Capítulo 29:
Un par de días antes de casarse salieron a cenar a uno de los más selectos restaurantes de la zona. Habían invitado a Jim Becket, el cual estaba bastante feliz por la próxima boda de su hija. También estaban Alexander y Lillian, al fin y al cabo también eran parte de la familia.
Al terminar de cenar y ante de los postres Rick le entregó a Kate delante de todos, una pequeña caja de terciopelo azul oscuro, diciéndole que aunque ya estaban comprometidos desde el día que ella le pidió matrimonio en el hospital, él quería que ella también tuviera su anillo de compromiso. Cuando Kate abrió el pequeño estuche, con la inscripción Tiffany & Co. en la tapa, casi le da algo, cuando vio el precioso anillo de compromiso de platino y un espectacular aunque discreto y elegante diamante.
-¡Rick, es precioso!, pero debe haberte costado una fortuna – exclamó.
-¡Qué manía con buscarle el precio a todo! – dijo él un poco molesto – qué más da lo que haya costado, lo importante es que te guste.
-¡Que si me gusta!, Rick es perfecto – dijo dándole un beso y poniendo la mano para que él se lo colocase – siento lo del precio, pero no todos los días se compromete una con un millonario – dijo esto último con sonrisa pícara,
Él le colocó el anillo y le besó la mano, antes de volver a besarla en los labios.
-Te quiero Katherine Becket, nunca lo olvides – le dijo solemne.
-Lo sé Rick, yo también te quiero, tampoco lo olvides tú.
-Siempre – susurró él sobre sus labios.
Llegó el día de la boda. A Kate le parecía mentira que iba a casarse con Richard Castle, al final y a pesar de sus temores, se convertiría en la tercera esposa del escritor, y la verdad es que no le importaba, al contrario, estaba dichosa, hacía tiempo que no se encontraba tan bien. No tenía ninguna duda de sus sentimientos hacia Rick, como no tenía dudas de los de él por ella. El grave accidente que casi le cuesta la vida los había unido más si cabe, a la vez que le había servido a ella para restablecer su orden de prioridades.
El día amaneció un poco fresco, pero con un sol radiante. La ceremonia sería a media tarde. Los invitados habían llegado algunos la tarde anterior, otros unos días antes. Algunos se instalaron en la casa, como Jim, el padre de Kate, que llevaba con ellos unos días, pero la mayoría acudió a hoteles de la zona, como en el caso de Alexander y Lillian, que aunque fueron invitados a la casa familiar, prefirieron quedarse en un hotel, por no molestar como alegaron.
A Rick no le había hecho mucha gracia eso de tener que vestirse entero de blanco, decía que de blanco iban las novias, y que él era un novio. Su madre le dijo que no fuese crío, y que si pensaba ir de frac por la playa haciendo el ridículo, estaba muy equivocado, ella no lo permitiría. Al final no tuvo más remedio que ceder y la verdad es que estaba muy guapo. Después del accidente había adelgazado, le había salido una mata de pelo espléndida, después de haberle tenido que afeitar la cabeza y tenía un color de piel envidiable tras las vacaciones en la playa.
Le estuvo insistiendo a su madre, a Alexis, y a Lanie para que le dieran una pista sobre el vestido de Kate, pero las tres le miraban horrorizadas, diciéndole que eso les traería mala suerte. Al final lo único que le pudo sacar a Lanie tras mucho insistirle es que no llevaría velo. No es que no le interesase saber como iba a ir su futura mujer, que si le interesaba y mucho, aunque estaba seguro de que iría bellísima, como siempre, es solo que quería ser lo más acertado posible en una sorpresita que le tenía a la novia.
Habían instalado un entarimado de madera, sobre el que reposaban en semicírculo las sillas blancas que ocuparán los invitados, frente a una pequeña mesa de altar cubierta por un mantel blanco.
Rodeando el entarimado y adornando el altar, habían colocado arreglos florales, de margaritas blancas y helechos. También antorchas encendidas iluminando el romántico escenario.
Poco a poco fueron llegando los invitados y bajando a la playa, para colocarse en las sillas. Se les había sugerido a estos que vistiesen de colores claros, así que entre todos los que ya habían llegado formaban un bonito grupo. Habían querido tener una boda muy íntima, así que además de los padres de cada uno y de la hija del novio, asistirían Esposito, Lanie, Ryan y Jenny, el capitán Montgomery y su esposa, los amigos escritores de Rick y sus parejas, Madison la amiga de Kate, y algunos amigos más.
Llegó la hora, Castle bajó las escaleras del brazo de su madre, que iba elegantemente vestida de color aguamarina muy claro, para esperar a la novia, ya andaba con bastante seguridad, pero a veces le fallaba la rodilla derecha, y como no quería ir con muleta, su madre le consiguió un elegante bastón con empuñadura de plata, por si acaso le fallaba y que le daba un aire muy sofisticado.
Alexis, Lanie, Jenny y Madison serían las damas de honor, y vestían trajes iguales, pero de distinto color. Como era preceptivo eran de tonalidades claras, pero cada una llevaba el color que mejor le sentaba.
Empezó a sonar la música y Kate fue bajando las escaleras del brazo de su padre que la llevó hasta el altar entregándola a Castle. Cuando la ve, suspira, está bellísima. Lleva un sencillo vestido blanco, nada recargado, el cabello lo lleva peinado en un semi recogido informal, con mechones que le caen sueltos. Entrelazadas entre los cabellos lleva diminutas flores blancas. Está maquillada de manera suave.
Tomados de las manos pronuncian sus promesas de amor y fidelidad, para toda la vida, se entregan los anillos y reciben sonrientes la bendición, mientras se funden en un apasionado beso, todos aplauden. Ha sido un momento mágico.
Al terminar la ceremonia suben hasta la casa, afortunadamente el jardín es lo suficientemente grande y se han podido colocar unas mesas e incluso una pequeña pista de baile. Ya los camareros empiezan a servir la comida y las bebidas. Todos están alegres y felices, la comida es exquisita. Cuando terminan, y antes de la tarta, se llevan a cabo los brindis y los agradecimientos. Castle brinda por su flamante esposa y le agradece que haya estado todo ese tiempo a su lado, aguantándolo en su convalecencia. Ella sabe que debería decir algo, al fin y al cabo, él ha estado enfermo por su culpa, pero como no se siente capaz de hablar en público, se limita a levantarse y a besarlo, con lo que provoca una oleada de aplausos.
Llega la tarta, que nadie había visto, ya que Castle se ocupó de encargarla a un artesano pastelero de la zona. Venía iluminada para que se viera bien, y al verla todos empezaron a reír y a aplaudir. Era grande, de cinco pisos, cubierta de azúcar blanca, aunque por dentro como descubrirían después era de jugoso bizcocho de chocolate, el preferido de Kate. La tarta era una oda a la imaginación, en los pisos de la misma y hechos en chocolate, había colocados distintos objetos haciendo referencia a las profesiones de los novios. Un coche de policía, unas esposas, una pistola, un libro, una pluma, un portátil, y en el frente el escudo del departamento de policía de Nueva York.
Pero lo mejor era la pareja de muñequitos que coronaba la tarta. Eran de arcilla policromada, la novia vestía un traje blanco largo, el cabello castaño suelto y ondulado con una flor blanca, pero además encima del vestido de novia, llevaba puesto el chaleco azul antibalas, con la leyenda POLICE. La novia llevaba cogido de la oreja al novio, también vestido de blanco y con su chaleco antibalas donde ponía WRITER, las manos de los dos iban unidas por unas esposas.
Cuando Kate vio la tarta le entró un ataque de risa, cuando se recuperó, se abrazó a su marido y le dio un apasionado beso en los labios que fue recibido por una ovación de aplausos entusiasmados.
-Dios, Rick, ¿Cómo se te ocurrió hacer algo así? – dijo entre risas.
-Porque esos somos nosotros.
-Pero, ¿Qué van a pensar de mi?, creerán que te maltrato.
-Y ¿acaso no es verdad? – le dijo intentando aparentar seriedad, pero se le salía esa sonrisilla pillina que a ella le encantaba – me tiras de la oreja, me mandoneas, nunca me dejas tu pistola… pero que conste que a mí me encanta.
-¿Qué voy a hacer contigo, Ricky? – rió ella besándolo otra vez.
-Lo que tú quieras señora Castle, ya sabes que tus deseos son órdenes para mí.
-Ya se me ocurrirá algo para esta noche señor Becket, prepárate.
Entre los dos cortaron la tarta, aunque Kate de buena gana la hubiera conservado entera. A la hora de repartirla le dieron al capitán el trozo que llevaba el escudo de la NYPD, detalle que agradeció con una sonrisa, mientras Esposito y Ryan se peleaban como dos críos por el coche patrulla. Todos degustaron y alabaron la exquisita tarta. Kate retiró y guardó los muñecos con cariño, cada vez que los veía no podía evitar sonreír. Estaba claro que Rick le había dado alguna foto de ellos al artista, pues tenían bastante parecido con los muñecos, el novio tenía los ojos azules y la novia verdes.
Terminó la comida y empezó el baile, que inauguraron los novios. Después del primer baile, Kate bailó con su padre y Rick con Martha. Luego se fueron turnando, ella con Alexander, el capitán, sus compañeros; él, con Alexis, su hermana, Lanie, así hasta volver a bailar juntos.
Después de los bailes de rigor, y cuando pusieron música más movida, Rick se sentó, era evidente que estaba cansado. Ella se sentó junto a él, que la animó a que siguiera bailando, alegando que a él no le importaba, ella en principio no quería, pero Rick, que sabía que le gustaba bailar, la animó y le dijo que en cuanto descansara un poco, se uniría a ella.
Se fue a la pista. Jim Becket, que había aprendido a apreciar sinceramente a Castle, aprovechó para sentarse junto a él.
-¿Cómo te encuentras Rick? – le preguntó atento.
-Bueno, la rodilla, ya sabes – le contestó él – aunque ya está mucho mejor, tampoco quiero forzarla demasiado, prefiero ir poco a poco.
-Quería darte las gracias otra vez por salvar a mi hija – dijo el hombre.
-No tienes por qué, además ya me lo has agradecido bastante – respondió él con un poco de apuro.
-Nunca podré agradecértelo bastante – dijo – si ese coche hubiera atropellado a Katie habría muerto en el acto.
-No me lo recuerdes – se estremeció Rick – todavía tengo pesadillas del coche echándosele encima.
-Siento traerte malos recuerdos, pero cuando la veo, lo feliz que es, todo lo que has hecho por ella, no puedo sentir más que agradecimiento. No solo la salvaste el día del accidente, la salvaste muchas veces.
-No te entiendo – respondió confuso.
-¿Te ha contado Katie que eres su escritor favorito?
-Bueno, sé que le gustan mis libros y que los ha leído.
-¿Nunca te ha contado por que le gustan tanto tus libros?
-¿Porque soy un gran escritor? – contestó a su vez con una sonrisa.
-Además de eso – contestó su suegro también sonriendo – tus libros le sirvieron de terapia cuando murió su madre.
-¡No tenía ni idea! – exclamó sorprendido.
-Si, después de morir Johanna, como ya sabes, yo en vez de estar con ella, me refugié en la bebida – dijo con tristeza.
-Te entiendo y no tienes de que avergonzarte – y era verdad, solo de pensar que pudiera perderla se ponía enfermo.
-Ella descubrió tus libros – prosiguió Jim – se enfrascó en su lectura y gracias a ellos podía olvidar los malos momentos. Esa fue la primera vez que la salvaste.
-¡Vaya! – acertó a decir emocionado.
-Luego la salvaste de ella misma, de su tristeza, de su obsesión por el trabajo y por resolver el caso de Johanna – continuó el hombre – ¿Sabes que me confesó el otro día?
-No tengo ni idea – respondió Rick.
-Me dijo que ahora que te tiene, y después de pasar por el miedo de casi perderte le ha hecho ver la vida de otra manera. Que aunque desea resolver el asesinato de su madre, se ve capaz de sobrevivir y ser feliz si no lo consigue porque ahora tiene un motivo para vivir. Ese motivo eres tu Rick, le has devuelto las ganas de vivir.
-Mi vida cambió en el momento que la conocí. Ella también me ha salvado a mi de una existencia vacía – dijo emocionado por las palabras de su suegro – en eso estamos a la par.
-Y como colofón, ponerte en su lugar cuando iban a atropellarla – continuó Jim – como ves no me alcanzará la vida para darte las gracias por todo.
-Moriría por ella Jim, no alcanzo a imaginar mi vida sin ella.
-Lo sé, me quedo muy tranquilo de saber que estás con ella, sé que está en buenas manos, en las mejores manos.
Kate llevaba rato observando a su padre hablar con Rick, y sabía que hablaban de ella, y de algo serio por los rostros graves de los dos, así que no quería interrumpir ese momento de confidencias entre suegro y yerno. Eso la hacía enormemente feliz porque sabía que su padre apreciaba a Rick, vio como su padre la miraba y le sonreía, mientras se inclinaba hacia él y le decía algo:
-Ve a bailar con ella, no la hagas esperar.
Se levantó y se acercó a su flamante esposa.
-¿Me concede este baile señora Castle?, o quizás debería decir señora Rodgers – preguntó – claro que realmente la señora Rodgers es mi madre y ahora no deseo bailar con ella precisamente.
-Encantada de bailar con usted, señor Becket – respondió risueña mientras se agarraba a su marido y bailaban una bonita balada.
Mientras bailaban abrazados, él le dijo que ya eran más de las dos de la madrugada y le preguntó si ya estaba lista para disfrutar de su noche de bodas, a ella le tomó por sorpresa y le respondió con otra pregunta.
-¿Quieres que dejemos plantados a los invitados y nos vayamos a la habitación?
-No – respondió él – quiero que nos vayamos al hotel que he reservado para pasar esta noche. No creerías que nos íbamos a quedar aquí con toda esta gente ¿eh?, esta noche te quiero enterita para mí.
-¡Vaya Rick!, no tenía ni idea y ¿a qué hotel vamos a ir?
-A uno de aquí de la zona – respondió él – Hay un coche esperando en la puerta, con lo necesario para pasar esta noche, volveremos mañana para almorzar con la familia. Así que cuando quieras nos despedimos de todos, tú lanzas el ramo, poniendo mucho cuidado en que lo coja una de tus amigas, que Alexis es demasiado joven y nosotros nos vamos a dormir que ya es hora.
-¿Solo a dormir Ricky? – preguntó juguetona al oído mientras le mordía el lóbulo de la oreja – es una pena porque yo no tengo nada de sueño.
-Kate, si tú no tiras el ramo, lo tiraré yo, pero por Dios vámonos de una vez, que como sigas así tonteando conmigo me voy a tener que tirar a la piscina.
Ella se rió, sabía que solo mordiéndole el lóbulo de la oreja a su marido era capaz de ponerlo a cien, evidentemente era uno de sus puntos más sensibles y a ella le encantaban sus orejas, no solo para morderlas sino para tirar de ellas.
Martha que los llevaba observando un rato, se imaginó que ya querían irse, así que después de confirmarlo con ellos, se acercó a la orquesta que interrumpió la música, y ella anunció que los nuevos esposos se retiraban ya y que Kate iba a lanzar el ramo.
Kate se dio la vuelta y todas las chicas se pusieron detrás de ella en un semicírculo. Castle solo miraba a Alexis, si el ramo iba hacia ella, era capaz de darle un manotazo.
-Preparaos chicas – dijo Kate alegre y volviéndose – claro que también se pueden poner los chicos, ¿Qué me dices Javier Esposito?
-Quita, quita, yo no me pongo ahí ni de broma – respondió mosqueado, que eso es para las mujeres.
-Pues prepárate Lanie – dijo Castle risueño, que ya sois los únicos que quedáis.
-Venga, que voy, a la una, a las dos y a las… tres.
Y el ramo salió despedido en dirección a Martha que no se lo esperaba, pero tuvo el acto reflejo de cogerlo. Todos empezaron a reír y a aplaudir.
-¡Abuela!, vas a ser la próxima en casarte – dijo Alexis riendo.
-¡Que me voy a casar yo a estas alturas! – y dirigiéndose a Kate que no paraba de reír más por la cara que había puesto Rick, que por la situación en sí – ¡qué mala puntería tienes, hija!
-Parece que si – respondió su nuera – o a lo mejor no – se dijo para ella bajito cuando vio como Alexander no podía quitar los ojos de Martha.
Entre risas, se despidieron con besos y abrazos casi como si fueran a estar meses sin verse. Salieron a la puerta y allí les esperaba un coche. Kate muy decidida iba a sentarse en el asiento del piloto, pero Castle la frenó en seco.
-¿Se puede saber a dónde vas?
-Pues a conducir, tú todavía no deberías, con la rodilla como la tienes.
-¿Y quién dice que iba a conducir yo?, me ofendes que pienses que soy tan cutre.
Y abriéndole la puerta trasera del vehículo la invitó a entrar, entrando él mismo detrás de ella. Al volante había un señor con uniforme de chofer, que los saludó educado.
-Ya sabe a dónde vamos Fred – dijo Castle.
-Por supuesto señor – contestó el conductor arrancando el coche.
Tardaron una media hora en llegar. El hotel era una casa típica de la zona, a pie de playa como la propia casa de Castle. Fred sacó una pequeña maleta del capó, que llevó hasta recepción y luego se despidió hasta el día siguiente que pasaría a recogerlos. Los estaban esperando, el recepcionista los felicitó y llamó a un botones que los acompañó hasta su habitación en la buhardilla. Menos mal que el hotel tenía un pequeño ascensor, pues tuvieron que subir cuatro pisos.
Al llegar a la puerta él la sorprendió cogiéndola en brazos, para entrarla dentro alegando que era la tradición. La habitación era muy amplia, decorada en colores claros y motivos marineros, con una gran cama que ocupaba el centro del cuarto. El baño también era impresionante con una enorme bañera con jacuzzi, justo debajo de una claraboya por la que se podía ver el cielo estrellado.
-Rick, ¡esto es impresionante! – exclamó Kate dando vueltas por el cuarto y mirándolo todo.
-Me alegro de que te guste, yo creo que voy a empezar dándome un baño en esa bañera.
-¿Quieres que te acompañe? – le dijo mimosa.
-Por supuesto, ¿Quién creías que me iba a frotar la espalda? – le dijo mientras se iba quitando la chaqueta.
-Bobo – rió ella empezando a quitarse las flores del pelo.
El ya estaba en calzoncillos y mientras la bañera se llenaba, encendía velas que había por allí. Ella seguía intentando quitarse alguna de las flores que le quedaban.
-Voy a meterme, el agua está lista y llena de burbujas – le dijo él.
-No me puedo quitar estas malditas flores – protestó ella – con tanta laca y tan bien sujetas que están no hay manera.
Él sonrió al verla. Se había quitado el vestido que había colgado cuidadosamente en una percha. Estaba descalza y solo vestía un conjunto de lencería de encaje blanco que le favorecía mucho y no dejaba nada a la imaginación. Pero el encanto terminaba en su cabeza, estaba desesperada quitándose florecitas y se había puesto la cabeza, como un nido de pájaros.
-Deja las flores mujer, que te va a entrar jaqueca de la paliza que te estás dando.
-No quiero mojarlas, a Alexis le han gustado mucho y le prometí que se las dejaría.
-Anda ven aquí y siéntate en esa silla – le dijo.
Ella se sentó y él empezó a quitarle las flores con delicadeza, intentando no darle tirones en su ya maltrecho pelo.
-Ves como no es tan difícil – sonrió – cualquiera diría que estás nerviosa por tu noche de bodas, y no vamos a hacer nada que no hayamos hecho antes.
-¿No vas a sorprenderme con ninguna novedad? – le dijo ella pícaramente.
-Pues creo que no señora Castle, ya sabe que desde hace algún tiempo ando un poco maltrecho… ya está – terminó atusándole el pelo en un intento de ordenarle un poco la cabeza.
Ella se levantó y se le abrazó pegándose mucho a él.
-Te quiero Richard Castle – y tirando de él se dirigieron al baño.
Se desnudaron y se metieron en el jacuzzi. Durante un rato estuvieron abrazados mirando al cielo y observando las estrellas, hasta que empezaron a besarse y a acariciarse cada vez de manera más apasionada, hasta que llegó un momento en el que él estaba muy excitado y la alzó sentándola sobre él. Hicieron el amor, Kate no lo había hecho nunca en un jacuzzi y descubrió las mil y una sensaciones distintas que le generaba el agua caliente y las burbujas.
-Una vez que terminaron se dedicaron a enjabonarse el uno al otro, Rick le lavó
el pelo, dándole un suave masaje por el cuero cabelludo.
-Esto es la gloria – suspiró ella.
-No dirás que no soy un marido apañado, que hasta te lavo el pelo – le dijo sonriendo y volviéndola a besar.
Estuvieron disfrutando del jacuzzi hasta que empezaron a notar que se les arrugaba la piel. Salieron y se envolvieron en unos albornoces que había.
-Tengo hambre – dijo ella de pronto – en la cena entre una cosa y otra no he comido nada.
-Hay fresas y champán – dijo él en tono sugerente.
-¿Estás de broma?, tengo más hambre que un lobo y ¿me ofreces un puñado de fresas? Voy a llamar al servicio de habitaciones a ver si pueden traernos algo.
-Kate son más de las cuatro de la mañana, no creo que puedan traernos nada.
Efectivamente en recepción les dijeron que hasta las seis de la mañana no abrían la cocina, así que encargó dos desayunos completos para esa hora.
-Tendré que conformarme con las fresas – dijo – anda trae acá.
Sentados en la cama dieron cuenta de las fresas y el champán. Ella comía con apetito, él la miraba divertido.
-Vaya manera de quitarle el encanto a algo tan sublime como fresas con champán.
-Tengo hambre y si esto es lo único que hay de comer, esto me como.
Rick se levantó y le trajo una chocolatina del mini bar.
-No quiero que mi mujercita se me muera de hambre.
-Gracias, ¿quieres un poco?
-No, toda para ti.
-Todavía no me has dicho dónde vas a llevarme de luna de miel.
-Espera, que te he traído algo para que veas. Espero que no te importe el destino, pero estuve pensando lo de hacer turismo por Europa y para ver esas ciudades y conocerlas bien, hay que andarlas, así que eso lo he dejado para nuestro primer aniversario. Toma, a ver qué te parece – dijo entregándole un folleto.
-¿Tahití?, ¿Por qué iba importarme ir a Tahití?
-Bueno, llevamos todo el verano en la playa, y ahora más playa, no sé si te apetecerá.
-Contigo me apetece irme a cualquier sitio, incluso me quedaría en Nueva York, pero Tahití, ¡wow! Es impresionante, ¿Por qué lo elegiste?
-Pues no lo conozco y tú tampoco, así que me gustaría que lo descubriéramos juntos, además creo que es lo más parecido que tenemos en la tierra al paraíso y yo quiero regalarte el paraíso.
-Gracias – y se le echó encima dándole un pringoso beso con sabor a fresa.
-De nada, pero me estás pringando entero, voy a tener que limpiarte esa boca.
Y empezó a besarla por toda la cara, se fueron animando y volvieron a hacer el amor. Estaban a punto de dormirse cuando fueron interrumpidos por el servicio de habitaciones. Fue Rick quien se levantó y poniéndose el albornoz abrió la puerta. Ella que se había espabilado un poco cuando llamaron también se levantó. Se puso su bata y decidieron desayunar en la terraza viendo amanecer. Después de desayunar y agotados de toda una noche de amor se acostaron y durmieron abrazados hasta que llamaron a la puerta avisándoles que el coche los esperaba para llevarlos de vuelta a casa.
CONTINUARÁ…
