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APARICIÓN

Aquéllos ojos iluminados sonreían, eso era visible, sonreían tanto como sus labios mientras sus dedos jugaban entre los cabellos del hombre, dejando que ambos rostros se acercaran y se besaran, hambrientos uno del otro, devorándose en una especie de pasión tranquila cargada de deseo pero sin un arranque de violencia que perturbara la noche. La respiración de la mujer era acompasada, profunda, su pecho desnudo subía y bajaba, su piel se erizaba cuando los labios ajenos se presionaban contra éste, besando hasta llegar a los inquietos pezones que apretaba con la boca y succionaba despacio, arrancándole gemidos de placer. Una mano se deslizaba por un muslo tibio cubierto todavía por una delicada media de seda que, atrapada entre un pulgar y un índice, era bajada hasta la altura de la pantorrilla antes de que esa misma mano volviera para acariciar, lánguidamente, la intimidad femenina, que parecía palpitar bajo sus dedos en demanda por amor.

El hombre la abrazó y entró a ella lentamente, ocultando el rostro en su cuello y jadeando mientras la embestía, siempre tímido como si temiera hacer algo fatal, pero cariñoso y entregado en señal de cuánto tiempo había esperado por ese instante; y a su vez, su pareja le respondía entusiasmada, moviendo su cadera contra la masculinidad del otro, devorándolo despacio, apretándose contra él, pasando sus manos traviesas por todo recoveco posible y sonriendo, sonriendo siempre con el rostro iluminado por la luna.

No le quedó duda de quién era ella ni su silencioso amante. Aquélla mujer era María, y el hombre que estaba sobre ella dándole placer no era él, sino otro, uno de rostro serio y altivo que se estremecía cada que los labios de la mujer gemían su nombre. Y él, de pie frente a la escena, sentía deseos de morir cien veces…

-No… please… no… ¡NO!

-Míster Jones! Míster Jones, wake up!

Un par de manos lo zarandeaban, y por fin Alfred abrió los ojos escapando de aquélla horrible pesadilla. Miró aturdido a sus soldados y preguntó con un hilo de voz:

-What… is going on?

-Míster Jones… we won. –sonrió el más próximo. El estadounidense no lo podía creer, el norte había ganado, la Unión había vencido, y él… Él no pudo sentirse tan feliz como hubiera deseado. Por tres largos años anheló que llegara ese día, y ahora que estaba ante sí no le encontraba ningún sentido; ganar una guerra, ¿y de qué le servía cuando a esas mismas horas su mujer estaba en la cama con otro? Sin embargo se repuso, ya vería como solucionar ese contratiempo, ahora debía salir y estrechar unas cientos de manos, palmear espaldas y luego marchar triunfante por el campo, para después, mucho después, saludar a su superior.

Del otro lado del océano, María no estaba precisamente tan encantada como en su pesadilla. Luego del incidente en el salón Roderich había empeorado y actuaba como si la mexicana fuera una especie de estatua caminante que por ningún motivo se debía tocar, y la situación duró así hasta una noche en que ésta, harta de tener que hacerse un ovillo en la cama y resistir las miradas maldosas desde las ventanas por Francis (aunque tenía prohibido entrar a la casa, se daba el lujo de espiar desde afuera) se volvió al austríaco cuando éste apagaba la luz.

-¿Sabes que Francia sigue rondando por aquí? –le preguntó de mal talante.

-Eso es obvio. Espera ver un espectáculo digno de sus libidinosos deseos. –repuso Roderich sin alterarse.

-¿Y bien? ¿Cómo nos lo vamos a quitar de encima? Yo no lo quiero aquí.

-Le he escrito ya dos amonestaciones, pero no se me ocurre…

-Pos yo sí sé cómo. –el austríaco no supo bien cómo, pero de repente tenía a María montada sobre su regazo. –Vamos a tener que hacer lo que él quiere que hagamos.

-¿Was? ¡De ninguna manera! ¡Soy un hombre civilizado y te aseguro que…!

-Mira, no digo que lo hagamos de verdad, sólo… hay que fingir que lo hicimos y ya, ¿bueno?

-¿Y cómo, si se puede saber? –Roderich alzó una ceja. -¿Vamos a ponernos a saltar sobre la cama y a gritar como posesos?

-Mira que es buena idea, pero con lo santo y educado que eres… -la mexicana rodó los ojos. –No, esto es lo que haremos…

Lo que ocurrió fue que a la mañana siguiente, cuando la doncella de cámara entró a despertarlos descubrió la cama hecha un lío, y a los dos esposos completamente despeinados todavía profundamente dormidos; Roderich tenía la camisa de dormir desgarrada en varias partes, como si unas uñas femeninas la hubieran rasgado, pero María estaba del todo desnuda, cubierta solamente por la blanca sábana, y su esposo la abrazaba desde atrás. Habían elegido dormir así porque Roderich se negó del todo a verla con el pecho desnudo, pese a que un cosquilleo interno le comunicaba que tal vez la visión de las magníficas Sierras Madres no le vendría mal.

Rápidamente los murmullos pasaron de boca en boca en la casa de Austria, y cuando estos llegaron a Francis, que a esas horas hacía su ronda tras el muro del jardín, no cabía en sí de gozo y echó a correr al palacio de su emperador; llegó más aprisa de lo imaginado y saltó feliz en pleno vestíbulo.

-¡Está hecho, está hecho! –pitaba contento dando saltitos y vueltas, abrazando a cuanta criada tuviera la mala suerte de pasar por su lado para besarla. El emperador, aturdido por el jaleo salió a investigar.

-¡France, silencio! ¿Porqué estás tan emocionado?

-Mon Excelence, ¡ha sucedido! Nuestro pequeño problema está solucionado… Mexique et Autriche consumaron su matrimonio, el imperio americano está a salvo.

-Merci… -el emperador junto las manos en actitud de rezo. –Merci… Y en buen momento lo han hecho, acaba de llegarme un cable anunciando que las tropas del norte viajan a Washington para celebrar su victoria.

El rostro ladino de Francis sólo sonrió. Con el imperio asegurado la metedura de pata de Alfred poco le importaba ya, al americano no le quedaría más remedio que acceder a reconocer a Maximiliano.

-No se preocupe por eso, mon Excelence, cuando vean el gran poder del Imperio no tendrá más opción que rendirse, se lo aseguro.

Una semana. La noticia de la paz en el norte de América era chisme a voces en todo el mundo, pero la fragilidad del imperio era aún latente, como una criatura débil que está a punto de caer enferma para no recuperarse jamás. Aquella tarde del 15 de abril Alfred acompañaba a su superior al teatro, con la mirada perdida y una dolorosa taquicardia que lo mantenía acurrucado en su asiento.

-Alfred… te noto algo desanimado, ¿aún necesitas descansar? –preguntó su acompañante con voz cariñosa.

-What? No, no es eso, míster L. –el aludido intentó sonreír, pero era una sonrisa triste. –I was… well… estaba pensando en cosas que… me preocupan un poco…

-¿Acaso es sobre tu vecina?

-¡No! Of course not, hahaha… -pero la sonrisa indulgente del presidente lo hizo desistir. –Yes. No me gusta que tenga un gobierno extranjero, America is free!

-Y eso lo entiendo muy bien, pero recuerda que no podemos hacer ningún movimiento si nadie lo solicita. Es parte de tu propia doctrina, ¿o no? –Alfred lo miró pesaroso. –De cualquier modo, si nos solicitan ayuda entonces… podrás ir y… I don't know… saludarla si es lo que tanto te urge. ¿O me equivoco?

-She's not there. Ahora vive en Europa con ese… ese…

El presidente le dio una palmada en el hombro antes de bajar del coche.

-Todo lo que queremos de alguna manera vuelve a nosotros.

Fueron las últimas palabras que el estadounidense escucharía del buen señor Abraham.

Nada en la actitud de los casados hizo sospechar de su treta, pues en acuerdo mutuo los dos actuaban, al menos en público, de manera más cercana que no dejaba duda de que el acontecimiento de principios de primavera no había sido una coincidencia; al comer o salir a pasear hablaban con normalidad, tomados de la mano o con el brazo de Roderich rodeando la cintura de María, y los sirvientes, iguales en muchos aspectos a los de todo el mundo, murmuraban emocionados en voz baja que su amo por fin había encontrado alguien con quien convivir.

Las cosas cambiaban mucho en otro lugar, en el salón de música. Por las tardes, en calma, la pareja entraba al salón y mientras María se sentaba en el primer diván o butaca que encontraba, Roderich se plantaba frente al piano y seguía entreteniéndola con conciertos, oberturas, minuetos y piezas de todo tipo, pero procurando no echar al vuelo de las teclas nada de Beethoven; la morena se reducía a escucharlo bien atenta, a veces con los ojos cerrados dejando su imaginación en libertad para dibujar lo que la música le contaba, y otras bien atenta a los movimientos de las manos del austríaco sobre el instrumento. Le producía gracia, todo lo que Roderich hacía tenía algo de afectado, delicado y aprensivo en sus actos, pero cuando golpeaba las teclas las cosas cambiaban mucho, casi parecía acariciarlas con el roce de sus yemas, apenas tocándolas, y éstas les respondían dulcemente haciendo el tintineo justo que necesitaba. Una que otra ocasión María se le ocurrió que si Roderich la tomara de la mano del mismo modo que tocaba el piano otra cosa sería, y ella respondería del mismo modo amable porque después del incidente con el jodido Beethoven no habían intentado nada.

De pronto, el piano resonó con una música suave y tintineante, casi sin variaciones, y le pareció vagamente conocida. Cerró los ojos y se vio a sí misma de pie entre un grupo de soldados, todos cansados, nerviosos y tristes, algunos limpiando armas y otros solo durmiendo, o eso pretendían, mientras a su alrededor las mujeres paseaban dándoles alimento y consuelo en formas de sonrisas y besos.

-Dicen… -musitó de pronto. –que tengo en los ojos el camino de los vientos, que mi cielo se hace grande, mientras es grande el silencio…

El austríaco la miró de soslayo extrañado, pero continuó tocando. Nunca había escuchado cantar a la mexicana y una parte de él tenía curiosidad, hasta esa tarde pensaba que sus canciones se reducían a una serie de chillidos repentinos y quejidos de borracho.

-Callada flor de mis labios, palpitante, tan oscura, deja que brille mi luna, ilumina mi tristura… Flor encendida en la noche, luz radiante infinita, bríndame un cielo sin nubes, dale alivio a mi penar…

Detuvo las manos sobre el piano, y esta vez su rostro se dirigió a María quien sin darse cuenta se había puesto de pie. Viéndose privada de la música enmudeció, viendo esfumarse de su mente las caras de sus soldados y del general Zaragoza, contemplándola en silencio desde el arco del fuerte.

-Mexiko… -le llamó Roderich como desde un abismo.

-Perdón, se me escapó. –se disculpó aprisa.

-¿…Sabes… más de esas canciones?

-¿Ah? ¡Sí, muchas! Me sé una, pero… hmm… ¿podrías…? –señaló tímidamente el piano. Roderich volvió a ponerlo en marcha, pero la mexicana negó. –No, muy rápido… -volvió a repetir la acción. –Menos alegre… ¿podrías hacerla como la anterior?

El austríaco rodó los ojos y siguió hasta que dio con un ritmo que le agradara a la mexicana. Ésta, halagada, sonrió y empezó a cantar:

-Piano llorón de Genoveva, doliente piano que en tus teclas resumes de la vida el arcano, piano llorón tus teclas son blancas y son negras, como mis días negros, como mis blancas horas… Piano de Genoveva que en alta noche lloras, que hace muchos inviernos crueles que no te alegras, tu música es historia de poéticos males… Habla de encantamientos y de princesas reales, de los pequeños novios que por robar los nidos, una tarde nublada se quedaron perdidos en el bosque…

Era una canción bastante triste, no concordaba con la imagen que Roderich tenía de México, pero claro lo que él sabía de ella venía casi todo de los chismes de Francis, que no podían ser muy verídicos (le contó por ejemplo que las mujeres iban al río a lavar ropa desnudas, ¡vaya indecencia!) y de un librito que Ludwig le prestó, a regañadientes, no muchos años atrás y que parecía una sarta de elogios sin sentido. Ahora que escuchaba de boca de la mexicana aquella balada tan triste comenzó a verla de otro modo; no era una salvaje, tampoco una ignorante, era… no sabía bien, pero no era del todo mala… hasta comenzaba a agradarle.

-Muy hermosa. –comentó finalmente, no seguro de si hablaba de la canción o de otra cosa.

-Gracias. Creo que ya te quité mucho tiempo, me voy…

-Espera, María… -la aludida se detuvo. –Dentro de… unas noches habrá una fiesta de máscaras en el palacio del emperador y pensé que podrías acompañarme. No tengo humor de soportar las vulgaridades de Francia.

-¿Va a ir Francia? –la cara de la mexicana se congestionó de rabia, no quería saber nada de aquél pervertido desgraciado que la encerró ahí. Por otro lado, si no asistía iba a encontrar raro que la supuestamente feliz pareja no estuviera junta. –Bueno, iré. Pero no sé donde conseguiré una máscara.

-Descuida. –replicó fríamente. –Me encargaré de eso.

Los salones del palacio Schonbrunn estaban engalanados ya para la primera recepción del verano, bajo las bóvedas colgaban resplandecientes las arañas de cristal, los músicos apostados al centro de los caminos permitían que sus piezas fueran escuchadas desde cualquier ángulo, la luz hacía destellar las pinturas que, de arriba abajo, engalanaba los muros.

Apostado delante de la entrada principal un paje bien vestido y con un sencillo antifaz de seda negra recibía y anunciaba a los que llegaban por nombre y título, sosteniendo en una mano un pastón de base metálica que hacía un ruido vibrante al ser golpeado.

-¡Herr Arthur de Schonen, conde de Bern!... ¡Herr und Fräu von Tessen, barones de Schutern!... ¡Gellert von Scholz, príncipe arzobispo de Salzburgo!...

Un hombre de cabello largo y rubio, vestido con una rica capa azul marino bordada toda de oro y plata apareció llevando un antifaz blanco adornado con cuentas de oro, que le entregó con un gesto displicente su invitación al paje.

-¡Herr Francis Bonnefoy, señor de Francia! –anunció algo extrañado, mirando al recién llegado que agitó su capa y entró saludando a todos aún sin conocerlos.

-Bon soir, Monsieur, madame… qué hermosa noche y más hermosa usted, mademoiselle…

-¡Herr Roderich und Fräu María Edelstein, señores de Austria y el Imperio de México!

Francis se volvió sonriendo malicioso. Roderich llevaba un traje del siglo pasado todo de negro y rojo con largos colguijes de oro junto con una máscara sencilla de terciopelo púrpura delineado de plata; a su lado, con un vestido blanco y plateado usando una máscara también blanca adornada con plumas iba María, sonriendo nerviosa mirando a la concurrencia.

-¿Estás tranquila? –preguntó con su estoicismo habitual el austríaco.

-Estaré bien mientras no aparezca el franchu…

-¡Mes amis! ¡Bon soir!

-La que me parió… -gruñó María en voz baja mientras veía a Francis aproximarse, saludándolos con una honda reverencia.

-Qué placer me da verlos aquí, estaba pensando que no vendrían, ya sé que a ti no te gustan las fiestas, Roderich… Pero claro, seguro tu hermosísima esposa te sugirió venir a la feliz tertulia… Pero díganme, ¿cómo han estado?

-Hemos estado bien, danke. –Francis dirigió sus ojos a María, que replicó con una sonrisita forzada.

-Me alegro tanto por ustedes, yo sabía bien que el amour les convendría. –contestó sonriendo ladino. –Tres bien, iré a darme una vuelta, el salón es un lugar precioso.

En cuanto el francés se fue, María exhaló un hondo suspiro enfadado.

-Cómo odio al jodido… francés. –espetó.

-Tampoco es de mi agrado, pero sería irrespetuoso impedirle la entrada, al fin y al cabo su estatus es igual al de nosotros. –contestó Roderich. –Continuemos, te gustará el salón.

El lugar estaba lleno de máscaras y antifaces, de disfraces de fantasía, de colorido y algarabía; en las mesas rebozaban platillos para picar exóticos y de vibrantes colores, frutas tropicales, bebidas olorosas y aún fuentes de adorno de cristal, todo aquello repartido con tal gusto y orden que no interrumpían el paso de los invitados y aún así resaltaban tal y como todos los demás adornos. Roderich se encargó de hacer caminar a María con cuidado, conduciéndola a las mesas y después a los grandes ventanales que, para la ocasión, tenían las cortinas separadas y dejaban ver los hermosos jardines que rodeaban el palacio. Los ojos de la mexicana vagaron por la luna que se arrastraba lastimera por encima de las nubes.

-¿En qué piensas? –preguntó de repente una voz a su lado, haciéndola volverse de golpe.

-En… nada realmente.

Roderich asintió, tendiéndole una mano.

-Deberíamos estar bailando. –repuso en su voz estoica de costumbre, llevándosela al centro del concurrido salón. –Sabrás bailar vals, me imagino.

-No… mucho. –no había bailado en años, siglos podrían decirse, no desde que lo hacía con España y de manera muy somera porque no era muy adepta a las tertulias elegantes de los virreyes.

-En realidad es fácil, pon tu mano izquierda sobre mi hombro… así, y luego la otra… con la otra levanta el largo de tu falda, no mucho…

-¿Y tú qué? –por toda respuesta el austríaco puso una mano en el hombro derecho de María y la otra alrededor de su cintura. –Ahora… son tres pasos, siguiendo el ritmo de la música… un, dos tres… un, dos, tres…

-Esto es ridículo… -comenzó a quejarse la mexicana cuando la música se elevó otra vez.*

Era, como todos los valses, bastante lento, pero no había en su timbre el clásico tintineo jovial y chillón, sino uno más apagado, más triste en cierto modo, como si estuviera hablando de algo muy querido que se perdió hace mucho; la idea le dio un golpe de melancolía en el pecho a María, que agachó la cabeza fingiendo ver sus pies pero no lo necesitaba, sólo trataba de acallar esas vocecitas insidiosas en su mente que le recordaban todo lo que de verdad perdió: al buen general Zaragoza, a Delfina, a la bondadosa india cherokee, a Alfred… Estaba tan sumida en esas memorias revueltas que apenas notó cuando Roderich la tomaba de una sola mano mientras la concurrencia daba lentas vueltas alrededor del salón con su ritmo habitual y afectado. Todos con los rostros ocultos por sus máscaras de seda, plumas, brillantes y terciopelo…

Y por un momento lo vio, de pasada a su lado. Una máscara extraña, partida por la mitad de modo que el pómulo izquierdo y parte de los labios y la barbilla del personaje eran visibles, pero eso no fue la que la extrañó sino que juró reconocer el diseño de la máscara. Sacudió la cabeza pensando que era una alucinación y volvió a sujetarse del hombro del austríaco.

-Bailas bastante bien para no saber, aunque por supuesto, el vals no es un arte complicado. –murmuró Roderich como si lo dijera de paso, pero sus ojos titilaban. María no contestó, se redujo a mirarlo con fijeza, los labios entreabiertos y una expresión de extrañeza. –Sonará extraño viniendo de mi pero… debo admitir que me he encariñ… es decir, yo… bueno, no me siento incómodo conviviendo contigo, Mexiko…

-Ah… pues… yo tampoco, no mucho… no realmente… -musitó, mirando distraída a quienes bailaban por su lado. Y entonces lo vio de nuevo y ahogó un respingo; la máscara chorreaba sangre sobre una serie de franjas blancas y rojas, y sobre éstas, esquinado, un fondo azul como el mar con pequeños brillantes que hacían las veces de estrellas…

-¿Pasa algo? –preguntó Roderich solícito.

-Creí ver… -buscó de vuelta la máscara, pero no la encontró. –Por un momento pensé…

-Mexiko… -el austríaco reclamaba su atención de nuevo. –Entiendo que te sientas frustrada al tener que vivir aquí, tan lejos de tu sitio original, pero quiero que sepas que prometo… de verdad prometo hacer todo lo que pueda para que te sientas a gusto aquí.

-Vaya… -la mexicana rió. -¿Y porqué de pronto te pones tan dadivoso, tú?

-Warum… -Roderich se detuvo, a pesar del enorme círculo que se cernía alrededor de ellos con revuelos de vestidos y plumas, y tomó a María de ambas manos aproximando su rostro al de ella; era algo tan extraño e intempestivo que ella no supo cómo reaccionar, seguía con la angustia de su alucinación y con la duda de lo que realmente estaba pasando por la cabeza del austríaco. Miró que se aproximaba más, cada vez más cerca de unir sus labios…

Hubo un estruendo y gritos, y vieron cómo una de las arañas de cristal se precipitaba hacia el suelo a toda prisa, forzando a los invitados a apartarse lo más posible del centro del salón; el adorno se hizo añicos y con éste se mezclaron las velas partidas.

-¿Qué fue eso? –exclamaron varias voces a la vez mirando a todos lados, cuando una voz burlona se elevó sobre sus quejidos de terror.

-Kessessessesse… ¡Qué maravilloso es verlos reunidos a todos hoy ante mi asombrosa presencia! Bitte, dejen de lloriquear e inclínense ante el asombroso yo… por su bien.

Los ojos de Roderich se dirigieron a uno de los palcos y arrugó la nariz.

-¡PRUSIA!

Todos a una, María incluida, miraron hacia el palco donde el prusiano, disfrazado con un traje sencillo de terciopelo negro y un antifaz decorado con motivos de baraja sonreía ufano.

-¡Declaro entonces la guerra al señorito podrido y a toda su mala estirpe! –continuó el albino antes de saltar, colgarse de una araña y luego balancearse hasta hacerla caer, con todo y él encima, sobre las escaleras de la entrada principal. Los chillidos de terror subieron y todos corrieron, asustados como un montón de ratones atrapados.

-Tenía que pasarme hoy… -se lamentó Roderich sacando de entre sus ropas una espada de esgrima. –Mexiko, bitte, ve y escóndete.

-¡Ay sí tú, ya dijiste!

-¡Esto no es asunto de mujeres ni de tu imperio, haz lo que te ordeno!

-¡¿Pos qué no somos esposos?! ¡Te tengo que ayudar! –la mexicana ya estaba quitándose el antifaz lista para dejarse ir contra el invasor, pero para su sorpresa otra mano la retuvo y vio tras de sí a Francis.

-¡Frankreich, llévate a Mexiko! –le ordenó Roderich. María no estaba segura que fuera realmente a combatir contra el prusiano, casi podía ver la inseguridad en sus ojos, pero no tuvo más remedio que dejarse arrastrar por Francis a través de los pasillos contiguos hasta una galería larga, casi a oscuras.

-¿A dónde vamos? –chilló mientras corrían.

-Lejos de esos dos, mon cherié, no es bueno quedarse ahí donde Prusia quiera dar pelea. –le explicó. Al fondo de la galería un estrecho pasillo desembocaba en uno de los jardines traseros del palacio, a donde fueron a parar.

-¿Por… porqué… ese chango… llegó a… atacar? –preguntó María respirando entrecortadamente.

-Cosas de política, petite. Verás, Roderich et Gilbert no se llevan muy bien desde… bueno, desde casi nunca, ambos son reinos muy orgullosos y de su poderío dependen para existir. No es la primera vez que Gilbert ataca pero sí la primera en que lo hace de un modo tan teatral…

-Eso qué me importa, voy a regresar. –hizo amago de caminar pero el francés la retuvo sujetándola por un brazo.

-¡Non! No debes volver, te acabo de explicar algo.

-¿Y a mí me importa o algo? No, ¿verdad? ¡Suéltame, franchute!

-Ni tú ni yo podemos hacer nada.

-¿Cómo que no? ¿No estoy yo casada con el quinto ese? ¿Y tú? ¿No fue tu emperador el que tenía buenos tratos y no sé qué tanta madres con él?

-Mi emperador y Monsieur Von Bismarck llegaron a un acuerdo de no violencia el año pasado, cherié… yo no puedo ayudar a Roderich, así es como lo prometimos.

-¡Pero se supone que tú…! –los ojos de María echaron chispas. -¡Eres un transa cabrón!

-Solo hago lo que creo que es mejor, como todos. –se defendió. –Y ahora que las cosas están así me imagino que a mi emperador no le importará que se anule tu contrato… y tal vez me deje esta vez quedarme contigo. –añadió con voz amenazadora, sonriendo malicioso.

-¿Qué…?

-Oui, desde que eras una niñita he querido convertirte en dominio francés, si al menos Antoinne me lo hubiera permitido, con un tropezón o un descuido… serías mía, Marie, toda mía… y eso es lo que pretendo…

Antes de que pudiera acercarse demasiado, María le soltó un gancho directo a la quijada, haciendo que el francés retrocediera gimiendo dolorido; para cuando se recuperó la mexicana ya había desaparecido entre los jardines, huyendo a toda prisa, pero no perdió tiempo y la siguió. Los setos, aunque no planeados realmente para eso, habían crecido formando un laberinto improvisado por el que la mexicana luchaba por cruzar, temiendo doblar en una esquina y toparse de nuevo con Francis. Éste, de vez en cuando, chillaba tan fuerte que podía oírlo:

-¡Ya te atraparé, cherié, y cuando lo haga…!

De pronto, doblando por lo que parecía un seto de rosas, escuchó pasos tras ella y palideció, ya no sabía por dónde más escaparse, estaba dirigiéndose a un callejón sin salida y la única oportunidad que le quedaba era saltar el muro… si podía. Corrió hacia éste con el alma casi fuera del cuerpo, gimiendo dolorida por la presión que sentía en las costillas y lista para saltar, saltar y trepar como gato hasta caer del otro lado y huir.

De pronto, de una esquina próxima saltó alguien, haciéndola gritar, pero el hombre cayó en redondo boca abajo sobre el suelo; extrañada, detuvo su carrera y se acercó para descubrir que el desconocido era Francis, inconsciente y con la marca de un chichón en la frente. Siguió contemplándolo cada vez más desconcertada, y entonces un par de manos llegaron tras ella y mientras una la rodeaba del pecho la otra le tapaba la boca. María pataleó, gimoteó y forcejeó hasta que una de sus patadas le dio de lleno a su agresor en el muslo, haciendo que la soltara; echó a correr, pero de nuevo le dio alcance y la estampó contra la pared. Todo lo que tenía ante sí era una figura alta con una larga capa de luto y una máscara que cubría todo su rostro ajada por la mitad, dejando descubierto el pómulo y parte de la barbilla…

-Relax… -murmuró una voz cóncava desde el interior de la máscara. –Be quiet… be quiet…

Esa voz… Pero no era posible, no ahí… no ahora…

A través de la máscara vio dos alegres ojos azules, y sobre ésta medio resaltaba, apretujado, un largo mechón rubio.

*O* emocionante, ¿verdad? (me siento mamona hablando así XD). Pobre franchute, como siempre sus perversiones lo perdieron pero pudo ser peor.

Bueno, algunas notitas históricas: el 14 de junio de 1866 oficialmente inició la guerra austro-prusiana, conocida también como la Guerra de las Siete Semanas, conflicto suscitado por la disconformidad de ambos países por el reparto de tierras que les dejó una guerra anterior contra Francia (irónicamente). El canciller Otto von Bismarck consiguió que Napoleón III firmara un pacto donde no ayudaría a Austria en caso de guerra, y así fue como el señorito por poco muere solo XD Por cierto, el libro que menciono que Roderich leyó prestado de Ludwig es el "Ensayo político sobre la Nueva España", que para los fans del GerMex lo podemos resumir así: Ludwig… cásate con María, AHORA.

Por cierto, las canciones de este fic son:

Flor de mis labios (la saqué de la película "5 de mayo", de verdad, véanla, está excelente): watch?v=_yOdpY92w7I

Piano de Genoveva (hay una versión de Eugenia León, pero la que me gusta más es esta): watch?v=F7LGiuJOtJo

Masquerade Waltz: watch?v=Aa68zjOJzfk

Ahora los comentarios:

Sheblunar: Oooh pero el señorito también necesita amor (aunque alguien coffcoffludwigcoff podría no gustarle), pero bueno, ya va el heroico héroe por su doncella sin peligro.

Sca: n.n gracias.

NymeriaDirewolf: Ujuju Beethoven (?) bueno el señorito también es humano y please, si Ludwig cayó ¿porqué él no? tranqui, el gringo está bien… enojado pero bien n.n bueno quería dedicarles más capítulos pero nos habríamos salido de contexto, tal vez les haga un fic aparte (hon hon hon).

Wind und Serebro: ¡AAAAQUÍ ESTÁ GILBERT! Haciendo cameo XD Bueno la música de Beethoven puede tener muchos sentidos pero esa desde siempre pensé que estaba muy 1313, y la música es tan asjdghahgdja en los fics *O*

Ghostpen94: ¬.¬ jum… ¿forzado? Bueno n.n

Vanessa WalkerPhantomhiveKanda: Seee puro prender el bóiler y no se metieron a bañar ja! Bueno aquí hay insinuación de lemon pero por desgracia es solo el sueño (pesadilla) del gringo, pero bien podría ahondar con los dos más adelante.

Tamat: El franchute es el rey de la cizaña y lo sabemos XD pero no siempre gana, es un poco… débil, digámoslo.

IxchelKatharaTerrorist: ¿Chile y dulce? Neeein lo dudo, pero sí es muy giratorio. El señorito es puro como un ángel (?) o eso alega.

Jessy88g: Sip, ya estoy leyéndolo, no he dejado review porque he estado ocupada

Cinthia C: Con el tratado de Juárez yo voto por… peor ._. Eso mero, aunque alegue castidad Austria en cualquier rato debe caer (si no, no sé de dónde salió Kugelmugel XD oknot) Por alguna razón eso de "a quién no le gusta el piano" me sonó a algo albureable por parte de María, jeje. Seee, Francis odiosito y el asombroso Gilbert :D

Lady Raven Bakerville: Pues no terminaron en 1313, al menos no 1313 real (buuuu) pero la imaginación cochambrosa del gringo nos ayuda a cubrir esos huecos, siempre imagina lo peor con María (como Manuel Fuentes Guerra… aunque el gringoso sería Alfred Fountain War XD).

Bellrose Jewel: Sí, sí lo fue n.n Bien, respecto a las consumaciones la de Lituania y Polonia segurito se consumó (de algún modo ;D), la de Austria y Alemania no, porque fue anexión (aunque claro, es la época del "¡Alemania se está garchando a todos!", si hasta el esposo de Suecia salió embarrado…) jojo Vannya quiere hacerse uno con todos… casi lo logró XD P.D LOL primero todos odian a Alfie y ahora todos me preguntan que cómo está.

Flannya: El piano es sexy si lo saben tocar (inmortales palabras de LadyLoba (?)) n/n gracias, espero este cap también te guste. ¿Y para cuando tu actualización, eh? Que ya estamos en noviembre O_ò

Chiara Polairix Edelstein: Bueeeno, eso quien sabe ;D Prusia le tiene muuucho cariño… pero también estuvo casado con Hungría así que tal vez es solo un masoquista que gusta de las mujeres rudas. Yep, inche franchute sacando partido de todo XD

En fin, ya falta menos para acabar… un cap más, prácticamente, ¡pero no se angustien! Tengo algo especial para todos cuando termine éste… muajajaja… ¡Adiosito!