Arthur salió más que molesto de la mansión de Francis, iba quejándose por lo bajo y manoteando de repente. Tal vez estaba haciendo demasiado drama para un problema que se solucionó pronto (y vaya que eso era raro que ocurriera, principalmente a él que tenía la mala suerte de meterse en problemas largos como si de deporte se tratara) pero eso no quitaba que el maldito de Scott dudara de él ¡Y eso sí que dolió! No había sufrido de constantes burlas, los miedos propios e infundados a lo que sentía por él y además, decidir cambiar radicalmente su vida ¡Para que ese maldito escocés viniera ahora a dudar del amor que le profesaba!

Estaba tan molesto e iba tan distraído quejándose de cuanto defecto en Scott pudo recordar que no notó que estaba por cruzar la calle con la luz verde. Si no fuera por Scott que le dio alcance y lo jaló hacia atrás, Arthur hubiera sido arrollado por una camioneta.

‒ ¡¿Pero en qué estabas pensando?! ¡Casi te matas! - le grito molesto el pelirrojo una vez reviso que no le había pasado nada - ¡Cielos, Arthur un día de estos vas a lograr que me salgan canas de la pura preocupación, idiota!

Arthur que hasta ese momento aun intentaba reaccionar, volteo a verlo molesto por tanto insulto y dispuesto a contestarle, pero se detuvo al notar que más que molesto, Scott estaba asustado. Su ceño no estaba fruncido, pero sus ojos mostraban un brillo de miedo y preocupación que era raro en él, temblaba no de furia sino de nervios y su voz no sonaba molesta, sino ahogada.

‒ Lo siento - dijo cuándo noto a Scott más calmado - yo, me distraje un momento

‒ ¡Un momento que pudo costarte mucho! - lo regañó - y todo por un simple berrinche - bufó mirando hacia otro lado.

‒ ¡No fue ningún berrinche, Scott! - el enojo regresó a él tan pronto lo escuchó.

‒ Oh no, no vas a volver a irte como diva herida Arthur - comenzó a decir cuando vio como Arthur hacia el amago de girarse para pasar la calle ahora que estaba la luz roja - Tenemos que hablar, tú y yo

Lo jalo consigo aun cuando Arthur luego de ver que sus reclamos no funcionaban, lo comenzó a golpear en la mano para que lo soltara. Scott se hartó de eso y viendo que llamaban mucho la atención tomo a Arthur como saco de papas y camino rápido de regreso a casa de Francia.

‒ ¡Bájame! Scott Kirkland ¡Bájame ahora mismo! ¡No soy un puto saco de papas para que me cargues así, carajo! - iba pataleando y dándole golpes en la espalda, pero Scott estaba imperturbable.

Arthur recordó vagamente como Scott lo cargaba de pequeño cuando intentaba escapar de la casa donde vivían con el resto de sus hermanos. Siempre era él quien iba a perseguirlo y lo regresaba cargando de esa manera. Después de dos cuadras y faltando una para llegar a la mansión, se dio por vencido y espero a que el escocés lo bajara para poderse dar a la fuga. Sin embargo su idea fue desechada cuando Scott apenas llegando a la mansión, fue hacia los jardines traseros.

‒ ¿Pero qué te estás creyendo? - Scott lo bajó más lento de lo esperado, dejándolo en uno de los bancos que Francis tenía en el jardín para admirar los rosales y la fuente que adornaban el lugar - ¡No puedes tratarme así, Scotland!

‒ Arthur… por favor, basta - su voz sonó calmada y controlada, tanto que el rubio volteó a mirarlo con duda ¿acaso estaba molesto? - No deseo pelear contigo ¿es mucho pedir que me escuches y por primera vez no me ataques o huyas?

‒ ¿Crees que eso hace que ganes puntos a tu favor? - Arthur lo miró ceñudo, cruzado de brazos y con voz seria - Porque tienes un modo extraño de pedirme no pelear

‒ No solo eso, lo sabes. Pero no encuentro otra forma de hacer esto - se pasó las manos por el cabello en un gesto desesperado - Sé que cometí un error, lo acepto. No fue la mejor manera de reaccionar y sé que no debí dudar jamás de lo que sentías por mí - comenzó, bajando las manos hasta atrapar las de Arthur y mirándolo fijamente - Lo siento por eso

‒ No todo se arregla pidiendo perdón, Scott - intentó apartar sus manos, pero el pelirrojo no lo dejó. Arthur suspiró cansado, no deseaba molestarse con él, no más de lo que ya estaba - Y no es sano vivir pidiendo perdón pero cometiendo los mismos errores

‒ Lo sé, créeme que lo sé. Pero tenía que empezar por algo - bajo la mirada - Arthur, sé que cometo muchos errores, más porque ya no sé ni qué versión estoy viviendo. Esto es confuso para ambos, trata de entenderlo - lo miró buscando sus ojos, Arthur le sostuvo poco tiempo la mirada pues Scott lo veía con una mezcla de emociones que no podía manejar.

‒ Scott, sé que esto no es fácil. Lo sé porque yo mismo paso por eso - su voz sonó baja, temerosa incluso. Entendía bien al otro, ambos estaban pasando por algo similar - Pero eso no es excusa para esto, para que me celes y decidas actuar sin pensar. Yo también intento hallar la forma de sobrellevar todo, de aceptar y adaptarme al hecho de que la vida deprimente y sola que llevaba es solo una horrible versión falsa de los hechos; de aceptar que en realidad no estoy solo, que te tengo a ti como esposo y juntos tenemos a Regina - Scott lo miró y Arthur tenía una sonrisa pequeña y algunas lágrimas en sus ojos opacaban el brillo en su mirada - una hija hermosa, una hija que… que yo jamás pensé poder tener no después de perder…

Scott miró curioso y confundido a Arthur, él no recordaba que hubiese estado embarazado (vamos, le dolía en el alma no recordar siquiera cuando Arthur esperaba a Regina) y por la frase, sonaba a que perdió un bebé. Lo miro expectante pero Arthur guardo silencio, su mente llevándolo al recuerdo del pequeño que Francis y él perdieron hace algunos años atrás. Inconscientemente se abrazó a sí mismo protegiendo su vientre, recordar tal pérdida aún luego de las décadas que ya pasaron le dolía demasiado.

‒ Creí que mi oportunidad como padre se había perdido para siempre, pero esa hermosa niña, mi preciosa Regina me demostró lo contrario y trajo consigo todos los miedos que alguna vez tuve sobre si acaso yo servía para esto… en mi memoria solo se encontraba el terrible trabajo que hice con Alfred y Matthew ¡Imagina mi terror cuando ella llegó de la nada! - expreso mirando hacia el piso, Scott lo abrazó y dejo que Arthur ocultara su rostro en el espacio entre su hombro y cuello.

‒ Eres un excelente padre, una maravillosa madre para ella - lo consoló - Regina tiene tu fuerza de voluntad, tu fortaleza y buen corazón. Todo lo humano en ella es herencia tuya - le dijo con convicción mientras le daba pequeñas caricias en la espalda a modo de consuelo.

‒ Pero eso no deja de aterrarme, no dejo de culparme por esto - respondió bajo - de no ser por mí, nuestra hija hubiera tenido una vida normal y tranquila. Pero ella tuvo que pagar las consecuencias de que Bélgica me odie

‒ Arthur no, esto no es culpa tuya. Ella se creó sola su tragedia, Bélgica no está bien y lo sabes, Francis mismo pudo confirmarlo de primera mano ¿no es eso lo que me dijiste? - hizo que lo viera - No es culpa tuya, vamos ni siquiera de France el que todo pasase, y a pesar de todo hicimos lo mejor por alejar a Regina del peligro, toda la familia lo hizo y ahora tú hallaste la solución a la maldición ¿no es cierto? Aún hay esperanza

‒ Sí… pero yo, no creo estar listo para esto - confeso con los sentimientos a flor de piel. Scott se quedó de piedra al oírlo - ¿qué pasará si al hacerlo, únicamente logramos desbloquear nuestras memorias? Nada cambiará a como están las cosas ahora. No cambiará el hecho de que en mi mente las últimas décadas fui tratado como la escoria de la familia, no cambiará el hecho de que Regina creció en el bosque cuidada por Mab y no a nuestro lado… no cambiará el hecho de que te amo, pero me cuesta perdonarte por todo el mal que me provocaste, ni cambiara el que yo perdiera a ese inocente niño que se supone, tendría con Francis - confesó lo último esperando que eso no empeorara las cosas.

‒ ¿Qué? - su agarre en Arthur vaciló un momento - ¿un niño… tuyo y de Francis? - no quería creerlo, se negaba a aceptarlo - ¿cómo pudiste? - preguntó herido, su agarre en Arthur fue aún más leve.

‒ Pasó cuando estábamos juntos, yo ignoraba el hecho de que no estaba soltero sino casado contigo y con una hija de por medio - explico lo mejor que pudo - discutí con Francis y caí de las escaleras, comencé a sangrar y el médico que me atendió sacó lo que quedaba de mi pequeño bebé - sus ojos volvieron a nublarse, y Scott no pudo soportar ver a Arthur tan frágil, tan desolado. Lo tomó de nuevo en brazos y Arthur lloró - murió en mí… soy incapaz de dar vida, y él ni siquiera tuvo la oportunidad de existir del todo… mi pequeño, ni siquiera pudo vivir - lloró más fuerte y Scott dejo escapar algunas lágrimas, no imaginaba cuánto dolor cargaba Arthur a sus espaldas - por eso me aterra tanto esto, por eso no quería encariñarme de ella… no soporto la idea de perderla

‒ No lo haremos, no vamos a perderla. Ambos veremos que eso no suceda. No estás solo Arthur - beso su coronilla - porque no importa en dónde te encuentres, yo siempre te amaré y estaré a tu lado

Se quedaron así abrazados, su plática había derivado en temas que si bien tenían que ver, no fueron su principal problema al momento. Sin embargo eso los dejaba con un peso menos sobre sus hombros y corazones. Al decir la verdad, confesar sus miedos e inseguridades, esa brecha creada entre ellos se acortó un poco más. Sin notar siquiera, que poco a poco volvían a ser aquellas dos naciones enamoradas de tiempo atrás, antes de la maldición.

Mientras ellos conversaban, dentro de la mansión las cosas ya se habían calmado desde mucho antes. Regina estaba en la habitación de invitados y Francis revisaba algunos papeles que debía firmar mientras tomaba una copa de vino en su despacho. La tarde cayendo grácilmente dando un hermoso espectáculo de luz naranja que bañó los jardines y las habitaciones de la mansión con su cálido resplandor.

Francis disfrutaba de su vino preferido frente a la ventana cuando sintió a alguien entrar en la habitación.

‒ ¿Dónde están? - Regina entró al despacho de Francis, hacía mucho rato que sus padres se habían marchado a sabrá Dios dónde.

‒ No te preocupes, Regina - Francis apartó su mirada de la ventana y miró a la niña - está todo bien con ellos

‒ Disculpa si no te creo, Francia - se cruzó de brazos y lo miro seria. Si bien el rubio le era agradable y en cierto modo le recordaba a Matthew, la escena de horas atrás aún estaba fresca en su memoria.

‒ Míralo por ti misma - le hizo un gesto para que lo acompañara frente a la ventana - puedes verlos desde aquí

Regina se acercó y, efectivamente, sus padres estaban en el jardín en una de las bancas cerca de los rosales, abrazados contemplando el atardecer. Siendo la imagen misma de una pareja perfecta y enamorada.

‒ ¿Y no te duele verlos así? - preguntó curiosa, sin malicia alguna.

‒ En su momento, incluso pude llegar a odiarlos - le respondió con la verdad - pero no es así, al menos ya no más. Mi amor por tu madre si bien no se extinguió, sí cambio… acepté que jamás podría amarme de la misma forma, y que de los dos, era a tu padre a quién amaba más - su tono melancólico mientras miraba los restos de vino en su copa, le daban cierto aire encantador, como de un poeta con el corazón roto.

‒ ¿Lo aceptaste así de fácil?

‒ No, me tomó tiempo y muchos errores hacerlo. De aceptar mi corazón roto y el hecho de que la nación de la que estuve enamorado casi toda mi existencia, no correspondiera mis sentimientos del todo, de aceptar que no solo lo perdía a él, sino a la familia que teníamos… la que pudimos tener - una lágrima rebelde escapó de sus ojos - pero valió la pena ¿no? Él tiene la familia que siempre soñó, al lado de a quién siempre amó y prueba de eso eres tú, la hermosa niña de su corazón - le sonrió con ternura, Regina notó que era la misma sonrisa que le daba a Matthew o al hijo de Alfred.

‒ Espero que esto se solucione, deseo que además, tenga la vida que se merece… una llena de amor - completó ella mirando de nuevo hacia sus padres.

‒ Lo hará, nos encargaremos de que así sea, Regina - la tomo del hombro, apretando ligeramente para darle ánimo.

‒ Espero que podamos, Francis - completó ella sonriendo sinceramente.


Hola, volví de la muerte (?) ¿Aún hay alguien que lo lea? Espero que sí, me gustaría saber sus teorías o deducciones acerca de cómo es que la maldición se romperá.