Capítulo 28: Ajusticiamiento
Al día siguiente, me desperté mucho antes de que la alarma sonara. La tenue luz azulina que rodeaba el techo era suficiente en ese momento de silencio. Estaba boca arriba, un poco torcido hacia la izquierda, donde Elena dormía recostaba entre mi pecho y mi hombro. Su mano agarraba la mía, fuerte.
Estaba teniendo una pesadilla, lo intuía. Estaba rígida y leves espasmos recorrían su cuerpo de vez en cuando. A veces soltaba un pequeño gemido, y amenazaba seriamente con despertar. Pero nunca lo hizo. Simplemente se removía y se quejaba, pero sus ojos seguían cerrados. Mi mano libre le acariciaba el brazo, el costado; y mis labios besaban una y otra vez su cabeza, su sien. Mis labios susurraban palabras tranquilizadoras.
Hasta que Elena despertó. Se levantó unos cuantos centímetros sobre mi pecho, mirando a su alrededor. Parecía desorientada, y con el miedo aún metido en el cuerpo.
-Shh, shh… sólo ha sido un sueño, ¿uhm? –le dije, bajito, para no asustarla.
-¿Davo? –masculló lastimosamente.
-Ven aquí, princesa –la atraje hacia mí, sobre mi pecho. Elena se abrazó a mí como pudo, estaba temblando-. Cierra los ojos, tranquilízate. Respira –susurraba, mientras la mantenía segura entre mis brazos-. Estás a salvo, princesa.
Durante un rato, lo único que se oía era la respiración acelerada de Elena, y mis arrullos. El latido de su corazón, y el suave aleteo de mis manos sobre su espalda. Los incontables besos sobre su frente. Pero luego todo se calmó.
-Estaba soñando contigo… y conmigo –se aventuró a decir, con voz trémula-. ¿Sabes esa sensación de correr detrás de algo, y no poder alcanzarlo? –bajé la mirada, claro que lo sabía. Prácticamente todos mis sueños eran así: yo, corriendo, buscando, protegiendo a alguien. Pero nunca lo conseguía. No quería que ella lo supiera, aunque se lo imaginase, así que sólo asentí-. Estábamos en casa…
A las siete en punto, la alarma sonó. En ese tiempo Elena se había vuelto a dormir, aunque su sueño no era tan pesado como el anterior.
Hoy ejecutaban a Snow. Así que todos los Vencedores que quedásemos vivos estábamos obligados a ir, aunque no quisiéramos; e incluso se nos reservaba un asiento de honor. Oh, qué bien, genial.
El ajusticiamiento no tendría lugar hasta mediodía, así que teníamos toda la mañana libre. Me vestí sencillo, una camiseta de algodón gris, una chaqueta y pantalones negros, además de las botas. Me paseé por casi todo el Distrito, hasta llegar al Hospital. Jon todavía estaba allí, despierto y estable. Estuve durante casi media hora, y luego volví a vagabundear por el Distrito, todo lo que me permitía la pierna, claro.
Me pasé por la cocina, robé un par de paquetes de galletas saladas de esas que repartían en el desayuno, y volví al compartimento. Elena seguía allí, sentada en el escritorio, concentrada en algún dibujo que yo no tenía derecho a ver.
Me acerqué sigilosamente, y le di un beso rápido en la curva del cuello y el hombro. Elena se sobresaltó.
-¡Pero qué…! –se dio la vuelta, asustada y con mano en el pecho; un leve fruncimiento de cejas y un pésimo intento de parecer enfadada. Pero pronto mi risa la contagió, y me dio un leve golpe en el pecho-. Qué tonto eres…
Pasamos juntos minutos, horas… había vuelto a perder la noción del tiempo. Fue Caleb, quien vestido con su uniforme militar, llamó a la puerta y nos sacó de nuestro pequeño mundo.
Sentí una especie de pulso dentro de la cabeza, de esos que te avisan para que hagas algo para evitar una pequeña catástrofe. Pasé la mirada por toda la habitación, pero nada me llamaba la atención. A lo lejos, Elena me apremiaba.
-¿Quieres que te ayude? –inquirió, acercándose y cogiendo una de las muletas, extendiendo el brazo derecho.
Negué con la cabeza.
-No, sólo ha sido un pequeño mareo, estoy bien –respondí, con la mejor pose que pude reunir-. Adelántate con Caleb, ya os alcanzaré luego.
No parecía muy convencida, sin embargo, se agachó y me dio un casto beso en los labios. Me quedé sentado en la cama hasta que vi cómo Elena y Caleb se perdían por el pasillo.
Entonces rebusqué en los cajones, hasta que encontré, escondido bajo un alijo de ropa limpia, aséptica y gris, un abrecartas con forma de pluma. Curioso que fuese un regalo del mismísimo Presidente Snow.
Me lo guardé en el bolsillo interno de la chaqueta, me levanté y cogí las muletas. Salí de la habitación con destino al centro del Distrito; una especie de ágora donde confluían casi todas las calles principales y se agolpaban los principales edificios. Casi todo el Distrito estaba allí; había cámaras y grandes pantallas. Snow estaba en un palco, atado y con un precioso traje blanco, igual que la rosa. Katniss llevaba el arco que Beetee había hecho para ella y una única flecha. A su lado, impasible pero con un deseo enorme de ver a Snow muerto, estaba Coin; y detrás, Plutarch y Cyril.
El resto de Vencedores estaba en una tribuna, un poco más alejados que aquellos tres privilegiados. Vi a Enobaria, que parecía que simplemente estaba de paso; Beetee, que jugaba nerviosamente con sus gafas; Annie, con las manos sobre su vientre, que hacía poco había empezado a abultarse; Johanna, que se entretenía diciéndole algo a Caleb, quien estaba un par de pasos por detrás de ella; Elena, cuyos brazos protegían a una asustada Elizabeth; Peeta, que todavía llevaba las esposas en las muñecas; Gale, serio, acompañando a la señora Everdeen. Parecía cómo si fuese un homenaje para los Vencedores, a pesar de ser una pequeña masacre de la que seríamos espectadores de lujo.
Afortunadamente el Distrito tenía ascensores casi en cada esquina. Me subí en uno de ellos, y me acerqué al lugar de la tribuna donde me correspondía.
-Creía que te habías perdido por los callejones del Distrito, Davo –susurró Johanna en mi oído; la miré con el ceño fruncido y ella sólo sonrió.
-La próxima vez vienes tú a buscarme, ¿quieres? –ataqué, aunque en realidad echaba de menos sus sarcasmos.
Coin se levantó de la silla donde estaba sentada, y todo el mundo calló. Las cámaras la enfocaron, y comenzó a recitar una larga serie de delitos, asesinatos y traiciones cometidas por Snow. Podía ver a través de sus palabras, el odio tan profundo que le profesaba, la ira corriendo por sus venas y el aura de victoria que casi tenía en sus manos. Tras acabar, le cedió todo el protagonismo a Katniss.
La chica, embutida en su majestuoso traje de Sinsajo, abrió el arco y colocó la flecha. Tensó la cuerda, y en ese instante Snow susurró algo; algo que tan sólo Katniss fue capaz de oír.
"Ay, mi querida señorita Everdeen, creía que habíamos acordado no volver a mentirnos", leí en los labios de Snow.
Durante unos segundos de tortuoso silencio, el tiempo se congeló. Snow sonreía, orgulloso y muy seguro de sí mismo; Coin acariciaba el poder absoluto, todo lo que siempre había aspirado y más; Katniss dudaba, la flecha seguía intacta sobre el arco; el resto esperaba, un silencio atronador. Y cuando el reloj volvió a moverse, el Sinsajo se dio media vuelta y dejó volar la flecha al pecho de Coin.
El impacto le dio de lleno, golpeándola hacia atrás y dejándola caer del palco, impactando el cuerpo, ahora inerte, en el suelo del ágora.
