Los personajes son de Meyer. Esta es una adaptación.

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MARCO Y JACOB

"Deshaciéndonos de los intrusos..muaj muaj"

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A la mañana siguiente, Bella estaba en su habitación revisando su equipaje por cuarta vez. En esta ocasión no habría comité de despedida con sus padres en la estación. No cabía la posibilidad de que Jacob o Leah fueran a decirle adiós, lo cual, curiosamente, se le antojaba más honesto que la última vez, y no más triste. Y les había dicho a sus padres que podía ir a la estación en Taxi porque tenía muchas menos cosas que cargar. Ellos no se ofrecieron a llevarla en coche. Bella entendió que todo ello formaba parte de su modo de permitirle ser una persona adulta. Miró pensativa su mochila, como si pudiera añadir algo a la conversación que se estaba desarrollando en su cabeza. En cambio, se descubrió recordando la última vez que estuvo recogiendo sus cosas, con la ayuda de Edward, y pensando lo distinta que era la vida entonces.

—¿Todo listo? —le oyó decir a su madre.

—Eso creo —dijo como para sí.

Bella se volvió al oír aparecer a su padre detrás de su madre. Era agradable verlos así, juntos y enmarcados en el umbral de la puerta de su habitación. Ella los miró.

—Os quiero mucho a los dos, ¿sabéis?

Sorprendidos, conmovidos, pero sobre todo incómodos, sus padres la dejaron tranquila. Bella sonrió asombrada. Después de todos esos años, y la mañana de su marcha encontraba por fin el modo de lograrlo.

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El viaje a Seattle fue de lo más frustrante. No recordaba que se tardara tanto. Estaba sentada en el Bus deseando que avanzara más deprisa, aunque no sabía muy bien por qué. Cada vez que pensaba en los Cullen le daba un vuelco el estómago. Trató de imaginar la reacción de Edward al descubrir que iba a volver. Procuró recordar exactamente lo que le había dicho en el fragor de la discusión del día anterior, pero le resultó imposible recuperar las palabras concretas. Empezó a considerar la posibilidad de que tal vez le costase estar en presencia de Edward. Cuando se mostraba agradable, era maravilloso, pero cuando se convertía en el otro Edward, se le hacía doloroso estar siquiera cerca de él. Entonces se recriminó duramente; se trataba de hacer realidad su sueño, del trabajo de su vida, y no pensaba permitir que él se lo echara por tierra. Sencillamente tendría que hacer frente al hecho de que Edward Cullen viviera en el cuarto contiguo. Al fin y al cabo, iba a ser por poco tiempo.

Tuvo que esperar la estación durante cuatro minutos y se puso a recorrer el andén arriba y abajo, impaciente. Cuando llegó el bus, se subió y siguió paseándose arriba y abajo. Al salir de la estación en Seattle, descubrió que sus labios estaban empezando a dibujar una sonrisa a medida que avanzaba por la carretera admirando los paisajes. Para cuando llegó a la altura de la casa de los Cullen, prácticamente iba corriendo, y llamó tres veces al timbre. Al oír el reconocible sonido de la estampida de búfalos, se puso a dar saltitos con uno y otro pie.

La puerta se abrió de par en par y allí estaba Carlisle rodeado por los niños. Hasta los gatos había acudido para ver a qué se debía todo aquel alboroto.

—¡Hola! —gritó Carlisle

—¡Es Bella! —chilló Emmett—. ¡Mamá! Alice no me quiere dar mi... ¡Es Bella!

Alice se abalanzó sobre ella y les dio un enorme abrazo a sus piernas escondiendo la cara entre sus muslos. Jane estaba de pie en el pasillo, apoyada en el pasamanos y con una sonrisa iluminándole el rostro.

—Me estoy dejando crecer el pelo para tenerlo como tú —dijo dando un ligero pasito hacia delante.

—Dame un abrazo, preciosa —le dijo Bella, y Jane obedeció.

Alice soltó una risita y se apretujaron todos aún más fuerte.

Emmett cogió la mano de Bella

—Tengo un dinosaurio nuevo —anunció contentísimo por tener a otra persona a quien contárselo—. Tiene los ojos verdes y ruge y mueve la cabeza como si fuera de verdad. Los dinosaurios están extinguidos, me gusta tu camiseta.

—¿Cómo está tu mamá? —preguntó Alice soltándole las piernas.

—Mucho mejor, gracias, cielo —dijo Bella

Esme salió al pasillo. Bella se preparó y levantó la vista. Edward no estaba.

—Dejad de agobiar a la pobre chica —ordenó Esme a los niños—. Bienvenida, Bella. Entra, por favor. Dame tu chaqueta. Tu habitación está lista. Ven a tomarte un té. Hay una sorpresa.

—¡Tenemos una tarta! —estalló Alice

—Bueno, ahí va la sorpresa —rió Esme

Todos siguieron a Bella hasta la cocina. Edward no estaba.

—Ve a guardar tus cosas y a refrescarte un poco, si quieres. Edward ha salido —gritó Esme mientras ponía la mesa.

Bella entró en su cuarto sintiendo una mezcla de emoción y desencanto. El dormitorio era más pequeño de lo que recordaba. Le lanzó una mirada a la puerta que separaba su habitación de la de Edward. Bueno, pensó. Ha salido. No sabía si sentirse aliviada o insultada. Lo único que sabía era que se había pasado todo el viaje mentalizándose de que iba a verlo y ahora tenía el cuerpo rebosante de energía nerviosa que no tenía a donde ir, más allá de sus terminaciones nerviosas. Mr. Bojangles no le habría llegado ni a la suela del zapato. Entonces oyó el portazo en la entrada y toda su energía nerviosa encontró el camino de salida a una velocidad de vértigo. Entró un momento al cuarto de baño.

Una vez dentro, se miró en el espejo, chasqueó la lengua y volvió a salir. Justo en ese instante, Edward entraba en el cuarto de ella. Bella se paró en seco. Edward se paró en seco. La habitación se paró en seco.

—Yo... —explicó.

—No te preocupes por mí —dijo dirigiéndose a su habitación—. Enseguida me quito de en medio, es que se me ha olvidado una cosa.

Cuando reapareció, Bella no se había movido ni un milímetro.

—Bueno, he vuelto —dijo cuando él ya estaba en la puerta—. Por fin.

Edward se detuvo y arqueó las cejas.

—¿Eh?

—Solo... espero que no sea complicado. Para nosotros... para ti. O sea...

—¿Complicado? —rió—. ¿Por qué demonios iba a ser complicado?

—Bueno, nosotros..., ya sabes. Dije cosas...

Él se encogió de hombros.

—Y tú también —continuó Bella

Edward repitió el gesto.

—¿Y? No vamos a dramatizar. Yo ya me he olvidado de todo.

—¡Ah! ¡Estupendo! Así que ¿no te supone un problema que esté aquí?

Edward le sonrió como compadeciéndose.

—Supéralo —dijo, sacudiendo la cabeza.

Bella esbozó una tensa sonrisa.

—No pensaba que tuviera que superar nada.

Edward fijó intensamente la mirada en ella.

—Mira —dijo. Ella escuchó—. Querían que volvieras, y has vuelto. Genial. A mí me importa una mierda. Me da exactamente lo mismo lo que hagas o dejes de hacer.

Bella, con los dientes bien apretados, lo vio dar media vuelta y salir.

—Gilipollas —musitó con poco entusiasmo, lo cual le hizo sentir cierta amargura. Y entonces fue a sumarse a la cena.

Tras su llegada, en menos de una hora, Bella se sentía como en casa. Esme y Carlisle reñían en un ambiente de tensión sexual, los niños se estaban peleando, los gatos la estaban poniendo nerviosa y Edward era una fuerza oscura y opresiva que invadía su vida. Hogar, dulce hogar.

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Era lunes a media mañana y la mano de Esme se cernía sobre el teléfono. Después de un instante, cambió de opinión y llamó a Harry, que contestó al cabo de solo cincuenta tonos.

—¿Harry? Esme.

—¡Esme! ¡Qué sorpresa tan agradable! Supongo que ya habrás visto el montaje preliminar.

—Sí, Harry, lo he visto.

—Lo ha visto, Harry. Oh, sí, lo ha visto, con esa voz dura y sin embargo tan femenina.

—¿Te gustaría saber lo que pienso?

—Nada me gustaría más, Esme. Hasta ahora toda mi vida ha sido solo un preludio de este momento.

—Está más crudo que el culo de un tejón, Harry

Se produjo un largo silencio.

—Ah —dijo Harry finalmente—. No me digas. En la reunión de postpostprepreproducción hicieron hincapié en que no querían que se pareciera al culo de un tejón, por el laureado anuncio El culo del tejón.

Esme lanzó una mirada al cielo.

—Sí, Harry, algo así.

—Entre tú y yo, Esme, esa apariencia de «culo de tejón» es jodidísima de crear.

—Bueno, pues lo has conseguido.

—Ah, pues gracias. A cada uno, sus méritos. ¿Querías algo más?

—Sí, Harry. Me gustaría hablar un segundo con Marco.

—Apuesto a que sí. Te paso con él.

Esme esperó con la mirada fija en su mesa.

—Eres una mujer dura —oyó decir a la voz suave de Marco—, pero me gusta.

—Sí, lo siento.

—No es un buen montaje preliminar, deduzco.

—No, si alguno de nosotros aspira a una bonificación decente este año —dijo.

—Mierda. Seguiremos trabajando en ello. A lo mejor deberíamos vernos.

—Ya.

—Por ahí, en algún armario.

—Pensaba en esta noche, quizá. En Nachos.

—¡Ah! Genial.

—¿A las siete, por ejemplo?

—A la siete, entonces.

Esme colgó el auricular y contó las horas hasta el fin de su época de mujer escarlata. Solo siete.

A las siete y tres minutos, vio a Marco dirigir sus pasos hacia ella a través del concurrido bar.

—Ya sé lo que vas a decir —le susurró al oído tan pronto estuvo a su lado.

—¿Ah, sí? —preguntó ella.

—Sí. Y lo que tengo en el bolsillo no es un Bocaditos; es que me alegro de verte.

Esme se apartó.

—Iba a pedir —dijo—. ¿Qué quieres?

—Tomaré una Esme Cullen, por favor. Con hielo.

Esme tuvo que empujarlo ligeramente con las manos para poder zafarse de él.

—Marco. —Hubo algo en su voz que lo hizo pararse en seco. Esperó—. Se me hace muy difícil decirte esto.

Las facciones de Marco se alteraron ínfimamente.

—¿Por qué? ¿Es en griego? —preguntó.

Esme se lo quedó mirando. Tras una pausa, él empezó a asentir con la cabeza y llevó la mirada al suelo. Mientras daba toda la impresión de resistir el impulso de taparse los oídos con los dedos, cerrar los ojos y ponerse a silbar, Esme lo expuso de manera sencilla.

—Es lo mejor —concluyó.

Él volvió a asentir.

—Vamos —dijo ella—. Ha sido prácticamente una cosa aislada. Nada serio.

Otro movimiento de cabeza.

—Solo ha sido un manoseo en profundidad —insistió—. Por favor, no hagas que me sienta como si estuviera terminando una aventura.

Marco echó un vistazo por el bar.

—Solo fue un manoseo en profundidad porque soy un caballero y acabábamos de empezar.

Esme hizo un gesto de negación.

—No —dijo—. Soy una mujer felizmente casada. Tengo tres hijos y quiero a mi marido.

Marco resopló.

—No pensabas en ellos cuando estabas en el armario de los Bocaditos, ¿no es verdad?

—En realidad sí que pensaba en ellos —dijo Esme—. Fue más por rabia que por lujuria.

—Salud.

Esme suspiró.

—No me lo estás poniendo nada fácil.

—Ni tú tampoco. Por lo menos podrías intentar ponerte fea mientras lo haces, o... eructar o algo así.

—No puedo pedir eructando.

—Típico.

—Mira, hay ciertas cosas en la vida que nos gustaría hacer, pero que no podemos —mintió Esme—. Es así de simple.

—¿Por qué?

—Porque tenemos que comportarnos como adultos.

—¿Por qué?

—Porque eso es lo que somos: adultos.

—Eso fue lo primero que nos metió en el lío. Créeme, si fueras una niña, no estaríamos en esta situación.

Esme empezó a recoger su abrigo y su bolso.

—Me voy a ir —dijo—. ¿Puedo... hacer algo? Para que sea todo un poco más fácil.

—Sí, podrías ponerte faldas más largas.

Esme sonrió.

—Y llevar la chaqueta puesta todo el rato —dijo Marco—. Y no sonreír.

—Estaba pensando más bien en no ir a reuniones que no sean absolutamente imprescindibles.

—Y hacerte una carrera en las medias de vez en cuando. Todo el mundo lo consigue.

—Debería irme.

Otro gesto de asentimiento.

Esme se levantó para marcharse y Marco se quedó mirando el suelo mientras ella se alejaba. Cuando ella llegó a la boca del metro, él seguía mirando.

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Bella inició su segunda noche de vuelta en Seattle sentada en la cama, en su cuarto, pensando seriamente y con madurez en deshacer las maletas. Para su sorpresa, uno de los gatos apareció en su cama, se estiró y le permitió gentilmente que lo acariciara. Entonces Bella se tumbó sobre la espalda y se quedó dormida. La despertó el sonido de su teléfono móvil bailando una samba. Era Heidi. Se emocionó al pensar que Heidi ya no era su amiga a larga distancia y quedaron en verse al día siguiente.

Entonces Bella le contó sus últimas noticias.

—¡En cuanto Carlisle venda la tienda se quedará en casa y yo seguiré cobrando prácticamente el mismo sueldo trabajando media jornada!

—¡Ponte en la primera fila de la clase! —gritó Heidi—. ¡Niñera a tiempo parcial con sueldo de jornada completa! Deberías dar conferencias.

—Yo no he hecho nada —dijo Bella—. Es por Carlisle.

—Ya. ¿Sentimiento de culpabilidad?

—Bueno, debe de haber puesto fin a su aventura —le confió Bella—. No creo que pueda trabajar con él durante mucho tiempo si no lo ha hecho. Lo que no pienso hacer es andar guardándole secretitos igual que hace su hijo.

Entonces le contó que había ido a Forks y analizó minuciosamente su discusión.

—¡No me lo puedo creer! —gritó Heidi

—Lo sé. Desgraciado.

—¡Se fue hasta allí para verte!

—Me llamó calientapollas.

—¿Se fue con el coche hasta allí para suplicarte que volvieras?

—Me llamó calientapollas.

—¿A cuántos kilómetros está?

—Creo que te estás desviando del tema.

—Bueno, una de nosotras lo está haciendo, desde luego.

—Me llamó calientapollas.

—Ya —dijo Heidi—. Me pregunto cómo lo sabe.

—¡Heidi!

—Escúchame, vas a tener que decirle algo a Félix—dijo Heidi

—Ay, Dios. ¿Por qué?

—Porque ha decidido los nombres que les va a poner a vuestros hijos. ¿Sabías que vais a tener cuatro?

Justo entonces, Bella oyó al otro lado del hilo telefónico a Dimitri entrando en el cuarto de Heidi y tuvo que oír cómo esta le contaba que Bella había vuelto. Oyó a Dimitri decirle a Heidi que la saludara de su parte y que la invitara a reunirse con ellos esa noche. También oyó que Dimitri decía: «Podemos invitar a Félix. Así seremos dos y dos».

—¡Oh, no! —gritó Bella al teléfono. No pensaba caer en eso otra vez—. No hace falta que le cuentes a Félix lo de mi vuelta enseguida, ¿verdad?

La voz de Heidi se apagó ligeramente.

—Demasiado tarde. Dimitri ya está llamando.

—¡Ay, Dios! —gritó Bella—. Dame un momento para situarme.

—No creo que Félix quiera que te sitúes. Es más fácil que te pierdas si ya estás un poco desorientada.

—¿Sabes? —dijo Bella—. Creo que a lo mejor nos estamos pasando un poco con Félix. Me llamó cuando estaba en casa y estuvo de lo más amable. Y cuando tuve que cortarle, no se molestó en absoluto. Mejor que Edward, que vino en persona y luego me puso de vuelta y media. ¿Te he contando que le di una bofetada?

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Heidi—. ¡Qué emocionante!

—En realidad, no —dijo Bella—. Fue horrible, perdí la cabeza. No es como en las películas. Es desagradable y embarazoso.

—¿Cómo crees que vas a reaccionar cuando lo veas?

—Ya lo he visto.

—¿Y cómo ha ido?

—De pena. Ha vuelto a la versión despreciable. Duro y frío.

—Madre mía. Por lo menos, con Félix sabes dónde estás.

—Sí —suspiró Bella—. Con alguien que no me gusta.

Bella le explicó que tenía que llamar a sus padres para decirles que había llegado bien, y colgó. Se tumbó de espaldas y cerró los ojos para darse un momento antes de hacer la llamada. Cuando la samba volvió a sonar, no le costó mucho adivinar de quién se trataba.

—Hola, Félix —dijo afable mientras se preguntaba si Edward podría oírla.

—¡Eh! ¡Sabías que era yo! —rió Félix.

—Pues sí —dijo.

—¡Bueno! —dijo él tras una fracción de segundo en silencio—. Ya he oído que has vuelto.

—Sí —rió—. El juego del teléfono ha sido corto pero efectivo.

—Y he oído que has terminado con Jacob

—En realidad, parece ser que fue él el que terminó conmigo.

—¡Genial!

—Gracias.

—Quiero decir...

—Mira, Fél...

—Me preguntaba si querrías salir alguna vez.

—Gracias, pero ahora no —contestó.

—Ah. Vale. Te daré un poco de tiempo para que te asientes.

—Bueno, creo que voy a necesitar un poco de tiempo para acostumbrarme a más que eso.

—Por si acaso cambias de opinión, estaremos en el Flask a partir de las ocho.

—De acuerdo —dijo Bella despacio, pensando que estaría bien ver a Heidi y a Dimitri, pese a no estar muy segura respecto a Félix—. Gracias.

—Y espero que vaya todo bien —añadió.

—Gracias. Estaré bien.

—Estupendo. Si alguna vez necesitas charlar, dame un toque.

—Gracias —dijo Bella considerando que podría serle muy útil.

—Pues nada, adiós —dijo animadamente, y colgó.

Bella estuvo un rato masajeándose las sienes y entonces llamó a sus padres.

—Estoy aquí —le dijo a su padre.

—¿Dónde?

Ella sonrió.

—En la habitación.

—Ah —dijo suavemente—. Qué bien; es más pequeña de lo que imaginaba, pero agradable.

Bella cerró los ojos y sonrió aun más concentrándose en la voz de su padre.

—¿Cómo está mamá?

—Bien. Esta viendo The Antiques Roadshow.

Un cálido silencio los unió a través del hilo telefónico.

—Le he dado permiso escrito —añadió.

Finalmente, Bella colgó, se incorporó y, tras un instante sentada encima de la cama con las piernas cruzadas y tarareando, se puso a deshacer las maletas.

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Después de clase, Jane no veía el momento de que mamá llegara a casa para contárselo todo lo que había pasado en el colegio. Pero antes, había otra noticia: Edward y papá habían intercambiado los contratos sobre la tienda y el apartamento de arriba, y la familia iba a celebrarlo esa noche con una cena. Y le iban a dejar que se quedase levantada. Incluso Bella estaba invitada, ya que mamá había dicho que para ella también era una buena noticia, porque significaba que papá podría pasar más tiempo en casa y ella podría empezar a buscar un curso. Aquella noche reinó una gran excitación en la casa.

—¿Por qué es tan buena noticia, Bella? —preguntó Emmett cuando Bella se asomó a comprobar que se estaba preparando para irse a la cama. Esme iba de camino a casa, de modo que se estaba encargando de acostar a los pequeños mientras Carlisle terminaba de preparar la cena. Él subiría más tarde.

—Bueno —respondió—. Significa que pasaréis mucho más tiempo con papá, y también que Edward podrá dejar su trabajo.

—¿Significa que ya no estarás aquí?

—No, claro que no —dijo—. Significa que estaremos los dos en la escuela al mismo tiempo, nada más.

Se emocionaba con solo pensarlo.

—¿Por qué vas a la escuela, si ya eres mayor?

—Porque no fui cuando era más joven.

—¿No eras lo bastante lista?

Bella sonrió.

—No, es solo que no lo hice. Y ahora tengo muchas ganas.

—Ah. —La miró incrédulo.

Cuando bajó las escaleras, encontró a Edward hojeando en silencio sus folletos universitarios. Al percatarse súbitamente de su presencia, su cabeza dio una leve sacudida, pero mantuvo los ojos clavados en lo que estaba leyendo. Ella se puso a revolotear a su alrededor poniendo orden.

—Entonces, ¿vuelves al cole? —comentó.

—Ajá.

Edward levantó la vista.

—¿Qué vas a estudiar?

Bella se detuvo sorprendida.

—No estoy segura. Me gustaría Antropología, pero no sé si mis notas serán lo bastante buenas.

Edward resopló. Ella dejó lo que estaba haciendo.

—¿Y eso qué significa? —preguntó en un tono helador.

Edward tenía una expresión vacía.

—Las notas y los títulos están sobrevalorados —declaró—. No significan nada.

—Eso no es cierto.

—Sí que lo es.

Bella se puso a llenar el lavavajillas.

—Eso es como si alguien con dinero dijera que el dinero no lo es todo. Sin títulos no se consiguen buenos trabajos.

Otro resoplido.

—Define «buen trabajo».

Bella dejó lo que estaba haciendo.

—De acuerdo: economista.

Él sonrió secamente.

—Ahí has caído de lleno en la trampa —dijo—. La contabilidad está sobrevalorada.

—Pero el salario es bueno, ¿no?

—No, no especialmente. No a cambio de las horas que se espera que le eches.

—Ah, ¿y las niñeras no le echan horas y horas? —Llevó la mirada hacia el reloj de la cocina—. ¿Quién de los dos sigue trabajando?

Él frunció el entrecejo.

—¿Quién habla de niñeras ? Pensaba que estábamos hablando de economistas.

—Lo que te estoy diciendo es que con un título seguramente no tendría que estar trabajando a estas horas de la tarde y seguramente estaría ganando más.

Esperó la réplica de Edward y, al ver que no llegaba, continuó.

—Y no me digas que eso es porque las niñeras no usan el cerebro en su trabajo, porque me acabo de pasar diez minutos jugando a un juego de preguntas y respuestas que tendrá una gran repercusión en un niño de seis años brillante y emocionalmente vulnerable. —Edward asintió—. Cualquiera sabe sumar —concluyó.

A Bella le pareció que aquello había sonado bastante violento, y se le ocurrió pensar que tal vez ese podía ser el momento adecuado para disculparse por haberlo abofeteado. Lo miró y se acordó de que él la había llamado calientapollas. Y que había dicho que aquella noche ella se puso a tiro. Y que había hablado entre susurros con su padre acerca de engañar a Esme. Y recordó las proféticas palabras de advertencia de Esme respecto a los encantos de Edward Cullen. Entonces se acordó del aspecto que tenía Edward, solo con los vaqueros puestos y empezó a sentir un incipiente dolor de cabeza.

—Yo... —empezó Edward— supongo que no debí llamarte calientapollas.

Bella se quedó tan anonadada y a la vez se sintió tan insultada por la palabra «supongo» que no supo qué decir. Justo en ese momento, su teléfono sonó. Se dirigió a su bolso y contestó sin mirar quién llamaba. Se volvió a mirar a Edward mientras hablaba. Edward se estaba pasando los dedos por el pelo mientras echaba un vistazo a los folletos de Bella

—Hola, Félix —suspiró débilmente sintiéndose como si se estuviera ahogando.

Se perdió la primera mitad del discurso de Félix debido a que estaba demasiado ocupada mirando a Edward. Él levantó la vista de los folletos, la miró sin rodeos como si fuera un vaso de leche cortada que hubiera olido accidental mente y salió hacia el salón, mientas le decía serenamente al pasar a su lado:

—Disculpa.

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Bella se fue mecánicamente hacia su cuarto cerrando la puerta tras ella. Félix no quería ponerse plasta, decía, pero resultaba que Dimitri, Heidi y él iban a volver a verse esa noche y Heidi se preguntaba si le gustaría reunirse con ellos en el pub. Heidi habría llamado personalmente a Bella, pero había salido con Dimitri a buscar un poco de comida para llevar y le había pedido a Félix que la llamara de su parte.

Bella visualizó a Heidi adentrándose en la tarde con Dimitri. Le dijo que sonaba de maravilla, pero que esa noche le iba a ser imposible, tenía algo que celebrar con los Cullen. Hablaba con una voz carente de toda cordialidad y entusiasmo, pero no estaba segura de que Félix lo hubiera notado.

Cuando llamaron a la puerta de su habitación cogió fuerzas e, interrumpien do a Félix a mitad de discurso, le chilló a Edward que entrara. Él volvió a llamar.

—Espera, Félix —dijo, y se acercó a la puerta con el teléfono al oído.

Cuando vio a Jacob allí de pie, delante de Edward, sintió que se le erizaba el cuero cabelludo de la nuca.

—Ahora te tengo que dejar —le dijo a Félix atravesando a Jacob con la mirada para fijarse en Edward, que evidentemente lo había dejado entrar.

Félix seguía hablándole al oído.

—Félix —le cortó impaciente—. Tengo que dejarte ahora mismo.

Colgó.

Edward se dio la vuelta y salió de la estancia.

Bella se quedó mirando a Jacob. Estaba serio y pálido. Se preguntó por que no habría telefoneado para avisar de que iba a ir. Se preguntó por qué habría escogido esa noche. Se preguntó dónde estaría Leah. Se preguntó qué habría ocurrido cuando Edward le abrió la puerta.

—Hola —dijo Jacob

Ella asintió.

—¿Podemos hablar?

—No es el mejor momento, Jacob. Deberías haber llamado.

—Lo siento.

—Aquí no —dijo cerrando la puerta de su cuarto a su espalda—. Iremos al parque.

Al pasar junto al comedor, Bella asomó la cabeza por la puerta. Edward estaba viendo la televisión.

—Esto —empezó—, solo vamos al parque de Waterlow.

Él mantuvo los ojos clavados en el televisor.

—A mí no tienes que pedirme permiso —dijo encogiéndose de hombros.

Bella apretó los dientes.

—Si Esme vuelve antes que yo, dile, por favor, que no tardaré.

—Claro.

—Por supuesto, empezad a cenar sin mí. Por supuesto.

—Por supuesto.

Bella hizo una pausa.

—Vale —dijo.

No hubo respuesta.

—Hasta pronto —le dijo ella.

Silencio.

Luego, al salir de la estancia, oyó un malicioso «que te diviertas».

Su mente estuvo haciendo un repaso de todas las posibles respuestas que aquello podía merecer.

—Oh, no te preocupes —dijo suavemente—, lo haré.

Mientras aceleraba calle arriba, con Jacob siguiéndola detrás a toda veloci dad, esperaba que Edward se hubiera quedado echando humo por dentro.

Mientras tanto, Edward seguía sentado viendo la tele, echando humo por dentro.

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Jacob y Bella llegaron al parque en diez minutos justos y se sentaron en el primer banco que encontraron.

—Bueno —le dijo ella—, tienes media hora.

Jacob suspiró.

—Sé que te lo contó todo.

—Sí, eso es —dijo Bella—. Incluso me recordó el tiempo que tardaste en «echarme un polvo».

—No fue así, Bella

Bella se encogió de hombros.

—¿A quién le importa?

—A mí.

Jacob se inclinó hacia delante, juntó las manos y le ofreció su versión de la historia con voz monótona y discurso acelerado. Le contó que no había ido en serio con Leah desde el principio, y que entendió que Leah tampoco iba en serio con él. Cuando ella le mencionó que era amiga de Bella no podía creer la suerte que había tenido. Había estado tan colado por Bella desde el jardín de infancia... que estaba decidido a volver a conocerla. Sí, puede que le hubiera dicho a Leah que la fantasía de todo chico era acostarse con la primera chica por la que se había colado, pero eso fue antes de volver a conocerla y, de todas formas, era cierto. Naturalmente, ahora no recordaba haberlo dicho, pero, de haberlo hecho, probablemente habría sido para darle largas a Leah. ¿Cómo iba a saber que iba a quedarse en su vida y que estaba tomando nota? Algunas veces decimos cosas acerca de personas que ni siquiera conocemos todavía.

De todos modos, cuando volvió a conocer a Bella, ella resultó ser todo lo que él había imaginado. Quería salir con ella y sí, por supuesto, quería hacer el amor con ella, no veía nada malo en ello; de hecho, lo raro habría sido no haberlo deseado. Cuando Leah descubrió que habían empezado a salir juntos, se puso hecha una furia y le dijo que le contaría todo a Bella, incluyendo lo que había dicho sobre ella antes de conocerla; la posibilidad de perder a Bella lo aterrorizaba. Y así empezó a ejercer Leah su poder sobre él, y así lo mantuvo durante los siguientes seis años. Y la verdad es que se acostumbró a ello. En cierto modo ella fue el antídoto que contrarrestaba la calma de su relación con Bella, y los líos ocasionales con ella siempre fueron increíblemente apasionados, a pesar de que lo inundaban de remordimientos.

Sí, continuó, había querido casarse con Bella, pero cuando ella se marchó a Seattle, de repente Leah y él ya no tenían nada que ocultar. Y se dio cuenta de que confiaba en ella. Descubrió que el deseo original que había sentido por Leah en los viejos tiempos seguía allí, y que había algo más: una honestidad respecto a su lado oscuro que nunca había querido manifestar ante Bella. Además, Leah y él sabían lo que era amar demasiado a alguien y vieron que se entendían a la perfección. Antes de darse cuenta, tenían una relación casi de pareja. Pero habían llegado a un punto muerto: ella quería que él terminara con Bella, aunque una parte de él todavía quería casarse con ella; de modo que convenció a Leah de que, si volvía a declararse una vez más, Bella volvería a rechazarlo otra vez casi con toda seguridad y así tendría la vía de escape perfecta. Lo que no le dijo nunca a Leah fue que esperaba que Bella le dijera que sí en esa ocasión.

Bella lo escuchó con una sobria distancia.

—¿Así que vas a casarte con Leah a pesar de que una parte de ti quería casarse conmigo? —quiso comprobar.

—Bueno, si te soy completamente franco —dijo dejando escapar un profundo suspiro—, tampoco creo que hubiera podido dejar a Leah de haberme casado contigo.

Bella se echó a reír.

—Leah y yo... somos tal para cual —dijo sencillamente—. Tiene mucho más sentido que me case con ella que contigo.

Alzó la vista para mirarla entornando los ojos por la luz de la tarde.

—De todas formas —añadió enseguida—, a ti no podía conseguirte, ¿no es cierto?

Ella negó con la cabeza. Al cabo de unos instantes, Bella miró el reloj.

—Tengo que volver —dijo.

—Vale.

Regresaron a la casa andando en silencio, Bella un ansioso paso por delante durante todo el trayecto. Habían estado una hora entera. Cuando llegaron a la puerta principal, Jacob le cogió las dos manos a Bella

—¿Qué estás pensando, Bella? —le preguntó.

Ella lo atrajo para separarlo de la ventana del comedor, se armó de valor y se lanzó.

—¿Te incité, Jacob? —le preguntó—. ¿Te provoqué?

Él apartó la vista un momento.

—Qué va —dijo finalmente con un suspiro—. No lo necesitaste. Ya me bastaba yo sólito.

Se miraron con tristeza y finalmente compartieron una media sonrisa resignada.

—Espero que Leah y tú seáis muy felices —dijo Bella

—¿En serio?

—Sí. Y creo que lo seréis.

—Yo también, la verdad. —Hablaba con rapidez—. Ha sido como dejar algún tipo de droga nociva: cuando te fuiste a Seattle tuve el mono y ahora estoy pasando por lo peor para volver a vivir una vida normal.

Bella se quedó mirándolo.

—Gracias, Jacob—dijo.

—No quería decir que tú...

—No importa...

—Sí que importa...

—No —dijo con firmeza—. De verdad que no. Ahora tengo que volver adentro.

Bella permitió que la abrazara sin sentirse conmovida y luego lo vio subirse a su coche y alejarse.

Pasado un momento, se volvió hacia la casa y entró.

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Esme ya había llegado, y Carlisle y Jane estaban poniendo la cena en la mesa. Bella contó hasta tres, luego contó hasta diez y cuando llegó al quince entró en el comedor. Estaba vacío. Volvió a entrar en la cocina y estuvo paseándose arriba y abajo un rato.

—¿Dónde está Edward? —lanzó al aire, como sin darle importancia—. Pensaba que estaba viendo la tele.

Esme, que estaba picoteando de la nueva receta mejorada de lasaña de Carlisle, levantó la vista.

—Ah, le ha llamado un amigo —dijo distraídamente—. Se ha ido al pub.

—Lástima —le dijo Carlisle a Esme—. Me apetecía mucho celebrarlo con él

—Puedes celebrarlo con él el fin de semana, cariño —dijo Esme llevando la lasaña a la mesa—. Esta noche lo celebras con las mujeres de tu vida.

Bella se sentó con ellos y trató de sumarse al ambiente festivo. Sin embargo, con la caída en picado de sus emociones ante la repentina desaparición de Edward, ahora sabía con seguridad que estaba en serios apuros. Cuando él estaba, era un infierno; pero era aún peor cuando no estaba.

Se quedó mirando el vacío mientras Esme repartía la ensalada. Gracias a Dios que Edward se iba a mudar, de lo contrario no lograría hacer frente a esa montaña rusa de sentimientos por mucho más tiempo. Se dijo con determinación que aquella era su oficina, no podía arriesgarse a perder su trabajo por ser emocionalmente tan vulnerable. Consiguió arrancarse una sonrisa cuando Jane hizo un mohín al ver la cantidad de materia verde que habían colocado en su plato.

—Edward y yo nos hemos pasado esta tarde por el apartamento —dijo Carlisle por entre la lasaña.

—¿Ah, sí? —dijo Esme

—No era consciente de lo mal que estaba, aunque yo ya se lo había dicho. Dice que a lo mejor hace alguna obra también; va a tardar unos meses en poder mudarse.

—No pasa nada —dijo Esme—. Es genial tenerlo por casa. Y lo niños lo adoran.

Se volvió hacia Bella

—Vosotros dos habéis superado vuestra pequeña riña, ¿verdad?

Bella asintió.

Carlisle y Esme sonrieron y Jane hizo una ovación. Entonces Bella decidió que era el momento de trasladarse.

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Rews?

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