- Capítulo 28.5: El bien siempre triunfa sobre el mal.

"El mal es árbol que crece y que cortado retoña".

HERNÁNDEZ, José

- ¡Cuanto tardan estas chicas! – dijo James ya desesperado y trajeado, dando vueltas por toda la sala común -. ¿Se están haciendo los trajes a mano o qué?

- Alta costura – rió Sirius.

- ¡No me vaciles!

- Tranquilo Cornamenta. No te pongas nervioso – dijo Sirius apoyado contra una de las mesas de la Sala Común también con su traje preparado y puesto. Entonces escuchó como se abría la puerta de la habitación y las voces de sus parejas que ya bajaban las escaleras -. Mira, ya bajan.

Las primeras en bajar fueron Marlene y Alice, una con un vestido rosa pálido y la otra con un vestido azul clarito y un moño, seguida de Liza, cuyo color era el violeta. Las tres estaban resplandecientes y la última de ellas fue recogida por el brazo de un Remus maravillado que se la llevó rumbo al Gran Comedor.

La siguiente en bajar fue Lily. Ella había elegido el color verde esmeralda, como sus brillantes ojos que miraban a James.

- Tío – dijo a Sirius que estaba a su lado –, pínchame que creo que me he muerto. Estoy viendo un ángel.

Sirius así lo hizo, le pellizcó fuertemente en un brazo hasta que James se apartó de su lado.

- ¡No te pases! ¡Se lo toma todo a la tremenda! – dijo a Lily que ya estaba a su lado.

Lily estaba increíblemente preciosa con su rojizo pelo cayendo sobre sus hombros y Sirius hubiera estado completamente de acuerdo con James si no hubiera visto a su verdadero ángel. Ya se veían sus pies mientras iba bajando las escaleras, con sus ligeros zapatos blancos y por fin pudo verla en lo alto de la escalera. Era la primera vez que la veía vestida de blanco, como una novia. Su pelo estaba recogido con una horquilla de nácar y sobre sus hombros caían, bailantes al andar, numerosos y oscuros bucles. Toda ella irradiaba una especie de luz que deleitaba a todo aquel que la mirara.

Cuando estuvo a su lado, Sirius se tambaleó un poco, nervioso, para ponerse recto ante ella. Pero aunque intentó aparentar su impasibilidad, todo parecía señalar que estaba realmente impresionado.

- Hola – dijo estupidamente -. Estás increíble.

- Gracias, Sirius – dijo Perséfone mostrando su sonrisa, que Sirius no sabía por que pero parecía brillar más que nunca.

- Sirius, recógete la baba y vamos al Gran Comedor – dijo James burlón que lo llamaba desde la puerta que les llevaba al exterior de la Sala Común.

Así todos bajaron las escaleras, las chicas con cuidado de no tropezar con sus vestidos y los chicos maravillados con la belleza resplandeciente de sus chicas.

Una vez abrieron la puerta del Gran Comedor, una luz los cegó por completo hasta que se acostumbraron y pudieron ver la Sala en su esplendor. Tenía pancartas por todos lados, con los escudos de las distintas casas. Brillaban por aquí y por allá luces de los más vivos colores que volaban entre las cabezas de la gente y las mesas habían sido recogidas a un lado para poder poner la comida y bebida, y que los alumnos de último año se desplegaran en la zona central para bailar.

- ¡Hola chicos! – exclamó Liza emocionada, sorprendiendo a Perséfone que aun miraba un techo estrellado -. Esto está increíble. Lo han dejado todo precioso.

Remus se acercó por detrás de ella y la entregó una copa de las dos que llevaba en las manos. La otra, que se suponía que era para él, se la quitó Sirius con todo su morro y se la bebió de un trago.

- Gracias Remus tío, me había quedado seco – dijo devolviendo la copa a un Remus totalmente petrificado de la impresión.

- S...Sí, sí claro. No importa, iré ahora a por más – dijo Remus dejando la copa en una de las mesas -. ¿Quieres que te traiga una, Perséfone?

- No, gracias Remus, luego más tarde quizás. Ahora mi atención es toda captada por la decoración.

- Es increíble. ¡Mira! – dijo Lily impresionada al ver pequeños duendecillos voladores con pajarita portar las bandejas de los canapés -. Están tan graciosos con las pajaritas negras.

- Lo raro es que los duendecillos de Cornualles no estés destrozando el mobiliario y tirándonos los canapés a la cara – dijo James.

- ¡Eh! ¡Uno de salmón! ¡Tú bicho, espera! – dijo Sirius a la caza de un pobre duende.

- Veo que os lo estáis pasando bien – dijo una voz por detrás del grupo. Todos se dieron rápidamente la vuelta y se encontraron con Albus Dumbledore que lucía una preciosa túnica dorada.

- Todo está muy bien – dijo Sirius que ya volvía con su canapé de salmón en la boca -, pero los camareros son un poco malos. El servicio ya no es lo que era.

- De todos modos espero que todo sea de su agrado – dijo Dumbledore dirigiéndose a Sirius -. Confío en que no le importará que le robe la pareja para un baile con un pobre viejo.

- Sí, pero os estoy vigilando – dijo Sirius haciendo una gesto, apuntando con los dedos sus ojos y los del propio Dumbledore.

Así, con una carcajada, Dumbledore se volvió hacia Perséfone y le ofreció el brazo que aceptó gustosa. Los dos se fueron al centro de la sala y abrieron el baile. Mientras sonaba la música, y las vueltas y más vueltas se sucedían, Albus comenzó a hablar.

- Últimamente no hemos hablado mucho, desde lo que ocurrió en el sauce boxeador – dijo él para abrir tema -. Espero que no me tengas rencor, se que fui demasiado duro, pero en esos momentos me pudo la rabia.

- Creo que he estado demasiado avergonzada por ello como para poder volver a tener una charla contigo – contestó Perséfone sin mirarle a los ojos, lo cual era bastante difícil ya que estaban demasiado cerca el uno de otro.

- No hay de que avergonzarse, Perséfone. Que sepas que sigo siendo tu tío. En mi puedes confiar. Y estoy muy orgulloso de ti. Mirate, estás increíble.

Ella sonrió mientras su tío la hacía girar sobre sí misma. El vuelo de su vestido bailó con ella en un gran resplandor blanco.

- Es como volver a revivir bellos momentos – dijo Dumbledore.

- ¿Porqué? – preguntó Perséfone.

- Ese vestido no te lo he comprado yo, aunque te lo haya dado. Era de tu madre, del mismo baile en el cual estás tú ahora.

- ¿De mi madre? – preguntó helada, dejándose llevar por su tío.

- Sí, y ahora que eres igual que ella, me traes buenos recuerdos.

- ¿Puedo robarle a su tío unos instantes? – dijo una voz tras ellos.

McGonagall estaba allí, de pie, esperando con su túnica nueva para ser llevada al centro de la pista. Resultaba gracioso.

- Claro. Se me ha secado la garganta, así que iré a beber algo – dijo Perséfone dirigiéndose hacia la pared en la que estaba expuesta una larga mesa que ofrecía las bebidas.

Una vez allí se dio cuenta de algo en lo que no se había fijado antes. El ponche estaba en distintos recipientes de cristal, unos alargados y estrechos, otros grandes con forma de caldero, de vaso, de jarra, con formas redondas, cuadradas, de pirámide, cónicas, e incluso unas grandes esferas de cristal que colgaban desde el techo estrellado, que tenía un grifo en su parte inferior desde en cual podía verterse su interior. No fue aquello lo único que llamó su atención, sino que casa uno de los recipientes contenía ponches de todos los colores: desde el rojizo más coloquial, hasta verdes, azules, naranjas, morados, y toda una gama de colores muy amplia y vistosa.

Perséfone se decantó finalmente por una de las bolas que colgaban del techo, con un contenido de color verdoso. Tomó un de las copas de cristal que había sobre la mesa y poniéndose de puntillas llegó hasta el grifo que accionó para llenar su cáliz.

Cuando lo tuvo a la altura de su pecho de nuevo y a salvo de ser derramado, se dio la vuelta y se encontró con una oscuridad familiar. No le sorprendió encontrar a Snape apoyado contra una de las columnas que se hallaban tras ella, saliendo de la sombras y extendiendo su mano para captarla.

Ambos se quedaron mirándose el uno al otro, sin decir una palabra hasta que Perséfone echó a andar, ignorándole. Pero antes de que ella estuviera fuera de su alcance, se puso ante ella para no dejarle pasar.

- Espera – dijo Snape mirándola a los ojos, intentando descifrar sus pensamientos.

- Olvídame, yo no existo – dijo ella aun con la copa de ponche en su mano.

- Perséfone... - dijo tomándola del brazo.

-¡No me toques! – gritó zafándose de su mano y arrojándole el líquido verde de su cáliz a la cara.

Aunque todo aquello ocurrió de manera muy rápida, Snape pudo contraatacar lanzando un conjuro, de esta manera sacó su varita y apuntó al líquido verde diciendo:

-¡Involvo!

El ponche pasó de tener un estado líquido a uno sólido por momentos, se congeló en el aire, delante de su cara y segundos más tarde volvió de manera líquida de nuevo a la copa, brillando y moviéndose dentro en pequeñas ondas, como si nada hubiera pasado.

Perséfone miró horrorizada la copa y la dejó caer al suelo de la impresión causada. El suelo se llenó de aquel líquido verde y de cristales rotos. Artes Oscuras. Tuvo miedo de mirarle a los ojos. Él se había convertido en alguien que ya no reconocía.

- ¿Quién eres tú? – susurró lentamente y echó a correr hacia el balcón ahora abierto del Gran Comedor, fuera de la fiesta.

Necesitaba aire para poder respirar y ahí lo encontró. Corría una brisa tranquila que no la apaciguaba de ninguna manera. El viento la susurraba cosas que no entendía mientras movía sus tirabuzones de forma que los hacía parecer muelles. Los oídos la pitaban por la música de dentro y a la vez escuchaba su corazón palpitar intranquilo.

Entonces fue cuando sintió una mano en su cintura. Se sobresaltó de tal modo que gritó y sacó su varita para poder defenderse, sin motivo aparente ya que quien estaba tras ella era Sirius Black.

- Tranquila – dijo alzando un poco ambas manos para apaciguarla. Cuando la miró a la cara y vio lo pálida que estaba la cogió por la cintura y la atrajo hacia él, llevándola hacia un banco de piedra que había junto a la baranda de aquel pequeño balcón -. ¿Te encuentras bien? ¿Qué ha pasado? De repente vi a Dumbledore bailando con McGonagall y luego te vi correr hacia aquí como un vendaval. Estas temblando.

- Es que... Sirius... no me encuentro bien. Creo que algo malo va a pasar, tengo un mal presentimiento.

- Cálmate – dijo sentándose junto a ella, tomándola de la mano -. Ya ha pasado todo. Lo de esta mañana solo hay que olvidarlo, nadie ha salido herido y ahora todos estamos a salvo.

- No sabes cuando me alivia oír eso ahora mismo – dijo ella aceptando sus caricias que él le hacía en la mejilla.

- Que tonta, mi gatita – dijo Sirius cariñosamente.

- Miau – dijo Perséfone poniéndole ojitos de chica mala, provocándole.

- Yo que tú no haría eso – dijo Sirius en quien la provocación pareció surtir efecto.

- ¿Por qué? – y volvió a decir un largo -. ¡Miau!

- ¡Te vas a enterar! ¡Te voy a enseñar yo a ti! – dijo Sirius levantándose del asiento para atacarla.

Perséfone divertida se apartó de un salto y echó a correr riendo mientras bajaba las escaleras del balcón que llevaban directamente a los terrenos de Hogwarts.

Dentro de la fiesta la cosa parecía decaer un poco. La música era cada vez más lenta y las pocas parejas que quedaban en la pista bailaban abrazados moviéndose casi milimétricamente al son de la música, es decir, casi imperceptiblemente.

Lily y Liza habían escogido un sitio junto a la ventana, desde donde podían ver toda la sala de baile. Mientras James, Lupin y la pareja de Alice, Frank Longbotton conversaban entre ellos del último partido de quidditch que les había hecho ganar la copa, Lily, Alice y Marlene hablaban de lo duras que les habían parecido las últimas semanas de estudios y trabajos para acabar bien con los EXTASIS.

Liza sin embargo, parecía más interesada en la ventana, y en lo que estaba ocurriendo allí afuera.

Al principio creyó que lo que veía era una sombra o un destello de luz. Algo blanco se movía muy rápido por los terrenos de Hogwarts hacia el cementerio. Luego, gracias a su vista privilegiada otorgada para jugar al quidditch se dio cuenta de lo que había creído ver.

- ¡Dios mío! – gritó haciendo que todos sus compañeros la miraran.

- ¿Qué ocurre? – dijo Lupin sobresaltado.

- Lily mira – dijo cogiéndola del brazo y poniéndola frente a la ventana -. ¡Es Perséfone!

- ¡¡No!! ¡Tenemos que ayudarla!

- ¡Corre! ¡Iremos por las escaleras del balcón! – dijo Liza y ambas echaron a correr hacia este.

- ¡¿Pero que es lo que pasa?! – gritó James para hacerse oír entre la gente.

- Perséfone corre peligro. ¡Vamos todos! ¡Un perro gigante y negro la persigue por Hogwarts! – gritó Lily ya saliendo al balcón.

Todos corrieron tras ellos al instante menos Lupin y Potter, que se quedaron atrás pensativos, uno estupefacto y el otro con las manos en los bolsillos. Ambos se miraron y entonces James dijo extrañado:

- ¿Un perro...? – susurró y gritó al momento - ¡No Lily! ¡Esperad! ¡Os equivocáis! ¡No es un perro!

Perséfone era perseguida por un gran perro negro de ojos grises. Pronto llegó sofocada a una especie de explanada donde unos setos cerraban el paso. Una gran estatua de forma de gárgola estaba situada en el medio de dicho lugar y unas losas de piedra se extendían a su alrededor, los cuales podían usarse para sentarse en el lugar.

Cansada de tanto correr, con su vestido agarrado para no tropezar y sus zapatos perdidos por el camino en la carrera, terminó parando viendo que no tenía salida por allí. Dando la vuelta se encontró de cara con aquel perro, que a la carrera dio un gran salto hacia ella y la tiró al suelo de espaldas.

Pese a lo que había ocurrido la joven no parecía tener miedo, sino que reía a carcajadas mientras sus mejillas se encendían de un color rosado. De pronto el perro se transformó en un ser humano, el animago Sirius Black, quien estaba justo encima de ella, sin dejarla escapatoria.

- Estoy cansada – dijo ella.

- Eso habértelo pensado antes – dijo él riendo y besándola.

Perséfone pronto le devolvió el beso. No supieron cuanto tiempo permanecieron allí abrazados, tumbados en el césped y mirando las estrellas. Pero justo entonces su paz se acabó, la brisa se levantó en Hogwarts y el cielo avecinó tormenta.

Ella sintió algo extraño, en aquel lugar había alguien más, alguien que la hacía estremecer. Se puso de pie y tembló. El viento se volvió frío y fétido. Entre los matorrales se abrían paso dos ojos rojos. Sus peores recuerdos volvieron.

- ¡Sirius, márchate de aquí! – dijo justo cuando se ponía en pie.

Fue demasiado tarde para reaccionar. Sirius recibió una maldición surgida de las sombras. Un haz de luz roja le alcanzó y le dejo en el suelo, retorciéndose de dolor.

- ¡Sirius! – gritó Perséfone intentando alcanzarle esquivando otra maldición, pero no pudo llegar hasta él, sino que tuvo que defenderse -. ¡Expelliarmus!

Una risa maligna surgió de entre las sombras, una risa que helaba la sangre. Perséfone la conocía muy bien, pero no pudo creérselo hasta que vio a su padre delante de ella. Estaba horrible, más horrible de lo que nunca hubiera podido verle. Su cara era como la de un cadáver, y su mirada era como la de una sucia serpiente. Carecía de pelo, de labios y de fosas nasales. Parecía carecer de alma.

- ¿Eso es lo mejor que sabes hacer? – dijo este con odio - ¿Eso es lo que Dumbledore te ha enseñado? ¡Crucio!

- ¡Impedimenta! – gritó Perséfone desviando el hechizo.

Voldemort la miró enfadado. Pero cuando iba a volver a atacarla se escuchó a gente corriendo en aquella dirección. No podía creerlo, estaban salvados. Pero cuando vio quienes eran, prefirió no haber ido allí nunca. Eran sus amigos, quería que se alejaran como fuera y que nada pudiera herirlos.

- ¡Scuto! – lanzó un rayo azulado que creó un campo de fuerza que dejó atrapados tras él a Lily, Marlene, James y Remus, los demás consiguieron saltársela y llegar hasta donde estaban ellos. Lily, James y Remus intentaban con todas sus fuerzas deshacer el hechizo, golpear el escudo, pero no pudieron. Mientras Marlene corría hacia el castillo a buscar ayuda.

Alice, Frank y Liza no supieron donde se habían metido hasta segundos después. Con una rápida mirada hacia Sirius, y otra a los dos enfrentados supieron al instante que era lo que allí ocurría.

- ¡Iros de aquí! – gritó Perséfone lanzando todos los conjuros que podía para distraer a su padre. Pero nadie se movió. Los conjuros pararon y se hizo el silencio, mientras se oía la respiración agitada de Perséfone ni una mísera brisa de viento recorrió aquel lugar. Todo estuvo silencioso hasta que Lord Voldemort rompió ese silencio.

- ¿Ves Proserpina? No puedes hacer nada contra mí – dijo colocándose la capa como si nada.

- No metas a gente inocente en esto. ¡Marchaos!

- De aquí no se va a ir nadie – dijo él riendo y preparando su varita –. Solo estamos conversando. Siempre he pensado que la amistad no es más que un simple impedimento en tus propósitos.

- La amistad me mantiene viva, al contrario que a ti.

- Me da igual lo que te mantenga viva o no. Tienes que pagar por lo que hiciste. Hoy he venido a llevarte conmigo, ahora que tienes tu preparación mágica eres más útil que cuando te marchaste. Dumbledore me ha hecho todo el trabajo. Será mejor que no te resistas, porque sino hoy no morirás tú sola.

- ¡Nunca iré contigo, maldito engendro! – gritó Perséfone dando unos pasos atrás.

- Si eso es lo que quieres... ¡Crucio! – gritó echando su maldición en esa dirección. Pero cuando bajó la varita se dio cuenta de que Perséfone seguía intacta, temblorosa pero entera. Sin embargo una chica castaña con un traje violeta estaba tirada en el suelo. Liza había corrido hacia ella y había recibido el golpe. Ahora volvía a levantarse dolorida.

- Nunca la tocarás – gritó Liza con lagrimas en los ojos, de tal forma que todos tuvieron que retener el aliento por unos instantes -. Ya no es tuya. ¡No te la llevarás!

Aquellas palabras que habían pronunciado aquella última vez que Voldemort mató a la abuela de Perséfone retumbaron en sus oídos. No podía creer que tuviera amigos que la quisieran tanto que pudieran defenderla de aquel modo.

- ¡Quítate estúpida! ¡Crucio!

Esta vez Liza gritó de dolor, tan fuerte que Perséfone creyó que algo se la había roto dentro. Voldemort siguió y siguió repitiendo la maldición una y otra vez sin que nadie fuera capaz de hacer nada. Era un acto de valerosidad y de profunda amistad, pero nadie fue capaz de ayudarla.

- ¡Para! – gritó de una vez Perséfone no aguantándolo más -. ¡Ya basta!

Su padre le hizo caso. Dejo caer su brazo con la varita y todos creyeron que Liza había muerto de dolor, pero estaban equivocados. Liza, llena de sangre por todos lados de las heridas que se había abierto en su piel, se volvió a alzar en pie. Todos quedaron sin habla, asombrados por su coraje. Perséfone lloraba, quería que parase cuando aún estaba viva. Quería que la dejaran a solas con él, que solo la hiciera daño a ella. Pero mientras seguía pensando cosas que nunca pasarían, la voz de Liza sonó grave en aquel circulo con la gárgola en medio mirándola.

- ¿No lo entiendes? Todos luchamos por ella y nadie lucha por ti. Tú matas y haces daño, pero nosotros volvemos a levantarnos contra ti. Yo vuelvo a alzarme.

- ¡Cállate estúpida, morirás por siquiera hablarme!

- No silenciarás mis palabras, porque mis palabras son las de todos. No puedes matarnos a todos, al mundo, ni puedes silenciarlo. Una y otra vez nos levantaremos, aunque mates a nuestras familias, a nuestros amigos, porque si hay algo que nos une a todos es el querer vivir en paz. Y nadie como tú puede arrebatárnosla. El bien siempre triunfa sobre el mal.

- ¡Avada Kedavra! – gritó contra ella, cayendo sobre la hierba humedecida por el rocío -. ¡Ella no volverá a alzarse contra mí! ¡Y cuando vuestras familias hayan muerto recordaréis que os hice un pacto y que no quisisteis tomar! ¡Quien se alce contra mi morirá! ¡Nadie podrá resistirse a la amenaza de ver morir a sus hijos delante de sus ojos!

Los gritos y el dolor habían echo presa de todos. Gritaban y lloraban por la pérdida de su amiga y por la pérdida de quien fuera el siguiente. Remus al otro lado del escudo irradiaba rabia. Quería matar a Voldemort con sus propias manos, querían rasgar aquel escudo. Estaba desconsolado, no podía parar de gritar. Lily, acurrucada en el suelo contra el escudo, lloraba, golpeaba aquel campo de fuerza sin esperanza ninguna y podía leerse en sus labios en nombre de su amiga que acababa de morir. Mientras James miraba todo aquel panorama, temblaba de rabia y sostenía la varita estúpidamente en la mano sin saber que hacer, sin saber que decir. Alice lloraba, mientras era protegida por Frank quien la sujetaba entre sus brazos para que nadie pudiera hacerla daño. Mientras Sirius había corrido hacia Perséfone y se había puesto en la misma posición en la que antes había estado Liza.

- ¿Tú también quieres morir muchacho? – pronunció Voldemort con odio.

- ¡Tú no Sirius, apártate! – gritó Perséfone intentando empujarle.

-¿Y de que me serviría vivir sin haber luchado por lo que más quiero? – dijo entre lágrimas - ¿De que me serviría seguir viviendo?

- ¡Estúpidos personajes, me dais asco con vuestros lloriqueos! ¡Avada ke...!

Alguien interrumpió el conjuro antes de que pudiera lanzarlo. Su figura recortada apenas podía vislumbrarla Perséfone entre las lágrimas. Lo único que pudo discernir era aquella barba blanca que ondeaba al viento.

- ¡Tú!

- Aunque no lo creas yo estoy más sorprendido de verte por aquí... Tom – dijo una voz cálida pero amenazadora.

Era Dumbledore. Nunca en toda su vida Perséfone había agradecido tanto su aparición. Detrás de este se encontraban todos los profesores de Hogwarts y algunos de sus alumnos.

- Vuelve por donde has venido. No quiero que nadie más muera aquí esta noche.

- Lo que quieras o no quieras no me importa en absoluto, deberías saberlo – dijo con gesto amenazador -. Ahora se que mi poder es superior al vuestro. Mi poder no tiene límite. Incluso he conseguido adeptos dentro del colegio para que pudieran dejarme entrar – y señaló la verja de hierro, cuya puerta estaba abierta -. ¿Ves? Nada más fácil entrar, por la puerta como simples muggles.

- Es curioso que los menciones, cuando se sabe que tu odio se extiende sobre ellos hasta lo más profundo – dijo Dumbledore caminando hacia él, haciéndole retroceder.

- Debo decir que nunca aprobé que en este colegio se admitieran sangres sucia...

- Aquí no hay ningún mago que deshonre la sangre mágica de nuestro colegio, te lo aseguro, Tom. Todos y cada uno de sus alumnos están aquí porque han probado su valía, y no hay ninguno superior a otro para Hogwarts.

Voldemort intentó echarle una maldición en el momento que le creía descuidado, pero los reflejos del director no se lo permitieron. Desvió el hechizo hacia unos arbustos del fondo de aquel lugar.

- ¡Tanta charlatenería me agota, siempre me he aburrido en tus clases, Dumbledore! – dijo Lord Voldemort ya a la altura de la puerta de Hogwarts -. Solo quiero una cosa ¡Dame ya lo que he venido a buscar! ¡Me lo robaste! ¡Devuélvemelo y me iré!

- No, Tom – dijo simplemente.

- ¡Ella me pertenece! – chilló con los ojos en sangre por la furia provocada -. ¡Es mi hija! ¡Sangre de mi sangre!

- Y también de la mía – dijo avanzando sin miedo hacia el cuerpo de aspecto cadavérico de Voldemort seguido de los profesores que le apoyaban por detrás -. Márchate o quizás te arrepientas de haber vuelto de nuevo.

El rictus de Lord Voldemort no podía haber expresado más furia, ira y odio que la que expresó en el instante en el cual cruzó la puerta de hierro. Una vez fuera se envolvió con su oscura y terrible capa y se desapareció.

Cuando Perséfone despertó al día siguiente en su cama pensó que todo había sido una horrible pesadilla, pero cuando corrió hacia la cama de Liza encontró que sus cosas habían sido recogidas, y que sobre la almohada había un gran lirio blanco. La gran verdad cayó sobre ella.

Al lado de su cama encontró el vestido violeta que había lucido la noche anterior. Estaba todo raído y ajado, manchado y descosido. Cuando lo miro no pudo más que recordar como ella la había defendido de la muerte. No había sido justo.

Cuando se hubo vestido, bajó a la Sala Común donde encontró a Lily y James, intentando consolarse mutuamente. James fue el primero que le vio de los dos.

- ¿Estas mejor? Perdiste el conocimiento – dijo James.

Lily se levantó del sillón como el rayo, y se tiró sobre ella abrazándola con fuerza. Cuando la apretó contra sí notó que temblaba como la hacía temblar a ella. Sintió que lloraba, y que le mojaba la camiseta mientras apretaba los labios para aguantar un grito.

- ¿Y los demás? – preguntó Perséfone.

- Todos han bajado ya. Están con Liza. Esta tarde la enterrarán aquí en Hogwarts. Remus ha estado toda la noche velándola – dijo James a trompicones, como si fuera a romper a llorar en cualquier momento.

Así bajaron al Gran Comedor. Cuando Perséfone entró le pareció encontrarla más oscura que nunca, hasta que vio que las ventanas estaban tapadas y comprendió el porque. Cientos de velas flotaban silenciosas por el aire, y las flores inundaban el camino hasta el altar donde se encontraba ahora un ataúd. Estaba erguido justo donde se colocaba la mesa de los profesores, pero esta había sido retirada de nuevo. Un montón de alumnos de Hogwarts permanecían entre las columnas murmurando sobre lo que había sucedido la noche anterior, pero nadie podía creerlo.

Perséfone siguió hasta la tumba, donde estaban los cinco amigos. Frank sujetaba a Alice de forma diferente a aquella noche y Sirius intentaba que Marlene no llorara más. Mientras Remus tenía la cabeza apoyada sobre el regazo de la difunta. Perséfone le abrazó por la espalda, e intentó que se despegara de ella para abrazarle.

Bajo la mirada de todo aquello, James dejó la mano de Lily y se colocó en medio de todos, en frente de Liza. Y alzó la voz con lágrimas en los ojos:

- Quiero proponer algo aquí y ahora, frente a la tumba de nuestra amiga que dio su vida valientemente por todo aquello en lo que creía. Y yo también lo creo.

Todos le miraron atentamente y se acercaron al ver que hablaba en serio. Hicieron un corro donde todos pudieran verse las caras.

- Mañana ya habremos acabado completamente nuestros estudios en Hogwarts, todos nos iremos, pero ella no podrá venir con nosotros. Quizás muchos de nosotros, pese a todo lo que hemos vivido, todo lo que nos unía; no volvamos a vernos. Por eso aquí y ahora quiero proponeros el Juramento Inquebrantable. Si no cumplimos lo que se va a decir mejor estar muertos – y así James dejó la mano en el aire y uno a uno fueron poniendo sus manos encima, hasta que no quedó ninguno fuera del círculo.

- No podríamos llamarnos sus amigos si hiciéramos menos – dijo Remus con los ojos rojos.

James sacó la varita con la otra mano y la colocó sobre todas las manos.

- ¿Juráis que, por mucho que pase, la amistad que nos une será más fuerte que este juramento? – preguntó James.

- Lo juramos – dijeron todos decididos.

Una delgada y brillante lengua de fuego salió de la varita para enroscarse alrededor de todas aquellas manos, como alambres ardientes.

- ¿Y juráis que procurareis llegar alto, que todos intentaremos por todos los medios llegar a ser aurores por Liza, que para sí lo quería, y que de no ser así seguiremos empeñados en luchar contra el poder tenebroso?

- Lo juramos – dijeron todos de nuevo.

Una segunda lengua roja salió de la varita de James, entrelazándose con la primera formando solo una.

- ¿Juráis que en esta orden que fundemos para luchar seréis fieles para siempre, que procurareis un futuro mejor lejos de la guerra y la muerte, aunque os cueste la vida como a Liza? ¿Qué esta orden será el todo que nos una?

- Lo juramos.

Un resplandor rojo ilumino la gran sala al salir la tercera lengua de fuego y unirse las tres en una como lo habían echo ellos. Todo quedó en silencio. Todo había sido ya dicho.

Fin de la Primera Parte