atrás, y ahora con la mano cerrada en un puño.

—Sí, hay oro —las palabras suavemente ronroneantes les hicieron darse la vuelta, James arrastró a Bella consigo retorciéndole el brazo. Ella se mordió el labio, y saboreó la sangre en el lugar dónde el golpe de James la había herido.

Edward estaba de pie relajado, el viento alzaba su cabello, enrollando los extremos de su tartán. En sus labios había una débil sonrisa, y se apoyaba descuidadamente en el claymore que había hincado en la tierra. Él parecía salvaje, bárbaro y maravilloso, un espléndido salvaje que poseía unos sofisticados modales y más experiencia de la que cualquier hombre moderno podría lograr.

—¿Quién es usted? —preguntó James—. No es que tenga importancia — Laurent y Riley ya se dirigían hacia él, rodeándolo y ambos tenían sus armas en la mano.

—Edward de Escocia. Y temo que sí importa, pues el oro es mío.

Los ojos de James se entrecerraron.

—¿Ya lo ha encontrado, no es así?

Edward parecía divertido.

—Nunca estuvo perdido —él recorrió con la mirada a Bella, y su mirada se endureció al demorarse en su boca ensangrentada.

—Bien, es usted una complicación —admitió James—. Pero no creo que lo haya gastado todo, o no estaría vestido como un vagabundo. Quizá no lo tiene en absoluto.

—Pero lo tengo —Edward metió la mano en su camisa, un movimiento que incitó a Laurent y Riley a levantar sus armas. Las cejas de Edward se arquearon, y sonrió como si ellos fueran solamente niños impertinentes—. Calma, muchachos —sacó su mano y lentamente la abrió, con la palma hacia arriba. Había una moneda dorada allí, a la que el sol arrancaba destellos luminosos.

James sonrió, y su cara apuesta mostró una expresión benévola que hizo que Bella quisiera vomitar.

—¿Dónde está el resto?

—No está aquí. Lo cambié de sitio hace tiempo, esperando que llegase un día como éste.

—Una lástima —James se encogió de hombros—. Me lo dirá. Laurent se encargará de eso. Pero no le gustarán sus métodos, y desgraciadamente usted parece un tipo testarudo. —Hizo un gesto con la cabeza a Laurent, y Riley anticipándose a la orden, se acercó a Edward.

Algo salvaje brilló en los ojos de Bella. Había visto cómo mataban a dos hombres que amaba. No soportaría ver morir a otro. Un sonido bajo, animal escapó de su garganta, se movió de un tirón para quedar a medias frente de James, y dirigió su puño contra la nariz de él.

Le rompió el cartílago, y la sangre empezó a caer de sus fosas nasales. Él se tambaleó hacia atrás, la fuerza con que la agarraba disminuyó, y Bella consiguió soltarse. Riley se giró hacia ella, levantando la pistola en su mano.

Serenamente Laurent apretó el gatillo y disparó. Bella gritó, mientras se echaba hacia adelante, sólo para que James que ya se había recuperado, la volviera a agarrar y tirara de ella hacia atrás.

A Riley no le dio tiempo a sorprenderse, ni siquiera a parpadear. El pequeño agujero redondo en su frente era limpio, azulado alrededor de los bordes.

Cayó al suelo desmadejado y ni siquiera se sacudió. James boqueó con incredulidad.

—¿Te has vuelto jodidamente loco? —le gritó a Laurent.

—No —dijo Laurent, y se volvió para enfrentar a Edward. Despacio agachó su simiesca cabeza—. Estoy a vuestro servicio, Guardián —dijo él.

Edward se lo agradeció con una simple inclinación de cabeza. James cogió una pistola y la apretó contra la sien de Bella. Empezó a retroceder, tropezando encima de la tierra y las rocas caídas, mientras la arrastraba con él.

—La mataré —dijo cruelmente, las palabras eran nasales por la sangre que fluía de su nariz rota—. Mataré a esta hija de puta.

Edward sacó la punta de su claymore de la tierra y apoyó la hoja sobre su hombro, poniendo la mano negligentemente sobre la empuñadura.

—No—dijo él—. No lo harás.

Él miró a Bella y sonrió, una sonrisa tan dulce y extrañamente luminosa que el corazón de ella se le detuvo en el pecho.

—Bella... apártate.

Ella se dejó caer inmediatamente, escurriéndose simplemente del agarre de James. Él intentó volver a cogerla y tropezó perdiendo el equilibrio, cayendo de rodillas sobre la tierra. Bella rodó, apartándose de él, y él disparó la pistola. La bala le quemó en la parte superior del muslo derecho, y agarrándose la pierna ella gritó.

James gateó intentando ponerse de pie, mientras apuntaba con la pistola primero a Edward, luego a Laurent, desafiándoles a moverse. Edward alzó el claymore de su hombro, la sonrisa de su cara se convirtió en algo mortal.

—Cariño, ¿estás herida de gravedad? —preguntó él en el tono más suave que Bella le había oído usar jamás.

—No —dijo ella, aunque la voz le temblaba y el muslo le ardía como el infierno. La sangre resbalaba a través de sus dedos, y ella apretó más su mano contra la herida.

James le disparó, el tiro provocó un eco metálico seco sobre el mar. Edward empezó a caminar hacia él. James disparó de nuevo, y Edward siguió avanzando.

—No puedes matarme, sirviente del mal —murmuró Edward—. Dios te maldiga, bastardo.

James gritó, y disparó de nuevo. Edward estaba tan cerca de James que no podía haber fallado, pero quizás la mano le había temblado y los tiros se habían desviado.

La mirada de Edward era distante, fija en algo más allá de James incluso más allá de si mismo.

Él volvió su cabeza y sonrió dulcemente a Bella de nuevo.

—Mi querida Bella —dijo él—. Encontré el paraíso contigo, muchacha, pero ese tiempo ya ha pasado —luego levantó el pesado claymore y descansó la punta contra el pecho de James. Bella vio que la cara apuesta de James se aflojaba por el miedo, y un relámpago atravesó el cielo despejado. La luz cegadora envolvió a Edward, pasando a través de la larga hoja del claymore y entró directamente a través de James. Él gritó, mientras se ponía de puntillas como si una mano invisible lo levantara. Tembló, se agitó, y otro relámpago le traspasó. El frente de los pantalones de James se oscureció mojado, y el vapor se elevó de su entrepierna.

Sus ojos giraron hasta quedarse en blanco. Sus labios se separaron, y sus manos empezaron a quemarse. Su pelo rubio se chamuscó, convirtiéndose en un gris ceniza. Él intentó gritar, su boca abierta, pero ningún sonido emergió sobre el rugido y la explosión de luz. La piel de su cara se arrugó, y separándose de sus huesos. En medio de todo eso, Edward permaneció inmóvil, envuelto por el brillo.

Después de una explosión atronadora, todo terminó. James se derrumbó como si no tuviera huesos, quedando inmóvil sobre la tierra quemada.

—¡Edward! —Bella luchó para ponerse de pie ignorando el dolor de su pierna—. ¡Edward!

Él caminó rápidamente por las ruinas hasta ella, cogiéndola cuando le falló la pierna y empezó a caerse. Suavemente él la bajó a la tierra fresca, mientras alzaba sus faldas para desnudar su muslo y dejar al descubierto la herida.

El hombre llamado Laurent se arrodilló al lado del cadáver humeante y hediondo de James. Lo que vio debió de satisfacerlo, porque asintió brevemente con la cabeza y se acercó a Edward.

Diestramente Edward rasgó una tira de tela del dobladillo del vestido de Bella y ató la venda alrededor de la herida sobre el muslo. Él levantó la mirada brevemente hacia Laurent.

—¿Es usted de la Sociedad?

—Sí. Hemos conocido la existencia de la Fundación durante muchos años. Alguien de la Sociedad siempre ha pertenecido a la Fundación, supervisando sus actividades. Sólo dos veces han estado cerca de encontrar el Poder. En 1945, y hoy.

—Usted iba a matarme. —dijo Bella, sus dientes castañeteaban por la conmoción. Ella no podía asumir realmente que este hombre de ojos fríos y muertos estuviera, de algún modo, al servicio de Edward.

—Si hubiera sido necesario —dijo Laurent fríamente—. Mi preocupación eran los papeles, recuperarlos, sin importar el precio y evitar que James los consiguiera. Después empecé a pensar que... quizás... usted debía tenerlos. Usted es de las pocas personas en el mundo que podría entender lo que eran, y que sabría como ir hasta el Guardián y traerlo aquí.

—Alégrate de no haberla lastimado —dijo Edward suavemente mientras miraba fijamente la venda alrededor del muslo de Bella. Sus ojos estaban tan fríos como los de Laurent.

—Hacemos lo que debemos hacer —contestó Laurent—. Como lo hace usted.

La boca de Edward se torció amargamente.

—Sí —bajó la mirada al muslo desnudo de Bella, a sus manos ásperas sobre la suavidad de la carne de ella. Él le bajó las faldas, sus dedos tiernos.

—Estás bien, muchacha. ¿Puedes levantarte?

—Creo que sí —dijo ella temblorosamente. Su pierna latía ahora como si estuviera en llamas, pero había visto que la herida no era profunda. Edward la ayudó a ponerse en pie, sosteniéndola cuando ella perdió el equilibrio. Él echo una mirada alrededor, alzando su cabeza a la brisa. Su mirada se encendió al ver dos coches, coches alquilados ingleses que estaban aparcados cerca de donde una vez habían estado los establos.

—Coches —dijo él con tono maravillado—. Antes, no vi nada, sólo la condenada oscuridad de ese calabozo pequeño, y al loco.

—El búnker —dijo Laurent.

Edward se encogió de hombros indiferente ante la terminología.

—Creo que ahora debe haber muchas maravillas que ver —dijo él distraídamente—. Pero también muchos males.

— Sí —Los ojos de Laurent se quedaron fijos en Edward, y por una vez no estuvieron fríos. Bella no podría leer su expresión, pero de repente supo que Laurent daría su vida sin vacilar por Edward, y en ese momento ella lo perdonó por todo.

Edward inclinó su cabeza, su cara tranquila mientras estudiaba a Bella.

—Debo irme —dijo él.

—¿Irte? —Ella comprendió al decirlo, lo tonta que tenía que parecer. Claro que él tenía que irse. Él era el Guardián.

—No puedo quedarme aquí, aunque lo desee —Tomó el rostro de ella entre las manos, sus dedos siguiendo tiernamente el contorno de sus pómulos, sus labios—. Mi deber está allí —Él se agacho y la besó, sus suaves labios tocando apenas los de ella. Luego la soltó y se alejó de ellos a grandes zancadas, y ella le oyó repetir las palabras sobre el agua y la sal. Ella dio un paso adelante, intentando gritar su nombre, pero el pánico le cerró la garganta. La llamarada de luz la cegó, y cuando ella pudo ver de nuevo, Edward se había ido.

—¡Edward! —Demasiado tarde, ella recuperó la voz. Ella tropezó al intentar llegar al lugar donde había estado él, mientras un gran miedo crecía dentro de ella, un miedo que no tenía nombre.

Laurent le agarró el brazo.

—Se ha ido. Es el Guardián —para él, eso lo explicaba todo.

—¡Él es un hombre! —Bella se giró hacia él, sus ojos salvajes—. ¡Es como cualquier otro hombre! —Sentía como la histeria la dominaba, un sentimiento de pérdida tan agudo que hizo que de repente se tambaleara—. Él come, duerme, respira y sangra, no tiene poderes sobrenaturales ni nada parecido.

—No —Dijo Laurent, mientras la sacaba de las ruinas—. Pero Dios los tiene —él empezó a llevarla hacia uno de los coches—. El Guardián tiene trabajo allí y nosotros tenemos el nuestro aquí.

Ella tropezó, su pierna doblándose de nuevo, y sin una palabra Laurent la levantó en sus brazos poderosos y la llevó al coche. Ella se sentó aturdida mientras él conducía lejos de aquel lugar, pero dentro de ella sentía como se venía abajo, porque Edward se había marchado.

—Ese hombre me da escalofríos —murmuró Harmony, mientras veía a Laurent sentarse al lado de Seth, mientras ambos accedían a los archivos de la Fundación y los destruían. Era de noche, a parte de ellos cuatro no había nadie más en el edificio. Laurent y Seth podían haber hecho el trabajo solos, pero Bella tenía que estar allí, sus nervios no le permitían estar en otro sitio. Harmony la había seguido porque estaba preocupada por si Bella se derrumbaba al más mínimo toque.

—Él es extraño —concedió Bella. Durante algo más de un mes había estado con Laurent, y apenas sabía algo más sobre él que el día que James había muerto.

Él no hablaba sobre sí mismo. Ella sabía que él era cruel, que algunos podrían llamarlo un asesino sin piedad y quizás tuvieran razón.

Él había sido inestimable, haciendo planes, avisando a Harmony para que ésta la cuidara por la herida en la pierna, haciendo desaparecer el cuerpo de Riley. Pero el cuerpo de James había permanecido en el mismo lugar ya que parecía haber muerto por un monstruoso relámpago. Bella se había movido como una marioneta a sus órdenes, tan aturdida que se preguntó si volvería a sentirse viva. Edward se había ido. Ella se despertaba por la noche llorando, tratando de alcanzarle. Había estado tan poco tiempo con él y sentía como si él estuviera en cada célula de su cuerpo.

—¡Ya está! —anunció Seth triunfante, su sangre de pirata informático excitada por lo que estaba haciendo—. No podemos acabar con la Fundación, pero va a estar durante algún tiempo en la oscuridad. Todos sus archivos han desaparecido.

Laurent asintió con la cabeza, y durante un momento hubo un destello en sus ojos muertos.

—Bien —dijo él, la palabra llena de satisfacción.

No le habían dicho nada más a Seth sobre la situación, sólo que James estaba muerto, pero lo que él sabía era bastante para que quisiese ayudar.

Harmony que todavía no se había recuperado del susto de ver a Bella desaparecer en una explosión de luz el mes pasado, era incluso más protectora de lo normal. Laurent se levantó, mirando la pantalla en blanco del ordenador.

—¿Estas seguro de que un experto no puede recuperar los archivos del disco duro?

—Estoy seguro. Confíe en mí. El disco duro está totalmente limpio. Si usted está seguro de que no existe ninguna copia de los archivos en papel o en disquetes, entonces no hay ninguna forma de que los recuperen de nuevo.

Laurent gruñó. La posibilidad de que existiera un disquete dando vueltas por ahí le preocupaba.

Él personalmente había registrado la casa de James y no había encontrado nada, pero un disquete tan valioso, si existía, probablemente estaría en la caja fuerte de algún banco.

Bella había quemado los papeles en los que había trabajado durante tanto tiempo, y le dolió ver como las llamas destruían su eslabón con Edward. Nunca más leería sobre él, maravillándose de sus hazañas.

De todas formas, las historias escritas palidecían comparadas con el hombre real. Pero ella no quería que nadie más encontrara esos papeles, y se convirtiera en una amenaza para el Tesoro al que Edward había dedicado su vida a proteger.

Los cuatro salieron juntos, pero cuando llegaron a la calle se separaron.

Nadie habló mucho. Tampoco había mucho que decir. Seth partió en su Chevelle. Laurent le dirigió a Bella una reverencia extrañamente anticuada y caminó calle abajo. Harmony y Bella caminaron despacio hasta la camioneta de Bella.

—¿Y ahora qué? —preguntó Harmony—. No más huidas, no más tipos malos persiguiéndote e intentando matarte. Bien, los policías aún van detrás de ti, pero no creo que puedan encontrarse ni el trasero usando sus propias manos, por lo que supongo que estarás bastante segura. Supongo que yo en tu lugar me iría a vivir a otra parte. A dedicarme a algo aburrido como el paracaidismo con caída libre o algo así.

Bella esbozó el fantasma de una sonrisa.

—No tengo planes después de mañana —dijo ella.

—¿Así que cuál es el plan para mañana?

—Voy a ir a la tumba de mi marido.

/***/

La mañana de junio era luminosa y soleada, todas las plantas estaban en flor. Bella llevó dos ramilletes de flores primaverales, margaritas, lirios y luminosas prímulas amarillas creando una alegre salpicadura de color en sus brazos. Harmony caminó silenciosamente a su lado a través de las filas de lápidas solemnes.

Bella sabía exactamente dónde estaban las tumbas. Jacob estaba enterrado al lado de sus padres, y Mike en la parcela cercana que él y Bella habían escogido. El día que habían comprado las parcelas, ella las había mirado y había pensado que pasarían décadas antes de que fueran utilizadas.

Había estado equivocada.

Las dos tumbas tenían lápidas. Las pólizas de seguro de vida las habían pagado, pero se preguntó quién las habría pedido. Amigos, quizás, o colegas. Era posible que James lo hubiera hecho. Él habría encontrado la idea divertida. No le importó. Si él lo había hecho, en este caso, el fin justificaba los medios. Ella se alegraba de que estos dos hombres maravillosos tuvieran lápidas, y que durante un año las tumbas no hubieran estado sin marcar.

En la lápida de Jacob sólo ponía:

"Jacob Ephraim Swan. Nacido el 11 de noviembre de 1962 – Muerto el 27 de abril de 1996".

Eso decía tan poco. Él había tenido treinta y tres años. Nunca casado, pero comprometido una vez. Varias novias serias. Le encantaba su trabajo, hacer crucigramas, la cerveza helada y las palomitas de maíz saladas mientras veía un partido de béisbol. Sus dedos pulgares de los pies habían sido más largos que los pulgares, y no le gustaban nada las cosas almidonadas. Ella no habría podido pedir un hermano mejor.

Ella puso uno de los ramilletes en la tumba, y aturdida camino hacia adelante. Trastabilló un poco, y Harmony le puso una mano bajo su brazo para sostenerla.

—¿Estás bien?

—No, no en realidad —susurró Bella—. Pero tengo que hacer esto.

La tumba de Jacob había estado parcialmente en sombra. La de Mike estaba bañada completamente por el sol, y el césped que la cubría era espeso y exuberante.

—Michael Alex Newton —leyó en la lápida—. Nacido el 27 de septiembre de 1961 — Muerto el 27 de abril de 1996 —Habían agregado una línea más—: Casado con Isabella Marie Swan.

Las rodillas de Bella se doblaron y lentamente se hundió en el césped, a pesar de los alarmados esfuerzos de Harmony por mantenerla en pie. Ella extendió una mano temblorosa y recorrió su nombre grabado, tratando de alcanzar la esencia del hombre. Lo extrañaba tanto, le dolía el deseo de volver a ver su sonrisa torcida o el centelleo del humor en sus ojos. Él había muerto por ella, y lo había hecho de buena gana.

—Siempre te amaré —le prometió ella, aunque ya no podía leer su nombre en la piedra. Todo estaba borroso. Él había sido un hombre al que había amado, y ese sentimiento nunca moriría en su corazón, al igual que el amor por sus padres no había desaparecido.

El corazón humano tenía la capacidad de amar a muchas personas, y ninguno de esos amores era disminuido por los otros. Edward había estado en su corazón incluso antes de que Mike muriera, un diminuto grano ardiente de interés y respeto. Perder a Mike no había extinguido esa chispa. En cambio había crecido durante los largos meses en los que había estado sola, dándole mientras fuerzas para continuar.

Al principio a ella le había gustado como persona, y después como hombre.

Había sido un fuego que había estado adormecido cuando ella había viajado a su tiempo, y que había ardido como el infierno cuando él avivó las ascuas. ¿Cuántas mujeres tenían la suerte de sentir dos amores así?

Ellos no tenían nada en común. Mike había sido alegre, amable. Y ella sospechaba que si viviese con él, Edward podría ser un auténtico demonio, por lo acostumbrado que estaba a dar órdenes.

Tiempos diferentes, hombres diferentes y ambos eran hombres, en el mejor sentido de la palabra.

Harmony se arrodilló a su lado, sin importarle las manchas de césped en sus pantalones blancos.

—¿Le habría importado? —preguntó ella suavemente, mientras señalaba con la cabeza la tumba—. ¿O habría querido que amaras de nuevo?

—Él querría que amara de nuevo —contestó Bella, mientras recorría el césped con la mano suavemente. Y ella hubiera querido lo mismo para él. No podía evitar las pequeñas punzadas de celos que sentía, aunque fueran ridículas en estas circunstancias, pero ella querría que él fuera feliz y él había sido más generoso y sincero de lo que ella era.

Puso el ramillete en la tumba y tocó la lápida de nuevo. Desde su muerte, sólo había podido ver esa última imagen horrible de él, pero las palabras de la lápida convocaron otro recuerdo más feliz del día de su boda. Ella lo vio en su mente, nervioso y entusiasmado, la manera en que él tragó repetidamente, la forma en que su voz tembló mientras él pronunciaba sus votos. La sonrisa abierta que iluminó su cara cuando la ceremonia terminó, y fue esa sonrisa aliviada y feliz al mismo tiempo lo que ella vio.

Las lágrimas corrieron por sus mejillas y su boca tembló.

—Oh, Mike —Dijo ella con voz desgarrada—. Te extraño tanto. Y te amo, pero ahora tengo que marcharme.

Harmony la ayudó a levantarse y suavemente la llevó lejos. Bella tropezó; el césped era flexible bajo sus pies, y húmedo por el rocío matutino. Se detuvo, echando la cabeza hacia atrás. Era un día hermoso. Respiró profundamente, inhalando los distintos olores frescos, y mirando la ancha extensión de cielo azul.

—Parece que vayas a desmayarte en cualquier momento —dijo Harmony severamente—. ¿Has comido algo ya?

—No, aún no —Bella reanudó la marcha y sonrió. Aunque era una sonrisa temblorosa, era verdadera.

Aunque le dolía, se sentía en paz. No había podido vengarse, pero se había hecho justicia con Mike y Jacob, y eso era suficiente.

—¿Has intentado comer o has tenido nauseas?

—Nauseas —Las nauseas matutinas habían empezado tres días atrás, golpeándola con fuerza a primera hora. Harmony había mencionado que cuanto peores eran las nauseas, era menos probable que una mujer abortase involuntariamente. Si ese cuento de viejas era cierto, Bella podría jugar al hockey sobre hielo en el noveno mes de embarazo sin dañar al bebé.

Se tocó el vientre plano. Estaba embarazada de cinco semanas. Sabía la fecha exacta de la concepción. Tendría el embarazo más largo de la historia, un bebé concebido en 1322 y nacido en 1998. Ése era para el libro Guiness.

Al principio había parecido tan irreal, que una sola noche pudiera dar como resultado un embarazo, pero al recordar esa noche, se preguntó como había esperado no quedar embarazada.

Pensó en lo que Edward había dicho, de querer una vida normal, una esposa y bebés. Quizás nunca tendría una vida normal, pero ella llevaba a su niño y él ni siquiera lo sabía. Él se había mantenido aislado, sin permitirse nada salvo la carga del deber.

¿Querría a su hijo o lo rechazaría? Lo querría, pensó ella. Había una gran ternura en él, y una gran pasión. Le había mostrado ambos a ella. Estaba segura de que un hombre como él adoraría a sus hijos. Sería un crimen privarlo de esa alegría.

—¿Vas a volver? —Preguntó Harmony cuando se alejaron en coche del cementerio.

—Creo que tengo que hacerlo. Puede ser un viaje en balde, él puede mandarme de regreso aquí, pero si me quiere me quedaré.

—Un hombre —dijo Harmony—. Debe ser muy hombre. Es decir, una mujer debería preferir el agua caliente, la calefacción central, el hospital Chicago Hope, a Sean Connery, la pizza y las enchiladas. Un hombre debería tener algo más que ofrecer que una caliente varita mágica del amor, si me sigues.

—Te sigo —dijo Bella, y se encontró riendo—. Él también tiene un castillo.

—Sí, pero está lleno de corrientes de aire. Es mejor una gran y caliente varita mágica del amor. Yo no dejaría a Sean Connery, pero por lo menos lo cambias por otro escocés, y uno al que podrás poner las manos encima. Debe de ser algo del agua de allá arriba, que hace que los hombres crezcan tanto. Así que, ¿cuándo lo harás?

—En cuanto pueda volver a Escocia, y Creag Dhu.

—¿Crees que dañará al bebe?

Bella se tocó el vientre, algo que hacía a menudo esos días.

—He pensado en eso. No creo que lo haga. El voltaje es bajo y el único efecto que yo noté era un poco de dolor muscular.

—¿Quieres que vaya contigo a Escocia?

—Me gustaría. ¿Has pensado en venirte conmigo, realmente?

—De ninguna manera. Te echaré de menos, Bella. Vas a llevar una vida malditamente interesante. Pero de ninguna manera voy a dejar mi cómodo mundo moderno por ninguna vara de amor, sin importar lo grande que sea.


PS: alguien mas ama a Harmony como yo...? es que ella es lo más!