¤*¨¨*¤¨°o.O( Capitulo 28 )O.o°¤*¨¨*¤ ஐ

España, 1811

—¿Comandante Grandchester?

Levanté la vista del mapa que estaba desplegado a lo largo de la mesa. Acabábamos de dar el parte de la batalla y estábamos enfrascados en el diseño de la estrategia para la campaña del día siguiente. Me froté los músculos del cuello, doloridos tras haber estado inclinado sobre el mapa, y en cuanto me incorporé para volverme hacia la voz que me había hablado sentí el cansancio en los pies. En la puerta de la tienda había un soldado que alzaba la mano en un saludo militar.

—Una carta, señor —dijo, extendiéndola en su mano enguantada.

Me tomé un momento para confirmar que, en efecto, la letra era de mi madre. Una sensación de alivio me inundó: «¡Sana y salva! Está sana y salva». Aquella era la típica reacción de un soldado cuando ha transcurrido demasiado tiempo entre una carta y otra. En lugar de rasgar el sobre y abrir la carta allí mismo, como deseaba hacer, la deslicé a regañadientes en el bolsillo de mi abrigo. Un soldado, incluso un oficial, hace docenas de sacrificios al día. Apenas me daba cuenta de algunos de ellos, pero de aquel era muy consciente.

—¿Una carta de casa? —preguntó el comandante Cornwell al ver que mi mano, pendiente del bolsillo, sujetaba el inesperado tesoro.

Asentí, y después alejé por completo la cuestión de mi mente en un intento de dar la espalda a un amanecer que, sin embargo, esperaba con ansia. La aurora llegaría pronto, en nuestro caso literalmente, y era nuestro deber preparar una estrategia. Concentré de nuevo mi atención en el mapa antes de que las velas y yo nos apagáramos ante cualquier ráfaga de brisa caliente que entrara en la tienda; una ráfaga que, en realidad, no habría podido secar el sudor que se me había ido escurriendo por la espalda durante todo el día. España tenía sus cosas buenas, pero el clima caluroso al final del verano no era una de ellas.

Tan pronto como entré en mi tienda una hora más tarde, saqué la carta del bolsillo y la coloqué con delicadeza en mi catre. Después me desabotoné el abrigo, lo eché a un lado y me quité la camisa empapada de sudor. Aquellos días tan duros, de combate tan fuerte, provocaban que la vieja cicatriz en el hombro se estremeciera y me recordara que todo lo bueno tiene un precio. Aun con todo, no era un precio muy alto. Me hirieron en una misión y tenía aquella cicatriz, pero también obtuve una distinción por ser el comandante más joven en el ejército de Su Majestad.

Giré los hombros a un lado y a otro para poner en funcionamiento los músculos agarrotados y, por un momento, fantaseé con los campos típicos de Inglaterra: vientos húmedos, aire frío y una lluvia helada e incesante.

Mientras intentaba alejarme de mi hogar soñado, me incliné sobre el aguamanil, me salpiqué la cara con agua y dejé que esta se me escurriera por el pecho. Me peiné el cabello con los dedos húmedos, que se me ondulaba mucho más en España que en Inglaterra, y suspiré con alivio cuando una pequeña brisa se coló por la puerta abierta de la tienda. Por último, me quité las botas, me eché sobre el catre y me relajé.

Entonces tomé la carta y la acerqué a la vela. La oscuridad era total en el exterior y los sonidos del campamento se fueron apagando hasta que se convirtieron en unos ronquidos distantes que se mezclaban con la marcha imperturbable y tranquila de la patrulla nocturna.

Podía adivinar de buena gana lo que contendría la carta: en primer y más destacado lugar, las preocupaciones maternales por Charles, mi hermano mayor. Era opresivo, arrogante e insufrible; lo había heredado todo tras la muerte de mi padre y estaba viviendo la vida flagrante e improductiva de un hombre adinerado con títulos. En el fondo, sentía muy poca simpatía por lo que mi madre llamaba «sus problemas». Con un poco de suerte, también me contaría algo interesante sobre William, mi hermano pequeño, que estaba estudiando en Oxford. Louisa aparecería en el papel de la testaruda hija pequeña que crecía siendo demasiado bonita para su propio bien. Quizá hubiera noticias sobre las propiedades, los arrendatarios o algún pariente lejano. En resumen, aquella carta me llevaría a casa, junto a una madre que echaba de menos al vástago alistado durante años en el ejército. Puede que mis hermanos discutieran mi estatus de hijo favorito, pero a esas alturas nada podía quebrantar mi autoconfianza.

Rompí el lacre, desplegué el papel y sonreí de antemano. Sin embargo, en cuanto vi la longitud que tenía la carta me incorporé de un salto. Las cartas demasiado breves solo traen malas noticias.

No podía leer lo bastante rápido y, al mismo tiempo, no quería seguir leyendo por nada del mundo. Era como tragar veneno.

Mi querido Terry:

Te escribo esta carta con el corazón compungido. No había querido preocuparte, y por eso no te dije en mi última carta que Charles padecía una enfermedad pulmonar. Los médicos tenían esperanza… No, eso no es cierto: yo tenía esperanzas, pero fueron en vano y mi querido, queridísimo hijo se ha ido de este mundo. Por favor, date prisa y vuelve a casa tan pronto como puedas. Todos estamos destrozados.

Me senté de nuevo en el catre, y aunque me hallaba a miles de millas de casa, innumerables recuerdos me asaltaron, pero solo uno, aquel que siempre consideré como la última carrera de caballos, se detuvo y permaneció conmigo.

Aquella mañana mis hermanos y yo nos reunimos muy temprano en los establos y preparamos nuestros respectivos caballos. Yo tenía catorce años, William, trece y Charles, casi diecisiete. A William le volvían loco las carreras y había esperado bastante tiempo hasta que, por fin, mi padre lo llevó a elegir su propio corcel. Dentro del precio fijado por mi padre, Will decidió que un precioso ejemplar castrado de color gris tendría el mejor potencial. Lo llamó Eclipse en honor al famoso caballo de carreras francés y lo entrenó a diario durante el verano, ya lloviera o hiciera sol, durante muchas más horas al día de las que Charles o yo dedicábamos a nuestros caballos.

Y todo ese entrenamiento tuvo su recompensa. En la mañana de la última carrera, el caballo de William se lanzó sobre cada seto y cada muro de piedra como si fuera todo corazón, coraje y pezuñas aladas. Corrió por los bosques con tal destreza que parecía que los árboles, las raíces y las plantas se apartaban de su camino y le dejaban paso. Y cuando William le pidió más en el último tramo, aquel caballo se lo dio con un estallido de velocidad que nos dejó a Charles y a mí a miles de yardas de allí. William levantó ambos brazos y gritó:

—¡El gran caballo de carreras Eclipse, entrenado y montado por el maestro William Grandchester, ha derrotado a todos los demás! Lo que demuestra que Charles no podría elegir un buen caballo ni aunque su vida dependiera de ello.

Me reí, acerqué mi caballo al de William y le di la enhorabuena con una palmadita en la espalda. No tenía problema en ser superado por mi hermano pequeño; lo que me molestaba era perder frente a mi hermano mayor.

Charles frunció el ceño mientras galopaba sobre su caballo. Su aspecto era sombrío por naturaleza. El color del cabello y el de los ojos era marrón oscuro, casi negro, y su constitución era enjuta y fuerte. Además, su cara mostraba una arrogancia feroz que había ido perfeccionando a medida que crecía. Al fin y al cabo, desde que era muy joven había asumido lo que significaba ser el primogénito, es decir, el futuro heredero de un título, de unas propiedades y de una enorme fortuna.

—Ha sido suerte —dijo Charles sacudiendo una mancha de barro de sus pantalones—. Pero te demostraré que te equivocas, hermanito. Yo soy capaz de elegir un buen caballo. —Posó con frialdad sus ojos en el caballo de William y dijo—: Elijo ese caballo.

—Es mío —se mofó William—. Tendrás que acostumbrarte a tu caballo con alma de vaca y a ser derrotado por mí una y otra vez.

Charles se apartó un mechón oscuro de la frente.

—Todo lo que tengo que hacer es pedirle a padre ese caballo, y me lo dará. —La sonrisa que le dirigió a William era fría y crispada—. Entonces podrás quedarte con el caballo con alma de vaca y yo tendré el ganador, como debe ser.

La cólera invadió la mirada de William y sus manos se cerraron en sendos puños. Entonces le así del brazo, por si decidía embestir a Charles con su caballo.

—Charles —dije con una voz cargada de advertencia—, que ni se te pase por la cabeza.

El aludido alzó el rostro y lo ladeó, consiguiendo el ángulo más arrogante que era capaz de lograr; un ángulo que, tras catorce años viéndolo, me producía una necesidad casi imperiosa de romperle la nariz.

—Pero sería tan fácil —dijo Charles con una irritante voz pausada—. Porque todo lo que hay aquí será mío cuando padre muera. Esta casa. Las propiedades. El arte. La biblioteca y todo lo que hay en ella. Los establos. Y ese caballo, y ese caballo y ese caballo. —Señaló la casa, que quedaba a nuestra espalda, el huerto, los establos, los jardines, diciendo con una exasperante voz—: Mío, mío, mío, mío. —Sonrió—. Padre ya no es joven. Podría pasar cualquier día. Todo será mío, y nada será vuestro. Así que, pensándolo bien, ya me pertenece. Y creo que quiero…—señaló mi caballo, luego el suyo y, por último, el de William— ese caballo.

La expresión de William reflejaba furia y sus ojos, rabia e impotencia.

—Te odiaré hasta el día en que mueras si te atreves a quitarme este caballo.

—¡Vaya castigo! —dijo Charles, con burla en su voz.

Me aparté de William y moví mi caballo entre los de ellos dos, mientras ponía una mano en el pecho de Charles.

—William te ha ganado hoy —le dije con un empujón—. Así que asúmelo como un hombre o ve a llorar a padre.

Charles me dirigió una mirada fría y apartó la mano del pecho.

—Tengo una idea mejor. Os echaré una carrera a los dos de vuelta al establo, y el caballo ganador será el mío.

Los labios de William se curvaron con desprecio.

—Nunca volveré a correr contigo.

—Entonces soy el ganador por incomparecencia del rival.—Charles se volvió furioso junto a su caballo y lo espoleó para que se pusiera al galope mientras gritaba por encima de su hombro— Un día será mío, William.

Mientras veía cómo se alejaba de nosotros, sus únicos hermanos en el mundo y, en aquel momento, sus enemigos, me hice una promesa. Yo nunca sería como Charles, y nunca, nunca jamás, querría lo que él tuviera.

William blasfemó en voz baja y con gran imaginación antes de decir:

—Le odio.

—Ya lo sé —respondí.

Di una vuelta con mi caballo y abarqué con la vista todo lo que Charles había señalado y declarado como suyo. Tenía razón, y eso era lo más exasperante. Graham House era hermoso. Era nuestra casa. Era todo lo que más había querido en mi infancia. Y un día sería un forastero en ella. Un día ya no tendría más derecho que cualquier extraño a cruzar aquellas puertas. Así que miré mi querida casa, el huerto, los establos, los jardines, el río y los árboles y pensé: «No es mío. No es mío. No es mío». Me sentía como si me arrancara pequeñas virutas del corazón.

—Siempre perderemos frente a él, ¿verdad? —dijo William.

—Oh, no. Yo no pienso perder frente a él de nuevo.

William se mofó.

—Él es rico. Siempre será el hermano mayor, el heredero de todo, y se comportará como un tirano y utilizará su poder contra nosotros. ¿Cómo evitar que perdamos frente a él?

Miré hacia el puente que cruzaba el río y pensé: «No es mío», y se me desprendió otra viruta del corazón.

—Es fácil. Solo tiene poder sobre nosotros si nos importa algo de esto. —Señalé la escena ante nosotros, simulando una indiferencia que no sentía—. Si todo esto deja de importarnos, si no lo queremos, entonces carecerá de poder.

—¿Eso es todo? —dijo William con una voz teñida de amargura—. Él va a heredar una fortuna y vastas propiedades y un título y una vida de lujos desmesurados. No hay nada que envidiar.

—Sí, pero piensa en esto: él nunca podrá elegir una profesión. Estará obligado a concertar un matrimonio de conveniencia, no podrá casarse por amor. Será cortejado por su dinero, su posición y su título, y siempre cuestionará la lealtad de aquellos que lo rodeen.

William aún tenía el ceño fruncido.

—No puedo soportar la rabia que me provoca su manera de ser.

Sonreí un instante.

—Bueno, si te sirve de consuelo, sueño con romperle la nariz con bastante frecuencia. Imagínatelo con detalle. Casi puedo sentir el crujido del hueso bajo los nudillos.

William arqueó las cejas.

—¿Y queda muy mal?

—No deja de chorrear sangre. Es un maldito manantial.

William sonrió.

—Y, después, por supuesto, el hueso le suelda fatal, así que la nariz se le queda torcida, de manera que ninguna mujer lo quiere en su cama. William se rio.

—Somos nosotros contra él, Terry —dijo con una fiereza que parecía mitad rabia por Charles y mitad afecto por mí.

—Ya lo sé.

Suspiró y dio una palmadita en el cuello de Eclipse; después le acarició una de las orejas. Lo obsequiaba con mimos propios de un amante.

—Si fuera cualquier otra cosa —dijo—, creo que podría soportarlo, pero es mi caballo, Terry. Es lo más cerca que estaré nunca de poseer un verdadero caballo de carreras.

—Suspiró. Su rostro, tan joven, estaba marcado por una mirada llena de desdicha—. Sabes tan bien como yo que siendo un clérigo o un soldado, tanto da a qué profesión me dedique, nunca tendré dinero para comprar un caballo como este.

Hice una mueca. William decía la verdad. Nuestros futuros serían muy distintos al de Charles.

—Escucha, Will. Si algún día tengo la posibilidad de comprarte un caballo de carreras, lo haré. Te lo prometo.

William sonrió.

—Gracias, pero creo que serás tan pobre como yo.

—No. Yo administro el dinero mucho mejor que tú.

Se rio y tiró de las riendas de su caballo y se encaminó hacia el bosque. Los vi alejarse y, por el bien de mi hermano pequeño, deseé que aquel bosque le trajera consuelo.

Después regresé al poco apego que me quedaba hacia mi hogar. Si hubiera podido hablarle al corazón como había hecho con William, me habría resultado fácil deshacerme del cariño hacia Graham House desde el momento en que Charles lo heredase. Esa era la única manera de no volverme loco de envidia y resentimiento.

Permanecí tumbado en el catre durante un rato largo. No podía conciliar el sueño y oía los sonidos del campamento mientras multitud de pensamientos me asaltaban, un tumulto de recuerdos y amargura. Pensé en mi casa, en Charles y en la promesa que me había hecho tiempo atrás de no ser como él, de no desear jamás lo que él pudiera tener. Esperé un sosiego y un olvido que no llegaban.

A la tarde siguiente, el comandante Cornwell me esperó y, después de la reunión que mantuvimos para preparar la estrategia, me acompañó a mi tienda. La noche en vela me había pasado factura y me costaba poner un pie delante del otro.

—¿Qué te preocupa, Grandchester? —preguntó con un tono de voz más cercano al de un amigo que al de un soldado.

Me detuve delante de la entrada de mi tienda, luchando conmigo mismo por un instante. Durante la noche, una parte de mí había decidido ocultar la noticia a todo el mundo. Podía actuar como si nada hubiera ocurrido. Podía continuar dirigiendo a mis hombres, pasar los días luchando por mi país y, cuando llegara el momento, en lugar de casarme por el bien de la fortuna y la reputación de mi familia, podía unirme a una mujer a la que amara y tener todo aquello por lo que llevaba toda la vida trabajando. Sin embargo, había un problema con el deber: mi padre me había educado demasiado bien como para obviarlo. Si había algo con lo que un caballero debía cumplir era, ante todo, con su obligación. Y mi deber con respecto a mi familia y a mi casa estaba por encima de mis deseos personales. Respiré hondo y, al soltar el aire, liberé la indecisión con la que había estado batallando todo el día.

—Mi hermano mayor ha muerto. Ahora soy yo el heredero—dije sin rodeos.

El comandante Cornwell soltó un pequeño silbido.

—Entonces ya no eres el comandante Grandchester, ¿verdad, Sir Terrence?

Hice una mueca al oír cómo se dirigía a mí ahora.

—Siento enormemente tu pérdida. Y la nuestra, también. Nunca había conocido un soldado mejor. —El comandante Cornwell me tendió la mano.

—Gracias —dije con brusquedad.

Sentía la rigidez de la garganta. Estreché su mano mientras me llegaba un sabor a final. Echaría mucho de menos aquel precioso país, la responsabilidad de la guerra, la lealtad y la camaradería de mis compañeros de armas, la satisfacción de trabajar duro cada día por una gran causa y de caer exhausto en la cama cada noche. Mi independencia había acabado. Mi carrera había llegado a su fin. Era el momento de volver a casa.

¤*¨¨*¤¨°o.O( Continuara )O.o°¤*¨¨*¤ ஐ