A/N: ¡Hola a todos! Ya estoy de vuelta. Las actualizaciones son lentas, pero las hay, que no es poco xD
No voy a detenerme mucho más, pero quería darle las gracias a BlueBlack Feather por sus extensas y siempre constructivas reviews. Son de las que más espero cuando publico un nuevo capítulo, así que gracias de nuevo ^^

Disclaimer: Haikyuu y sus personajes no me pertenecen

.

.

.

El color de una sinfonía

Capítulo 28
Melodías invisibles

Narumi levantó la vista y miró al cielo. No había ni una sola nube, pero estaban entrando en octubre y comenzaba a refrescar, aunque fuera a la sombra. Se había sentado en un banco de madera al sol, a la entrada del parque Ueno, dejando que los rayos calentaran su piel. Una suave brisa movió un mechón rebelde de su flequillo, más corto que el resto, que se escapó de su moño, y se lo apartó del rostro para evitar que le molestara.

Estaba esperando pacientemente a que Takato arreglara unos papeles oficiales en nombre de su padre, que en esos momentos se encontraba de viaje de negocios. Ella había preferido quedarse fuera, aquellos trámites le ponían de los nervios. Se dedicó a observar a la gente que pasaba, ninguno de ellos reparando atención alguna en ella. Suponía que todo era más sencillo así.

—Jamás pensé que te encontraría por aquí.

Narumi miró a su derecha. Tardó un poco en adaptarse a la luz solar que procedía de ese lado, ya que además incidía sobre la espalda de su interlocutor y durante unos instantes fue solo una silueta negra. No obstante, supo reconocer esa figura, porque ese peinado era inconfundible.

—Kuroo-san —pronunció con sorpresa y a modo de saludo también.

—Hacía tiempo que no nos veíamos.

—Sí.

Narumi se fijó en que Kuroo llevaba una bolsa de plástico con algunas verduras recién compradas.

—¿Te importa que me siente?

Narumi no le respondió, pues el chico había hecho claramente esa pregunta por simple formalidad. Mientras la formulaba, estaba tomando asiento a su lado.

—Hace un día estupendo.

—Sí.

Kuroo la miró de reojo.

—¿Cómo estás? —la chica se giró para mirarle— Leo el periódico —aclaró.

—Bien, supongo.

Kuroo la observó con detenimiento. Al responder, Matsuyama había agachado ligeramente la cabeza, evitando que sus ojos se encontraran, como si el suelo le pareciera mucho más interesante.

—La fase clasificatoria para el campeonato nacional empieza la semana que viene, ¿vas a venir?

—¿Qué? —Narumi parecía confundida.

—Que si vas a venir a ver los partidos. Jugamos contra Fukurodani.

—No… —pareció dudar— No me has dado el pésame, ni me has dicho que lo sentías —quizás había sonado más brusca de lo que pretendía, pero desde la muerte de Horaru no había dejado de escuchar las mismas palabras salir de la boca de gente muy diferente. Siempre era lo mismo.

Kuroo frunció ligeramente el ceño, pero, después, sonrió de medio lado.

—Es un rollo que te estén dando siempre el pésame. Es como-

—Como si te recordaran todo el tiempo que esa persona ha muerto —acabó Narumi por él.

Los dos guardaron silencio por unos instantes. Narumi notó que Kuroo elevaba la vista al cielo y que la comisura de sus labios se curvaba ligeramente hacia arriba, como si recordara algo con nostalgia. Por su comportamiento y por lo que le acababa de decir, la muchacha intuyó que el capitán de Nekoma había perdido también a alguien importante. Sin embargo, prefirió no preguntar. No le pareció el momento adecuado y tampoco tenía tanta confianza con él como para indagar en algo que formaba parte de su vida privada.

—Mi madre falleció hace unos once años.

Narumi sintió que se le oprimía el pecho cuando Kuroo pronunció esas palabras.

—No tienes por qué contarme nada, Kuroo-san.

—Ya, pero me apetece hacerlo —hizo una breve pausa—. Falleció por una enfermedad. No duró mucho —los ojos de Narumi se abrieron de par en par y Kuroo sonrió de medio lado—. No pongas esa cara, me vas a hacer sentir mal.

—Lo siento. Es que…

—¿Te parezco muy feliz? —Narumi asintió avergonzada y Kuroo emitió una sonora carcajada— Fue hace mucho, Matsuyama. La hecho todos los días de menos, pero te prometo que se supera —el chico puso su mano en el hombro de forma cariñosa unos segundos para, después, retirarla lentamente—. Cuando mi madre murió, mi padre, mis abuelos y yo nos mudamos al barrio en el que vivimos ahora. Fue triste abandonar nuestra antigua casa, pero ninguno podía soportar estar allí. Mi padre y mis abuelos intentaban actuar con normalidad, pero yo lo notaba y, bueno… —Kuroo se rascó la nuca incómodo— Yo también cambié mucho. No solía hablar y me escondía siempre detrás de mi padre. Se podía decir que era un niño raro —Kuroo observaba al suelo, pero se podía notar en su mirada un aire de tristeza—. Así fue cómo conocí a Kenma, era nuestro vecino. Mi padre estaba preocupado porque no lograba integrarme en la escuela y los padres de Kenma pensaron que sería una buena idea si me iba abriendo poco a poco y que fuera con una sola persona, no con muchas de golpe. Desde entonces, iba a su casa a jugar. Bueno, él jugaba y yo simplemente le observaba en silencio. No sabía cómo hablarle o qué decir, las palabras no salían, no es que no quisiera hablar con él. Hasta que un día me preguntó que si quería jugar a algo en especial y lo que hice fue levantarme en silencio y marcharme. Regresé a casa para buscar una pelota de volleyball.

—¿Ya te gustaba desde tan pequeño? Bueno, recuerdo que en el festival de verano me dijiste que fuiste tú el que introdujo a Kozume-kun en el volleyball.

—Sí. Fue mi madre la que me transmitió su pasión por el volleyball. Ella jugaba en el instituto y antes de que se pusiera enferma jugábamos mucho en el patio de nuestra antigua casa.

Narumi elevó la vista hacia el cielo. Las pequeñas nubes blancas que se habían formado se movían lentamente, impulsadas por la suave brisa otoñal. Su historia y la de Kuroo tampoco eran tan diferentes. A él era su madre quien le había introducido en el volleyball, mientras que, si ella había comenzado en la música y le había dedicado tanto tiempo, había sido por influencia de su hermano.

—No llegar a una final, perder un partido, suspender, no ser correspondido por la persona que te gusta… —prosiguió Kuroo— El día que mi madre se murió comprendí que hay cosas mucho más importantes por las que llorar y que eso que a mucha gente le parece un mundo no son más que tonterías —Kuroo se giró hacia ella y Narumi, que todavía tenía sus ojos puestos sobre el cielo azul, desvió la mirada para posarla en la del chico—. Llora lo que tengas que llorar, Matsuyama, y tómate el tiempo que necesites para volver a ser tú misma o, al menos, ser la versión más parecida de lo que eras antes. Cada uno lidiamos con estas cosas de una manera. Yo me volví un niño introvertido hasta que encontré a la persona en la que pude apoyarme para ser el que soy ahora y eso se lo agradeceré siempre a Kenma —Kuroo se puso en pie. En ese momento, Narumi se percató de que una anciana, apoyada en un bastón, los estaba mirando. Cargaba con varias bolsas de la compra en su mano libre—. Tú tienes que encontrar también a esa persona. Y la tienes más cerca de lo que crees.

Kuroo le hizo un gesto a Narumi de despedida. Narumi inmediatamente comprendió que aquella anciana era su abuela. El chico le cogió las bolsas para cargar él con ellas.

—Ya he acabado —Takato se acercó en ese momento a Narumi, pero la chica ni siquiera parecía interesada en él, sino en otro chico de pelo negro al que él no conocía.

—¡Kuroo-san! —la muchacha se puso rápidamente en pie. Kuroo, que ya había empezado a alejarse junto a su abuela, se detuvo para mirar por encima de su hombro— ¡Muchas gracias! ¡De verdad!

Kuroo sonrió de medio lado y continuó el camino con su abuela.

—¿Quién era esa muchachita? Es muy guapa. ¿Es tu novia?

—No, abuela —Kuroo aferró el asa de las bolsas con fuerza—. Ella ya está destinada para estar con otra persona.

Mientras tanto, Takato frunció el ceño.

—¿Quién era ese?

—Kuroo Tetsuro. Es alumno de tercero de Nekoma y el capitán del equipo de volleyball.

—¿De qué hablabais? —Takato no necesitaba preguntar de qué le conocía. Siendo el capitán del equipo de volleyball de Nekoma, tenía que haber sido debido a Bokuto y el resto de chicos del equipo de volleyball de Fukurodani.

—Oye, Takato. Creo que tengo que irme.

—¿Adónde?

—Debo comprobar una cosa.

—Estás muy rara. ¿Estás bien?

—Sí, sí. Es solo que tengo que irme.

Narumi comenzó a correr, adentrándose en el parque.

—¡Oye! ¡Narumi! —le gritó Takato, pero para cuando quiso reaccionar Narumi ya se había perdido dentro del parque Ueno.


El suave traqueteo del tren la adormiló por unos instantes. A lo lejos, comenzó a vislumbrar los edificios de apartamentos del distrito de Hikarigaoka. Buscó en su bolso y de su cartera extrajo un trozo de papel en el que había escrita una dirección.

Narumi no conocía la zona, nunca había estado en Hikarigaoka. Lo poco que sabía lo había aprendido en Historia: antaño fue el lugar en el que se construyó un complejo de viviendas militares de los Estados Unidos, y antes de eso, un campo de aviación japonés y un sitio de entrenamiento y pruebas. No fue hasta los años 70 cuando empezaron a construirse pisos y a transformar aquella zona dentro del barrio de Nerima. Dado que toda la zona se construyó enteramente dentro de la base original, resultaba extremadamente curioso comparar la zona de entonces con lo que era ahora Hikarigaoka, un área con mucha vegetación y un inmenso parque que parecía un mundo alejado del resto de Tokio.

Las filas de apartamentos se extendían a lo largo y ancho de las calles. De no haber sido por la ayuda de su móvil, seguramente se habría perdido. Miró el papel que sostenía en su mano varias veces y comprobó que estaba en la dirección correcta. Estaba parada frente a un local viejo que parecía abandonado, ya que los cristales estaban tapados con un material que, desde el exterior, no lograba adivinar qué era.

Se acercó a la puerta. Llamó, pero nadie abrió tras esperar unos instantes. Posó su mano sobre el pomo y comprobó para su sorpresa que la puerta estaba abierta. Tomó aire y lo contuvo en sus pulmones mientras tiraba hacia fuera.

El local era oscuro por dentro, pero estaba iluminado con pequeñas luces. En el suelo había alfombras viejas y las paredes estaban insonorizadas con cartones de huevos pintados de diferentes colores, aunque dada la poca luminosidad no se apreciaba bien la intensidad. Dentro, había cinco personas que la observaban con curiosidad.

—¡Os dije que vendría!

Morita Haruto sostenía una guitarra eléctrica. El chico no lucía muy diferente de la escuela, si bien no llevaba el uniforme. Lucía un look moderno, ropa ancha y holgada y unas botas de estilo militar de color negro a medio abrochar. Su pelo negro estaba despeinado, como de costumbre.

—Pues sí que le ha costado venir —la única chica se cruzó de brazos. Llevaba una falda larga, un jersey de punto largo y una chaqueta vaquera, Sus ojos eran muy rasgados, tenía la nariz pequeña y media melena de un negro brillante—. Han pasado ya unos días.

—Pero ha venido y eso es lo importante. Pasa, no te quedes ahí —Morita se acercó a ella y le empujó ligeramente para que se adentrara del todo en el local y poder cerrar la puerta.

Al acorralarla aprovechando que estaba sola, Morita le había pedido ayuda con una banda que tenía con unos amigos. El chico le había suplicado que fuera a escucharlos y les diera consejos. Habían comenzado a tocar en algunos bares de dudosa reputación, pero, sin duda, por algo se empezaba. Habían logrado ahorrar dinero para grabar una maqueta y necesitaban a alguien que entendiera de música antes de grabarla y enviarla a emisoras de radio y discográficas.

Narumi inicialmente se había negado. Sin embargo, Morita no se había rendido y le había escrito a Narumi en un papel el sitio en el que se reunían para ensayar y las horas a las que normalmente lo hacían antes de que Takato apareciera y lo amenazara para que la dejara en paz. La conversación con Kuroo le había llevado a tomar el impulso de ir hasta allí, como si hubiera tenido una corazonada.

—Chicos, tal y cómo os conté, ella es Matsuyama Narumi. Es estudiante de segundo de Fukurodani y ha sido campeona infantil del recital de música nacional durante varios años.

—Encantada —pronunció Narumi en un susurro y haciendo una leve reverencia.

—Aquí no hace falta que seas tan formal, Matsuyama. Estás ante una panda de inadaptados sociales.

—Habla por ti —le espetó uno de los chicos.

—Por supuesto, yo soy el primero de ellos —Morita rio—. Soy el cantante y guitarrista de Anzenpai.

—¿Anzenpai? ¿Cómo la ficha del mahjong?

—Eso es. Una ficha de la que te puedes descartar sin beneficiar a tu oponente o, también, una persona que no arriesga. Y así es cómo éramos nosotros. Hasta que nos decidimos finalmente a empezar esta banda. Llevamos poco, pero nos lo hemos tomado muy enserio. Gracias a la música nos hemos encontrado los unos a los otros y ahora sentimos que encajamos de verdad. Nunca he querido esconderme de los demás y mucho menos fingir alguien que no soy, así que he sufrido mucho acoso por reconocer desde siempre que me gustan los chicos. Aunque, bueno, ahora mismo solo hay uno que me gusta de verdad y es esta cosita adorable de aquí —Morita revolvió el pelo de un chico de pelo negro, como él, pero muy liso. Parecía mucho más tranquilo que los demás y se limitó a sonreír—. ¡Es mi novio! Oh, y también el guitarrista principal.

—¡Eso sería lo que tenías que haber dicho desde el principio, no que es tu novio! —le regañó un chico muy delgado con el pelo teñido de rubio platino.

—Es verdad —Morita rio mientras se rascaba la nuca, avergonzado—. Se llama Wakai Hiroshi. Va al instituto público de la zona y está en tercero, como yo. Él —señaló al chico de pelo rubio— es la locaza del grupo.

—¡No me introduzcas así!

—Ya le irás conociendo. Se llama Fujikawa Ryota y tiene un año más que yo. Trabaja a tiempo parcial en un Seven Eleven. Sabe tocar el piano, así que es nuestro teclista. Fue al conservatorio, como tú, y también sabe tocar la flauta travesera.

—Y hago los coros.

—Cierto. Hace también los coros —Morita continuó y señaló a un rincón del local. Apoyado en la pared había un chico alto con el pelo teñido de castaño cobrizo, despeinado. Llevaba unos pantalones pitillo y una camiseta básica—. Ese de ahí es nuestro bajista y la mamá del grupo, es dos años mayor. Se llama Takayama Kiyoharu —Morita se acercó a Narumi para susurrarle al oído, aunque al final habló más alto de lo que seguro pretendía—. Es asexual.

—¡Te voy a pegar un puñetazo como sigas presentándonos de esa manera! —le gritó la única chica de la banda.

—Está bien, está bien… —Morita hizo un gesto con la mano— Esa gruñona de ahí es Tanaka Sayaka, es nuestra batería y-

—Y es lesbiana —completó Narumi prácticamente sin pensar. Un silencio incómodo se estableció en el local hasta que, de repente, todos menos ella y Tanaka estallaron en carcajadas—. ¡Perdón! ¡Ha sido totalmente inapropiado! —Narumi se tapó la boca con ambas manos.

—¡Pero qué dices! —Morita le dio una palmadita en la espalda— Ha sido genial. En realidad iba a decir que nos hace los coros, pero tu descripción ha sido mucho mejor.

—¡Que no soy lesbiana! —Tanaka se sonrojó.

—Somos compañeros de clase —le explicó Wakai, el guitarrista—. Y no te sientas mal por eso. La culpa de que automáticamente hayas pensado así es de Haruto.

—Lo siento de verdad —Narumi sentía que las mejillas le ardían de la vergüenza—. Lo he dicho sin pensar y, como Morita-san había explicado lo de que erais unos inadaptados y lo del acoso, yo pensé que…

—A este idiota no le tienes que hacer ni caso, querida —Fujikawa, el teclista, sonrió—. Bastante que ya te ha metido en este lío.

—El caso es que todos tenemos nuestras historias de inadaptados y la música nos ha unido. Bueno, en realidad, Hiroshi, Sayaka y yo ya nos conocíamos. Somos amigos desde el colegio —prosiguió Haruto—. Y ahora estamos aquí. Sé que dejaste la música. Algo he leído de un recital y un violín que se rompió. No me interesan mucho esas cosas si te soy sincero, y fuiste muy borde con todos aquel día en el aula de música, pero está claro que sabes de lo que hablas y necesitamos a alguien que sea tan duro como lo fuiste tú ese día con Mado.

Narumi no recordaba el nombre exacto de aquella alumna de primero, pero sí las palabras punzantes que había usado contra ella. Aquel día había terminado por ponerse a la defensiva y lo había pagado con ella. Quizás haber ido a escucharlos a ellos ahora no había sido una buena idea. ¿En qué estaba pensando?

—Solo tienes que escuchar dos canciones, ¿vale? Las escuchas, nos das tu opinión y, si quieres, no vuelvas más. No te volveré a molestar.

Morita parecía entusiasmado. Narumi miró al resto de sus amigos, quienes esperaban una respuesta cruzados de brazos. La muchacha finalmente asintió, sintiendo cierta presión, y se apartó a un lado para escucharlos.

Ambas canciones tenían ritmos pegadizos. La primera se notaba que estaba más trabajada, aunque todavía tenían que pulir las melodías en algunas partes. El mensaje que transmitía era comprensible para cualquier adolescente, que, en general, se siente un incomprendido por los adultos. La letra decía que, aunque muchas veces no le apetezca hablar de cómo se siente, tenía que recordar que siempre iba a haber alguien dispuesto a escucharlo cuando se sintiera preparado o lo necesitara. En cuanto a la segunda, le gustó mucho a Narumi, pero no la versión que ellos le mostraron, sino que ante ella se abrieron un montón de posibilidades. Tenía un ritmo pegadizo y una letra divertida, pero las melodías no acompañaban y lo que debían hacer era jugar más con los instrumentos.

Fue bastante clara cuando expresó posteriormente todas sus opiniones en voz alta. Seguramente fue dura en algunos momentos, pero ninguno de los cinco cambió su expresión ni un ápice ni parecía ofendido. Lo único que hicieron cuando Narumi terminó de hablar fue ponerse a conversar entre ellos para empezar a poner solución a todas las pegas que la muchacha les había puesto. Verlos en aquella actitud, ni desmoralizados ni enfadados con ella por ser dura, desconcertaron a Narumi y sintió que ella debía de esforzarse tanto como lo hacían ellos.

—Deberías jugar más con los instrumentos.

—¿Qué quieres decir? —le preguntó Fujikawa, el teclista.

—Si no recuerdo mal, Morita-san ha dicho que tocas también la flauta travesera. En esta parte de la canción —Narumi le arrebató a Morita las anotaciones y la partitura de las manos para señalar el momento exacto—, creo que la voz debería estar acompañada de ese sonido de la flauta hasta aquí. ¡Oh! Y deberíais usar una tuba aquí, simplemente soplarla. ¡Ah! Y Tanaka-san, usa sobre todo el bombo, la caja y el Tom Base, acompañando con los platillos. También deberíais añadir más coros y jugar con las voces, como si estuvierais contando una historia de verdad. Es decir, en la canción estás diciendo que escuchamos tantas veces un te quiero que ya parece que está perdiendo su significado. Haz más hincapié entonces en ese 'I love you', como si de verdad estuvieras harto de oírlo. También creo que después del último estribillo debería haber un golpe de batería, un silencio y retomar el ritmo inicial antes de cerrar la canción.

La banda la miraba con gesto de sorpresa. Narumi se percató de que no solo le había quitado a Morita las hojas, sino que había cogido un boli y había tachado y hecho anotaciones en la canción sin consultar a nadie.

—¡Oh, perdón! No que-

—¿Veis? ¡Os dije que ella nos ayudaría! —Morita emitió una sonora carcajada y sus compañeros asintieron, impresionados— Eres increíble, Matsuyama. ¡Sabes un montón! No tenías que haber dejado la música. Tienes talento de verdad.

Narumi se mordió el labio. Sintió que algo en su interior se removía.

—Déjalo —Takayama, el bajista, intervino antes de que Narumi respondiera—. Bastante está haciendo, no tienes que presionarla más.

—Discúlpale —añadió Wakai—. Se emociona mucho con estas cosas y no sabe cuándo tiene que parar.

Narumi sonrió incómoda y agachó la cabeza. ¿Tanto se notaba en su expresión que le dolía verse rodeada de música? Aquellas personas que tenía frente a ella eran muy diferentes entre sí y también muy diferentes a ella. Pero, su entusiasmo y la pasión por lo que hacían se transmitía a Narumi de maneras que no era capaz de explicar con palabras. A partir de aquel momento, Narumi sintió que una parte de ella comenzaba a funcionar, que algunos engranajes empezaban a encajar y que, poco a poco, todo comenzaba a moverse, aunque fuera muy despacio.

Los días que sucedieron a aquel encuentro se volvieron menos oscuros. Narumi, a escondidas, siguió viéndose con ellos y acudía para ayudarles cuando podía. Nunca tocaba ningún instrumento, sino que se sentaba a escucharlos y a darles directrices y consejos. No obstante, una parte de ella se seguía sintiendo culpable y se escondía de los demás, como si lo que estuviera haciendo estuviera mal. Morita y los demás lo sabían, pero comprendían que no era porque ella se avergonzara de ellos y preferían no preguntar, porque tenían la certeza de que, si lo hacían, Narumi no volvería a ayudarles más. Fueran cuales fueran sus motivos para dejar la música y sentir tanta ansiedad, ya hablaría cuando estuviera preparada. O, al menos, eso esperaban.


—¡Ah! ¡Bokuto-kun!

Bokuto, que caminaba por el pasillo de la escuela, se detuvo al escuchar que le llamaban. El profesor de música estaba asomado desde un aula y le hacía un gesto con la mano para que se acercara.

—Tú tienes buenos brazos, así que necesito que me eches una mano moviendo todo esto —el profesor señaló a una pila de cajas que estaban esparcidas por la clase—. No pongas esa cara —rio—. Los dos juntos tardaremos menos.

Bokuto miró de reojo a su profesor mientras ordenaban las cajas. Hacía mucho que no hablaba con Fujioka-sensei desde que él le contara cómo Matsuyama había empezado a interesarse por la música cuando era muy pequeña.

—¿Has podido progresar con lo que me dijiste?

—¿Qué? —preguntó Bokuto confundido.

—La última vez que hablamos me prometiste que ibas a intentar que Narumi-chan volviera a tocar el violín.

—Ya… Eso…

Fujioka miró de reojo al muchacho. Su expresión no había cambiado demasiado, pero sí que percibió cierta tristeza en sus ojos. Algo había pasado entre ambos, pero no iba a preguntar el qué. Eso era cosa entre ambos.

—Lleva esta caja al aula de música y habremos terminado.

Bokuto asintió. Cogió la caja. Antes de salir del aula, el profesor le dedicó unas últimas palabras.

—Creo que te dije en su momento que Narumi-chan es un hueso duro de roer. No debes rendirte, Bokuto-kun. Si alguien le puede hacer entrar en razón y si va a escuchar a alguien, estoy convencido de que será a ti.

—¿¡Por qué todo el mundo cree lo mismo!? —Bokuto elevó la voz más de lo que pretendía. Se percató de ello rápidamente, pero no se disculpó. El profesor abrió la boca para replicar, pero Bokuto se adelantó— Déjelo. Da igual.

Bokuto caminó por el pasillo en dirección al aula de música. Sabía que se había dirigido de forma grosera a un profesor, pero le molestaba la actitud de los demás hacia él. ¿Por qué todo el mundo creía que tenía la capacidad de cambiar a Matsuyama? Estaban equivocados, no podía y lo había comprobado cuando ella le había propinado una bofetada y le había dicho que le odiaba. En aquel momento, Bokuto había decidido alejarse de ella si eso era lo que la chica necesitaba, otorgarle su espacio. Pero, en cambio, todo el mundo parecía presionarle para hablar con ella. Y, a decir verdad, tampoco sabía qué era lo que debía decirle ni cómo iniciar una conversación.

Entró en el aula de música sin percatarse de que la puerta estaba entreabierta. Se detuvo inmediatamente al notar que había alguien más. Matsuyama estaba subida en la tarima de madera. Llevaba puestos los cascos de su teléfono móvil, así que, por eso, seguramente no le había escuchado entrar. Los bordes de su cuerpo, de perfil, estaban ligeramente iluminados por los rayos del sol que entraban a través de las ventanas. La chica, sumergida en su propio mundo, tocaba un violín invisible.

Bokuto sintió los latidos de su corazón taladrándole el pecho. La caja se deslizó entre sus dedos y cayó al suelo. El golpe seco que produjo advirtió a Matsuyama, quien dio un respingo. Aún con los cascos puestos, los dos se miraron estupefactos por unos instantes. Las mejillas de la chica se sonrojaron inmediatamente y Bokuto comprendió rápidamente que él había sido la primera persona en descubrir que, a pesar de todo lo que ella decía, seguía verdaderamente entusiasmada por la música y por volver a tocar el violín.

Qué mentirosa, pensó Bokuto, aunque, en el fondo, eso él ya lo sabía. Cogió la caja rápidamente y la dejó en un rincón de la clase. No deseaba tampoco detenerse mucho más y menos estando a solas con ella, así que se apresuró a salir del aula tan pronto como había entrado.

Cuando Narumi le vio marchar sin ni siquiera dirigirle una palabra, algo se movió dentro de ella y sus piernas, por inercia, se activaron. De una zancada, se bajó de la tarima y corrió hacia la puerta.

—¡Bokuto-san! —le llamó— ¡Bokuto-san!

El chico miró por encima de su hombro y, al hacerlo, Narumi se detuvo en seco. ¿Pero qué estaba haciendo? ¿Qué le iba a decir? ¿Cómo le iba a mirar a la cara después de haberlo abofeteado y haberle dicho esas cosas tan horribles? Se sintió angustiada, como si le faltara el aire. ¿Qué podía decirle? ¿Cómo podía hablarle? ¿Cómo se arreglaba algo que se había roto?

—¡Matsuyama! —Morita apareció por el pasillo canturreando. El chico pasó al lado de Bokuto, quien miró al chico visiblemente sorprendido— ¿Llevas mucho tiempo esperando? —pasó su brazo por los hombros de la muchacha. Morita levantó la vista y clavó sus ojos sobre Bokuto— Oh —se separó de ella. Pensaba que estaban solos en el pasillo, así que se había dirigido a ella con la familiaridad con la que lo hacía cuando se juntaba con los restos de miembros del grupo. Fuera de eso, sabía que Narumi no quería que nadie supiera que los estaba ayudando—. ¿Nos vamos? —le preguntó a la chica, quien asintió con un leve movimiento de cabeza como respuesta—. Adiós, Bokuto.

El as no respondió, sino que giró sobre sus talones y se alejó por el pasillo.

—Perdona, pensaba que estabas sola —se disculpó Morita—. ¿Quieres repasar las melodías o lo dejamos para otro momento?

—No hace falta —Narumi entró de nuevo en el aula.

—¿Estás bien? Pareces un poco pálida. Antes te juntabas mucho con los del club de volleyball, ¿no? ¿Os habéis peleado?

—Algo así —murmuró.

—Pues vaya. Ahora que Bokuto te ha visto todo el mundo te señalará con el dedo por juntarte con un friki como yo.

—No eres un friki.

—Soy el friki gay que se tira al cuello de los chicos —Morita puso un tono de voz tétrico—. En este instituto son todos idiotas. Qué le vamos a hacer…

En cualquier otro momento, Narumi habría sonreído, pero no lo hizo. Bokuto la había visto, había visto que ella fingía tocar un violín imaginario cuando escuchaba música clásica. Narumi se sentía desnuda, Bokuto había descubierto su gran secreto y no quería que él pensara que ella echaba de menos la música. No estaba bien. No podía…

—¿Matsuyama? —Morita puso su mano en el hombro de Narumi para llamar su atención— ¿Estás bien? En serio, si no quieres…

—N-No —Narumi tragó saliva, intentando deshacer el nudo en su garganta—. De verdad que estoy bien —forzó una sonrisa—. Se me pasará.

Quizás Kuroo tenía razón en lo que le había dicho aquel día. Quizás algún día esa angustia que sentía desaparecería, pero, según Kuroo, para eso necesitaba a alguien en quien apoyarse. Y Narumi no tenía muy claro que esa persona existiera.


"En esencia, si queremos dirigir nuestras vidas, debemos tomar el control de nuestras acciones. No es lo que hacemos de vez en cuando lo que da forma a nuestras vidas, si no lo que hacemos constantemente"
— Tony Robbins


¡Nos leemos!