Este fic es una versión alternativa del sexto libro de la saga. Fue escrito antes de la publicación de "El príncipe mestizo", por lo que sólo tiene en cuenta lo sucedido en la saga hasta el quinto libro, "La Orden del Fénix".
29
Sueños... ¿cumplidos?
Los jardines de Hogwarts, de un verde intenso, se veían muy concurridos antes del atardecer, cuando la cálida luz del sol inundaba por completo los terrenos y los alumnos disfrutaban de aquellos calurosos días. El mes de mayo había llegado a Hogwarts, y con él los radiantes días previos al verano y las ganas de darse un chapuzón en el lago. Sin embargo, los alumnos de quinto y séptimo curso no acostumbraban a descansar bajo la sombra de un árbol o pasear alrededor de los invernaderos, sino que se encerraban en la biblioteca y las salas comunes dispuestos a prepararse para sus TIMOS y sus ÉXTASIS. En cuanto a los alumnos que frecuentaban los terrenos del colegio, siempre llevaban sus apuntes y libros bajo el brazo.
En uno de aquellos primeros días de mayo, Harry, Ron y Hermione leían sus apuntes cerca de la orilla del lago: Harry estudiaba la elaboración de la poción del sueño, mientras sus dos amigos discutían sobre un dato de Historia de la Magia.
-Te lo repito de nuevo, Ron –dijo Hermione, hastiada-: Emelric el Glorioso no organizó una rebelión con la ayuda de los duendes en contra de los centauros, sino al revés...
-Y yo te digo que estoy seguro de que no fue así –se opuso Ron tozudamente-. Escuché perfectamente cómo el profesor Binns...
-¿Que tú escuchaste al profesor Binns? –repitió Hermione, incrédula-. No me creo que...
-A menos que alguno de los dos pueda ayudarme con la poción del sueño... ¡Callaos! –exclamó Harry, irritado, interrumpiendo a su amiga, que, al igual que Ron, calló al instante. La verdad era que la proximidad de los exámenes empezaba a estresar a Harry.
-De acuerdo –dijo Ron-. Volvamos al castillo y consultemos Historia de la Magia Moderna. Además, es casi la hora de la cena.
-Es la mejor idea que he oído en toda la tarde –respondió Hermione.
De modo que los tres amigos recogieron sus libros y pergaminos y regresaron al castillo. Cuando traspasaron el retrato de la Señora Gorda, encontraron la sala común de Gryffindor ya vacía, y mientras Harry se acomodaba en un sillón con la intención de mandar al diablo aquella poción del sueño, Ron y Hermione buscaban la respuesta a sus dudas en sus libros de Historia de la Magia.
De pronto, Harry sintió como si una aguja candente atravesara su cerebro, partiéndolo en dos. Se agarró la cabeza con fuerza y cerró los ojos, pero el dolor era muy persistente. Súbitamente, sintió un escozor insoportable en las manos, como si le estuvieran ardiendo. Sabía que Ron y Hermione se encontraban junto a él, pero era incapaz de oírlos. Tras unos interminables minutos, el dolor se fue tan rápido como había llegado.
-Harry, ¿te encuentras bien? –la voz de Hermione era como un eco a los lejos para él. El dolor había sido muy fuerte y aún no había recuperado el control sobre sí mismo.
-Harry... Harry, ¿me oyes? –preguntó Ron cerca de su oído.
Poco a poco, Harry abrió los ojos y desde el suelo vio a sus dos amigos arrodillados junto a él. Debía de haberse caído del sillón. Se frotó la amoratada cicatriz y asintió levemente como respuesta a ambas preguntas. Mientras Ron lo ayudaba a levantarse, Hermione recogió sus apuntes de Pociones, que estaban esparcidos por el suelo en un completo desorden. Harry tomó asiento en la butaca y sus amigos, frente a él, lo observaron preocupados.
-Harry, ¿estás seguro de que te encuentras bien? –volvió a preguntar Hermione.
-Sí... sí –contestó Harry débilmente.
-¿Qué ha pasado? –Ron, con una expresión preocupada en el rostro, se sentó junto a su amigo.
-No lo sé –respondió Harry, desconcetado-. He sentido su dolor... –murmuró. Se miró las manos, esperando encontrarse las palmas enrojecidas, pero no había señal alguna que justificara lo que había sentido unos minutos antes.
-¿Su dolor? –Hermione frunció levemente el ceño-. ¿Te refieres a Voldemort?
Harry asintió y levantó la mirada, que hasta entonces había permanecido fija en sus pies.
-Ha sido... terrible. Estoy seguro –explicó Harry-. Jamás lo había sentido de ese modo. Había percibido su alegría y su ira con anterioridad, pero esto... Esto ha sido completamente diferente.
-Entonces... ¿crees que algo malo le ha ocurrido a Voldemort? –inquirió Ron-. ¿Piensas que alguien lo ha atacado o tal vez...?
-No... Él está vivo –Harry sabía lo que Ron estaba pensando-. Voldemort sigue vivo, pero algo ha debido de ir muy mal...
-¿Has visto algo? –preguntó Hermione, nerviosa.
Harry negó con la cabeza. Se recostó contra el respaldo del sillón y cerró los ojos. Sentía que la cicatriz le ardía como nunca y no sabía a qué atenerse. ¿Acaso Voldemort había sufrido un terrible contratiempo que había debilitado sus poderes considerablemente? Sin embargo, Harry sabía que seguía con vida, pues nadie en el mundo conseguiría derrotarlo, nadie, excepto él. Pero... ¿qué podía haber ocurrido? ¿Cómo y qué o quién le había infligido aquel certero golpe al Señor Tenebroso?
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En los próximos días, Harry prestó especial atención a El Profeta. Cada mañana, cuando una lechuza detenía su vuelo frente a Hermione, Harry se abalanzaba sobre el periódico, esperando encontrar una exclusiva en primera plana. Pero los días pasaban y nada ocurría; ni extraños sucesos relacionados con Voldemort, ni dolores de cicatriz… absolutamente nada, y la falta de noticias le preocupaba cada vez más.
Últimamente, Harry trabajaba más duro que nunca en la Oclumancia, como si aquel sentimiento de dolor procedente de Voldemort en la sala común hubiera sido un aviso.
Pero aquella no era la única preocupación que inquietaba a Harry. El último partido contra Hufflepuff se acercaba y las posibilidades de Gryffindor de ganar la Copa de Quidditch no sólo dependían de su equipo, sino también del resultado del partido que se jugaría en tres semanas entre Ravenclaw y Slytherin. Todo dependía de la diferencia de puntos, pero si Ravenclaw vencía a Slytherin, y Gryffindor ganaba el último partido de la temporada contra Hufflepuff... El equipo de Gryffindor, capitaneado por Harry, habría conseguido hacerse con la Copa. De modo que los entrenamientos continuaban con mayor intensidad que nunca y los ánimos del equipo no habían decaído en absoluto. Al contrario, los jugadores se esforzaban al máximo con el único objetivo de alzarse con el trofeo.
Tras la última sesión de entrenamiento, Harry se encargaba de recoger el material y Ron pretendía ayudarle, cuando Ginny se acercó a ellos.
-Ya lo hago yo, Ron, no te molestes –se ofreció Ginny.
Ron se encogió de hombros y, agotado, fue hacia los vestuarios. Mientras tanto, Harry y Ginny colocaban cada pelota en su sitio dentro del baúl.
-Lo siento –dijo de repente la pelirroja.
Harry levantó la vista de la dorada snitch que acababa de poner en su respectivo lugar. Ginny lo observaba fijamente y él no pudo evitar ruborizarse, aunque gracias a que la noche comenzaba a caer en el campo de quidditch, ella no llegó a notarlo.
-Siento lo que pasó hace un par de semanas –continuó Ginny, al tiempo que ambos se ponían en pie tras haber guardado todo el equipo.
Harry sabía que se refería a la discusión que habían mantenido acerca de Ron y Hermione, en la que Ginny le había reprochado que alentara a su hermano a acercarse a ella de manera precipitada justo cuando Krum había llegado a Hogwarts. Harry, intentando evitar otra discusión sobre el tema, había estado eludiendo quedarse a solas con Ginny desde entonces… hasta ese momento.
-No importa, yo... –contestó Harry, cohibido.
-No, sí que tiene importancia –insistió Ginny-. No debí ser tan brusca, es sólo que... Bueno... En serio, Harry, no era la mejor manera de que Ron hiciera las cosas…
-Lo entiendo –contestó Harry, aliviado de que Ginny no pretendiera seguir discutiendo con él.
-Yo no digo que Ron no intente dar un paso más con Hermione. Sólo creo que aquel no era un buen momento.
-Siento haber metido la pata –se disculpó Harry-. No sabía que... bueno... realmente no entiendo demasiado bien a las chicas, así que te prometo que nunca más le daré un consejo al respecto a Ron –terminó con ironía, intentado aligerar la conversación.
-No digas tonterías –Ginny no pudo evitar sonreír-. En serio, siento que pensaras que me había enfadado por lo que hiciste; sé que consideraste que era lo mejor para Ron y Hermione. Pero lo correcto ahora es que las cosas sigan su propio curso, más aún después de lo ocurrido en la cámara secreta. Hermione necesita un tiempo a solas.
Harry asintió conforme. Tras la muerte de Viktor Krum, incluso él pensaba que Ron debía mantenerse al margen, al menos durante un tiempo.
La tarde era cálida y la luz del día ya había desaparecido, dejando paso al anochecer. Ginny y Harry se encontraban uno frente al otro, sumidos en un silencio cómodo tras aquella conversación. Ella desvió la mirada hacia las luces del castillo, mientras Harry la contemplaba sin apartar la vista ni tan siquiera un instante. El viento agitaba levemente su cabello rojo y sus ojos castaños brillaban con intensidad. Sin duda, mencionar lo ocurrido en la cámara secreta había removido ciertos sentimientos.
Harry pensó en cuánto habían cambiado las cosas entre él y Ginny. No había tenido la oportunidad de conocerla realmente hasta que comenzó su quinto curso en Hogwarts, ya que siempre se había mostrado muy reservada en su presencia. Pero desde que empezaron a pasar tiempo juntos en Grimmauld Place y hasta ese mismísimo instante en el campo de quidditch, Harry había podido por fin verla como mucho más que la hermana pequeña de Ron. Ginny era una chica dulce y alegre. Al mismo tiempo, había demostrado tener valor y carácter, cuando se habían visto obligados a hacer frente a varios mortífagos en el Departamento de Misterios el curso pasado. O como cuando había encarado a Malfoy. Y era increíblemente divertida, espontánea y natural. Harry no creía conocer a muchas chicas como ella... Era única... especial... era simplemente cautivadora.
Ginny desvió la vista del castillo hacia Harry de nuevo al notar su incesante mirada. Perdido en las profundidades de sus ojos castaños, el deseo irrefrenable de besarla se apoderó de él más que nunca. No estaba seguro de que ella sintiera lo mismo, o de lo que pudiera pasar después de dar aquel paso; lo único que sabía a ciencia cierta era que si no se arriesgaba, se arrepentiría siempre.
Harry acortó distancias con Ginny. El cálido aliento de ambos se entremezclaba en el escaso espacio que les separaba y Harry supo en ese preciso instante que no había marcha atrás. Inclinó la cabeza y rozó sus labios con los de ella tímidamente al principio. Tras unos breves segundos de duda, Harry profundizó el beso y pensó que era increíble que al fin hubiera tenido el valor suficiente para hacerlo. Rodeó con sus brazos a Ginny y acabó con los pocos centímetros que separaban sus cuerpos.
Harry nunca antes había experimentado aquella sensación: era como si todos sus problemas se hubieran evaporado y nada más tuviera importancia en ese momento; como si lo único que existiese en el mundo fuese Ginny, su fragancia a flores, su cuerpo cálido pegado al suyo, el roce suave de sus labios… Una deliciosa sensación invadió el pecho de Harry, cuyas manos temblaban ligeramente, y en un intento por detener la agitación las aferró a la espalda de la pelirroja, arrastrándolas después en una caricia hasta su cintura.
Años atrás, Ginny había soñado con aquel momento. Siempre había creído que sentía algo especial por Harry, hasta que había comprendido que no era más que una ridícula fascinación. Harry era un chico realmente encantador y un buen amigo... Sobre todas las cosas, era un gran amigo… Había deseado tantas veces en el pasado que ese momento llegara y cuando por fin estaba ocurriendo, tuvo la sensación de que no era lo correcto. Sintió una angustia clavada en el pecho y supo de inmediato lo que significaba. Tenía miedo. Miedo de perder la amistad de Harry. Miedo de jugar con algo tan valioso como el vínculo que se había creado entre ambos.
Ginny se apartó de Harry casi inconscientemente. No esperaba una demostración como aquella por parte de él, y no estaba segura de lo que había significado para ella. Todo cuanto creía saber sobre Harry, sobre sí misma y sobre la amistad que les unía pareció tambalearse.
A la luz de la luna, el rostro de Harry adquirió un encendido tono rojizo. No sabía qué hacer o qué decir ante aquella incómoda situación. Se había atrevido a besar a Ginny, había arriesgado su amistad y mostrado sus sentimientos y había perdido. Había puesto en peligro demasiadas cosas y volver a mirar de frente a Ginny se le haría imposible. Las manos le sudaban terriblemente, y ni siquiera sabía qué hacer con ellas o dónde meterlas.
-Yo... yo... –tartamudeó Harry. Su cerebro intentaba buscar con rapidez alguna excusa capaz de explicar lo ocurrido, pero no había nada que pudiera justificar aquello.
-Harry…
Somos amigos… Somos amigos… Se repetía mentalmente Ginny una y otra vez. Había tardado años en sacudirse de encima aquella ridícula obsesión por Harry. Y cuando por fin tenían una amistad verdadera… ¿A él le daba por hacer aquello? Era injusto que cuando más claras tenia las cosas Ginny en cuanto a Harry, él decidiera besarla… Porque por supuesto que tenía las cosas claras… ¿O no? ¿Qué significaban aquel nudo en el estómago y ese hormigueo allí donde había sentido las manos de Harry?
-Lo siento, Harry. No puedo. Somos amigos –dijo Ginny con voz estrangulada a causa del nudo que tenía en la garganta. Tragó en seco, consciente de lo violenta que era aquella situación-. Somos amigos –repitió innecesariamente, como si tratase de convencerse a sí misma de algo.
Harry asintió apenas, incapaz de pronunciar una sola palabra coherente. Ginny, sin poder sostenerle la mirada ni un segundo más, pasó cabizbaja junto a él y se encaminó hacia el castillo a paso ligero.
Harry se quedó quieto en mitad del campo de quidditch. Nada de aquello había pasado, simplemente no era posible que hubiera metido la pata tan a fondo. Por un momento había creído que Ginny correspondía sus sentimientos, pero cuando se había apartado de su lado, había comprendido que estaba en un error. ¿Cómo podría volver a mirar a Ginny a la cara? Harry pensó que era un imbécil; el mayor imbécil del mundo.
Mientras Harry trataba de relajarse bajo la ducha de los vestuarios, Ginny se deshacía de la túnica de quidditch en su dormitorio, más confusa que nunca.
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Recostado en su cama de dosel, Harry hojeaba su libro de Encantamientos sin prestar apenas atención. En esos momentos no había nadie más en el dormitorio. Apenas había salido de la habitación en todo el día, salvo para asistir al desayuno y la comida, y en ambas ocasiones había preferido llegar tarde, cuando el comedor se encontraba casi vacío, asegurándose antes de que Ginny no estuviera allí. Afortunadamente, no había tropezado con ella tras lo ocurrido la noche anterior, pero sabía que llegado el lunes, cuando tuviera que asistir a las clases, esquivar a la chica sería imposible. Y además estaban los entrenamientos…
Lo sucedido en el campo de quidditch había sido... mágico. Y aunque resultara irónico, Harry jamás había conocido ese tipo de magia antes. Era cierto que el curso pasado Cho Chang lo había besado, pero... había sido tan diferente... y aquello casi pertenecía a un pasado remoto. Ginny le había hecho sentir algo indescriptible... hasta que acabó prácticamente en un instante con aquel momento. Fue como si tras un largo vuelo Harry hubiera aterrizado de cabeza contra el suelo. Aunque tras el beso, continuaba sintiendo algo que jamás había conocido: la sensación de ser un idiota de los pies a la cabeza. ¿Qué pensaría Ginny de él en aquellos momentos?
Harry admitió para sí mismo que sus experiencias con el sexo opuesto habían sido un fracaso total. Con Cho las cosas habían ido de mal en peor, y con Ginny no pintaba mejor. Durante tantos años, Ginny supuestamente había sentido algo por Harry, aunque éste no supiera con exactitud lo que había significado para ella, y cuando al fin él había reparado en la menor de los Weasley, resultaba que ella ya no estaba interesada en él. Había perdido su oportunidad y resultaba frustrante. En un tiempo, tal vez, sólo tal vez, habría sido posible, pero había dejado pasar los años... y todo había cambiado completamente... para ambos. Tan sólo eran amigos, y tal vez a esas alturas ni siquiera eso.
Aquel beso en el campo de quidditch no había sido su primer beso, pero sí el primero en sacudir todo su mundo con una fuerza arrolladora… y quizá sería el último. Porque, ¿qué sucedería si Ron se enteraba de lo ocurrido? Su amistad con Harry podía irse al traste... o no. Ron no tenía por qué saberlo, a fin de cuentas, podía estar seguro de que Ginny no le contaría absolutamente nada a su hermano, y a Ron le harían falta unas cuantas gotas de veritaserum para sonsacarle una palabra a Harry.
Precisamente cuando estaba pensando en su mejor amigo, éste entró por la puerta del dormitorio:
-¿Por qué no bajas a la sala común? –preguntó Ron cerrando la puerta tras de sí.
-No... no tengo muchas ganas –contestó Harry intentando sonar lo más natural posible .
-Llevas todo el día aquí encerrado, ¿te encuentras bien?
-Sí... es sólo que... bueno, estoy un poco cansado, con los entrenamientos de quidditch, las clases de Oclumancia y todo eso... ya sabes –Harry bajó la vista al libro. La verdad era que mentir no se le daba muy bien y no se sentía capaz de mirar a Ron a los ojos.
-Ya… Bueno, entonces te dejo para que descanses. De todas formas, Hermione y yo estamos en la sala común, por si te decides a aparecer por allí... Y también está Ginny.
Harry se sonrojó y levantó la mirada a tiempo de ver la espalda de Ron antes de que éste abandonara el dormitorio. Y también está Ginny. No... No era posible. Harry pensó que tenían que ser imaginaciones suyas y que el tono de voz de Ron en realidad sí había sido casual y no forzado. Resopló con fuerza y trató de centrar su atención en el libro de Encantamientos. Un poco de estudio era lo que necesitaba para no pensar en nada más.
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Esquivar a Ginny después del lunes no fue tarea difícil al fin y al cabo, pensó Harry. Durante las clases no tenía de qué preocuparse, lo realmente difícil era no encontrársela por los pasillos, pero Harry, que ya había previsto este problema, se dirigía rápidamente de un aula a otra cuando el timbre sonaba y frecuentaba lo menos posible la sala común. En cuanto a la biblioteca, era tan grande que si ocupaba una mesa al fondo, nadie lo encontraría. Sin embargo, resultaría imposible no verla durante los entrenamientos de quidditch. Por suerte, un virus se extendió por Hogwarts y Jack Sloper y Andrew Kirke tuvieron que pasar toda la semana en la enfermería, por lo que, a falta de ambos golpeadores, se suspendieron los entrenamientos. Aunque sabía que finalmente no tendría más remedio que plantarle cara al asunto.
Harry disfrutaba de una inusitada suerte que no duraría demasiado. El viernes por la tarde, después de la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas, Harry regresó directamente a la sala común mientras Ron se dirigía a la biblioteca para estudiar Historia de la Magia con los apuntes de Hermione, quien insistía en que era más fácil concentrarse allí. En la sala común ocupó un sitió junto a uno de los ventanales, lo más alejado posible de la entrada a la torre. Tras terminar la tarea de Herbología y como Ron y Hermione aún no habían regresado y quería evitar a toda costa encontrarse con Ginny, Harry subió las escaleras hasta su dormitorio, vacío en aquellos momentos. Se recostó en su cama de dosel con la intención de repasar la lección de Transformaciones, pero los diagramas que tenía frente a él se difuminaban en una mezcla de colores y garabatos cada vez más borrosos. Estaba tan cansado que el libro Transformaciones, nivel avanzado resbaló entre sus manos.
De pronto, se encontró en un oscuro pasillo, iluminado únicamente por una hilera de antorchas que pendían de las paredes. Caminó con rapidez por el corredor hasta que llegó frente a una puerta negra, que abrió sin dudar. Cruzó el umbral y se encontró en una sala circular. Aquel lugar le era tan familiar... Continuó caminando, hasta llegar frente a otra puerta negra, situada en aquella sala circular, pero esta vez detuvo sus pasos frente a ella y se quedó observando la puerta, sin hacer nada en absoluto. Simplemente observaba la puerta con avidez. Ansiaba tanto poder abrirla... Tan pronto como todo había comenzado, acabó.
Harry se despertó en su cama de dosel y apartó su libro de Transformaciones. Se sentó en el borde de la cama y hundió el rostro entre sus manos. ¡Hacía meses que había dejado de soñar con lo sucedido en el Departamento de Misterios, y la historia volvía a repetirse de nuevo! No podía creer que aquella dichosa puerta volviera a mortificarlo. Sin embargo, algo no encajaba. Harry se puso en pie y paseó por la habitación, con la intención de aclarar sus ideas. Tras lo ocurrido en el Ministerio de Magia, él jamás había vuelto a ver aquella puerta, nunca había deseado tan fervientemente abrir de nuevo una de las puertas de aquella sala circular.
Después de la muerte de Sirius, noche tras noche, las imágenes de lo sucedido en aquellas habitaciones habían acudido a su cabeza sin cesar. No obstante, aquellos sueños relacionados con el Departamento de Misterios y la profecía que Voldemort tanto deseaba conseguir, oculta tras aquella puerta misteriosa, nada tenían que ver con Harry, sino con su más temible enemigo. ¿Acaso Voldemort, aún conservando la esperanza de descifrar el contenido de la profecía, no había dado todo por perdido? Aquello había conducido a Harry a pensar en más de una ocasión en la posible existencia de una copia de la profecía, pero siempre había desechado aquella idea, por no ser más que una absurda ocurrencia. Entonces... ¿Por qué Voldemort continuaba vislumbrando en su mente aquel lugar? Bueno, tal vez Voldemort quisiera seguir soñando con el Departamento de Misterios, pero Harry no, desde luego. No estaba dispuesto a permitir más incursiones de Voldemort en su cerebro. Para eso practicaba Oclumancia día y noche.
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El sábado por la mañana, Harry bajó junto a Ron las escaleras que conducían a la sala común y aguardaron a Hermione, hasta que Parvati les dijo que la había visto traspasar el hueco del retrato. De modo que ambos se dirigieron directamente al Gran Comedor. Cuando llegaron al vestíbulo y cruzaron las enormes puertas de roble, Harry vislumbró la espesa cabellera de Hermione junto a...
-¡Oh, no! –Harry ahogó un gemido y detuvo sus pasos.
Era Ginny quien charlaba animadamente con Hermione.
-¿Qué ocurre? –le preguntó Ron con el ceño fruncido.
Harry miró a su amigo tratando de pensar una excusa que lo salvara de la situación que se le venía encima.
-Eh... esto... Me acabo de dar cuenta de que he olvidado la varita en la habitación... –balbuceó Harry.
-Pero, ¿qué dices? ¡Si la llevas en el bolsillo! –Ron señaló los pantalones de Harry, de cuyo bolsillo sobresalía la punta de su varita.
-Oh, sí, no me había dado cuenta...
-Vamos –Ron lo agarró de un brazo y continuó el camino en dirección a Hermione-. Últimamente estás muy raro...
Genial, pensó Harry. ¿Y si sospechaba algo? Así que en cuanto a Hermione no había nada que hacer, ¿verdad? Pero respecto a los asuntos ajenos Ron se mostraba muy perspicaz... Molestó consigo mismo por ser tan previsible, Harry trató de parecer normal, o al menos todo lo normal que fuera posible en él.
-Buenos días –dijo Ron.
-Buenos días –repitió Harry intentando disimular su incomodidad.
-Hola –saludó Hermione al verles.
Ginny levantó la vista de su plato y miró primero a Harry, luego a su hermano y de nuevo a Harry. Por último, decidió que sus gachas de avena eran más interesantes y dirigió la mirada a su desayuno con las mejillas sonrosadas.
Ron tomó asiento, y junto a éste, Harry, que se encontró de repente frente a frente con Ginny. Mientras tanto, Hermione charlaba animadamente con Ron:
-¡No sabes lo pesado que se ha puesto Eddie Carmichael para que le devuelva el supuesto "polvo de diente de dragón" que le confisqué la semana pasada! La gente aún no sabe que Colin acabó en la enfermería solamente por probar una pizca... Dice que algunos alumnos de quinto curso siguen interesados en comprarlo. Creo que ha tratado de sobornarme, si he entendido bien –dijo visiblemente ofendida-. Tal vez deberías hablar con él...
Ron cambió de tema:
-Esta tarde hay salida a Hogsmeade.
-¡Genial! –exclamó Hermione en un tono de fingida efusividad-. Pero nosotros no podemos ir, Ron, tenemos que estudiar. Harry, ¿te encuentras bien? –dijo la chica mirando a su amigo-. No has abierto la boca desde que has llegado, pareces...
-Oh, bueno, de acuerdo –la interrumpió Ron, sin cambiar de tema-. Nos quedaremos estudiando en la sala común –Hermione enarcó las cejas sorprendida por la falta de protestas-. Harry y Ginny seguramente querrán pasar la tarde en Hogsmeade sin nosotros.
Harry giró la cabeza hacia su amigo con tanta rapidez que no habría resultado extraño que hubiese sufrido un esguince en el cuello. Escrutó a Ron, que exhibía una sonrisa en su rostro, y después de cruzar una mirada de incomprensión con Hermione, dirigió la vista hacia Ginny, que a su vez miraba a Harry con el ceño fruncido y un leve rubor en las mejillas. Ambos pensaban exactamente lo mismo: ¿qué se le estaba pasando por la cabeza a Ron?
-¿Qué quieres decir? –preguntó Hermione, confusa, sin dejar de mirar alternativamente a sus tres amigos como si se hubiera perdido algo importante.
-¿Es que no lo sabes? Pensé que mi hermana te lo habría contado –contestó Ron, extrañado. Hermione negó con la cabeza-. Bueno... siendo así... yo pensé que... No importa, de todas formas... El caso es que entre Harry y Ginny ha surgido la chispa –dijo con una sonrisa de suficiencia-. Mi hermana y mi mejor amigo salen juntos.
Aquello cayó como un jarro de agua fría. Perfecto. Así que Ron pocas veces se percataba de lo ocurrido a su alrededor, concretamente en lo referente a su hermana y los chicos, pero en aquella ocasión, cuando Harry estaba implicado hasta el cuello, tenía que enterarse. Pero... ¿quién le había hecho creer a Ron que Ginny y él salían juntos? Y lo más alarmante, ¿por qué el rostro de Harry no adquiría de nuevo su color habitual y dejaba de sonrojarse cada vez más?
En aquellos momentos Harry no se atrevía a mirar a Ginny a la cara, pero esperaba desesperadamente que ella arreglara la situación de algún modo.
-¿Que Harry y Ginny qué? –dijo Hermione con los ojos bien abiertos.
-Oh, sí –continuó Ron, que parecía bastante satisfecho de sí mismo-. No me extrañó que Ginny no me dijera nada. Ya es un hábito –miró severamente a su hermana pequeña, pero relajó enseguida su expresión-. Pero tú, Harry... Supongo que tal vez haya estropeado la sorpresa.
En realidad había sido Ron quien había sorprendido a todos los demás. Pero lo más extraño de todo el asunto, se dijo Harry, era el comportamiento de su amigo. Normalmente, cuando un chico se acercaba a su hermana, como lo habían hecho Michael Corner y Dean Thomas, Ron acostumbraba a perder fácilmente los estribos. Sin embargo, en aquellos momentos todo era muy distinto: Ron sonreía tontamente a Ginny y parecía complacido y tranquilo.
-Pero... ¿Harry y Ginny? –repitió Hermione con incredulidad.
-Sí, Hermione, Harry y Ginny. ¿Tan difícil es de entender? –dijo Ron como si tratara de explicar algo muy simple a un niño pequeño-. Sé que es duro de asimilar, pero acepta de una vez por todas que nuestro pequeño Harry está creciendo –comentó con sarcasmo. Hermione esbozó una sonrisa torcida y le arrojó un pedazo de su bollo de mantequilla a Ron, mientras éste reía.
Entretanto, Harry y Ginny continuaban sin saber cómo desmentir aquello.
-¿Qué...? ¿Cómo...? –balbuceó Ginny. Aún no se había atrevido a mirar a Harry ni una sola vez durante más de dos segundos seguidos.
-Oh, os vi hace unos días en el campo de quidditch, al anochecer, después del entrenamiento –explicó Ron. Hermione aún miraba de hito en hito a Harry y Ginny.
-Ron, creo que estás confundiendo... –Harry trató de explicarse, en vano.
-Bueno, entonces, ¿qué? –Ron continuaba con lo suyo, impertérrito- ¿Esta tarde pensáis ir a Hogsmeade o...?
-¡Ron, escucha! –Harry logró imponerse y el pelirrojo calló al instante-. Ginny y yo... Ginny y yo no estamos saliendo juntos.
Harry tragó saliva. Ron miró con el ceñó fruncido a su amigo y luego observó a su hermana, que, con un gesto afirmativo, aseguró lo que Harry acababa de decir.
-¿Cómo que no...? –consiguió articular Ron, confundido-. Pero si os vi... yo... –parecía incapaz de decir algo coherente-. ¿Qué se supone que está pasando?
El silencio se apoderó de la situación. Tras lanzar una mirada furibunda a Harry, Ron se levantó de la mesa sin tan siquiera terminar su desayuno y abandonó el Gran Comedor notablemente molesto. Ginny exhaló un suspiro y también abandonó su sitio, de modo que Harry y Hermione se quedaron solos. El chico apartó su plato y apoyó la cabeza en la mesa, tras lo cual se golpeó rítmicamente la frente contra la madera.
-Harry, rompiéndote la cabeza no vas a arreglar nada, ¿lo sabías?
Harry levantó la mirada hacia Hermione y, sin decir una palabra, salió al exterior. Necesitaba con urgencia tomar un poco de aire.
Sin dejar de observar la superficie del lago y los tentáculos del calamar gigante que asomaban apoyados en una piedra como si tomaran el sol, Harry supo que arreglar las cosas con Ron sería un trabajo difícil. Sabía lo sobreprotector que su amigo se mostraba con su hermana, y aquello le iba a costar caro, de eso podía estar seguro.
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Sin esperar más tiempo, trató de buscar a Ron e intentar aclarar las cosas. Lo buscó por todos lados y cuando finalmente dio con él en la biblioteca, algo grave en Ron, ya que normalmente prefería terminar sus tareas en la sala común, casi deseó no haberlo encontrado.
Dentro de la sala de estudios no estaba permitido hablar, y como lo último que Harry quería era enfrentarse a la furia de la señora Pince, le propuso al pelirrojo dar un paseo por los terrenos. Sin embargo, Ron no se mostró muy colaborador, en realidad no dijo una palabra y Harry se vio obligado a esperarlo fuera de la biblioteca hasta que el chico decidiera salir.
Ron fue el último en abandonar la biblioteca, junto a la señora Pince, y cuando encontró a Harry sentado en las escaleras esperándolo, su semblante se ensombreció. Un instante después de observar su expresión, Harry supo que Ron estaba realmente molesto. No obstante, no creyó que fuera difícil hacerle entender lo sucedido, una vez hubiera escuchado sus explicaciones.
-Hola, Ron –saludó Harry, nervioso-. No pensé que te llevaría tanto tiempo...
-Tenía mucho que hacer –lo interrumpió Ron secamente sin detener su paso.
Harry siguió a su amigo escaleras arriba.
-Ron, no quisiera que pensaras que... bueno... Lo de esta mañana... –Harry no supo cómo expresarse.
Ron no parecía escuchar una palabra de lo que Harry decía, continuaba su camino en dirección a la sala común, sin dejar de mirar al frente ni una sola vez. De no ser por que la expresión de su rostro se tornó aún más dura si cabía al escuchar aquellas palabras, Harry habría jurado que Ron había perdido el oído.
-Verás... yo... Ginny... –Harry trató de ordenar sus ideas, pero no era cosa fácil, ya que ahora Ron había detenido su marcha en mitad del pasillo donde se encontraba la entrada a la torre de Gryffindor y le taladraba con la mirada.
-¿Qué demonios crees que haces? –soltó de pronto Ron con un tono de voz nada amistoso.
Harry abrió la boca, tratando de dar una explicación coherente, pero de su garganta no salió ningún sonido.
-¿Por qué Ginny? –preguntó Ron desafiante.
Harry miró perplejo a su amigo, sin saber exactamente el significado de aquella extraña pregunta, tratando de encontrar sentido a aquellas palabras.
-Ginny es mi hermana y aún así no te ha importado jugar con sus sentimientos –Ron escupió cada palabra con rabia contenida.
-¿Qué? –fue lo único que atinó a decir Harry.
-Podrías haber elegido a cualquiera, ¿por qué ella? ¿Por qué mi hermana? –volvió a preguntar Ron.
Harry no pudo emitir sonido alguno. Todo aquello resultaba surrealista: Ron pensaba que Harry había tratado de burlarse de Ginny, y tal vez incluso de él, del que era su mejor amigo. ¿Por qué simplemente no podía tener en cuenta la opción más sencilla y lógica de todas? ¿Que únicamente sentía por Ginny lo que jamás había sentido por nadie más cuando ella al fin lo había olvidado? Pero, para variar, todo se había enredado, y ahora Harry estaba a punto de perder a su mejor amigo, cuando ya había perdido a la única chica que le importaba de un modo especial.
-Ron, no es lo que piensas... –dijo Harry.
-¿Que no es lo que pienso? –repitió Ron con crudeza-. ¿No se te ocurre nada mejor que decir?
-Ron, somos amigos, yo jamás... –a Harry le urgía solucionar aquel problema, que empeoraba por momentos.
-¿Amigos? Tú y yo ya no somos amigos, Potter –espetó Ron con voz dura. Dio media vuelta para marcharse y Harry pudo ver sus orejas coloradas.
Antes de llegar al retrato de la Señora Gorda, Ron giró sobre sus talones, consciente de que Harry aún se hallaba tras él, y dijo:
-No quiero volver a verte cerca de Ginny.
Aquella advertencia fue lo último que Harry escuchó antes de quedarse solo en el pasillo, y una sensación de vacío y culpabilidad lo embargó por completo. Ron Weasley y Harry Potter ya no eran amigos.
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Aquellos días no resultaron fáciles para Harry. No pudo evitar recordar la única ocasión en la que Ron le había retirado la palabra y su amistad, en cuarto curso, cuando a causa de unos estúpidos celos su relación pendió de un hilo. Sin embargo, pensó Harry, en esta ocasión las cosas no podían estar peor. Porque, en el fondo, Ron tenía buenas razones para no querer volver a tener nada que ver con Harry. Después de todo, se había atrevido a tocar el punto débil de Ron: Ginny, su hermana pequeña. Pero, a fin de cuentas, todo se trataba de un malentendido, ya que lo último que Harry quería era jugar con los sentimientos de Ginny. Sus intenciones habían sido muy distintas desde un principio, claro que, aquello era algo que por el momento Ron desconocía, y cómo no hacerlo, si no había permitido ni tan siquiera que Harry le explicara lo ocurrido.
Incluso Ginny, consciente de la delicada situación entre Harry y Ron, había tratado de arreglar las cosas, a sabiendas de que su hermano no quería saber nada del que había sido su mejor amigo. Una tarde, cuando Harry se afanaba por terminar su tarea de Pociones en la biblioteca y Ron se encontraba enfrascado en la lectura de un libro de Herbología cuatro mesas más allá, Ginny entró en la sala de estudios, buscando a alguien con la mirada. Cuando vislumbró la cabellera rojiza de su hermano, se aproximó a él y mantuvo una seria charla entre susurros con Ron durante unos segundos, tras los cuales el chico, enfadado, interrumpió a su hermana y abandonó la biblioteca. Harry no había podido escuchar una sola palabra, pero aún así estaba seguro de que el tema de discusión había sido él. Más tarde, en la sala común, Hermione le había contado que tanto ella como Ginny trataban de hacer entrar en razón a Ron, para que, como mínimo, escuchara a Harry. Sin embargo, ambas habían fallado en su intento y Hermione se había mordido la lengua para no preguntarle a Harry por su historia con Ginny.
Así es que Harry se vio solo, con la compañía del único apoyo cercano que le quedaba: Hermione. Como Harry pasaba tanto tiempo con la chica, Ron frecuentó la compañía de Neville, Dean y Seamus, que ya habían percibido la tensión que se respiraba en el ambiente cuando Harry y Ron permanecían juntos en la misma habitación, aunque ninguno de los tres había hecho pregunta alguna al respecto.
Por otro lado, los entrenamientos de quidditch se habían vuelto insostenibles. No sólo tenía que encontrarse precisamente en el campo de quidditch con Ginny (allí era donde todo había dado comienzo, y siendo así, la situación resultaba aún más incómoda), sino que también debía hacer frente a Ron, que seguía las instrucciones de Harry sin decir ni una palabra.
Todo ello hacía que a Harry se le formase un nudo en el estómago cada vez que veía a cualquiera de los hermanos Weasley. Al menos, pensó Harry, había sido una suerte que los gemelos no estudiaran ya en Hogwarts, de otro modo, conociendo su carácter temperamental, tal vez habrían tomado fuertes represalias en su contra. Harry se imaginó entonces su pijama lleno de Polvos Pica y Rasca del doctor Filibuster, o una pizca de turrón sangranarices sin antídoto en su plato.
Y con todo, no había que olvidar que Hermione se encontró de un momento a otro entre la espada y la pared. Se había abierto un estrecho abismo entre sus dos mejores amigos y Hermione estaba atrapada en él.
Por un lado estaba Harry, su mejor e incondicional amigo, que, aunque no lo dijese abiertamente, echaba muchísimo de menos a Ron. Hermione desconocía lo que había ocurrido con exactitud, es decir, sabía a ciencia cierta que entre Harry y Ginny debía de haber surgido algo, lo suficientemente significativo como para que hubiese provocado semejante desastre. Sin embargo, desconocía por completo las intenciones de Harry y los sentimientos de Ginny. Y... ¿cómo podía ayudar a solucionar aquel embrollo si no conocía los pormenores de lo ocurrido? Los tres involucrados en el asunto rehuían las preguntas y a pesar de que Hermione tuvo que utilizar toda su astucia para ello, no obtuvo respuestas.
Por otro lado, estaba Ron. Ron era... bueno... Ron era Ron, simplemente. Resultaba imposible sacar a relucir el tema sin que la conversación terminará en una discusión. A Hermione le dolía que sus amigos tiraran a la basura tantos años de amistad. Una amistad no como otra cualquiera. Todas las dificultades que habían surgido a lo largo del tiempo habían hecho que su relación se consolidara en aquellos seis años. Nada parecía poder interponerse entre Harry y Ron, nada excepto una chica. Harry había osado posar sus ojos en Ginny, y Hermione sabía que para Ron su hermana era intocable. Gran error el de Harry.
En conclusión, Harry tenía el ánimo por los suelos, Ron se pasaba de mal humor todo el día y Ginny evitaba a toda costa a Harry. En cuanto a Hermione... pronto se volvería loca si las cosas no regresaban a su estado original.
Por fin ha habido algo de "acción" entre Harry y Ginny. ¿Qué opináis? ¿Cómo acabarán las cosas entre Harry y Ron? (Introducir música de misterio) Lo sabréis en el próximo capítulo...
Se agradecen los reviews, por supuesto. ¡Un beso!
