NOTAS DE AUTOR

Primero de todo, os aviso: tened preparada esta canción en Youtube (ya que no me deja copiarla y pegarla aquí) Tegami de Angela Aki. Os adelanto que este capítulo tiene una parte musical, y creo que es necesario que escuchéis la pieza para meteros en ambiente.

Lo siguiente que tengo que hacer es agradeceros enooormemente vuestros comentarios. En esta web han sido más de los que esperaba; además, me habéis dejado muchos muy buenos y enriquecedores para mí. Ya sabéis que adoro que os extendáis y me ofrezcáis vuestros propios análisis y puntos de vista sobre lo que os transmiten los capítulos o la historia en general. No dejaré de repetir que todos los que me leéis sois geniales. Por cierto, Minina5, te tengo que dedicar al menos estas breves palabras porque, de veras, agradezco tus comentarios largos y te aseguro que este capítulo (o por lo menos lo espero) no te dejará indiferente en cuanto a la actitud de Sasuke.

Y lo último que me queda por soltar es... preparaos. Os he traído uno de esos capítulos intensos (aunque sé que el anterior tampoco se quedó corto). Quiero escuchar de pe a pa vuestras reacciones, así que yo también me iré preparando la chaqueta por si me caigo para atrás de la emoción al leeros.

Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.

Sin más, me dispongo a responderos poco a poco, y os dejo con una conti más. ¡A DISFRUTAR!


28. LIBERTAD

Ira. No hay término más exacto para describir el profundo sentimiento que me dominó aquella mañana.

Ira porque Sakura no había respondido a mis mensajes la noche anterior.

Ira porque, al despertar, me había pasado un buen rato llamándola sin respuesta.

Ira porque a la decimoquinta llamada me lo había cogido su hermana, indicándome que estaba de voluntaria en el hospital y que se había dejado el móvil en casa.

Ira porque había ido hasta allí y la había encontrado acompañada de ese puto pelirrojo perroflauta.

Ira porque los había visto riéndose.

Ira porque ella le había agarrado los brazos de esa forma tan... tierna.

Ira porque, al verme y pronunciar mi nombre, había omitido el –kun.

Ira porque yo había parecido ser el último mono de aquella escena.

No tenía ni idea de cuál había sido su tema de conversación, pero de pronto había sido como interrumpir un momento único para ambos. Y eso me puso enfermo.

Debí haberlo imaginado. Después de todo, ese puñetero amigo de mi hermano había dicho que vendría al hospital ese domingo. Aun cuando Sakura no hiciera el voluntariado por verle, al observar la complicidad con la que se trataban, inevitablemente había sentido la falsa sospecha de que sí. Como si aquel hospital hubiese sido siempre un punto de encuentro para los dos. A fin de cuentas, ella ya conocía a Sasori desde antes.

Pero, quizás, lo que de verdad me cabreó de aquella situación fue mi propia reacción.

No era tampoco como si detestara que otro hombre hablase con Sakura; sin embargo, me exasperaba que fuera Sasori quien lo hiciera. Y que ella le correspondiese de una forma tan cariñosa y dulce; que le llamara incluso de la manera en que solo me llamaba a mí, me causaba una molesta opresión en el pecho. ¿Acaso había algún derecho que aprobara mi comportamiento? No podía reclamar a Sakura como algo mío. No debía hacer algo así. Jamás. Y sin embargo...

Pensar que podría preferir a otro me devoraba por dentro.

Todo ese cúmulo de emociones disparatadas eran como para cagarse por las patas bajas. Emociones que nublaban mi juicio y echaban por tierra todo orden que se quisiese imponer; todo equilibrio entre lo correcto y lo incorrecto; todo repudio contra el afán de quererla solo para mí.

Aunque, si lo pienso, tal vez esas emociones no fueran lo más acojonante que me sucedió aquella mañana. Tal vez lo más acojonante fue recibir aquel mensaje.

Fûka: He decidido irme al cielo junto al niño que está esperando dentro de mi vientre. Tu hijo. Ojalá te hubiera visto una última vez más...

Antes de centrarme en la propia noticia, lo primero que me paralizó fue tener a Sakura delante. A ella y a sus ojos verdes apuntando hacia la pantalla de mi móvil. Había estado segurísimo entonces de que lo había leído. Todo.

Lo segundo fue lo que, de por sí, ponía ahí.

Yo conocía demasiado bien a Fûka..., pero Sakura no. Si había leído eso, ¿con qué cara podía mirarla, justo cuando me había mostrado tan iracundo por su cercanía con Sasori?

Decidí entonces ir por partes. Aunque creo que ella pudo ver toda la angustia en mi rostro, me alejé y fui en busca de Fûka. Tenía que resolver aquel asunto si no quería que fuese a peor.

Siempre había sabido que Fûka era de las inteligentes. Pero me había relajado tanto con ella, que no había previsto la posibilidad de que terminara anunciando algo así. Ni mucho menos que, en ese preciso instante, Sakura estuviera presente.

No me llevó mucho tiempo imaginar dónde encontraría a Fûka. Para llegar antes, cogí un taxi. Su piso quedaba cerca de Shinjuku, razón por la que frecuentaba a menudo la Plazoleta. De momento vivía sola. Cuando la conocí, recuerdo que me dijo que se había mudado allí con su exnovio. Por lo que sabía, le había echado; el piso era de sus padres. Aun así, seguía teniendo encuentros casuales con él. Por ello, su repentino afán por retenerme a toda costa carecía de sentido. Pero ella se negaba a verlo.

Al llegar a su bloque de pisos, saqué mi llavero. Hacía tiempo que Fûka me había dado una copia de las llaves de su casa. A la fuerza. Básicamente, una de las veces en que habíamos quedado allí, las había metido en el bolsillo de mi pantalón sin que me hubiese dado cuenta. No había entendido el motivo, de modo que nunca las había usado. Salvo en aquella ocasión.

Cuando abrí la puerta, los ojos de Fûka se abrieron tanto que por poco no se le salieron las lentillas. Incluso para estar tranquilamente en casa las llevaba.

–No puede ser –susurró estupefacta.

Cerré la puerta tras de mí. Fûka se incorporó de la cama. Era un apartamento tan pequeño que apenas había distancia entre el área que componía su habitación y la entrada.

–Sasuke-kun, has venido. Hacía tanto tiempo que no te veía –ronroneó de forma sugerente, abriendo lentamente los brazos en ademán de darme la bienvenida.

Pero no tenía ni la más remota intención de corresponderla.

–¿A qué ha venido ese mensaje, Fûka-senpai?

En su rostro adiamantado se extendió una sonrisa ladina. Se levantó de la cama y, con pasos sinuosos, se acercó a mí. Sus manos se deslizaron por debajo de mi bufanda y acariciaron mi nuca, pero yo no saqué las mías de mis bolsillos.

–Ya lo has leído –arrulló las palabras como si fueran una melodía–. Voy a dejar este mundo junto a mi bebé... o, mejor dicho, nuestro bebé.

Entorné los ojos.

–Estás jugando con fuego.

Fûka mostró una exagerada expresión de sorpresa, formando con la boca una «O» perfecta.

–¿Por qué me hablas así, Sasuke-kun? ¿Es que acaso no te alegra que vaya a tener un hijo tuyo?

–No vas a tener ningún hijo mío.

–¿Cómo? ¿Pretendes que aborte?

Mis manos agarraron sus muñecas con firmeza, bajando sus brazos de mi cuello. Se acabó mi paciencia.

–Deja ya esa mierda de mentira de una puta vez –aunque no elevé mi tono de voz, percibí cómo ella se estremecía, impactada de verdad.

No se alejó demasiado cuando la solté. Frunció el ceño y sus ojos titilaron por la cólera que la carcomió. Al menos estaba abandonando la farsa.

–¿Por qué me hablas así? Tú nunca me tratas de esta forma –masculló. Sus ojos felinos se achicaron de una forma siniestra, escrutándome como si intentara ver a través de mí–. Es esa chica. Esa Sakura...

–¿Cómo sabes su nombre? –exigí saber, cortándola.

Esbozó una sonrisa ladeada. Con un profundo veneno.

–El viernes me la encontré por casualidad en la biblioteca. ¿Sabes que te investiga a escondidas? Ni siquiera conoces al tipo de chica con la que has decidido tener tu primera relación seria, Sasuke.

Apreté la mandíbula.

Cierto, ese día Sakura y yo habíamos discutido. Ingenuo de mí, cuando el lunes en clase no me había preguntado nada sobre lo que Hidan había contado de Itachi, había creído de verdad que lo había olvidado. Pero al sacar el tema el viernes, todos mis temores se habían despertado. Debí imaginar que, si no se lo explicaba yo, se pondría a indagar por su cuenta.

Madre mía, es la persona más terca del mundo...

–La conozco bastante bien –respondí finalmente–, y los asuntos que pueda haber entre Sakura y yo no te interesan lo más mínimo, Fûka-senpai. Tampoco alcanzo a entender por qué te molestas con mi vida privada. Ambos sabíamos lo que había, y creo que yo no pude ser más claro contigo en ese aspecto. Nuestra relación era mero sexo. Nada más.

Se le ensombreció la cara y su pequeña nariz retembló.

–¿Y por qué dejas entonces esta relación de «solo sexo» a un lado? Ella ni siquiera te da el placer que yo sí puedo proporcionarte.

Eso me sorprendió. Deduje que mi senpai había tanteando si era virgen, y la cara de la Sakura –un jodido libro abierto– había terminado confirmándolo.

Suspiré.

–Con ella no solo busco ese placer –admití.

Fûka arqueó una ceja, incrédula.

–¿Entonces qué es? ¿Amor? –casi escupió–. ¿Desde cuándo crees tú en esas patrañas?

La miré largamente, sin inmutarme.

–Resulta irónico que seas tú la que lo llame así, Fûka-senpai. Sé muy bien que no quedas con tu ex solo para matar el tiempo.

Tan pronto lo dije, lo vi venir. La mano de Fûka me cruzó la cara de un guantazo. Aunque no fue ni mucho menos doloroso como los de Sakura, había reunido todas sus fuerzas para dármelo. Algo que nunca en la vida había hecho.

No me cabreó. Giré tranquilamente la cabeza para mirarla de nuevo, y descubrí su cara contraída de horror. Se cubrió la boca con las manos un instante y, seguidamente, me abrazó. Enterró la cabeza en mi pecho. Sabía que ni siquiera se había atrevido a cerrar los ojos. Estaba tan alterada por mis palabras como por lo que ella misma acababa de hacer.

En realidad, toda aquella situación, de algún modo, me la había esperado. Conocía bien aquella historia. Una historia colmada de toxicidad. Una relación que nunca había tenido definido su presente, y que nunca tendría un futuro feliz. Lo había visto muchas veces: marcado en su piel.

Pero yo no podía hacer nada. Nunca pude hacerlo. Aunque me compadecía de ella; aunque en miles de ocasiones la llamé para alejarla de momentos violentos; aunque comprendiera perfectamente lo que sentía porque yo mismo había sufrido algo parecido, no estaba en mi mano sacarla de aquello.

–¿Por qué? ¿Por qué ella, Sasuke-kun? ¿Por qué esa chica es más afortunada que yo? –sus palabras, amortiguadas contra mi pecho, sonaron quebradas.

–Tienes muchas cosas por las que considerarte afortunada, Fûka-senpai, pero eres tú la que quiere quedarse con las que le traen mala suerte –repuse.

Oí un sollozo, y me sentí extraño. Fûka nunca había llorado en mi presencia.

–Te equivocas –dijo entre leves gimoteos; intentaba contenerse, pero no lo consiguió–. No te tengo a ti.

–¿Y para qué quieres tenerme? No es a mí a quien quieres en realidad; tampoco soy lo que necesitas. Sabes que esto no es amor. Nunca lo ha sido. Tal vez puedas llamarlo cariño, pero eso no es suficiente. Ahora mismo es tu desesperación la que habla ante la idea de enfrentarte al mundo sola. Por esta misma razón, te atas a alguien que te está destrozando.

No correspondí en ningún momento a su abrazo, pero tampoco la aparté. Ya no había peligro en ella; ya no era su envidia la que la dominaba. Ahora solo era su debilidad. Aunque no quería, Fûka empezaba a entender que tenía que dejarme ir.

Que mis pies ya habían emprendido otro camino.

Y fue esa amarga realidad la que provocó que ella insistiera en aferrarse a mí. La que provocó que, entre lágrimas, alzara la cabeza, se pusiera de puntillas y sus labios tocaran un instante los míos. Un solo instante. El último de todos. El último beso. El cual yo nunca le di de vuelta.

Cuando se despegó de ellos, a pesar de mi impasibilidad, todavía su cuerpo se negaba a separarse. Su cara se apretó a la mía, y oí que aspiraba mi piel.

–No es amor. Nunca lo ha sido –repitió en susurros–. Para mí no lo ha sido, pero ojalá para ella tampoco... Ojalá experimentes esto, Sasuke. Ojalá entiendas lo que se siente cuando no te aman igual que tú lo haces. Ojalá te enamores tanto de ella que duela, sabiendo que de los dos eres tú el único que nunca podrá olvidarla, por mucho daño que te haga. Siempre hay uno que ama más que el otro.

Solté un resoplido lento. Había llegado el momento de marcharse.

Saqué de mi bolsillo el llavero. Fûka no me soltó ni siquiera cuando notó mis manos ocupadas, pero sentí sus ojos apretarse ante el tintineo de las llaves. Extraje las suyas. Busqué una de las manos que rodeaban mi cuello, se la bajé y coloqué el objeto dentro de su palma. En el instante en que cerré su mano con las llaves dentro, su pecho se agitó reprimiendo un sollozo.

–Si estás tan segura de que yo la amaré más que ella a mí, entonces no veo cuál es el problema, Fûka-senpai. El problema sería, de hecho, quedarme con alguien que no es sincera consigo misma. Alguien que solo me necesita para construirse una burbuja ficticia, dentro de la jaula en la que otro la ha encerrado y de la que se niega a salir –hice una pausa, y mis ojos buscaron su rostro. Tenía la nariz enrojecida, los labios hinchados y una capa de lágrimas en ambas mejillas, pero no me detuve–: Nunca, jamás, vuelvas a molestar a Sakura. De lo contrario, lo siento, pero no responderé de mí mismo. No me quedaré en esta jaula contigo, y tampoco permitiré que estos barrotes la ataquen a ella.

Guardó silencio, y me miró con asombro, con dolor, con furia, con tristeza y con desesperanza. Todo a la vez. Pero ya no quedó nada más que decir. Nada más pendiente entre nosotros. Me quité su otra mano del cuello, me separé de ella y di media vuelta.

Paré solo un momento, al abrir la puerta.

–Sé feliz, Fûka-senpai.

Y nunca me contestó. Ni nos miramos. Ni ninguno intentó detener al otro.

Aquella fue la última vez que vi a Fûka.


Supuse que Sakura seguiría en el hospital porque apenas era mediodía. El hecho de que se hubiese dejado el móvil en casa era una lata para asegurarse, pero decidí regresar allí, por si acaso.

Tal vez lo que me animó a hacerlo fue saber que mi vista, por el momento, no había empeorado.

Me había pasado toda la semana preocupado. La mancha oscura no había desaparecido ni un poco de mi visión. Se mantenía ahí, en una esquina superior de mi ojo izquierdo, como una mosca aplastada en el parabrisas de un coche.

Sin embargo, no se había hecho más grande, aun cuando la vista se me emborronara en momentos en los que estaba más cansado. De hecho, había creído que se agravaría durante mi tensa conversación con Fûka. Para mi alivio, aquel día la mancha continuó siendo pequeña y nada se difuminó en mi camino.

Aun así, estaba inquieto. No me quería ni imaginar la de cosas que habían podido pasar por la cabeza de Sakura durante la última hora y media. Ese puto mensaje de Fûka había aparecido en un momento tan poco oportuno, que casi había parecido una broma del destino. Pero al llegar al hospital, me dije a mí mismo que tenía que enfrentar de una vez por todas aquella situación. Tener que dar explicaciones era irritante, pero no podía dejar las cosas así.

Aunque el Aiiku fuera inmenso, la ventaja de buscar a alguien como Sakura era su peculiar cabello rosa. Estaba seguro de que todo el mundo en el hospital la conocía por ello, y cuando pregunté un par de veces, encontrarla resultó tan fácil que casi me hizo reír.

Me vio venir desde lejos; sus ojos verdes se agrandaron un instante. Estaba sola en medio del pasillo de la tercera planta. Me detuve frente a ella, y el silencio se hizo entre nosotros los primeros segundos. Notaba su agitación por el modo en que apretaba sutilmente el libro de cuentos que tenía entre las manos. Una agitación tan fuerte como la mía, a pesar de que yo supe disimularla.

–Sakura, lo de antes...

–Está bien –ella me interrumpió como si ya supiese lo que iba decirle–. Has vuelto, ¿no? Eso es lo que importa. Confío en ti, Sasuke-kun.

Me sonrió. Aunque no me sentí lo suficiente aliviado.

Había pronunciado ese –kun y me sonreía, pero no ignoré la tenue incertidumbre que destelló en sus pupilas. Abrí la boca, dispuesto a insistir; sin embargo, miré en derredor y entonces fui verdaderamente consciente de dónde me encontraba. No era adecuado discutir esas cosas en un hospital.

–¿Vas a quedarte? –quiso saber. Percibí un matiz de ruego en su voz–. Todo el que quiera puede ejercer de voluntario, aunque sea un día. Si te apetece, podrías probar aquí... conmigo.

Adiviné inmediatamente lo que escondía su inocente propuesta. Me había dicho que confiaba en mí, pero estaba claro que una gran parte de ella temía dejarme marchar otra vez. Lo entendí.

Una gran parte de mí mismo sentía lo mismo.

No había hecho voluntariado en mi vida, mucho menos en un hospital, pero terminé aceptando. Tampoco fue difícil que aprobaran mi admisión. Bastó que Sakura afirmara que se fiaba de mí y que mi documento de identidad revelase que era hijo del concejal Fugaku Uchiha.

–¡Por supuesto! Es un tremendo honor que Uchiha-san quiera participar en nuestro programa de voluntariado –había dicho el responsable, con los ojos desorbitados y la voz trémula por la sorpresa de tenerme delante de él.

Ese tipo de situaciones me incomodaban bastante; por eso, prefería mantener mi anonimato la mayoría del tiempo. Por otro lado, no me gustaban los hospitales. En mi infancia había tenido que visitarlos innumerables veces por culpa de la enfermedad de mi madre. Al tratarse de algo que daba lugar a múltiples enfermedades oculares, diagnosticarle la retinosis pigmentaria había llevado bastante tiempo. Y había sido yo quien la había acompañado continuamente a sus consultas con el oftalmólogo.

Desconocía la razón por la que mi madre había querido ocultar aquellas visitas en casa. Mi padre y mi hermano habían sido los últimos en enterarse. Pero, a partir de aquella jodida carta que le había confirmado todo, solo la había acompañado un par de veces más al hospital. Cuando empezó a adelgazar de forma alarmante, mi madre decidió que era mejor dejarme en casa.

Sí, los hospitales siempre me hacían recordar aquel capítulo de mi vida. Algo que, a su vez, me hacía imposible ignorar esa perenne manchita negra en mi campo de visión.

Pero supongo que aquel día habría hecho lo que fuera por pasar tiempo con Sakura.

Ciertamente, no tenía ni puta idea de lo que tenía que hacer allí. Cuando me coloqué la bata blanca –la misma que Sakura llevaba y que tan bien le quedaba–, me sentí fuera de lugar. Para nada me veía en la tesitura de ejercer de médico en el futuro, por lo que la peli-rosa me tranquilizó bastante al explicar que iríamos a una sala a jugar con algunos niños, no a abrir a personas en canal.

Los niños no eran mi fuerte, pero reconozco que al entrar allí todo lo que pude sentir fue compasión. Algunos estaban en silla de ruedas; otros en muletas. Algunos iban unidos a porta-sueros; otros llevaban tubos bajo la nariz. Y unos, directamente, carecían de pelo o tenían algo que era imposible no ver.

Sakura se acercó a uno de estos últimos.

Se trataba de una niña que caminaba abrazada a un osito de peluche. En un principio me pareció normal. Cuando la peli-rosa se puso de cuclillas frente a ella, estaba de espaldas a mí, así que no podía verle la cara. Sakura le sonrió y le dijo que le había traído algo muy especial: una pulsera de flores, que ella misma había hecho en algún momento. Escuché la risa de la niña y su voz suave dándole las gracias. Tenía una voz realmente bonita, angelical, del tipo que enternece hasta al ser más frío del universo. A mí me enterneció.

Entonces Sakura quiso presentármela y, cuando me acerqué para mirarla de frente, comprendí el motivo por el que estaba ingresada en ese hospital. Aquella niña, la cual recuerdo que se llamaba Sayuri, tenía la mitad de la cara y parte del inicio del cuero cabelludo completamente quemados. No había sangre ni restos de carne carbonizada sobre ella, pero su piel era como un papel arrugado en aquella zona, y tenía el ojo tapado con un esparadrapo. Al mirarla, Sayuri se encogió un poco. Fui consciente de que temía que mi reacción fuese de absoluto rechazo.

Pero a mí, pese a su quemadura, me pareció una niña hermosa.

Aquella sala no albergaba la típica imagen que puedes encontrar en un colegio o en un parque. Conocía la insensibilidad de las personas; sabía que muchos la habrían tachado de tétrica. Aun así, todos esos niños sonreían de un modo más sincero que muchos de los que frecuentaban los otros lugares.

Y Sakura era la que les sacaba la mayoría de esas sonrisas.

Dejé que continuara llevándome por el resto del hospital. Me dijo que siempre procuraba no quedarse quieta demasiado tiempo. Sakura no solo se encontraba con los pacientes en las salas comunes, sino que a menudo visitaba sus habitaciones. Y fue eso exactamente lo que hicimos.

La acompañé a jugar a las cartas con algunos; cuando perdió, simplemente se echó a reír por su propia torpeza. La contemplé de reojo alimentando a una anciana, mientras yo permanecía a su lado, leyendo en voz alta el capítulo de un libro que aquella señora me pidió. La ayudé a inventar un cuento para un grupo de niños –he de decir que eso fue incómodo y difícil para mí– que se habían reunido en la habitación de su amigo enfermo. La admiré cuando echó una mano a un enfermero y curó la rodilla con antiséptico a un chico que se había resbalado con su porta-sueros.

La sensación de extrañeza se fue esfumando poco a poco de mi cuerpo. Sakura hacía de aquel sitio algo que yo jamás había sentido en un hospital: un lugar seguro y feliz, lejos de la tristeza que envolvía las vidas de las personas que estaban allí. Ella saludaba y hablaba con todo tipo de enfermos, tuvieran lo que tuviesen. No hacía distinciones ni se inmutaba ante sus dolencias y defectos. Al revés. Sus ojos se llenaban de una luz especial al verles.

Y mi pecho se inflaba de euforia al descubrir esa luz.

Cuando me había revelado que su meta era convertirse en doctora, lo había encontrado simplemente interesante. Había creído entonces que ese objetivo solo era por el dolor de haber perdido a su padre prematuramente. Pero al observarla en aquel hospital me di cuenta de que era por mucho más que eso. Mucho más de lo que ella misma sabía.

No tenía muy claro si eso se podía llamar así, pero estaba seguro de que se trataba de algo más poderoso que una habilidad. Sakura tenía el don de salvar a las personas, aun cuando por aquel entonces no usara jeringuillas ni medicinas.

Igual que, poco a poco, me estaba salvando a mí.


Antes de irnos, hicimos una última parada en la primera sala donde nos habíamos detenido. Apenas entramos allí, Sakura avanzó apresuradamente hasta un niño, dejándome a mí atrás.

–Tanishi-chan, ¿ya has terminado con tu diálisis? –oí que le preguntaba.

Él asintió en silencio.

–Ah, Sasuke-kun, ven, quiero presentaros –Sakura me lanzó una mirada de ilusión–. Este es Tanishi, un gran amigo mío en este hospital, ¿a que sí? –le guiñó un ojo al niño–. Tanishi-chan, este es Sasuke.

El chico me miró de una forma apática, haciendo una leve inclinación de cortesía. Por un momento, me recordó a mí mismo. No tardé en darme cuenta de que los dos manteníamos una expresión corporal similar: los hombros relajados, las manos enterradas en los bolsillos y una cara inexpresiva. Tenía la sensación de que entre él y Sakura existía una relación casi fraternal, y me pregunté si era porque ambos resultábamos igual de tranquilos. Ciertamente, con Sai había sucedido algo así también. Sakura parecía propensa a relacionarse con chicos poco conversadores.

No tuve tiempo de preguntarle, cuando sus pupilas enfocaron algo que no había estado antes en aquella sala.

–¿Eso es un piano? –su voz reflejó un entusiasmo repentino.

Como movida por un resorte, se encaminó a aquel gigantesco instrumento oscuro. Tanishi y yo la seguimos detrás.

–He visto que unos hombres lo traían. Lo han puesto aquí para que los pacientes se diviertan –dijo el niño.

Observé a Sakura. Me pareció ver que algo en su cabeza divagaba, como si se estuviese debatiendo entre hacer algo o no. Inesperadamente, sus dedos se posaron sobre las teclas del piano, acariciándolas. No se atrevía a pulsarlas.

–¿Sabes tocarlo? –le pregunté.

Ella dio un ligero respingo.

–Bueno, mi padre tocaba en una orquesta. Algo me enseñó...

–Pensaba que tenía una empresa consultora.

Sakura me miró sorprendida.

–Me lo dijo Naruto –me apresuré en aclararle.

Sus ojos verdes se desviaron, perdidos en una expresión melancólica. Sus labios se elevaron un poco, como si estuviese evocando un recuerdo dulce en su mente.

–Dejó la música antes de venir a Japón. Al parecer, mis abuelos no querían que se dedicase a ello. Pero nunca ocultó su talento en casa.

Sayuri apareció en ese momento. Se acercó a nosotros algo cautelosa, y tras mirarnos a Tanishi y a mí con timidez, se concentró en Sakura.

–Quiero que Sakura-sama toque una canción. La preferida de Sakura-sama –pidió con su voz candorosa.

La peli-rosa se ruborizó, y sus ojos volaron automáticamente hasta mí. Arqueé una ceja.

–¿Vas a contenerte solo porque estoy delante? –inquirí.

También yo me moría de la curiosidad por ver a Sakura tocar. No imaginaba que pudiera tener esa habilidad.

Vaciló algunos segundos, pero las cosas fluyeron de un modo irreprimible. Lentamente, se sentó en el taburete que habían colocado delante del piano, al tiempo que Tanishi, Sayuri y yo retrocedíamos. Algunos niños detuvieron sus actividades, curiosos al detectar a Sakura al frente de aquel imperioso instrumento.

Su pecho se alzó al inhalar una bocanada de aire, y casi pude ver su corazón palpitando desbocado dentro de él; luego, exhaló. Sus dedos temblaron un poco al posicionarse sobre las primeras teclas. Y cuando la creí a punto de arrepentirse y echar a correr, empezó a tocar.

Reconocí la canción al instante. Tenía algunos años, aunque tampoco los suficientes como para llamarla antigua. Tras los primeros acordes, caí en la cuenta de algo que casi parecía predestinado. La cantante que había compuesto aquella canción era medio japonesa, medio italoamericana. Mestiza, igual que Sakura. Y aun así, admirada por muchas personas en Japón. Angela Aki. Intuía que había sido el señor Haruno quien le había enseñado a tocar esa canción a su hija. Probablemente antes de morir.

Sabía que Sakura había sido siempre un bicho raro para la mayoría de la gente; principalmente por su color de pelo, y para más inri, por su mestizaje. Antes de haberme encontrado con ella en Bachillerato, si me paraba a hacer memoria, siempre se había comportado como la típica niña mimada de buena cuna. Tal vez sus padres la habían preferido así, en vez de dejarla a merced del tormento de la discriminación. Podía encontrarle el sentido.

Interpretó las siguientes notas y, de pronto, me quedé sin aliento.

Había esperado que Sakura solo tocara el piano. Ya me había asombrado al oír lo que sus dedos habían activado en aquel instrumento. Pero fue inevitable sentir mi cuerpo erizarse de arriba abajo, en el momento en que que abrió la boca. Desde algún rincón de ella emanó una voz madura, melódica, suavemente perfilada entre las notas danzarinas de la música. Tegami era el nombre de la canción. Carta. Una carta que Sakura cantó como si de verdad la hubiese escrito ella.

Haikei kono tegami yonde iru anata wa

doko de nani wo shite iru no darou

Juugo no boku ni wa dare ni mo hanasenai

nayami no tane ga aru no desu

(Querida persona que está leyendo esta carta,

¿Dónde estás ahora? y ¿qué estás haciendo?

En este momento tengo quince años, y hay cosas que no puedo decirle a nadie

Sobre las causas de mis miedos y de mis preocupaciones)

Mirai no jibun ni atete kaku tegami nara

kitto sunao ni uchiakerareru darou

ima makesou de nakisou de

kiete shimaisou na boku wa

dare no kotoba wo shinji arukeba ii no?

hitotsu shikanai kono mune ga

nando mo barabara ni warete

kurushii naka de ima wo ikite iru

Ima wo ikite iru

(Si escribiera una carta dirigida a mi yo del futuro

Seguramente podría hablar con la verdad de mi corazón.

Parece que estoy a punto de renunciar, a punto de llorar, a punto de desaparecer….

¿Qué palabras puedo escuchar?

Más de una vez, demasiadas veces

Este corazón ha terminado roto.

La vida es difícil, la vida es difícil)

Haikei arigatou juugo no anata ni

tsutaetai koto ga aru no desu

jibun to wa nani de doko e mukau beki ka

toi tsuzukereba miete kuru

(Querido yo de 15 años,

Gracias por tu carta

Tengo algo que decirte:

Si sigues preguntándote qué hacer y a dónde ir

Tú misma serás capaz de ver las respuestas)

Areta seishun no umi wa kibishii keredo

asu no kishibe e to

yume no fune yo susume

(Los mares tempestuosos de la juventud pueden ser difíciles,

pero hay que remar tu barco de los sueños hacia las orillas del mañana)

Ima makenai de nakanai de

kiete shimaisou na toki wa

jibun no koe wo shinji arukeba ii no

otona no boku mo kizutsuite

nemurenai yoru wa aru kedo

nigakute amai ima wo ikite iru

(Cuando te sientas mal

Solo hay que creer en tu voz interior

Tu yo adulto también ha sufrido

Hay noches sin dormir

Pero continúo viviendo una vida agridulce)

Jinsei no subete ni imi ga aru kara

osorezu ni anata no yume wo sodatete

(Hay un significado para todo en la vida

A pesar del miedo, haz que tus sueños se conviertan en realidad)

La, la, la

Keep on believing, keep on believing, keep on believing.

(La, la, la, sigue creyendo, sigue creyendo, sigue creyendo)

Mientras cantaba, varios pacientes salieron de sus habitaciones y entraron en la sala a escuchar. Algunos médicos que estaban en su tiempo de descanso también lo hicieron. Todo el mundo se quedó atónito. La voz, las palabras, las notas que Sakura nos estaba regalando labraron un momento único y mágico en aquella sala del Hospital Aiiku.

–Sasuke-senpai, ¿verdad? –pero la voz de Tanishi me sacó unos segundos de aquel embeleso.

No giré la cabeza; sin embargo, él supo que le estaba escuchando.

–Sé que eres el novio de Sakura-senpai –continuó–, así que es importante que te diga esto. Es probable que esta parte no sea de tu interés, pero igualmente te la diré. Estoy en el último curso de Primaria y llevo desde los seis años siendo el hazmerreír de mis compañeros. Mis gustos son particulares, si los comparo con el resto de la gente. Y cuando hablo de gustos no me refiero a colores o a si prefiero el fútbol al baloncesto.

Entorné los ojos. Lo cierto era que había tenido razón: la parte de su acoso escolar no me interesó en absoluto. Aun así, le dejé seguir hablando. Intuía que quería llegar a un punto más allá de sus preferencias.

–A mí nunca me han gustado las chicas. Jamás me he sentido atraído por ninguna. Pero si hablamos de Sakura-senpai, la cosa cambia bastante. Aun cuando voy en un camino distinto a la tuyo, Sasuke-senpai, debes saber que ella sería la única mujer con la que estaría en esta vida –confesó sin pelos en la lengua–. Te cuento esto porque, aunque no te conozca, me imagino la clase de hombre que eres. Tu atractivo físico no pasa desapercibido para nadie. Por tanto, deduzco que no has sido tonto y te has aprovechado bien de ello. Y aquí es donde quería llegar. No soy imbécil; Sakura-senpai nunca mira a ningún hombre como te mira a ti.

¿Tampoco a Sasori?

Parpadeé repetidamente, sin entender de dónde había venido ese pensamiento estúpido.

–Veo lo tremendamente enamorada que está de ti, y eso me inquieta. No porque ella me guste, sino porque tú no me transmites confianza –Tanishi prosiguió con su discurso–. Sé que ahora soy débil e insignificante con respecto a ti, sobre todo, por culpa de mis riñones y de mi puñetera diabetes..., aparte de mis once años. Pero ten por seguro que, si algún día traicionas a Sakura-senpai, no habrá lugar en este mundo donde puedas esconderte: te mataré.

Aunque el tono de su voz fue de una seriedad impensable en un niño de su edad, sus palabras no me estremecieron, ni siquiera me intimidaron. Aunque me dieron qué pensar. Acababa de reconocerme que, pese a todo, la quería; que tenía claro, incluso ante su debilidad, que la protegería siempre; que sería la única excepción a su homosexualidad. Y eso me molestó y me gustó al mismo tiempo.

Si alguna vez llegara a pasarme algo, al menos sabía que Sakura no estaría sola.

Tanishi no pronunció más palabra, y me enfoqué en escuchar el último tramo de la canción. La música y la voz de Sakura me envolvieron con una facilidad arrolladora.

Makesou de nakisou de

kiete shimaisou na boku wa

dare no kotoba wo shinji arukeba ii no?

(Parece que estoy a punto de renunciar, a punto de llorar, a punto de desaparecer….

¿Qué palabras puedo escuchar?)

Aa makenai de nakanai de

kiete shimaisou na toki wa

jibun no koe wo shinji arukeba ii no

itsu no jidai mo kanashimi wo

sakete wa toorenai keredo

egao wo misete ima wo ikite yukou

ima wo ikite yukou

(Ah, no te sientas derrotada, no llores

Cuando te deprimas

Escucha tu voz interior

Sea cual sea nuestra edad, la tristeza no se puede evitar

Sonríe y continúa viviendo,

Continúa viviendo)

Haikei kono tegami yonde iru anata ga

shiawase na koto wo negaimasu

(Querida persona que está leyendo esta carta,

La única cosa que deseo es tu felicidad)


Cuando terminó la canción, todo el mundo aplaudió y a Sakura se le saltaron algunas lágrimas. Después de aquello, nos despedimos de todos, devolvimos las batas blancas y salimos del hospital. Comimos en un restaurante de comida rápida; después, empezamos a pasear.

En ese momento lo pensé. Sakura y yo llevábamos saliendo tres meses, pero en todo ese tiempo apenas habíamos tenido una cita en condiciones. Las veces en que lo había hecho antes con otras chicas había sido solo para llevármelas a la cama; sin embargo, en aquella ocasión mis pretensiones cambiaban bastante.

Simplemente quería pasar más tiempo con Sakura.

Caminando topamos con una gran plaza donde habían montado una feria de entretenimiento, con varios puestos de comida y juegos. Reté a Sakura con la escopetilla de juguete a ver quién tiraba más patitos de goma de la cinta. Me sorprendió descubrir que apuntaba bastante bien; aun así, le gané. Luego, compramos takoyaki. Mientras me comía los míos, ella se quedó mirando un punto fijo con cara de nostalgia. En el último tramo de la feria habían colocado una noria enorme.

–¿Quieres subir? –le sugerí.

Ella sacudió la cabeza, despertando de su ensimismamiento. Se mordió el labio.

–¿Te da miedo? –inquirí.

–¡Qué va! –negó ella rápidamente–. Es que hace mucho que no subo a una. Son un poco caras...

La miré con resignación, al tiempo que me comía mi último takoyaki. Tiré el recipiente de cartón en la papelera más cercana y agarré a Sakura de la mano.

–Vamos –tiré de ella hacia la noria.

–Espera, Sasuke-kun, aún no me he terminado mis takoyaki..., además, no quiero que te gastes tanto dinero.

Puse los ojos en blanco.

–¿En serio tengo que recordarte que soy rico y que me la suda pagar por estas mierdas?

–No deberías, si no es por una buena causa.

Nos detuvimos frente a la taquilla de tickets.

–¿Querer que mi novia monte en una noria, después de que haya pasado mucho tiempo desde su última vez, no es acaso una buena causa?

Sakura enmudeció y desvió la mirada, ruborizada. No dijo nada más mientras yo compraba nuestros tickets y subíamos las escaleras hacia la atracción. Nos sentamos el uno frente al otro. Aún le quedaban un par de takoyaki por comerse.

–Sasuke-kun –al fin se decidió a hablar–, ¿recuerdas la primera vez que nos conocimos? Te estabas comiendo unos takoyaki como estos y yo cargaba con una bolsa de tomates.

Enarqué una ceja.

–Creo que me has mencionado algo así antes, pero, sinceramente, no me acuerdo.

Su rostro exhibió una notoria desilusión, al tiempo que bajaba la mirada y se comía aquellas últimas bolitas fritas de pulpo. Dejó el recipiente de cartón a un lado, callada. Fruncí los labios.

–Hoy me has sorprendido. No tenía ni idea de que tocaras el piano y cantaras –comenté, buscando algún tema que pudiera animarla.

–Gracias. También sé tocar la guitarra –pero no habló con el entusiasmo que esperaba. Normalmente, contarme anécdotas era algo que siempre había hecho con naturalidad.

Como si pudiera leer su mente, comprendí enseguida el motivo. Nos sumimos de nuevo en el silencio. La noria no arrancaba. Estaba bloqueada, y casi me pareció un chiste.

Estaba bloqueada como la confianza entre Sakura y yo en ese momento.

Aun cuando consideré que podía ser mentira, Fûka me había dicho que la había pillado haciendo investigaciones sobre mí en la biblioteca. Eso no me había gustado, pero podía justificar su comportamiento.

Durante el tiempo que habíamos pasado en el hospital, Sakura me había tratado con la misma gentileza que a los pacientes. Sin embargo, sabía que ella no había dejado de pensar en nuestra discusión del viernes. Podía ver que se sentía un poco apartada; que creía que no me fiaba de ella. Y aun cuando esa no fuera la cuestión, caí en la cuenta de que mi silencio amenazaba con crearle dudas sobre mí.

Había muchas cosas de mi pasado que no recordaba. Pero lo más doloroso, lo más difícil de sobrellevar seguía en mi mente. Mis anécdotas no eran algo que a la gente le gustara escuchar. Casi no recordaba ninguna graciosa; más bien, solían dejar con un mal sabor de boca. Ni siquiera a mí me satisfacía contarlas. De modo que había aprendido a atenerme al silencio porque nadie las entendía. Eran partes de mí que de nada servía que salieran a la luz, salvo para que me compadeciesen. Y yo odiaba esa compasión.

Pero comprendí que Sakura mercería saberlas.

Suspiré. Ni siquiera sé de dónde saqué el arrojo de soltar lo que solté entonces.

–Mi madre me abandonó cuando tenía nueve años.

Fue como pronunciar una contraseña, la noria arrancó en ese preciso instante.

Los ojos de Sakura se quedaron fijos en sus manos, tan abiertos que por un segundo parecieron a punto de caerse.

–De buenas a primeras, mi madre empezó a quedarse ciega. Siempre he creído que se volvió loca, y puede que esa sea la razón de su marcha, aunque nunca lo he sabido con seguridad. Desde entonces, mi vida se ha complicado bastante –hice una breve pausa, dudoso, pero al final me atreví a decirlo–: Poco después, Itachi hizo lo mismo.

Sakura levantó la cabeza para mirarme a la cara. A medida que ascendíamos en la noria, el crepúsculo nos iba iluminando desde el estrecho horizonte que se abría entre los rascacielos. Los rayos rojos del sol se marcaron en su cabello rosáceo, arrancándole destellos de un extraño tono anaranjado.

A pesar de su estupor, ella no se atrevió a interrumpirme.

–Itachi se marchó a Estados Unidos –continué–. Aunque nunca pregunté, en un principio supuse que fue por orden de mi padre. Pensé que lo mandarían a alguna base militar japonesa que pudiera encontrarse por allí; por el contrario, me enteré de que había entrado en un instituto normal para terminar su Bachillerato.

»Más tarde, empezó a estudiar Magisterio. Eso no me lo esperaba. Digámosle que Itachi siempre estuvo preparándose para algo más acorde con la tradición de mi familia. Tal vez no le gustara, y por eso decidió seguir otro camino. Antes creía que meterse a profesor había sido lo más rebelde que había hecho nunca..., pero ese tal Hidan me ha rallado de verdad con eso de sus peleas callejeras. Estaba convencido de que el único en haber hecho algo así era yo, sobre todo, porque en la época en la que se remonta ese policía, mi hermano estaba metido en algo de suma importancia para la seguridad del país...

Guardé silencio, siendo repentinamente consciente de que estaba entrando en un terreno peligroso. Confiaba en Sakura, pero las paredes tenían oídos. No era recomendable hablar en la calle sobre los AMBU o los servicios secretos del Gobierno.

Me incliné un poco hacia Sakura. Su cuerpo reaccionó de forma automática, inclinándose a su vez hacia mí. Nuestros rostros se aproximaron.

–Sakura, hay cosas que lamentablemente no puedo contarte. Cosas que te pondrían en peligro si las supieras. Pero el quid de la cuestión es que siempre creí que todo lo que Itachi hizo, de algún modo, era consentido; ahora, empiezo a dudar de ello. Y lo irónico de esto es que su conducta, en realidad, me parece lógica.

»Lo que tú me cuentas que tu familia hace de forma natural; la amabilidad, por llamarlo de alguna manera, con la que te has criado es inconcebible en la mía. Mi padre siempre ha sido estricto –se me tensó un poco la mandíbula al calificarlo de ese modo; sabía que me estaba quedando corto–. Yo no sé lo que es que un padre te hable sobre sueños, ni mucho menos que te enseñe a tocar instrumentos. Nunca he compartido nada de eso con él. Nunca he compartido nada con él, directamente. Así que en mi mundo lo natural es que nadie se interese por lo que pienso o por lo que deseo. Esas cosas me las guardo para mí mismo.

»Tampoco puedo culpar a mi padre de las cosas malas que hayan podido pasarme. Sencillamente, me ha tocado la familia que me ha tocado, y lo que ocurra en el resto de mi vida solo me concierne a mí. Suena muy bien eso de tener padres que te den las buenas noches o que te abracen cuando estés triste, pero yo he aprendido a vivir sin eso. Es más, no lo echo en falta porque nunca lo he tenido.

Sentí que Sakura contenía el aliento; sin embargo, no me callé.

–A su regreso de Estados Unidos, Itachi consiguió mi custodia sin apenas esfuerzos; mi padre se la regaló prácticamente. No tengo ni idea de si es porque estaba harto de tener una boca más que alimentar en su casa, o si simplemente nunca albergó sentimientos hacia mí. A pesar de ello, en mi cuenta bancaria todavía recibo de su parte una paga mensual cuantiosa y me sigue costeando el instituto. Eso es lo único que me ha unido siempre a él: el dinero. No hay ni habrá nunca nada más.

»Y con respecto a Itachi..., bueno, aunque le llame «hermano», a menudo me cuesta verle como tal. Después de que se marchara en el peor momento, supongo que me niego rotundamente a hacer como si nada hubiese pasado. Tal vez sea cierto que, al final, me dejo llevar por mis emociones más veces de lo que me gustaría. Pero en este tema no actuaré de otro modo. No espero que me entiendas.

Creo que esa fue la vez que más hablé en toda mi vida; sencillamente no había podido parar. Aquellas eran palabras que nunca había formulado en voz alta y, al liberarlas, había olvidado ponerles la palanca de freno. La atención silenciosa de Sakura había ayudado bastante.

Examiné su rostro, tan cerca del mío que casi podía besarla; sin embargo, retrocedí, apoyándome en el respaldo del asiento. No creí que fuera el momento para un beso, aun cuando me moría de ganas.

Perdí la vista en el horizonte. La noria era lenta; ahora estábamos dejando su cima atrás. El sol era apenas una cabecita carmesí hundiéndose en la lejanía, tiñendo las escasas nubes de color pomelo.

Tenía el corazón en la garganta. Lo cierto era que una parte de mí se mantenía a la espera de que Sakura exigiera bajarse inmediatamente de esa noria; que se mostrara escandalizada por cómo había hablado sobre el profesor Itachi y el concejal Fugaku Uchiha. Había omitido sus maltratos y su alcoholismo, quizás porque no podía comparar el daño físico o sus adicciones con lo que había mencionado ya. Creo que el puñetazo de una persona ebria, por fuerte que sea, duele mucho menos que todo eso. Aun así, ¿cómo no iba a exaltarse ella con todo lo que acababa de soltarle?

Pero, una vez más, Sakura rompió el esquema de mis suposiciones.

–Te entiendo –sus palabras me movieron a mirarla otra vez, perplejo–. No puedo sentir rencor hacia el profesor Itachi; él me ha ayudado y me ha protegido muchas veces. Sinceramente, creo que tuvo sus motivos para marcharse, aunque se equivocara con ello. Pero entiendo que tú sí le guardes ese rencor. Ni siquiera me veo en posición de aconsejarte que lo reconsideres, solo porque él al final volvió y te reclamó. Es algo tan duro que solo tú tienes derecho a juzgarlo por ti mismo.

Guardó silencio y agachó la cabeza, como si de repente estuviese reflexionando sobre algo. Por mi parte, solté un largo suspiro, y todos mis músculos empezaron a aflojarse. Aunque lo que dijo sobre Itachi me irritó un poco, su reacción fue como si me hubiera quitado un enorme peso de encima.

–Sé que no es en absoluto lo mismo –Sakura remontó su discurso–, pero puedo asimilar el que no me hayas hablado antes de todo esto, si lo comparo con mis propios reparos. No puedo ni imaginar lo difícil que ha tenido que ser para ti esta situación. Callarte durante tanto tiempo un pasado donde te has sentido siempre abandonado... Ahora comprendo que haya cosas que no puedas contarme, o de las que simplemente no te apetezca hablar. Y está bien así. Es suficiente para mí, si son esas todas las cosas que puedo saber de ti.

Parpadeó, y me di cuenta de que sus ojos estaban muy húmedos.

–Te contaré todas las demás –respondí, y ella volvió a alzar la cabeza para mirarme–. Pero necesito mi tiempo.

Sus pupilas resplandecieron de un modo esperanzador. Sin embargo, de pronto sus rasgos de muñeca se estrecharon un poco, en una expresión cautelosa.

–Sasuke-kun, sé que debo confiar en ti..., sobre todo, ahora que sé que has hecho este esfuerzo por dejarme conocerte un poco más. Pero... –vaciló, y pude imaginar que se le estaba formando un nudo en la garganta–. Pero por nada del mundo podría perdonar una infidelidad.

No sé si me flipó más ver que había digerido mi pasado mejor de lo que esperaba o que había cambiado con suma rapidez a un tema que no tenía nada que ver.

–Durante las últimas horas, he intentado mentalizarme –prosiguió–. De verdad que lo he intentado. Sé que hay mucha gente que sigue ese estilo de vida excesivamente liberal..., pero, tal como pensaba, no puedo aceptarlo. Soy incapaz de compartirte con otra mujer.

Fûka acudió a mi mente como un relámpago. Casi lo había olvidado.

–Sakura, ese mensaje que viste...

–Tranquilo, no leí la conversación –se apresuró en aclarar–. Ni siquiera tenía intención de mirar, pero mis ojos bajaron hasta tu pantalla por sí solos. Me fijé únicamente en quién te lo enviaba, y ya no quise ver más.

»Sé que no tengo derecho a pedirte que dejes de hablar con ella, pero es que... me molesta tanto que... duele.

Si no había leído lo que contenía aquel mensaje, decidí que era mejor ahorrarle el mal trago de las mentiras de Fûka. Igualmente, me molestó un poco que hubiera pensado lo demás.

–Cuando dije que te esperaría, no me refería simplemente a no forzarte a ir rápido. Así que es absurdo que insinúes que la fidelidad, para mí, es algo independiente de nuestra relación –apostillé–. Una cosa son las relaciones que tuve en el pasado con otras chicas, y otra muy distinta es la relación que tengo contigo en el presente.

Sakura abrió mucho los ojos, impactada por mis palabras. Sin aguardar a su respuesta, me cambié a su asiento y me coloqué junto a ella. Saqué el móvil de mis vaqueros.

–Entre Fûka-senpai y yo no hay absolutamente nada. Muchísimo menos en este momento. Nunca he tenido la intención de que mi relación con ella fuera más allá del sexo –noté que Sakura arrugaba un poco la nariz ante ese último comentario–. Dejé de verla antes de que tú y yo empezáramos a salir. Si hoy me fui de esa manera brusca, fue porque a ella no parecía haberle quedado claro el tema y tenía que resolver eso cuanto antes. De modo que no tienes que pensar que me estás compartiendo. Me da grima que lo digas así. Y para que lo compruebes, mira aquí.

Puse el móvil entre Sakura y yo. Busqué el nombre de Fûka en mi lista de contactos y lo abrí. Primero, pulsé la opción de «Bloquear contacto». Acto seguido, lo eliminé.

La peli-rosa me miró estupefacta. Fue a abrir la boca, pero me adelanté.

–Tendrás que recompensármelo con un beso.

Sus mejillas pecosas se coloraron de un intenso rubor. Bajó la cabeza casi de forma automática, tensando la espalda. Inevitablemente, rompí a reír.

–Vamos, Sakura, deberías ser más abierta con eso, ¿no? Estamos en una noria, lo que se supone que es romántico. Además, tienes sangre irlandesa. Las chicas occidentales son más enrolladas con estas cosas.

Enmudecí al ver su cara compungida, y fui consciente de que le había hecho daño. Había pasado por alto algo que a ella le afectaba más de lo que aparentaba.

Chasqueé la lengua, y regresé al asiento de enfrente. Me sentí un poco irritado. No por ella, sino porque tenía la sensación de que ese día estaba metiendo la pata cada dos por tres. Dejé la mirada perdida en la ventana. Me sería más fácil hablar si no la miraba directamente.

–Eso era solo una broma –repliqué–. A mí me gusta mucho que seas mestiza. Creo que lo prefiero a que seas solo japonesa.

Solté un resoplido.

¡Qué coño! Suéltaselo ya todo.

–También prefiero que dejes de preocuparte por esas obsesivas dietas que hacéis las mujeres. Tú ya comes saludable, no te hace falta nada de eso. Si engordaras, te seguiría besando con las mismas ganas que ahora. Así que come lo que te dé la gana, joder. El día que me la presentes, me veo venir a tu madre echándome la bronca por quedarte más delgada de lo que eres. Y paso de que mi suegra me odie toda la vida.

Entonces lo oí. Un sollozo. Uno muy distinto al que había presenciado aquella mañana, al despedirme de Fûka. Uno que me alarmaba infinitamente más.

–Oh, vamos, no llores ahora –le palmeé la cabeza de la forma más delicada que pude–. Es que no pensaba que te fuera a sentar tan mal esa broma.

Y fue entonces cuando, mientras sus manos intentaban enjugar las continuas lágrimas que se le escapaban de entre los dedos, con su rostro contraído y enrojecido por el llanto, lo dijo.

–Te quiero mucho, Sasuke.

No había añadido –kun, ni había sonreído ampliamente, ni su voz había sonado dulce, sino quebradiza. Pero para mí fue perfecto. Te quiero mucho eran tres palabras sencillas que la gente repetía continuamente. Sin embargo, aquellas eran diferentes. Representaban algo mucho más poderoso que el estúpido anhelo de que Sakura fuese mía.

Mi libertad.

No pude controlarme, la abracé. Con fuerza. Sus sollozos se oyeron ahogados contra mi hombro; sentí la humedad de sus lágrimas empapando mi ropa. Segundos después, busqué su rostro y la contemplé con detenimiento. Sus facciones estaba nítidamente iluminadas por los últimos rayos del atardecer; volvíamos a estar en la cima de la noria, y el ocaso estaba a punto de terminar. Tenía rojeces en la piel por el llanto; una ligera hinchazón en sus ojos esmeralda; los labios muy encendidos, algo mojados. Y recuerdo que pensé que por nada del mundo me habría separado de ella.

Como si se tratara de una necesidad indómita, la besé. Mis dedos se perdieron dentro de su pelo rosáceo, y sus labios presionaron aún más los míos. Nuestras lenguas se entrelazaron de forma instintiva; luego, la sentí sonreír, y algo húmedo cayó entre nuestras mejillas. Su boca me supo a sal.

Me sentía alborozado. No podía creer que ella no hubiera querido bajarse rápidamente de esa noria al conocer mi pasado. ¿Cómo no iba a eliminar a Fûka de mi móvil, si sabía que era lo que le haría feliz? ¿Cómo no iba a rectificar si me equivocaba con mis palabras? ¿Cómo no iba a abrazarla? ¿Cómo no besarla? ¿Cómo no contárselo todo?

No había mentido cuando le había dicho que adoraba que fuera mestiza. Y tampoco había mentido con todo lo que había insinuado al final. No podía imaginar otra cosa. Simplemente lo daba por hecho. Tan natural como respirar.

De verdad deseaba estar con Sakura toda mi vida.

Pero, por desgracia, por más que lo deseé, ninguno de los dos pudo predecir nuestro futuro. Ninguno supo qué iba a ocurrir. Y todavía me pregunto si no hubo algo en que nos equivocáramos; si todo sucedió tal y como realmente debía suceder.