Ah, pos… ¡Qué bonita es la vida! xD Llevo un par de días sin comer chocolate, pero bonita al fin xD
Estuve escribiendo esto desde hace, exactamente, cinco minutos después de que subí el capítulo anterior hace ¿Cinco días? Sí, creo que son cinco… La idea no era terminarlo rápido, sino hacerlo bien. Y… Oh, demonios, el estómago me duele más que cuando subí el primer capítulo de mi primera historia.
Bueno, les dejaré esto aquí y lentamente me retiraré a esconderme entre mis confortables sábanas de Minie… Sí, la ratita de Mickey Mouse xD
Kung fu panda no me pertenece… Bla, bla, bla…
Capítulo 29
Y no dudó en seguirla…
Con su mano entrelazada a la de ella, aun cuando sabía que no debía, aun cuando sabía que se metería en líos y que era un acto no sólo irresponsable, sino también imprudente, la siguió a través de los jardines del palacio, cruzando el portón principal que extrañamente se hallaba desprovisto de vigilancia alguna, sin mirar atrás. No tenía idea a dónde iban. Tigresa caminaba, jalando de su brazo para que la siguiera, sin decir nada al respecto. Po tampoco habló. Demasiado excitado, con su corazón bombeando a el doble de su velocidad normal y la jadeante respiración hinchando bruscamente su pecho cada que inhalaba, como para pensar en algo que no fuera el beso de hacía unos minutos.
Los labios aún le cosquilleaban. El sabor de ella parecía no desaparecer de ellos. Dulce. Era la primera palabra que se le ocurría al pensar en aquellos labios. Un dulce único que ansiaba volver a probar. Aun cuando se alejaron del palacio, cuando llegaron a la ciudad, prácticamente vacía por ser tan altas horas de la noche, todo esto le seguía pareciendo propio de una de sus fantasías, demasiado usuales últimamente.
Llegaron al mismo bar en el que se habían visto la vez anterior. Estaba lleno, mucho más de lo que Po recordaba, pero tal como había sucedido aquella vez, las miradas se posaron todas en Tigresa. La recorrían de arriba a abajo, admirándola, apreciándola, incluso casi evaluándola. La risa de Tigresa, por encima de la música, llamó su atención. Se detuvo en seco cuando ella volteó, con una ancha y traviesa sonrisa curvando sus labios, y sus mejillas ardieron cuando los labios de ella atacaron con cierta urgencia los suyos. Un contacto de tan sólo segundos, pero que bastó para que la respiración de Po volviera a acelerarse.
—Estás loca.
—¿Cómo estás tan seguro de que el loco no eres tú?
Po sonrió, una sonrisa tan traviesa como la de ella, y se inclinó para volver a besarla, esta vez más lento, más pausado, disfrutando de aquel dulce sabor… Y de paso, ¿Por qué no?, de las frías miradas que, envidiosas, se posaban sobre él. Tal vez, presumir un poco no era nada malo de vez en cuando.
—Soy un loco, solo por sentir algo por ti.
—Concuerdo con eso, panda.
Entre beso y beso, avanzaron entre la multitud. Las manos de Po se posaron en las caderas de Tigresa, que se movían al compás con el ritmo de la música. Ella volvió a reír y giró entre las manos del panda, rozando sus nalgas con la entrepierna de él, para luego sujetarle las muñecas del panda, apartándole las manos de sus caderas y siguiendo con su camino.
Avanzaron por el costado del escenario, a dónde la luz no llegaba, justo por dónde caía el telón. Tigresa tanteaba con su mano libre por sobre la pesada tela de color oscuro, buscando algo sobre la pared al otro lado… Hasta que lo encontró. Una pequeña puerta de madera. Po observó, sin decir nada, como la felina abría la puerta y lo jalaba dentro del estrecho pasillo, cerrándola detrás de ellos. Le costó unos cinco segundos a Po acostumbrar su vista a la poca luz.
—¿Dónde estamos? —No pudo evitar preguntar.
—Shhh…
Tigresa pasó de lado por enfrente de él. El pasillo era tan estrecho, que Po pudo sentir los pequeños pechos de ella restregarse contra él. La respiración se le aceleró, volviéndose pesada e irregular. El pasillo no solo era estrecho y estaba escasamente iluminado por pequeñas velas a punto de terminarse en un candelabro colgando del techo, si no que había un mínimo de tres puertas a cada lado (tampoco se había molestado en contar todas) y una al fondo, frente a ellos.
Tigresa se detuvo frente a la última puerta a la izquierda y volteó para quedar de cara a él.
Los ojos de ella brillaban en aquella penumbra. Oscuros, ardientes, llenos de deseo. Los labios de ella se curvaban en una traviesa sonrisa y sus manos, juguetonas, subieron por su pecho, acariciando con mimo, hasta entrelazarse tras su nuca. Ella alternó miradas entre los labios y los ojos de Po, antes de colocarse de puntillas y presionar con delicadeza sus labios sobre los del panda, cuyas manos se posaron sobre la puerta detrás de ella, a cada lado de su cuerpo, acorralándola contra la puerta tras de ella.
El beso no tuvo nada de delicado. Fue brusco, rudo, intenso. No había sentimientos en eso. No había cariño, ni ternura. Tan solo pasión. Deseo.
La falta de aire los separó, pero Po continuó besando por el contorno de la mandíbula de la felina, bajando por su cuello. Tigresa inclinó su cabeza a un lado y se dejó hacer. Presionó los labios en una fina línea para contener un gemido y sus manos se aferraron al pelaje de los hombros del panda. La sensación era placentera, no lo iba a negar, pero no era nada del otro mundo. No había mariposas en el estómago, risitas tontas o mejillas sonrojadas. El sentimiento era uno: Deseo. Deseo carnal, sin emociones de por medio. O al menos, así lo sentía ella y eso la decepcionó un poco. Cuando besaba a Po, cuando tomaba su mano, cuando lo mirada, se había sentido tan lindo. Un sentimiento cálido y acogedor. Pero ahora, era como si el hielo rodeara esas emociones.
Inmediatamente despojó a su mente de aquellos pensamientos. Debía mantener la mente fría. No debía alejarse de sus verdaderos motivos por los cuales estar ahí… Tal vez, aquellas emociones no eran para ella. Tal vez, no debía encariñarse demasiado con el oso. Tal vez, lo de ella era estar sola. Tal vez, solo tal vez, no debía dejar que los sentimientos le afectaran.
—Po… —Su voz fue un susurró— Estoy en problemas.
Los labios de él siguieron mimando su cuello. Tigresa se estremeció.
—¿Qué sucede?
—Yo… No puedo decirlo —Cerró los ojos. Una de sus manos paseaba por el pecho del panda— Pero necesito que me ayudes.
Po se detuvo. Se enderezó, apoyando la frente en la de Tigresa, y sus ojos se posaron en los de ella. Tigresa tragó grueso al ver auténtico miedo en aquel color verde. Po realmente estaba preocupado. Reprimió una sonrisa. Al parecer, no le costaría convencer al panda.
—¿Cómo quieres que te ayude si no me dices de qué va eso?
Tigresa parpadeó un par de veces y pequeñas lágrimas cayeron por sus mejillas… Demonios, parezco tonta. Cuando era pequeña, solía usar ese pequeño truco con Shan para convencerlo de que le comprara algunos dulces o le cumpliera algún capricho. De más grande, había aprendido a usarlo para objetivos mayores. Eso no quitaba que, a su opinión, se viera como una tonta niña desesperada con las lágrimas en sus ojos. Aunque, ese era el objetivo ¿No?: Parecer vulnerable.
Sin embargo, había duda en los ojos del panda. Su labio inferior temblaba, como si no supiera que contestar, y cuando ella pensó que iba a responder, él tan sólo boqueó repetidas veces. Tigresa quiso maldecir en voz alta. Tenía que pensar en algo rápido, antes de que le diera en "No puedo" definitivo.
—Te amo —Ni siquiera ella supo de dónde salió eso— Te amo, Po.
Sus mejillas se sonrojaron, pero no por aquella inocente vergüenza de una enamorada al declararse, ni nada que se le parezca, se sonrojaron de ira contenida. Finalmente, los ojos del panda parecieron ablandarse y esta vez dudó, pero fue aquella duda al hacer algo que él sabía que no debía. Porque Po era consciente de que estaba metiendo las narices donde no le convenía, Tigresa lo sabía, pero que lo hacía no porque fuera lo correcto, sino porque era lo que su corazón le mandaba hacer.
Aquello provocó cierto dolor de estómago a Tigresa… ¿Culpa? Tal vez. Pero no la suficiente.
—Está bien —Murmuró Po. Cerró los ojos y tomó una bocanada de aire, como si eso le doliera— Cuenta conmigo… Siempre puedes contar conmigo.
Tigresa sonrió, una sonrisa falsamente cálida y cariñosa, aunque por dentro, la dolorosa opresión de su pecho le dificultaba respirar…
Haku había escapado minutos después de verlos. No había intentado atacar, ni llevarse nada. Tan solo sonrió, aquella arrogante sonrisa que Kei conocía demasiado bien, y volvió a salir por el ventanal detrás del escritorio. Víbora fue la primera en salir tras él, con sus furiosos ojos llenos de lágrimas, pero la voz de su tío la detuvo. Kei había dicho que si se iba, no lo seguirían y por más que la huida de Haku no había sido por voluntad propia, sino por verse superado en número, no iba a faltar a aquella palabra.
La reptil se detuvo frente al ventanal, mirando al vacío, mientras que Kei hablaba con Mono y Mantis sobre lo que acababa de ocurrir. Entonces, al percatarse de la ausencia de tres de los chicos, Kei preguntó dónde estaban Po, Grulla y con cierto enfado, también de Tai Lung, aunque siendo sincero con él mismo, ya se imaginaba dónde estaba el leopardo.
El silencio se hizo en la habitación y todas las miradas se posaron en Víbora, que seguía frente al ventanal. Ella no volteó, por lo que nadie pudo asegurar que no estuviera llorando. Por su ronca voz al contestar, supusieron que se contenía para no hacerlo.
—Po salió con Tigresa…
—¿Cómo sabes?
—Porque no está —Mono no insistió. Al parecer, eso era explicación suficiente. La mandíbula de Víbora se tensó de ira— Grulla está herido. Al parecer, entraron al cuarto y lo atacaron.
—¿Es grave?
Víbora ignoró la pregunta de su tío. Volteó y reptó hacia el escritorio, dónde el plano del palacio seguía abierto, dejando ver todas las marcas y anotaciones que ella había realizado.
—¿Haku vio esto?
—Sí.
—Mono, ve por Tai Lung —Ordenó ella— Y luego traigan a Shuo.
Todos miraron con cierta extrañeza como la reptil tomaba el pincel del tintero y hacía rápido trazos sobre el plano.
—Pero… —Mono quiso replicar, cuando la dura mirada de la reptil se posó sobre él— Ahorita vuelvo.
Y así, seguido por Mantis, salió casi corriendo del lugar, rumbo a la habitación de Kioko.
El silencio del lugar se le hizo pesado a Kei, tenso. Necesitaba decir algo, pero no sabía bien qué. El semblante de Víbora era tenso, sus trazos toscos y sus labios se movían sin parar, murmurando una y otra vez lo que Kei supuso que serían maldiciones hacia Haku. Con cierto temor, se acercó a su escritorio y en silencio, observó a su sobrina.
—Si Haku ha visto esto, no podemos usarlo para esa noche —Su voz no expresaba ninguna emoción, demasiado tensa para ello— Hay que cambiarlo todo. Desde el mínimo detalle.
Víbora no levantó la mirada. Estaba alteraba. Hablaba rápido, su cola oprimía con demasiada fuerza el pincel y sus ojos iban y venían frenéticamente por el papel. Hasta que finalmente se detuvo y un sollozo ahogado escapó por entre sus labios. El pincel cayó sobre el escritorio, dejando manchas de tinta negra en este, y Víbora se enroscó sobre la silla, usando la punta de su cola como apoyo para la cabeza, que comenzaba a dolerle.
Kei, por supuesto, no tardó en pararse junto a ella para asegurarse de que estaba bien, insistiendo en que le contara qué había sucedido realmente. La conocía lo suficiente como para saber que, entre aquel lapso de tiempo desde que salió del despacho hasta que volvió, había pasado algo realmente grave. Víbora tampoco esperó demasiado para comenzar a hablar. Total, de un momento a otro, su tío se enteraría de todo.
—Grulla estaba inconsciente cuando llegué. El cuarto era un desorden, como si lo hubieran revuelto. Buscaban algo…
—¿Lo…?
—Sí —Víbora levantó una vidriosa mirada hacia su tío— Se llevaron la carta, dónde tú le informabas a Shifu de mi… estado y otros pergaminos.
Por unos segundos, Kei creyó oír la voz de ella quebrarse, pero antes de que pudiera decir algo, Mono y Mantis entraron seguidos por un notablemente malhumorado Tai Lung.
—¿Dónde está Shuo? —Inquirió Víbora apenas verlos.
Los tres chicos se encogieron de hombros y respondieron un "No estaba" a coro. Víbora rodó los ojos. Para nadie pasaba desapercibido el temblor de ella, ni de como hablaba demasiado rápido, tanto que apenas si le entendían. Pero ninguno quiso preguntar. La dejaron continuar, explicando primero lo que ellos ya sabían sobre el plan que habían trazado, para luego explicar uno nuevo que, según ella, apenas se le había ocurrido hasta hace unos segundos.
—¿Y cómo sabemos si funcionará? —Interrogó Tai Lung.
Víbora suspiró, dejando el pincel en el tintero, para luego dirigir una derrotada mirada al leopardo.
—No sabemos si funcionará, pero no podemos hacer más —Respondió— Hay que guardar esto bien. Si Haku vuelve, no debe verlo —Volteó la mirada hacia Kei— Tío…
—Sí, lo sé.
—Bien.
Y sin esperar respuesta, Víbora salió reptando del lugar.
Una vez afuera, habiéndose alejado varios metros ya, se permitió llorar a gusto. En la habitación, faltaban varios pergaminos con información de los clanes, algunos también con información del palacio, pero lo que más le alteraba era saber que faltaba aquella carta que iba a mandarle a Shifu, dónde Kei comunicaba que ella estaba embarazada… ¿Para qué alguien querría esa carta? ¿Qué tendría eso de importante? Al ver a Haku, Víbora pensó que tal vez había sido él. Pero luego, una vaga posibilidad apareció en su mente y siendo sincera consigo misma, debía admitir que eso la había asustado más de lo que se habría asustado al enterarse de que él león podría tener aquella información.
Llegó hasta el pasillo de las habitaciones y entró en su cuarto. Reptando por entre el desorden que aún quedaba en el suelo, se acercó hasta la cama, en dónde Grulla yacía aún inconsciente. No había encontrado ningún golpe en él que pudiera haberlo dejado de tal manera, por lo que pensó que tal vez le hubiera pellizcado algún nervio.
—Oye… ¿Quieres hablar?
La voz de Tai Lung llamó la atención de Víbora. Ella no volteó.
—No.
No estaba de ánimos para dar explicaciones ni responder preguntas. Escuchó los pasos del leopardo tras ella y cinco segundos después, le vio sentarse en el borde de la cama. Ambos se quedaron en silencio, observando a Grulla, hasta que ella decidió recoger las cosas que estaban en el suelo. No era mucho, al menos no se veía mucho ya que ella misma tuvo la habitación un desastre en esos últimos días, así que no creyó tardar demasiado.
—Deberías dormir —Comentó Tai Lung— Necesitas descansar.
—Y tu deberías de dejar de andar de Don Juan y poner los pies en la tierra.
Tai Lung arrugó el entrecejo, contrariado.
—¿A qué te refieres?
Víbora no contestó de inmediato. Recogió un par de pergaminos del suelo y los fue a dejar en el escritorio, para luego voltear y mirar a Tai Lung. El leopardo no supo identificar alguna emoción en los ojos de ella. Parecía enojada, triste por algo, pero también demasiado tranquila.
—¿Qué es lo que pretendes con Kioko?
La voz de ella fue severa, dura, y Tai Lung sintió encogerse en su lugar. Boqueó varias veces, moviendo sus manos en el aire, y balbuceó algunas incoherencias. Tenía claro lo que sentía por la leona, la amaba, se había enamorado de ella, pero aun así no supo qué contestar… Y la fría mirada de su amiga no ayudaba.
—Tú y Kioko son más parecidos de lo que parece —Víbora pareció hartarse de esperar una respuesta— A ninguno le importa nada más que si mismo. A ambos les va bien las relaciones de una sola noche… Son los dos unos inconscientes —Tai Lung no contestó. ¿Era acaso decepción lo de la mirada de su amiga?— No te enamores, Tai.
—Yo…
—No intentes negarlo —Interrumpió ella. Su mirada nuevamente dura y severa— Tu nunca "repites" lo de una noche. Siempre buscas a una distinta… ¿Por qué no hiciste eso con Kioko luego de lograr tu propósito?
—Porque…
Se sintió acorralado. No era fan de mostrar sus sentimientos, ni siquiera a sus amigos, sentía que así era mucho más práctico. Pero no podía mentirle a Víbora. Nadie podía. Ella podía leerle el rostro, conocerlo con tan solo una mirada. Él y Po solían llamar a eso "Un Don", algo que la reptil había tenido desde pequeña y que no los años había aprendido a usar a su favor. Ella conocía lo que sentía cada persona con tan solo verle a los ojos… Y hasta el momento, nunca había fallado.
Rápidamente apartó la mirada, posándola en Grulla, que seguía inconsciente. Era odioso que Víbora hiciera eso. Era como no tener privacidad ni para sentir lo que él quisiera sentir.
—No es un reproche —Murmuró la reptil a espaldas de él— Solo… Te conozco y también la conozco a ella. No quiero que salgas lastimado.
Tai Lung cerró sus manos en puños. Su mandíbula tensa y sus ojos luchando con las lágrimas… ¿Acaso estaba llorando? Quiso golpearse. No podía darle la razón a Víbora, mucho menos en un tema como ese. Disimuladamente, sin que ella lo notara, se secó las lágrimas de sus mejillas.
—Creo que soy lo suficientemente maduro para manejar esto, Víbora —Contestó, serio, sin mirarla— Y te pido por favor que no te metas en mi vida.
—Está bien, lo lamento —Ella realmente no lo lamentaba— No quiero entrometerme, solamente… —Pareció dudar en lo que iba a decir— Solo me preocupo. Es todo.
—Pues no lo hagas.
Víbora sintió cierta opresión en el pecho. Tai Lung nunca le hablaba de esa manera, ni siquiera cuando le fastidiaba para que hiciera algo que él no quería, pero debía hacer. Ni siquiera las incontables veces que le había reprochado cuando metía la pata y ella debía ayudarle. No. Sin embargo, no dijo nada y lo dejó marcharse de la habitación. Ella solo se preocupaba, pero si él no quería, no iba a insistir. No iba a entrometerse donde no la querían, aun cuando se preocupara.
La habitación apenas si estaba iluminada. Los ojos de ambos brillaban por el deseo, ambos con nerviosas sonrisas por la emoción previa, sus rostros cubiertos con un tenue sonrojo. Todo en sus pensamientos les decía que estaba mal, que no debían hacerlo, pero sus cuerpos temblaban con las caricias del otro, sus labios pedían probar el dulce sabor de sus besos, perderse en los brazos del otro. Tal vez estuviera mal, pero se sentía demasiado bien como para detenerse.
Po no había vuelto a preguntar dónde estaban, aunque Tigresa tampoco se habría molestado en explicarle.
Las manos de ella se colocaron a cada lado del rostro de Po, acariciándole con suavidad las mejillas, y lentamente bajaron por el pecho de él.
Po se inclinó y la besó, lento y suave, tierno, mientras sus manos recorrían la espalda de la felina, deteniéndose unos centímetros antes de llegar al inicio de sus glúteos.
El rabo de Tigresa serpenteó en el aire, con el pelaje erizado, y una de sus manos subió hasta la nuca del panda, jalando de él para atraerlo más hacia ella y ladear el rostro para profundizar el beso.
Sus lenguas se encontraron y un gemido ahogado escapó de ambos.
No había tiempo que contar, no había nada en qué pensar además de las manos del otro sobre sus cuerpos, además de sus lenguas danzando en las bocas del otro, intentando tomar el control de aquel beso, que segundo a segundo, a medida que el calor de sus cuerpos aumentaba, aumentaba en intensidad.
Po retrocedió unos pasos, sin saber muy bien por qué, pues no tenía ni la mínima idea de dónde estaba qué en aquella desconocida habitación, y Tigresa lo siguió. Ambos a trompicones, avanzaron por el lugar, buscando a tientas la cama que ninguno podía recordar hacia dónde estaba, ambos con las mentes nubladas, sin cortar el beso, sin dejar de repartir generosas caricias por el cuerpo del otro. Una de las manos de Po se deslizó por el pecho de ella, sujetándolo, presionándolo, mientras que Tigresa bajó una mano hacia el glúteo derecho del panda, cuyas mejillas ardieron al sentir la palma de la felina impactar con algo de fuerza en este.
Ambos rieron, interrumpiendo aquel beso por unos segundos para verse a los ojos. Por un segundo, la mirada de Tigresa se desvió por encima del hombro de Po y una traviesa sonrisa curvó sus labios. No dijo nada. Se colocó de puntitas y depositó un ligero beso en sus labios, para luego colocar sus manos sobre los hombros de él y empujarlo.
Po cayó sentado en la cama.
De repente, la inseguridad hizo acto de presencia en los ojos de ambos. El silencio se hizo en el lugar. Se sentía unos niños inexpertos, temerosos se hacer algo más, temerosos de decepcionar las expectativas del otro. Fue entonces que las preguntas asaltaron la mente de Tigresa, sus inseguridades apareciendo, pesando demasiado como para ocultarlo. Recordó sus cicatrices en el abdomen, la cicatriz en la pierna. ¿Qué pensaría Po al verla? ¿Y si a él no le gustaba ella? ¿Y si pensaba que su cuerpo no era atractivo?
Las mejillas de ella ardieron por primera vez en esa noche. Una suave risa llamó su atención, pero antes de que pudiera contestar, las manos del panda le sujetaron las muñecas y jalaron de ella, haciendo que avanzara unos pasos. Tigresa bajó la mirada hacia el rostro de Po, que quedaba a la altura de su abdomen, y tan solo bastó con aquellos ojos verdes para que todas sus inseguridades desaparecieran. Po la amaba, no tenía dudas de eso, y sabía que él no haría nada que pudiera herirla.
Otra vez, aquella opresión en su pecho… ¡No podía ser remordimiento! Había hecho cosas peores y jamás había sentido culpa. ¿Por qué ahora sí?
—Es tu primera vez.
Las manos de Po se colocaron en la cintura de ella, acercándola más a él, y bajaron hasta posarse en sus caderas. Tigresa colocó sus manos sobre las de él, acariciando el dorso con sus pulgares. Aquello no había sido una pregunta, pero Tigresa igualmente quiso haber dicho "Sí". En vez de eso, apartó la mirada de los ojos de él y negó con la cabeza.
Sus mejillas ardieron de vergüenza.
—Yo… No.
Podría haberle dicho que era virgen, él no sabría nunca la verdad, además no había estado en la decisión de ella perder aquello que, en ese momento, se le hacía tan extrañamente valioso. Simplemente había sucedido, sin que pudiera hacer algo al respecto. Simplemente no pudo mentir. La respuesta salió de ella antes de pensar en esta siquiera. Con timidez, dirigió su mirada hacia los ojos de Po. No tenía ni idea qué esperaba ver, pero definitivamente no esperaba el cariño que vio en la mirada de él, ni la pequeña sonrisa de sus labios.
Giró las manos y sujetó las de ella, acariciándolas con mimo, como si de un frágil tesoro se tratasen.
—Aun así —La sonrisa de sus labios se ensanchó— Será especial, para ti, para ambos —Sin soltar las manos de ella, Po le sujetó el borde de la blusa negra— Lo prometo.
Lentamente, fue levantando la prenda, dejando ver un plano abdomen de pelaje blanco. Po no pudo evitar preguntarse si aquel manto de pelaje blanco estaría presente también en zonas más íntimas. Entonces, cuatro cicatrices que recorrían el ancho del vientre de la felina llamaron su atención. El entrecejo de Po se arrugó y su mirada, con cierto interrogante en ella, se elevó hasta los temerosos ojos de Tigresa. No quiso preguntar, pero no pudo evitarlo.
La cicatriz era profunda, pues sobre esta no había vuelto a crecer el pelaje, así que la herido tuvo que haber sido demasiado grave. La imagen de ella herida le hizo tragar grueso.
Tigresa no contestó a su pregunta. En silencio, se apartó unos pasos de él, lo suficiente para que le viera el cuerpo entero. Sus ojos permanecieron en el suelo, no levantó la mirada hacia Po, mientras se quitaba la ropa. La blusa y la dejó caer al suelo, para luego quitarse las sandalias y hacer lo mismo con el pantalón. Todo lo que la cubría era las vendas de su pecho y unas bragas de color oscuro, con unas pequeñas florecillas de varios colores a los costados.
Se veía tierna, vulnerable, con la mirada gacha, sus manos tras la espalda y su pie derecho trazando tímidos círculos en el suelo. Po tuvo que hacer un gran esfuerzo por mantener su semblante tranquilo. Sin embargo, todo aquello que había hecho acelerar su ritmo cardíaco se vio opacado cuando encontró la cicatriz que le recorría el muslo derecho. También de alguna zarpa. Po se levantó de la cama y caminó hasta detenerse frente a ella. Le sujetó la mandíbula entre los dedos índice y pulgar de su mano derecha y le elevó el rostro, obligándola a mirarle a los ojos.
—Eres hermosa —Dijo, con una ancha sonrisa, para luego depositar un ligero beso en los labios de ella— Y me traes loco ¿Sabes?
Tigresa emitió una pícara risilla, ignorando el rubor de sus mejillas.
—¿Que tan loco? —Murmuró, sus labios rozando los de él.
—Demasiado… —La besó— Tanto que… —Volvió a besarla— Quiero hacerte el amor hasta que solo recuerdes mi nombre.
Su mano se deslizó por el cuello de ella, provocando que ronroneara, y bajó por su pecho, sonriendo al sentir el erecto pezón de la felina contra las vendas. Le gustaba como ella reaccionaba a cada caricia de él, como temblaba, como se estremecía. Observó aquellos ojos carmines, brillantes y oscuros, y volvió a besarla. Los húmedos y ya hinchados labios de la felina lo recibieron con gusto, abriéndose para permitir el paso de su lengua, y las manos de ella se aferraron al pelaje de su pecho.
Un gemido quedó ahogado en los labios de Po.
Con su mano derecha presionando aún sobre el pecho de ella, deslizó la mano izquierda por la estrecha cintura de ella hasta su espalda baja, acercándola más a él, y ladeó el rostro para tomar más de sus labios. Su intención al afirmar, aunque realmente había querido preguntar, sobre la virginidad de ella había sido la de ser gentil, hacer que ella gozara tanto como él lo haría. Había esperado que le dijera que sí, aunque fuera mentira, después de todo, ¿Que chica admitía algo como eso ante su compañero? Hasta dónde él sabía, ninguna. Con la poca experiencia que tenía, podía asegurar que ellas preferían hacerle creer a los tipos que eran los primeros.
Sin embargo, tampoco le tomó por sorpresa la respuesta de la felina… ¿Acaso no era eso lo que debía esperar de alguien como ella? Tigresa no era precisamente una mente inocente. Era atrevida, seductora, sabía cómo llamar la atención de un hombre. ¿Por qué esperaría que una mujer como ella conservara algo como aquello? Pero eso no hacía que la deseara menos. Aquello no le quitaba de la mente que debía hacer de aquella noche, algo que ella difícilmente pudiera olvidar. Quería ser único, especial.
Se apartó de los labios de ella y bajó por el contorno de su mandíbula, dejando ligeros mordiscos en su barbilla, para luego bajar por su cuello. Tigresa exhaló un largo y quedado suspiro. Sus ojos se cerraron y echó atrás la cabeza, dando un mejor acceso a su cuello al panda. Sus manos jalaron del pelaje de él.
—Po… —Suspiró.
Po sonrió y mordió suavemente en la unión entre el cuello y el hombro de ella, arrancándole un bajo gemido. Entonces, sin previo aviso, posó sus manos en las caderas de la felina y la hizo girar, quedando a espaldas de ella. Tigresa inmediatamente ladeó el rostro hacia su derecha, buscando al panda, mientras que Po, con una ancha y juguetona sonrisa, posó sus labios sobre el hombro izquierdo de ella.
—Aquí, mi amor —Murmuró.
Tigresa sonrió e inclinó la cabeza a un lado, permitiéndole al panda avanzar por su cuello. Un pesado suspiro escapó por sus labios entreabiertos. Sentía sus piernas temblar y por un segundo, pensó que iba a caer de rodillas en cuanto Po siguiera con lo que estaba haciendo. Los labios de él en su cuello la hicieron estremecer y las robustas manos subieron por su cintura, encontrándose ambas sobre su abdomen. Po acarició con mimo las cicatrices en aquel lugar, como si con aquella simple acción pudiera hacerlas desaparecer.
Tigresa cerró los ojos y posó una mano sobre la de él, teniéndolo por unos segundos más ahí. Le gustaba la sensación. Cálida, tierna. Sintió los labios de Po curvarse sobre su hombro, a la vez que aquella mano la empujaba, acercándola más a él. Tigresa gimió al sentir algo duro presionar contra sus nalgas y casi por acto reflejo, arqueó la espalda, buscando más contacto. Po jadeó, mientras su mano izquierda subía hacia el pecho de la felina. Eran pequeños, debía admitir que eran bastante pequeños, pero igualmente le gustaban. Todo de ella le gustaba.
No tenía ni idea como quitarle esas vendas y lo primero que se le vino en mente, fueron las pequeñas garras de sus zarpas. Tal vez no fueran tan afiladas como las de un felino, pero bastarían para cortar aquella prenda, que comenzaba a desesperarle. Pero en cuanto presionó allí, la mano de Tigresa le sujetó la muñeca, deteniéndolo.
—Ni lo pienses —Murmuró.
Las mejillas de Po ardieron y una nerviosa sonrisa curvó sus labios.
—Es que… —Rió, nervioso— No sé quitarlos.
—Me hubieras dicho, tonto.
Con una ancha sonrisa, aún con el brazo derecho de Po rodeándola, Tigresa se volteó para quedar de frente a Po y se llevó las manos a la espalda. Con un pequeño jalón, se desajustó las vendas y estas cayeron al suelo. Sin embargo, Tigresa se había olvidado de las tres Kunais que había ocultado debajo de las vendas, justo entre sus pechos.
Po arqueó una ceja al ver las agujas caer al suelo y sus ojos, interrogantes, se posaron en los de Tigresa. Brillantes, nublados por el deseo, tan ardientes como llamas líquidas. Ella sonrió y tan solo se encogió de hombros. Un gesto tan inocente, que a Po se le hizo impropio de la felina. Sin dudas, Tigresa era una pequeña caja de sorpresas.
Se acercó a ella y depositó un ligero beso en sus labios, sonriendo luego sobre estos. Sus manos se deslizaron por la cintura de ella, hasta encontrarse en su espalda, y la acercaron más a si mismo. Los pechos desnudos de la felina chocaron sobre el de Po, que jadeó al sentir los pezones erectos de ella restregarse en él.
—Me pregunto qué otras sorpresas me esconderás —Murmuró.
Tigresa sonrió con los ojos cerrados y deslizó sus manos por los brazos de Po.
—Si te lo dijera, ya no serían sorpresas.
—Entonces… —La besó en los labios— Tendré que descubrirlas… —Sus manos bajaron hasta los glúteos de ella y fueron a parar en sus caderas— Una por una.
Tigresa sonrió, pero antes de que pudiera contestar, los labios del panda la silenciaron en un apasionado beso.
Y esta vez, el tiempo pareció detenerse… Po la levantó unos centímetros en el aire y ella le rodeó con sus piernas, sujetándose de sus hombros.
La falta de aire le obligó a cortar el beso, pero siguió por la mejilla del oso, besando su mandíbula y bajando hasta su cuello. Tal como él había hecho con ella, Tigresa trazó un camino de besos por el cuello de él, mordiendo suavemente aquel punto sensible donde este se une al hombro, para luego volver a sus labios. Esta vez, ella los acaparó por completo, dejando a Po sin más opción que seguirle el ritmo. Apasionado, casi violento. Tigresa atrapó el labio inferior de Po entre sus dientes y con una ancha sonrisa, jaló suavemente de este.
Po jadeó y sus dedos se clavaron en la tierna carne de los glúteos de ella. ¿Dolor? Tal vez, el sabor metálico de la sangre llenó los sentidos de ambos, pero aquella acción le había hecho estremecer y el bulto en su entrepierna amenazó por rompes su pantalón… En aquel momento, tan solo pudo preguntarse por qué no se lo había quitado aún.
Tigresa rió, una risa traviesa y burlona, a la vez que empujaba sus caderas contra aquella dureza que se afirmaba entre sus piernas. La sensación era deliciosa. Todo su cuerpo se estremeció y un gemido se escapó por sus labios entreabiertos al sentir aquella familiar presión en los músculos más profundos de su vientre.
Po caminó a tientas por el cuarto y de lo siguiente que Tigresa fue consciente fue del suave colchón ceder bajo el cuerpo de ella.
Riendo, jadeando, deshizo el agarre de sus piernas en torno a Po y permaneció con los ojos cerrados. Ni ella misma podría definir la mar de sensaciones que la atravesaban. Pero sí podía asegurar una: Libertad. No aquella libertad de poder hacer lo que quisiera. Aquello quedaba como algo simple a insípido a comparación de esto. Era aquella libertad que uno experimenta al romper las barreras contras las que tanta ha luchado. Se sentía viva, como si todos sus problemas hubieran desaparecido, como si toda su vida hasta el momento no hubiera sido más que algo escrito en un papel, algo que en ese momento podía borrar y dejarlo ir.
No abrió los ojos, pero supo que Po se recostó junto a ella.
La mano de él se posó en su pecho derecho, presionándolo, masajeándolo en círculos. Tigresa suspiró y emitió un corto gemido al sentir los dedos del oso pellizcar el pezón erecto. La sensación se esparció por todo su cuerpo y se sorprendió a sí misma pidiendo en un ahogado murmullo que lo volviera a hacer. Po rió y repitió la acción con el otro pecho de ella, a la vez capturaba los labios de la felina con los suyos, ahogando sus suspiros en un beso.
Lentamente, su mano descendió por el abdomen de Tigresa, que se contrajo ante la caricia, y ni siquiera aquel beso pudo ahogar el gemido que ella emitió cuando él posó su mano en aquel punto tan sensible de ella, presionando por sobre la húmeda ropa interior, trazando lentos y tortuosos círculos.
Tigresa arqueó la espalda y empujó sus caderas contra la mano de Po, pidiendo más, buscando mayor contacto. Su mano izquierda se aferró a la sábana de la cama, jalando de esta, mientras que con la derecha acariciaba el pecho de Po. Ella también quería tocarlo, recorrerlos con sus manos, hacer que se estremeciera.
Presionando sus uñas en la piel del panda, bajó por su barriga, hasta el borde de sus pantalones. Como una niña a punto de hacer una travesura, la emoción sólo la excitó aún más, animándose a sí misma a continuar. Pero en cuanto sujetó el borde de sus pantalones, la mano libre de Po le sujetó la muñeca, deteniéndola.
—No lo harás… —El cálido aliento del oso chocó contra su mejilla— Esta noche, yo tengo el control, gatita.
Tigresa tensó la mandíbula, no supo si por contener un gemido o porque realmente le molestaron aquellas palabras.
—No me llames… ¡Aahh!
La mano de Po se coló por debajo de su ropa interior y sus dedos presionaron en el centro de su excitación, arrancándole un fuerte gemido. La sonrisa de él se ensanchó, a la vez que le sujetaba la mano derecha a Tigresa por encima de su cabeza, aplastando su muñeca sobre la almohada.
—¿Decías? No te oí.
Tigresa gruñó. Saber que el panda tomaría control sobre ella la molestó, pero a la vez la provocó aún más. Se retorció bajo su agarre, intentando liberarse, pero sin mucha insistencia.
—Panda… —Un gemido la interrumpió— Oh, demonios… ¡Po!
Po rió y acercó sus labios a la oreja de ella, mordisqueándola.
—Gime mi nombre —Pidió.
Entonces, dos de sus dedos se adentraron en Tigresa y ella gimió su nombre, tal como él se lo había pedido.
Comenzó con movimientos lentos, pausados, acostumbrando al cuerpo de la felina a la invasión. Las caderas de ella se movían pidiendo más. Su mano se cerraba en puño, tensa bajo el agarre de Po, y jalaba por liberarse. Sus garras rasgaban sin cuidado alguno la sábana debajo de ellos.
Con ojos cerrados, su cabeza se hundía en la mullida almohada, su espalda se arqueaba y el sudor comenzaba a humedecerle el pelaje. Hasta que, sin poder retenerlo más, su cuerpo simplemente se dejó ir en la mar de sensaciones que trajo consigo el orgasmo. Gimió, se retorció, y sus piernas se tensaron al igual que los músculos en las profundidades de su ser. Una sensación indescriptible, que le robó el aliento, aturdiéndola, haciéndola jadear en busca de aire.
Sus mejillas sonrojadas, sus labios húmedos y entreabiertos, tan besables, su pequeño busto subiendo y bajando por su irregular respiración, sus caderas aun empujando sutilmente contra su mano. Y cuando abrió los ojos, el carmín de estos parecía más oscuro, su mirada aún aturdida. Po sintió que podría haberse corrido de tan solo verla. Su entrepierna dolía. Todo en ella lo incitaba a tomarla en ese mismo momento. A adentrarse en ella y no soltarla hasta que ambos yacieran jadeantes y exhaustos.
Sonrió y se inclinó para besar con ternura aquellos labios. Tigresa le correspondió de inmediato y sus brazos rodearon el cuello de Po.
Sin saber cómo, pero sin dejar de besarla, Po se deshizo de sus pantalones y los aventó a un lugar de la habitación al que no prestó atención, para luego encargarse de la ya mojada ropa interior de ella, que fue a parar junto a los pantalones.
De rodillas entre las piernas de ella, le sujetó las caderas y se posó en su entrada. Tigresa gimió contra sus labios al sentir el roce de él y sus caderas clamaron por más.
Entonces, ambos cortaron el beso y sus ojos se encontraron con los del otro… Brillantes, aturdidos, nublados por el deseo. Po la miraba con cariño, con ternura, pidiéndole permiso en silencio para continuar. A Tigresa aquello se le hizo ridículo, tierno, pero ridículo. Si no se había detenido hasta el momento ¿Por qué lo haría ahora, cuando todo en lo que podía pensar era en lo que seguía? Igualmente, sonrió, concediendo aquel permiso, antes de que Po volviera a besarla.
Tigresa no supo qué esperaba sentir, se imaginó que tal vez dolería, tal vez sería incómodo, o tal vez gemirá tal como lo había hecho hacía tan solo minutos… Pero la sensación no se comparaba con nada que su mente hubiera ideado. Lentamente, Po se hundió en su interior, tomándose su tiempo para que el cuerpo de ella lo recibiera. Tigresa pensó que se quedaría sin aire. Sus pulmones se hincharon, reteniendo todo el aire que pudieran, para luego, cuando Po dio un pequeño empujón, exhalarlo en un pesado suspiro.
Sus manos se aferraron a la espalda del oso, clavando sus uñas, y su espalda se arqueó. Arrugó el entrecejo. Dolía, un poco, pero aquello rápidamente fue reemplazado por el placer. Gimió, suave y bajo, y mordió el labio inferior de Po cuando este se adentró por completo en ella.
Por unos segundos, Po no se movió. Cortó el beso y escondió su rostro en el cuello de ella, aspirando aquel embriagador aroma cada que jadeaba en busca de aire.
—Oh, Tigresa… —Jadeó.
Había soñado tantas veces con eso, fantaseado con tenerla en sus brazos, a su merced, con verla retorcerse bajo su cuerpo. Y ahora… La sensación lo superaba. Se retiró lentamente de ella y volvió a empujar, disfrutando de su cálida y estrecha humedad. Tigresa gimió, él jadeó. Las garras de ella presionaron en su espalda, pero Po apenas si sintió dolor. Volvió a repetir la acción, impulsado por los suaves gemidos de la felina, cada vez más rápido, más fuerte, más brusco. Llevó las manos hasta su espalda y sujetó las muñecas de Tigresa, apartando sus garras antes de que le lastimaran de gravedad, para luego sujetarlas sobre la almohada a cada lado de su cabeza.
Apoyando el peso de su cuerpo sobre su codo izquierdo, sujetó con una sola mano ambas muñecas de ella y con su mano derecha, delineó la silueta de ella, acariciando su pecho, su cintura, bajando por sus caderas hasta posarse en el muslo derecho, flexionando su pierna. Tigresa no hacía más que gemir, perdida en la mar de sensaciones que brindaban aquel vaivén de caderas. Hasta que, otra vez, el orgasmo hizo estremecer cada fibra de su ser. Como fuego líquido, el calor en lo profundo de su vientre se esparció por su cuerpo, arrasando con la poca cordura que quedaba en ella, robándole el aliento.
Pero Po no se detuvo, él continuó bombeando dentro de ella, ajeno a todo lo que no fueran los gemidos de la felina y el placer que él sentía. Brusco, duro, salvaje. Casi doloroso. Tigresa cerró con fuerza sus ojos, sintiéndose demasiado débil y cansada, y hundió la cabeza en la almohada. Entonces, de repente, Po se detuvo y terminó junto a un gemido que ahogó en el cuello de ella…
No dijeron nada. Se quedaron en silencio, cansados, jadeando, con sus pechos chocando el del otro al ritmo de sus irregulares respiraciones. Hasta sus labios se curvaron en anchas y satisfechas sonrisas, y ambos emitieron nerviosas carcajadas.
Po salió de ella y se recostó a su lado. Demasiado cansada incluso para abrir sus ojos, Tigresa se dejó llevar por los brazos del panda, acurrucándose contra su pecho. Todos sus músculos de las caderas para abajo sufrieron con el movimiento, pero a ella no le importó. Se sentía feliz, viva, radiante. Tan solo podía sonreír en el protector abrazo del panda.
—Po… —Llamó.
—¿Hum?
Una mano del panda se posaba en su cadera, mientras que la otra vagaba distraídamente por su espalda.
—Gracias —Su voz fue tan baja, que no estuvo segura de que él la hubiera escuchado— Gracias, por amarme.
Po no respondió, por lo que supuso que no la había oído. Una parte de ella se alegró por ello.
Pronto, las caricias de Po cesaron y su respiración se acompasó, volviéndose lenta y más pausada. Estaba dormido, aunque su abrazo no aflojó ni un poco. Tigresa tenía sueño, sus párpados pesaban y sentía su cuerpo de goma, pero no se durmió. No podía. Se sentía segura en los brazos de Po, protegida como nadie nunca (ni siquiera con Shan, cuando era niña, o Yuan), y la idea de apartarse de ellos le hizo encogerse en su lugar.
Se acurrucó más contra el pecho de Po, abrigándose en la calidez de su pelaje, y dejó las pequeñas lágrimas. Si, lágrimas. Porque de repente, tan solo eso podía hacer: Llorar en silencio. No supo exactamente cuánto tiempo estuvo así, pues no lo contó, pero sí supo que fue lo suficiente como para que su mente volviera a la realidad y el sentido común le hiciera ver lo que estaba haciendo… ¡¿Pero qué me pasa?! Se recriminó, cerrando sus manos en puños y tensando su mandíbula.
En silencio, cuidando de no despertar a Po, hizo a un lado su brazo y se levantó. La habitación estaba casi a oscuras, pero al otro lado, pudo ver su ropa tirada. Se arrastró sobre la cama hasta el borde, ignorando el punzante dolor en la zona baja de su abdomen, y cuando estuvo de pie, se sujetó de la mesita junto a la cama para no caer por sus temblorosas piernas. Igualmente, caminó hasta su ropa olvidada en el suelo y se inclinó para recogerla.
Pero al enderezarse, su mirada se topó con un espejo de cuerpo completo. No supo qué exactamente, pero se quedó viendo su reflejo. El brillo de sus ojos, el cálido rubor de sus mejillas, su pelaje revuelto y algo húmedo por el sudor. Y más allá de todo eso, también había algo más. Algo distinto que no supo definir. Cierto… ¿Brillo? Meneó la cabeza, apartando aquellos pensamientos y decidió vestirse. Era una locura pensar en ello. ¿Quién más podría saber? Tal vez Po le contaría a sus amigos, pero eso la tenía sin cuidado.
Se ajustó las vendas al pecho, guardando las Kunais en estas, y se puso la blusa. No tenía idea de dónde había quedado su ropa interior, pero no tenía las ganas de buscarla, así que directamente se colocó el pantalón, para luego calzarse las sandalias.
Tenía que irse, pero por más que daba vueltas en la habitación, se negaba a ir hasta la puerta. Un murmullo llamó su atención y su mirada inmediatamente viajó hacia Po. Tigresa arqueó una ceja y esbozó una pequeña sonrisa al oírle murmurar en dormido. Sin saber muy bien por qué, caminó de vuelta en la cama y se sentó en el borde, apoyando el peso de su cuerpo sobre el codo derecho para recostarse junto a Po.
Tal vez, solo tal vez, si tenía sentimientos por el panda después de todo… Pero se negaba a que fuera amor de verdad. No podía enamorarse de él. No iba a negar que le tuviera cariño. Lo pasaba muy bien con él y la hacía sentirse especial, le trataba diferente a como otros, incluso Yuan, la tratarían. Pero nada le quitaría de la mente que aquello se debía a que no la conocía realmente. Po no amaba a Tigresa, amaba a quien él creía que Tigresa era. De saberlo, no estaba segura de qué haría él.
Estiró su mano izquierda hacia el rostro del panda y acarició su mejilla, con cariño, con mimo. Él sonrió y Tigresa se inclinó para depositar un tierno beso en sus labios.
—Cumpliste —Murmuró— Fue especial —Entonces, recordó algo y una sonrisa curvó sus labios— La otra noche, me pediste un secreto… Pero ¿Sabes qué? Ese no era. Te mentí, panda y creo que si estuvieras despierto no te lo diría—Cerró los ojos, conteniendo el aire por unos segundos. Sabía que él no la oiría, pero su estómago se revolvía en nervios— Pero lo cierto, es que… No sé qué es lo que siento por ti. No te amo, pero tampoco puedo decir que sea solo amistad —Su voz se quebró y su vista se nubló por las lágrimas— Eres especial, Po. Me haces sentir especial… Pero sé que eso no es real. Tu no me conoces y lo cierto, es que me alegra de que así sea.
Depositó otro beso en los labios del panda, para luego apartarse de él de una vez por todas. Si se quedaba, Po despertaría y le preguntaría por qué se iba. No quería dar explicaciones, ni inventar excusas, así que simplemente se dirigió a la puerta y salió de la habitación, sin mirar atrás…
Continuará…
En fin, desde las profundidades de mis frazadas, les informo que digan lo que digan en los reviews, será amablemente contestado, ya sea por PM o en el siguiente capítulo…
Ahora, habiendo avisado eso… ¿Qué tal me quedó el cap, hermosas criaturas de la naturaleza? Espero que les haya agradado y que el Lemmon no haya quedado tan mal o "Escrito por una monja o una alguien de cinco años"... Si, tu, que lees esto con cara de "¿Eh?". Siente la indirecta, ¡Siéntela! xD… Ok, no. Solo bromeo xD… Se me hace que esto no es lo mío, pero bueno, ya se verá… xDDD
