Capítulo 28: Despedida
–Veinticuatro negro–informo Allen, señalando el lugar en la mesa de la ruleta; miro a Road a los ojos y se acarició el bigote blanco que se volvió a colocar en el ascensor–. ¿Qué opinas, querida? ¿No te parece que el 24 es el de la suerte para ti?
–No sé. ¿Esta 24 en alguno de nuestros cumpleaños o números telefónicos?
–No. Pero si divides 327.115,2 entre 13.629,8 te da exactamente 24. Opino que debemos jugarlo.
Road contuvo una sonrisa. El pobre repartidor ya había dejado hacía mucho tiempo de contestar las divagaciones de Allen. Los miro, mudo.
– ¿Cuánto? –inquirió Road.
–Todo–respondió Allen.
–Se lo dije, hay un límite de mil dólares–advirtió el repartidor, metió la bolita de acero bajo el borde de la rueda y la puso a girar.
–Eso es correcto, joven. Lo olvide. No soy bueno con los números. Diez mil es una cantidad muy grande–comento Allen, mirándola con ojos centelleantes y una sonrisa maliciosa.
Según lo planeado, había perdido a propósito muchas apuestas, pero las fichas crecían constantemente.
– ¿Mil entonces? –pregunto levantando una ceja.
–Eso significa que si la bolita va a dar en el 24 negro, ¿Cuánto ganaremos? –pregunto ella, sabiéndolo bien.
–Treinta y cinco, creo.
–Hagámoslo–considero ella al tiempo que deslizaba una ficha de mil dólares sobre el sitio, y guiñaba un ojo a Allen.
Una multitud de siete u ocho espectadores se reunió detrás de ellos, atisbando por sobre sus hombros mientras la bolita disminuía la velocidad hasta avanzar lentamente, y caer en la rueda, rebotar un zanco, y quedar vibrando dentro del pequeño espacio. 24. Alguien lanzo un grito ahogado.
– ¡Ganamos! –exclamo Road, levantando los brazos.
Ella puso los brazos alrededor del cuello de Allen y lo beso en la mejilla.
–Sí, así parece. Ganamos. Seré un sapo sentado en una banca en el fondo de la charca.
Allen estiro la mano y atrajo un elevado número de fichas negras, cada una marcada con $ 1000 en dorado. Le lanzo una de ellas al repartidor.
–Eso es para usted joven. Hoy es nuestro día de suerte.
Las fichas valían tanto como el dinero en las Vegas.
–Gracias –contesto el joven repartidor parpadeando, mirando al encargado y metiendo la propina al bolsillo.
Allen agacho la cabeza y sonrió con timidez.
– ¿Qué número, cariño?
Road no se había sentido tan atrevida y emocionada en toda su vida, fingiendo ser la ilusa amante de Allen, y mirando sus brillantes ojos azules con tonalidades grises. Se encontraban sentados debajo de las cámaras que, según Allen, estaban instaladas en todos los domos negros encima de ellos, ganando a su voluntad y haciéndolo sin romper ninguna regla. Podían ganar millones si hacían las apuestas correctas. Un hombre como Allen no sería pobre.
Este juego de la ruleta era fundamental. Allen tenía otro plan reservado. Inicialmente había calculado que necesitarían más de un millón, pero en el ascensor le dijo a Road que necesitaban menos. Algo había cambiado, pero el no quiso contárselo. Sería una sorpresa.
–No sé–respondió ella con un suspiro, fingiendo renuencia–. Tal vez deberíamos detenernos mientras vayamos ganando.
–Estamos en una buena racha–objeto el–. Opino que apostemos de nuevo.
–Bien. Hazlo.
–Yo diría once–anuncio él.
– ¿Es parte de nuestros cumpleaños?
–No. Pero si divides 24, el número de suerte, por 2,1818181818 al infinito, obtienes 11.
Ella hizo una pausa. Sabía que la familiaridad de el con los números no era parte de su habilidad de ver en el futuro. El sencillamente tenía esa clase de mente…pero el piano…
–entonces debe ser once.
Allen estiro la mano a las fichas, y su mano se detuvo a poca distancia de estas. Temblaba.
Road levanto la mirada hacia él y vio inquietud atravesándole el rostro. Ella se había acostumbrado a los cambiantes estados de ánimo de Allen, y esta vez lo tomo con calma.
– ¿No? Quizás once no sea la mejor elección.
–No. Creo que se acaba de ir nuestra suerte.
Allen recogió las fichas, más de cincuenta, y se puso de pie.
–El resto es suyo, joven–anuncio, y se volvió a Road–. Vamos.
Se fueron de la mesa, dejando a un atónito grupo de espectadores.
– ¿Qué pasa? –indago Road con la mayor tranquilidad.
–Cross está aquí.
– ¿Cross? –Comento ella; a pesar que el corazón le latía con fuerza–. Entonces debemos irnos ¿No?, ¿Acaso no lo viste venir?
–No. No, parece que nos ha hecho una jugarreta–informo Allen, luego una sonrisa se dibujó en su rostro–. Muy listo.
– ¿A dónde iremos? Tenemos que salir de aquí no regresare a…
–No podemos salir. Aún no. Además, las salidas fueron bloqueadas hace más de diez minutos.
–Pero tu vez una salida.
–Sí y no.
– ¿Qué se supone que significa eso, si y no? Me estas colocando nerviosa. ¡Debemos salir ahora!
–No podemos. Aún no. Lo que haremos será terminar lo que empezamos aquí. Es hora del rock and roll.
Tikky se alojó en el hotel Tropicana, porque allí es donde estaba Skin. Es más a tres puertas por el pasillo. Como un reloj, Skin hacia sus llamadas al general, con más frustración cada hora. Aun recibía información de Cross, pero llenas de tonterías sin importancia. Skin estaba seguro de que Cross ocultaba información, y con seguridad la retenía pero todo esto tenía que ver con la clarividencia de Allen que era obvio que tenía.
Sea como sea, todos estaban llegando a las vegas; Skin se jugaba su reputación en ello. Tikky conocía todo movimiento de Skin, lo cual significaba los movimientos de Cross y que al menos Cross conocía los de Allen. La espera en esta caja encima del equipo había sido enloquecedora, pero eso cambio unas horas atrás cuando Cross aterrizo.
–No me gusta esto–comento Kanda.
Tikky se recostó sobre el mueble de cuero negro, con un cigarrillo en sus manos. Mientras el rastreador de ondas yacía sobre la mesa. Durante dos días habían escuchado los informes policiacos de tráfico. La ciudad era una alcantarilla llena de ladrones y prostitutas. Un día, en mejores circunstancias, el volvería.
Skin vivía porque Tikky necesitaba su información. Pero la persecución se estaba alargando; él no podía arriesgar más la interferencia de Skin. Tal vez la vida de Tikky sería más fácil si Cross se encarga de la custodia de la chica. Sin Skin para devolverla a Arabia, el departamento de estado tendría que hacer otros arreglos. Hasta una corta demora le daría tiempo a Tikky. Si debía hacerlo, mataría a Cross y se llevaría a Road. De cualquier modo, Tikky estaba donde quería estar.
–siéntate, Kanda– le ordeno.
–Tsk–refunfuño el samurái.
Kanda fue a la cocina la radio chirriaba con interminable juerga policiaca. Los americanos estaban concentrados en el crimen. Unas cuantas leyes buenas cambiarían eso. El islam podía cambiar,..
– ¡Comprendido! Ahora mismo tenemos a Cross Marian con la ASN…
Tikky miro la radio.
–ETA Caesars Palace, 15 minutos. Tenemos un hombre y una mujer, posibles fugitivos. Volveré a llamar en veinte. Fuera.
– ¡Son ellos! –exclamo Kanda corriendo desde la cocina. –. Son ellos.
Tikky tomo su bolsa.
–Skin primero–ordeno.
El Caesars Palace estaba a una cuadra al norte, pero era un desafío entrar y salir rápidamente de estos enormes hoteles. Kanda lo paso corriendo y entro al pasillo vacío, en su mano tenía una 9 mm modelo USP negra. Camino hacia el cuarto de Skin, pero la puerta se abrió antes de que la tocara.
Skin acababa de entrar al pasillo cuando la primera bala de Kanda le dio en la cabeza y lo lanzo contra el marco de la puerta. Miro con los ojos abiertos por un instante, luego cayó al suelo. Un estorbo menos para Tikky.
Sin decir una palabra, Alma y Kanda metieron a rastras el cuerpo en el cuarto de hotel, limpiaron la sangre del marco, y cerraron la puerta.
–Al Caesars Palace–ordeno Tikky–. Debemos apurarnos.
Prácticamente corrieron las mesas, esquivando jugadores como si estuvieran en una carrera. Road perdió su orientación, pero Allen parecía saber dónde estaba exactamente a donde se dirigía.
Entraron de sopetón en un salón donde había veinte jugadores, la mayoría caballeros, sentados o de pie alrededor de varias mesas. Había dos hombres en los rincones, con los brazos cruzados, supervisando la acción. Estos no eran los típicos jugadores.
Allen echo un vistazo al salón. Todos los jugadores los observaron.
–Me gustaría apostar–exclamo Allen en voz alta.
Nadie respondió. El hombre barbado del rincón derecho que parecía tener el poder de romperle el cuello a Allen con un solo golpe, bajo los brazos y camino hacia ellos.
–Una apuesta–pidió Allen–. Y luego les dejare sus jueguitos.
El tipo gordo sonrió.
–Lo siento–señalo el guardia–. Este salón está reservado solo para invitados. Ustedes deben salir.
Allen no le hizo caso
–Tengo 50.000 dólares en fichas–manifestó, levantando las manos llenas para que todos las vieran–. Estoy dispuesto a entregar esto por cualquier apuesta que alguien quiera hacerme.
–Usted tendrá que salir ahora, señor.
–Espera Goushi. No seamos tan acelerados–opino un hombre rubio con ojos verdes delgado con cabello rubio alisado, acercándose y estirando una mano–. Mi nombre es Tokusa.
–Hola, Tokusa. Yo sería educado si tuviera menos fichas.
El hombre lo miro con una sonrisa y luego asintió a uno de los repartidores, quien levanto cinco fichas doradas.
– ¿Cincuenta?
–Cuéntelas.
–Seguro.
Esto ocasiono algunas risas. El repartidor agarro las cincuenta fichas de Allen y le dio las cinco fichas doradas. Allen estrecho la mano de Tokusa.
– ¿Qué clase de apuesta tiene en mente? –indago el hombre.
–Una apuesta interesante. Ahora tengo cinco fichas que valen diez mil dólares cada una, y necesito salir con cincuenta igual en cinco minutos. Temo que es todo el tiempo del que dispongo.
A pesar de la urgencia en la voz de Allen, lo menos que Road pudo hacer fue Reír. El tipo hizo un gesto de desdén y se apartó, desechándolos. Otros siguieron su ejemplo. No tomaron muy en serio a Allen.
–Bueno. Nunca he rechazado una donación–considero Tokusa–. ¿Cualquier apuesta?
–Cualquier apuesta que exija romper las probabilidades–indico Allen, yendo a una mesa y depositando sus fichas–. Apostare estas cinco contra un fondo igual que correspondan a cinco almas valientes, de que puedo adivinar cualquier número que escriban en cinco turnos consecutivos. Puedo hacerlo con los ojos vendados, y puedo decirles el nombre de la persona que lo escribe.
El hombre se volvió lentamente hacia los demás y arqueo una ceja.
– ¡no me diga! ¿Cualquier entre todos los números?
–Entre todos. Pero se nos acaba el tiempo.
–Eso es lo más estúpido que he oído alguna vez –expreso el tipo–. Estamos aquí para jugar, no para ver trucos de magia.
–Por favor, quédese callado, señor. Usted no participara de todos modos. Veo eso. Pero Tokusa está aquí, y usted, usted, usted y usted–señalo rápidamente a cinco hombres–. Ustedes jugaran porque cien mil dólares no es demasiado dinero para ustedes, además nadie ha hecho una apuesta tan absurda en todas sus vidas, y ustedes simplemente no pueden dejarla pasar sin arriesgarse. Así que comencemos. ¿Quién tiene la venda?
Tokusa lo estaba disfrutando inmensamente, a juzgar por la sonrisa en su rostro. Se quitó la corbata pasándola a Allen, quien el agarro, la envolvió alrededor de la cabeza, y les dio la espalda.
–Cada uno de ustedes ponga diez fichas sobre la mesa y agarre una carta. Escriba un número sobre la carta. Luego ponga su nombre sobre la carta y désela al Sr. Tokusa aquí. ¿Puedo confiar en usted?
–Supongo que lo averiguaremos, ¿verdad?
– Tomare eso como un sí. ¿Están escribiendo?
Cada uno siguió las instrucciones de Allen, aunque no con mucha rapidez y no sin intercambiar miradas cínicas.
–Tengo las cartas. Bien, Kiredori–informo Tokusa y luego se levantó bruscamente la mirada–. Mézclalas ahora.
Kiredori lo hizo.
–Ahora el resto de ustedes reúnanse alrededor de el para echar un vistazo. La primera carta es una jota de espadas, y Goushi ha escrito en ella el número 890.34 estaba tratando de ser astuto con los decimales, eso está bien.
Tres de los jugadores miraron alrededor del salón, buscando espejos.
–Dios mío–exclamo uno de ellos–.Como hizo usted eso?
–Dios podría tener algo que ver con esto o no– contesto Allen–. Estoy indeciso en ese punto. La segunda carta es un as de diamantes y Don ha escrito un cinco en ella.
Allen siguió con la lista, recitando como si estuviera leyendo. Giro rápidamente, desato la corbata, y sonrió a los asombrados espectadores alrededor de las cartas, ahora diez.
–Gracias, caballeros. Y a propósito, el tipo gordo está a punto de tener una buena racha, aunque ahora que se lo dije no ganara tanto como habría hecho. Nunca rechacen algo seguro. Buen día.
Allen reunió los montones de fichas y se marchó del salón, al pasar Road sonreía a los caballeros.
–Eso es lo que llamo arrasar con todo.
–Debemos apurarnos–dijo Allen, había desaparecido su imagen de la escena–. Solo tenemos unos pocos minutos.
–Pero…
–Sam está aquí, Road.
– ¿Qué? –exclamo ella deteniéndose.
–Tu gran amor. ¿Recuerdas? está aquí y te busca. Tenemos in intervalo de 5 minutos. Si la perdemos, lo perdemos a él.
– ¿Dónde está? ¿Cómo?
¡Ella lo sabía! ¡Él había venido!
–No lo sé. Pero supe que estaba aquí cuando estábamos en el cuarto.
¡El beso!
–en este momento el corre hacia acá, buscándote en el casino. Solo puedo imaginar que sabe lo mismo que Cross.
Road estiro el cuello colocándose de puntas para verlo. El salón estaba lleno de gente que la bloqueaba.
–No lo veo.
Allen suspiro.
–Lo veras, princesa. Lo veras.
A ella le pareció que Allen no estaba emocionado por esto. Pero, Allen, no comprendes, ¡esto es lo que quiero! Tú eres muy querido para mí, pero Sam… ¡Sam es mi amor!
Por un momento quiso ella decir eso, pero supo tan pronto como pensó en las palabras que estas solamente lo lastimarían.
Y luego otro pensamiento le vino a la mente: que estaba a punto de dejar a Allen. ¿Qué le sucedería a ella? ¡No podía dejar a Allen!
Desde luego que puedes. Y debes. Es tu salvador, ¡No tu amante! Road respiro hondamente y tranquilizadora.
Rodearon un grupo enorme de máquinas tragamonedas y allí, ni a tres metros de distancia estaba de pie Sam, con el cuello estirado, mirando al otro lado. Ella comenzó a llorar. Este era el hombre que amaba, y que la amaba y que había estado con ella casi todos los días de su vida.
–Sam.
El giro, la vio, y se ablando. Se miraron como atrapados en un trance. El ojo descubierto se humedeció y sonrió.
–Road.
Ella fue hacia él, y la levanto en sus brazos. Como una ola la envolvió el alivio. Allen estaría bien. Con solo mirar a Sam comprendería que ella era feliz con él. Eso le agradaba a Allen.
– ¡Yo sabría qué vendrías! ¡Lo sabía! –exclamo echándose ella hacia atrás, incapaz de detener las cosquillas en su piel.
Sam vio a Allen y por un instante se ensombreció su rostro.
–Debemos apurarnos–anuncio–. Las autoridades han acordonado el edificio.
–En realidad les queda un par de minutos–aviso Allen, analizando a Sam–. ¿A dónde la llevara?
Sam miro a Road y regreso la mirada.
– ¿Y quién es usted?
–Él es mi salvador–informo Road–. Sin el yo estaría muerta.
–Entonces usted tiene la gratitud de mi nación–añadió Sam.
–¿A dónde va usted a llevarla? –repitió Allen.
Sam analizo el rostro de Allen.
–Hay un pasillo que lleva a la…
–Quiero decir después de escapar.
–A... A Madrid. No estoy seguro que esto sea tu problema.
Allen frunció el ceño. Road nunca lo había visto tan serio.
–El pasillo a la cocina es un error –advirtió el –. Solo hay una salida. En vez de tomar por la puerta a la cocina, tomen la siguiente. Los llevara a una ventana con una escalera de incendios. Bájenla hasta el callejón posterior y diríjanse a su auto. Estarán seguros durante las próximas tres horas.
Sam parpadeo, confundido.
–Sam, debemos escucharlo.
Allen recogió un balde blanco y echo las monedas en él.
–Aquí hay 500000 mil dólares. Dudo que usted lo necesite, pero le pertenecen a ella. Yo me escondería por un rato y luego los regresaría para hacerlos efectivo. No todo a la vez.
Road vio que esto era difícil para Allen. Fue hacia él y lo miro a los ojos. Ella estaba de espaldas a Sam.
–Gracias. Muchísimas gracias.
–Tus necesidades materiales son mis necesidades espirituales–contesto guiñando un ojo–. Un proverbio judío de mis antecesores.
– ¿Tus antecesores?
–Judíos, musulmanes, una locura, ¿eh?
Ella arqueo una ceja, luego dejo de pensar en la insinuación. Sam dio un paso adelante y le agarro la mano a Road.
–Debemos irnos.
–Adiós, Allen.
–Deberías saber algo, Road–indico Allen, trago en seco–. Alguien además de mi persona cambio nuestros futuros ayer. No hay otra explicación para lo que sucedió.
Ella asintió, impresionada por sus palabras. Francamente, ya no estaba segura de lo que creía. Solo de que Dios era muy real. Sin duda muy real.
Sam la jalo, y luego se apuraron entre las máquinas de azar, corriendo hacia la salida. Acababan de llegar a la puerta que Allen les aconsejo que tomaran cuando se escuchó un grito por sobre la algarabía.
– ¡Policía, alto!
Road giro. Otros miraron hacia el lugar en que dejo a Allen, y supo que lo habían atrapado. El permitió que lo atraparan. ¿Porque?
– ¡Rápido! –ordeno Sam arrastrándola.
Corrieron.
Tikky observo junto con muchos espectadores cuando la policía esposaba a Allen. Había llegado medio minuto demasiado tarde, y pensó en dispararle al albino allí mismo delante de todos. Este, después de todo, fue el hombre que se había llevado a su esposa y al parecer violado.
Sin embargo, él no era tonto para arriesgar su misión por venganza. Había venido por Road, no por Allen. Y Road había desaparecido. Lo que significaba que estaba sola, escondida por Allen, o…Tikky se las arregló para acercarse a Cross y Allen, cuidando de evitar el contacto visual.
– ¿Dónde está ella? –oyó que Cross preguntaba casi sin aliento.
–Se ha ido.
Allen parecía tranquilo, no preocupado.
– ¿Esta en el edificio?
–No.
A Tikky se le vino a la mente que Cross preguntaba de esa forma porque sabía que Allen respondería sinceramente.
– ¿Sola?
–Ella se fue, Cross–manifestó Allen mirando al pelirrojo a los ojos–. Está en buenas manos y ya no es una preocupación para el departamento de estado. Tú me quieres a mí. Me tienes. Vamos.
Cross se metió a la boca un chicle de menta y luego miro a los policías alrededor e hizo señas para que volvieran sus armas a su lugar.
–Guárdenlas. Vamos.
Ellos le siguieron bajo la mirada de la multitud.
Ella Está en buenas manos y ya no es una preocupación para el departamento de estado.
Solo podría ser una cosa. Tikky sonrió con suficiencia. El Sr. Mikk había confesado sus sospechas de que el conde enviaría a su propio hombre. Sam. Así seria. Road estaba con Sam. De regreso a arabia con su amante.
¡Caramba! ¡Caramba! Que sorpresa se llevaría ella.
Tikky dio media vuelta y se dirigió hacia la salida posterior. Era hora de ir a casa.
Lamento la demora por el capítulo pero es época de trabajos y parciales en fin….a pesar que era ayer por fin sale hoy. Bueno espero lo disfruten en estos días coloco el 29 pues ahora espero cumplir mejor ya que mi computador siempre anda ocupado….bueno nos vemos…XD
