Había mucho movimiento en el campamento del Ejército del Norte de la Alianza.
Mientras los sapos limpiaban acuciosamente las tiendas que usaron como salas de operaciones y hacían las últimas revisiones y reemplazos de curas a aquellos shinobi que serían enviados de regreso a sus ciudades de origen por encontrarse irrecuperables para la guerra (alrededor de seis mil de ellos), el comandante del derrotado ejército, Darui, pasaba revista a los efectivos aptos para el combate que todavía conservaba en su tropa: quinientos treinta y dos hombres y mujeres, número conformado por los heridos más leves (los que gracias a los excelentes cuidados de los sapos se habían recuperado en apenas dos días) y por aquellos que libraron indemnes de la batalla (que eran los que habían terminado huyendo en batalla y que, por lo mismo, se sentían observados por todos); todos los cuales se supone que serían la escolta de los heridos más graves. El resto de su malogrado ejército permanecería con las tropas que pronto arribarían, con la esperanza de que en un par de semanas estuviesen totalmente recuperados y cubrieran las bajas que se esperaba en los cuerpos de los ejércitos Este y Oeste, para la batalla que se aproximaba.
Mientras eso sucedía afuera, en la tienda del comandante Darui, mientras su enfermera sapa ordena el lugar antes de su partida, los tres comandantes (ambos generales y el jinchuriki del ocho colas) allí reunidos planificaban su estrategia para confrontar al rubio sennin (con evidente molestia de Kurotsuchi, que no cesaba de protestar por tratar temas tan delicados delante de una espía enemiga). Viendo que las palabras de la chica habían ofendido a quien había prestado su ayuda des-interesadamente en los pasados días, Bee se dirigió donde la pequeña y, agradeciendo sus esfuerzos, le pidió con toda la amabilidad que le fue posible que los dejara solos; cuando la pequeña le objetó que no podía irse dejando todo sucio, el hombrón se comprometió a que limpiaría todo personalmente, compromiso que finalmente la convenció de marcharse.
Cuando estuvieron los tres solos, finalmente, Killer Bee habló:
- Fuiste grosera con la pequeña, muchacha.
- Y tú debiste simplemente echarla.
- Los sapos no son iguales a nosotros. Estos pequeños no se involucran en las luchas de los mayores; su labor en la comunidad es asistir, por lo que se consideran una fuerza neutral. Ella jamás le habría dicho nada a Naruto, y tampoco es como si nuestra estrategia fuese demasiado secreta.
- Eres un tonto crédulo, Bee.
- Y tú una ignorante: Naruto tiene capacidades de sensor tales que puede identificar chakras individualmente a cinco kilómetros de distancia, diez si se esfuerza, incluso en medio de miles de otras firmas de chakra, por lo que ni henges ni ocultamientos ni jutsus que permitan avanzar bajo tierra o agua podrían permitirnos sorprenderlo; aunque lo rodearas con tus miles de hombres tiene la velocidad necesaria para simplemente pasar entre ellos y la fuerza física como para levantar con sus propios brazos a decenas de tus tipos más corpulentos; tiene jutsus de un poder destructivo tal que podría acabar con miles en un sólo ataque y un jutsu tiempo-espacio que hace imposible contenerlo aún si pudieras encerrarlo dentro de la barrera más poderosa e impenetrable que cualquiera pueda crear.
- ¿Acaso pretendes decir que es invencible?
- No, digo que atacarlo con los dos ejércitos que esperas es absurdo e inútil.
- Y entonces…
- (Cee interviene) La forma de enfrentarlo es en pelea uno a uno. Allí todas las ventajas que le ha señalado Bee, o al menos la mayoría de ellas, desaparecen; claro, eso si tenemos alguien que pueda hacerle el peso.
- Allí es donde intervengo yo.
- (la chica reclama) ¿Porqué entonces no vinieron también mi abuelo y A?
- Varias razones: no pueden abandonar sus labores como comandantes generales de la Alianza y líderes de sus aldeas; segundo, se encuentran coordinando la próxima ofensiva contra Akatsuki; y lo más importante, no nos podemos permitir que mueran a manos de Naruto, no en medio de una guerra.
- (Cee cuestiona) ¿Tratas de decir que ese muchacho sería capaz de matar a algunos de los kages? Lo encuentro difícil de creer.
- En circunstancias normales, claro que no sería capaz; a pesar de todo lo que ha pasado en su vida no ha desarrollado el instinto asesino necesario para ser un verdadero shinobi. Pero tampoco es suicida, y es seguro que tanto el viejo Onoki como mi Big Brother no se contendrían en tratar de acabar con él; siendo así, tanto Naruto como Kurama se defenderán, incluso hasta matar de ser necesario.
- ¿Kurama?
- El nueve colas.
- Veo que lo conoces bastante bien, Bee.
- No tanto, es solo que el muchacho es un libro abierto… la mayor parte del tiempo…
- (Kurotsuchi interviene) Entonces estás seguro de que no te matará…
- Claro que me mataría, niña… Si lo pienso bien, de los tres que hay dentro de la Alianza con el nivel necesario para enfrentarlo, soy quien más posibilidades tiene de ser asesinado; él sabe que tengo al pulpo conmigo, y puede que piense que yo resista mejor sus ataques que cualquier otro, por lo que seguramente me enfrentará con todo. Bien, si ha todo quedado claro, iré a recostarme un rato, necesito estar bien descansado para cuando tenga que pelear con él.
- Podrías aprovechar y tratar de atacarlo por sorpresa.
- ¿Acaso no me has escuchado, niña? Naruto seguramente ya sabe que estoy aquí…
- (Cee pregunta) ¿Entonces, cuándo?
- Apenas lleguen los dos ejércitos y los heridos más graves sean evacuados. Según como se desarrolle todo puede que necesitemos esos veintidós mil shinobi extras.
- ¿Por si lo vences y los sapos deciden intervenir?
- En realidad por si se aparecen los zetsus blancos en medio de nuestra pelea.
Y sin decir más, la abeja asesina se retira a buscar un lugar donde echarse una larga siesta, mientras nota una vez fuera de la tienda como Darui despide a los sapos enfermeros, agradeciéndoles su asistencia.
Continúa su camino hasta que nota quien ha venido a por los pequeños: Shima, la anciana sapa que pudo conocer en la isla santuario.
La esposa de Fukasaku ve como Bee se aproxima a ella, saludándola. Ella trata de excusarse, diciéndole que sólo está de paso y que debe regresar con los sapos de ayuda al Monte Myoboku, pero el portador del Hachibi le interrumpe, diciéndole que sólo quiere pedirle un pequeño favor: durante la tarde deberá pelear con Naruto, y él desea que ella esté en el campamento humano; intrigada, la anciana le pregunta el motivo para ello, a lo que Bee le responde, en voz baja (para no asustar a sus compañero shinobi cerca): ["Seguramente Naruto me dejará molido y necesitaré de sus preciosas manos para curarme, anciana"]. Viendo en su rostro que el de Kumo habla en serio, Shima le promete que cuando él deba pelear con el rubio ella estará allí, en compañía de su marido, para asistirlo en caso de ser necesario.
Los sapos finalmente se marchan, desapareciendo en muchas pequeñas volutas de humo blanco.
Bee observa a los alrededores, rostros cansados y malogrados. No puede evitar pensar que cuando lleguen los ejércitos que se aproximan y tenga lugar su pelea con el rubio de los sapos, otros veintidós mil rostros lucirán iguales a estos.
Sasuke bajó su chokuto, dejando que la sangre que la impregnaba escurriera por su hoja.
Era ya la tercera semana desde que se encontraba con Taka en misión, en la frontera del Fuego con el País de los Campos de Arroz. Su equipo era uno de varios que el Hokage Hatake Kakashi había desplegado por la frontera norte, por donde suponía más probable que el ejército de Akatsuki, del que poco y nada se sabía en ese entonces, tratara de invadir Konoha, uno de sus más probables objetivos.
La orden de desplegarse había llegado a la hora de que se recibiera en la aldea la noticia de la derrota del ejército combinado Iwa-Kumo, el primer enfrentamiento contra las huestes del falso Madara. Los estrategas de Konoha suponían en ese entonces que, luego de tan aplastante victoria, Akatsuki avanzaría al sur, rumbo a la aldea ninja más cercana de los cinco grandes, y la única, luego de las enormes pérdidas de la Roca y las Nubes, con suficientes shinobi de élite como para cubrir los mandos de las enormes masas que se deberían movilizar en la iniciada guerra.
En este escenario, el equipo de Sasuke, junto al equipo Gai (de sólo tres, su jounin sensei junto con Tenten y Rock Lee) y al equipo Sai (con el ex-raíz como líder y cuatro anbu que integraron anteriormente dicha organización) fueron puestos en la zona de mayor peligro, confiando en que el nivel de dichos equipos sería suficiente para frenar a los miles con que Akatsuki se supone contaba, mientras en Konoha se organizaban las divisiones y se movilizaban las reservas hasta totalizar casi dieciocho mil shinobi entrenados (incluyendo en ese número a los gennin recién salidos de la academia y a las guardias ninja de los clanes). No se conocía la fuerza real de Akatsuki, pero aquello debería bastar; Kakashi recordaba perfectamente la Tercera Gran Guerra Ninja, las levas forzosas y los niños con apenas un par de años en la academia siendo enviados a la batalla porque no quedaban más, y se negaba a llevar las cosas a ese extremo mientras no fuese estrictamente necesario.
Y los mandos en Konoha confiaban en que, llegado el momento de la invasión del falso Madara, tanto las demás aldeas como Naruto concurrirían a esa batalla para apoyarlos. De la misma forma en que el Hokage y Konoha actuarían si fuese diferente el caso.
Pero nada de eso ocurrió: ni hubo invasión, ni alianza entre los cinco, ni se concentraron los esfuerzos de todos en eliminar a Akatsuki (al menos no directamente).
Y ahora, además de la amenaza de Akatsuki, tenían que cuidarse del demente de Kabuto y de los planes expansionistas de la Alianza del Norte, que no tuvo mejor idea que estacionar uno de sus ejércitos en plena frontera, además de la división de Kiri al oeste y las fuerzas samurai presionando a su mayor aliado, a donde habían partido quinientos shinobi al mando de Nara Shikamaru para reforzar las fronteras de Suna.
Ya con tiempo, las fuerzas de Konoha habían reforzado toda su frontera norte, dejando al equipo Taka a cargo de la vigilancia del Ejército de Ocupación del País de los Campos de Arroz: diez mil hombres y mujeres de tres aldeas shinobi, todos concentrados a menos de un kilómetro de la frontera real. El resto de los atacantes de Oto estaban diseminados por el país, mientras una parte menor había regresado a sus aldeas, ya sea heridos o para integrar la fuerza que se preparaba para asaltar Amegakure.
Ya llevaban tres semanas en aquellos parajes boscosos, interceptando cada patrulla o fuerza de infiltración de la Alianza que se atrevía a adentrarse en territorio del Fuego: aquello ocurría tan seguido que era como si tantearan sus defensas. Como resultado de todo aquello, Sasuke y sus tres compañeros (Jugo, Karin y Suigetsu) ya llevaban más de ciento ochenta shinobi interceptados, con treinta de ellos asesinados y el resto devueltos inconscientes, siendo literalmente arrojados al otro lado de la frontera.
El mensaje que pretendían dar era claro: mientras Taka vigilara, ninguno de ellos podría pasar.
Acababan de deshacerse del último grupo de infiltración (una partida de seis ninjas de la Hierba), abandonando a los supervivientes al otro lado del riachuelo que en ese punto marcaba el final del Fuego y el inicio del Arroz, y ahora el equipo de shinobis descansaba, mientras Karin realizaba un rastreo rápido de la zona, verificando que no quedaban intrusos en el área.
A pesar del éxito demostrado, Sasuke no podía evitar sentir que todo aquello que hacían era una pérdida de tiempo: con tipos como Obito y Kabuto dando vueltas allí afuera, el que el mejor shinobi de Konoha estuviese de perro guardián era un desperdicio de recursos (por más necesaria que fuese esa tarea). Cansado, el Uchiha se quitó por enésima vez su protector ninja, mientras lo miraba nuevamente: el símbolo de su estatus como jounin de Konoha…
Los últimos meses habían sido bastante movidos para el joven Uchiha.
Lo más difícil había sido ambientarse nuevamente a la vida cotidiana, ya no como un aprendiz, un vengador o un criminal en fuga, sino como otro shinobi más.
Contra lo que podía haber esperado por la situación existente y a sabiendas que seguramente él era el guerrero más fuerte de todo Konoha, Kakashi se encargó de mantenerlo todo el tiempo que faltaba para el examen de chunnin dentro de los límites de la aldea, siempre ocupado.
Perdió la cuenta de la cantidad de misiones gennin que completó junto con su equipo, que por no variar la costumbre conservó su último nombre. Los Taka se hicieron conocidos de todos por lo inusuales que eran: cuatro gennin bastante mayores, de un poder absurdo, haciendo los mandados habituales de los jóvenes de once años. Pero Sasuke no se quejó, y aguantó estoicamente todo lo que le pusieron por delante, demostrando seriedad y dedicación en cada pequeña cosa que se veía obligado a hacer.
El estar enfocados en tareas tan simples para su nivel de habilidad les significó un par de cosas a los Taka. La primera fue que terminaron siendo reconocidos por toda la gente de la aldea (el grupo vivía recorriendo sus calles y eran de por sí demasiado llamativos para ser ignorados): la hermosa chica de cabellos de fuego y gafas, altiva y con una falda tan corta que embobaba a todo aquél que veía ese par de piernas; el gigante amable, de pelo llamativo y siempre luciendo una sonrisa y una actitud gentil con todos; el adonis pelinegro, el último de su clan, de actitud fría y reservada; y el idiota. Y es que Suigetsu no sabía como tratar a la gente: asustaba a los niños, molestaba a los adultos y acosaba a las mujeres que le atraían (las que terminaron siendo casi todas las chicas físicamente atractivas entre quince y treinta y cinco años de la villa).
Lo segundo fue que, sin importar el mucho trabajo que les asignaban cada día, con su velocidad acababan sus encargos antes que todos y terminaban contando con muchísimo tiempo libre, lo que el grupo aprovechaba a tope: el estruendo en los campos de entrenamiento era ensordecedor por las tardes, y más de alguna vez los agrestes parajes quedaron inutilizables luego de que Taka se sirviera de ellos.
Los que más habían aumentado su nivel eran los subordinados del pelinegro: Jugo había alcanzado un dominio real de sus transformaciones, sin la locura que acompañaba usualmente ese abrumador aumento de poder físco; Suigetsu había logrado desarrollar un taijutsu acorde a sus técnicas con el gigantesco cuchillo decapitador; Karin finalmente había logrado una habilidad y velocidad suficientes para combatir al nivel de sus compañeros, además de lograr dominar una extraña técnica de cadenas de chakra que según la chica siempre había tenido (pero sin saber o recordar de donde realmente la había sacado). Pero en el caso de Sasuke… no es que no le sirviera todo ese entrenamiento, pero más allá de lograr un mejor dominio de sus habilidades que ya tenía, no había conseguido una mayor fuerza; era como si hubiese llegado al tope de sus capacidades.
Aunque no fue algo que buscara, irremediablemente se vio en la necesidad de retomar las relaciones con sus antiguos conocidos (no podía decirse que fuesen amistades; la infancia de Uchiha Sasuke fue demasiado sombría y aislada como para considerar a alguien como su amigo, salvo por el muy extraño vinculo que logró formar con un ahora ausente Naruto).
A Kakashi lo veía casi siempre -cuando éste estaba en la aldea-, pero sus conversaciones eran siempre cortas. El nuevo Hokage fue el que lo incitó a relacionarse con Yamato y Sai como una manera de conocer mejor cuanto había cambiado Naruto durante su ausencia. Los novatos de su generación (entre los que debía contar a Rock Lee y Tenten luego de todo lo ocurrido en el que terminó siendo su primer y único examen de chunnin) le acogieron amistosamente -ayudó mucho el que la verdad de lo sucedido con Itachi se hiciera público, provocando un sentimiento de simpatía hacia su hermano menor-; entre ellos y sus propios compañeros de equipo lo arrastraron más de una vez a alguna reunión compartida, en donde todos mostraban lo mucho que habían madurado con los años (incluso Yamanaka Ino, la que ya no se mostraba para nada interesada por él, cosa que el Uchiha agradecía enormemente).
Su único choque que tuvo con alguno de los novatos fue en una de aquellas reuniones en el restaurante de carnes, en donde Sasuke tuvo la mala ocurrencia de preguntar por la relación entre Naruto y la difunta Hinata. Por lo visto, el tema de la chica muerta era tabú, y fue suficiente ver las caras de todos ellos (principalmente las de Kiba y Shino) para comprender que esa herida seguía demasiado viva.
Su relación con Sakura, en cambio, se encontraba en un punto muerto. Uno bien muerto.
Si bien el tiempo en que ambos estuvieron alejados el uno de la otra sirvió para enfriar la molestia del Uchiha con la pelirrosa, también evitó que se diera la oportunidad de que ambos se reencontraran y trataran de arreglar sus diferencias. Casi tres meses estuvo alejada la chica de la aldea, de tal manera que cuando ambos se vieron nuevamente las caras (al regreso de Sasuke y su equipo del examen de chunnin), el trato entre ellos se volvió frio y distante.
Pero no fue por causa de Sasuke, quien en su propósito de llevarse bien con todos intentó lealmente llevar su muerta relación con su ex-compañera de equipo al punto de la camaradería tolerante, sino que fue la chica la que eligió mantener la distancia. Y es que finalmente había comprendido los errores de su pasado, y la certeza de sus propias culpas (sumado al shock que le causó el conocimiento del próximo deceso de su maestra) le hizo adoptar una actitud mucho más reservada: por miedo a volver a equivocarse con sus antiguos amigos, prefería mantenerse alejada de ellos.
Ya se vería si con el retorno de Naruto a la Aldea, ocurriera cuando ocurriera, cambiaba en algo todo aquello.
El otro gran evento en la vida de Uchiha Sasuke en el tiempo que pasó desde su retorno fue el examen de ascenso a chunnin, llevado a cabo en Suna. Aquél examen fue la última ocasión en que las cinco grandes Aldeas Shinobi realizaron un evento como aliadas nominales, todas juntas.
La necesidad de aumentar los números de sus mandos los llevó a celebrar ese examen especial, por lo que permitieron equipos de cuatro integrantes: tres gennin con un chunnin apoyándolos (con los últimos pudiendo optar a su propio ascenso en el proceso).
La seguridad fue reforzada al extremo, ante el riesgo de algún ataque sorpresa de Madara o alguno de sus aliados, pero nada ocurrió. Fueron tres semanas de pruebas físicas, de habilidad y de supervivencia. Si bien muchas de las pruebas planteadas exigían mucho más que simple poder para superarlas, el equipo Taka destacó desde el primer momento, demostrando en la reñida competencia lo bien que el pelinegro había seleccionado a sus compañeros: entre la inteligencia de Karin y Sasuke, la agilidad de Suigetsu y la fuerza de Jugo, ellos no tuvieron ninguna real dificultad para superar las diversas pruebas y llegar a la instancia final.
Esto provocó un conflicto entre los Kages, para quienes era evidente el problema que planteaba para la razón de celebración del examen el que un grupo destacara demasiado sobre el resto: Taka simplemente aplastaba a sus oponentes, y sacarlos del examen con una promoción automática no era opción, no con los feudales de las cinco aldeas asistiendo a la fase final, quienes exigían ser testigos del espectáculo que el último Uchiha y sus monstruosos compañeros de equipo podían ofrecerles.
La solución que encontraron los organizadores del evento fue una batalla real, en que los ocho equipos que se habían clasificado a la fase final del examen combatirían entre sí. A sabiendas que siete equipos de gennin y chunnin eran impotentes ante los Taka, los cinco kages (con anuencia de los feudales, que nada pedían más que se les proporcionara un gran espectáculo) introdujeron a la final cuatro equipos de jounin, uno por cada aldea diferente de Konoha, formados con sus más jóvenes y habilidosos combatientes, quienes tenían por única tarea el neutralizar al equipo de Sasuke. Afortunadamente el examen había sido tan masivo que, llegados a ese punto, ninguno de los equipos que logró llegar a la final podía estar seguro de conocer a todos los demás. Finalmente, una última regla fue introducida: sería una batalla por equipos, por lo que si alguno de los miembros de cualquiera de los equipos participantes caía durante la pelea, inmediatamente todos sus compañeros serían descalificados.
Obviamente, apenas lo supo el Uchiha comprendió el motivo por el cual se había implantado esa regla, lo que no hizo más que alimentar su de por sí desmedido ego y provocar en él el deseo de dejar en claro su superioridad...
El día era hermoso, el estadio levantado para la pelea tenía a decenas de miles de espectadores, así como a los cinco kages y treinta señores feudales de diferentes países con sus allegados. La arena de combate era un círculo de cuatrocientos metros de diámetro (con las graderías para el público dispuestas en media luna); suficiente espacio para una pelea de proporciones épicas.
Luego de la presentación formal, los combatientes entraron al campo. Al ver la seguridad que demostraba el pelinegro Uchiha, los kages rápidamente acordaron al último momento una regla extra, exclusiva para éste: se le prohibía usar cualquiera de los jutsus del Mangekyo Sharingan (Tsukuyomi, Amateratsu y Susanoo). Sasuke, al recibir el recado en medio de la arena de pelea, tan sólo rió para sus adentros; no era como si los necesitara para ese combate.
Cuando la pelea comenzó, como si se hubiesen estado todos coordinados, los once equipos shinobi restantes rodearon a Taka, ubicándose en la periferia de la arena, mientras el Uchiha y su equipo permanecieron al centro. Todos sabían que ese era el rival a vencer.
Siguiendo las instrucciones de su líder, todos los miembros de Taka hicieron gala de su fuerza: Karin desplegó sus cadenas de chakra alrededor de sus compañeros; Suigetsu comenzó a juguetear con la gigantesca Kubikiribocho; Jugo en instantes adoptó su transformación de cuerpo completo; por último, Sasuke invocó a su mascota, Aoda, copando con su gigantesco tamaño el centro del campo de batalla. El público contestó tal demostración de poder con una gigantesca ovación. Todos esperaban una pelea colosal.
Pero eso fue todo… veinte segundos después todo había acabado, y la pelea que todos esperaban nunca ocurrió.
Con todos distraídos con aquella inútil exhibición de los Taka, Sasuke creo cuatro clones de sombras y rápidamente, haciendo uso de su sharingan, cada unos de ellos corrió hasta donde esperaban de pie los demás combatientes, concentrándose primeramente en los que notaba eran los más fuertes. Un simple genjutsu, aplicado en menos de un segundo para cada peleador que no fuese de Taka, bastó para ello. Al final de todo no había nada más que cuarenta y cuatro shinobi tirados en el suelo de la arena de pelea, todos dejados fuera de combate, rápida y limpiamente.
Los desordenes fueron incontenibles: el público se sentía estafado. Allí fue que Kakashi, después de ver todo ese desastre, comprendió el error que había cometido al no darle a esos problemáticos su ascenso directamente, en vez de obligarlos a participar en dicho examen.
La parte final del examen se repitió al día siguiente, sin la presencia de los Taka. Sasuke fue ascendido a jounin (con la demostración que había hecho era imposible otra cosa); los demás chicos fueron ascendidos a chunnin, con la promesa de obtener su ascenso final si es que daban muestras de fidelidad a la Hoja durante el año siguiente...
… tantas cosas lo habían llevado hasta este punto de su vida, siguiendo un sendero que hace medio año no creía posible: era como si los últimos seis años de su vida no hubiesen existido, como si nunca se hubiese ido con Orochimaru y siendo ahora, tan sólo, otro shinobi de la Hoja.
Pero estaba estancado, peleando una guerra inútil, contra un enemigo incompetente, mientras su amigo rubio se encontraba lejos, labrándose un nombre y enfrentandose al mal verdadero.
Estancado, sin nada mejor que hacer que cazar a los idiotas que pasaban más allá de una supuesta línea invisible sobre el terreno, que determinaba donde comenzaba un país y terminaba el otro. Asuntos sin trascendencia cuando la amenaza del falso Madara estaba sobre todos.
La llegada de los otros dos ejércitos de la Alianza al campamento del destruido Ejército del Norte ocurrió pasado el mediodía, un par de horas después de la partida de los sapos. Pero no fue todo lo pacífico que se esperaba, ya que una incursión del enemigo en medio de todos esos hombres y mujeres les demostró a los comandantes de esa numerosa fuerza lo inútiles que realmente eran para la guerra que se les había venido encima.
Kurotsuchi y C habían salido a recibir a la tropa a campo abierto, así como para inquirir noticias de su avance.
El camino había sido tranquilo. A pesar de que en él lugar donde estaban estacionados originalmente estaban siendo vigilados por escuadrones de Amegakure y las fuerzas fronterizas de Suna y Konoha, éstos en ningún momento trataron de estorbar su salida o atacar a sus respectivas retaguardias. Si bien en el caso de las dos grandes Aldeas dicho proceder era razonable (ellas no estaban aún en guerra con la Alianza), en el caso de los shinobi de la Lluvia no tenía sentido el que hubiesen desperdiciado esa oportunidad de conseguir una ventaja sobre quienes se suponía estaban allí para invadirlos. Recién a medio camino tropas del Ejército del Oeste habían logrado descubrir que, junto con los escuadrones de Ame que los seguían por el camino, estaban observadores sapos, con lo que la respuesta era obvia: los líderes de Ame conocían de la última victoria de Naruto en su frontera norte y habían optado por dejarle al Densetsu no Sennin la resolución de aquel conflicto.
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Mientras los primeros batallones entraban a ocupar el campamento y el resto del ejército reunido preparaban el área circundante para plantar sus propias tiendas de campaña, el enemigo realizó su ataque.
La voz de alarma la dieron los vigías que se habían posicionado en los puntos altos sobre el campamento original del Ejército del Norte: el sennin de los sapos se acercaba, sólo, corriendo a toda carrera; sin ocultarse ni tratar de pasar desapercibido, sino como si pretendiese que todos lo vieran llegar.
Ante la voz de alarma Darui salió de su tienda, notando como tanto C como Kurotsuchi corrían para tratar de interceptar al solitario atacante; no había señales de Bee, quien dormitaba ignorando los gritos y las carreras de todos en el campamento (mientras le pedía al Hachibi que no molestara, que recién cuando los heridos hubiesen sido evacuados irían al encuentro del rubio y de su hermano con colas).
Cuando los generales de los ejércitos del Este y del Oeste llegaron a las orillas del campamento pudieron ver como Naruto, estando a menos de trescientos metros de alcanzarlos, adoptaba su modo del manto de chakra de fuego, para luego acelerar; sin poder hacer nada, C y Kurotsuchi notan como el rubio pasa entre ambos, mientras desenvaina su wakizashi, mientras le escuchan decir: "es hora, Shirohime". Ambos generales giran, tratando de seguirlo con su vista, pero sólo alcanzar a ver como la hoja de la espada corta brilla, mientras el rubio acelera hasta volverse borroso.
El ataque toma apenas un minuto, con el sennin de los sapos moviéndose como si fuese un destello, ignorando a todos, como si esos miles de ninjas allí reunidos no fuesen más que árboles estáticos. Con cuidado, va tras sus blancos, quienes están diseminados, mezclados entre los soldados de los dos ejércitos que acaban de arribar. Uno a uno comienzan a caer, cercenados por la hoja de la Princesa Blanca, sus cabezas saltando por los aires, sus cuerpos partidos por la mitad.
Cuando el espadachín blanco termina su tarea, se frena en medio del campamento, a unos metros del malherido general del Ejército del Norte, cerca del cual se encontraba el último de los nueve shinobi alcanzados por Naruto. Darui ve como el cadáver del soldado asesinado cae al suelo, mientras muta en un cuerpo blanco, igual a uno de los miles de zetsus de Madara (como lo informaron los sobrevivientes de la primera batalla).
Naruto ve al moreno y sus aparatosas vendas, por lo que avergonzado le pregunta: "¿qué tal estás, Darui?"; el aludido, dejando de ver el cadáver del impostor, le responde: "bien… gracias por preguntar". El rubio le dice: "me alegro". En eso, Kurotsuchi llega a donde se encuentra de pie el enemigo, al que trata de alcanzar con sus puños, pero el joven entierra su espada en el suelo, mientras hace los sellos necesarios para transportarse de regreso a su propio campamento, desapareciendo antes de ser alcanzado.
La kunoichi de Iwa pasa de largo, sin impactar a su blanco y cayendo al suelo. Molesta, se gira para ver el lugar donde el rubio estaba parado, notando que la espada de Naruto, habiéndose apagado su brillo, permanece allí un par de segundos, para luego desaparecer de la misma manera que su dueño.
Los mensajeros de Konoha arribaron al campamento de las fuerzas de la Alianza cuando el sol bajaba para ocultarse, dando final a ese día.
Las nubes comenzaban a cubrir los cielos.
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En vista de que una lluvia inesperada amenazaba caer sobre toda la zona, los generales de la tropa habían decidido postergar la salida de los heridos hasta el día siguiente. Al menos el día extra de descanso permitiría que sólo distrajeran un par de cientos de soldados en la tarea de escoltar a los heridos de regreso a Iwa y Kumo. Ya habían sido enviados mensajeros advirtiendo a ambas aldeas de la evacuación a fin de que las columnas fuesen asistidas por personal de las mismas, una vez entraran en el territorio de la Tierra.
Aunque recibidos con desconfianza, los tres shinobi de la Hoja, una vez se presentaron apropiadamente y exhibieron los documentos que acreditaban su calidad de mensajeros, fueron llevados por el encargado de la vigilancia nocturna del enorme campamento (un jounin de Iwa, alto y que debía estar alrededor de los veinte años) a la presencia de los mandos de los tres ejércitos allí reunidos, quienes estaban en asamblea desde hace casi una hora.
Dentro de la enorme tienda, formando un círculo, todos sentados en pequeños bancos plegables, treinta shinobi de alto rango, hombres y mujeres, ya llevaban cuarenta minutos discutiendo los asuntos de aquel día.
El motivo de la reunión (a la que Bee se negó a asistir por considerar que los asuntos relativos a disponer de todos esos hombre y mujeres allí reunidos no era de su incumbencia) era acordar los pasos a seguir: aquella incursión de Naruto en el campamento había sido la prueba que los generales recién llegados (principalmente Kurotsuchi) necesitaban para comprender a cabalidad a qué era lo que se enfrentaban. Y no era sólo la extraordinaria habilidad del rubio, sino que también el hecho de que aquellos zetsus blancos se hubiesen infiltrado en sus ejércitos con tanta facilidad -y sin que sus propios ninjas sensores los hubiesen podido descubrir-.
Hechas las averiguaciones, se dieron cuenta que todos los falsos shinobi, aquellos a los que los zetsu habían suplantado, habían tenido labores de patrullaje en los días anteriores. Ninguno había sido reportado como desaparecido ni los equipos de los que aquellos habían formado parte reportaron enfrentamiento con ningún enemigo; los suplantados tan sólo se habían apartado de sus compañeros por un par de minutos, por cualquier motivo insignificante, y allí debieron haber sido atacados y reemplazados, con sus camaradas shinobi a metros de los mismos. Y así, sin que nadie se percatara, tenían entre ellos nueve copias, perfectos espías infiltrados en el corazón mismo de la tropa.
Al menos el ataque del rubio les garantizaba que ya no quedaban más de esos todavía ocultos, pero quien sabía cuantos hubiesen en ese mismo momento diseminados entre las fuerzas de las diferentes aldeas shinobi; tal vez alguno entre los mismos mandos.
Darui intervino, haciéndoles notar que ahora que sabían a ciencia cierta que el enemigo los espiaba a muy corta distancia, era demasiado arriesgado mandar a los heridos de regreso a sus aldeas sin una escolta apropiada, ya que de no hacerlo se arriesgaban a tener, en vez de seis mil heridos, a seis mil muertos. Ante la consulta de la general de Iwa sobre de donde pretendía sacar las fuerzas para dicha tarea secundaria sin debilitar al grupo de ataque, la mano derecha del Raikage respondió, molesto por la negativaa ayudarlo que implicaban sus palabras: "si ustedes no me los proporcionan, soy capaz de cruzar el campo, ir a donde se encuentra Naruto y pedirle de favor que me preste algunos de sus sapos para dicha tarea. De seguro el no me negará su ayuda para preservar todas esas vidas, a diferencia de algunos de los aquí presentes". Allí estalló todo: la nieta del Tsuchikage acusó a Darui de traidor, mientras aquél, ignorando sus propias heridas, invocó a su pantera negra, la que copó la enorme tienda donde estaban reunidos con sus subalternos más cercanos, los que se alejaron del par como pudieron, mientras el Rayo Negro le decía a la mocosa insensata (así la llamó) que si tanto despreciaba la vida de sus subordinados, sus compañeros shinobi, bien podía ir y retar al rubio a un duelo uno a uno, a ver si su valor era real o sólo una careta sostenida por los miles que tenía tras de ella. Indignada, Kurotsuchi estaba a punto de atacar con su ceniza hirviente, cuando C interrumpió al irresponsable par, señalándoles que, justo en ese momento, había llegado a la entrada de la tienda unos visitantes de Konoha, que eran testigos de todo aquel vergonzoso espectáculo.
Al ver que todos los rostros dentro de esa tienda se giraron hacia ellos, y notando que su superior miraba sin atinar a decir nada, Tenten tosió un par de veces, logrando así que tanto Gai-sensei como Lee la miraran; al ver que había logrado que ese par reaccionara, la kunoichi les dijo: "Tenemos que saludar apropiadamente; Lee, maestro".
Mientras Kurotsuchi recuperaba la compostura y Darui hacía desaparecer su pantera de rayo (tomándose su brazo fracturado con evidente dolor en el rostro), los tres mensajeros de Konoha hicieron una muy notoria reverencia a modo de saludo, mientras Maito Gai enunciaba en voz alta (aunque más parecía que lo gritaba) sus nombres y el propósito de su presencia allí, en medio del campamento de la Alianza.
Mientras los tres visitantes se alejaban a una tienda asignada para alojarlos durante su estadía entre ellos, guiados por uno de los jounin asistentes a la reunión, y Kurotsuchi se retiraba sin decir nada a su propia tienda, C se quedó observando a Darui, quien agotado por el esfuerzo se había sentado en el banco más cercano. Aprovechando que todos sus subordinados habían salido fuera de la tienda, dando por terminada la reunión, C miró con rostro molesto a su compañero general. Tomando aire, el general del Ejército del Norte habló:
- Siento ese espectáculo, pero eso niñita me saca de mis casillas.
- No le digas así, ya tiene dieciocho.
- Y demuestra doce.
- Lo sé, pero a pesar de todo su abuelo tiene mucha confianza en sus capacidades. Y no sólo él, la totalidad de los mandos de Iwa tiene fe ciega en lo que puede llegar a ser. Ahora que su padre ha muerto, ella es la candidata más fuerte a volverse la próxima sombra de la roca.
- No niego que sea muy fuerte, pero…
- ¿Pero le falta, eso quieres decir?
- Si tal vez hubiese reaccionado diferente con lo de su padre.
- El problema es que ninguno de los jóvenes sirvieron durante la Tercera Gran Guerra, ninguno sabe lo que fue toda esa locura, ¿te acuerdas?
- Si, lamentablemente… si al primer mes ya ni recordábamos el motivo por el cual peleábamos… era tan sólo aniquilarnos unos a otros. ¿Sabes? Después de la primera batalla contra Akatsuki y todo lo que significo, cuando supe que nos íbamos a poner a invadir países pequeños porque sí le solicité a Raikage-sama que me dejara en la aldea, al mando de la reserva.
- ¡Lo sabía!, siempre me extrañó que con Kitsuchi-sama muerto Raikage-sama no haya tratado de ponerte como el comandante general de la Alianza.
- Tan sólo no quería volver a verme sumergido en toda esta locura de sangre… ya vez, quise adoptar la misma postura que nuestros vecinos del sur.
- (notando el auto-reproche que llevan sus palabras, C le dice) No debes sentirte mal por eso, lo ocurrido en la guerra pasada es algo que nadie desea que se repita.
- Pero para allá vamos. Por que algunos elegimos acallar nuestras conciencias dejando que otros fuesen los que atacaran Oto, y ya vez en lo que terminó aquello. Fue por eso que después de aquello pedí un mando directo en el frente, porque quiero pensar que estando las tropas bajo mi mando puedo evitar todos los excesos que ocurrieron en el País de los Campos de Arroz. Si no detenemos esto, un par de matanzas de ese tipo y nada impedirá que lo de la Tercera Guerra se transforme en un recuerdo agradable al lado de lo que podemos terminar engendrando.
- Pero Raikage-sama, en vez de colocarte al mando, te dejó al mando de una pequeña parte de la fuerza total. ¿Acaso te está probando?
- En realidad pienso que me castiga. Sabe lo que pienso de todo esto y cree que soy un tonto idealista. Supongo que creyó que terminaría viendo las cosas como él, que comprendería que toda esa destrucción es inevitable.
- No suenas muy convencido.
- Me enfrenté a Naruto, eso fue lo que pasó.
- No te entiendo, el que tu enemigo fuese más fuerte que tú nunca te amilanó.
- No es su fuerza: Naruto pelea por lo que sabe que es lo correcto, y todos los que lo siguen lo hacen igualmente. En cambio nosotros decimos que peleamos contra Akatsuki, para salvarnos a todos... no se tú, pero yo llevo dos semanas en campaña y lo más parecido al enemigo que se supone enfrentamos fue ese monigote que vi caer en manos del jinchuriki del nueve colas, uno que teniéndolo a unos metros de mi ni siquiera sabía que estaba entre nosotros. Es imposible no sentirte inútil después de eso.
- Y si es el muchacho el que está en lo correcto, ¿cuál vendría a ser nuestra motivación, según tú?
- Honor, lealtad, cumplimiento del deber, patriotismo… la misma basura de siempre.
- Soy tu amigo, por eso tolero que hables así, pero si otro llega a escucharte le dará la razón a las palabras de esa mocosa que tanto te molesta.
- No hay problema, esta guerra ya terminó para mi… debo darle las gracias al llamado sennin de los sapos por hacerme el favor.
- Nunca se sabe, podrías recuperarte a tiempo para volver al frente.
- Lo dudo mucho… si seguimos con esta guerra como vamos, para el cuarto mes no nos quedará un mísero soldado en pie y tendremos a nuestros niños y nuestros viejos peleando por nosotros.
Cansado y abatido, Darui se levanta para dirigirse a su tienda a descansar. Apenas son las ocho de la tarde, pero siente que ya ha sido demasiado ajetreo para un solo día. Al llegar a la puerta de la tienda, el general del ejército del Norte se detiene antes de salir y, girando en dirección a C (que sigue de pie, meditando en lo que le ha oído a su compañero), le dice: "¿Sabes? Desde que fui derrotado he notado diferentes reacciones de los que me rodean. Mis subordinados me ven con pena, como si sintieran mi derrota; mis amigos con desgana, como si estuviesen decepcionados por dejarme herir de esta manera; los extraños con burla, como si fuese un inútil incapaz de hacer honor a su reputación. Sólo Naruto, cuando estuvo hace un rato en el campamento, fue capaz de mostrar real preocupación por mi estado. Es obvio que él no nos ve como sus enemigos, por más que nuestros líderes pretendan convencernos de lo contrario".
C ve como su compañero shinobi se aleja. Tal vez tenga razón, y pedirle ayuda al muchacho rubio para poder llevar a todos sus heridos sanos y salvos de regreso a sus hogares no sea tan mala idea.
- Sensei, una consulta…
- Dime, alumna.
- ¿Para qué se supone que estamos aquí exactamente?
- Observación. Es una práctica común que cuando un país amistoso esta en guerra con otro enviar observadores a recolectar información del campo de batalla: estrategia, armas, desarrollo de los combates. Debemos recolectar cualquier información que sea útil a futuro para afrontar nuestros propios conflictos.
- ¿Me está queriendo decir que hemos venido para aprender, a fin de poder usar lo que veamos en nuestras futuras guerras? Eso es deprimente, Gai-sensei; es casi como si aceptáramos que la guerra es inevitable, que tendremos alguna sí o sí.
- Me gustaría pensar lo contrario, pequeña, pero la historia no es algo que debamos despreciar. Ayer fueron las aldeas rivales, hoy es Akatsuki, mañana… quien sabe.
- ¿No creerán que Naruto es una amenaza para nosotros… o para alguien?
- No lo sé, Tenten-chan… las personas cambian, para bien o para mal. El fuego de la juventud en nuestro antiguo compañero es grande… pero el fuego quema, y cuando arde sin control lo consume todo…
- Eso que dijo es… bastante profundo… demasiado profundo para alguien como usted, sensei.
Maito Gai no pudo evitar sentirse deprimido ante las palabras de su alumna-subordinada; era como si no pudiese creer que él también podía ser serio, a veces (muy contadas veces).
Sus divagaciones fueron interrumpidas por la llegada de Lee al interior de la tienda que los tres compartirían esa noche, trayendo con él algunos suministros de pan, leche y queso, que consiguió con los shinobi cocineros del campamento: aquella sería la cena de esa noche:
- Veo que tu misión ha ido con éxito; te felicito, Lee-kun.
- ¡Arigatou gozaimasu, Gai-sensei!
- ¿Muchos problemas?
- No realmente, Gai-sensei… resultó extraño ver tanta comida.
- Por lo visto Naruto ha optado por no interrumpir sus lineas de suministro.
- ¿Qué significa eso?
- Ha elegido acabar con la pelea en el campo. Por lo visto pretende enviar un mensaje: no necesita desgastar al enemigo por medios diferentes.
- Eso significa que está dando a entender que en realidad todos estos shinobi reunidos no son nada para él.
- ¡Exacto, Lee-kun! Por lo visto nuestro antiguo compañero es mucho más confiado de lo que cualquiera podría suponer.
- (Tenten interviene) Creí que eso había quedado claro luego de aquella extraña carta que le hizo llegar a todo el mundo. Si prácticamente dijo que no necesita a nadie, que puede encargarse de Madara sólo.
- Tienes que leer entre lineas, alumna. Lo que quiso decir es que la guerra actual, como ha sido planteada, no tiene razón de ser, y que si queremos derrotar a Madara deberíamos unirnos a él.
- Encuentro que se confía demasiado… es imposible que sea el más fuerte de todos.
- (Lee replica) Pero él fue el que derrotó a Pain.
- Y Sasuke eliminó a Deidara, Orochimaru y Kisame; Sakura a Sasori, incluso el flojo de Shikamaru eliminó a un Akatsuki. No digo que Naruto no sea fuerte, sino que para mi no se justifica ese nivel de confianza, que más parece prepotencia.
- (Gai decide terminar la conversación) Mañana veremos si las palabras de nuestro rubio descarriado pueden ser sostenidas por sus actos: según todos comentan Killer Bee en persona lo enfrentará; el jinchuriki del hachibi es un símbolo, no sólo para la Alianza sino que para todas las Aldeas Ninja, y nunca ha sido derrotado en combate. Muchos dicen que es el más fuerte de todos los shinobi vivos, veremos si Naruto es capaz de quitarle ese puesto. Ahora les sugiero que coman algo y luego descansen, que mañana temprano, antes del amanecer, saldremos a hacerle una vista al discípulo de Hokage-sama.
Ambos jóvenes se inclinan sutilmente ante su superior y maestro, para luego acomodarse en una de las literas plegables con que está equipada la tienda, en donde se sientan a comer. Gai, más relajado, decide salir a dar una vuelta para observar el perímetro del campamento.
Una vez fuera de la tienda, la bestia verde de Konoha nota como un par de shinobi de Iwa le siguen disimuladamente; por lo visto, los generales de aquél ejército, a pesar de la favorable recepción inicial, no les piensan perder de vista. Gai decide ignorarlos y continuar con su caminata nocturna.
La lluvia caía suavemente por todo aquél paraje, alcanzando incluso al joven rubio, quien contemplaba el cielo, sentado junto a una fogata protegida por un rústico toldo, con los hijos de Gamabunta sentados a su lado, ambos en su forma reducida (la que usan para viajar por los pozos encantados de sapos). A algo de distancia, los hermanos Ren y Koji montan guardia, con su figura imponente y sus armas en la mano.
Como si no fuera capaz de notar la lluvia que cae, Naruto fija su mirada en el cielo, buscando.
Mientras Gamatatsu se levanta para asar unos camotes, enterrándolas en medio de las cenizas incandescentes de su fogata, su hermano mayor se aproxima al rubio, preocupado por lo que ve en su rostro. Al ver como en sennin no es capaz de notar como él se allega a su lado, el primogénito de Gamabunta le pregunta:
- ¿Buscas la luna, Naruto? Por más que insistas no la verás esta noche, no con todas esas nubes cubriendo el cielo.
- (saliendo de su ensoñación, el rubio le responde al sapo, sin mirarlo) No importa. La luna que busco no es algo que se encuentre allí arriba, entre las estrellas… o tal vez si esté allá arriba, no lo tengo muy claro.
- ¿La extrañas, verdad? ¿A tu chica?
- No le digas así, siento decir que nunca fue mi chica.
- Tu amiga, entonces…
- Si, la extraño. ¿Sabes? Mi amigo Sasuke me advirtió que esto me pasaría, pero no quise hacerle caso.
- Antes… te abría dicho que deberías dar vuelta la página, poner tu vista en otras mujeres… que el mar está lleno de pescados -o como sea que se diga-, pero ahora veo a Ren-chan y… creo que al fin te comprendo.
Con sorpresa, Naruto voltea su vista al sapo, el que tiene su vista pegada al suelo, levantando de cuando en cuando la mirada hacia donde la guerrera de la lanza permanece de pie, a bastante distancia de ellos, vigilante bajo la suave lluvia nocturna:
- ¿Le has dicho?
- No todavía. Vamos, sé que soy evidente en mis sentimientos para con ella, pero quiero esperar a que toda esta cosa de la guerra acabe; luego daré el paso y veré qué sucede.
- No deberías esperar tanto… Hinata-chan estaba en una situación similar a la tuya, y sólo me enteré de sus sentimientos cuando era demasiado tarde. Detestaría que pasara lo mismo contigo, amigo mio.
- ¡Ni creas que pienso morirme pronto, eh!; No, señor: le diré lo que siento, le pediré que sea mi esposa y nos casaremos, tendremos muchísimos pequeños renacuajos que serán tan fuertes como su padre y bellos como su madre, y tú serás su niñero, Naruto.
- No lo decía por eso…
- (al ver el rostro entristecido del rubio, el sapo reacciona) ¡Disculpa, Naruto, no quise decirlo así! ¡no insinúo que tu amiga se haya muerto porque quería, estoy seguro que ambos habrían podido ser muy felices!
- Calma, Kishi… sé que no lo decías de esa forma… Mejor voy a dormitar un rato, avísale a Kenshin que me despierte a las dos de la madrugada, yo haré la segunda guardia. Y dile a Tatsu que no se coma todos los camotes, que me guarde un par.
Y así, sin más, el rubio se acurruca junto al fuego, sin manta alguna, suspirando.
No tarda ni cinco minutos en dormirse.
Mientras lo mira, acomplejado por hacerlo sentir mal, Gamakishi decide buscar un par de mantas para cubrir a su amigo humano. Lo dejará dormir y el mismo se hará cargo de su turno de vigilancia; es lo menos que puede hacer por él, sobre todo sabiendo lo que se le venía el día de mañana.
Ya hace más de un mes que tenía el mismo sueño. No era algo de todas las noches, era sólo cuando algo le hacía recordar mucho a Hinata.
Pero no era un sueño dulce, sino una pesadilla recurrente.
Siempre la misma pesadilla:
Luego de su pelea con Pain, de convencerlo de sus faltas y que aquél reviviera a todos los muertos de ese día, él regresaba a Konoha, victorioso, acompañado de Kakashi-sensei y un par de sus compañeros, quienes habían salido a buscarlo, a ayudarlo.
No sentía la misma desesperación que sintió ese día, porque este Pain nada le había dicho sobre aquella que había saltado al ruedo, dispuesta a sacrificar su vida por él. Porque aquella que en el momento de su derrota le dijo que le amaba seguramente viviría, como vivirían todos en la Aldea Escondida entre las Hojas.
El retorno era lento, con él siendo llevado, recostado sobre la espalda de su maestro, quien de tanto en tanto le agradecía sus esfuerzos. Con la cercanía a la aldea, más y más personas salían a su encuentro, y él, en medio de su agotamiento, veía sus caras: gratitud, alegría… manos ansiosas que trataban de alcanzarlo, de tocarlo… labios que ahora le aclamaban, llamándolo el salvador, el héroe.
Nunca más un despreciado, finalmente alcanzando el reconocimiento que siempre había deseado.
Y a la vista de las puertas de Konoha, ya más repuesto, se ponía de pie y cruzaba aquél umbral en sombras, con muchos acompañándolo, a sus espaldas. Y una vez dentro, la luz, fuerte y brillante de la tarde.
Porque en medio de la destrucción, todos le esperaban: los aldeanos, grandes y pequeños; los shinobi de todo rango, sus amigos y al frente de todos, Sakura, sonriéndole. Era ella quien le abrazaba, dándole la bienvenida a su nueva vida.
Y en medio de aquél recibimiento que siempre soñó, confundida entre sus amigos los novatos, ella… Hinata-chan, sonriéndole… a la distancia. Y su mirada tímida evocaba alegría por su retorno… pero también decepción… porque él no la había buscado… la ignoraba… porque Uzumaki Naruto ya tenía todo lo que siempre había deseado.
Porque entre las cosas que siempre soñó, por las que luchó desde que era un niño, ella no estaba, ni lo que ella ofrecía; ¿porqué aceptarla ahora, cuando todo el mundo se arrojaba a sus pies?
Y el éxito lo enceguecía, porque siempre fue un tonto, incapaz de ver. De verla.
Y el tiempo pasaba, y con él el logro de cada una de sus metas, y cada uno de sus enemigos caía ante él. Y ella se hacía distante, más y más distante, porque su gran amor le había dado la espalda, enviando sus palabras y sus sentimientos al olvido. Y con cada nueva victoria él se volvía más ciego, más tonto. Y con todos alabándolo, no era capaz de ver que se encontraba cada vez más sólo.
Y pasaban los años, y la mirada de Hinata cambiaba. Porque el amor que habitaba en esos hermosos ojos perlados había muerto; él lo había matado con su indiferencia…
Y el día en que finalmente alcanzaba su gran meta, el ser Hokage, veía en medio de la multitud que le aplaudía, eufórica, a ella, Hinata, tomada de la mano de un extraño, el que la besaba con dulzura, siendo correspondido por la bella heredera Hyuga.
Y la mirada más hermosa del mundo seguía allí, pero ya no era él su destinatario. Porque era un tonto, y con su silencio había rechazado lo que una vez le fue ofrecido. Porque otro había llegado, tomando para sí lo que era suyo, lo que eligió abandonar, porque Uzumaki Naruto prefirió sus sueños infantiles, negándose a ver, dejando que se fuera aquella que le había seguido en las sombras, cuando nadie más estaba.
Y ahora, en la cima de su éxito, finalmente se daba cuenta: estaba sólo. Realmente sólo.
El sol de la mañana, cayendo directamente sobre sus ojos, despertó a Naruto de su descanso nocturno.
Molesto con su cabeza por rememorar ese horrible sueño, se levantó, quitando las mantas de encima suyo, bostezando y estirándose, todavía sentado junto a una casi extinta fogata.
Allí pudo notar, con sus sentidos más alerta, que Gamakishi se encontraba ocupando una posición alta sobre una loma, mirando en dirección al campamento del enemigo.
El rubio se quedó un rato allí, sentado, pensando.
Detestaba esa pesadilla, una que se repetía siempre que pensaba demasiado en Hinata. Era como si su cabeza lo castigara por recordar, como si algo dentro de su mente quisiera mostrarle que en realidad las cosas pudieron haber sido mucho peores de lo que fueron.
"Pero al menos ella estaría viva", se decía el rubio cada vez que llegaba a la misma conclusión.
¿Habría soportado aquello, verla con otro? ¿Siquiera habría sido capaz de ignorarla? Cuando la Hinata en su cabeza le había reprochado que estaba segura de que su declaración terminaría quedando sin respuesta, él se había sentido ofendido, realmente ofendido; no era capaz de concebirse a si mismo tan frío e insensible. Pero ahora era su propio subconsciente el que le recordaba de tanto en tanto que esa posibilidad era bastante real, como si esa imagen en su cabeza de la chica real lo hubiese desenmascarado, evidenciando lo que no creía ser cierto.
Molesto por la dirección tan pesimista a donde le llevaban sus pensamientos, Naruto decidió que sería mejor refrescarse en una fuente cercana; allí, una vez limpio, podría dejar todos esos pensamientos atrás, al menos durante ese día.
Sabía que debía estar concentrado. Bee vendría con todo y debía estar preparado.
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Gamakishi recibió a los nuevos visitantes con una sonrisa. Eran apenas las siete, pero al ser los recién llegados amigos de Naruto no vio problema en que le vieran tan temprano. Sabía que el rubio ya había despertado por lo que, luego de darles la bienvenida al grupo de Maito Gai, les indicó la dirección hacia donde podían encontrar a quien iban a ver.
Tanto Tenten como Lee miraban al gigantesco sapo sorprendidos: todavía les costaba acostumbrarse a su presencia. En cambio Gai, con muchos más años encima, sabía lo amables que los anfibios eran y, a pesar de su gran envergadura, los trataba con más confianza.
El equipo de Konoha avanzó confiadamente, a sabiendas que Naruto los recibiría con cordialidad. Seguramente sería agradable para el muchacho ver caras sonrientes después de tanto tiempo, y de seguro las noticias que le llevaban de sus amigos le animarían.
Pronto escucharon ruido, unas decenas de metros más y llegarían donde se supone estaba el rubio.
Al notar como tanto Gai como Lee daban muestras de querer hacer su "entrada dinámica", la kunoichi que los acompañaba adoptó una postura firme: no podían seguir haciendo esas payasadas (por muy maestro suyo que fuera Maito Gai), menos con alguien que podía verse sorprendido y reaccionar a tan intempestiva aparición como si fuese un ataque, por lo que les ordenó a ambos que esperaran allí y dejar que fuera ella quien se presenta ante Naruto; luego, cuando estuviera sobre aviso, ya podría el par ir y hacer el espectáculo que quisieran.
Extrañamente, tanto Lee como Gai bajaron sus cabezas y obedecieron a Tenten, sentándose ambos en el suelo, rodeados de árboles y espesos matorrales.
Mientras Tenten seguía su camino, mascullando por lo bajo por el ridículo que siempre hacían sus acompañantes (de los cuales ella terminó siendo la más madura) y pensando en como saludaría al rubio, sus pasos la terminaron llevando a un claro, junto al agua.
Reaccionó junto antes de que sus pies tocaran el agua. Asustada, Tenten miró hacia una pequeña caída de agua frente a ella, temiendo por un momento encontrarse a Naruto en una posición tan vulnerable.
Afortunadamente no estaba allí. En vez de eso, pudo verlo a casi veinte metros de su posición, corriente abajo, parado en la orilla, mientras se secaba el torso con una toalla blanca muy larga, que le llegaba hasta las rodillas. No estaba totalmente descubierto, pero la vista que ofrecía, la de un cuerpo mucho más desarrollado y tostado al sol, donde su trasero y su formada espalda destacaban notoriamente, la paralizó.
Y así estuvo, hasta que veinticinco segundos después vio con terror como ese adonis rubio le miraba directamente (aunque para su fortuna -y desventura- esa molesta toalla seguía allí). Naruto sólo abrió sus ojos con sorpresa. La chica de moños, en cambio, al sentirse descubierta, sólo tuvo una reacción:
… … … … … ¡KYYYAAAAAAAA!
Fue ese grito el que alertó a los dos shinobi restantes, que luego de ese inmerecido regaño se habían levantado y continuado su caminata muy lentamente hacia donde se supone estaba Naruto. De inmediato, maestro y alumno corrieron a ayudar a su discípula y compañera.
Al llegar al claro, apenas un segundo después de escuchar el grito de terror de Tenten, vieron una escena que los impactó: Naruto (o al menos quien se suponía era él) desnudo, con el cabello húmedo, sosteniendo en sus brazos a una desmayada Tenten. Antes de que cualquiera de ellos pudiera decir nada, el rubio (mientras dejaba suavemente a la inconsciente chica en el suelo) levantaba su mano derecha y saludaba a los recién llegados, como si su aspecto personal fuese lo más normal del mundo.
Maito Gai respondió el saludo, algo confundido.
Rock Lee, en cambio, ignoró el gesto.
Gai miró a Lee: se veía molesto, cambiando su estado gradualmente a furioso.
Lee no apartaba la vista de Naruto, quien seguía junto a la kunoichi caída.
Lo único que la bestia verde de Konoha pudo escuchar de su alumno fue: "quinta puerta, Puerta de Cierre: abierta".
Norte del País del Hierro.
Escuadrón cinco, del doceavo cuerpo. En patrulla matutina sobre la frontera.
Eso había sido toda su rutina en las últimas dos semanas…
Si bien su entrenamiento no había concluido todavía, al ver que todas las tropas de samurai estaban siendo movilizadas hacia las fronteras, Chojuro le solicitó a su maestro, Mifune-sama, Taicho Supremo del País del Hierro, que le permitiera ayudar en la campaña que se avecinaba.
Aunque le había prometido a la Mizukage que lo cuidaría (promesa que la pelirroja le arrancó a la fuerza cuando ella dejó el hospital y fue a despedirla), Mifune era consciente de lo que pasaba por la cabeza del chico: quería probarse a si mismo, sentirse útil.
Estaba ya satisfecho con la fuerza y habilidad que el muchacho de la niebla había logrado desarrollar en esos meses.
El joven era un maestro consumado de la espada, ágil como ninguno. Su cuerpo (que al fin había ganado algo de altura extra, llegando al metro setenta) todavía era delgado, pero sus músculos eran fuertes y su contextura muy resistente, sin quitarle velocidad. Mifune estaba realmente orgulloso: no se había equivocado con el shinobi, era materia prima de primer nivel, y estaba a pasos de alcanzar su máximo potencial.
Chojuro lo había conseguido. Ahora sólo necesitaba darle algo de experiencia real, para que comprobara por si mismo lo mucho que había mejorado, y las salvajes tierras del norte eran el lugar indicado para ello.
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Aunque la misión del equipo que integraba Chojuro estaba lejos del frente de batalla en donde se supone se medirían las fuerzas aliadas contra Madara y Akatsuki, el de gafas no le había puesto peros a su maestro por el extraño lugar al que lo mandaba.
Al principio creyó que era el deseo de Mifune-sama de mantenerlo lejos de tener que enfrentarse con otros shinobi. Luego, pensó que quizás esa era la forma de hacerlo desistir de su propósito de participar en batallas antes de que su entrenamiento concluyera, como si su maestro quisiera hacerle entender que entrenar era mejor que perder su tiempo corriendo por el campo y la montaña.
Pero al oir las cosas que se decían en la capital del Hierro sobre las sombrías tierras que conformaban la frontera norte del país, comprendió que Mifune-sama en realidad estaba mostrándole su confianza de esa manera tan particular.
Porque el norte del País del Hierro eran tierras infernales.
Un frió permanente, colinas cubiertas de hielo y nieve, noches oscuras, mala comida. Todo eso aderezado con tribus barbaras de feroces guerreros que estaban más allá de donde el País del Hierro terminaba. Si el señor feudal del país no había extendido su dominio más al norte era porque allí nada había que valiera la pena, solo desolación y muerte. Y ellos, los samurai estacionados allí, tenían una única misión: mantener a salvo a los aldeanos que hacían patria en esos parajes perdidos, que con sus esfuerzos llevaban algo de civilización a esas tierras abandonadas de la mano de Dios.
Porque todos los días eran peleas constantes. Contra los elementos, contra el frio y el hambre, pero principalmente contra los hombres.
La guerra había provocado un problema para los líderes de los samurai: las continuas exigencias de la Alianza por hombres y mujeres combatientes amenazaban con dejar desprotegida su tierra, principalmente en tres flancos: las ciudades del centro, las fronteras con las naciones shinobi, y los parajes del norte. Vistos en esa situación, habían optado por debilitar su presencia armada en la frontera norte, aceptando el precio de sacrificar a los civiles que habitaban esas tierras y dejar que los bárbaros las ocuparan, con la esperanza de que cuando la guerra shinobi terminara podrían recuperarlas nuevamente.
Mifune, al conocer la decisión tomada, optó por un camino intermedio: las fuerzas del norte bajaron de mil doscientos samurai a sólo doscientos, pero entre esos doscientos se contarían seis equipos de élite, ubicados en las ubicaciones más sensibles, por donde se sabía que las tribus salvajes allende la frontera hacían sus incursiones armadas.
Y en el peor lugar de esos fue instalado el escuadrón cinco: ocho samurai (entre los que se encontraba Chojuro), al mando de la sobrina-nieta del Taicho Supremo, Mariko, una espadachín de diecisiete años, un prodigio de un nivel cercano a Chojuro, pero sin su fuerza física. Pero tenía experiencia en combate y don de mando, un par de características de las cuales el joven Chojuro podría sacar grandes ventajas.
Y así habían estado, combatiendo a casi toda hora, recibiendo sus suministros lentamente y las noticias aún más lentamente.
Esa era la guerra antigua de los samurai, una con más honor y valor de la que los shinobi enfrentaban en esos mismos días, a pasos de venirse a las manos unos contra otros.
