Capítulo XXIX

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Creo que existe una única razón, para que los seres humanos seamos tan complejos. El amor. Ese simple componente de nuestras vidas, origina los más intrincados caminos, nos lleva y nos trae por todas las variantes que podamos imaginar. Y cuando, finalmente, descubrimos su significado, su ecuación perfecta, podemos decir que existimos.

Mi abuela me leía, como tantas veces hizo durante mi infancia. El cuento que me relataba esta vez, era uno de mis favoritos, no comprendía por qué, era demasiado pequeña para saberlo aún.

—¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región?—expresaba con ímpetu mi abuela, parafraseando las palabras, mientras mis ojos y mi imaginación, la seguían por cada una de ellas—Entonces el espejo respondió —aquí ella comenzó a susurrar—Pero, pasando los bosques, en la casa de los enanos, la linda Blancanieves —tocó mi nariz con un dedo y me sonrió, para continuar leyendo luego—lo es mucho más. La reina quedó aterrorizada pues sabía que el espejo no mentía nunca. Se dio cuenta de que el cazador la había engañado y de que Blancanieves vivía.

La voz de mi abuela, relatando aquella historia, comenzó a hacerse más difusa y lejana, siendo reemplazada por una melodía que se hacía, cada vez, más cercana. No abrí los ojos, sólo extendí la mano y alcancé mi teléfono en la oscuridad.

—¿Bill?—pregunté con la voz roída por el sueño. Suponía que era él.

—Hola…—habló con cierta indecisión—no debería seguir llamándote a esta hora…

—No… yo te pedí que lo hicieras al levantarte—me di la vuelta en la cama, apoyando el teléfono contra la almohada.

—Ya lo sé, pero te despierto cada noche, así no podrás descansar...

Reí suavemente.

—Tranquilo, estoy bien…—me senté de un salto en la cama, en medio de la penumbra, para despejarme de una vez y no causarle culpabilidad—¿qué tal ha comenzado tu día?

Me froté los ojos mientras hacía la pregunta. Bill suspiró.

—Bien, hemos comenzado algo tarde… ya sabes, anoche me fui a la cama muy tarde…—me recordó. Yo lo sabía, Bill me llamaba al levantarse y al irse a la cama. Una llamada me llegaba de madrugada, la otra cerca de medio día.

—Sí claro, ¿avanzando?...—me referí a su trabajo.

—¡Oh sí!...—noté de inmediato el entusiasmo en su voz, era indiscutible para mí, su amor por la música, por las luces, por todo lo que rodeaba a ese mundo en el que estaba—mañana hablaremos con un fotógrafo, me ha gustado mucho su trabajo y quizás nos tomemos fotos con él…

Las palabras fluían de él, con tanta intensidad, que me resultaba imposible pensar en retenerlo a mi lado.

—Qué bien… —fingí una alegría desbordante—tendrás que mostrarme alguna…

—Lo intentaré…—me ofreció—¿Y tú?... ¿qué tal estuvo tu día?...

—Normal…—me encogí de hombros, aunque no me viera.

Nos quedamos en silencio, tal como nos venía sucediendo a lo largo de los últimos días. Cada vez que hablábamos, llegábamos al mismo punto.

—Sabes que aquí hay sitio para ti…—me recordó.

—Lo sé…—sonreí y contuve un suspiro.

—¿Por qué no te vienes?—insistió. A veces pensaba que Bill no desistiría jamás y una parte de mí, se alegraba ante eso, porque me brindaba una esperanza sobre lo nuestro, pero otra parte me decía que si permitía que la fantasía llenara mi mente, el golpe sería mucho más duro.

—Te dije que me lo pensaría…—le recordé.

Había sido el único modo, para que Bill partiera.

—Dentro de unas semanas comenzamos con promociones y demás… me gustaría pasar un tiempo contigo antes de eso…—me contó. Cerré los ojos. ¿Cuánto más podría mantener esto?

Si tan sólo el espejo no me hubiese mostrado aquellas imágenes.

Bill, algo mayor, no sabría definir muy bien cuántos años más, ¿diez, quizás?, colgando de la muñeca de ella, de Emma, una pulsera con un dije, que no llegué a ver.

—Esto es casi como un aniversario ¿no?—rió él, cuando lo aseguró.

La chica lo observó contra la luz.

—Es precioso Bill… pero me conscientes demasiado…—lo observó, para luego encerrarlo en un abrazo tan cálido y lleno de sentimientos, que yo notaba como algo se quebraba en mi interior.

De eso, hacía muchos días, antes que Bill se marchara. El espejo parecía haberse 'apagado' luego de aquello. Como si algo en ese futuro se hubiese desconectado.

—¿Kissa?—escuché su voz al teléfono.

—Sí…

—Pensé que te habías dormido…—bromeó.

—No, sigo despierta…

—Deberías dormirte, descansa… mañana te llamo nuevamente…—me ofreció.

—Bien… esperaré…—respondí, silenciándome ante las palabras de amor que querían salir de mi boca. Me mordí el labio para no pronunciarlas. Hacerlo, sólo convertiría todo, en algo mucho más difícil de aceptar.

—Cuídate mucho…—me pidió.

—Lo haré.

De ese modo, y luego de unos segundos más de silencio, en los que ambos parecíamos esperar algo. La llamada terminó.

Suspiré, dejándome caer sobre la almohada. Mirando el techo oscuro de mi habitación, meditando en los pasos que estaba dando.

Quizás, simplemente, ya no veía lo que sucedía en su futuro, porque su futuro ya estaba lejos de mí ¿no? Cerré los ojos, lo mejor sería dormir.

Casi de inmediato comprendí que el sueño me había abandonado, no me sería posible conciliarlo con tanta rapidez. Además, mi estómago comenzaba a rugir, con aquella extraña sensación de hambre, a horas que antes jamás sucedía.

—Un vaso de leche…—dije entonces, levantándome y saliendo de la habitación.

La luz de la cocina estaba encendida, así que comprendí que el total de los ocupantes de este departamento, estábamos desvelados.

—¿Otra vez insomnio?—le pregunté a Annie, entrando en la cocina, caminando directa al frigorífico.

—Algo así…—bebió de su vaso de agua.

Yo me serví uno de leche y lo puse a calentar ligeramente. La miré, mientras esperaba.

—¿Te ha llamado Bill?—preguntó.

—Sí…—me encogí de hombros.

Ella pareció meditar, antes de volver a hablar.

—¿Por qué no aceptas ir con él?—continuó preguntando.

—¿Y dejarlo todo acá?—le pregunté —mi madre, mi trabajo… a ti…

Bien sabía yo, que esa no era la realidad y por la forma en que Annie me miró, ella también lo tenía claro. Bajé la mirada.

—Tú madre ha sido la primera en insistirte… —me recordó—y por mí, no deberías preocuparte…

Volví a mirarla.

—Me han ofrecido vacaciones en Los Ángeles… —sonrió.

—Ya sabía yo que en algo andabas tú con Tom…

—Somos buenos amigos—quiso aclarar.

—Mmm…—le regalé un sonido especulativo.

—¿Qué?, además ese no es el tema aquí...

—Por qué lo rehúyes.

—Aquí la única que rehúye eres tú… —me indicó, con gesto de su mano sosteniendo el vaso.

El timbre del microondas me aviso de mi vaso de leche.

Lo tomé y volví a mirar a Annie.

—No quiero atarlo… —le dije con tristeza.

—Pues lo atas—me acusó.

No pude evitar la sorpresa que sentía ante sus palabras.

—No me mires así Kissa… —me increpó—lo atas cada día a un teléfono, y lo atas a la infelicidad, ¿o te crees que él está allá feliz?

—Has hablado con Tom…—sentencié.

—Claro que he hablado con Tom.

Nos miramos por un momento, como si fuésemos dos contendientes, esperando el ataque del otro. Finalmente Annie bajo la guardia.

—Deja de tener miedo… —me dijo, con aquel tono cercano que solía usar conmigo en ocasiones—el miedo sólo te ata…

Suspiré.

—Y… si te dijera, que sé, que Bill tendrá otro gran amor ¿me creerías?...—le pregunté.

—Yo a ti, te creería cualquier cosa… —rió—siempre has sido, medio bruja…

Con aquella frase, me arrancó una sonrisa.

—No dejes que algo que no ha sucedido, arruine tu felicidad… estás siendo infeliz por algo que aún no pasa... si es que pasa…

La observé detenidamente. Quizás debía de considerar aquello que me estaba diciendo, después de todo, si un día tenía que sufrir por perderlo, en mi memoria estarían los demás días, los días en que había sido mío.

Volví a mi habitación y me observé detenidamente en el espejo. Esperé, pensando en que la decisión que ahora jugaba en mi mente, tendría que mostrarme alguna realidad en el espejo, pero nada sucedió. Tal vez, había llegado el momento de dar un paso adelante, dejar de esperar que las circunstancias decidieran la vida por mí. Tomé mi teléfono, con un nudo angustiante en el estómago y marqué.

La voz de Bill salió a mi encuentro. Cálida y amante.

—¿Qué haces tú, despierta aún?—me preguntó con una sonrisa, que si cerraba los ojos, estaba segura de poder visualizar.

—He estado pensando…—dije.

Bill se mantuvo en silencio y supe lo que él sentía, comprendí el temor que tenía, el miedo que yo había generado en él. Sentí tristeza, mucha tristeza.

—Dime—su voz sonó firme, pero expectante.

Mi corazón latía vertiginoso. Cerré los ojos y me lo imaginé. Sentí como lo voz me temblaba al hablar.

—Voy contigo.

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Un par de días más tarde, metía en mi bolso un par de prendas más de ropa, esa que había lavado y esperado hasta último momento para guardar. Mi vuelo salía en dos horas y yo sentía que me dejaba media vida atrás.

—Cálmate—me pidió Annie sosteniendo mi chaqueta en sus manos—si se queda algo, ya te lo enviaré luego…

La miré. No pude evitar pensar en todo el tiempo que habíamos compartido juntas y en la falta que me haría. Aunque bien dicen, que lo difícil siempre lo vive quien se queda.

Suspiré.

—No se te ocurra llorar…—me advirtió. Yo apreté los labios intentando obedecer—eso, así me gusta…—no me miraba directamente a los ojos—además, te visitaré en vacaciones… —sonrió.

—Sí…

—Bien…—me miró, tenía los ojos brillantes—voy por mi bolso y nos vamos…

Se dio media vuelta y me quedé mirando la puerta, cuando salió. Respiré profundamente y me obligué a centrarme otra vez en el viaje. Miré sobre la cama todo lo que tenía y luego recorrí la habitación, mirando los muebles, por si había algo que me olvidase de llevar. Vi mi reflejo en el espejo y me observé. No pude evitar la tentación de acariciar el cristal, después de todo, ese espejo era protagonista de mucho de lo que sucedía, ahora en mi vida. Nunca habría conocido a Bill, de no ser por él, incluso, si lo pensaba bien, quizás ni siquiera estaría viva.

Mi mano, que se reflejaba, comenzó poco a poco a diluirse, a abrir una nueva imagen. El estómago se me apretó ante la incertidumbre, sabía perfectamente lo que significaba perder mi reflejo. Contuve una exclamación, cuando vi a aquella chica, otra vez, apareciendo frente al espejo. Se estaba concentrada, poniéndose ella misma la pulsera que Bill le había regalado, la que le vi poner en su muñeca. Esta vez su imagen era mucho más nítida, clara como el agua, tan transparente que me parecía estar con ella en la misma habitación.

—Emma…—probé, empujada quizás, por la misma cercanía que le veía.

Sus ojos, almendrados y pardos me observaron. En ese momento supe que me estaba mirando. Me veía.

Era extraño, no pareció sorprenderse realmente, como debía de esperar de alguien que viviera una situación semejante. El corazón se me disparó cuando la vi acercarse y a punto estuve de retroceder. Sus ojos, ahora mucho más cerca, me observaban con cierta curiosidad. Me miró y sonrió suavemente, extendiendo la mano hacia la mía sobre el espejo y vi el dije que colgaba de aquella pulsera. Un dije que no había logrado dilucidar antes.

Me llevé la mano al pecho, de forma casi instintiva, tocando mi colgante. La mano con la lágrima que Bill me había devuelto y que ahora colgaba de aquella pulsera. Aunque debo reconocer, que lo que no esperé jamás, fue escucharla hablar, con un tono tan suave y dulce, que me tocó el alma.

—Mamá…

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Fin.

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Muajjajajajajaj.

No pude evitar esto, tenía que terminar aquí la historia. Pero como sé que en este momento se están tomando la cabeza a dos manos e intentando mirar tras el monitor, les diré que le den al 'siguiente' y lean el pequeño epílogo de esta historia.