EPÍLOGO
Dos meses después.
-Se lleva a cabo la sesión.
El martillo dio contra su base de madera. El juez tomó asiento y enfrentó el caso que ya había revisado con anterioridad. El Estado en contra de un ex oficial de las fuerzas armadas especiales. Causa: traición.
Edward se encontraba etiquetado con su mejor traje de oficina sentado a un lado de su abogado, del lado izquierdo del salón. Mientras que al otro lado se encontraba representado el estado por dos abogados. Por detrás de Edward, su familia. Su hermano y su mejor amigo a cada lado de su su esposa. La mujer estaba convertida en un manojo de nervios, no era beneficiario para su salud. El pequeño de seis meses estaba en etapa de experimentación de los movimientos. Bella tenía el estómago revuelto y un par de órganos golpeados por los diminutos pies de ese pequeño ser. Se llevó la mano al estómago y otra al corazón. Queriendo contener todo en su lugar.
El juez se acercó al micrófono.
-Señor Vulturi.
El abogado defensor de Edward se puso de pie, con una sonrisa socarrona en el rostro como un distintivo personal. Marco Vulturi alisó su traje y dio un paso hacia adelante con carpetas en la mano. Dejó una a mano del juez y otras más para el jurado. Su objetivo a convencer de la inocencia de su protegido. Se dio la vuelta y comenzó a hablar en voz de soprano.
-En el siguiente adjunto les ofrezco el archivo personal de Edward Anthony Masen Cullen. Un hombre enlistado en para las fuerzas armadas especiales de América a la edad de dieciocho años. Luego de su presentación se encuentra el juicio de valor de sus tres contiendas victoriosas con destino Irak. Una cronológica exacta del combate, testificación de cada uno de los sobrevivientes y una certificación de validez obtenida directamente de las oficinas de control militar. En ese momento a cargo por el jefe Francis Delatorre.
Se dio un minuto de silencio para que los emisores de su discurso siguieran la lectura de las carpetas. Cuando vio un par de cabezas dirigirse a él, continuó.
-Llamo al señor Cullen al estrado.
Custodiado por un policía fue guiado hacia el estrado y se acomodó en la silla. Jamás sin dejar de mirar a su abogado.
-¿Quiere contarnos qué fue lo que siguió, a los dos meses de haber vuelto de su tercer y última contienda a Irak?
Edward asintió.
-Francis me llamó un viernes por la noche para una junta especial, en ese mismo momento. Pude darme cuenta que era algo extracurricular. Sabía que él solía juntarse a jugar billar y beber con sus amigos. Solo fui.
-¿Qué esperaba al reunirse con su superior? ¿Jugar al billar y beber?
-No. No sabía qué esperar. No era un selecto por más que hubiera felicitado con creces mi desempeño con solo veintidós años.
-¿Un selecto?
Edward se tomó un minuto. Vulturi presionó.
-¿Qué es un "selecto"?
-Un selecto de personas, de oficiales mayores que tenían alto desempeño en las contiendas. Conforman el grupo especial de las fuerzas armadas, son enviados a operaciones silenciadas bajo palabras de honor con objetivos puntuales. Estas personas son entrenadas en diferentes artes y destrezas. Son... gente especial.
Marco asintió lentamente.
-Así que... lo llamaron. ¿Qué sucedió allí?
-Esperaba que fuera en un bar o algo así. Pero fui enviado directo a la oficina central de reuniones. Entonces supe que algo pasaba y me querían allí. En la puerta del edificio encontré un policía que sabía que iría, solo di un número de código y me dejó pasar. Subí hasta el cuarto piso.
-¿Qué hay en el cuarto piso?
-Es un piso con entrada restringida. Es el centro de operación del grupo selecto.
-¿Qué sucedió al llegar ahí?
-Había una operación especial. Hacía seis meses estaban detrás de una persona. Billibord Black y su gente. Se pensaba que era un narcotraficante, pero era un escudo. Iba detrás del poder nuclear. El legado más grande de uranio pertenecía a Sutherland pero murió y no había un heredero. Era una mina abierta, peligrosa.
-¿Le indicaron que debía ir como uno más?
-No.
Marco se acercó a él.
-Cuéntanos todo.
-Sullivan, su mano derecha fue quién me llamó a la reunión. Él pertenecía a la dirección general de la CIA. Me puso al mando de la operación, una gran responsabilidad. Tenía que infiltrarme en el negocio, actuar como uno de ellos y atrapar a Black. Tenía que ir detrás de su cabeza no importara el costo. Tenía que caer.
Edward tragó pesado.
-Cuando era más joven adquirí un apodo por el que pocos me conocían. Bestia. Me infiltré de esa forma, borraron toda conexión con mis datos personales, los de mi familia y cualquier contacto para que nadie saliera perjudicado. Solo que a partir del momento en el que saliera del edificio central me convertía en un narcotraficante más buscado por todas las organizaciones de seguridad. Estaba encubierto, era uno más de los malos.
-¿Qué sucedió?
-Tenía a mi equipo de trabajo, fuimos delegados a actuar fuera de Estados Unidos. Contábamos con apoyo, soporte y solo un grupo de oficiales superiores sabía la verdad. Ellos nos brindaban ciertas ventajas. Hasta que se complicó y terminamos huyendo de quienes nos habían lanzado hacia el objetivo.
-¿Cuál fue la complicación?
Edward apartó la mirada.
-Teníamos una misión, ordené que uno de los míos se escondiera en una casa de familia. Black sabía que iba detrás de él, creía que estaba detrás de su mismo objetivo. No quería alcanzar el uranio, solo quería atraparlo a él. La casa donde mi oficial se escondía fue volada en pedazos, una familia completa fue asesinada brutalmente. Fue tachado como ataque terrorista. La Interpol estaba detrás de mí y mi equipo. Ningún representante de la CIA o la Unidad Especial, ni siquiera de mis superiores salió a defendernos. Solo nos guiaron por donde podíamos escapar y seguir con lo que teníamos que hacer.
El abogado sacó una hoja de su escritorio y leyó.
-"...terrorista que se esconde tras el apodo de 'Bestia' ataca brutalmente en Rusia. Ataca de nuevo. Se ruega a las autoridades una búsqueda exhaustiva al fugitivo..." nota extraída del archivo público de la CIA hacia las autoridades locales, mundiales.
Edward presionó la mandíbula.
-¿Qué tiene para decir, señor Cullen?
-Fue publicado luego de que Sullivan muriera. Solo el grupo de selectos sabía lo que hacíamos. Firmé una testificación que me acreditaba a actuar a conciencia y juraba por la seguridad de las personas a las que Black estaba masacrando indiscriminadamente. Nunca ataqué sin antes ser atacado, fue en defensa del pueblo. Siempre creé centros de refugio, evacuaciones y evité asesinatos. Hice una testificación en Afganistán. El último centro policial donde estuve, donde quedaba el último oficial de la junta de selectos que sabía de la misión secreta.
-¿De quién se trata?
-Morgan Steeler.
-¿Sabe algo de él?
Edward asintió.
-Está muerto.
Vulturi se separó del estrado y miró a Edward.
-¿Tiene alguna idea del por qué?
-Hace siete años de la primera junta a la que fui encomendado con la misión de terminar con Black, cada integrante de la reunión que había estado allí esa noche era testigo de mi encubrimiento. Al correr de los años, sin llegar al tercero, la mayoría había muerto.
-¿Eso le afectó?
-Definitivamente. Luego de que ellos fueran esfumándose, nadie parecía recordar que solía ser policía, que aún lo era y estaba tras una tarea oficial. Solo era uno de los villanos que tenía antecedentes y siendo cazado por toda la justicia. No tenía aliados y había ganado enemigos. Una tarea algo complicada seguir adelante. Me querían muerto.
-¿Sugiere que fue un atentado?
-Lo fue. Black tenía un infiltrado dentro de nuestro cuerpo de pelea, conocía cada uno de nuestros movimientos y formas de trabajo. Nos quería fuera de juego, tenía que terminar con nosotros erradicándonos de raíz. Solo así podía garantizar una victoria limpia.
-Entonces... si Black acababa con aquellos que sabían su secreto, nadie más estaría enterado de la verdad y usted solo sería un enemigo más de la justicia. Así sería más fácil terminar con usted si no contaba con un apoyo y con ciertos grupos en contra. ¿Ese había sido su movimiento contra usted?
-Si. Fue así.
Marco sonrió y se dirigió al juez.
-No más preguntas.
La señorita Jane se puso de pie. Su esquelético cuerpo se veía aun más estirado por los altos tacones y el vestido negro largo hasta el suelo. Su cabello rubio ceniza estaba recogido en un moño por detrás de su cabeza y sus lentes de montura enlatada oscilaban sobre el puente de su nariz. Su mirada violácea era tan letal como intrasmisible. Se enderezó en su postura y lo miró desde media sala, sin llegar a ponerlo nervioso.
-Señor Cullen, como representante del Estado tengo ciertas preguntas. Usted ha jurado responder con la verdad ¿es cierto?
Edward no se inmutó.
-Absolutamente. Jane se adelantó unos pasos.
-¿Sabía que todo su historial fue eliminado de la base de datos de la oficina central de militancia?
Edward fijó su mirada en sus ojos fríos como el invierno en Alaska y duros como el acero.
-Si, lo sabía.
Jane levantó el archivo que su abogado había repartido.
-¿Cómo es que podemos confiar en estos datos, si ni siquiera existen?
-Es una copia fiel del original.
-¿Según quién?
El silencio se desplegó en la sala. Edward miró a su abogado por un breve segundo y obtuvo su afirmación. Volvió a la abogada.
-Charlie Swan.
Bella contuvo el aliento. Edward solo miraba hacia el frente.
-¿Podemos llamarlo a estrado?
-Fue asesinado.
Jane se acercó a él.
-¿Entonces cómo es que la palabra de un muerto tiene validez alguna?
Marco se puso de pie.
-¡Objeción!
El juez martilleó su escritorio. Silenció al abogado.
-Ah lugar.
La mujer apenas sonrió.
-¿Señor Cullen?
-Era un profesional, pertenecía a la junta directiva de los selectos. No lo supe hasta el momento de su muerte. Antes de ese momento me entregó un bolso con información valiosa que podría servirme para seguir adelante y atrapar a Black. Allí había una copia fiel de mi archivo, la original se encontraba en su escritorio a salvo. Sullivan dejó una carta firmada con este testimonio. Nunca fue destruida solo quitada de circulación.
Jane retrocedió. Marco se puso de pie nuevamente.
-¿Puedo pedir un minuto con usted y la abogada, su Señoría?
El juez asintió.
-Lo concedo.
Marco y la abogada caminaron hacia lo alto del juez. El abogado entregó el testimonio. Jane estaba hecha una furia.
-¿Cómo es posible que no haya sido informada del testimonio? ¡Es ilegal que participe del juicio si no fue información procesada!
Susurró con fiereza. El juez se tomó su tiempo para leerlo. El sello al final de la hoja era muy claro y la ficha de originalidad tenía validez. Era un testimonio auténtico por más que no hubiera sido procesado. Conocía los ficheros oficiales y ese, era uno de ellos. Aquello inclinaba la balanza. El juicio tomaba otro rumbo.
-Es legítimo.
Jane jadeó.
-¿Qué? No.
-Abogada, ah lugar.
Marco se quedó de pie mientras Jane volvía a su lugar. Se colocó de pie frente a Edward. Aquella era la instancia final. Ambos sabían lo que eso significaba.
-¿Cómo se declara ante la acusación, señor Cullen?
-Inocente.
La seguridad irradió de él.
-¿Por qué?
Su voz no tembló ni un ápice.
-Serví a mi país, fui fiel al tratado de honor y cumplí la misión...
Su mirada cayó sobre su esposa. Su completa fuerza de voluntad.
-...comencé con incertidumbre, a ciegas y con poco apoyo especial. Solo un grupo de hombres que hacían lo correcto. Iban tras el mal. Luchando por el amor a la patria, sin importar el costo. Protegiendo a los débiles, dispuestos a poner en peligro nuestras vidas como buenos servidores a nuestra tierra. Entregados. Logramos el objetivo. La misión está completa.
Bella sonrió con orgullo.
-No más preguntas, su Señoría.
El juez se aclaró la garganta.
-¿Alguna pregunta, señorita Jane?
Jane paseó su mirada por el jurado. Con un gruñido interno negó. Doce rostros casi convencidos.
-No, su Señoría.
El juez martilleó.
-El jurado decide.
Marcó se acomodó en su lugar y sonrió hacia su cliente. Alguien había sumado una victoria más a su lista de logros.
.
Un tiempo después ..
-Demonios...
La caja que estaba a punto de caerse de sus manos de repente se volvió ligera hasta que desapareció. Edward la sostenía del otro lado y la dejó sobre el mueble.
-¿De verdad, Bella? ¿Acaso tengo que atarte a la cama para mantenerte quieta?
Ella refunfuñó.
-Oh vamos, puedo hacerlo.
-Lo sé, pero eso no quiere decir que quiera que lo hagas.
Besó su coronilla y la acercó a su cuerpo.
-Mi pequeña y gruñona esposa.
Ella rió, dejó su cabeza sobre su pecho y suspiró. Inspirando su perfume como el aroma de la tierra mojada penetra por los ventanales en primavera. Encantada de tener a Edward tras sus movimientos, ya lentos y pesados.
-¿De verdad vas a considerar lo de la cama?
Bella soltó una carcajada y se separó para verlo. Se llevó una mano a su prominente vientre de ocho meses.
-Podría pensarlo después de...
Un chillido los hizo girar de inmediato hacia el otro lado del pasillo.
-¡Pequeño Tony, no hagas correr a la tía Alice en tacones!
Edward se acercó unos pasos y tomó en brazos al pequeño a medio vestir. Bella acarició su mejilla y el niño rió. Sus muecas se marcaban a cada carcajada.
-¿Por qué está usando solo pañales?
Alice jadeó de cansancio.
-No lo sé, así lo encontré en el establo.
Edward miró al pequeño de tres años en sus brazos.
-¿Eso es cierto?
Tony sonrió con todo su esplendorosa sonrisa. Algo heredado de su madre.
-Hacía calor, papi.
Bella suspiró. Era la tercera vez en un día que intentaba hacer que su hijo vistiera algo de ropa. Pero si nadie lo había logrado, ya nadie lo haría. Alice estiró sus brazos hacia él con resignación.
-De acuerdo, vas a quedarte así. A la abuela Susan no va a gustarle pero que va...
Edward lo dejó ir y lo vio correr de nuevo por delante de su tía. Bella sonrió y tomó su mano. Edward la jaló hacia la habitación.
-Hay algo que siempre he querido mostrarte.
De un cajón de su mueble extrajo una pequeña caja de terciopelo rojo. Bella frunció el ceño. La abrió con lentitud, su respiración se contuvo dentro de su pecho. Con dedos temblorosos acarició el colgante, el denario en forma de corazón de su madre. Sus ojos se llenaron de lágrimas. En el fondo se encontraba la fotografía de su hermano pequeño, el último día que lo había visto con vida.
-¿Dónde... cómo...?
Continuó mirando esos dos tesoros.
-Lo encontré el día que huí de la casa de tu padre. Se encontraban en tu habitación.
-Lo sé. En mi mural.
-Exacto...
Bella tragó pesado, el nudo que se formaba en su garganta.
-Él era Alec, tenía leucemia. Se nos fue tan pronto como nos enteramos, no había nada que hacer era demasiado avanzado... pero fue un niño feliz. Mi madre murió el mismo día al año siguiente, de tristeza... no lo sé demasiado bien. Era solo una niña y nunca tuve oportunidad de saberlo con seguridad. Ésto fue lo único que me quedó de ella. Mi padre guardó sus pertenencias en un cofre y nos mudamos de hogar. Desde entonces, solo quedamos nosotros dos contra el mundo. Pero luego... lo perdí todo.
Edward levantó su rostro hacia él.
-Ellos siempre estarán en tu corazón, Bella. Eso pasa con las personas que se van. Pero ahora, mira a tu alrededor. Tienes a tu propia familia.
Bella unió su mano a la suya sobre su vientre. Edward besó sus labios con suavidad.
-Lo sé, gracias por todo...
-No tienes que agradecerme. Solo me enamoré de ti el momento en que te vi. Supe que no podía dejarte, tenías que ser mía. Bella, has sido lo que había estado buscando toda mi vida.
Ella presionó su mano. Edward volvió a besarla.
-Te amo. Daría mi vida si algo te ocurriera, o a nuestros hijos.
Bella sonrió a pesar de las lágrimas.
-Te prometo que...
Selló sus labios con los suyos.
-No quiero palabras, Edward. Te amo. Creo en ti, confío en que aquí te quedarás ahora. Lo he visto.
Edward sonrió. Se había encaprichado peligrosamente de una niña, se había tomado su tiempo para hacerse la idea. Había vuelto por la mujer que quería y luchaba por su esposa, la madre de sus hijos. Ése era su tesoro.
Bella le devolvió el beso. El hombre que le había arrebatado el corazón se convertía en su futuro ahora.
-Para siempre.
Edward rió.
-Para siempre.
FIN.
No te pierdas la reseña de la próxima historia en el capítulo 28 llamado "Nota de Autora"
