XXVIII
Reencuentro en el campo de batalla

Suburbios de Nueva Orleans, 24 de noviembre de 1963, 01:45p.m.

Nicole, Scarlett y Sophie lucían como si acabaran de despertar de una pesadilla. Los cuatro individuos que se acercaban lentamente al grupo de chicas parecían haber salido de alguna película de ciencia ficción. No estarían tan desesperadas si Violet estuviera con ellas, pero las chicas comprendieron que había sido un error insultar a Saori de la forma en que lo hicieron.

—No tenemos otra opción —dijo Nicole con la voz trémula—. Debemos pelear.

—Tienes razón —secundó Sophie, sujetando la gema que colgaba de su cuello—. Puede que no sean enemigos demasiado peligrosos.

—O puede que sean más poderosos que nosotras —dijo Scarlett, tragando saliva, también sujetando el pendiente que colgaba de su cuello.

—¡Scarlett! ¡Se supone que eres nuestra líder! —gritó Nicole en tono de advertencia. La aludida bajó la cabeza, avergonzada.

—Está bien —dijo, con voz queda, para luego recuperar la firmeza—. Creo que deberíamos enfocarnos en el tipo de la guadaña. Parece que esa es su única arma y podríamos neutralizarlo con nuestros poderes, pero sólo si actuamos rápido.

Las demás asintieron en señal de aprobación.

Instantes más tarde, los cuatro individuos retrocedieron ante un repentino destello multicolor que los cegó por unos cuantos segundos. Para cuando todo hubo terminado, ya no estaban rodeando a chicas normales, sino que a mujeres ataviadas con lo que parecían vestimentas de sacerdotisas con capas de diversos colores ondeando a la brisa de la tarde. Usaban diademas de oro en cuyo centro había una gema de gran tamaño pero, a diferencia de sus apariencias de Sailor Senshi, no usaban faldas, ni cortas ni largas.

—¡Vaya! Hace tiempo que no usaba estos atuendos —dijo Turmalina con una leve carcajada—. Al menos ya no tenemos que mostrar las piernas ni que el viento se meta entre nuestras partes privadas.

Jaspe soltó una risotada que espantó el miedo de su cabeza.

—Esos uniformes de Sailor Senshi son estúpidos —dijo Turquesa, arrepentida de haber tenido la idea de hacerse pasar por guerreras de la luna—. No sé a quién se le ocurrió vestirlas como… como…

—¿Putas? —completó Turmalina con cierto desprecio en su voz. Jaspe le propinó un golpe en la cabeza que le revolvió el mundo por unos cuantos segundos.

—¡No uses esa palabra!

—Perdón —gruñó Turmalina entre dientes.

—Ahora, concentrémonos, que hay enemigos que derrotar —dijo Jaspe y las demás siguieron su plan de atacar al sujeto de la guadaña.

Resultaba que Jaspe tenía razón. El sujeto de la guadaña era fuerte, pero no poseía ataques a larga distancia. Turmalina usó sus poderes sobre la tierra para frenar su avance, Jaspe usó su látigo de luz para aprisionarlo y Turquesa empleó uno de sus más devastadores ataques acuáticos para enviar volando al sujeto de la guadaña. Mientras Grim Reaper se perdía en la distancia, otro ser, más símil a un extraterrestre que a otra cosa, estampó un puño contra el suelo y todo se puso a temblar violentamente. Grietas se abrieron en los alrededores y las chicas no pudieron mantenerse en pie, cayendo al suelo y apoyándose con sus cuatro extremidades para no desplomarse completamente.

Cuando el temblor hubo pasado, las chicas volvieron a ponerse de pie y Turmalina le devolvió el favor con furia añadida. Varias estalactitas atravesaron el cuerpo del enemigo y éste cayó de espaldas al suelo. Turmalina escupió al suelo en señal de desafío, viendo cómo los otros dos individuos seguían acercándose.

Turquesa probó nuevamente con sus ataques acuáticos, pero el sujeto que parecía tener la cabeza de un dinosaurio contrarrestó sus poderes con una ola gigante que casi arrastró a Turquesa. Jaspe, quien había estado moviéndose entre las dos, trató de usar sus poderes de persuasión para frenar el avance de los dos sujetos que restaban, sin que hubiese efecto alguno.

—Estos… seres no tienen corazón —dijo Jaspe con incredulidad, blandiendo su látigo de luz y atrapando a uno de ellos por los tobillos. Sin embargo, Jaspe tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para hacer trastabillar al humanoide que parecía estar rodeado por corrientes de aire. Pero él no cayó sin arrojarle un viento huracanado que envió a las tres como diez metros hacia atrás, cayendo de espaldas.

—¡Maldición! ¡Son más fuertes de lo que esperaba! —gritó Turmalina, empleando un gran esfuerzo para ponerse nuevamente de pie. Aquel golpe de viento le había hecho temblar los huesos de su cuerpo.

—¿Qué esperas, Turmalina? ¡Acaba con él! —chilló Jaspe desde el suelo.

La aludida golpeó nuevamente el suelo y varias estalactitas atravesaron al sujeto con vientos rodeándolo. Luego, Turquesa intentó atacar a quien casi la había arrastrado con una ola, pero esta vez tuvo más éxito. El chorro de agua envió lejos a su enemigo y, por varios minutos, las chicas tuvieron un respiro.

—Estoy muerta —dijo Turmalina, apoyando sus brazos sobre sus rodillas, inhalando y exhalando de forma superficial.

—¿De dónde demonios salieron esos tipos? —quiso saber Jaspe, quien todavía estaba tirada en el suelo, tratando de recuperar el aire y las fuerzas.

—Quien sabe —repuso Turquesa, más compuesta y tranquila que las demás—. Probablemente el sujeto con el que nos encontramos en Cuba tenga algo que ver. Quería la Amatista de Agua, ¿recuerdan?

—¡Claro! —dijo Turmalina, respirando con más calma e irguiéndose en toda su estatura—. ¿No andaba con una chica rara, que parecía ratón?

—Se llama Sailor Iron Mouse, Turmalina —dijo Turquesa entre dientes—. Y puede que ella le haya dado el conocimiento para crear a esas bestias.

—No lo sé —dijo Jaspe, no muy convencida del razonamiento de Turquesa—. Sailor Iron Mouse no parece una líder. Me parece que ella es solamente una sirvienta.

—Ahora que lo pienso, ella dijo que servía a Sailor Galaxia —recordó Turmalina.

No obstante, Jaspe no tuvo tiempo para responder, porque Grim Reaper había vuelto, junto con los otros tres sujetos. Ninguno de ellos lucía herido.

—Mierda —dijo Turmalina, los ojos bien abiertos.

—¿Acaso son inmortales? —quiso saber Jaspe, quien comenzó a temblar.

—No pueden ser inmortales —añadió Sophie, frunciendo el ceño, como tratando de fijarse en un detalle que no había visto antes—. Todos tienen un punto débil. Solamente hay que buscarlo.

—Si tan solo pudiéramos contar con Amatista —dijo Turmalina en un tono que denotaba claramente su desesperación.

Las tres chicas se juntaron espalda con espalda, tratando de permanecer firmes ante un enemigo que se antojaba invencible.

A dos kilómetros de la batalla, 2:37p.m.

Violet se estaba secando las lágrimas junto a un árbol. Había estado llorando por demasiado tiempo. Se puso de pie lentamente, crispando los puños y mirando al suelo. Pensó en lo que le había dicho a sus amigas y se arrepintió de haber sido tan agresiva con ellas, pero no se arrepintió de lo que había dicho en esa ocasión.

Cuando alzó su vista, notó que una especie de niebla bloqueaba la visión a lo lejos, en la misma dirección en la que estaba su casa.

Nicole y las demás están en problemas.

Violet miró en lontananza y vio gente. Sujetándose el pendiente que colgaba de su cuello, se dirigió a un sitio eriazo cercano. No obstante, justo en el momento en que iba a ponerse en marcha, una mano se posó sobre su hombro, haciendo que Violet diera un respingo y girara violentamente sobre sus talones, sólo para componer una cara de sorpresa y confusión.

—Hola, Violet.

La voz de Saori sonaba algo apagada, pero Violet notó que había una decisión inquebrantable detrás. Era como si hubiese aceptado una carga muy pesada.

—Sa… Saori —dijo Violet con voz entrecortada y aguda. Su corazón comenzó a latir desesperadamente y el calor en su cara se hizo patente en su sonrojo—. ¿Cómo me encontraste?

—No lo hice —dijo Saori, quien lucía también ligeramente sorprendida—. Iba a tu casa para disculparme con tus amigas y te encontré junto a ese árbol.

Hubo un momento muy tenso entre las dos, durante el cual no hicieron otra cosa que mirarse. Ninguna de las dos se atrevía a decir o hacer algo, por temor a arruinar la ya muy deteriorada relación entre las dos. Saori, por una parte, no esperaba que Violet la perdonara fácilmente por lo que había ocurrido hace dos años atrás y había estado tratando de encontrar las palabras correctas para pedirle perdón. Violet, por otro lado, también necesitaba excusarse ante Saori, pues le había ocultado cosas que debió haber confiado hace mucho tiempo ya. Incluso entendía la reacción de Saori cuando supo que había sido engañada por personas que se suponía que eran sus amigas. No podía decir que ella haría lo mismo, pero al menos podía comprender la dimensión de su rabia.

Al final, fue Saori quien rompió el silencio.

—¿Por qué no me dijiste antes quién eras tú?

Violet, a juzgar por el tamaño de sus ojos y la boca entreabierta, esperaba otra clase de pregunta. Sin embargo, había dado justo en sus pensamientos y responder no le fue muy difícil.

—Saori… la verdad es que… la verdad es que nosotras fuimos expatriadas del Reino de Cristal por nuestra propia reina.

—¿Por qué?

—Hoy tuve otro sueño. Estábamos las dos conversando sobre un regalo que Perséfone le iba a hacer a la reina Serenity. Se lo mostré a Andrómeda primero. Lo llamé el Diamante de Hielo y también dije que estaba compuesto por cuatro gemas. Esas gemas son las que hemos estado buscando.

—¿Y qué tiene que ver el Diamante de Hielo con tu reina?

Violet miró al suelo por un breve momento antes de continuar con su relato.

—Nuestra reina, antes que viniera una mujer extraña a su corte, era una mujer amable y una reina admirable. Pero ahora… bueno, ha cambiado. Tiene ideas expansionistas y no desea coartarse en usar la fuerza para conseguir apoderarse de otros reinos en la galaxia con la ayuda del Diamante de Hielo. Por eso estamos buscando las partes, para que ella no las encuentre.

Saori frunció el ceño.

—¿Y cómo era esa mujer de la que hablas?

Violet tragó saliva.

—Era alta, usaba una armadura dorada y tenía una mirada adusta y severa. No sé por qué, pero la sola presencia de esa mujer me causaba un miedo que no podía explicar.

Saori se vio asaltada por una extraña corazonada. Recordó la conversación que tuvo con las chicas antes de quebrar su relación con ellas, sobre la ama de esa maldita de Sailor Iron Mouse.

—Podría tratarse de esa Sailor Senshi que mencionaste esa noche… ya sabes, cuando peleamos con Sailor Iron Mouse. No puedo recordar su nombre.

Violet se dio cuenta que Saori quiso decir otras palabras, algo relacionado con aquel momento que pasaron juntas en esa cama, jadeando, gimiendo, sudando y amándose. Violet juró que habían pasado siglos desde que hizo el amor con Saori y una expresión de nostalgia dominó su rostro.

—¿Te pasa algo? —inquirió Saori con un tono más duro de lo que pretendía, pero Violet no pareció notarlo.

—N-Nada —dijo, componiendo una voz más firme—. ¿Te refieres a Sailor Galaxia?

—¡Ella misma! ¡Sailor Galaxia!

Violet no pudo evitar mostrar una expresión de escepticismo en su cara.

—Es una posibilidad —concedió, pese a que estaba pensando en lo contrario—. Aunque… todavía no estoy convencida que Sailor Galaxia exista. Tal vez Sailor Iron Mouse cree en ella como si fuese una clase de deidad.

—Pues ella habló de Sailor Galaxia como si realmente existiera.

—Pero no tenemos pruebas —protestó Violet.

—Bueno, el hecho que cada vez que la mencionas tragas saliva es prueba suficiente para mí.

Violet se quedó en silencio, ponderando las palabras de Saori. Era contradictorio que temiera a una persona que ella misma creía que formaba parte de un mito, aunque había precedentes de personas que temían a entidades que no existían. Solían ir por nombres como católicos, protestantes, evangélicos y otros cuyos denominativos no podía recordar (54). Violet se tranquilizó un poco.

—Pues todavía sigo pensando que esa tal Sailor Galaxia existe sólo en la imaginación de Sailor Iron Mouse —dijo, con más aplomo que cuando se encontró con Saori—. Pero eso no es lo más importante ahora. Antes que vayamos a salvar a mis amigas, porque parece que están en peligro, necesito saber algo.

Saori no tenía idea de lo que quería decir Violet con esas palabras, pero permaneció en silencio, denotando que ella podía seguir hablando.

—Hace unas horas, Nicole y Scarlett hablaron mal de ti y yo les dije, a gritos, que ellas no te conocían como yo y que te iba a amar con todo mi latiente corazón hasta que ya no pueda más, pese a lo que digan de ti.

Saori, aunque no quisiese, le tembló el labio y sus ojos brillaron levemente. De repente, sintió una abrumadora oleada de afecto por Violet y, al mismo tiempo, un acceso de rabia en contra de sus amigas, la misma sensación de estar quemándose por dentro cuando las encontró dormidas después que Violet casi diera su vida para rescatarla.

—Oh, Violet.

La aludida mostró una sonrisa amplia al notar la ternura en las palabras de Saori.

—Bueno, lo que quiero saber es si quieres seguir a mi lado, si quieres seguir amándome como antes. Sé que es un tema delicado para ti, pues te mentimos y sin razón.

Si Violet hubiera dicho esas palabras un mes antes de su separación con Saori, habría obtenido una respuesta que seguramente no le iba a gustar. No obstante, haber trabajado dos años para la Agencia Central de Inteligencia había hecho dos cosas: hacer de Saori una mujer más peligrosa y olvidar los momentos agrios que había vivido esa fatídica noche del 17 de junio de 1961.

—Violet —comenzó Saori en un tono lento y deliberado para que ella entendiera cada palabra a la perfección—. Hace dos días asesiné al presidente de los Estados Unidos. ¿De verdad crees que voy a seguir guardándote rencor después de eso?

Violet abrió los ojos a tope, no por el hecho que Saori hubiese decapitado al gobierno estadounidense, sino por lo que dijo después. ¿Era tan simple? ¿Había olvidado todo lo que había ocurrido ese día? En todo caso, matar al líder de una nación era capaz de borrar todo lo demás que se asentaba en la cabeza de alguien.

—¿Lo dices en serio?

Saori, impulsada por las palabras de Violet cuando dijo que la amaba, tomó a Violet por la cintura y la acercó con gentileza hacia su cuerpo. Violet extrañaba mirar hacia arriba para encontrarse con los ojos de Saori, pues ella era muy alta, más alta que su madre.

—No voy a pretender que he olvidado por completo las mentiras que me dijiste, Violet —dijo Saori, aunque lo hizo en un tono que desmentía cualquier acusación—. Pero también recuerdo haber escuchado que tus sentimientos eran sinceros y, ahora, me lo acabas de demostrar. En realidad —añadió Saori, mirando fijamente a los ojos de Violet—, verte otra vez sólo me hizo entender lo mucho que te necesito y…

—¿Y? —la animó Violet, pero Saori parecía estar luchando contra sí misma. Era como si algo le bloqueara la garganta y le impidiese hablar. Al final, después de lo que pareció una lucha a muerte dentro de su cabeza, Saori pudo seguir expresándose.

—¡Mierda! ¿Por qué es tan difícil decir esto? ¡Demonios! ¡También me hizo entender que te amo! —Saori respiró una y otra vez, como si hubiese hecho un gran esfuerzo al decir esas palabras.

Violet no sabía qué decir. Saori había dicho que la amaba y sabía lo difícil que era para ella expresar sentimientos románticos por alguien. Por otra parte, Saori se sintió un poco más liberada, como si acabara de sacarse un gran peso de encima y fuese capaz de expresarse mejor.

—Después que maté al presidente, me sentí como mierda de caballo —confesó Saori, todavía tomando a Violet por la cintura—. Hice un desorden en mi habitación, pero eso sólo me hizo entender lo mucho que te necesitaba a mi lado, Violet. ¿Sabes? Crecí para ser fuerte, para ponerme de pie cuando la vida me arrojase al suelo. Pero ahora… ahora estoy enfrentando situaciones muy difíciles y ya no puedo hacerlo sola. Comprendí que yo no era tan fuerte como creía, pero estar contigo me hace más fuerte de lo que normalmente soy y… y es más fácil soportar todo lo que me está pasando.

Los ojos de Violet brillaron y las lágrimas se asomaron en ellos. Jamás pensó en lo importante que era ella para Saori, hasta que hizo esa confesión. Violet tenía la idea que Saori era como una fortaleza; alta, fuerte e inexpugnable. Sin embargo, entendió que hasta las personas más duras tenían un corazón que las hacía débiles en momentos difíciles.

—Saori… no sabes cuánto me halagas con tus palabras —dijo Violet con un ligero temblor en la voz—. Sé que no fue fácil para ti decirlas, pero te lo agradezco mucho. Ahora sé que mi lugar es contigo y con nadie más.

—Oh, Violet —repitió Saori y, después de más de dos años sin verse, sus labios volvieron a encontrarse, como desesperados por volver a unirse y Saori y Violet permanecieron así por unos agradables instantes, abandonándose al alegre olvido que siempre provocaba un beso dado con amor.

Cuando se separaron, Violet cobró conciencia que había perdido mucho tiempo. Sus amigas podían estar en serios problemas y, si era así, necesitaban de su ayuda, sobre todo de Saori.

—¡Saori! ¡Debemos darnos prisa! ¡Creo que las demás corren peligro!

Saori hizo una mueca de disgusto, pero asintió con la cabeza de todos modos y ambas corrieron a todo lo de daban sus piernas en dirección a la casa de Violet.

En el campo de batalla, 3:09p.m.

—Ya no puedo más —dijo Turmalina, respirando superficialmente, arrodillada en el suelo y apoyándose con sus brazos—. Estos enemigos… son… poderosos.

Jaspe solamente pudo asentir. Estaba tirada en el suelo, a punto de desfallecer y su visión se volvía borrosa a ratos. Turquesa era la única que permanecía de pie, pero tenía cortes feos en sus piernas y brazos y sangraba en su cabeza. Los enemigos habían sido rechazados nuevamente, aunque ninguna de las chicas ponía muchas esperanzas en que aquellas criaturas del averno estuvieran muertas.

Turquesa exhaló en señal de resignación cuando Grim Reaper y los demás volvieron a aparecer, nuevamente sin heridas. Se acercaban lentamente, como si tuvieran la certeza que ninguna de las chicas iba a poner resistencia. Estaban a meros diez metros de ellas cuando, por alguna razón, no pudieron seguir avanzando. Empujaron con todas sus fuerzas, pero la barrera invisible seguía inamovible. Luego, una poderosa corriente de aire hizo que los cuatro sujetos salieran despedidos a gran velocidad, chocando con árboles y asemejándose a muñecos de trapo.

Turquesa, quien no entendía nada de lo que había ocurrido, se le ocurrió mirar hacia atrás y vio a dos chicas: una vestida como las demás y la otra como una Sailor Senshi. De pronto, se le hizo claro. Sailor Grey (55) y Amatista habían venido a rescatarlas.

—¡Amatista! ¡Justo cuando más te necesitábamos! —exclamó Turquesa con evidente alegría.

Turmalina pareció recuperar parte de sus energías y también miró hacia donde miraba Turquesa. No le causó mucha gracia saber que Amatista venía acompañada por no otra que la maldita Sailor Grey. Jaspe ni se molestó en moverse, sabiendo que su cuerpo no iba a responder, pues era la que más empeño le había puesto en tratar de derrotar a esos engendros.

—¡Hola, chicas! —saludó Amatista como si nada hubiera pasado entre ellas—. Lamento haberles gritado antes, pero no hallé otra alternativa para expresarme.

Turquesa devolvió el saludo, pero fue la única que lo hizo. Turmalina seguía albergando rencor en contra de Sailor Grey y lo único que hizo fue componer un tosco rictus para mantener las apariencias. Para qué hablar de Jaspe.

—¿Se puede saber qué mierda haces aquí, Sailor Grey? —gruñó Turmalina, esgrimiendo un puño en contra de ella—. ¡Nadie pidió tu ayuda!

Pero Sailor Grey siguió avanzando y la agarró del uniforme, componiendo un rostro que expresaba claramente su desagrado.

—Mira, Turmamierda, no voy a soportar que me hables de ese modo, no después que Amatista y yo te salvamos tu triste trasero. —Sailor Silver Moon la agarró con más firmeza y le dirigió una mirada fulgurante que hizo que Turmalina tragara saliva—. Te lo voy a advertir una sola vez: si sigues con esa actitud, vas a terminar en el hospital otra vez. ¿Te quedó claro?

Y, contra todo pronóstico, Sailor Silver Moon dejó de agarrar el uniforme de Turmalina, sin siquiera arrojarla lejos.

—¡Argh, te odio, Sailor Grey! —rugió Turmalina al tope de su voz.

La aludida, otra vez en contra de todo lo que habían visto las chicas, mostró una sonrisa.

—Bueno, tengo alguien que me odia y alguien que me ama. Me siento realizada. Y, por cierto, ya no me llamo Sailor Grey. Llámenme Sailor Silver Moon.

No obstante, ninguna de las chicas pudo añadir algo que decir, porque un destello de luz pareció brotar de un punto a lo lejos. Fue Amatista quien entendió que lo que las demás habían visto no era un destello, sino un látigo hecho de luz que se enroscó en el tobillo de Jaspe. Luego, para horror de las demás, ella se elevó varios metros en el aire antes de caer con fuerza al suelo, quedando inconsciente.

—Cometí un error al subestimarlas, panda de imbéciles —dijo una voz áspera a lo lejos, pero que pudo escucharse con claridad. Turquesa miró hacia el lugar desde el cual provenía la voz y notó la silueta de un hombre que sostenía lo que parecía un palo de madera—. Diseñé a estas criaturas pensando que ustedes eran Sailor Senshi. Pero no volveré a tropezar con la misma piedra.

El desconocido alzó su palo de madera hacia el cielo y, segundos más tarde, los cuatro engendros habían vuelto a toda velocidad desde donde habían sido lanzados por Sailor Silver Moon.

—¡No tengan piedad con ellos! ¡Usen todos sus poderes en contra de esas cuatro! ¡Yo me encargaré de la chica del pelo gris!

Jaspe seguía fuera de combate, pero Amatista y las demás no estaban dispuestas a rendirse. Con el peso del liderazgo cayendo sobre Turquesa, ella era la que debía tomar las decisiones en el campo de batalla.

—Amatista, ¿qué me puedes decir de los enemigos que tenemos frente a nosotras?

La aludida extrajo un dispositivo con dos antenas y una pantalla que mostraba toda clase de lecturas. Frunció el ceño.

—Percibo mucha energía oscura (56) rodeando a esos seres —dijo Amatista, recordando que debía atender el asunto con el Cristal de Plata y las Gemas Elementales—. Es como si estos sujetos fueran diseñados por la maldad misma.

—¿Y alguna idea de cómo podemos derrotarlos?

—No —dijo Amatista en un tono lúgubre—. Solamente podemos mantenerlos a raya, pero no hay nada que conozcamos que pueda eliminarlos definitivamente.

Turquesa bajó la cabeza por un breve momento antes de tomar una decisión.

—Pues eso haremos. Le daremos tiempo a Sailor Silver Moon para que se ocupe de ese imbécil y después venga a ayudarnos. Ella es mucho más poderosa que todas nosotras juntas y puede ser de gran ayuda.

—Pues yo apenas tengo fuerzas —gruñó Turmalina—. No pienso seguir peleando, menos por esa tonta de Sailor-cómo-se-llame.

—¡Vas a pelear si quieres sobrevivir, Turmalina! —vociferó Turquesa—. ¡Así que saca fuerzas de donde puedas, porque las vas a necesitar!

Mientras tanto, a varios metros de las chicas, Sailor Silver Moon notó que las demás estaban en peligro y hubiera podido ayudarlas, de no ser por la persona que le bloqueó el paso.

—Te he buscado por mucho tiempo, Saori Müller —dijo el hombre con una voz grave que reflejaba su avanzada edad—. ¿Sorprendente, verdad? Saber tu verdadera identidad no fue en absoluto fácil. Estuve mucho tiempo dándome cabezazos contra la pared hasta que un informe de la CIA me dio toda la información que necesitaba. El Director de Operaciones Encubiertas de la agencia me debía un favor después que yo me asegurara que Richard Bisell (57) no sufriera consecuencias poco gratas por el fracaso en Bahía de Cochinos. Le pregunté por una tal Serena y le adjunté su descripción física. Lo demás fue cuestión de horas.

Sailor Silver Moon seguía de pie, aunque la sorpresa ya había desaparecido de su cara, reemplazada por una expresión de desafío.

—Interesante —dijo, sin ningún interés en absoluto—. ¿Y no te vas a presentar? Sería una descortesía si no lo hicieras.

El hombre sonrió. Esa chica tenía agallas, más de lo que podía decir de otras mujeres que había conocido en su vida.

—Bueno, si así lo quieres —el hombre hizo una pausa teatral antes de continuar—. Mi nombre es Lawrence Collins, al menos desde 1950.

—¿Por qué?

—Porque hasta 1950 era conocido como… Herbert Dixon.


(54) Espero que nadie me crucifique por lo que narré y que ningún cristiano me envíe un comentario desagradable. Es sólo que, desde el punto de vista de Violet (quien viene de otro planeta), las religiones no tienen ningún sentido por el hecho de creer en seres que, según ella, no existen. Es la visión de Violet, no la mía.

(55) Violet y las demás no estaban al tanto del verdadero nombre de Sailor Senshi de Saori, por eso la llamé "Sailor Grey" en ese párrafo.

(56) La energía oscura es un fenómeno astronómico que tiene un efecto repulsivo en el universo, haciendo que las galaxias se vayan separando cada vez más rápido. En este fic, sin embargo, la energía oscura es equivalente a decir "poder maligno", pero guarda cierta relación con la naturaleza "maligna" de la energía oscura.

(57) Richard Bisell fue el responsable de la planificación de la invasión de Bahía de Cochinos en abril de 1961. Desconozco si sufrió alguna clase de consecuencia por el fracaso de la operación. Definitivamente, aquí no, por gracia de Lawrence Collins/Herbert Dixon.