Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la trama está basada en uno de mis libros favoritos, "La Doncella de Piedra" de Susan King. Es una adaptación en la cual, los personajes de King fueron reemplazados por los de Meyer, pero la trama sigue siendo exactamente la misma. A pesar de ser una adaptación, sigue siendo una historia original, por lo cual, queda prohibida su copia parcial o total sin permiso.


Capítulo 28

Isabella se quedó mirando con incredulidad la losa destrozada y mutilada. Se agachó para recoger los pedazos de piedra de color crema, cegada por las lágrimas, hiriéndose los dedos con las esquirlas en su afán por recuperarlas.

Edward se agachó a su lado.

—Deja que lo haga yo —dijo. Isabella forcejeó, pero él le apartó las manos con firmeza—. ¡Déjame! —ordenó.

Empezó a recoger los trozos rotos en las manos. Isabella se puso de pie con las lágrimas rodando por las mejillas. Cuando Edward volcó los pedazos en el banco, ella tuvo la sensación de que se le había roto el corazón.

—Ha quedado destrozada —susurró.

Edward pasó una mano por la parte intacta de la piedra, donde se veía el relieve parcialmente destruido.

—Podrás recortarla. Aquí, y aquí. Se puede rehacer.

Isabella sacudió negativamente la cabeza. Algunas partes de la torre y de la empalizada habían desaparecido.

—No se puede reconstruir. —Reprimió un sollozo con el dorso de la mano, sin poder creer lo que había ocurrido, el daño que habían causado su impulsividad y su terquedad.

—Repararemos ésta, y buscaremos otra piedra. —La tocó en el hombro y le dio la vuelta—. Isabella...

Ella se sintió derrumbar. Se dejó resbalar hacia los brazos abiertos de Edward con un sollozo seco, de derrota.

—Esto ha sido una señal —dijo—. Un presagio. Debes marcharte y no volver nunca. Si te quedas aquí y renuncias a todo lo que te es querido...

—A todo, no —murmuró él con los labios contra su pelo.

—... Podrías morir luchando en esta disputa.

—De todos modos —repuso Edward con calma—, me quedaré y lucharé. No hay otro remedio, Isabella, ningún otro. En este momento, no.

Ella cerró los ojos, abatida, mientras él la abrazaba y le apartaba de la cara los mechones de pelo que le caían sobre la frente. La pena la inundaba por dentro igual que una fuente que rebosara. Lloraba por todos: por Edward, que había estado a punto de morir; por los cinco caballeros caídos; por su padre y sus hermanos y otros miembros del clan, todos perdidos por la causa de aquella disputa. Lloró también por su madre, por todas las mujeres del clan, y también por una doncella que, tiempo atrás, había muerto a orillas del lago.

En lo más profundo de su corazón se lamentaba por el reducido clan que no podía salvar ella sola. Sus piedras labradas no podían preservarlo; en última instancia, tan sólo podrían hacerlo los hijos que llevasen el espíritu y la sangre del clan Laren.

No podía pedir a Edward que se quedase en Kinlochan, sin embargo quería estar con él, como su esposa, como su amante y amiga. Quería llevar a los hijos de él en su vientre, y vivir a su lado en su propia Tierra de Promisión.

Pero aquel lugar era una leyenda, y éste estaba lleno de peligros. Y la piedra que contenía su sueño ahora estaba destrozada.

Edward la abrazó paciente hasta que los sollozos comenzaron a ceder.

—Edward —dijo ella sorbiéndose las lágrimas.

— ¿Qué, mo cáran?—murmuró él. Sus labios le tocaron la frente y se deslizaron con suavidad por su mejilla húmeda.

—Te quiero. —El corazón le dio un vuelco al decir aquello, al darse cuenta de cuan profundamente lo sentía—. Por eso quiero que te vayas. No puedo perderte a ti también en esta guerra.

Él se apartó un poco para mirarla.

—Isabella, escúchame. Estoy aquí contigo, y estoy sano y salvo, y me voy a encargar de manteneros a salvo a ti y a los tuyos. Lo juro. Si quieres, sal conmigo ahí fuera, hasta el lago, y te lo juraré con una mano sobre la Doncella de Piedra, y podrás echarme todos los conjuros que quieras.

Isabella cerró los ojos y apoyó la mejilla en su pecho dejando que la voz de Edward resbalara sobre ella, la consolara. Envolvió los dedos en el tartán que él llevaba sobre los hombros.

—Espera un poco para hacer eso —dijo—. Está nevando otra vez. De momento, quédate aquí conmigo. Sólo por ahora. Más tarde hablaremos de tu partida.

—Por ahora —dijo él, bajando la cabeza para besarla de nuevo—. Después, hablaremos de quedarme.

Isabella le puso un dedo en los labios.

—No digas nada más. Dejemos pasar un tiempo sin hablar de lo que debemos hacer. Estoy cansada de eso.

—Muy bien. —La apretó contra sí—. Declararemos una tregua entre los dos, un tiempo entre tiempos. Mientras el mundo esté blanco y dormido, mientras el invierno nos retenga aquí, no hablaremos ni nos preocuparemos de lo que pueda suceder más tarde. ¿Te gusta así?

—Sí, mucho. —Isabella le rodeó el cuello con los brazos—. No hablaremos de apellidos ni de legados, de deberes ni de venganzas. No iremos a ninguna parte con este tiempo, y nadie vendrá aquí. Tendremos paz en Kinlochan.

—Ojalá esa paz dure hasta la primavera. —Sus manos le acariciaron la espalda—. Hasta el día en que haga la marca en la Doncella de Piedra. —Bajó el rostro hacia el de ella.

—La primavera está más cerca de lo que crees. Según nuestra costumbre, hacemos la marca en la piedra en la festividad de Santa Brígida. Ese día no está tan lejos...

—Calla —dijo Edward, y le cubrió la boca con sus labios.

Ella aspiró hondo y sintió que su pena empezaba a disolverse, que su cuerpo se derretía a medida que el beso se hacía más profundo, más prolongado. Las manos de Edward se deslizaron siguiendo los contornos de su cuerpo, tiernas y expertas. Se hundió en sus brazos entregada, contenta de perder todo contacto con el mundo, con todo lo que la inquietaba deseosa sólo de estar con él.

Edward la atrajo hacia sí presionando con una mano en su espalda hasta que sintió las caderas apretadas contra las suyas y el cuerpo de ella se meció contra el de él. Una cálida sensación de excitación le recorrió todo el cuerpo. Inclinó la boca bajo la de Edward y subió las manos por su espalda, por debajo del tartán, hasta los anchos hombros y los fuertes músculos de los brazos que la sostenían.

El se agachó para pasarle un brazo por debajo y la levantó en un vuelo de faldas. La llevó hasta la losa de arenisca que había en el rincón y la depositó de pie en el suelo, en las sombras. Después se quitó el tartán de los hombros y lo extendió sobre la piedra. Ella lo ayudó a preparar un relleno, y lo miró a los ojos.

—Jamás —le dijo— tallaré esta piedra para ti.

—Bien —repuso Edward al tiempo que se inclinaba sobre ella—. Podemos destinarla a un uso mejor. —Isabella sintió su mano ancha y fuerte en la espalda cuando la hizo tenderse sobre la piedra—. Si a ti no te parece mal.

—En absoluto —replicó ella, atrayéndolo hacia sí.

Edward la besó profundamente con labios acariciantes y lengua audaz. Ella se abrió a él de buen grado y se fundió más plenamente con su abrazo. Sus manos se deslizaron, cálidas y seguras, por su cuerpo, buscando la curva de su cadera, la plenitud de su pecho. Isabella suspiró de placer y echó la cabeza atrás para apoyarla en la piedra.

Mientras los labios de Edward le recorrían la garganta, ella hundió los dedos en su pelo y se inclinó hacia delante para besarle el lóbulo de la oreja. Edward desató el único lazo que cerraba la pechera de su vestido gris, al tiempo que Isabella tiraba de la ropa de él.

Sintió el aliento de Edward bañar sus senos, una sensación cálida y maravillosa. Dejó escapar un suspiro y cambió de postura para recibir la suave presión de su boca. Gimió suavemente cuando sus manos le tomaron los pechos; se estremeció al notar un profundo hormigueo en el bajo vientre que no pudo aplacar. Culebreando, apretándose contra él, lo besó en el hombro y le acarició la oreja con la lengua hasta que él buscó de nuevo sus labios.

Al ver que Isabella tiraba insistente de su túnica, Edward se la quitó y la enrolló a modo de almohada debajo de su cabeza. A la vez que volvía a refugiarse en sus brazos, Isabella deslizó las manos por su piel firme y lisa, los fuertes músculos de su espalda, su amplia caja torácica. Sus dedos pasaron suavemente por encima de la herida del costado que se estaba curando para tocar las formas duras y tibias de su abdomen, suavizadas por la cuña de vello que surgía bajo la cintura de los braies. Tiró del cordón que los sujetaba, y Edward gimió suavemente al sentir cómo ella cerraba la mano sobre él y acariciaba el miembro caliente y sedoso que encontró allí, descubriéndolo al tiempo que él la exploraba a ella.

Edward pasó la lengua por sus senos a la vez que le deslizaba la túnica hacia arriba. Cuando ella se cimbreó y gimió tirando de él, apretándose contra él, la acalló y apaciguó con besos largos y suculentos y manos firmes y suaves sobre su piel.

La noche de la unión por las manos Isabella sabía que habían caído el uno en brazos del otro demasiado deprisa, demasiado impulsivamente. Ahora Edward la amaba con lánguido ardor, no gentilmente sino con seguridad, despojándola del vestido y la camisola, envolviéndola en el tartán con él. La tenía abrazada sobre la losa de piedra y la arropaba con su duro cuerpo, la calentaba con su respiración. Le besó los hombros desnudos, los brazos, cada uno de los dedos manchados de polvo de piedra, le retiró el pelo de la frente y la acalló una y otra vez cuando ella intentaba instarlo a continuar. Su deseo fue haciéndose más profundo a cada caricia, cada beso, hasta que estuvo húmeda para él, temblorosa y deseosa, gimiendo suavemente.

Envuelta en su abrazo, rodeada por el silencio y la paz, permaneció allí tumbada y se dejó amar por Edward sintiendo que el tiempo se disolvía. El viento soplaba contra la contraventana y la luz del día que se filtraba por ella era fría y de color plata. Junto al brasero, Finan dormía profundamente, guardia ajeno y fiel.

Bajo los labios y los dedos de Edward floreció como una rosa, giró y se abrió dulcemente a él. Cuando él se arrodilló a horcajadas sobre ella y le levantó las caderas para unirlas a las suyas, Isabella empujó hacia arriba, hambrienta de sentir la acometida de su fuerza, y contuvo una exclamación cuando él la llenó por fin. Aflojó los dedos, asidos con fuerza al borde de la piedra, y gritó de alegría cuando la invadió de arriba abajo una sensación parecida a la de una brillante llamarada. Por un instante, en el espacio de un suspiro, le pareció que su espíritu y el de Edward se entrelazaban juntos en un bello dibujo sin fin.

—Creo —susurró él mucho más tarde, con mano lenta y suave sobre su estómago— que deberíamos probar esto en una cama.

—Esta noche —repuso Isabella, girando en sus brazos para buscar sus labios otra vez— después de las narraciones, me gustaría hacer eso.

—Si es que podemos esperar tanto tiempo —respondió Edward, y se apoderó una vez más de su boca.

.

Isabella pensaba en aquellas semanas como un tiempo entre tiempos, y no quería que terminaran nunca. Ni ella ni Edward hablaron de la disputa entre clanes ni de posibles batallas que se avecinaran, aunque sabía que él hablaba de aquellas cuestiones con sus hombres y con los del clan Laren. Edward pasaba largas horas sentado con ellos enfrascado en la conversación. Pero nunca mencionaba lo que se decía en ellas, y Isabella no le preguntaba.

Cuando estaban juntos, ninguno de los dos sacaba a colación el tema de la guerra ni tampoco se hablaba de planes de marcharse o quedarse. A solas en el taller, o cuando paseaban junto al lago frío y gris, o por la noche el uno en brazos del otro, hablaban de sí mismos, de historias acerca de sus aventuras e incidentes ocurridos en la niñez o ya de adultos, pero jamás hablaban del futuro.

Lo único que existía era el aquí y el ahora. Cada instante daba paso al siguiente como las cuentas de un collar.

Durante el día enseguida encontraron una rutina. Todas las mañanas, Isabella iba a su taller porque quería hacer todos los progresos que pudiera en su trabajo de tallar las piedras. Edward practicaba con la espada en el patio o dentro del salón cuando el tiempo era más frío; ella sabía que avanzaba despacio porque aún tenía los músculos entumecidos y doloridos, pero pronto recuperó su competencia con las espadas.

Más tarde, Edward pasaba un rato con los hombres del clan, con sus propios hombres y con los tres escuderos que estaban siempre allí como fieles y calladas sombras. Los hombres hablaban, practicaban con las armas, reparaban los equipos y ejercitaban los caballos cerca del lago o en el patio, pues el tiempo no permitía salir a cabalgar con frecuencia de patrulla por la propiedad.

Casi a diario, Edward se reunía un rato con Isabella en el taller, donde se había convertido en un aprendiz voluntarioso y capaz. Ella le enseñó a esbozar sus diseños a tiza con ayuda de un buril de hierro o un cincel dentado y un mazo; le mostró cómo utilizar los diversos cinceles para definir ciertas partes del relieve, cómo eliminar las protuberancias con arena, cómo pulir, cómo mover con facilidad las piedras valiéndose de rodillos de madera a modo de palanca para que hiciera falta poco esfuerzo.

El talento natural de Edward para el dibujo lo hizo interesarse por las tramas de entrelazados, y Isabella le enseñó a construirlas con cuadrículas de cuadrados y círculos. A menudo, cuando estaba absorbida en su propio trabajo, levantaba la vista y lo veía dibujando un castillo con tiza en una tela o en piedra, mientras Finan roncaba feliz a sus pies.

Isabella amaba aquellos momentos de paz y felicidad. Descubrió que sus intereses y opiniones con frecuencia eran similares a los de él y que trabajaban muy bien juntos, pues los dos preferían el silencio y la soledad y los dos eran capaces de adoptar la disciplina necesaria para realizar la tediosa tarea de tallar la piedra. Ahora había entre ellos armonía, respeto y una tranquila dicha.

Después de haberle dado su palabra, Isabella procuraba no pensar en la primavera y el inevitable final de aquel tiempo entre tiempos. Pensaba sólo en el ahora, cada día semejante a un eslabón más de la cadena, cada uno tan hermoso y tan preciado como el resto.

Cuando los días llegaban a su fin, las noches estaban llenas de relatos, música y risas en el salón. Después, en el oscuro remanso de paz de su cama acortinada, venían los besos dulces y tumultuosos y ambos se unían como hechos el uno para el otro, una y otra vez, hasta que ella quedaba acunada en brazos de Edward sintiendo una ferviente y silenciosa alegría.

Y cada día se asomaba por la ventana o por la empalizada, y se alegraba de ver caer la nieve, de ver la capa de hielo brillante como una joya, o de oír el gemido del viento. Con el tiempo fue notando que la nieve se había derretido un poco más hasta que por fin desapareció en el suelo; el sol brillaba con más fuerza y durante más tiempo, y los primeros brotes de verdor se abrían paso entre la maleza.

Aunque la nieve aún permanecía en algunos parches del suelo, sintió que el corazón se le encogía en el pecho, y desvió el rostro.

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—Lejos de aquí hay una isla que se eleva entre la niebla y reluce a la luz del sol —dijo Billy—. Allí hay árboles que se doblan por el peso de los frutos, y arbustos de moras de ramas inclinadas. Por ella discurren ríos de vino y miel y anchas llanuras de verdor. Las montañas están coronadas de nieve, blancas y redondas como senos de mujer.

Isabella deslizó una mirada a Edward, el cual le acariciaba la espalda con la mano sentado a su lado en el banco. Ella se estiró con languidez bajo aquella caricia y continuó con la traducción.

—Y las crestas de las praderas son hermosas y teñidas de malva, y los ríos que fluyen por ellas son dulces y amables. Allí no se conoce el llanto ni la traición, ni jamás se ha visto la vejez ni la enfermedad. La música es siempre alegre al oído, y el canto de los pájaros y el dorado sonido de las cuerdas del arpa llenan el silencio de esa tierra multicolor. Es la Tierra de la Eterna Juventud, la Tierra de Promisión...

Isabella calló cuando lo hizo Billy, y cerró los ojos con placer al sentir la mano de Edward deslizarse sobre la suya, el dedo pulgar acariciar su palma, en un contacto cálido y prometedor.

Demasiado pronto abandonarían la pequeña isla que habían creado para los dos; demasiado pronto desaparecerían las nieves y llegaría por fin la primavera.

.

—Háblame de la isla del lago —pidió un día Edward a Emmett mientras ambos caminaban juntos por el patio.

— ¿La isla? —Emmett lo miró sorprendido—. Es un buen sitio. Hay unas antiguas ruinas, no mucho más que un montón de piedras viejas, aunque aún conserva varias estancias dentro de sus muros donde se puede estar seguro y caliente. —Sonrió, y le chispearon los ojos.

—Lo bastante seguro para esconderse, ya sé —dijo Edward con una ligera risa—. Háblame de la isla en sí. ¿Es lo bastante grande y sólida para servir de lecho a un castillo de piedra?

Los dos hombres se dirigieron al sendero de tierra que bordeaba el interior de la empalizada. Subieron y se quedaron allí, contemplando el paisaje que se extendía más allá de los puntiagudos troncos. El estrecho lago se veía triste y gris bajo el cielo encapotado y el fuerte viento traía humedad. En la orilla opuesta, la Doncella de Piedra se erguía maciza y fuerte contra el cielo.

La isla del centro del lago estaba oscura por los árboles desnudos, rocas y vegetación; en el medio se distinguía el tosco contorno del viejo torreón que sobresalía entre una maraña de árboles.

—Es una buena isla, Edward Bán —dijo Emmett—. Lo bastante grande para un castillo de piedra, creo yo.

—Cuando mejore el tiempo, iré allí a echar un vistazo. Si es un lugar lo bastante sólido, sin terreno cenagoso y con suficiente roca para construir unos cimientos fuertes, tal vez construya un castillo en ella.

—Entonces tienes intención de quedarte en Kinlochan —dijo Emmett.

Edward se encogió de hombros sin comprometerse a nada.

—Tengo órdenes del rey de planificar un castillo y organizar su construcción. No deseo derribar esta fortaleza de madera ni trasladar aquí una guarnición mientras este lugar es convertido en un castillo de piedra. Hay que escoger otro emplazamiento. El rey aguarda mi informe sobre este y otros asuntos.

—Cuándo prepares tu informe para el rey, ¿vas a llevárselo en persona?

—No tengo la intención de marcharme de aquí inmediatamente—respondió Edward—. Antes tengo una disputa que solventar con James. Pediré a Robert que se lleve unos cuantos caballeros y vaya a Dunfermline a entregar mi carta al rey. Ese informe no puede esperar más.

—Cuándo escribas al rey —dijo Emmett despacio—, ¿qué vas a decirle acerca del renegado y proscrito Emmett MacWilliam?

Edward miró más allá de la empalizada. El viento le azotaba el rostro.

—Ese hombre está muerto, ¿no lo sabías? O en Irlanda —agregó.

—Eso he oído decir.

Edward miró al montañés.

— ¿Por qué has vuelto, conociendo el peligro, sabiendo que iban a darte caza?

Emmett contempló el lago.

—Por Rosalie.

Edward comprendió la pasión, la necesidad y el amor que expresaban aquellas dos palabras.

— ¿Y qué hay de la causa de los MacWilliam?

—Los rumores tienen razón sólo en parte —contestó Emmett—. No he regresado a las Highlands en busca de apoyos a la causa de mi clan; yo tengo un objetivo propio. —Miró a Edward—. Mi hijo Lain, que es más o menos de la edad de Isabella, ha desaparecido desde la batalla del año pasado. Esa tristeza me pesa grandemente en el corazón, y también en el de Rosalie. He estado indagando. He de averiguar si está realmente muerto, como dicen, o si es que no puede enviarnos un mensaje, como me ocurrió a mí.

Edward asintió con un nudo en la garganta.

—Entiendo.

—En cuanto a lo demás, mi primo Guthred es joven e impetuoso, diestro para la lucha y para instigar a otros a luchar, y muchos quieren apoyarlo en sus hazañas. Pero yo no.

— ¿No estás de su parte?

—No lo aliento. No sería el mejor de los reyes, si alguna vez lograse hacerse con el trono. Y dudo que pueda. Tiene a los condes celtas en su contra, cosa que ha sucedido siempre. Posee escasa influencia de verdad, carece de riquezas personales y de educación, y también de habilidad para negociar con los normandos, los ingleses y el clero, de lo cual no carece el rey Guillermo. Lo único que tiene en realidad es el derecho directo al trono por linaje, a través de los descendientes de los pictos. Pero eso no es suficiente.

—Muchos no estarían de acuerdo contigo, pues creen que la sangre lo es todo.

—Más que sangre de los ancestros, lo que se necesita es sangre orgullosa para ser un buen rey o un buen hombre.

Edward frunció el ceño, pensando con cuánta exactitud expresaban aquellas palabras su propia experiencia, su propio corazón.

—Entonces tú eres leal al rey.

—Lo soy, y lo he sido siempre. Pero también soy leal a mi gente y a mi clan, por eso me he unido a esta lucha cuando ha sido necesario. Lo que quiero hacer es convencer a mi primo Guthred de que adopte una postura sensata. Pero me parece que va a persistir en esta locura hasta la muerte.

—Entonces, ¿por qué has vuelto aquí, si no ha sido para buscar apoyos para tu clan? Si ha sido sólo por Rosalie, ¿por qué fuiste a hablar con James? —Edward lo miró fijamente—. Sé que te entrevistaste con él.

—Fui a verlo, en efecto —dijo Emmett—. Él es leal al rey, como ya sabes. No piensa luchar al lado de Guthred cuando mis hombres regresen de Irlanda. No sé qué planes tienen al respecto, si ibas a preguntármelo —se apresuró a decir.

—Entonces, ¿qué asuntos te han llevado a ver a James? —quiso saber Edward.

—Indagar acerca de mi hijo, sobre todo. Además, el padre de James y yo fuimos camaradas en un tiempo —dijo Emmett—. Yo no pertenezco al clan Laren, aunque mi esposa sí. En el pasado, con frecuencia yo era el único lazo existente entre estos dos clanes en guerra. Conocía la desesperada situación del clan Laren y la gravedad de esta enemistad. Pensé en forjar de nuevo una amistad con James e intentar volver un poco de buena voluntad hacia la familia de mi esposa.

Edward asintió.

—James parece estarte agradecido por haber salvado la vida de su hijo.

Emmett se encogió de hombros.

—Es posible que se sienta agradecido, y que sea leal, pero no se puede confiar en él. James sirve sólo a sus necesidades en primer lugar, por delante de las de su clan. Ten eso presente y te irá bien con él.

—No lo olvidaré —le aseguró Edward—. Ya he incluido en mi informe que aunque ese hombre parece leal a la Corona, continuará provocando inestabilidad en esta zona si nadie lo frena.

Emmett asintió con un gesto y levantó la mirada.

—Este tiempo pronto cambiará. Incluso ya se está derritiendo la nieve en los pasos de montaña. Tus hombres pueden llegar a Dunfermline en unos cuantos días.

—Lo sé —contestó Edward—. Antes de que se vayan, he de añadir una nota más a mi carta al rey.

— ¿Acerca de Emmett MacWilliam?

—Es posible que ese hombre haya muerto, tal como afirman los rumores; pero mi intención es subrayar ante el rey que Emmett Mór nunca ha supuesto una amenaza para la Corona. Diré que, aun cuando lo encontraran, no hay necesidad alguna de perseguirlo ni arrestarlo.

Emmett quedó contemplando el lago, y al cabo de un momento asintió con la cabeza.


Awwww. Amo que Edward la llame mo cáran. Ya les dije pero es que simplemente me encanta. Tan bonitos los recién casados, ¿No creen? Son hermosos.

Primer capítulo extra. Falta el otro y terminamos por hoy. :3

Un beso y un abrazo,

Dani.