Ha llegado la hora de que Kouga se sume también a la batalla, una vez ha dejado que Yuna y Aria puedan escapar de la Torre de Babel, con la promesa de que volverían a encontrarse... Kouga quisiera creer en su propia promesa, tal como hizo Yuna. En tanto, Eden y su discípulo hacen frente a Haruto, Ryuuhou y Souma, al límite de sus cuerpos y sus Cosmos, luchan con braveza, ¿bastará eso para aplacar la fuerza del León de Oro y el Cazador Legendario?

NOTA DE AUTOR: De ahora en adelante, los pensamientos de los personajes se escribirán entre comillas, excepto que se aclare. En tanto, términos que se usen por primera vez, lenguajes diferentes, serán escritos en cursiva. Así, de esta manera, podrán diferenciarse mejor.


Capítulo veintiocho

Las alas del corazón

– Aria, no enciendas tu Cosmos, quiero decir, no hagas luz, o podrán notar que estamos escapando.

– S–Sí…

[…]

– Esta sensación… ¡El Cosmos de Aria! ¡Maestro! ¡Aria no está en Babel!

– Ya teníamos eso previsto, Amo Eden, de hecho, esto es parte de nuestro plan.

– ¿Plan…? ¿De qué plan habla, Maestro? ¡Tenemos que derrotar a esos ahora mismo!

– Amo Eden, no olvide que usted y yo somos Santos de la Tempestad. No puedo permitirle que luche como si no lo fuese…

– "Mi alma está en paz, y mi Cosmos calmo está…"

– "La bestia del trueno, en su momento rugirá".

[…]

– ¡Eden!

– ¿Eden? Aria, ¿conoces a Eden…?

– ¡Eden está…! ¡Eden sabe, Eden sabe!

– ¡Oh, no…! ¡Hay que apresurarnos más, rápido, Aria!

[…]

"Se han ido utilizando la técnica de Yuna, ahora mismo deben estar escapando lo más lejos posible, yo… Ahora, tengo que bajar de Babel, pero… No lo haré a tiempo" – reflexionaba Kouga desde lo alto de los escalones, mientras intentaba divisar la batalla que se daba bajo, pero todo parecía demasiado pequeño. – Sitan solo tuviera alas… – suspiró.

"Las tienes."

Kouga oyó una voz que no podía determinar de dónde procedía, parecía venir de todos lados, aunque él era el único capaz de oírla.

"Kouga, mira al camino que tienes en frente, no es más que otro desafío para llegar a donde Athena. Si te apresuras, podrás llegar…"

– ¡Pero, yo…! – hablaba solo.

"Sí las tienes, tienes tus alas, Kouga. Son esas que existen solo en sueños, que crecen dentro del corazón, y que nadie podrá robarte. Despliega las alas del Pegaso y vuela hacia las estrellas."

Alas en el corazón… – quedó pensativo el Santo – ¿Tal cosa…? ¿Tal cosa existe?

"Si crees en el Cosmos, Kouga, puedes volar hasta las mismas galaxias…

No temas, no dudes, no pienses, solo suéltate en el viento, y que te guíe hacia Athena."

– Hasta las galaxias… – repitió Kouga, que movió un poco sus pies, que empezaban a temblarle y a cosquillearle las plantas – Si el Cosmos hace milagros, ¡dame alas, Pegaso, vuela…!

Abriendo las piernas, y arqueando un poco el cuerpo, se preparó para saltar al vacío, primero elevando su Cosmos, renovado por la luz de Aria, el cuerpo comenzó a aligerarse, la mente se le tornaba en blanco, olvidando que el cuerpo sentía miedo de saltar, reemplazó temor por energía y voluntad. Intentó, de alguna manera, imaginar que si daba el salto al vacío, llegaría donde Athena. "Suéltate en el viento, y que te guíe hacia Athena", esa frase la repitió para sí, hasta solo decir "Athena, Athena… Saori". El Cosmos lo tenía envuelto hasta la última punta de sus cabellos, que se erizaban con la propia energía del Santo.

"Ahora…"

Tobi saru… Pegasus!

(Vuela lejos… ¡Pegaso!)

[…]

– ¡Maestro Mykene! ¡No puedo dejar ir a Aria, si no…!

– ¡Amo Eden, concéntrese! ¡Aún tenemos dos enemigos en frente!

– ¡Pero…! Uf…

Ryuuhou y Souma eran quienes quedaban en pie ante el Santo de Oro de Leo, Mykene, y Eden, de Orión. Ambos estaban muy faltos de energía, Ryuuhou hace momentos se había desmayado pues su organismo no soportó tanto desgaste, mientras que Souma estalló el poder de su Cosmos interno, prácticamente estaban indefensos frente a tales enemigos, incluso aunque Mykene nunca se mostraba a la ofensiva totalmente, ni Eden tampoco podía, pues estaba muy herido, y su maestro lo retenía.

– Ryuuhou – llamó Souma –, tú conoces otra técnica Rozan… ¿Cierto?

– Sí… – dijo el Dragón tras pensarlo unos segundos y darse cuenta a qué se refería el Leoncillo –. Pero sería inútil, los Santos de Oro se mueven a la velocidad de la luz, nosotros…

– Solo a la velocidad del sonido – completó Souma –, pero eso si nos movemos solos, ¿qué pasaría si usamos nuestros Cosmos simultáneamente?

– ¿Simultáneo…? – Ryuuhou, aún abatido del sueño, intentaba dar conexión con la idea de su compañero – ¡Claro, doblaremos la velocidad! Pero no es suficiente, Souma… – Seguía con su tono pesimista.

– Tenemos que intentarlo, otra no nos queda, Mykene… ¿Eh? –se detuvo a sí mismo, al notar que algo extraño ocurría con Mykene – ¡Mira, Haruto lo logró! – Señaló alegre, al ver que en las plantas de los pies de Leo estaban clavadas las garras de Cosmos del Lobo.

– ¡Mykene no se puede mover! – agregó Ryuuhou, reparando en el rostro disconforme del Santo de Oro – ¡Hagámoslo ahora!

– ¡Aquí voy!

Souma saltó detrás del Dragón, colocó sus manos en las hombreras de su Cloth, y procedió a enfatizar su Cosmos con velocidad. Ryuuhou se preparaba, con el brazo izquierdo en alto, y el derecho retraído, la clásica pose de las técnicas Rozan.

– ¡Prepárate, Ryuuhou!

– Sí… Sí… – dijo con voz entrecortada, a Souma le sonó muy extraño.

– ¿Qué ocurre?

– Es… Toy bien… ¡Tú sigue! – La respiración se le aceleró muy velozmente, y Souma sentía el pecho del Dragón contrayéndose y relajándose con una constancia irregular y peligrosa.

– ¡No, Ryuuhou, se te destrozarán los pulmones!

– ¡Te dije…! – Deshizo la pose de lucha Rozan y atrapó las manos de Souma, aferrándolo hacia él aún más. – ¡Que sigas, Souma, es nuestra única oportunidad para vencerlos…! ¡YA!

– ¡Perdóname, Ryuuhou, pero trata de no morirte!

Souma salió disparado hacia atrás, expulsado por el gran Cosmos que Ryuuhou había acumulado, las auras verdes y naranjas se habían combinado en un gran cúmulo sobre la espalda del Dragón. El Leoncillo se asustó un poco al ver que el pecho de Ryuuhou estaba detenido, y no respiraba, sino que contenía el aire.

– ¡Mierda, mierda! – se espantó, salió en dirección a un inmóvil Ryuuhou. – ¡Respira, amigo, respira! ¡No te me mueras aquí…! ¡Demonios! – por el rabillo del ojo percibió un haz de luz que cruzaba por el aire, cuando quiso notarlo, Souma estaba con la vista en las nubes, y plantado contra el suelo, incapaz de moverse por una corriente eléctrica que le acalambraba los miembros.

– Ya fue suficiente… Amo, no podemos gastar más tiempo aquí – decía el ya liberado Mykene –. En especial usted, causará la ira de su padre. Debemos irnos ya

– De acuerdo, Mykene, me iré… – inesperadamente, Eden finalmente hizo caso al pedido de su maestro… En cierta manera – ¡Me iré a buscar a Aria! – Aún con el cuerpo y orgullo herido, intentó trotar en la dirección que percibía el Cosmos de la niña.

– ¡No, Amo E…! ¡¿Qué es eso?!

Mykene vio una refulgente luz que aparecía entre las oscuras nubes, y caía en dirección a donde Eden se dirigía, era rápida, y al parecer indetenible. Eden se volteó justo segundos antes que colisionara en el suelo, no dio crédito a lo que sus ojos vieron, aunque hubiese sido un instante casi efímero. Apenas atinó a cubrirse el rostro con las manos.

¡PEGASUS…!

– ¡EDEN!

Una cortina de humo se levantó junto con el impacto, Mykene tornó su vista hacia su discípulo, olvidándose de que Ryuuhou aún estaba frente a él.

Rozan Ryu Hi Sho!

(¡Dragón volador del Monte Rozan!)

El Dragón estaba envuelto en una gigantesca aura de Cosmos verde y anaranjada, casi doblando su cuerpo en estatura. Los ojos se le estaban tornando blancos al no poder respirar, la consciencia se le iba de a ratos. Sólo cuando vio a Mykene mirar hacia otro lado, sintió que su vista fue perfecta, sus pies, veloces, su corazón, fuerte, sus posibilidades, infinitas. Los ojos se le hundieron en la ardiente llama del suyo con el de Souma, mientras sus piernas daban cada paso, como si del último se tratase.

Para él todo se movía increíblemente lento, pero Mykene apenas sí vio el impresionante salto en largo de Ryuuhou, con su pierna derecha hacia delante, lanzándose así mismo como proyectil. Sobre los pies de Ryuuhou, vio como una silueta de un dragón verde claro lo llenaba hasta la punta de sus cabellos, dejando tras sí una estela anaranjada.

Estaba del otro lado cuando el aire entró en su boca de nuevo, cuando su garganta se llenó con el bendito oxígeno, tan pronto como lo soltaba a grandes bocanadas, se volvía a llenar los pulmones rápidamente, parecía que no hubiese respirado en años. Pero hasta allí había llegado, no podía moverse más, los ojos se le cerraban de nuevo, las pestañas largas le cerraban la vista, solo pudo mirar hacia atrás, y ver como el Santo de Oro estaba inmóvil, perplejo.

"Lo… Logré"se dijo antes de caer de bruces al suelo – "No, lo logramos…" agregó, con una sonrisa, para luego caer desplomado, inconsciente.

Mykene se hallaba perplejo por su lado, en realidad el ataque de Ryuuhou no le había hecho daño real, que le aquejara en alguna forma física. Pero dentro, muy por dentro, sentía como si un dragón bebé hubiese devorado su orgullo. Y había una marca, prueba del ataque: cruzando desde la línea del cuello, hasta la oreja, la patada había dejado extensas marcas de quemadura, la piel estaba rojiza, pues, al fin y al cabo, no dejaba de ser humano, darse cuenta que su cuerpo no dejaba de ser como el de otros hombres, aún cuando era de los más poderosos seres de la Tierra, le estaba resultando devastador, quedó humillado ante su Amo… ¡Su Amo! ¿Qué había ocurrido con él?

Se volteó a ver cómo un herido Eden se batallaba contra el Santo de Pegaso, Kouga, que había llegado desde el cielo como una estrella fugaz. Eden tenía atrapado el puño de Kouga con ambas palmas, impidiéndole a este avanzar.

– ¡Pegasus! – exclamó el Cazador – ¡¿Dónde está Aria?! ¡Dímelo!

– ¡Mejor que donde estaba! – Replicó Kouga que intentaba forzar las manos de Eden para que le abriesen paso a sus nudillos.

– ¡Bestia insolente! – Aunque gravemente herido, las cuerdas vocales de Eden eran fuertes como las de nadie – ¡Tú no comprendes que Aria es…! ¡Aria es Athena!

– ¡La Señorita Saori es Athena, no Aria, ella es una niña! – Kouga daba ligeros pasos hacia delante mientras hablaba, hasta que quedaban sus ojos café enfrentados a los ojos aguamarina de su oponente – ¡Y ustedes la tenían encerrada!

– ¡MIENTES! – Rugió Eden, que no se dejaba aplacar por las palabras de Kouga – ¡Aria es la luz a un nuevo mundo! ¡Aria es la verdadera Athena, que salvará a todos los humanos!

– ¡Aria ni siquiera sabe hablar! – Kouga empujó lo suficiente hasta que chocó su frente con la de Orión, ambos tenían los dientes apretados, con el ceño fruncido, una expresión de furia que chocaban como dos galaxias diferentes – La Señorita Saori… ¡Ella es Athena, yo lo sé!

– ¡Es una Athena que no sirve, no quiero servir a una diosa que solo piensa en ella!

– ¡Tú…! ¡No te atrevas a insultar a Athena!

Pegasus Senko Ken!

El puño centellante de Kouga fue directo en busca del mentón de Eden, pero este se zafó del agarre previo y desvió la izquierda de su rival con solo encender un poco su Cosmos en su mano derecha.

¡EN CADENA!

La mano opuesta de Kouga era ahora la que brillaba con gran potencia, el puñetazo buscó el abdomen izquierdo de Orión, pero terminó siendo contrarrestado por una sutil y veloz defensa con la mano izquierda, apenas Eden veía como ese destello se desvanecía, un tercero apareció en el puño izquierdo, y este no lo pudo detener. El estómago se le revolvió con la fuerza del golpe, y cometió el error de posar sus manos sobre la zona herida. Su mentón estaba al descubierto claramente, de hecho, todo su cuerpo lo estaba, Kouga, adivinando esto, apuntó un nuevo Senko Ken en la mandíbula de Eden lo hizo levantar apenas centímetros en el aire, y allí era la oportunidad final.

¡YO SOY SANTO DE ATHENA…!

El Cazador saboreó la asquerosa tierra húmeda, con un dolor en el pecho insufrible, interminable, que le destrozaba hasta el alma, estaba apenas consciente, intentaba levantarse, ayudado de las manos, pero simplemente los músculos no respondían, como si le hubiese paralizado el cerebro por unos momentos. Desde lo profundo del corazón, ladraba, rugía, se peleaba contra sí mismo porque sus piernas se parasen sobre su orgullo, y así defendiese su nombre, pues él a sí mismo se llamaba Santo de Athena, y se habría quitado un ojo para que sus pies le hicieran caso y se levantaran.

Kouga respiró aliviado al ver que Eden ya no podía moverse y plantar batalla, su victoria no fue suya, sino que cada puñetazo, de cada uno de sus camaradas, estaban detrás de él, la sangre que derramó Spear no fue en vano, si no hubiese sacrificado su vida para sólo dañar fuertemente a Eden, ninguno de sus amigos tal vez la estaría contando ahora mismo, y menos, él, el menos experimentado de todos.

No se quedó meditando sobre el tema demasiado tiempo, apenas se volteó vio que Mykene tenía los ojos azules, duros, clavados en él, con más incredulidad que hostilidad, su Amo derrotado, y el recibir un golpe tan duro por un simple Santo de Bronce… En sus ojos de glaciar, por dentro, se derretía en confusión y duda, duda de si era correcto lo que hacía, de si, aun cuando parecía haber demasiados sacrificios, estos valían la pena como creían hasta entonces, ¿valían la pena? Entonces, ¿cómo sus enemigos demostraban tanta voluntad para ganar? ¿Habrá algo mal…? ¿Una equivocación…?

Las mentes de ambos Santos fueron interrumpidas cuando oyeron el ominoso silbar del viento, un viento que ya habían oído alguna vez, y lo conocían, sabían quién se acercaba. Las nubes se tornaron rojas carmesí, rodeadas de gran oscuridad. De la torre de Babel, vio como en la punta un pequeño brillo naranja salió disparado al cielo, y luego caía, disperso en varios haces de luz sobre la cumbre de la torre. Kouga se confundió entre el miedo y la valentía cuando vio como una gigantesca flama se manifestaba en el cielo, las piernas no le funcionaban, pero sus ojos admiraban el fuego con ira, la sangre se le enfebrecía, ardiendo en deseos de furia, las venas estaban a punto de estallarle. Pero no, el cuerpo no se movía.

– ¡M–Mi Lord…! – dijo Mykene, sorprendido, mientras ponía la rodilla en tierra, y miraba al suelo, por el rabillo del ojo, vio que Eden, aunque derrotado, intentaba mirar la misma escena.

Kouga, impotente a la situación, solo pudo ver como las llamas se disiparon. La gran capa roja ondeaba en los vientos aciagos, que traían en sus alas sangre, muerte, y mucho, mucho dolor en el interior. Los ojos carmesí brillaron entre los cuernos de oro, que ocultaban con una máscara de poder, un alma que se desintegraba en furia, dolor y confusión. El Pegaso solo veía en su mente esas aterradoras imágenes que siempre quiso que fuesen pesadilla, pero eran reales, él estaba ahí, frente a él, nuevamente, pero nada podía hacer…

"M–Mars…"