Capítulo 29

Cartas a Tonks

– ¿Tienes planes hoy? – le preguntó Isaac a Tonks mientras estiraba su brazo en su dirección para que tomara su mano. Acababan de salir del edificio en que estaba su futuro apartamento. Cogidos de las manos, comenzaron a caminar por la acera gris.

– Un par – contestó ella. El joven observó su perfil con esa pequeña sonrisa que había estado adornando el rostro de su amiga durante los últimos días. Y porque las preguntas directas jamás habían sido un problema para él…

– ¿Verás a Lupin hoy? – sonrió de lado. La chica le devolvió la sonrisa y una mirada brillante.

– Tal vez.

– Eso es un sí.

Tonks rió por lo bajo, y poco después asintió.

– ¿Y está todo bien con él? – inquirió él.

– Si… muy, muy bien.

Y a Isaac eso le encantaba, de verdad. Y le fue fácil mostrar con una sonrisa que el verla feliz lo hacía feliz a él, pero no pudo evitar la corriente de pensamientos preocupantes que lo invadieron una vez que se despidieron, cada uno en direcciones diferentes. El problema era que su instinto no paraba de decirle que su amiga saldría herida de alguna u otra forma por su relación con Lupin.

Isaac apretó los labios. Odiaba mucho no poder hacer algo para que no fuera así, pero al menos estaba seguro de que estaría allí para ella cuando fuera momento de hacer un control de daños.

Tonks sólo vio a Remus por un par de horas en el último par de horas, y lo frustrante de eso es que había sido en la Mansión Black. Aunque no habían hablado acerca de ser discretos, no había necesidad de siquiera mencionarlo. Ellos simplemente sabían que debía existir cierta distancia entre ambos cuando hubiera más personas alrededor. Pero Tonks no podía quejarse, porque aún así encontraba formas para estar cercas de él sin llamar la atención, ya fuera al hacerle preguntas a su tío (porque Sirius siempre incluía a Remus es aquellas respuestas que viajaban al pasado, a épocas de juventud y bromas) o al convenientemente escoger limpiar la habitación en que él ya se encontraba ayudando cuando ella llegaba a la mansión.

Pero ese día fue diferente. Remus no tendría guardias ni en la mañana ni en la noche y parte de la madrugada (como en los días previos) y por lo tanto le había propuesto mostrarle el pequeño pueblo que estaba más cerca del sitio en que vivía. Caminaron por sus calles, deteniéndose de vez en cuando en alguna tienda a comprar algo y con Tonks haciendo muchas preguntas sobre los lugares por los que pasaban. Remus sonreía suavemente mientras respondía, dejando salir de vez en cuando esas pequeñas y casi inexistentes risas que la chica amaba.

Era alrededor del medio día entraron a una tienda a comprar lo último de la pequeña lista que Remus sacaba una y otra vez de uno de los bolsillos del pantalón. Tonks lo observó pagar al hombre detrás del mostrador, siendo golpeada repentinamente por lo simple que parecía todo en aquel momento. Remus s giró hacía ella para salir de allí y al notar que lo observaba fijamente, le regaló una de sus pequeñas y cálidas sonrisas.

Un rato después estaban de vuelta en casa de Remus. La chica se quitó los zapatos tan pronto como entraron y se fue a la habitación a tumbarse en la cama, cerrando los ojos tan pronto como su espalda dio contra el colchón. Le encantaba la luz que entraba por la ventana a esa hora de la tarde. Era clara e imposible de mirar, pero hacía que toda la habitación brillara; las paredes, la superficie de la mesita de noche, el escritorio de madera que estaba justo por debajo de la ventana y las sabanas deshechas de la cama. Todo dentro de su propio mar de tonos blancos y dorados.

Se quedó dormida sin mucho problema y cuando despertó se sintió un poco desorientada. Se puso de pie después de observar la habitación y de reconocerla. Aún era de día, por supuesto. Buscó a Remus en la pequeña casa, pero no lo encontró en ninguna de las habitaciones. Volvió al dormitorio y se sentó frente al pequeño escritorio de madera. Había un par de trozos de pergamino sobre la superficie, al igual que un libro y un pomo cerrado de tinta negra. Tiró distraídamente de la manija del cajón que estaba por un lado del escritorio y éste se abrió.

No había realmente ninguna razón para que mirara dentro del cajón, excepto su desinteresada curiosidad. Lo abrió un poco más. Había un puñado de pergaminos, sólo eso. Sacó uno y lo desenrolló. No sabía qué era lo que encontraría. ¿Quizá alguna investigación sobre algo? Apuntes de… ¿qué?

Definitivamente no esperaba encontrarse con una carta dirigida a ella del puño y letra de Remus, y eso es exactamente lo que era.

Querida Tonks…

Se detuvo de inmediato. Se había enderezado en el asiento, repentinamente alerta y al mismo tiempo enfocada por completo en el pedazo de pergamino que sostenía. Remus le escribió una carta… ¿se trataba de algo que nunca envió o algo que pensaba enviarle en algún futuro? Se inclinó más por la primer opción y lo confirmó una vez que se animó a leerla.

Querida Tonks

Leí tus cartas ayer, cada una de ellas. No lo hice cuando llegaron porque creí que de esa forma sería más fácil evitar nuestra situación, y tuve razón. Es fácil pretender, quizá demasiado. Para mí siempre lo ha sido y no dudaba en que podría hacerlo una vez más. Sin embargo, subestimé lo que siento por ti. Incluso instantes antes de abrir la primera carta me atreví a convencerme de que era lo suficiente fuerte como para seguir evitándote, pero como lo dije, tuve razón al decir que el no leerlas era la clave para seguir pretendiendo que no te extraño y que no deseo estar contigo. Pero las leí. Las leí y ya no sé cómo seguir pretendiendo. Las leí porque en el fondo no quiero despedirme de ti.

No obstante, tengo que hacerlo. Es lo correcto, tan injusto como parezca. Y es por eso que no podré enviarte esto, porque aunque ya no pueda seguir evitando lo que siento por ti, aún puedo mantenerme lejos de ti.

Remus

Tonks leyó la carta varias veces y después la dejó sobre el escritorio. Sentía una gran y pesada presión en el pecho. Su cabeza no era capaz de concentrarse, era un desastre. Volvió a mirar dentro del cajón… ¿sería posible?, ¿podrían esas ser otras cartas para ella? Pero aunque lo fueran… ¿estaba bien si las leía?

Maldición.

Cogió otra y la desenrolló titubeante. No se trataba de una carta, no realmente. Era un pergamino que presentaba una vez más la caligrafía de Remus. Estaba escrito de principio a fin, sin remitente ni destinatario.

Cuando ella me preguntaba sobre mi día, quería contarle todo, hasta el más insignificante detalle. Cuando ella me preguntaba sobre mis sueños no sentía pena al decir que no tenía ninguno, sabía que ella, aunque no lo entendía, jamás me juzgaría. Cuando ella me preguntaba sobre mi pasado, sabía que podía profundizar hasta en la más triste de mis memorias porque a ella no le asustaba mi tristeza ni el dolor. Cuando me preguntaba sobre lo que me hacía feliz, yo sonreía y enlistaba algunas cosas; los días de verano, el té, los libros, los bosques, las estrellas… y ella.

Cuando yo le preguntaba sobre su día, ella se embarcaba en un sinfín de anécdotas que quizá no serían tan graciosas si alguien más las contara. Cuando le preguntaba sobre sus sueños, ella se encogía de hombros y decía que no tenía sueños, ella tenía planes. Cuando le preguntaba sobre su pasado, ella hablaba sobre su infancia, sobre algunos de sus miedos haciéndose realidad y sobre lo mucho que había aprendido de sus padres. Cuando le preguntaba sobre lo que la hacía feliz, su rostro se iluminaba y también lo enlistaba; los días de verano, la playa (ella recordaba muy bien esa única vez en que sus padres la llevaron porque era su cumpleaños), sus padres, las bromas, sus amigos, el café… y yo.

Era sobre ellos. Remus escribía sobre ellos. Sin esperar más tiempo, sacó otro pergamino del cajón.

Querida Tonks

Cuando sientas que no soportas la soledad, sal a caminar. Has una lista de las personas a las que amas y concéntrate en todos los buenos momentos que has compartido con ellos. Prepárate un té, enciende la radio y disfruta de tu compañía. Quizá te tome algo de tiempo entender que nunca estas sola. Te tienes a ti. Y al final del día, eso es más que nada.

Sin embargo, si alguna vez sientes que ni siquiera te tienes a ti, respira tan profundo como puedas todas las veces que sean necesarias. Cierra los ojos y nota la forma en que el aire entra en tus pulmones. Aplaude, hazte notar a ti misma, para ti. Canta. Lee en voz alta. Escúchate, esa es tu voz. Esa eres tú, allí estás.

Remus

Se había formado un nudo en su garganta. Parpadeó rápidamente, negando la salida de un par de lágrimas. Dejó el pergamino sobre el escritorio con una pequeña sonrisa en sus labios y sacó otro pergamino.

Soy alguien pesimista, me cuesta centrarme en las cosas buenas de la vida. El pasado me persigue todo el tiempo y mis demonios me acorralan dentro de mi cabeza durante gran parte del día. No creo en los finales felices, ni en la idea de que todos tenemos una razón por la cual existimos. No creo que todo tenga un orden, ni que cada situación o persona que conozcamos sean indispensables para el curso de nuestro destino. Cambiaría tantas cosas si pudiera volver en el pasado, porque es muy difícil vivir en una realidad en la que dos de mis mejores amigos murieron al ser traicionados por alguien en quien confiábamos. Y simplemente no soy capaz de superarlo…

La chica apretó los labios. El tema de sus amigos era algo que le entristecía mucho.

– No terminé de escribir ese.

Mierda.

La presencia de Remus tras ella la tomó tan sorpresivamente que se le cayó el pergamino de las manos sobre el escritorio. Sólo tuvo que mirar hacia atrás y ligeramente sobre su hombro para ver al hombre. Estaba sonriendo y eso la tranquilizó.

– ¿Por qué no? – preguntó ella, sin realmente saber qué otra cosa podía decir. Remus se encogió un poco de hombros.

– Era tarde y quería dormir – sonrió suavemente. La chica también sonrió. Bajó la mirada, su sonrisa desvaneciéndose lentamente.

– Perdón por leer sin permiso – dijo. Sintió la mano de Remus sobre su hombro por un momento.

– Está bien – dijo él suavemente. Se alejó de ella y se sentó en la cama.

– ¿A dónde fuiste? – le preguntó ella girándose un poco sobre la silla para poder verlo.

– Me llegó un mensaje y tuve que ir rápido a un sitio. No quise despertarte – sonrió un poco. Ella negó con la cabeza, quitándole importancia. Lo miró detenidamente, sus facciones, su cabello, sus labios – ¿Qué? – preguntó el, curiosidad creciendo en su mirada.

Tonks sacudió la cabeza. Sonreía.

– Nada.

Pero "nada" era en realidad lo contenta que estaba por tenerlo en su vida otra vez y por lo simple que parecía la vida cuando la compartían. No más esconderse en su despacho, ni miradas furtivas en los pasillos del colegio. No más negación. Ya no tenían que pretender que no se querían.

Remus tuvo que irse dos días por algo relacionado con la Orden del Fénix y por supuesto que no le dijo sobre que se trataba. Era un viernes por la mañana cuando Isaac apareció en su casa para llevársela a la suya. Su madre había horneado un pastel, y no era realmente buena con las medidas de los ingredientes, por lo que siempre terminaba haciendo cantidades de comida más grandes de las que esperaba que le salieran.

– Es enorme. Le dije que creía que era demasiada harina, pero decidió ignorarme – contó Isaac.

Aparecieron en la casa del chico e inmediatamente fueron golpeados por el olor de pastel de chocolate recién horneado. En la cocina se encontraron con la señora Blair, Sofía, Henry y Cheryl. Todos estaban comiendo pastel, y una canción con una melodía suave sonaba por la radio. Saludó a todos y cada uno de los presentes le devolvió el saludo. Poco después se trasladaron a la sala (con excepción de la señora Blair, porque debía bajar a su negocio y ver que estuviera listo para abrir).

El tiempo pasó rápido entre sus risas y la música de fondo. Al cabo de un rato Tonks se puso de pie para ir por algo más de pastel. Ya en la cocina fue que se dio cuenta de que Henry la había seguido.

– Oye, Tonks – comenzó éste.

– ¿Si? – se giró hacia él, sonriéndole. El chico le devolvió la sonrisa, pero era pequeña y un poco incomoda – ¿Pasa algo?

– No… bueno, si – dudó el muchacho. Rodó los ojos y se plantó con más firmeza –. Es sólo sobre algo que pasó antier – señaló.

– ¿Qué?

M – Verás… se suponía que iríamos al callejón Diagon, ¿recuerdas? – le preguntó. Tonks asintió. Irían todos, los cinco, pero Tonks había decidido no ir cuando Remus le sugirió pasar el día entero con él. Ella sabía que se trataba de una oportunidad única y por eso no había dudado en decirle que sí, ni en inventar una excusa a sus amigos –. Pues no fuimos porque Cheryl despertó con fiebre y acordamos ir otro día. Creímos que sería mejor porque quizá tú podrías ir también – el chico jugaba distraídamente con el botón inferior de su camisa –. Y una vez que decidimos eso, pensé en ir a ayudarte a ti y a tu madre con lo que fuera que ella planeara hacer en el jardín, porque eso fue lo que nos dijiste que harías todo el día – mustió –. Pero cuando llegué a tu casa y le dije a tu madre que iba a ayudarles, ella no sabía de qué hablaba, y me dijo que tú estabas con Cheryl… – alzó la mirada –. Pero yo fui a tu casa justo después de visitar a Cheryl para ver cómo seguía.

Tonks miró hacia otro lado. Oh, no. Hubo un corto silencio.

– ¿Le dijiste a mi mamá que no era verdad? – preguntó ella finalmente.

– No. Le dije que entonces iría contigo y Cheryl – le respondió.

Silencio, otra vez.

– ¿Por qué mentiste? – preguntó de pronto Henry.

– No podía decirle a mi mamá dónde estaba – contestó ella simplemente mientras se sentaba en a la mesa. El chico se sentó frente a ella, del otro lado de la mesa.

– ¿Tampoco a nosotros?

La chica miró el rostro intrigado de su amigo. Recordó la forma en que se había preocupado cuando se enteró de que Remus y ella compartían una relación que iba más allá de lo apropiado. Recordó especialmente lo que le había dicho solo unos meses atrás, cuando la confrontó por las imprudentes decisiones que había estado tomando a lo largo de ese año escolar. Él sabía que la ausencia de Remus jugó un papel importante en dichas acciones, por lo qué se preguntó cuál sería su reacción si le contaba la verdad, que el hombre había vuelto a su vida y que ya no luchaban contra lo que sentían por el otro.

No quería mentir. Detestaba hacerlo, incluso si recurría demasiado a ello. No era algo de lo que se enorgulleciera. Juntó valor. Un poco y un poco al paso de los segundos.

– Estaba con Remus – dijo desviando la mirada hacia la ventana.

– Ha vuelto – lo escuchó decir.

– Si.

Silencio, otra vez.

– Y él… maldición – murmuró el chico –. ¿Cuál es la situación?

Tonks lo miró con el ceño fruncido.

– ¿La situación? ¿A qué te refieres?

– Si, la situación – repitió él alzando las manos, enfatizando en la última palabra –. ¿Solucionaron su pequeño problema? Olvídalo, por supuesto que si, de lo contrario no habrías estado ese día con él – se rascó la frente con una cómica y ligera irritación que hizo sonreír a la chica.

– ¿Cuál problema? – se animó a pregunta ella.

Henry bajó la mano y la miró fijamente, dedicándole una mirada que variaba entre la seriedad y la obviedad.

– El límite que se ponían mutuamente y sobre sí mismos para no admitir que se aman y que desean estar con el otro de una forma más que platónica, porque de hacerlo correrían el riesgo de meterse en problemas, ya que hay una obvia diferencia de edad y poder entre ambos que resulta preocupante a los ojos de los demás.

Tonks entrecerró los ojos.

– No me agrada cuando eres tan directo.

Los labios de Henry formaron una diminuta sonrisa.

– Lo sé – dijo –. Así que… ¿están juntos o no?

Tonks asintió ligeramente.

– Estamos juntos.

Se miraron a los ojos. Henry suspiró quedamente ante sus palabras y su sonrisa creció un poco.

– Ya era hora.

Tonks dormía cuando él volvió. Sonrió justo después de despertar, somnolienta y contenta de verlo justo en el otro lado de la cama, a poca distancia de ella. Era como si se hubiera quedado dormido en cuanto tocó el colchón, pero sabía que no era así porque se había puesto su pijama y también porque se había metido debajo de la cobija. El sol aún no salía, así que la chica cerró los ojos y sin ningún problema se quedó dormida otra vez.

Cuando volvió a despertar el sol comenzaba a salir. Estaba entrando esa luz opaca de mañana, la clase de luz que podría esperarse a esa hora en una zona tan helada y nublada como en la que estaban. Abrió los ojos más y más conforme se hacía consciente de su alrededor. Remus seguía acostado frente a ella. Aún estaba bocarriba, pero ahora estaba despierto y con la mirada perdida en algún punto del techo sobre él. Lentamente la chica se acercó hasta él hasta poder poner su cabeza junto a la de él y uno de sus brazos sobre su torso.

– Hola, tu – lo escuchó decir.

La chica sonrió y alzó la mirada. Remus le sonrió,

Forzó un poco su posición para poder alcanzar sus labios y besarlos suavemente. Eran carnosos y suaves. Él la besó de vuelta y pronto la posición en que estaba era demasiado incomoda como para continuar de la misma forma. Remus puso su mano en su cintura y tiró de ella un poco, sus dedos rosando la piel que el borde de su blusa no alcanzaba a cubrir. Sin pensarlo dos veces, Tonks se sentó a horcajadas sobre las caderas del hombre con cuidado en no despegar demasiado sus labios de los de él.

Y continuaron besándose con las menos pausas posibles. No mucho después el besarse dejó de ser suficiente y lo siguiente que sabía es que estaba subiendo la playera de Remus por su tordo y su cabeza para quitársela. Y pronto no quedó ni una sola prenda de ropa interfiriendo en su camino.

...

Pasaba del medio día y Tonks estaba en su habitación. Estaba sentada en su cama, su espalda contra la cabecera de ésta. Sus pensamientos estaban en lo que había sucedido varias horas atrás. Era como si le hubieran freído el cerebro y no fuera posible que pensara en algo más. Era un poco irritante porque antes de Remus nunca creyó que podría perderse a sí misma tan fácilmente. Sin embargo, no era algo malo. Era incluso liberador. Intenso. Cálido…

Cálido. Cerró los ojos. Qué bueno que no había alguien allí para ver su terrible sonrojo.

Y ¡paf!

Abrió los ojos de golpe. Alguien se había aparecido en su habitación y se trataba de Cheryl. La chica estaba para al pie de la cama, observándola.

– Hey – dijo su amiga.

– Hey – le dijo. La miró extrañada, principalmente porque la chica pelirroja parecía preocupada y nerviosa una vez que le prestó más atención – ¿Qué pasa, Cheryl?

La otra bruja se mordió el labio inferior.

– Te escuché ayer a ti y a Henry – comenzó –. Los escuché hablar de… – sus palabras se desvanecieron y poco a poco y no continuó en seguida.

Tonks en serio detestaba esta clase de silencios. Eran cortos, pero siempre se sentían más largos e insoportables. Cheryl cerró brevemente los ojos y tomó aire, algo qu solía hacer cuando necesitaba reunir un poco e valentía.

– Lupin es Lawrence, ¿verdad?


(n.a) Gracias por leer 3