Capítulo 29


No era la primera vez que ponía los pies en la habitación de Roy. Ya estaba acostumbrado al panorama desorganizado del lugar, con ropa abandonada descuidadamente en una butaca junto a la ventana, las puertas entreabiertas del armario medio vacío donde sólo quedaban zapatos y ropa formal y la fotografía de Riza Hawkeye, parcialmente oculta por la lámpara sobre una de las mesitas de noche que cercaban la cama —en una ocasión, logró superar la aprehensión para tomarla y mirarla. La mujer era hermosa y su sonrisa provocó una sensación de opresión en su corazón en la que decidió no pensar demasiado porque no podía y se permitió ser cobarde sólo una vez—, pero, en ese momento, todo se sentía como parte de la Dimensión Desconocida, desde las manos ajenas que tocaban sus hombros, hasta el olor de una colonia y crema de afeitar que no le pertenecían, pero estaban tan cerca de su cara que bien podían encontrarse impregnadas en su propia piel.

Las manos de Roy subieron por su cuello hasta tocarle el cabello, hundiendo los dedos en los espacios donde el trenzado era frágil, consiguiendo sacar mechones dorados del agarre para dejarlos flotar a ambos lados de su cara. Edward nunca había permitido que alguien le tocara el pelo —a excepción de los tirones furiosos de Winry porque, técnicamente, no podía evitarlos—, pero en ese instante no le dio importancia. Todo resultaba placentero, desde los pulgares de Mustang rozándole los oídos hasta su boca, demasiado tibia, besándolo.

Tenía la impresión de que nunca antes se habían besado así, con tanta conformidad de parte de ambos, y se preguntó si le estaban abriendo la puerta a algo más profundo, algo para lo que no se sentía listo aún… Cuando el reverso de sus rodillas tocó el borde de la cama, se estremeció y abrió los ojos de golpe en medio de la oscuridad. El cuerpo de Roy lo empujó hacia atrás y temió que caer sobre el colchón con un hombre que pesaba lo doble que él encima le sacara el aire de los pulmones, pero Mustang pareció saberlo, así que mitigó la caída apoyando su peso en un brazo. Automáticamente, el beso se rompió y Edward pudo mirarlo a la cara parcialmente gracias a la luz que entraba por la ventana. Sin contenerse, levantó una mano para tocar la mejilla de Roy, rozando con el pulgar una de las crecientes ojeras en las que flotaban sus ojos —en las sombras, ser valiente era más fácil—. Mustang sumergió el rostro en la caricia y Edward se ruborizó, frunciendo los labios y pasando saliva. La boca de Mustang se pegó a su frente en un beso terso. Pecho contra pecho, demasiado cerca el uno del otro, Edward podía sentir sus corazones latiendo al mismo tiempo.

Eso era aterrador.

Roy enterró el rostro en el cuello de Edward, que lo sintió respirar ahí largo rato. Pensó que era como tener un lobo con las fauces abiertas junto a la yugular, luego… no pudo evitar echarse a reír, terminando con la ola de nerviosismo que lo había aquejado desde que decidió pasar la noche ahí. Roy gruñó.

—Te estás muriendo de sueño —dijo, sin dejar de sonreír, porque Mustang acababa de bostezar en el hueco entre su cuello y hombro, provocando que un cosquilleo le recorriera la columna vertebral.

—No es cierto —mintió el otro, pero dio media vuelta para acostarse en el colchón, mirando el techo. Su brazo aún rozaba el de Edward, que giró el rostro para contemplar la sombra de su perfil. Roy se estiró sobre la cama para alcanzar la mesita de noche y tirar del cordón que encendía la lámpara. La luz amarilla bañó la habitación, haciéndolos entornar los ojos al agrandarse sus pupilas. Edward lo golpeó con el dorso de la mano en las costillas porque eso fue demasiado repentino e hizo que le dolieran los globos oculares—. ¿Estás seguro de que te sientes bien quedándote aquí? —preguntó con voz ronca. Edward notó la duda en sus ojos y algo cálido palpitó en su pecho, pero no se permitió mostrarlo—. Es decir, puedo dormir en la sala, si te parece mejor.

—Estoy bien así —admitió, porque, aunque algo dentro de su cabeza seguía sintiéndose profundamente incómodo ante la idea de tanta intimidad entre ellos, sabía que no había un sitio más seguro sobre la faz de la tierra para él aparte de ese. Así que sí, estaba bien—. ¿A ti te parece correcto? —preguntó, ladeando la cabeza.

Roy hizo una mueca y meditó su respuesta. Al final, confesó:

—No sé qué me parece.

Para Edward, eso era válido también.

— ¿Crees que Berthold se sentirá —guardó silencio un momento, intentando encontrar la palabra correcta— confundido si me ve aquí en la mañana?

Roy se encogió de hombros.

—Probablemente sí, pero no por el motivo que piensas. Creo que se mostrará feliz.

—Bien, creo.

Roy se levantó de la cama y señaló la puerta. Por un momento, Edward pensó que había cambiado de opinión e iría a dormir a la sala, por lo que se sintió culpable. Se incorporó, apoyándose en un codo, dispuesto a iniciar una perorata, pero Roy lo interrumpió:

—Tengo que asegurarme de que las puertas y ventanas estén cerradas —comentó—. En el cuarto de baño hay cepillos de dientes sin abrir, si quieres uno. Tómate tu tiempo —terminó y salió de la habitación antes de que a Edward se le ocurriera algo qué decir.

Observó la puerta entreabierta sin parpadear hasta que le ardieron los ojos. Entonces, sintiéndose la persona más borde del planeta, se paró, demasiado consciente del crujido de los resortes de la cama y, caminando como si tuviera arena en los pantalones, salió de la recámara para ir al cuarto de baño al final del corredor. Encendió la luz, cerró la puerta a sus espaldas y caminó hacia el lavabo. Observó su reflejo en el espejo e, inmediatamente, un profundo rubor se instaló en su cara, aumentando de tonalidad conforme se sintió más avergonzado de sus decisiones recientes. Tenía la boca demasiado roja, demasiado húmeda, así que la trituró con los dientes…

Evitó mirarse y buscó en el gabinete bajo el lavabo un cepillo dental empaquetado. Ni siquiera había pensado que necesitaría algo como eso. Lo abrió y arrojó el contenedor al cesto de basura junto al retrete. La pasta dental que Roy usaba era de una marca que él no había probado nunca, sin sabor y de un aburrido color blanco. Nunca le daba demasiada importancia a esos detalles, pero ahora algo dentro de su cabeza quería que sus manos lo tocaran todo y sus ojos lo vieran todo. Quería hacer preguntas, obtener respuestas y lo más extraño de todo era que quería que le hicieran preguntas para poder responderlas.

¿Eso se hacía en las relaciones, no? Se sintió patético al tener que hacerse esa pregunta, así que metió el cepillo en su boca y se dedicó a escupir espuma sobre la porcelana del lavabo los siguientes minutos. Cuando tomó agua en el cuenco de sus manos para enjuagarse y levantó la mirada, vio el reflejo de Roy en el espejo y estuvo a punto de ahogarse. Un montón de agua espumosa logró atravesar su epiglotis, haciéndolo toser para sacarla del canal respiratorio. Dio un manotazo al espejo, intentando respirar como una persona normal, y Roy sólo sonrió. La marca vaporosa de su mano se quedó marcada en el cristal.

— ¡Dios, te detesto! —Fue lo primero que salió de su boca en cuanto pudo hablar de nuevo. Sentía la garganta irritada, como si se hubiera tragado un alfiletero. No había escuchado la puerta del baño abriéndose y menos había percibido la presencia del hombre a sus espaldas. Extrañaba a Alphonse y su andar en estampida por la casa.

—Lo lamento —dijo Roy, sin dejar de sonreír, lo que hizo sus palabras menos creíbles. Edward lo fulminó con la mirada a través del espejo y enjuagó el cepillo de dientes para dejarlo en el soporte junto al lavabo. De pronto, la vista de Roy estaba fija en el objeto como si fuera la única vela encendida en medio de la oscuridad. Edward no reparó en el por qué—. Sólo quería preguntarte si quieres ropa para dormir —siguió, hablando lento, como si le costara trabajo conectar las palabras, sin dejar de ver el cepillo rojo resplandeciendo junto a uno azul.

Edward lo juzgó loco, negó con la cabeza y caminó a su lado para salir de la pequeña habitación. Mustang no fue tras él y supuso que se estaba haciendo cargo de sus propios enceres nocturnos. Cuando entró a la recámara principal, el despertador en la mesita indicaba que la media noche estaba por terminar y bastó ver esos números destellantes para sentir todo el agotamiento del día apoderándose de su cuerpo. Una punzada de cansancio comenzó a palpitar entre sus omóplatos y tuvo que estirar los brazos por encima de la cabeza para aliviarlo. Deshizo la cama y se sentó en el borde para quitarse las botas y fue hasta patearlas lejos que comenzó a sentir el estómago revuelto ante la posibilidad de dormir con alguien más. Más específicamente, con una persona que le gustaba y hacía que sintiera calor en ciertas partes del cuerpo donde generalmente no se producían reacciones exotérmicas… seguido.

Pero ya era demasiado tarde para entrar en dilemas, así que respiró profundo, intentando armarse de valor. Arrancó la goma elástica con la que se sujetaba el cabello y deslizó los dedos entre las ondas para dejarlo caer libre por su espalda, luego, lo cepilló con las manos para trenzarlo una vez más. Debía confesar que, de sus días, esa era la parte más relajante y terapéutica de todas; los únicos minutos de veinticuatro horas en los que dejaba de pensar. Si entraba a Xerxes, ¿tendría que cortarse el cabello y cambiar su estilo de vestir a uno más… universitario?

Tal vez a manera de disculpa por el susto que le dio en el baño, escuchó a Roy haciendo ruido en el corredor antes de entrar a la recámara. Edward le estaba dando la espalda, así que no lo vio cerrar la puerta, pero el clic del pomo hizo que se sobresaltara como si fuera el gatillo de un arma contra su cabeza. Cerró los ojos y respiró profundo. Era muy tarde para dar marcha atrás, ¿cierto?

Escuchó movimientos frente al armario y procuró no mirar. ¿Mustang querría que mirara? Bien, no lo iba a hacer. ¿Había algo dentro de él que quería mirar? Ladeó el rostro para centrar su atención en el reloj sobre la mesita de noche, contemplando con descarada fijación el brillo del doble punto entre los números, parpadeando una y otra vez…

Roy le arrojó su camisa a la cabeza con demasiada fuerza y Edward soltó una palabrota antes de tomarla, enrollarla y lanzársela de vuelta.

— ¡Hey! Hay niños cerca, lenguaje —lo reprendió Mustang con fingida molestia, atrapando la prenda antes de que le golpeara la cara para echarla al cesto de ropa sucia junto al armario. Luego, tomó una camiseta blanca del respaldo de la butaca junto a la ventana y se la pasó por la cabeza. En ese medio segundo de ceguera, Edward se permitió mirar todo lo que quiso antes de fijar su atención en los calcetines negros que estaba usando—. ¿Estás seguro de que no quieres ropa más cómoda para dormir?

—No, estoy bien así —respondió.

Roy se encogió de hombros. Rodeó la cama y se sentó en el borde.

— ¿Te ofende si te digo que esto es lo más extraño que he hecho ésta semana? —preguntó, quizá a manera de distracción mientras se metía bajo las mantas. Apagó las luces y, de nuevo, Edward aprovechó la oscuridad para atreverse a hacer lo mismo. Apoyó la cabeza en la almohada y de inmediato percibió el olor del champú de Mustang. De esa manera, le fue más sencillo sumergirse en la cama, bajo las mantas, y sentirse más seguro, aún si el corazón le estaba latiendo en la garganta y su pecho se sentía como un tambor—. Y en verdad me han pasado cosas extrañas los últimos siete días, pero siendo policía, estoy acostumbrado a la gente con personalidades atípicas.

Edward puso los ojos en blanco.

—No me ofende. También es lo más extraño que me ha pasado… en dieciocho años. eres lo más extraño que me ha pasado. ¿Te ofende?

Roy se movió, haciendo que el colchón entero se sacudiera. Edward estaba recostado de costado en el borde de la cama, con la cara hundida en la almohada y una mano bajo ésta. Estaba tenso, pero el cansancio poco a poco le estaba ganando a la rigidez de su cuerpo, además, las almohadas eran demasiado esponjosas y la cama muy suave para quejarse.

—Un poco, sí —respondió Mustang.

Edward cerró los ojos y, con la voz aminorada por la almohada, preguntó:

— ¿Qué cosas extrañas han pasado ésta semana?

—Uhm —masculló Roy con voz pastosa. Edward recordó que más le valía dejarlo dormir, pero quería escuchar esa historia—. La señora Schell, de enfrente —comenzó a relatar y Edward volvió a sentir escalofríos ante la mera mención de esa mujer. La recordó en el interior de su camioneta horas antes y tuvieron que pasar varios segundos antes de que la imagen se evaporara de su cabeza—. Dios, es soltera y parece haberse impuesto la misión de ser la esposa del vecindario entero. El hombre que vive junto a su casa es divorciado y se ha quejado varias veces de que ella lo espía por la barda de su jardín mientras poda el césped.

Edward hizo una mueca.

—También hace eso aquí.

—Ajá —Edward lo escuchó bostezar. Hundió más el rostro en la almohada y respiró profundo. Olía demasiado bien—. Hace dos días, vino a tocar la puerta a las ¿once, doce de la noche? Porque creyó que había algo en el armario de su hijo y entonces se dio cuenta de lo provechoso que es tener un oficial de policía en la cuadra…

Edward abrió los ojos y giró sobre el colchón para encararlo, aunque no podía ver su rostro en las sombras. Rió. Roy estaba hablando de una manera que le dejaba en claro que la historia tendría un final divertido.

— ¿Y fuiste a ver si era cierto? —preguntó, sonriendo, luego, lo pensó mejor—. Espera, ¿era verdad? ¿Había algo en el armario?

—No —respondió Roy, como si la idea le pareciera incoherente—. Ni siquiera me dejó entrar a revisar. Convenientemente, tenía todo preparado para una cita romántica, pero me dijo que la otra persona le canceló así que quería saber si me interesaban sus planes.

—Oh, demonios —exclamó Edward, sin contener una carcajada. De inmediato, pegó la boca a la almohada, recordando que Berthold dormía en la habitación de al lado—. ¿Te quedaste? Dios, ¿tuviste una cita con ella?

— ¡No! —fue gracioso que el hombre se mostrara tan aterrado ante la posibilidad.

Edward volvió a reír.

— ¿Cómo huiste de ahí? ¿Sigue intacta tu virtud?

La mano de Roy apareció en su cuello. Edward sujetó su brazo, sin dejar de sonreír. El pulgar de Roy se apostó encima del pulso en su yugular.

—Le dije que estoy saliendo con alguien. Porque es cierto —respondió con total sinceridad. La sonrisa se desvaneció, despacio, de los labios de Edward y la mano en su cuello se sintió más caliente que antes en su piel. Se mordió el labio inferior, sin saber qué decir. Roy suspiró—. Y entonces, obviamente, salí corriendo de ahí —Edward intentó sonreír de nuevo, pero no resultó igual que antes—. Al día siguiente, le hizo lo mismo al hombre que espía por la barda.

—Eso es espantoso.

—Totalmente de acuerdo.

— ¿No te asusta vivir cerca de una persona trastornada? —preguntó, intentando hacer sonar esa palabra más gentil de lo que realmente era.

—No en realidad. No es tan mala como parece. Sólo es… peculiar —su pulgar se movió de arriba abajo por la yugular de Edward, que sintió el impulso de volver a su posición original, pero no encontró las fuerzas para hacerlo.

Inhaló con pereza y se dio cuenta de que ahora compartía el centro de la cama con Roy. Si seguía latiendo con tanta rapidez, iba a vomitar el corazón y eso sería vergonzoso en una situación como esa. Estaba seguro de que Roy podía sentirle el pulso y un espeso rubor le cubrió las mejillas. Respiró profundo, intentando controlarse.

—Una familia se acaba de mudar a la casa junto a la de mi amiga, Winry —contó, intentando distraerse con algo para controlar su nerviosismo—. Son problemáticos, por así decirlo. Pelean veinticuatro siete, al parecer. Ella y su abuela están hartas. No sé qué me parece peor: una vecina irritante o una familia violenta.

Roy guardó silencio varios segundos.

—Me quedo con la señora Schell —dijo en voz baja.

Edward recordó cómo fue la muerte de Riza Hawkeye y no pudo evitar hacer una mueca, sintiéndose imprudente. Intentó pensar en algo qué decir al respecto, pero ese siempre sería un terreno en el que no se sentiría seguro caminando. Tras un momento, suspiró y dio media vuelta en la cama para darle la espalda al otro hombre. Cerró los ojos y se propuso conciliar el sueño, pensando que eso sería lo mejor.

La noche era demasiado silenciosa, fría y oscura y el pequeño lapsus de confianza que le había florecido en la boca del estómago se estaba marchitando. Sí, lo mejor sería dormir, pero volvió a sentir las manos de Roy en el cabello. Un lento cosquilleo se deslizó desde lo alto de su nuca hasta su columna y se sintió demasiado cálido, como sumergido en el delicioso vapor de un sauna.

Eso-Era-Aterrador.

— ¿Vas a decirme por qué no quisiste volver a casa? —preguntó el oficial tras un largo y mudo momento.

— ¿Vas a decirme en qué has estado trabajando las últimas semanas? —replicó Edward, a la defensiva sin saber el motivo.

Roy guardó silencio y Edward escuchó un vago y alargado murmullo pensativo saliendo de sus labios.

—En un caso —fue lo único que aceptó decir.

— ¿Qué clase de caso? —insistió, sintiéndose exigente. Se fustigó mentalmente, intentando corregir esa actitud.

Roy suspiró, aparentemente sin ánimos de seguir con la conversación. Dejó de jugar con la trenza de Edward para colocar la mano en su espalda, entre sus omóplatos. Edward volvió a estremecerse y odió saber que Roy era consciente de todas esas pequeñas reacciones involuntarias.

—Estoy investigando a un hombre que se ha visto involucrado en varios crímenes, pero no hemos podido encontrar algo que lo relacione lo suficiente para procesarlo.

— ¿Ese es el motivo por el que has estado tan —tuvo que sacar la mano de debajo de las mantas para hacer un gesto con ella y, Dios, eso se sintió muy raro— perturbado? —no estaba seguro de si esa era la palabra correcta.

Roy bufó y el joven lo imaginó encrespado como un gato amenazado. Edward se preguntó qué tanto tenía que contenerse al día para no responder a sus acusaciones. A él no le hubiera importado que lo hiciera: era el tipo de persona a la que no le gusta quedarse con ninguna duda, por lo que estaba abierto a la reciprocidad, pero Mustang era más cerrado en ese sentido y se preguntó si era algo que pasaba sólo cuando se trataba de trabajo o si tenía algo que ver con ciertos aspectos de su personalidad.

Sí —contestó el otro, algo seco, pero uno de sus dedos comenzó a dibujar círculos en la espalda de Edward, que cerró los ojos, deseando que se detuviera. Se sentía demasiado bien. Ilegalmente bien.

Respiró hondo, tratando de pensar en otra cosa.

—Mi padre está intentando convencerme de que estudie en la universidad para la que trabaja —contó.

Roy dejó de dibujar figuras en él por un momento —y Edward se maldijo por lo bajo al extrañar la sensación—, pero después continuó. Roy estaba tan cerca de él, que podía sentir los vestigios de su aliento acariciándole el cuello.

— ¿Y qué es lo que piensas hacer? —preguntó el hombre tras una larga pausa en la que posiblemente meditó qué pregunta hacer.

Edward se encogió de hombros.

—No quiero viajar al otro lado del país. No quiero dejar mi casa. Pero Alphonse ya tomó la decisión de ir con él y tampoco quiero dejarlo solo —era la primera vez que se animaba a expresar sus sentimientos en voz alta y no podía creer que, de entre todas las personas, fuera ante Roy Mustang, pero tampoco se sentía mal por eso. Al contrario: suponía que, después de todo lo que habían pasado juntos, era justo permitirse ese tipo de libertad—. Lo que él no entiende es que Hohenheim no es de confianza. No sabe cómo ser un padre y eso es lo que Al está buscando y no va a obtener. Conozco a mi hermano, hay cosas que lo golpean muy duro y sé que Hohenheim es el tipo de hombre que lo puede decepcionar mucho con algo muy pequeño.

— ¿No crees que estás siendo algo injusto? —preguntó Roy, terminando la frase con un bostezo. Eso ayudó a que Edward no estallara en su contra, simplemente negó con la cabeza.

—No estoy diciendo que es una mala persona, estoy diciendo que es un imbécil —explicó.

Roy rió.

—Ese es el Principio de Hanlon.

Edward asintió con la cabeza.

—Sé que puedo ser algo duro cuando se trata de él, pero él es un idiota cuando se trata de nosotros —insistió.

Roy dejó de tocar su espalda, se movió de nuevo en la cama y Edward lo escuchó respirando profundo. Debía estar muriéndose de sueño y aún así estaba hablando con él. Miró el reloj y se percató de que ya era la una de la mañana. El cansancio lo abofeteó también.

— ¿Ya sabes qué decisión vas a tomar? —preguntó el oficial con voz pastosa.

Edward hizo una mueca.

—La decisión está tomada desde que me dijo que Alphonse se iba con él —y era precisamente eso lo que lo tenía tan molesto. Recordó el papel con el link a la página de Xerxes y se mordió el labio inferior.

Graduarse, tramitar la inscripción, vender la casa, empacar toda su vida otra vez, marcharse… los próximos meses serían el infierno en la tierra.

El brazo de Roy apareció sobre su cintura y Edward pudo sentir su nariz tocándole el cuello, respirándole sobre la piel. La noche era fría y la calidez de ese aliento era demasiado tortuosa. Se estremeció, pero estaba demasiado cerca del borde de la cama para intentar huir, así que se contentó con golpearlo, sin demasiada energía, con el codo en las costillas.

— ¿Piensas estar así toda la noche? Porque entonces prefiero que te vayas a dormir a la sala—ordenó.

—Lo siento, esa oferta caducó hace mucho.

—No soy el tipo de persona a la que le asustan las fechas de caducidad —admitió.

—Y por eso algún día iré a verte al hospital después de que te hagan un lavado de estómago por comer yogurt en mal estado; a Maes le pasó cuando estábamos en preparatoria —estaba arrastrando tanto las palabras, que Edward se preguntó si estaba más dormido que despierto.

Tocó el brazo que le rodeaba el cuerpo y, sin pensarlo demasiado, unió sus dedos con los de Roy. Ya tenía el fango hasta el cuello, así que unos milímetros más dentro de él no harían ninguna diferencia.

—Si me voy con ellos —dijo tras pensarlo un largo rato. A esas alturas, estaba convencido de que Roy ya no le prestaba atención—, ¿qué se supone que pasará con esto? —presionó un poco los dedos entre los suyos, sintiéndolos tibios. No quería soltar esa mano, ni literal ni metafóricamente—. ¿Será como si nunca hubiera pasado o…? — ¿O qué?

De pronto, los labios de Roy se cerraron en su cuello, en un beso que le provocó una marea de escalofríos que no pudo ni pensar en contener. El abrazo en su cuerpo se volvió más fuerte y fue en ese instante que se descubrió completamente consciente de que estaba compartiendo una cama con la persona que más le gustaba y hacía que sintiera debilidad en las rodillas.

Se flageló mentalmente, queriendo saber si a Roy le pasaba lo mismo que a él, si sentía la cabeza tan ligera como él cada vez que estaban cerca, si tenía las mismas dudas que él respecto a todo eso que estaban viviendo…

— ¿Cómo podría ser como si nunca hubiera ocurrido? ¿Notaste todo lo que tuve que hacer para llegar a este momento? ¿Crees que sería capaz de dejar todo eso atrás? —le preguntó Roy, hablándole como si lo creyera desquiciado.

Edward volvió a aferrarse a su mano, sintiéndose perdido.

—Tomando en cuenta que lo único que hiciste fue portarte como un idiota y poner mi vida de cabeza… —porque era cierto.

—Si supieras cómo era en mí día a día antes de conocerte, antes de lo de Riza y Berthold, apreciarías el verdadero valor de mi actitud… por más estúpida que fuera —aclaró el otro, optando por la ironía.

Edward ladeó un poco la cabeza, intentando verlo por encima del hombro, pero no pudo. Quiso girar para encararlo, pero Roy no se lo permitió; se preguntó si lo hizo porque había algo en su expresión que no quería que él descubriera.

—Creo que tengo una vaga idea de cómo eras antes —porque podía ver una sombra de eso cada vez que Roy salía de su oficina tras revisar, por horas, los documentos sobre el caso que estaba investigando y que le seguía provocando una terrible sensación de desconfianza, como si hubiera mucho más detrás de eso que aún no sabía. ¿Quería saber?—. No sé si me hubieras agradado así.

—Yo creo que no —admitió Roy y hubo algo en su manera de decirlo que hizo que Edward sintiera el estómago revuelto—. Pero, sobre lo que me preguntaste: ya antes nos comunicábamos sólo por celular, podemos seguir haciendo eso. Está el internet y no es como si te fueras a ir a Marte.

Edward bufó, desangelado.

—Preferiría ir a Marte antes que con mi padre —confesó.

—No puede ser tan malo —dijo Roy.

—Eso espero.

Roy rió por lo bajo contra su cabello. Edward intentó no pensar demasiado en el hecho de que habían estado haciendo planes para seguir juntos aún después de que se fuera a Xerxes para cuidar a Alphonse de las malas decisiones de su padre.

Comenzó a preguntarse si el de las malas decisiones era él y si estaba actuando más como un bache en el camino de su hermano que como un guardián, pero así había sido su vida siempre, desde la muerte de Trisha: juró, sobre la tumba de su madre, estar junto a Alphonse, protegerlo de cualquier cosa que lo amenazara y ahora, si lo dejaba ir sólo, sentiría que había fallado.

Pero marcharse no era tan sencillo como empacar las maletas y tomar el transporte. Menos ahora. Se preguntó si la tecnología podría hacer durar una relación o hacer más notoria la distancia. Una piedra más en su saco de preocupaciones.

Con el brazo de Roy rodeándolo, fue más sencillo quedarse dormido, por primera vez en su vida, sin sentirse como un contenedor vacío.


El ruido del despertador —un insoportable «pip-pip» que aumentaba de volumen conforme más se le ignoraba—, hizo que se despertara como si en la habitación hubiera estallado un petardo, lo cual fue bueno, porque hubiera sido embarazoso reaccionar paulatinamente y descubrir que había estado recostado sobre el pecho de Mustang todo ese tiempo. Tuvo que cubrirse la cara con una mano para aliviar la vergüenza de saberlo y preguntarse cuánto tiempo habían estado así. Recordaba haber despertado un par de veces durante la madrugada y estar en el filo de la cama, así que, ¿cómo demonios terminaron de esa manera? En fin, era demasiado temprano para sentir tal inconformidad, así que se contentó con respirar profundo, intentando dejar la desazón atrás. La habitación olía a una gélida frescura mezclada con detergente para ropa y la colonia de Roy.

Estiró la mano para golpear el botón del despertador y callarlo, fallando en la primera ocasión, pero acertando en la segunda. El agudo pitido se detuvo y escuchó a Mustang bostezando a sus espaldas, reaccionando lentamente al nuevo día.

— ¿Siempre te despiertas así? ¿Tan… exaltado? —fue lo primero que le preguntó, masticando las palabras debido a la pereza.

—Oh, sí —respondió Edward—. Todos los días, con el corazón en la garganta y a punto de salirse por mi boca —porque así se sentía en ese momento. Ladeó un poco la cabeza para observar el reloj, ahora que no sentía la vista tan borrosa por el sueño, y maldijo por lo bajo—. ¡Pero si son las cinco!

—Con quince —corrigió Roy, como si eso solucionara las cosas. Sin sentido del equilibrio, se puso de pie. El color violáceo de sus ojeras había mejorado, transformándose en un suave tono café; tampoco lucía tan pálido como la noche anterior, pero el cambio no había sido suficiente.

Edward se preguntó si había adquirido ese aspecto desaliñado y agotado por despertarse tan temprano y, de hecho, sospechaba que la noche anterior se había ido a dormir, gracias a él, a una hora más temprana de la que acostumbraba.

— ¿Cuánto duermes generalmente? —quiso saber.

Se sentó en el borde de la cama y deshizo su trenza porque sabía que debía parecer un nido de aves.

—Dos o tres horas —respondió Mustang, encogiéndose de hombros—. Cuatro en un buen día. Voy a tomar una ducha. No tardo.

Edward sintió el corazón dándole un vuelco en el pecho, sin saber el motivo. Asintió con la cabeza.

— ¿Despierto a Berthold? —quiso saber. Estaba al tanto de que Mustang llevaba al niño a la casa de Maes Hughes para que pasara el día con la esposa de éste y su hija. Pensó que obligar a un niño de levantarse tan temprano debía ser toda una tortura, pero no se le ocurrió una propuesta para solucionarlo, así que mejor se quedó callado.

Roy negó.

—Él puede dormir una hora más —contó, encogiéndose de hombros para salir de la habitación.

En cuanto se quedó sólo, Edward exhaló, liberando un montón de aire atrapado en sus pulmones que no había sido consciente de estar conteniendo.

La noche no había sido mala. Gran parte de su estrés había desaparecido —porque quién puede estar estresado por problemas familiares cuando tiene que estarlo por una situación más inmediata, como dormir, (literalmente), con alguien—. Pero ahora se sentía idiota. Como alguien que escala un monte y después no tiene idea de cómo bajar. ¿Había sido demasiado irritante? ¿Se había tomado libertades que no le correspondían? Igualmente, ya era tarde para preocuparse por eso y la verdad era que no creía que Mustang le hubiera dado demasiada importancia a dormir juntos.

…«Dormir juntos» era una frase inocente que juraba no volver a pronunciar dentro de su cabeza porque, Dios, sonaba mal. Como si tuviera el significado equivocado cuando, en realidad, conllevaba una acción increíblemente natural. Deseó que alguien lo abofeteara. Se prometió molestar a Winry la próxima vez que la viera para que ella lo hiciera. Se sintió estúpido, ahora, por un motivo diferente.

Recomponiendo en un 35% su estado mental, se levantó para ponerse el cinturón y las botas, que había arrojado la noche anterior a un rincón de la habitación, y salió de la habitación para ir a la cocina y preparar café. Mientras el aroma de la bebida caliente llenaba las frías habitaciones, fue a la sala para recoger su teléfono, que dejó ahí la noche pasada.

Encendió el aparato y casi sintió una punzada de decepción al ver que no tenía ni mensajes ni llamadas —había esperado que Alphonse fuera más insistente, pero, ahora que lo pensaba, no era algo para sorprenderse: Al era la voz de su consciencia y prefería mantener el silencio cuando algo lo molestaba de veras—. Para aliviar el sinsabor, decidió ser él quien enviara un texto:

Good morning, starshine.

Eran las cinco veinte de la madrugada y sabía que Alphonse nunca apagaba su teléfono, por más que él intentara aleccionarlo al respecto. Cuando recibió una respuesta, cinco minutos después, no pudo evitar sonreír al ver dos hileras llenas de emoticones llorosos y signos de interrogación.

Alphonse odiaba despertarse temprano y Edward sintió el placer de la revancha aún si se debía a un motivo tan tonto como molestar a su hermano.


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