-¿Y bien?-insistió Impa al ver que Zelda no respondía- ¿No piensas decir nada?

Zelda cerró los ojos y trató de calmar los rápidos latidos de su corazón. Respiró hondo y contó hasta diez antes de volver a mirar a Impa y abrir la boca.

-No debería haber faltado a clase sin avisarte, Impa. Lo siento-admitió Zelda con voz pausada-. Pero no me arrepiento de haberlo hecho-Impa se llevó una mano a la boca al instante-. Estoy bien, en ningún momento he corrido peligro. Link ha sabido cuidar de mí todo el tiempo.

Impa alzó las manos al cielo y fijó sus ojos en el techo, exhasperada

-Link… Ya… Como siempre.

Zelda no dijo nada más. Impa se acercó a ella y se sentó a su lado en la cama. Suspiró, intentando tranquilizarse, pero Zelda podía notar cómo los hombros de la mujer seguían demasiado tensos. Era la primera vez en muchos años que regañaban a Zelda. Sin embargo, no estaba reaccionando como ella misma habría esperado hace unas semanas. En lugar de coger una pataleta o de asentir como una sumisa, se estaba defendiendo. Y no solo por ella. Necesitaba mostrarle a Impa que Link era digno de ella, a pesar de que tarde o temprano tuvieran que separarse. No renunciaría al único chico que se había fijado en ella por ser como era y no por quién era.

-Zelda-Impa cogió las dos manos de la princesa y las estrechó con cariño-, debes entender que para Talon y para mí ha sido un día muy duro. El director del instituto nos llamó en cuanto tuvo constancia de tu ausencia. Ese hombre sabe bien quién eres, a pesar de su discreción. Contamos con él para protegerte.

-Me vigiláis-puntualizó Zelda, algo molesta.

-Te protegemos, Zelda-repitió Impa con paciencia-. Muy pocos saben quién eres y el director del centro es una de esas personas. Y ese muchacho… No dudo de sus buenas intenciones, pero me parece que te estás apegando demasiado a él.

-Eso ya me lo dijiste esta mañana, Impa, no hace falta que lo repitas-espetó Zelda, desasiéndose del agarre de la mujer morena-. Ya sé lo que pasará cuando me gradúe. Ya sé que tendré que dejarle aquí.

Impa suspiró de nuevo.

-Zelda, compréndelo. Sois muy diferentes.

-No tienes idea de nada-contestó Zelda, sintiendo que la sangre empezaba a hervirle mientras caminaba de un lado a otro de la habitación-. Él es el único que no me quiere por ser quien soy o por lo que tengo. ¿Te haces idea lo que significa eso para mí? ¿Por qué no puedo vivir así? Yo no pedí ser princesa.

-Es tu derecho de nacimiento, Zelda…

-¿Y qué? ¿Y si decidiera que no quiero ocupar el trono? ¿Y si decidiera que quiero vivir en Ordon con Link?

Impa se puso en pie de inmediato.

-No puedes hacer eso, Zelda, por mucho que te pese-refutó Impa con voz dura-. Estás hablando como una colegiala encaprichada de un cualquiera, ni siquiera sabes lo que es estar realmente enamorada de alguien.

-¿Y tú sí?-inquirió Zelda, posicionándose frente a Impa- ¿Quién eres tú para decirme lo que siento por él? Nadie, ¿me oyes?, ¡nadie! puede decidir por mí. ¡Sé muy bien lo que siento! ¡Sé muy bien lo que él es capaz de hacer por mí! ¡Ya me lo ha demostrado!

-¿Llevándote a dar un paseo por el campo? ¿Invitándote a un refresco porque no tiene para nada más?

Zelda sintió que estaba a punto de estallar y gruñó con fuerza.

-¡No te atrevas a hablar así de él!

-¡Eres una princesa, por el amor de las diosas!-se exasperó Impa, perdiendo los papeles- ¡No puedes estar con un simple plebeyo! Cuando tu padre se entere de todo esto…

-¿Qué?-la interrumpió Zelda, desafiante- Cuando se entere de que prefiero a un simple plebeyo que todas las riquezas de Hyrule, ¿qué? ¿Me desheredará? Adelante. ¿Me odiará? Perfecto, no es muy diferente de cómo me trata ahora. Prefiero estar con una persona que no necesita a nadie para vestirse que vivir en un castillo rodeada de sirvientes.

-Sabes que esa relación no funcionará-le aseguró Impa, enfadada-. Y cuando veas que tengo razón y te veas sin nadie en la calle, entonces volverás al castillo para suplicar a tu padre que te devuelva tu lugar en el trono.

Zelda apretó los dientes. No podía dejar de admitir que Impa tenía algo de razón: por muy bien que estuvieran ahora, nada le garantizaba que la relación funcionase para siempre.

-No me importa-mintió Zelda, asustada por lo que sentía en su corazón, pero animada al mismo tiempo por la fuerza de su convicción-. Chívate a mi padre si quieres. Pero eso no me separará de Link. Nada podrá separarme de él. Mi corazón siempre será suyo y en tu conciencia quedará el haberme quitado lo único que me ha hecho feliz en toda mi vida.

Impa no supo qué decir ante aquella declaración. Se fijó en que los ojos azules de Zelda brillaban con mayor intensidad que de costumbre. Se había mantenido firme ante ella, no se había amilanado a pesar del miedo que pudiese tener. Desde que la viera cuando era pequeña hasta ese preciso momento, nunca había visto en aquella chiquilla el poder de una auténtica reina. Se había mantenido en la sombra, cuidándola en todo momento sin que ella lo supiese. Se había ofrecido voluntaria para acompañarla en Ordon y el Rey le había concedido ese deseo por su fidelidad y su buen hacer. Y durante todo aquel tiempo, Zelda siempre había sido para ella una niña indefensa, incapaz de valerse y de defenderse por sí misma. Ahora que ella había conocido a alguien que podía protegerla en su lugar, Impa sentía que su momento estaba acabando y le dolía pensar que realmente así fuera. No solo temía por el corazón de la princesa, sino también por el suyo propio. Había aprendido a querer a Zelda como a la hija que nunca pudo llegar a tener.

Impa relajó la postura y suavizó el gesto en su rostro. Se aproximó a Zelda y tomó su cara entre sus manos, sorprendiéndola. Depositó un suave beso en su frente y suspiró. Sin decir nada, giró sobre sus pies y salió en silencio de la habitación de Zelda. La princesa se quedó allí, de pie, sin saber muy bien qué había pasado. Sin embargo, sí estaba segura de una cosa: Impa había conseguido avivar la pequeña duda que había sembrado esa misma mañana en su corazón y ahora no tenía ni idea de cómo apaciguarla.

Link llegó a la tasca de Telma justo a las cinco en punto. La dueña le recibió con una sonrisa y le lanzó el mandil que tenía que ponerse para servir a los clientes tras la barra. Mientras despachaba a dos hombres que no dejaban de charlar sobre la próxima fiesta de Nayru, su cabeza le daba vueltas y vueltas a aquel día. Se le había instalado en el rostro una sonrisa que no se quitaba ni aunque los clientes se pusieran pesados. Había sido un día magnifico, por fin había conseguido que Zelda estuviera con él y aquello era todo cuanto había querido desde hacía varios días.

Telma se acercó a él un rato después de haber empezado su jornada laboral y le paseó los dedos de la mano derecha por la nuca.

-Te veo muy contento para ser martes, Link…

Él negó con la cabeza y rio por lo bajo.

-Esas son imaginaciones tuyas, Telma. Deberías dejar de beber anís después de comer-propuso Link, mirándola de soslayo sin borrar la sonrisa.

-Buen consejo-admitió Telma, tomando asiento junto a la caja registradora-, aunque me parece que esta vez no me he pasado de chupitos.

-Puede ser-concedió Link, limpiando un vaso y poniéndolo en su sitio.

-Así que lo admites-dijo Telma, guiñándole un ojo al tiempo que hacía como que le disparaba con el dedo índice-. Cuéntamelo todo.

Link se encogió de un hombro y se acercó a ella.

-Estoy enamorado, ¿qué quieres que te diga?

-¿De la chica nueva?

-Correcto.

-¿Y qué dice ella al respecto?

Link se mordió la lengua para no empezar a gritar de emoción.

-Está de acuerdo con eso. Le he pedido que salga conmigo.

Telma abrió los ojos al máximo y ahogó un grito.

-No fastidies… ¿Y qué te ha dicho?

Link se señaló la cara con un dedo.

-¿Crees que estaría así si me hubiese dicho que no?

-¡Oh, madre mía!-Telma saltó de su banquito y abrazó a Link con fuerza- Benditas sean las diosas, me alegro mucho por ti. Ya era hora de que estuvieras con alguien que te mereciera.

Link se echó a reír.

-¿Y cómo sabes que me merece?-inquirió, curioso.

-Porque esa cara de atontao no se le queda a mucha gente.

-Vaya, ¿debería tomarme eso como un cumplido?-bromeó Link, ganándose un golpe con un trapo que le despeinó más todavía.

-Bueno, y ahora, ¿qué? ¿Qué pasará cuando ella tenga que marcharse?

Fue entonces cuando a Link se le borró la sonrisa de la cara. Frunció el ceño y miró a Telma con cautela.

-¿Qué quieres decir?

-Bueno-suspiró Telma no sin cierto dramatismo-, ella es una niña rica de la ciudad. La metieron en Ordon por algún motivo, pero estoy segura de que sus padres la llevarán de vuelta a casa cuando acabe el instituto. ¿Qué harás entonces?

-Me iré con ella-respondió Link con simpleza, intentando ignorar su respiración agitada; no había pensado en ello.

-Qué sencillo lo ves todo…-criticó Telma, atendiendo a un cliente.

-¿Qué problema hay? Sabes que no quiero quedarme aquí.

-¿No has pensado que tal vez sus padres no quieran que esté con una persona de medios limitados?

-¿Desde cuándo te has vuelto tan culta, Telma?-bromeó Link para quitarle hierro al asunto- Yo quiero estar con ella, no con sus padres. Cuando llegue el momento, lo hablaremos. Pero hasta ese instante, no pienso preocuparme por nada. Solo somos ella y yo, punto.

Telma torció el gesto, dudosa.

-No sé mucho de las altas esferas, Link, pero no creo que moverse allí sea tan sencillo como aquí-se giró hacia el muchacho y lo tomó por los hombros con firmeza-. Algo me dice que vas a tener que luchar mucho para conseguir quedarte junto a ella.

-Haré lo que haga falta-sentenció Link sin ninguna duda en su voz.

Telma esbozó una sonrisa triste.

-Admiro tu determinación, Link. Espero que se mantenga a flote todo este tiempo.

Sin decir nada más, Telma pasó junto a Link y salió de la barra para atender a los demás clientes. Link giró sobre sus pies y la siguió con la mirada. Telma siempre se había preocupado mucho por él, lo había demostrado al darle trabajo en la tasca nada más saber de la desaparición de sus padres. Sin embargo, no era su madre. Y, a pesar de eso, había conseguido que su cabeza tuviera un quebradero más aquella noche. Ahora que pensaba que por fin podría dormir tranquilo después de una semana y media despertándose varias veces en la noche…

Suspiró y sacudió la cabeza. Ya pensaría en ello. Telma tenía razón, debía hablar del tema con Zelda. Pero estaba en tal estado de euforia que se negaba a romper la felicidad de ambos. Ya lo hablaría con ella cuando fuera el momento. Mientras tanto, debía pensar qué se pondría ese sábado para el baile de inauguración. Se le ocurrió que tal vez Midna sabría lo que Zelda se iría a poner, por lo que sacó el móvil de su bolsillo y escribió un mensaje rápido a Midna.

Necesito tu ayuda, Midna.

Es URGENTE.

La respuesta de Midna no se hizo de rogar, consiguiendo que riera de nuevo.

¿Ahora te acuerdas de mí? Maldito convenido…

Está bien, te ayudaré.

Pero porque soy buena gente y porque sé que Zelda me matará si no lo hago.

Hasta mañana, rubiales.