Capitulo 28

La noche se les echó encima. Como la lluvia era copiosa, al final habían decidido no levantar el campamento. Los niños revoloteaban alrededor de la mesa y tuvo que ser Lucy quien, enfadándose, logró sentar a los tres pequeños, que no paraban. Ever hablaba con Mavis cuando vio aparecer a su hermana Kagura que, sin saludar a nadie, se sentó a la improvisada mesa.

—Es increíble el cambio que están experimentando tus guerreros, Jellal —le dijo riendo Mavis, que observaba a algunos de aquéllos.

—¡Qué apuestos son! —cuchicheó Lucy, sentándose mientras veía a Bacchauss pasear con Kana y sus hijos.

Jellal todavía no se había repuesto de la impresión que había tenido cuando había ido con Ewen hasta ellos y los había encontrado sin sus barbas ni su rudo aspecto feroz. De pronto, su ejército de barbudos se estaba convirtiendo en un puñado de highlanders preocupados por su aspecto personal. Cuando Jellal preguntó el motivo de aquel cambio y Loke le explicó que se debía a los sabios consejos de su mujer, blasfemó. Finalmente, no obstante, acabó sonriendo.

—Creo con sinceridad, querido cuñado, que Duntulm se te llenará de mujeres —le aseguró Lucy—. Cuando muchas de las mozas casaderas que conozco los vean, ¡la de bodas que se van a celebrar!

—Y la de niños que nacerán —se mofó Natsu, haciéndole sonreír.

—¡Por todos los santos! —exclamó Ever al fijarse de nuevo en el guerrero—, Like es muy agraciado. Quién podría haber dicho que bajo toda esa montaña de pelo aparecería un joven tan varonil.

—En efecto… —asintió Zeref—. Antes os conocían como el ejército de los salvajes y ahora os conocerán como el ejército de los pimpollos.

—Mientras no pierdan su hombría me da igual su aspecto —apostilló Jellal, molesto al ver que no aparecía Erza. ¿Dónde estaba?

—Será un clan muy hermoso, comandado por un laird muy apuesto. Estoy segura de que vayan donde vayan calentarán muchos corazones —añadió Kagura, consiguiendo que todos la miraran.

Lucy, sorprendida por la desfachatez de la joven, soltó sin que pudiera evitarlo:

—¡Oh, sí!, desde luego Erza tiene razones para estar contentísima. Tener un esposo tan guapo y enamorado de ella, y un ejército de hombres tan apuestos, que darían su vida, es como para que se te caliente el corazón, ¿no crees, Kagura?

Pese a sentirse irritada por cómo aquélla había dejado claro ante todos que Jellal era de Erza, Kagura no respondió. Natsu y Jellal se miraron y sonrieron. Lucy defendía como nadie a su gente, y Erza era su gente.

—Por cierto, ¿dónde está Erza? —preguntó Ever, extrañada de no verla allí.

—No la he visto en toda la tarde —respondió Mavis, sentándose a la mesa.

—Es verdad, tras regresar empapada con Amanda no la he vuelto a ver — aseguró Lucy.

Jellal, que llevaba rato pensando lo mismo, miró a Ewen.

—Ve a mi tienda y dile a mi querida esposa que la estamos esperando —le ordenó.

El highlander se marchó rápidamente. Jellal, para disimular su impaciencia por verla, bebió de su copa. Pocos instantes después regresó Ewen.

—Señor, su esposa me ha dicho que no se encuentra bien, que la disculpéis.

Lucy cruzó una mirada con su hermana y, levantándose, puso en un plato un poco de pan y queso.

—Le llevaré algo de comer.

Natsu la detuvo y, mirando a su hermano, dijo:

—Jellal, deberías llevar algo de comer a tu esposa, ¿no crees?

Molesto por cómo todos lo miraban, y en especial por la sonrisita tonta de su buen amigo Zeref, cogió el plato que su cuñada le tendía y se marchó. Malhumorado, se dirigió hacia donde estaba su mujer. A aquella caprichosa le gustaba llamar la atención, pero él la trataría como se merecía. No obstante, al acercarse a la tienda y verla tan oscura, se sorprendió. Erza odiaba la oscuridad. Abriendo la tela, entró, y cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, la vio. Se acercó a ella y le dio con el pie en lo que él presuponía el trasero.

—Erza, tesorito, ¿qué te pasa?

—Tengo mucho frío —respondió con un hilo de voz.

—Mujer, eres tan torpe que no resistirás mucho en mis tierras. —Ella murmuró algo que él no entendió—. Dices que Kagura es débil por clavarse una espinita en un dedo y lloriquear. Pero ¿qué deben de pensar mis hombres al ver que tú, la Retadora, estás medio muerta por tener frío?

—Déjame en paz, Jellal —gruñó ella sin fuerzas.

Pero él no quería dejarla en paz. Quería oírla, y continuó:

—Por cierto, esposa, cuando desees proponer cambios entre mis hombres, me gustaría que antes lo hablaras conmigo.

Ella no respondió.

—¡Maldita sea, Erza! ¿Cómo se te ocurre ordenarles que se conviertan en bellos adonis cuando lo que yo preciso son guerreros fieros que den miedo? ¿Acaso no sabes que necesito highlanders aterradores para defender mis tierras?

Al ver que ella callaba, se extrañó, así que volvió a atacar:

—Nunca imaginé que fueras tan débil por un poquito de frío.

—No lo soy.

—¡Oh, sí, sí que lo eres! No intentes negarlo, niñita malcriada. Sinceramente, creo que estás montando un nuevo numerito de los tuyos porque aún estás dolida por las palabras que hoy te he dedicado. Asúmelo, Erza.

En vano, esperó durante unos segundos alguna contestación.

—¿Estás escuchándome?

—Sí…, sí…

Dado el bajo tono de sus respuestas, finalmente dijo:

—Debes comer. Te he traído un poco de pan y queso. Te vendrá bien.

Pasados unos instantes, ella contestó sin moverse:

—No…, no… puedo.

Pero Jellal no estaba dispuesto a dejar que aquella caprichosa se saliera con la suya. Todo era puro teatro. Estaba enfadada por las cosas que él le había dicho y no pensaba consentir ni un momento más tan absurdo juego.

—Vamos a ver, tesorito. Si antes de que yo cuente hasta tres no te levantas, te juro que lo pagarás. Todos están cenando, y te esperan. ¿Acaso no te das cuenta?

—No puedo, Jellal… Tengo…, tengo mucho frí…, frío —susurró, deseosa de que la dejara en paz.

No quería ni podía pelear. No tenía fuerzas. Harto de tanta contemplación, se acercó a oscuras hasta ella, la destapó, la asió por las axilas y la sentó. Esperó que ella le gritara y pataleara, pero al ver que no hacía nada, acercó la boca a su oído y se dio cuenta de que tenía el cabello empapado, como si acabara de salir del río. Extrañado, tocó su frente y, al notar la gran calentura, la tumbó. Ella no se movió. Rápidamente cogió una vela, salió hasta la fogata más cercana y la encendió. Con pasos decididos, entró de nuevo en la tienda y, al verla hecha un ovillo, le aproximó la luz. Se quedó sin habla al verla empapada en sudor, temblorosa y con un extraño color azulado en el rostro.

—Por todos los santos, Erza, ¿qué te ocurre?

Ella, como pudo, abrió los ojos. Estaban vacíos y sin vida, y unos círculos negros los rodeaban. De prisa Jellal salió de la tienda y, sin moverse de la entrada, llamó a gritos a su cuñada. Lucy se levantó como un resorte y, seguida por todos, corrió hacia donde él estaba.

—¿Qué pasa?

—Algo le ocurre a Erza —dijo, desconcertado y sin saber qué hacer.

Volvieron a entrar en la tienda y, ya con más luz, todos se quedaron sin habla al ver a la joven temblar de una manera descontrolada.

—¡Dios mío!, ¿qué le pasa? —preguntó asustada Ever, mientras su hermana Kagura, al ver el rostro azulado de Erza, abandonó la tienda con una disimulada sonrisa.

—Iré a por tu bolsa de pócimas —se ofreció Mavis con rapidez.

Jellal se agachó junto a su temblorosa esposa y, levantándola del suelo, la asió entre sus brazos mientras Lucy se agachaba junto a él.

—Erza, cariño, ¿qué te pasa? —la interrogó Lucy, pasándole la mano por el pelo, incrédula de ver cómo sudaba y temblaba.

Al oír su voz, la joven abrió los ojos, pero no dijo nada. Sólo la miró, y poco después se desmayó.

—¿Qué te pasa? —vociferó Jellal, moviendo a su mujer—. ¡Erza, maldita sea, no me hagas esto! Despierta.

Pero Erza no despertó. Estaba sumida en un profundo sueño, mientras en el campamento, con lo ocurrido, se organizaba un buen revuelo. Mavis entró con rapidez en la tienda con la bolsa de las pócimas, y Lucy, mirando a su marido y a Zeref, les pidió ayuda para que convencieran a Jellal de que soltara a su mujer.

—Si no la sueltas, poco podré hacer por ella —le aseguró Lucy.

—¿Por qué está así? ¿Qué le ocurre? —preguntó Jellal, desesperado tras dejar a su joven esposa sobre unas mantas con delicadeza.

—¿Sabes si ha comido algo que le haya podido sentar mal?

—No, no lo sé —susurró Jellal.

No quería ni imaginarse que ella hubiera provocado aquello. Pero tras pensar en las terribles cosas que le había dicho, el imponente highlander tembló al recordar las palabras de ella «Prefiero acabar con mi vida antes de que tú lo hagas». Si algo le ocurría a ella por su culpa, no se lo perdonaría mientras viviera.

Bueno, bueno ¿qué os ha parecido? Jellal se merece una lección ¿no?