-Magos, brujas -dijo Albert, tomando aliento-, lo primero que deberíamos hacer ahora que estamos reunidos es establecer un curso de acción -les dedicó una mirada general. No le gustaba mucho ejercer de portavoz general, pero alguien tenía que hacerlo y él era el de más edad, así que…-. Todos los presentes tenemos claro que, aunque haya caído el Ministerio, vamos a continuar con la guerra contra el Señor Oscuro, ¿no es así?
El grupo al completo asintió, algunos con seguridad, otros, como Judith, con aire fanático, y por último algunos inseguros y temerosos, pero resueltos, como Nadja y Evan. León, sombrío, les observaba apoyado en la pared con aire indescifrable, atento. En su inmensa manaza, la taza king-size de café parecía perderse. El aroma de la bebida lo impregnaba todo.
-Tenemos que seguir luchando, no hay otra salida -dijo Judith, con la mirada iluminada y obsesiva. Las ojeras parecían profundizar aún más aquel gesto suyo de depredador al acecho-. No se pueden dejar las cosas así -añadió, tajante.
-Por mi parte, desde luego -gruñó Sam-. Si no lucho, me terminaré convirtiendo en el títere más feo de la historia.
Nadja les observó uno a uno. Parecía indecisa y asustada. Albert reconoció que, en su caso, debía ser complicado enfrentarse a toda aquella situación. No estaba entrenada para ello, sólo era una encargada de papeleo… Y sin embargo lo estaba llevando bien, dentro de lo que cabía. La mujer murmuró con su voz tranquila, quizás algo más cansada de lo que era habitual:
-Soy de familia muggle. Me matarían en cuanto tuviesen la oportunidad si se me ocurriese la idea de volver al Ministerio. Lucharé si es necesario… -se giró y contempló a Evan unos segundos, antes de añadir, ceñuda-. Pero, ¿y él? A la hora de la pelea ya ha demostrado cuál es su utilidad -recordó cómo, pese a su histeria momentánea, había sido ella quien había establecido los escudos secundarios de forma instintiva, por si los de la auror que defendía su huída fallaban. Evan apenas había hecho nada, excepto encogerse y huir…
-¡Eh! -exclamó el analista, ofendido-. ¡Yo puedo con cualquier mortífago! ¡Seguro que corro más que ellos!
Se hizo un silencio breve tras aquel exabrupto. Luego se oyó un exasperado:
-¡Evan…!
Nadja alzó la vista al techo, con aire de mártir. Albert tuvo que contener la risa, que brotó en un resoplido peculiar, entre divertido y molesto por la salida de tono del joven rubio.
-Calma, magos y brujas -carraspeó, aclarándose la garganta-. No creo que sea el momento de desacreditar a ninguno de los aquí presentes. Todos somos profesionales. Todos tenemos nuestras propias habilidades, si no en combate -miró brevemente a Nadja y a Evan-, sí en otros terrenos. Por tanto, centrémonos en lo que sí podemos hacer. Señores, estamos planeando una contra-revolución. Todos sabemos, o suponemos, que va a comenzar el acoso a los nacidos de muggle. Parece lo obvio, teniendo en cuenta qué facción está ahora manejando los hilos… Una de nuestras prioridades tendrá que ser poner a buen recaudo a aquellos que el nuevo orden persiga. ¿Qué propuestas tenemos? -miró hacia Sam, Judith y Evan, los tres que mayor contacto tenían con el mundo muggle, por lo que él sabía. El analista se encogió ligeramente de hombros y miró a sus dos compañeros. Fue Sam quién tomó la palabra.
-Si todo va como debe, tendremos infiltrados en el poder. De ellos obtendremos la información necesaria para evitar en parte las capturas -comentó, mirando a Nadja y Evan, que no habían oído la explicación que diera en la cocina a Judith antes del incidente. Sus ojos plateados parecieron relucir a la luz tamizada que se colaba entre las cortinas. Los cerró un instante, antes de proseguir-. Lo que debemos decidir es, ¿qué hacemos para proteger a estas personas?
-Lo más sencillo sería sacarlos del país -comentó Evan-, preferentemente por medios no-mágicos. Para ello, Sam, tendrías que hablar con tus amigos muggles… Judith, ¿a quién tienes tú por ahí?
-Espera -interrumpió la rubia-. ¿Qué hay de los que quieran luchar? -la mujer parecía erizada ante la idea de la huída, como si fuese algo que le hubiesen propuesto a ella y la indignase profundamente… Benditos Gryffindor, pensó Albert entre divertido y exasperado. Todo lo tenían que convertir en una cruzada personal-. Habrá que proporcionarles cobertura de algún tipo, y para eso no podemos contar con los muggles. Sería un suicidio para los que se quedasen…
-Puedo hablar con mi familia y amigos -dijo Albert serio, sopesando planes-. Conozco a varios Sangre Limpia que quedarán fuera de toda sospecha, pero que…
-¡Un segundo! -cortó Sam-. Hay una cosa que debemos aclarar, antes de nada, ¿qué tipo de comunicaciones vamos a establecer entre los distintos… "comandos", por llamarles de alguna forma? Es obvio que no podemos hablar por Flu, puesto que el Ministerio domina ese canal… Y lo mismo vale para los talismanes, además de que su alcance es limitado. Los móviles, en cambio -miró a Ethan y Albert, que parecían confusos ante el nombre muggle: Ethan pensativo y abstraído, intentando planificar mientras las informaciones llovían, Albert tratando de mantener una cierta apariencia de orden en la reunión-, los móviles serían la opción perfecta si nos movemos por Londres… pero si vamos a lugares mágicos, la magia intensa crea interferencias…
-Sí, no hay quien vea la televisión cuando Leo empieza a hacer sus hocus pocus -masculló Irian, llegando con una nueva bandeja de tés y cafés para todos-. Luego hablan del progreso en el mundo mágico…
-Eh, hemos llegado al vapor -protestó Evan. Ambos jóvenes se ganaron una mirada reprobadora del auror más mayor. El rubio se encogió un poco y musitó una disculpa, mientras que Irian le guiñó un ojo a Albert con tal desvergüenza que el hombre se quedó unos segundos parpadeando desconcertado. La criatura aprovechó para intervenir de nuevo:
-¿Habéis pensado en aprovechar precisamente eso? La mayoría de magos no tienen ni puta idea… y me vais a disculpar… de qué narices es, por ejemplo, un ordenador. Podríais establecer listas de correo, con cuentas de correo gratuitas, anónimas… No sería de contacto inmediato en caso de estar en zonas de magia activa, pero si la lista se actualiza cada día, las noticias llegarían a todos en un lapso razonable de tiempo. Al que no le lleguen directamente porque está por los montes como las cabras… sí, Leo, no me mires así, me refiero también a los poblados mágicos, deja de fruncir tanto el ceño, te va a dar una úlcera… se puede pasar por un café internet al llegar a Londres, o incluso pedir un servicio de envío de mails al móvil para el que se mueva más…
-Creo que no he entendido nada -musitó Ethan, anonadado. Albert se resistió a estar de acuerdo con él, aunque él tampoco estaba muy seguro de qué estaba tratando la muchacha de cabellos plateados. Sin embargo, tenía al menos una vaga idea de lo que estaban hablando: su ex novia, la cantante Ray, había tenido una etapa de cyber-adicta que había dejado su impronta, sobre todo en forma de peleas entre ambos.
-…Este sistema tendría la ventaja de que, desde un café, los mails son anónimos y nadie podría localizar a los informadores. Eso si los mortis deciden sacarse la cabeza del culo y enterarse por fin de que estamos en el siglo XXI, claro… -añadió con la risilla despectiva del que tiene por la mano un tema que a otros les resulta tan arcano como leer chino.
-Apoyarse en los recursos muggles puede ser una salida excelente -murmuró Albert, confuso todavía-. Sin embargo, requeriría una cierta formación…
-No necesariamente -intervino Evan-. Si nos emparejamos los nacidos muggle con los hijos de familias mágicas, creo que podríamos equilibrar recursos…
-Es una excelente forma de pasarles la mano por la cara -asintió Sam, convencido.
-De todas formas, creo que sería apropiado que los nacidos muggle enseñasen las bases de toda esta ciencia a los demás -intervino por primera vez Ethan. Le daba pánico la idea de tener que aprender todo un nuevo sistema de comunicaciones, pero no podía negar que la idea, lo poco que había entendido de ella, parecía buena. Así que si tenían que hacerlo, había que hacerlo bien…
-Uhm… Ahí entramos en otro tema que habría que debatir -comentó Sam, pensativo-. ¿Hasta que punto ponemos en común recursos, contactos e información…? Todos tenemos propios y vamos a tener que usarlos… Pero la cuestión es: ¿debemos conocer los de los demás…? En caso de que hagan prisionero a uno de nosotros, lo más seguro para todos sería que no conociese quiénes son los contactos de los demás, por ejemplo…
-Eso está muy bien -cortó Judith, anticipándose a Albert que iba a tomar la palabra. El mago mayor la miró un segundo frunciendo el ceño, y luego la dejó hablar-, pero nos aporta un problema adicional: si uno de nosotros cae, todos sus colaboradores caen con él y se pierden. Aunque los mortífagos no se hagan con la información, hemos perdido toda una rama de esta organización.
-Lo adecuado, quizás, sería que cada uno conozca a uno, y sólo uno, de los contactos de los demás -corroboró Ethan, satisfecho de poder aportar algo a aquella conversación. La rubia le miró y le dedicó una sonrisa fiera, asintiendo-. Así, en caso de captura, se puede dar una alarma generalizada y reorganizarnos de nuevo… Sería más racional como sistema, y permite proteger a posibles víctimas.
-Yo que iba a proponer el sistema piramidal de células de tres -gruñó Sam. Por un segundo, volvió a ser el mismo del Ministerio, pese a las uñas como garras y los ojos plateados-. ¿Soy el único aquí que ha leído a Heinlein…?
-Te olvidas de una cosa, Sam -bromeó Evan-. No disponemos de Mike, y aunque lo parezca, no estamos en la luna.
Llegado a este punto, todos los demás los miraron sin entender. Todos salvo Irian, que empezó a reírse a carcajadas, de forma muy poco femenina. Albert frunció un poco el ceño, pensando si tendría que llamar al orden de nuevo al grupo…
-Señor, señor… -murmuró Judith-. Tú los crías, y los frikis se juntan…
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Ethan no podía volver a su hogar. No de forma normal, al menos. Pero por supuesto, ser animago ayudaba a sortear una posible vigilancia…
Peter alzó la vista del libro que tenía sobre las rodillas y del que no había pasado ni una página desde que lo abriera. Vio posarse junto a su ventana a una hermosa águila real, que golpeó el vidrio con el pico, como pidiendo paso con cortesía. Abrió las contraventanas mientras el ave se recolocaba las plumas pacientemente. Cuando le hubo dejado paso, el animal penetró en el cuarto y tomó forma humana.
-¡Ethan…!
-Sh -su tío alzó la mano, pidiendo silencio. Escuchó unos instantes, inclinando la cabeza a un lado, y luego miró hacia fuera escrutando la noche. Cuando todo le pareció en orden, se volvió hacia su sobrino-. Peter, escúchame con atención. El Ministerio ha caído. No sé durante cuánto tiempo seguirá siendo segura la casa… De momento parece que las defensas siguen en su sitio -musitó entre dientes-. Las medidas de seguridad aguantarán visitas indeseadas… pero tú no puedes atrincherarte sin salir. Y cuando estés en tránsito serás vulnerable… nada de Flu para comunicarse tampoco. Quiero que recojas tus cosas, sólo lo esencial… y luego buscaremos dónde…
-Iré con Lancelot -interrumpió Peter-. No, escúchame -dijo al ver que su tío abría la boca de nuevo-. Tengo que avisarle, su padre es muggle. Podemos mudarnos juntos. Es mi amigo -añadió con fiereza-. No pienso dejarle en la estacada mientras yo corro a ponerme a salvo.
Ethan le contempló con una mezcla de orgullo y preocupación; sin embargo, la aprobación venció al final. Sin duda un Hufflepuff era la persona más indicada para comprender la lealtad. Asintió.
-Muy bien. Te acompañaré a su casa, y luego…
-Lo siento.
-¿Cómo…? -el hombre le miró asombrado unos segundos. Luego la comprensión y la vergüenza nublaron brevemente sus ojos. Entre ellos había una importante conversación pendiente… pero aquel no era el momento apropiado. Palmeó el hombro del chico, incómodo-. Yo también lo siento -dijo, simplemente.
El adolescente asintió, sin preguntarle por qué se disculpaba. Fue a recoger sus cosas sin discutir más.
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Cuando llamaron a la puerta, Gabrielle adivinó que se trataría de su vecina prófuga. Hervía de indignación: prácticamente tres días sin noticias, preguntándole al portero si la había visto pasar porque no había otra forma de obtener información sobre ella. La había dejado plantada en el gimnasio y el footing matinal. Tomó aliento, más que dispuesta a darle la bronca en cuanto la viese.
Cuál no sería su sorpresa al encontrarse, en lugar de Judith, a un muchacho rubio y flacucho, algo encorvado. La mujer enarcó una ceja.
-¿Sí?
-Buenos días. ¿Gabrielle Shepherd? Soy Evan Lilithen, no sé si Jude te habrá hablado de mí… -la mujer asintió, recordando vagamente algunos exabruptos de la hosca rubia referidos a su "hermanito"… Pero no recordaba haber visto nunca ninguna foto del muchacho en cuestión. Curioso… Le miró intentando descifrar el por qué de su presencia aquí-. ¡Menos mal! Verás… Judith no va a poder aparecer por aquí en unos días, ha tenido un encontronazo durante el trabajo y le sigue gente poco recomendable… -sonrió, evitando cualquier pregunta que pudiese hacer la mujer sobre dicho trabajo. Gabrielle suspiró, sabiendo que no habría forma de sonsacar ni media palabra sobre el tema si es que el joven se parecía en algo a su hermana adoptiva. Le miró con cierto escepticismo. Evan rebuscó en los bolsillos y le tendió finalmente un papel algo arrugado-. Su móvil. Por si quisieras hablar con ella…
-Creía que no tenía…
-Es nuevo -el chico volvió a sonreír. Era un gesto extraño, casi forzado, como si no estuviese acostumbrado a tales expresiones. Por algún motivo, eso le recordaba a Judith y despejaba cualquier sospecha que la mujer hubiese podido tener. Contempló al chico, que añadió-. Creo que me estoy dejando algo… ¡ah, sí! Me pidió que te ocuparas de Shura. Ah, y que no entres en su casa por si los tipejos que la buscan pasaran por aquí… con que lo llames desde la puerta bastará. Dijo que… -frunció el ceño, intentando recordar-. ¿Malaquías? -Gabrielle asintió-. ¡Eso! Vaya nombrecito… perdone, señora… me dijo que Malaquías le había dicho en otras ocasiones que lo pasearía, y que se lo recuerde… Espero que no le represente mucho problema -añadió, como si la idea se le hubiese ocurrido de golpe, como si todo lo que le acababa de decir fuese completamente normal.
Gabrielle ya no tenía ni la más mínima duda de la identidad del joven. Era igual de torpe en sus relaciones que Judith… no podía ser otra persona que quien decía ser. Respiró hondo, se preguntó durante una décima de segundo si gritarle o no, y finalmente dijo en un tono relativamente normal:
-Vale… Ahora que ya me has dicho que tengo que ejercer de niñera para perros, ¿quieres pasar a tomar un café o te ha gustado mi puerta tanto que no podías ni esperar a entrar…?
-Oh -Evan parpadeó, indeciso-. Bueno, pero rápido… es que el perro se va a volver loco si no, lleva desde ayer sin salir, ahora que lo pienso…
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La inmensa mansión parecía empequeñecer las figuras de los dos aurores que se apostaban bajo su alero. Judith se ajustó la capa, contemplando los góticos ventanales con gesto indescifrable, antes de volverse hacia el hombre más mayor.
-¿Estás seguro de que son de fiar…? -inquirió, con evidente paranoia.
-Relájate -repuso Albert, algo impaciente-. Conozco a mi familia. Nos ayudarán -alzó la mano nudosa, de venas marcadas, y llamó sin dudar.
Esperaron juntos, en silencio. No parecía haber mucho más que decir.
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NdA: Obviamente, Judith no tenía fotos a la vista… porque las únicas de las que dispone o son del orfanato, o fotos mágicas y que no va a dejar que un muggle vea, por mucha confianza que le tenga xD
En el próximo episodio, salto temporal de unas pocas semanas… Más que nada porque como siga paso a paso toda la organización de la resistencia os podéis quedar dormidos, y yo también. Creo que con las ideas que hay en este episodio ya se ve por dónde van las cosas, y a buen entendedor con media palabra…
En nada, persecuciones, líos en el Ministerio, intrigas… ahora estamos en el otro lado de la barrera con los personajes. Ah, y empezará el curso en Hogwarts… para sobresalto de Peter y Lans, que van a tener que ir aunque pretendan fugarse… Y más cosas.
