Respetuosamente reconozco los cientos de fics que he leído y la influencia que puedan o no puedan tener en mi historia – esta historia la he escrito sin fin de lucro y es basada en los personajes principales que le pertenecen a Mizuki e Iragashi

Muchos personajes que han sido añadidos pueden ser basados en personajes históricos – pero su función en esta patraña es puramente un trabajo de ficción ya que este relato no es históricamente exacto.

Dedicado con mucho amor a la Legión Andrew

Capítulo 29 – Destinos I

13 de septiembre 1915- Jardín de té en el Hotel Plaza, Nueva York.

Dentro de aquel salón que parecía hecho de cristal y oro, el suave murmullo de las conversaciones corteses de la gente más acaudalada de Nueva York a su alrededor hizo poco para apaciguar su creciente frustración. Rodeado por una multitud de plantas exóticas decorando la estancia y vistiendo un traje azul oscuro hecho a la medida, Terry Grandchester se movió incómodamente en su silla por enésima vez, taconeando el mármol pulido con el talón de un pie impaciente mientras trataba de encender su segundo cigarrillo al mismo tiempo.

Desacostumbrado a esperar a la llegada de una mujer, el joven llamó la atención del camarero más cercano levantando su taza, exigiendo con ese simple gesto un poco más de té sin molestarse siquiera en quitarse sus gafas oscuras. No tenía que mirar a su reloj para saber que ella se había demorado otra vez... pero no le importaba en lo absoluto. Después de todo, tenía que admitir que la mujer en cuestión se había ganado el derecho de hacerle esperar el tiempo que fuese necesario.

Exhalando un hilillo de humo, el joven tomó un sorbo de su taza, haciendo una mueca cuando el sabor del líquido se esparció en su paladar. ¡Lo que él no daría por una taza de té inglés verdadero! Incluso en el hotel más lujoso de Nueva York, un lugar donde los ingredientes más finos del mundo habían encontrado su camino, la bebida no parecía tener el sabor adecuado.

De mala gana, Terry se resignó a beber otra mala taza de té cuando de repente sintió su presencia, como un imán, tirando cada par de ojos en el salón de té hacia ella. Deslizándose a través del mármol blanco con toda la gracia de una bailarina, Eleonor Baker finalmente hizo su entrada vistiendo un abrigo de lana blanco forrado de piel y envuelta en una nube de perfume y perlas. Un silencio descendió sobre el salón a medida que ella hizo su camino hacia su hijo, sonriendo y saludando a algunos viejos conocidos, así como a una que otra vieja chismosa de sociedad.

Esbozando una sonrisa llena de orgullo, Terry finalmente se puso de pie, quitándose las gafas oscuras para saludar a su madre y ella lo envolvió en sus brazos como solo una madre suele hacer.

"¡Siento tanto llegar tarde, cariño!" se disculpó besando su mejilla y borrando el rastro de lápiz labial que dejó en esta. "¡Pero es tu culpa! No sé por qué sentiste la necesidad de moverte a este hotel cuando mi casa están mucho más cerca al distrito de teatros. Si te hubieras quedado conmigo, te podría haber dicho sin demoras que esta mañana tuve una llamada telefónica muy interesante de mi agente en Los Ángeles. Aparentemente hay una nueva película que él dice que simplemente debo hacer, así que parece ser que podría estar fuera de Nueva York un par de meses si decido tomar parte."

Como un chiquillo, Terry rodó sus ojos en dirección de su madre en una mueca exagerada de fingida agonía. "Madre... hablamos de esto. Ya no quería que esperaras despierta por mí hasta que llegara a casa cada noche o que te preocuparas innecesariamente por mi bienestar," Terry retrucó, tirando de la silla más cercana para su madre como todo un caballero.

Una sonrisa se dibujó en los labios carmesí de Eleonor al quitarse el abrigo para tomar asiento en la silla que tan gallardamente le ofrecía su hijo. Ella sabía que la decisión de Terry tenía más que ver con disfrutar de más 'privacidad' con una cierta actriz que con la ubicación del hotel. "Pero cuéntame más acerca de esa parte, madre. ¿Y a que te refieres diciendo 'si decido tomar parte'? ¡Debes aceptarla! La gran Eleonor Baker ha descuidado a su público durante demasiado tiempo."

"Ah mi querido hijo… aprecio a mi público, pero toda esa adulación palidece en comparación con mi amor por ti y mi deseo de verte bien otra vez. No iré a ninguna parte hasta que me digas que ya no me necesitas cerca … o que estás harto de mi excesiva preocupación por ti."

Bajando la vista, Terry se sentó en su propia silla incómodo, haciendo un gesto nervioso al camarero para que se acercara con el carrito de los pasteles.

Notando el cambio repentino en su comportamiento, Eleonor tomó una tarta miniatura con frutas glaseadas del carrito y esperó hasta que el camarero vertiera su té y se hubiese marchado antes de comenzar a interrogar a su hijo. "Terry … aunque aprecio el gesto no creo que me invitaste a venir aquí a tomar el té de media mañana sólo para ponernos al corriente de los últimos chismes. Antes de que comience a conjeturar lo peor, por favor se franco y dime de una vez por todas lo que realmente te está sucediendo."

Carraspeando su garganta suavemente un par de veces, Terry suspiró y tomó una de las manos de su madre en las suyas antes de atreverse a hablar. "Madre … creo que no habrá nada ni nadie que te impida tomar ese papel…mucho menos yo. Verás…" se detuvo durante unos momentos, consciente de las mil preguntas tácitas reflejadas en los ojos de la mujer que le dio vida. "Parece que a ambos nos han ofrecido nuevos proyectos al mismo tiempo. No sé si es la providencia o sólo una simple coincidencia…pero la cuestión es que Faby, mi agente, me informó ayer de una oferta más allá de mis sueños más descabellados."

Tragando en seco, la dama enderezó la espalda haciendo que el corsé crujiera bajo la seda del vestido azul, su mirada fija en el rostro de su único hijo. "¿Y exactamente qué tan descabellada es la oferta?" masculló Eleonor con una punzada en su pecho, sabiendo de antemano que su hijo no se comportaría con tanta aprensión a menos que existiese la posibilidad, aunque fuese remota, de una separación prolongada.

"Me han ofrecido la oportunidad de convertirme en el actor principal por un período de cinco años. El contrato incluye una casa y un generoso salario, más el 2% de todas las ventas de entrada. La compañía quiere comenzar la temporada con las comedias de Shakespeare… y, a continuación, extenderse a las tragedias o una obra histórica." Terry observó los ojos de su madre abriéndose con cada palabra hasta alcanzar el tamaño de dos platos soperos.

Ese tipo de ofertas era algo con lo que los actores como él sólo podían soñar después de años de experiencia pisando las tablas del escenario. Incluso, Eleonor sólo había recibido una oferta de ese tipo tras una década y media de trabajo arduo… por lo que ella supo inmediatamente que algo estaba mal.

Tragando su miedo, la dama jugó con el tenedor y el postre apenas mordisqueado, sin apartar sus ojos asombrados del rostro de su hijo. "¿Y se puede saber cuál es el precio que debes pagar a cambio de esta maravillosa oferta? No malinterpretes mis palabras, amor," dijo rápidamente, consciente de la fragilidad del ego de su hijo. "Eres un actor increíble con un talento incomparable… pero dada la situación del país realmente creo que Faby habría tenido que vender su alma al diablo para conseguirte un contrato como este hoy en día, sobre todo con la guerra casi a las puertas de Estados Unidos."

Terry sonrió melancólicamente. Su maravillosa madre podría ser un desastre completo en la cocina mas nunca dejaría de sorprenderle con su agudeza mental y sagacidad comercial cuando se trataba del mundo del teatro. Nunca creyó por un momento que sería capaz de engañarla… pero su honestidad inesperada lo desconcertó por un par de segundos. "En cierto modo, madre, es la guerra lo que ha precipitado esta maravillosa oportunidad," expuso recuperando su calma y dándole un leve apretón a su mano, recordando a la vez el entusiasmo que sintió cuando la oferta le fue presentada inicialmente. "Estaré basado en Escocia… como el actor principal en el Teatro del Rey en Edimburgo."

El significado de las noticias quedo suspendido en el ambiente por par de segundos interminables, y la dama sintió que su mundo entero de desmoronaba en ese momento. "¿Escocia? ¿Edimburgo? Oh Terry, no… por favor...no.…" Eleonor jadeó audiblemente a la vez que su tenedor tintineó al caer contra el plato, su inmaculado rostro perdiendo todo rastro de color. "¿Me estás diciendo que zarparás hacia Inglaterra en tiempo de guerra?" Soltando las manos de su hijo, lágrimas ardientes comenzaron a nublar su visión, por lo que rápidamente sacó un pañuelo de su bolso para enjuagarlas antes de avergonzar a su hijo con ellas.

Conmovido por las lágrimas que su madre trataba en vano de ocultar, Terry le susurró suavemente, con la esperanza de calmar sus aprensiones. "Madre... no llores, por favor. No es como que me marche a luchar en el frente de batalla. Viviré en Edimburgo... lejos del conflicto en Londres y Europa. La compañía de teatro está desesperada por encontrar buenos actores para entretener a los soldados que viajan a Escocia por un poco de descanso y recuperación. Estaré sano y salvo... y trabajaré constantemente durante los próximos cinco años."

"¡Pero estarás solo!" murmuró tristemente, sorbiendo su nariz y bajando la mirada para contener sus lágrimas. "¡Estarás completamente solo y lejos de mi! No creo que pueda soportar estar separada de ti por un océano otra vez."

"Pero sólo piensa en esto mamá: serás capaz de ir a visitarme por largas temporadas cuando tengas tiempo libre a tu disposición… incluso, si quieres, podrías pasar un par de meses en mi casa como la invitada especial de la 'compañía de teatro del Rey'."

Las palabras parecían flotar en el aire cargadas de sentimientos encontrados: alegría por una oportunidad como ninguna otra… y el precio de tomarla.

En el rostro de alabastro de su madre la profundidad de sus ojos reflejaba un mar de sentimientos en zozobra; señal del debate en su corazón entre el obvio orgullo que sentía por él y el miedo a perderlo.

Tal vez ella estaba recordando su primer adiós cuando lo había puesto en los brazos de su padre siendo apenas un bebé y cruzó el océano para volver a Nueva York con el corazón destrozado. Ambos todavía llevaban las cicatrices de ese tiempo en sus corazones tras largos años sin saber el uno del otro… décadas de separación sin tener la oportunidad de compartir penas o alegrías.

Sin embargo, él ya no era un chiquillo abandonado al otro lado del océano Atlántico, era un hombre: un hombre determinado a jamás decepcionar a su madre nuevamente y a punto de embarcarse en la aventura de su vida. Terry no podía recordar una sola vez en su vida cuando se sintió más nervioso que en ese preciso momento, así que, tomando una bocanada de aire, sonrió tímidamente y buscó los ojos de su madre para continuar.

"Y… bueno… pues, la verdad es que tampoco estaré completamente solo …" añadió tratando de parecer indiferente.

Al escuchar esa última frase, Eleonor levantó su cabeza con la velocidad de un rayo, encontrándose con la mirada de su hijo. Intrigada por las palabras de éste, la dama le devolvió la mirada mientras le escudriñaba el rostro silenciosamente con sus ojos azul zafiro entrecerrados. "Karen vendrá conmigo, madre. Le han ofrecido el papel de actriz principal," declaró todavía esbozando una sonrisa ladeada que dejó a la dama casi muda. "Y si todo sale bien, le pediré que se case conmigo a principios del próximo año."

Eleonor Baker, la gran dama de Broadway simplemente se quedó boquiabierta frente a Terry. El impacto fue tal que parpadeó aturdida un par de veces, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera de agua sin emitir sonido. Cuando el significado de lo que su hijo había dicho finalmente hizo mella en su mente, la reacción fue explosiva.

"¡Lo sabía!" exclamó de repente sonriendo de oreja a oreja y tirando los brazos al aire jubilosa, su grito lo suficientemente fuerte como para que el salón entero pudiese escucharla, para mayor vergüenza de Terry.

"¡Madre!" siseó el joven entre dientes y encogiéndose en su silla, su rostro tornándose un rojo escarlata casi de inmediato cuando la excesivamente entusiasta reacción de su madre a ese último trozo de información logró captar la atención de todos los presentes en el salón.

"Oh relájate cariño. ¡De todas formas estaremos leyendo todos los supuestos detalles de nuestra conversación en la sección de cotilleos de los periódicos mañana!" se rió burlona, sintiendo inmediatamente el alivio descendiendo en su pecho y enjuagando todo rastro de lágrimas en sus mejillas con su pañuelo. "¡Oh Terry, me siento aliviada… y tan feliz por ustedes dos que podía gritar de nuevo! Pero no lo haré… así que no te preocupes," le aseguró rápidamente antes de que fuese fulminada con una sola mirada de ese par de ojos idénticos a los suyos. "Voy a tener que asegurarme de despejar mi calendario, de manera que cuando la película termine podré pasar unos meses en casa aquí en Nueva York antes de navegar a Escocia."

Mirando a su madre con ojos cargados de sentimientos, Terry sonrió satisfecho: el principio de una nueva etapa, tanto en lo personal como profesionalmente, estaba a punto de comenzar y su madre seguiría siendo una parte esencial de su vida, cosa que jamás se hubiese imaginado años atrás. "Prometí que empezaría otra vez... y gracias a ti ahora tengo la oportunidad de forjar una vida completamente nueva. ¡No luzcas tan sorprendida, Eleonor!" bufó al ver la confusión reflejada en el rostro de su increíble madre. "En serio, ¿creíste que había olvidado todo lo que has sacrificado por mí en estos últimos meses? Quiero honrar tus esfuerzos, mamá... es mi mayor anhelo hacer las cosas de la manera correcta. Deseo darle a mi relación con Karen una verdadera oportunidad para florecer, lejos del escrutinio público."

Poniendo un par de terrones de azúcar en su bebida para tratar de mejorar el sabor, Terry suspiró más relajado a la vez que relataba sus planes a su madre. "En Edimburgo podríamos permanecer en el anonimato por mucho tiempo... o al menos lo suficiente para ver si somos capaces de vivir en la misma casa sin demasiados problemas. Después del terrible desastre que fue mi vida con Susana, quiero estar seguro de que no estoy apresurándome para llegar otra vez al pie del altar sin antes reafirmar nuestra compatibilidad como pareja. Quiero ofrecerle mi amor incondicional y apoyo, y espero nada menos de ella a cambio."

Clavando su mirada en los ojos de su madre, Terry esbozó una tímida sonrisa: la sonrisa de un joven adolescente a punto de tomar una decisión que lo llevaría a convertirse en un hombre. "No quiero estar lejos de ti, Eleonor... pero creo que esto es algo que tengo que hacer por mi propio bien."

"Te echaré de menos," declaró con una sonrisa triste, reconociendo en ese preciso instante que su hijo necesitaba que confiara plenamente en él. "Estos últimos meses has permitido que fuera realmente tu madre y apreciaré todas las memorias que hemos creado juntos."

Alzando la taza a sus labios, Terry con entusiasmo comenzó a pensar en una nueva vida en Escocia; una vida tan diferente a la fantasía efímera que alguna vez soñó tener al lado de una pequeña rubia que le rompió el corazón en Chicago. "Ahora crearemos mejores recuerdos, mamá. Te escribiré todo el tiempo y tal vez podrías quedarte en Escocia para mi cumpleaños. Tendremos vacaciones juntos en el Caribe, Navidades en la nieve …"

"Nietos sentados en la alfombra alrededor del Árbol de Navidad …" interpuso su madre con una mirada soñadora en sus ojos.

Terry de repente se atragantó con el té, tosiendo y escupiendo toda la bebida sobre su elegante traje. "¿Nietos? ¡No te adelantes Eleonor! ¡Ni siquiera le he pedido a Karen que se case conmigo todavía!"

Tomando su servilleta, el joven fulminó a su madre con la mirada y limpió su barbilla mientras ésta seguía disfrutando de su travesura. La risa divertida y feliz de Eleonor sonó otra vez claramente a través del salón. "¡Ay cariño, no me mires así! ¡Es natural que quiera malcriar a muchos nietos! Me perdí de tu infancia, así que ahora espero tener la oportunidad de ver crecer a tus hijos. Esta vez quiero participar en sus vidas y no sólo observar a la distancia."

"Trataremos el tema de los niños otro día, madre," murmuró, ofreciendo una mano a su madre quien la tomó con gran entusiasmo. "Pero te prometo esto: en mi vida tu jamás estarás simplemente 'observando a la distancia'. Eres mi madre, y si Karen y yo algún día tenemos hijos, tú te convertirás en su queridísima e irreverente abuela. Siempre formarás parte de mi vida… te amo mamá... gracias por darme tu apoyo cuando más lo necesitaba. Realmente te quiero."

"Y yo te amo a ti Terry," respondió ella, levantándose de su asiento, abrumada repentinamente por la necesidad de abrazar a su hijo. Detectando esa necesidad inherente, Terry se levantó también para estrecharla contra su pecho sin reparos. Ese abrazo seguramente se convertiría en la noticia de primera plana en los periódicos de cotilleo por la mañana, pero a él ya no le importaba lo que dijeran sobre él o su madre. "Voy a escribirte cada semana," susurró cerca de su oído. "Y vendrás de visita tan pronto como hayas terminado la película, ¿está claro?"

Parpadeando lágrimas de felicidad, Eleonor abrazó a su hijo como si su vida dependiera de ello. "Estoy tan orgullosa de ti, tesoro... y sé que a pesar de que te extrañaré, tú estás haciendo lo correcto," suspiró con su labio inferior temblando de emoción. "Y a propósito, cuando eres mandón me recuerdas a tu padre."

"Ay Eleonor… jamás puedes evitar hacer esa comparación, ¿verdad?"

"¿Qué?" exclamó ella, arqueando una ceja y pestañeando inocentemente.

El joven actor rugió de risa, consciente de que era muy probable que cada par de ojos estarían clavados en ellos nuevamente. Liberándola de su abrazo para extraer una propina generosa de su billetera para el camarero. Terry dejó el dinero sobre la mesa y poniendo un brazo alrededor de sus hombros, guió a su madre fuera del salón.

"Vamos, señorita Baker," dijo aun riendo. "Creo que ya le hemos dado a los chambrosos suficiente forraje para toda una semana. En este preciso instante necesito que me acompañes a tu tienda de joyería favorita y me ayudes a elegir un anillo de compromiso digno de mi novia."

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30 de septiembre, 1915 – Residencia Johnson, Chicago.

Con la casa finalmente vacía de todos sus huéspedes inesperados, George se permitió el lujo de desplomarse exhausto en su sillón favorito de cuero con un suave golpe y sin una pizca de decoro. James caminó hacia el pequeño bar en el salón mientras su elegante jefe se pellizcaba el puente de la nariz entre su dedo pulgar y el índice. "Mi bebida que sea una doble, por favor James," pidió con el cansancio que amenazaba con abrumarlo obvio en el tono de su voz.

"Esto es ridículo! Es como buscar una aguja en un pajar. No encontraste a William en Texas y yo fui al hospital aquí en Chicago solo para enterarme que ese imbécil, Dr. Leonard, dio de alta al paciente 'x' sin comprobar si tenía algún lugar a dónde ir. ¡Lo arrojaron a la calle como que hubiese sido un asqueroso gato callejero! ¿Puedes creerlo, James?"

Entregando a su jefe un vaso de cristal tallado conteniendo el mejor Whisky escocés que el dinero podía comprar, James frunció el ceño. Su joven rostro todavía reflejaba su decepción al descubrir la inutilidad de su misión en Texas a pesar de sus mejores esfuerzos. "Lamentablemente, esa es la realidad para muchas personas sin apoyo financiero, señor Johnson. Por lo menos el director del hospital en Texas trasladó al hombre herido a un pabellón psiquiátrico hasta que se recupere. ¿Y ese tal doctor Leonard, le dio alguna otra pista acerca del paradero de su paciente?"

La bebida desapareció rápidamente de un solo trago, y George meneó la cabeza mientras observaba las llamas consumiendo un par de troncos en la chimenea de la sala.

"¡Ese cretino no quiso decirme nada! Se limitó a confirmar que, en efecto, un paciente sufriendo amnesia y proveniente del frente italiano fue admitido al hospital casi al final del año pasado. Cuando el paciente llegó estaba muy perturbado y malherido. Aparentemente era muy violento por lo que tuvieron que mantenerlo bajo sedación la mayor parte del tiempo, hasta que una de las enfermeras tomó un interés especial en él. Gracias a los cuidados de esa chica, el hombre comenzó a mejorar poco a poco y a recuperar su fuerza. A pesar de no recordar nada sobre su pasado o su identidad, dejó de ser violento. Al parecer una tarde el paciente simplemente fue a ver al doctor Leonard en su oficina y le dijo que en realidad ya se sentía lo suficientemente bien como para salir del hospital y seguir su camino. Puesto que las lesiones del paciente no eran mortales, el imbécil de Leonard no vio la necesidad de mantenerlo en el hospital por lo que lo despachó y nunca lo volvió a ver. El doctor dijo que había escuchado ciertos rumores sobre el paciente viviendo con la enfermera que había cuidado de él, pero nunca supo nada en concreto. Regresé al hospital cuatro veces y aun así ninguna de las otras enfermeras que estaban en guardia cuando pudo confirmar o negar esos rumores."

James regresó al bar a preparar su propia bebida. "¿Y dónde podemos encontrar a la enfermera que cuidó de ese paciente?"

George resopló enervado. "Esa es la parte más frustrante: ¡no lo sé! Ella fue despedida por el doctor Leonard meses atrás, pero fue muy críptico con los detalles y no me dijo la razón por ello." Su mano apretó el vaso de cristal con tal fuerza que los nudillos se tornaron blancos al recordar la altercación con el director del hospital.

"Le pregunté su nombre... o simplemente su dirección, pero ese hombre se negó rotundamente a darme acceso a esa información y las otras enfermeras se mostraron demasiado temerosas para hablar. El médico dijo que todos los datos de sus empleados son confidenciales, incluso después de ser despedidos… agregando que si deseo tener acceso a los mismos tendría que hacerlo bajo una orden judicial."

Volteando la cabeza rápidamente para ver a su jefe, el rostro de James se iluminó con el reflejo de una idea. "¿Y la señorita Candy, señor Johnson? ¿Acaso no mencionó en una de sus cartas que era una enfermera en ese mismo hospital? Aunque ella se ha ido a Lakewood y por lo tanto ya no trabaja allí, estoy seguro que podría confirmar si un hombre correspondiendo a la descripción del señor Ardley fue un paciente en el hospital."

George abandono el sofá y se dirigió hacia la chimenea, dándole la espalda a su secretario. Tomando un leño, lo arrojó al fuego, observando cómo las llamas engullían el tronco rápidamente, tal como la impotencia que sentía internamente agobiaba sus pensamientos en ese instante. "Aquí es donde las cosas realmente se complican, mi joven secretario. Veras… la señorita Candy realmente conoce al señor Ardley desde que era una niña … pero ella lo llama Albert."

"En sus últimas cartas, aparte de una petición para obtener el permiso legal de casarse y suplicar por el repudio, ella no mencionó nada sobre su vida personal o a su amigo 'Albert' malherido y en el hospital." Súbitamente fatigado, George volvió su atención al bar, caminando hacia el aparador con un suspiro. "Tal como están las cosas, no le puedo preguntar directamente a la señorita Candy si ha visto a William sin correr el riesgo de exponer su verdadera personalidad".

"¿Entonces … qué hacemos ahora?" resolló James, caminando hacia el sillón vacante frente al de su jefe y cayendo exhausto en este.

"¡Rezar, supongo!" exclamó vertiendo otra cantidad doble del líquido ambarino en su vaso de cristal. "Por el momento voy a concentrar mis esfuerzos en buscarlo en todos los refugios para personas sin hogar en el área de Chicago. También he dado instrucciones al personal de la mansión en Lakewood para que estén vigilando la cabaña que William ocupaba con sus animales por si acaso aparece por ahí. No sé si él ha recordado algo a estas alturas… pero espero que el destino lo empuje a visitar todos esos lugares, buscando algo que podría haberle sido familiar en el pasado, aun si todavía no sabe la razón para ello."

Volviendo a su asiento, George suspiró y sus hombros adoloridos se hundieron. Sentía que cargaba con el peso del mundo entero sobre sus cansados huesos viejos, una sensación que no había experimentado desde su viaje a Nápoles. Meneando la bebida en el vaso de cristal antes de tomar un pequeño sorbo, el caballero disfrutó de la sensación que el leve ardor del líquido dejó en su paladar.

"No quiero hacer nada para perturbar la paz de la señorita Candy, James. Pero me temo que simplemente no puedo posponer esa visita por más tiempo. Tanto como me gustaría dejarla sola para disfrutar de su vida, no tengo otra alternativa. Voy a escribir una carta para informarle que la visitaré, a ella y su esposo, para Navidad. Después que me haga cargo de ciertos contratos aquí en Chicago necesito ir a Lakewood para hacerme cargo de algunos asuntos en el nuevo hotel en nombre de la señora Elroy que no puedo prorrogar más. Voy a utilizar el viaje para visitar a la señorita Candy y conocer a su nuevo marido. Lamento no poder hacerlo lo más pronto posible, pero la búsqueda de William sigue siendo mi prioridad."

"¡Pero estamos esperando al bebé de Fanny en la última semana de diciembre, señor Johnson!"

Sorprendido por el tono del joven, George respondió a su queja en una voz conciliatoria. "¡Cálmate muchacho! ¡No insinué que vendrías conmigo! Y con que Fanny, ¿eh? ¿Desde cuándo no es ya 'señorita Parker' para ti, James?" se burló, arqueando una ceja con una sonrisa astuta.

No estando acostumbrado a ser el foco de la atención de alguien, la cara de James rápidamente se tornó rojo carmesí bajo la mirada acerada de su jefe. "Bien … la cosa es … ejem… ella pidió que la llamara así. Somos buenos amigos, señor Johnson … le aseguro que mis intenciones son completamente honorables."

Enderezándose en su asiento, la mirada de George siguió fija en los ojos del joven. "¿Eso es lo que le dices a ella o lo que te dices a ti mismo? ¡Vamos James! Podría ser un viejo, pero aun no estoy ciego así que dame algo de crédito. He visto como la observas, hijo, y no hay nada inocente en tu mirada. No te culpo, muchacho. Ella es una joven maravillosa... pero está a punto de convertirse en una madre y entrar a otra etapa en su vida. Su prioridad en este momento es el bienestar de su hijo, y seguirá siendo así por el resto de la vida de ese niño. Así que contéstame esta pregunta: ¿serás capaz de mirar al hijo de otro hombre y amarlo como si fuera de tu propia sangre?"

James levantó su barbilla en una rara muestra de desafío silencioso al escrutinio de su jefe en su vida privada. Toda su vida había tenido que luchar a diente y a garra por lo que él quería... y esta vez no sería diferente.

Sus ojos se encontraron con los del caballero sentado frente a él reflejando nada más que pura determinación. "Ese niño es una parte de ella también, señor Johnson... y pienso que, queriendo a ese pequeño, también estaría amando a Fanny. No sé lo que ella piensa acerca de mí todavía... pero si algún día soy lo suficientemente afortunado para ser digno de capturar su atención, entonces amar a su bebé como si fuese mi propio hijo sería el siguiente paso natural en nuestra relación. Talvez no fui yo el hombre quien le dio vida, pero puedo llegar a ser el hombre que le demostrará cómo vivir su vida."

Satisfecho con tan elocuente y sincera respuesta, George sonrió y se recostó más relajado en el sofá. "Eso es muy sabio de tu parte," suspiró, aflojando el nudo de su corbata. "A veces me olvido que la razón por la cual trabajas para mí es que de los cientos de candidatos que aplicaron por tu posición actual, tú fuiste el único que parecía ser sabio más allá de sus años durante la entrevista. Hoy en día el sentido común y la decencia parecen escasear entre los jóvenes de tu edad."

El caballero respiró orgulloso y con alivio. Cómo era de diferente ese extraordinario joven a alguien como Neil Leagan. Después de años de duro trabajo, James poco a poco había forjado una vida mejor para sí mismo en un mundo donde el acceso al tipo adecuado de contactos en la sociedad lo era todo y significaba que sólo unos pocos privilegiados tenían la oportunidad de mejorar sus vidas. Y ahora, no sólo el futuro de James estaba casi asegurado… quizás Fanny y su bebé podrían formar parte de esa maravillosa imagen muy pronto.

Secretamente George no podía estar más feliz por su joven secretario, alguien que con tenacidad inigualable fácilmente recompensaba con creces lo que carecía en carisma: la fórmula ganadora para un largo futuro dentro del mundo de negocios y finanzas.

Deseando desviar la conversación a un tema más ligero, George sorbió su bebida una vez más. "Ahora, ya es suficiente conversación acerca del trabajo para una noche, mi joven amigo. Dime, ¿cómo estaban las señoras hoy? ¿Están estableciéndose bien en su nuevo hogar?"

George tuvo que apretar los labios para ocultar su sonrisa al notar el brillo especial en los ojos de James como este recordaba el día que había pasado al lado de sus nuevas vecinas. "Su Gracia, la duquesa, quiere darle las gracias personalmente, señor Johnson, por ayudarla a encontrar tan estupenda casa cerca de su residencia. La señorita Beatrice ha puesto su casa a la venta y está feliz de asumir el cargo de secretaria personal de Madame Roxburghe de momento. Creo que ella será una abuela a tiempo completo en cuanto el bebé nazca, pero por ahora todas parecen estar felices y establecidas en su nuevo hogar."

Descansando sus pies en la otomana de cuero frente a su sofá, James tomó un sorbo de su coñac. "La señorita Beatrice ha preguntado por usted esta tarde cuando pase por ahí para entregarle unas cartas a la duquesa..." añadió vagamente, permitiendo que las palabras permanecieran flotando en el aire como el perfume de una esperanza secreta.

Tratando de ocultar su placer, George se obligó a centrarse en la bebida que sostenía en su mano. "¿Qué dijo exactamente?" preguntó fingiendo indiferencia, esperando que su voz no delatara el efecto de ese tipo de noticias tan prometedoras en su corazón.

"Nada realmente… ella solo dijo que no podía esperar para mostrarle la nueva casa, especialmente la bodega de vinos."

"¿Tienen una bodega?" murmuró George, tragando en seco. Su mente se llenó rápidamente con imágenes de Beatrice tumbada seductoramente en un diván aterciopelado, sosteniendo una copa de vino tinto en sus dedos de alabastro.

Desde el día que la conoció, no había podido dejar de pensar en ella… y, sin embargo, a pesar de que ya no era un adolescente, aún no había logrado invocar el valor suficiente como para invitarla a cenar en alguno de los muchos restaurantes de la ciudad. Ella le sonreía educadamente cada vez que se veían, pero aparte de un brillo especial en su mirada nada en su comportamiento delataba un interés más allá de lo social…

"Todavía," le dijo una vocecita en su interior.

Al notar la mirada ensoñadora de su jefe, los labios de James temblaron tratando de contener la sonrisa luchando por escapar de ellos. "Sí señor, tienen una pequeña bodega en el sótano. Es frío y oscuro…la perfecta temperatura para almacenar una buena colección de vinos como la que usted tiene en su propio sótano. Fanny me dio un pequeño recorrido de la casa ayer después de dar un paseo por el parque. Si se me permite el atrevimiento, señor Johnson, tal vez podría sugerirle que usted y la señorita Beatrice se unan a nosotros mañana a dar un paseo…"

"De hecho... ¡hacerle esa sugerencia a tu jefe es demasiado audaz de tu parte, joven James!" exclamó, notando inmediatamente que sonaba más indignado de lo que él realmente estaba.

Moviendo lentamente la bebida en su vaso, George carraspeó nervioso un par de veces, absorto momentáneamente en sus cavilaciones.

¿Cuándo había sido la última vez que había hecho algo solo por placer?

Durante más de un año, su vida había sido consumida por el deber: la búsqueda de William. Aunque sabía que su muchacho estaba con vida y en Estados unidos, tenía que seguir buscando... pero de alguna manera también sentía que continuar sin rumbo fijo y derrochando recursos no era el enfoque correcto. Necesitaba ordenar sus pensamientos y formular un nuevo plan... y hacer algo para revitalizar su ánimo decaído.

Se levantó lentamente de su asiento, llevando el vaso vacío al bar. "Tal como están las cosas, mañana estaba pensando en visitar la Duquesa de todos modos…" dijo agradablemente, con la esperanza de que su entusiasmo no fuese demasiado obvio. "He estado tan ocupado trabajando estas últimas semanas que supongo una breve visita social y un paseo por el parque no estarían fuera de la cuestión. ¿A qué hora suelen participar en esta actividad?"

"Por la tarde, justo antes de la cena," respondió James aliviado que su sugerencia no hubiese sido considerada una intromisión poco profesional. "¿Las seis en punto le parece una hora razonable, señor Johnson?"

Sonriendo a escondidas, George le dio la espalda a James y comenzó a caminar sin prisa hacia el comedor. "¿Seis de la tarde? ¡Perfecto! Ahora que ya estamos de acuerdo vamos a ver qué delicias la señora Bell ha preparado de cena para nosotros esta noche, ¿me acompañas?"

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21 de octubre 1915 – Amanecer, casa de los White, Lakewood.

"Hó-bhan, hó-bhan, Goiridh òg O,

Goiridh òg O, Goiridh òg O;

Hó-bhan, hó-bhan, Goiridh òg O,

Gu'n dh'fhalbh mo ghaoil 's gu'n dh'fhàg e mi"

"Mo leanabh maoth…dèan cadal" una voz suave y femenina, desgastada por el paso del tiempo, murmuró en medio de la oscuridad que lo envolvía como una niebla, a la vez que sentía su cuerpo rodeado por un par de brazos acunándolo tiernamente.

En medio de su confusión, descubrió que no era un hombre, sino un niño pequeño y el aire glacial que lo rodeaba le penetró hasta el tuétano de sus pequeños huesos. La voz de la desconocida lo arrullaba en la oscuridad brindándole consuelo, mientras el dolor dentro de su cabeza martillaba cada vez con más fuerza y la bruma se hacía más gruesa a su alrededor, hasta llegar a tal punto que sintió que le robaría el siguiente aliento.

"Mo cnapach beag balaich," dijo suavemente la voz mientras Albert se perdía sofocado en la neblina. "Duerme…"

Albert despertó de golpe, empapado de sudor a pesar del frío y con las sábanas enredadas alrededor de sus pies. Con ojos desorbitados, examinó la habitación por un momento antes de percatarse de que había estado soñando... y que estaba solo en el dormitorio que compartía con su esposa; Candy tuvo un turno nocturno en el hospital y seguramente estaría de vuelta para desayunar con él dentro poco.

Con un gemido se volvió hacia su mesita de noche solamente para darse cuenta que, según el viejo reloj despertador, apenas eran las cinco de la mañana.

Completamente despabilado y mirando el techo, Albert trató de recuperar su sentido de calma, respirando despacio y profundamente … pero el dolor lacerante en su cabeza no le permitió quedarse esa posición demasiado tiempo. A pesar de las nubes oscuras ocultando el amanecer afuera de su ventana, en ese momento todo parecía demasiado brillante para sus ojos, y hasta el suave sonido de la lluvia era tan fuerte como los carruajes de un tren pasando a la puerta de su casa.

Recordando el frasco de aspirinas que Candy guardaba en la cocina, Albert se levantó lentamente, gimiendo por el dolor que este simple esfuerzo causó en su cuerpo. Se quedó quieto por un segundo, luchando contra las olas de náusea que lo acecharon en cuanto se irguió por completo. Cerrando los ojos, arrastró los pies hacia la cocina, abriéndolos nuevamente sólo cuando estuvo seguro que se encontraba delantera de la alacena. Tomando un par de pastillas del frasco, las tragó rápidamente con un vaso de agua.

¡De todos los días en los que podría tener una migraña, ese día en particular era probablemente el peor! Aunque fuese su día libre, tenía mucho trabajo que terminar en casa antes del domingo. Su jefe lo había puesto a cargo de calcular los nuevos presupuestos para el menú de invierno, incluyendo las festividades de Navidad y Año Nuevo, así como de organizar una nueva lista de proveedores de comestibles para la cocina del hotel.

Desde que sus habilidades de negociación se habían hecho más aparentes en los últimos meses, Albert le había ayudado a Jean-Luc a encontrar nuevos productos locales a mejores precios. El chef francés ahora veía al joven rubio con un interés renovado y esperaba poder convertirlo en su ayudante oficial el próximo año.

Aunque esa posición requiriese más esfuerzo de su parte, también significaría un aumento de sueldo… algo que tenía presente en su mente todo el tiempo que trabajaba sin cesar. Si quería llegar a tener una familia con su esposa, tenía que ahorrar tanto dinero como fuera posible… de modo que Candy pudiera quedarse en casa para cuidar de su bebé.

Inspirado por ese pensamiento, el joven rubio trabajaba en los presupuestos en casa durante sus días libres… algo que por lo general no le molestaba, pero que hoy, con una migraña, sería casi imposible terminar antes del fin de semana.

Incapaz de pensar en comida sin sentirse nauseabundo, Albert decidió tomar una ducha, esperando que el agua caliente aliviase su incomodidad. Después de terminar su baño y vistiendo ropa cómoda y abrigada, encendió la chimenea en la sala y se dirigió a la cocina para preparar el desayuno de su esposa. Rápidamente hizo un quiche sencillo acompañado de tortitas de patatas fritas, un plato simple mas garantizado de satisfacer el apetito de su Candy.

Con la cabeza todavía palpitando, Albert se hizo un poco de café y comenzó a trabajar en la mesa de comedor, rezando para que se sintiera mejor antes de la llegada de su esposa.

Absorto en su labor, el tiempo transcurrió rápidamente. El joven había trabajado sin descanso durante casi una hora a pesar del dolor antes de que su mujer hiciera su entrada en la sala.

La pobre chica entró en casa totalmente empapada, sin embargo, su radiante sonrisa podría eclipsar al mismo sol en un día de verano. "¡Buenos días, Albert!" saludó alegre, cerrando la puerta de un solo golpe accidentalmente.

Sacando la lengua como una chiquilla, Candy puso su bolso igualmente empapado en el suelo cerca de la chimenea para que se secase. "Tomaré una ducha rápida y luego vuelvo para desayunar, ¿está bien? ¡Tengo noticias muy interesantes que compartir contigo!" La joven corrió hacia el cuarto de baño antes de que él tuviera la oportunidad de contestar, así que Albert simplemente fue a la cocina y comenzó a calentar la comida en la estufa con una sonrisa en sus labios.

Cuando Candy regresó al comedor vistiendo su bata de baño afelpada, el desayuno la estaba esperando ya en la mesa. "Buenos días, mi bella esposa," dijo Albert dándole un rápido besos en los labios a la vez que ella tomaba asiento. "Desperté muy temprano esta mañana, así que ya he desayunado. Supongo que olvidaste el paraguas otra vez, ¿verdad?" dijo, desviando la conversación adrede.

Normalmente él nunca pensaría que una taza de café constituyese un desayuno adecuado, pero dado a que no deseaba preocupar a su mujer innecesariamente por su bienestar, no iba a ser totalmente honesto con ella en cuanto a lo mal que se sentía esa mañana.

Sonriendo, Candy suspiró feliz, oliendo la deliciosa comida frente a ella. "Oh Albert, tu sabes la mejor manera de mimarme," declaró, buceando en el quiche con su tenedor. "Y sí, tienes razón... olvidé mi paraguas en casa anoche."

Tomando asiento frente a ella, Albert se rió entre dientes suavemente, ordenando los papeles, y comenzó a revisar su trabajo mientras Candy comía. "Así que cuéntame, ¿cómo te fue noche, mi amor?" preguntó, casi distraído.

Con su habitual frenesí, Candy comenzó a contarle todos los detalles de su noche en el trabajo. Era admirable como la chica era capaz de hacer dos cosas a la vez, ya que comía y hablaba con gran entusiasmo; a menudo sus manos incluso hacían dibujos en el aire con el tenedor, dando mayor énfasis a sus palabras.

Por lo general, esta parte de la rutina matutina era el momento favorito de Albert: cuando escuchaba la cháchara de su esposa después de un turno nocturno. Mientras desayunaban ella siempre hablaba acerca de todos los casos inusuales y de las personas que había conocido durante el transcurso de la noche.

A veces le contaba cómo había ayudado a un nuevo bebé a hacer su gloriosa entrada en el mundo y en otras ocasiones cómo había escuchado a una anciana relatar la historia de su vida mientras le sostenía una mano, esperando a que tomara su ultimo aliento. Realmente no importaba lo que sucediera durante la noche: Candy siempre encontraba algo interesante sobre las personas a las que ayudaba… y Albert escuchaba sus historias atentamente.

Sin embargo, esa mañana la canción en su cabeza amortiguaba todo lo que ella estaba diciendo, mientras que el dolor punzante en sus sienes continuaba siendo casi cegador. Era tal su malestar que incluso le era difícil continuar leyendo los documentos que sostenía en sus manos.

Como en una pesadilla, las imágenes y las sensaciones de su sueño todavía lo atormentaban… casi como si estuviera tratando de aferrarse a un espejismo que simplemente estaba fuera de su alcance.

'Mi dulce bebé', la voz había dicho… pero de alguna manera sabía que no era su madre quien dijo eso. De hecho, también sabía que ni siquiera se trataba de su abuela. No obstante, podría haber jurado que ese abrazo estaba lleno amor… esos eran los brazos de alguien que se había preocupado por él durante mucho tiempo.

Y ¿por qué tanto frío? En su sueño sintió que el aire glacial podría congelar sus pulmones, y la niebla… nunca había visto nada igual. ¿Acaso se trataba de un simple sueño o fue algo remanente de un recuerdo infantil? Frustrado por el dolor al tratar de recordar más cosas, gruñó antes de darse cuenta que lo había hecho.

"¿Albert? ¿Estás de acuerdo conmigo?" su esposa preguntó desde el fregadero donde se encontraba de pie.

El joven parpadeó aturdido. ¿Cómo es que ella se había levantado de su silla sin que él lo hubiese notado? "Lo siento, Candy," exhaló aturdido. "Me he distraído por un momento. ¿Con qué quieres que esté de acuerdo, mi amor?"

Candy resopló, arrugando su nariz con frustración fingida. "Típico hombre. Ahora querrás que repita todo otra vez. ¿Por qué no prestas atención en primer lugar en vez de no hacerme caso?"

"Tengo muchas cosas en mi mente en este momento, Candy," refutó Albert cortante, masajeando lentamente sus sienes con las yemas de sus dedos. "Te pido perdón, pero no te estaba ignorando a propósito."

Candy se rió divertida, ignorante del tono peculiar en la voz de su esposo. "¡Te pregunté si crees que sería una idea buena abordar a Jean-Luc con mi oferta! Creo que mi propuesta tiene mucho mérito y que ayudaría a muchas personas en el proceso."

"Espera un momento, Candy. ¿De qué hablas? ¿Qué oferta y que gente?"

"¡Mi propuesta para lograr que algunos delincuentes en libertad condicional hagan un aprendizaje en el hotel, por supuesto! ¿Realmente no has escuchado nada de lo que he dicho?" señaló con una sonrisa en sus labios, mientras terminaba de lavaba los platos en el fregadero.

Atónito y tomando una bocanada de aire, Albert, con el rostro impertérrito, cruzó los brazos sobre su pecho esperando una explicación que tuviera sentido. "Por favor, esposa, ilumíname."

Candy puso los platos sobre la escurridera y volvió a su silla con todo el entusiasmo de una niña a punto de abrir sus regalos de Navidad.

"La policía llevó a la sala de emergencias a un joven que se había quebrado el brazo mientras intentaba escalar un muro durante un robo fallido. Bueno, mientras esperaba con él para que el médico enderezase la fractura, comenzamos a platicar." Candy estaba tan enfrascada en su relato que ni siquiera notó cómo el rostro de su esposo poco a poco se tornaba un color rojo carmesí y su mandíbula se tensaba con cada palabra.

La chica continuó narrando su historia, escasamente tomando aire entre una frase y otra, tal era su emoción. "Resulta que el pobre ha estado saliendo y entrando de la cárcel desde que tenía 14 años y no tiene educación formal más allá de la escuela primaria. Con ambos padres muertos, él no tuvo quien guiara su vida y la cárcel es la única institución que ha conocido como un hombre adulto. En el transcurso de nuestra platica me dijo que, si él tuviera un trabajo, tal vez podría comenzar una nueva vida, pero sin educación y con antecedentes penales, sus prospectos eran nulos. Así que, estaba pensando en hablar con Jean-Luc y tal vez tratar de convencerlo para que admita a algunos de estos jóvenes en su cocina... por lo menos los que son lo suficientemente jóvenes como para aprender nuevas habilidades y cambiar sus vidas. ¿Puedes ver el mérito de un programa como este? ¿Estás de acuerdo conmigo?"

"Puedo ver el mérito, pero no.… no, estoy de acuerdo contigo," respondió su esposo secamente y sin pestañear.

La sonrisa de ella se congeló en sus labios inmediatamente.

"¿Qué … qué has dicho?" susurró, insegura en cuanto a lo que había oído decir a su marido.

"He dicho que no estoy de acuerdo contigo," reiteró lentamente, con la palpitación dentro de su cabeza cambiando de ser un martilleo a un zumbido constante en sus oídos. "Creo que tu idea realmente tiene mérito, pero la ejecución de tu plan es defectuosa. No funcionará en el hotel y te suplico que no te acerques a Jean-Luc con esa propuesta."

Sumamente ofendida por la reacción de Albert, Candy, cuadrando los hombros, lo fulminó con su mirada y cruzando los brazos con desafío sobre su pecho, adoptó la misma postura que su esposo. "¿Y cómo sabes que no va a funcionar si ni siquiera lo han intentado?"

Frustrado por la idea de tener que explicarle la política de su lugar de trabajo a su esposa mientras su cabeza estaba a punto de estallar, Albert simplemente cerró los ojos y suspiró antes de formular una respuesta adecuada a su pregunta.

"La cocina en el hotel trabaja bajo la premisa de absoluta confianza y honestidad. Jean-Luc despide a alguien rápidamente si descubre que le han dicho una mentira, por muy pequeña que sea, ya que él ha decretado que en su cocina la confianza es el ingrediente esencial que no puede faltar en ningún momento." Fijando su mirada en los ojos de su esposa, Albert intentó suavizar sus palabras. "Cariño… enviar a una persona que acaba de salir de la cárcel a ese tipo de ambiente sería cruel e injusto... los estuvieras condenando al fracaso antes de comenzar."

Ignorando la mirada imploradora, Candy enderezó la espalda en su silla y, claramente aun encrespada por tal respuesta, se dispuso a debatir la posición de su esposo con todo fervor. "¡Pero esto es precisamente el problema en nuestra sociedad, Albert! Si nunca se les da la oportunidad de demostrar que han sido rehabilitados y quieren cambiar, entonces ¿cómo se supone que pueden comenzar una nueva vida?"

Luchando contra una nueva oleada de nausea, la paciencia finalmente comenzó a abandonar al joven. "¿Y tú crees que, colocándolos en un lugar rodeado de cucharas de plata y gente rica, por arte de magia estos delincuentes decidirán a convertirse en ciudadanos honestos y cambiar sus vidas? Por favor, no seas tan ingenua, Candy..."

Odiándose a si mismo, Albert casi se mordió la lengua tan pronto como las palabras dejaron su boca. En realidad, él no deseaba herir a su esposa con palabras duras, mas la postura y terquedad de la chica hacían que su resolución de permanecer relajado se disipara con cada segundo de esa conversación. No obstante, su cordura todavía no lo había abandonado por completo, así que, viendo la furia escasamente contenida reflejada en el rostro de su esposa y tomando una bocanada de aire, Albert trató de cambiar de táctica.

"Amor…" susurró tratando de apaciguar la situación antes de que la discusión se degenerara en un argumento mayor. "Tu deseo de ayudar a los demás es admirable, cariño. Pero, si realmente quieres asistir a personas como tu paciente, tal vez podrías empezar hablando con alguien como el señor Cartwright acerca de alojar a un par de jóvenes en el rancho. En ese ambiente más favorable a sus circunstancias podrían aprender a domar caballos, todo lo necesario para la crianza de animales, cómo administrar una granja..."

"¡Pero eso no es lo mismo que tener un oficio Albert! Eso solo es tener un trabajo... y esta gente necesita más que eso."

La interrupción de su esposa fue la gota que colmó el vaso de su paciencia, y el joven, hundiendo sus hombros, suspiró exhausto, tratando a la vez de sofocar el deseo renovado de vomitar. "Candy, no tengo el tiempo ni la energía para tratar este tema contigo en este momento. Así que, por favor, tan solo créeme cuando te digo que a veces un trabajo honesto es la mejor manera de ayudar a alguien integrarse en la sociedad después de permanecer años bajo rejas. Si puedes confiar en alguien con simples trabajos en primer lugar, será más probable que, con el tiempo, jefes como Jean-Luc puedan confiar en ellos para tareas mayores y más importantes."

No dispuesta a dar su brazo a torcer, la joven ignoró la súplica de su esposo. "¿Y qué hay de las segundas oportunidades, Albert? ¿No te parece que todos merecemos una segunda oportunidad?"

"Por supuesto que sí, mi amor. Todos merecemos una segunda oportunidad… en el lugar correcto y bajo las circunstancias adecuadas. El hotel definitivamente no es el lugar correcto para ofrecerle a un ex-criminal una segunda oportunidad. Sería una prueba injusta de su autocontrol."

"¡Y yo creo que estás siendo un hipócrita!" espetó la joven, súbitamente.

Esa frase, casi gritada por su esposa, lo detuvo de golpe.

"¿Disculpa? ¿Qué dijiste?" El tono glacial de la voz de Albert podría haber congelado lava y, sin embargo, para Candy, esas palabras solo sirvieron para abanicar las brasas de su furia.

"¡Dije que estas siendo un hipócrita!" espetó, elevándose de su asiento con sus ojos brillantes de rabia. "Discriminas a la gente y usas sus errores y circunstancias personales contra ellos. No me sorprende que los criminales a menudo suelen reincidir… encontrando a gente como tú en cada lugar donde buscan trabajo los dejaría sintiendo que tienen muy pocas opciones."

Juntando sus papeles apresuradamente, Albert se puso de pie furioso para retirarse a la sala. "Si vas a reaccionar de esta manera cada vez que no estoy de acuerdo con una de tus ideas, no sé por qué te molestas en pedir mi opinión. No obstante, te prohíbo acercarte a Jean-Luc y abordarlo con este asunto, ¿entiendes? Te lo prohíbo."

"¿Me lo prohíbes? ¿Quieres repetir eso otra vez?" lo retó la rubia enarcando una ceja y cruzando los brazos nuevamente, su rostro ardiendo de ira por la orden tan directa de su marido.

"Con todo gusto: ¡te lo prohíbo!" declaró Albert, fijando su mirada vidriosa en los ojos chispeantes de su esposa. "Sé que estas acostumbrada a salirte con la tuya, Candy, pero esta vez tienes que acatar mis órdenes. Eres mi esposa y como tu marido te prohíbo que hables con mi jefe acerca de este proyecto. He trabajado como un loco todos estos meses para poder convertirme en el asistente permanente de Jean-Luc. Esta posición, que viene con un aumento salarial significativo, será esencial para nosotros en un par de años cuando tengamos un niño. Tu podrás quedarte en casa cuidando de nuestro bebé... y no tendrías que preocuparte por dinero. ¡No permitiré que suceda algo que podría poner en peligro esta oportunidad para nosotros, y eso te incluye a ti intentando convencer a mi jefe que acepte ex presidiarios en su cocina!"

Perpleja por la declaración de su esposo, Candy jadeó audiblemente. "Un momento... ¿Poner en riesgo la oportunidad que me permitirá quedarme en casa con nuestro hijo? ¿Por cuánto tiempo se supone que tengo que quedarme en casa, Albert?"

La imagen de su esposa era ya apenas un borrón oscuro rodeado de luces brillantes, pero a pesar del sonido de la lluvia y el silbido resonando en su cabeza, el joven, exasperado, continuó la conversación que había tratado de evitar hasta ese momento. "¿Por qué me preguntas 'por cuánto tiempo', Candy? Si vamos a tener una familia alguien tiene que cuidar a nuestros niños. En verdad no creíste que podrías continuar siendo enfermera después de que tengamos una familia, ¿o sí?"

"¡Por supuesto que si pienso volver a mi trabajo! ¡He estudiado demasiado y durante mucho tiempo para ahora renunciar a mi carrera, Albert!"

El rostro rojo e iracundo de su esposa no le dejaba duda alguna sobre la posición de ésta en el asunto… mas Albert, en contra de su mejor juicio, decidió seguir adelante con su argumento a pesar de su malestar. Cruzando los brazos sobre su pecho, el joven trató de enfocar su gélida mirada en ese par de ojos verdes clavándolo en su sitio, retándolo a que sintiera la ira irradiando de ellos. "Y entonces, te puedo preguntar ¿qué pasará con los niños, Candy? ¿Qué piensas que podemos hacer con ellos? ¿Llevarlos a trabajar con nosotros?"

Haciendo una mueca de disgusto, la joven lo miró como si le hubieran salido dos cabezas. "¡Por supuesto que no! Podríamos dejarlos con la hermana María y la señorita Pony mientras estemos trabajando."

Justamente cuando Albert creyó que no podía estar más enfadado con su esposa, descubrió que, en efecto, podría estarlo mucho más. "¿En el orfanato?" rugió, logrando que su mujer lo mirara de diferente manera, súbitamente sorprendida por la ferocidad de su reacción. "¿Me estás diciendo que vamos a tener un niño sólo para enviarlo a un orfanato para que sea criado por otras personas? Entonces ¡¿para qué diablos vamos a tener hijos?!"

Para ella, la ridícula idea que su carrera fuera sacrificada por el bienestar de sus hijos sin consideración alguna por todo su esfuerzo, como si esta fuese menos importante que la profesión su esposo, la enfureció aún más: un hombre ciertamente jamás tendría que contemplar tal opción.

"¡No pienso renunciar a mi carrera, Albert! Pensé que, si algún día tuviéramos un hijo, me quedaría en casa hasta que dejara de amamantar… y luego mis madres me ayudarían a cuidarlo mientras ambos estamos en el trabajo. ¡No quiero quedarme en casa solamente esperando tu regreso cada noche! Quiero ayudarte... que juntos podamos crear una vida mejor para nuestros hijos."

"Candy... el propósito de que yo trabaje como un burro ahora es que, algún día, tu no tengas que trabajar," espetó frustrado entre dientes. "Podrías ocuparte de nuestros hijos... cuidar de nuestro hogar... porque yo estaría manteniendo a mi familia. Un hombre no es digno de llamarse hombre a menos que pueda cuidar de su esposa y sus hijos adecuadamente."

"¡A juzgar por esa lógica, entonces una mujer no es una mujer a menos que sea capaz de tener hijos! ¿Qué pasa si no puedo quedar embarazada? ¿Pensarás menos de mí como mujer?" La furia de Candy la llevó más allá de la lógica, a un lugar donde las palabras borbotaban de su boca sin censura, como la erupción de un volcán después de muchos siglos en reposo.

Harto de la inutilidad de la conversación, Albert tiró sus papeles encima del sofá, acercándose hasta quedar a centímetros del rostro de su esposa. "¿Qué se supone que estamos haciendo aquí, Candy? ¿Cómo pasamos de hablar de ex convictos a tener una discusión acerca de si trabajas o no después de que tengamos un hijo? ¡Toda esta conversación es ridícula!"

"¡Ahora resulta que yo soy la que está siendo ridícula!"

"¡Dije que esta conversación es ridícula!" refutó Albert, tratando de no atacar la pared más cercana a cabezazos en un acto de pura frustración. Sintiendo un escalofrío recorriendo su cuerpo, Albert se separó de ella, y caminando otra vez hacia la sala, puso las manos sobre el alfeizar de la chimenea para estabilizar su cuerpo por un momento, aferrándose con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. "Por favor, Candy…" susurró tragando en seco, preguntándose si sería capaz de correr al baño sin que ella se preocupase. "No tuerzas el significado de mis palabras. Te lo dije desde el principio de esta conversación: no tengo tiempo para discutir contigo en este momento… así que por favor... solo detente."

"¡Y una mierda! ¡Tú y yo vamos a resolver esto ahora mismo!" arremetió iracunda, creyendo que la súplica de su marido era simplemente un vano intento de cerrarle la boca sin rechistar. "¡No puedo creer que estemos teniendo esta discusión después de casarnos! ¡Si hubiese sabido que estos eran sus planes, tal vez me hubiera replantado nuestra situación con más prudencia!"

"¿En verdad estas diciendo que lamentas nuestro matrimonio? Bueno es un poco tarde para eso, ¿no crees?" La acritud reflejada en su voz se perdió en la furia de la joven. Volteándose lentamente, Albert, con tristeza, miró a su esposa quien seguía parada cerca de la mesa del comedor. "Te lo dije, Candy. Te pedí que reflexionaras sobre nuestra relación ANTES de casarnos. Incluso insistí en que estuviéramos separados algún tiempo para que pudieras hablar con tus amigos antes de tomar tu decisión... y ¿ahora resultas diciendo que tienes dudas?"

Incapaz de contener sus lágrimas por un minuto más, Candy comenzó a sollozar suavemente, para el horror de su marido. Con labios temblorosos, la joven alzó la vista, buscando comprensión a su dilema del hombre frente a ella. "¡No tuve que pensar dos veces en casarme contigo, Albert! Te amo… pero lo que no realicé era que tenías opiniones tan inflexibles sobre todo lo que nuestro matrimonio y vida familiar deberían ser… y no creo que compartamos el mismo cuadro."

Pasándose una mano sobre su sedosa cabellera, el cansancio de Albert fácilmente hubiera sido aparente para cualquier otra persona… menos para su esposa, quien no abandonaría el campo de batalla sin declarar victoria. Sin embargo, la ternura que sintió por esas lágrimas, hizo que mirara a su mujer con nuevos ojos: ella era solamente joven sin experiencia… una chiquilla mucho más joven que él... ¿cómo podía esperar una reacción más madura de ella?

Acercándose lentamente, Albert tomó las manos de su mujer en las suyas con delicadeza. "Candy…exactamente, ¿qué pensabas que iba a pasar? ¿Realmente creíste que nada cambiaria y que tendríamos niños para luego criarlos como huérfanos? Ellos se merecen algo mejor…" Dándole un beso en los nudillos, el joven suspiró anhelante. "Quiero a una familia… una verdadera familia contigo… que seas mi mujer y que juntos criemos a nuestros hijos. Eso es lo que quiero con todo mi corazón."

"¡Y yo también quiero eso, Albert! ¿Pero por qué tengo que sacrificar mis sueños y aspiraciones?" gimió, bruscamente retirando sus manos de las de su esposo. Caminando hacia la sala, la chica no fue capaz de contener su creciente frustración un momento más y, girando su cuerpo hacia su marido, gritó su pregunta enfurecida. "¿Por qué soy yo la que tiene que dejar de trabajar?"

"¡Porque soy tu marido, maldita sea!" rugió Albert, finalmente hastiado y luchando desesperadamente por contener una arcada que sacudió su estómago con la velocidad y fuerza de un rayo. "¡Y un marido mantiene a su esposa, no al revés! ¡Fin de discusión!"

"¡Tozudo! ¡Eres un cerdo machista!" aulló ella finalmente, con un torrente de lágrimas furiosas bañando sus mejillas. "¡Vete al infierno!" gritó mientras corría a buscar refugio en el dormitorio y cerrando la puerta detrás de ella con un golpe seco.

Tan pronto como desapareció su esposa, Albert corrió al baño y vomitó. Con cada arcada podía sentir la presión en su cabeza retrocediendo... así que se quedó allí casi abrazando la porcelana del inodoro hasta que vació todo el contenido de su estómago. Cuando las arcadas cesaron de sacudir su cuerpo, el joven se puso de pie lentamente sobre piernas temblorosas y se quitó la ropa cuidadosamente para tomar una ducha caliente.

Como el agua caliente se deslizó sobre sus músculos adoloridos, Albert suspiró con alivio. Finalmente, ese dolor paralizador había abandonado su cuerpo … y era capaz de pensar con más claridad sobre su pelea con Candy. Gimiendo suavemente, cerró sus ojos bajo el agua y lamentó que no pudiera hacer que el tiempo retrocediera y borrar la discusión entera de sus vidas.

Las palabras que había dicho en el furor del momento la habían herido a ella enormemente… de eso no tenía duda alguna. Pero ¿qué fue lo que los llevó a empujarse el uno al otro hasta el límite en primer lugar? ¿Había sido su dolor lo que lo había hecho menos comprensivo o habría reaccionado Candy de la misma manera aun si él hubiera sido más elocuente en su negativa de cumplir con sus deseos?

"¿Por qué nos está pasando esto?" se preguntó a si mismo al apagar los grifos. "¿Será posible que ella tenga razón? ¿Acaso somos tan diferentes en nuestras creencias que cometimos un error al casarnos después de todo?"

Saliendo de la ducha por lo menos físicamente sintiéndose mejor, Albert cepilló sus dientes y, con una toalla alrededor de su cintura, se dirigió a la habitación de huéspedes, dispuesto a descansar un poco.

Agotado, cerró los ojos, aliviado de que por fin el dolor había desaparecido totalmente. Sin embargo, su mente estaba aún consumida por los todos los detalles de la pelea que tuvo con su esposa.

Suspirando adormitado, decidió que sería mejor hablar con ella una vez que ambos hubieran descansado, después de todo la pobre acababa de llegar del trabajo… y él, pues su migraña simplemente lo había dejado exhausto. El cansancio después de su pesadilla esa madrugada también había hecho mella en su cuerpo, y acomodándose en la cama, se quedó dormido en cuestión de minutos.

Albert durmió profundamente durante casi cinco horas seguidas, arrullado por el sonido de la lluvia cayendo suavemente afuera.

Cuando despertó justo después de mediodía, la oscuridad causada por las nubes afuera prevalecía en la cabaña mientras la suave lluvia había pasado a convertirse en un aguacero torrencial. El joven se desperezó en la estrecha cama con un bostezo, recordando que su esposa todavía estaba sola en su dormitorio... probablemente aún molesta por la discusión acalorada a la hora del desayuno.

Queriendo hacer las paces con su mujer, ajustó la toalla alrededor de su cintura otra vez y, dejando la habitación, caminó rápidamente por el pasillo. Se detuvo fuera de la puerta de su dormitorio por un momento, de repente inseguro de cómo actuar o qué decir. "Valor idiota…" se regañó es sus adentros. "Lo jodiste todo así que ahora tienes que arreglarlo."

Tomando una bocanada de aire, Albert golpeó la puerta suavemente. "Candy... cariño, ¿estás despierta?" llamó suavemente, esforzándose por escuchar cualquier sonido al otro lado de la puerta por encima de la lluvia cayendo sobre el techo. "Amor… lo siento..."

Esperando una respuesta, Albert permaneció en el pasillo por un momento que le pareció una eternidad, hasta que, ansioso por ver a su esposa y ofrecerle una disculpa sincera, giró la perilla para abrir la puerta.

Ajustando sus ojos a la oscuridad de la habitación, Albert inmediatamente desvió la vista hacia la cama donde esperaba encontrar a su esposa hecha un ovillo bajo las gruesas sábanas de lana… sólo para descubrir que el lecho estaba vacío y en orden. A diferencia de la nitidez de la cama, la puerta del armario estaba abierta de par en par y varias gavetas abiertas tenían una que otra pieza de ropa colgando fuera de ellas.

Una oleada de pánico golpeó su pecho cuando rápidamente levantó sus ojos para buscar la maleta de Candy que por lo general estaba guardada en la parte superior del armario. Al descubrir la ausencia de esta, exploró el resto de la habitación rápidamente… y fue entonces cuando notó la cortina revoloteando con el aire colándose por la ventana abierta detrás de ella. Caminando hacia la ventana, la cerró de golpe y al girar su atención hacia la habitación nuevamente, vio una nota sobre su almohada. Abriéndola de prisa, las palabras garabateadas dentro de ella atravesaron su corazón como una espada de doble filo.

"Hemos cometido un error, Albert… adiós"

Arrastrando sus pasos hasta llegar a la sala aún con la nota en su mano, Albert miró las llamas muriendo en la chimenea. Sin pensarlo, distraídamente arrojó un par de troncos en el fuego casi extinguido. Como las llamas poco a poco empezaron a consumir la madera, el joven se sentó en el suelo, junto a la chimenea.

En su mente nada parecía tener sentido ya... ella se había ido. Su esposa había agarrado su maleta y su ropa, trepando por la ventana mientras él había estado durmiendo...

"Hemos cometido un error, Albert…"

Eso fue todo lo que ella tuvo que decir para destruir todos sus sueños... y ahora ya no tenía nada.

Ella había sido su único vínculo con un pasado que ni siquiera conocía o le importaba, ya que lo único que le importaba era poder tener un futuro al lado de ella. Una casa no sería un hogar sin Candy... y un futuro sin ella no significaba nada.

Sintiéndose decepcionado y completamente solo, Albert abrazó sus rodillas... y escondiendo su rostro entre sus brazos lloró a la luz del fuego desconsoladamente.

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Continuará

Notas:

Mo leanabh maoth…dèan cadal: mi dulce bebe… duerme.

Mo cnapach beag balaich: mi pequeño hombrecito.

Muchísimas gracias a todas las personas que leen mis locuras, especialmente:

CCC73

MoniArdley

Sayuri1707

Lady susi

Nadia Andrew

Mercedes

Gina Riquelme

Sabrina Cornwell

Patty

Liovana

Pcamilla717

Lukyta

Stormaw

Candice Ledezma

Amigocha

Luz

AdventureSam

Angdl

Josie

Glenda

Rocio CR

Romy

Amy

Patty Castillo (¡que maratón nena!)

Maiira Huiir

Tania Lizbeth

Y a mi hermanita virtual del alma: Chiquita Andrew

Gracias por todo su apoyo y comentarios chicas