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Capitulo 28
Los meses comenzaron a pasar sin poder detenerlos, así era la vida por mucho que eso incomodara o doliera, lo cierto era que cada quien debía seguir su camino y dejar atrás de alguna manera la atrocidad de lo vivido.
A los pocos días de que Candy abandonara todo dejando aquellas notas, Albert regresó a la hacienda y sus padres junto con él. Duraron un par de semanas nada más, ellos eran de ciudad y a pesar del evidente dolor que traía cuestas su hijo, ahora sí estaban seguros de que no se dejaría vencer, ese hombre que ahora era, mostraba todo el empeño que tenía por salir adelante a pesar de traer cargando un saco enorme de dolor y soledad.
Anthony solicitó el divorcio de inmediato, gracias a las causales no tuvo ningún problema para obtenerlo casi enseguida. Esa mujer, como ahora la nombraba en su cabeza para evitar decir du nombre, quiso verlo durante el proceso, pero se negó terminantemente. Nunca más quería siquiera escucharla mencionar; para él, desde el momento en que supo todo, estaba completa y absolutamente muerta. Vendió la casa donde ambos vivieron, donde creció con sus padres, donde Candy fue la pequeña y luego adolescente más infeliz del mundo y se mudó a un lugar más adecuado, lejos de recuerdos y fantasmas que lo atormentaban sin piedad cada que cruzaba la puerta principal. Mantenía continuo contacto con Albert. Su relación, después de todo aquello, se afianzó nuevamente, se necesitaban, de alguna forma verse los hacía sentir cerca de aquella mujer que se había ido sin mirar atrás, Candy. Ambos pasaban el día a día intentado sobrevivir, buscando motivos para ocupar la cabeza y no pensar en esa chica de diferentes formas.
Nuevamente junio. Más de un año de todo aquello…
–Candy… si seguimos así tendremos que mudarnos a un lugar más grande —la chica asintió sonriendo, ahora lo hacía a menudo.
A las semanas de su regreso, buscó ayuda psicológica y era evidente que estaba funcionando. Cada día se sentía más ligera, más fuerte y más orgullosa de sí misma. Se daba cuenta de que enfrentó todo su pasado con valentía, aunque no siempre con madurez; sin embargo, para esos momentos ya no se exigía tanto. Ahora se veía a diario en el espejo y se regalaba una sonrisa reconociéndose cada momento sin miedo ni temor, aceptándose y comprendiendo que era mucho más fuerte de lo que llegó a creer.
Terry y ella, aunque seguían manteniéndose en contacto después de su divorcio y de una dolorosa declaratoria de amor, las cosas se complicaron irremediablemente. Terry le suplicó dejarlo todo atrás, empezar una vida junto a él, sin el pasado ahí, en medio, le juró que podía hacerla feliz. Candy, que todavía no estaba tan bien emocionalmente, encontró la forma para no herirlo por completo, fue tierna, sutil; no obstante, muy clara. El que había sido su esposo, la confrontó preguntándole si Albert tenía que ver en ello, Candy no lo negó, ya que si algo tenía claro, era que si algún día decidía rehacer su vida, con el único que podía hacerlo sería con él, de otra forma no le interesaba llegar a más con quien fuera. Terry terminó comprendiendo que no sólo se trataba del amor que ella sentía hacia aquel hombre, si no de su propio ser, necesitaba estar sola, sanarse, rehacerse y él no obstaculizaría eso, la quería demasiado como para permitírselo. Por todo eso, no se veían tan a menudo. Era lo mejor para los dos, sobre todo para él.
Por otro lado seguía sin usar un solo peso de su dinero. No le interesaba, ni lo quería, además sabía que su hermano debía estarlo cuidando muy bien, él siempre fue impresionante en cuestión de negocios.
A los pocos días de llegar a San Diego, le habló a George, le dijo dónde estaba y le pidió el favor, se lo comunicara a Anthony, solicitándole además que le dijera que deseaba que asumiera el control de todo lo suyo.
Durante las terapias había aprendido que nunca olvidaría, pero sí podía perdonar. Se dio cuenta de que Anthony cometió un error; sin embargo, eso era, un error. Que jamás intentó lastimarla, mucho menos buscar todo lo que sucedió. Él mismo debía estar sufriendo aun por lo ocurrido. Su hermano había sido muy joven cuando quedó a cargo de todas esas obligaciones, incluida ella. Comprendió, con mucha dificultad y muchas sesiones, que era una niña cuando le dio aquella pastilla a su padre y que ella no era en absoluto responsable de su muerte. Entender, después de todo, que no fue cobarde al no denunciar a Eliza, eligió a su hermano por encima de todo y ahora estaba segura de que lo volvería a hacer.
En cuanto a Albert… él, él siempre sería el amor de su vida sin lugar a dudas. Muchas veces se arrepintió de haberlo dejado, pero cuando venían sus crisis, como las llamaba, recordaba el porqué de su proceder. Esos episodios eran terribles, las emociones se desbordaban de tal manera que le era imposible siquiera hacer contacto consigo misma; ansiedad acompañada de momentos de odio e infinito rencor se apoderaban de su razón, convirtiéndola en algo que se hubiera reprochado si él viera o tuviera que aguantar. Ahí, en esos momentos, comprendía que esa decisión, por muy fuerte y dolorosa que fuera, había sido la mejor. De hecho Anny tuvo que pasar por bastantes dificultades a su lado ya que su volatilidad y volubilidad no fueron nada sencillas los primeros meses. Ella misma no se entendía y aunque intentó controlar toda la ira contenida, esta salía de una forma abrupta y sin medida, para momentos después pasar a una absoluta depresión y aislamiento total. Verla en medio de ese desequilibrio, estaba consciente, era aterrador. Pero con el tiempo y ayuda de su terapeuta, las crisis fueron espaciándose hasta desaparecer. Ahora era momento de enfrentar su vida, esa misma mañana su doctor se lo dijo sonriente al ver los resultados de largas sesiones y un asombroso trabajo de su parte.
Lo cierto era que no tenía idea de cómo hacerlo. No obstante lo primero que apreció en su mente, fue su hermano. Hacía años que no hablaba con Anthony, de hecho no recordaba la última vez que se sentó en alguna mesa a platicar, ni siquiera creía que alguna vez hubiera sucedido, pero debía por lo menos hacerle saber que estaba mejor, mucho mejor.
—¿Pasa algo? Pareces preocupada —Anny la examinó con curiosidad. Candy definitivamente era otra a la que había llegado después de ese impresionante proceso legal. No fue fácil, incluso hubo ocasiones en las que tenía que encerrarse en su recámara para no verla, para no oírla; sin embargo, con el tiempo y muchísimo trabajo, logró salir de ese mundo en el que se sumergió. Platicaba sin parar, reía y jamás paraba, era voluntariosa y muy inteligente, no se guardaba nada para sí misma y era muy generosa. Comprendió al vivir ese tiempo a su lado que Candy tenía una voluntad de hierro. No hacía mucho Candy le relató todo, por lo que en ese momento, además de todo, la admiraba ya que siempre se mostró decidida a curar, como diera lugar, todas las heridas producidas durante la mitad de su vida.
—No… es sólo que… es momento de buscar a mi… hermano—Anny sonrió al escucharla. Era la primera vez que la oía hablar sobre él de esa forma, reconociendo lo que de verdad eran, hermanos.
—¿En serio?
—Sí, ya es hora —su compañera la abrazó feliz por ella. Sabía bien lo que eso implicaba.
–¡Qué bien!, verás que todo saldrá genial —ella se mordió el labio ansiosa. Eso esperaba.
—No sé qué le diré… —Anny tomó el teléfono y se lo dio.
–Dile que venga, él lo hará sin dudarlo y aquí le dices lo que sientes… El primer paso es el complicado, luego todo fluirá—Candy, después de unos minutos de sopesarlo, asintió agarrándolo. Marcó el número que se sabía de memoria y esperó nerviosa.
—¿Anthony?… soy yo… Candy… —su amiga comenzó a dar brinquitos de emoción. Candy rodó los ojos sonriendo y se hizo a un lado, así no podía concentrarse.
—¿En serio eres tú? —no lo podía creer, hacía tanto que no la escuchaba que le parecía irreal.
—Sí, soy yo… Escucha… crees que… ¿podrías venir a San Diego? Me gustaría… que habláramos — se sentía torpe hablando con él.
Los ojos de Anthony se rasaron sin que ella lo adivinase, era su plegaria por fin realizada.
–Claro que puedo… ¿Cuándo?
—Cuando quieras… pero… ojalá pudiera ser pronto —él miró su reloj sonriendo por primera vez genuinamente en mucho tiempo.
–Salgo en éste momento… ¿Dónde puedo encontrarte? —Candy sentía la emoción viajar por todo su cuerpo como si fuese a llegar su regalo de navidad. Le dio todos los datos.
–Te aviso cuando llegue.
—Bien, acá te veo… —colgó sintiendo su pulso acelerado y sus manos sudorosas. Él iría, en unas horas lo vería, no lo podía creer.
–¡Ves! No era tan difícil —Candy sonrió asintiendo nerviosa.
El timbre de su casa sonó a las nueve en punto. Hacía poco más de ocho horas que había hablado con él, no podía ser. Anny la miró sin pestañear.
–Debe ser tu hermano —Candy asintió sin saber qué hacer.
Ambas veían un programa en la tv recostadas cada una en un sofá–. Ve a abrir, yo me iré a mi habitación, Dickens me espera—Anny le dio un pequeño empujón haciéndola reaccionar.
Caminó hacia la puerta y abrió. Ahí estaba él, iba de traje y perfectamente bien peinado. Era apuesto y con el tiempo se convirtió en un hombre varonil, de fuertes rasgos y mirada dura.
—Candy… —parecía triste y… ansioso. Ella se hizo a un lado intentando sonreír. ¡Qué extraño era verlo ahí!
–Pasa —él le hizo caso adentrándose. Observó todo con curiosidad; miles de noches pasaron imaginando cómo viviría, se sintió complacido por lo que veía. El lugar era acogedor y lleno de color, agradable. De pronto la miró sonriendo con ternura. Estaba más hermosa que nunca, su cabello había crecido y aunque aún no lo tenía como antes ya era bastante largo, llevaba unos shorts de mezclilla que dejaban ver sus muslos junto con una playera verde que hacía que sus ojos se vieran realmente impactantes. Ya no estaba tan delgada y parecía haber encontrado lo que él tanto había estado buscando. Paz.
–¿Quieres algo?, ¿deseas sentarte? —negó aún admirado de lo que la imagen le devolvía—. Llegaste rápido…
—Sí… no quería hacerte esperar —ella sonrió tímida acomodándose un cabello detrás de la oreja. Al verla supo exactamente por qué su mejor amigo aún no la olvidaba, era bella de un forma muy especial, pero además sus ojos permitían ver los sentimientos que dentro existían. Candy era una mezcla asombrosa entre fuerza y serenidad. Impresionante.
—Gracias… Te… ¿gustaría que diéramos un paseo? —él asintió de inmediato, haría lo que ella dijera, lo que quisiera, como deseara.
Unos minutos después dejaba su saco y corbata en uno de los sillones y bajaban las pequeñas escaleras juntos. Anduvieron varias cuadras sin decir nada.
–Te ves muy bien…
—Gracias… tú también… —Anthony negó riendo.
—Si tú lo dices… —llegaron hasta una barda de piedra que dividía la playa de la calle. Candy se sentó ahí y lo miró fijamente.
—Anthony… —al escucharla supo que le diría por lo que lo había hecho ir. Se sentó a su lado y esperó. Ambos contemplaban el océano como buscando las respuestas en sus oscuras aguas—Quiero que sepas que… no te guardo rencor. Sé que para ti tampoco ha sido fácil todo esto y me… gustaría que… volviéramos a ser… hermanos —él observó su perfil sintiendo cómo las lágrimas resbalaban por su rostro. Simplemente no lo podía creer.
—Candy… en serio eres asombrosa —la joven giró pestañeando–No sé cómo lo lograste y te envidio, has superado tantas cosas, eres tan fuerte… Dios. Perdóname por no haberte querido escuchar, por no haberte protegido, esa era mi obligación y lo hice todo tan mal —ella puso una mano en su pierna.
–No, no era tu obligación, tú apenas habías salido de la adolescencia Anthony, no podías hacerte cargo de todo, hiciste lo que pudiste…
—Pero no fue suficiente, te arriesgué y no quise ver lo que estaba frente a mí.
—Tony… no te hagas esto —al escucharla decir su nombre como solía hacerlo cuando era una niña, se quedó perplejo–. Ninguno de los dos teníamos cómo saberlo, no te lastimes, ya nada tiene remedio y no podemos cambiarlo, pero el futuro es nuestro… quiero disfrutarlo contigo… quiero recuperar el tiempo perdido—el hombre se secó las lágrimas con la manga de su camisa.
—Te adoro Candy y no habrá día de mi vida en el que no intente compensarte aunque sea un poco todo aquel dolor.
—No tienes que hacerlo… yo estoy bien… no te mentiré, fue duro al principio, pero… creo que lo estoy superado y aunque probablemente nunca olvide ese capítulo de mi vida no pienso vivir de él, ya no, nunca más… —él acarició su mejilla admirado, deslumbrado en realidad.
–Eres toda una mujer… —ella sin contener el impulso, lo abrazó.
En cuanto la sintió así, de inmediato también la rodeó–Perdóname Candy…. perdóname por favor —su hermana asintió contra su pecho. Ambos lloraron sin poder evitarlo, no se separaron hasta después de varios minutos. Anthony acunó su rostro entre sus manos y la besó en la frente con dulzura–. Mis padres estarían tan orgullosos de ti —un sollozo ahogado salió de su garganta al escucharlo–. Yo lo estoy… me has enseñado tanto, que fuera de parecer mi hermanita menor pareces la mayor—sonrió dándole un pequeño empujón–. Ya, en serio… no conozco alguien como tú, eres demasiado especial —la chica se limpió las lágrimas y luego las de él.
–Eso lo dices porque no me conoces bien…
—No te conozco y no sabes cuánto lo lamento, pero sé que lo haré y eso me reconforta un poco —minutos después caminaron hacia el mar con los zapatos en las manos. Él le platicó a groso modo sobre su divorcio y su cambio de casa. En cuanto a los negocios, no era raro que fueran tan bien como iban. La instó a intentar entrar en ellos, Albert en alguna de sus conversaciones le dijo que ella había querido estudiar economía; sin embargo, se negó sonriente, su negocio ahí iba bien y eso era suficiente, no necesitaba nada más.
Cenaron en un pequeño bar que daba a la playa varios kilómetros después. Rieron, bromearon y volvieron a derramar algunas lágrimas al recordar su niñez y a sus padres. Esa época de su vida fue la mejor para ambos, habían sido chicos despreocupados y sí, muy mimados, que recibían lo que la vida les daba con las manos abiertas, sonriendo, así que evocar aquellas épocas tan llenas de alegrías los hizo reconciliarse aún más con aquel pasado, que si bien nunca olvidarían, podían de alguna forma no vivir de él.
Candy se sentía al fin en paz, sosegada, tranquila, sin embargo debía aceptar que… no completa, sentir eso, por mucho que hiciera, no lo lograba y sabía muy bien a qué se debía.
—Tony… —él comía una alita de pollo con la mano luciendo más despreocupado y joven. Era asombroso lo que se podía lograr cuando se abría el corazón, cuando los tormentos del pasado se dejaban salir, para que se diluyeran con el aire, con el aroma a playa, con el lazo inquebrantable que entre ellos exista, hermandad–. ¿Puedo pedirte algo? —Su hermano asintió notando su seriedad—. Me gustaría que hoy sea el último día que hablemos sobre lo que ocurrió… Me alejé porque no encontré otra manera de… salir adelante, fueron meses muy difíciles, pero quiero volver a comenzar, necesito hacerlo.
—Te entiendo y yo también lo deseo…
—Quédate unos días… Sé que el conglomerado te absorbe pero…
—Claro que me quedo, no tienes que pedírmelo, yo también te necesito y quiero estar contigo, conocerte de nuevo, disfrutar de este momento que me estás regalando —ella sonrió serena.
Anthony se quedó en San Diego dos semanas. Compró ropa en el mall más cercano y se hospedó en un hotel que le permitiera desplazarse sin complicaciones a casa de Candy. Hacía mucho tiempo que no se sentía así, emocionado, expectante; pero es que saber que pasaría a su lado esos días, lo llenaba de esa paz que creía, definitivamente había perdido.
Reconocerse fue fácil y complicado, ambos cambiaron mucho desde aquel día en que sus vidas tomaron caminos tan diferentes.
Por las mañanas la acompañaba a la florería e incluso la ayudaba a atender el negocio mostrándose jovial, sonriente y bastante entretenido. Las manualidades no eran lo suyo, así que en lo que cortaba una flor, Candy entregaba tres arreglos e incluso los cobraba. No obstante, a él parecía gustarle estar ahí, observándolo todo, conociéndolo todo, entrometiéndose en todo. Anny congenió de inmediato con Anthony, por lo que bromeaban y reían por cualquier simplicidad; sin embargo, algo que Candy notó casi de inmediato, fue que evadía cualquier contacto visual, o de otra índole, con el sexo opuesto. Al parecer su hermano de verdad no tenía ni la menor intención de volver a posar los ojos en nadie y no podía culparlo, ni siquiera cuestionarlo; no obstante, sabía, que, algún día, probablemente lejano, encontraría a esa persona especial que lograra curar las heridas de todo lo que ocurrió con aquel monstruo que amó sin saber lo que en realidad era. Él aún era joven, demasiado atractivo, inteligente y a pesar de todo aquello, un gran hombre. Rogaba que consiguiera perdonar y perdonarse para que pudiera ser verdaderamente feliz. Por las tardes eran sus momentos, así que desaparecían yéndose a caminar por ahí sin preocuparles absolutamente nada; a un parque de diversiones donde gritaban como niños y se subían a todo lo que el tiempo les permitía, a comer o a simplemente a tumbarse en el sillón de la pequeña casa a ver películas arrebatándose el control del televisor tantas veces que ya habían tenido que sustituirlo por otro, pues el original falleció presa de una caída en una de esas discusiones sobre quién debía portarlo.
Los días pasaron demasiado rápido, disfrutaban de cada momento juntos como si fuese el primero y el último. Se compenetraban con cada hora y se hacían cómplices cada minuto. Anny descubrió que ese par juntos, eran dinamita pura, imposible frenarlos. Parloteaban hasta el cansancio y cuando Candy no terminaba sobre su espalda y él dándole vueltas para que lo soltara, ambos permanecían en el exterior hablando sin parar, eso sin contar cuando se les ocurría que podían prepararse algo de comer; eso era la guerra campal en su apogeo. Esa semana casi podría jurar que rió más que en toda su vida, por otro lado, ver a su amiga así, libre, sonriente, inquieta, no pudo más que llenarla de felicidad, pues en algún punto de todo aquello, enserio dudó que esa chica de asombrosa belleza y orgullo monumental, lograra salir sin por lo menos, una fractura mental. No obstante, al verla gritar tras su hermano, no podía más que admirar sus agallas, tenacidad y coraje; jamás se dejó vencer y en ese momento disfrutaba de lo que con impresionante trabajo, conquistó. Su vida.
Estaban cenando en un elegante restaurante el último día que él pasaría ahí. Candy, en todos esos días no se había atrevido a mencionar a aquel hombre que cambió su destino; ya no podía más. Necesitaba, con urgencia, saber de él.
—Tony… —comenzó con las palmas sudorosas—. ¿Sabes algo de Albert? —su hermano dejó el tenedor en el plato serio—. ¿Está bien? —el hombre la observó detenidamente. En todos esos días no intentó siquiera tocar el tema, por lo mismo, incluso llegó a pensar que Candy lo había olvidado, cosa que no podía evitar, lo entristecía. Pero al ver la mirada con que se lo preguntaba, comprendió de golpe que era todo lo contrario, su hermana adoraba a su mejor amigo y no dejó de pensar en él cada día desde que se fue.
—Sí… lo está… —ella asintió aparentemente tranquila, no obstante, notó un dejo de tristeza en sus ojos verdes. Era evidente que quería saber más—. Candy… ¿quieres buscarlo? —su hermana desvió la mirada confundida, alterada.
–No lo sé. Ha pasado tanto tiempo que… no creo que tenga caso, lo lastimé demasiado —él puso una mano sobre la suya haciéndola voltear.
–Sé perfectamente lo que hubo entre ustedes, él me lo dijo cuándo lo descubrí todo y quiero que sepas que decidas lo que decidas, siempre te apoyaré…
—Gracias… —se quedó pensativa unos minutos observando su mano sobre la de ella—. ¿Sabes? todo fue tan raro entre él y yo. No lo planeamos, se dio, así, de repente… si no hubiera estado en mi vida no sé cómo estaría ahora. Siempre creyó en mí… y no sé… Lo extraño mucho, no ha habido un minuto que no piense en él desde que dejé México —sonrió complacido al escucharla. Albert estaba bien y ahora que eran mucho más cercanos lo conocía aún mejor, por lo que si pudiera tener el poder de elegir alguien para su hermana, definitivamente sería él. Sin embargo, por obvias razones ya no platicaban mucho sobre ella, ambos hacían de todo para evitar el dolor que les producía su solo recuerdo. Aun así sabía muy bien que seguía adorándola, que cada día que pasaba la extrañaba más y le dolía enormemente su ausencia. Optó por asumirlo, deduciendo que Candy lo había olvidado y que estaba haciendo su vida, incluso, probablemente, con el que era su esposo. Pero lo más asombroso de todo eso era que para Albert creerla feliz era lo más importante. Nunca entendió esa forma de amar, ni siquiera la creía posible, pero ambos le demostraron hasta qué punto se puede llegar cuando el amor es puro, limpio, real. El bienestar del otro se convertía en lo principal, aun a pesar de sí mismos.
–Candy, te ama, no ha dejado de hacerlo un solo momento desde que te fuiste… Si realmente quieres regresar a él, búscalo… pero si no estás segura, quiero pedirte un favor… no lo hagas, le ha costado mucho sobreponerse a tu partida —la joven asintió comprendiendo y sintiendo un profundo dolor al saber lo que le provocó con todo aquello.
–Tony… si lo dejé no fue por falta de amor. No sabes lo que era cuando regresé. Estaba consumida, seca, odiaba a todos y a todo. Yo no quería que él me viera así, lo hubiera lastimado mucho.
—Lo sé Pulga… te juro que lo sé, te entiendo y él… también. Sin embargo, piensa muy bien en lo que vas a hacer, no quiero verte sufrir de nuevo —le rogó sacudiendo su mano. La chica asintió perdiendo la mirada en algún punto del concurrido restaurante. Lo amaba, definitivamente sí, la pregunta era ¿estaba realmente lista para empezar de nuevo a su lado?...
A la mañana siguiente él pasó a despedirse antes de regresar a México. Candy derramó varias lágrimas que Tony le limpió conmovido, sintiendo cómo su corazón se estrujaba. La amaba, la adoraba y la mujer que descubrió durante su estadía ahí, lo dejó aún más orgulloso. Se iba sintiéndose pleno, tranquilo, sereno. Después de recuperarla ya no podía pedir nada más, ni si quiera lo deseaba.
–No llores Pulga, no me iré tranquilo —le rogó rodeando su delgado cuerpo.
—Lo siento… es que… no te has ido y ya te extraño —admitió alejándose un poco con una media sonrisa. Anthony besó su frente con ternura.
—Yo también Candy, pero tú irás, yo vendré… verás que funciona, haremos que funcione —soltó con firmeza. Eso la serenó solamente un poco. Su hermano en esos días se convirtió en todo aquello que no fue durante más de trece años y ahora que lo tenía de nuevo, le costaba soltarlo. Asintió rodeándolo nuevamente.
—Te quiero Tony.
—Y yo a ti Candy, no tienes una idea de cuánto. Y por favor, piensa muy bien lo que harás… ¿de acuerdo? —afirmó más tranquila.
Ese día volvió a sentir una gran tristeza, pero de forma muy diferente a como solía sentirla.
Reconciliarse con su hermano fue mágico y muy especial; no obstante, en toda su estancia había sentido a Albert mucho más presente, a pesar de que desde el ultimo día que lo vio, ya hacía más de un año, no había dejado de pensar en él cada segundo.
Una tarde en la que prefirió estar sola, sentada frente al mar observando el crepúsculo con atención como en muchas otras ocasiones, algo se accionó en su interior sin previo aviso; de repente, como si una chispa perdida encendiera una hoguera, la respuesta a su pregunta de aquella noche que cenó con su hermano, llegó. Sí, sí estaba lista. Fue en ese preciso momento cuando una urgencia apabullante la embargó y comenzó, de pronto, a ser imposible seguir viviendo sin por lo menos intentarlo. Tenía que verlo, tenía que saber si aún tenía cabida en su vida, necesitaba olerlo aunque fuera una vez más.
Ya casi iba a ser de nuevo fin de semana cuando Candy, a diferencia de los demás días, que él era quien le marcaba para saber cómo iba todo, lo llamó.
–Tony, necesito que me ayudes… Sé lo que quiero.
CONTINUARA
